Webnovela LevyRorni Adaptada Torment.

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Re: Webnovela LevyRorni Adaptada Torment.

Mensaje por tamalevyrroni el Miér Oct 11, 2017 1:49 pm

En la mañana siguiente, en el desayuno, Mai apenas podía comer algo.

Era el último día de clases antes de que Shoreline despidiera a los alumnos para el descanso del Día de Acción de Gracias, y Mai ya se estaba sintiendo sola. Soledad entre una multitud de gente era el peor tipo de soledad, pero ella no podía evitarlo. Todos los estudiantes alrededor de ella estaban hablando felizmente acerca de ir a casa con sus familias. Acerca de la chica o chico que no habían visto desde las vacaciones de verano. Acerca de las fiestas que sus mejores amigos lanzarían en el fin de semana.

La única fiesta a la que Mai iría en ese fin de semana seria la penosa fiesta en su dormitorio vacío.

Claro que unos pocos estudiantes de la escuela original se quedarían para aplazar las vacaciones: Connor Madson, que ha venido a Shoreline desde un orfanato en Minnesota. Brena Lee, cuyos padres vivían en China. Francesca y Steven también se quedaban… sorpresa, sorpresa… y estaban organizando una cena para el Día de Acción de Gracias para los desplazados en el revoltijo del pasillo la noche del jueves.

Mai sostenía una esperanza: Que el trato con Arriane de mantener un ojo sobre ella incluyera las vacaciones del Día de Acción de Gracias. Luego, nuevamente, ella apenas si había visto a la chica desde que Arriane había tomado a los tres con ella de vuelta al Shoreline. Sólo en ese breve momento del Festival de la Cosecha.

Todos los demás estarían buscando el próximo día o el segundo día. Miles y sus familiares tenían a cientos de personas a las cuales atender. Dawn y Jasmine se reunirían con sus familias en la reunión en la mansión de Jasmine Sausalito. Incluso Shelby —a pesar de que no le había dicho ni una palabra a Mai acerca de volver a Bakersfield— había estado en el teléfono con su mamá el día anterior, gimiendo: “Sí. Lo sé. Estaré ahí”.

Era el peor posible momento para que Mai estuviera sola. El guiso interno de su confusión crecía agrandándose cada día, hasta que no sabía cómo sentirse respecto a William o alguien más. Y ella no podía dejar de maldecirse por cuán estúpida había sido la noche anterior, dejándole a Miles ir tan lejos.

Toda la noche ella siguió llegando a la misma conclusión: Aunque estaba molesta con William, lo que había pasado con Miles no era culpa de nadie más que de ella. Ella fue la quien lo engañó. Le hacía sentirse físicamente enferma el pensar en William sentado ahí afuera, viendo, diciendo nada mientras ella y Miles se besaban; el imaginarse cómo debió sentirse cuando se fue de su techo. La manera en la que se sintió cuando por primera vez había escuchado lo que fuera que pasó entre William y Shelby… sólo que peor, porque esto fue un auténtico engaño. Una cosa más para añadir a la lista de pruebas de que ella y William no parecían estarse comunicando.

Una suave risa la trajo de vuelta al almuerzo sin comer.

Francesca se deslizaba alrededor de las mesas en una larga capa con lunares blancos y negros. Cada vez que Mai echaba una mirada sobre ella, tenía esa sonrisa socarrona pegada en su cara, y estaba en una profunda conversación con un estudiante u otro, pero Mai aún se sentía debajo de un pesado control. Como si Francesca pudiera taladrar en la mente de Mai y supiera lo que hacía que Mai perdiera el apetito. Como las salvajes y blancas peonías que habían desaparecido sin dejar rastro por la noche, como así también la creencia de Francesca de que Mai era fuerte.

—¿Por qué tan abatida, amiga? —Shelby tragó una larga porción de rosquilla—. Créeme, no te perdiste casi nada anoche.

Mai no respondió. La fogata en la playa era la cosa más lejana en su mente. Ella acababa de darse cuenta de Miles caminando hacia el almuerzo, más tarde de lo que él usualmente lo hacía. Su gorra Dodgers estaba estirada por debajo de sus ojos, y sus hombros parecían un poco bajos.

Involuntariamente, sus dedos fueron a sus labios.

Shelby estaba agitando ostentosamente, ambos brazos por encima de su cabeza. — ¿Qué, está ciego? ¡Tierra a Miles! —Cuando finalmente captó su atención. Miles le dio un torpe saludo a su mesa, prácticamente tropezando hacia el bufete. Él saludo otra vez, luego desapareció detrás del revoltijo del pasillo.

—¿Soy yo o Miles ha estado actuando como un completo torpe recientemente? — Shelby rodó sus ojos e imitó el tonto tropiezo de Miles.

Pero Mai se estaba muriendo por tropezar detrás de él y… ¿Y Qué? ¿Decirle que no se sentía avergonzada? ¿Que ese beso había sido culpa suya, también? ¿Que tener un enamoramiento en un tren descarrilado como ella sólo iba a terminar gravemente? ¿Que a ella le gustaba, pero muchas cosas sobre eso… ellos… era imposible? ¿Que a pesar de que ella y William estaban peleados en este instante, en realidad nada podría amenazar su amor?

—De todas maneras, como estaba diciendo —continuó Shelby, rellenando el café de Mai de la jarra de bronce en la mesa—. Hoguera, hedonismo, bla bla bla. Estas cosas pueden ser tan tediosas. —Un lado de la boca de Shelby se estremeció en una casisonrisa—. Especialmente, tú sabes, cuando no estás cerca.

El corazón de Mai se aflojó un poco. De vez en cuando, Shelby dejaba entrar un diminuto rayo de luz. Pero después, su compañera de cuarto rápidamente se encogió de hombros, como si dijera “no dejes que se te suba a la cabeza”.

—Nadie más aprecia mi interpretación de Lilith. Eso es todo. —Shelby enderezó su espalda, lanzó su pecho hacia adelante, e hizo que la parte derecha de su labio superior se estremeciera con desaprobación.

La interpretación de Shelby sobre Lilith nunca había fallado en matar de risa a Mai. Pero hoy, todo lo que podía controlar era una cerrada y delgada sonrisa.

—Hmmm —dijo Shelby—. No es que te importe lo que te perdiste en la fiesta. Noté a William volando lejos sobre la playa anoche. Ustedes dos deben de haber tenido mucho de lo que ponerse al corriente.

¿Shelby había visto a William? ¿Por qué no lo había mencionado antes? ¿Podía ser que alguien más lo hubiera visto?

—Ni siquiera hablamos.

—Eso es difícil de creer. Él usualmente tiene órdenes que darte…

—Shelby, Miles me besó —la interrumpió Mai. Sus ojos estaban cerrados. Por alguna razón, eso le facilitó el confesarse—. Anoche. Y William vio todo. Él se fue antes de que pudiera…

—Seh, eso lo haría. —Shelby dejó escapar un leve silbido—. Esto es algo grande.

La cara de Mai quemaba con vergüenza. Su mente no podía sacudirse la imagen de William tomando vuelo. Se sentía tan definitivo.

—Entonces está, tú sabes, ¿todo terminado entre tú y William?

—No. Nunca. —Mai ni si quiera podía escuchar la frase sin estremecerse—. Sólo... no lo sé.

Ella no le había contado a Shelby el resto de lo que había vislumbrado en el Anunciador, que William y Cam estaban trabajando juntos. Eran amigos secretos, por lo que ella podía decir. Shelby no sabría quién es Cam, de todas maneras, y la historia era demasiado complicada para explicarla. Además, Mai no podría ser capaz de soportarlo si Shelby, con sus ¡oh! controversiales vistas entre ángeles y demonios, tratara de hacer un caso en el que una amistad entre William y Cam no fuera un gran asunto.

—Sabes que William va a estar arruinado por completo sobre eso ahora. Eso no es gran problema para William… ¿y la inmortal devoción que ustedes comparten?

Mai se puso rígida en su blanca silla de hierro.

—No estaba siendo sarcástica, Mai. Entonces, tal vez, no lo sé, William ha estado involucrado con otra gente. Todo está bastante borroso. El mensaje llevado a casa, como dije antes, es que nunca hubo una duda en su mente en que tú eras todo lo que importaba.

—¿Se supone que eso me tiene que hacer sentir mejor?

—Yo no estoy pretendiendo estar en el negocio de hacerte sentir mejor, sólo estoy tratando de ilustrar un punto. Bajo todo el molesto alejamiento de William —y hay una gran cantidad de ello— hay claramente un chico devoto. La verdadera pregunta aquí es: ¿Lo eres tú? Tanto como William sabe, tú podrías dejarlo tan rápido como alguien más viniera. Miles ha venido. Y él es obviamente un gran chico. Un poco tontuelo para mi gusto, pero…

—Yo nunca dejaría a William —dijo Mai en voz alta, desesperadamente queriendo creerlo.

Ella pensó en el horror de su cara la noche en la que discutieron en la playa. Ella estuvo petrificada cuando él había sido rápido en preguntar: “¿Estamos terminando?” Como si él sospechara que era una posibilidad. Como si ella no se hubiera tragado su demente historia acerca de su interminable amor cuando se lo dijo debajo del árbol de duraznos en Espada y Cruz. Ella se lo había tragado, en un solo creyente sorbo, ingiriendo todas sus grietas, también… las piezas rasgadas que no tenían sentido pero que le pedían creerlas en ese tiempo. Ahora, cada día, otra de ellas carcomiendo en sus entrañas. Ella podía sentir la más grande levantándose en su garganta: —La mayoría del tiempo, ni siquiera sé por qué me gusta.

—Por favor —se quejó Shelby—. No seas una de esas chicas. Él es muy bueno para mí, buah buah buah. Te tendré que patear hacia la mesa de Dawn y Jasmine. Ese es su habilidad, no la mía.

—No me refería de esa manera. —Mai se inclinó y bajó su voz—. Me refiero, hace años, cuando William estaba, tú sabes, ahí arriba, él me escogió. A mí, por sobre cualquiera en la Tierra…

—Bueno, tal vez habían pocas opciones en ese entonces… ¡Auch! —Mai la había golpeado fuerte—. ¡Sólo trataba de aligerar el ambiente!

—Él me eligió a mí, Shelby, sobre algún gran rol en el cielo, sobre alguna elevada posición. Eso es muy importante, ¿no te parece? —Shelby asintió con la cabeza—. Tenía que ser más que yo sólo pensara que era lindo.

—Pero… ¿tú ahora no sabes qué era?

—Le he preguntado, pero nunca me dice lo que pasó. Cuando lo menciono, es casi como si William no pudiera recordarlo. Y eso es una locura, porque quiere decir que ambos iremos a través de la moción. Basada en un cuento de hadas de hace miles de años, tal vez ninguno de nosotros incluso pueda regresar.

Shelby frotó su mandíbula. —¿Qué otra cosa está ocultándote William?

—Eso es lo que planeo averiguar.

Alrededor de la terraza, el tiempo había avanzado, la mayoría de los estudiantes se dirigían a clases, los camareros becados se apresuraban al autobús cubierto. En una mesa cercana al océano, Steven estaba bebiendo café solo. Sus gafas estaban plegadas descansando sobre la mesa. Sus ojos encontraron a Mai, y él sostuvo su mirada por largo tiempo, tan largo que… incluso después de que ella se levantara para ir a clases, su intensa expresión vigilante se pegó a ella. Lo que era probablemente su punto.

Mai salió de su clase de biología, bajo las escaleras del edificio principal de la escuela, y afuera, donde fue sorprendida al ver el estacionamiento completamente lleno. Los padres, hermanos mayores y más de un par de choferes formando una larga fila de vehículos de la talla que Mai no había visto desde los coche utilitarios en la secundaria en Georgia.

A su alrededor, los estudiantes se apresuraron a salir de clases y zigzageaban hacia los coches, las maletas rodando detrás de ellos. Dawn y Jasmine se abrazaron despidiéndose antes de que Jasmine se metiera en un auto de la ciudad y los hermanos de Dawn hicieran sitio para ella en la parte trasera del vehículo deportivo utilitario. Ellas dos sólo estaban separadas por un par de horas. Mai se metió de nuevo en el edificio y se deslizó fuera, por la rara vez usada escalera, para caminar a su dormitorio.

Definitivamente no podía hacer frente a las despedidas en este momento.

Caminando bajo el cielo gris, Mai todavía estaba destrozada, culpándose, su conversación con Shelby la había dejado sintiéndose un poco más bajo control.

Estaba fastidiado, ella lo sabía, pero haber besado a alguien más la hizo sentir como si por fin tuviera algo que decir en su relación con William. Tal vez ella sacaría una reacción fuera de él, para variar. Ella podía disculparse. Él podía disculparse. Ellos podían hacer limonada, o lo que fuera. Romper toda esta basura y empezar a hablar realmente.

Justo entonces, su teléfono sonó. Un mensaje de texto del Sr. Cole: Todos están cuidados.

Así que el Sr. Cole había pasado la noticia de que Mai no estaba yendo a casa, pero él convenientemente había dejado fuera de su texto si sus padres aún estaban hablándole a ella. No había oído de ellos en días. Era una situación imposible: si ellos le escribían, se sentía culpable acerca de no contestarles. Si ellos no le escribían, se sentía responsable por ser la razón de que ellos no pudieran llegar. Ella aún no había descubierto qué hacer con Callie.

Golpeó las escaleras del dormitorio vacío. Cada paso hizo eco en el cavernoso edificio. No había nadie alrededor.

Cuando se dirigió a su habitación, esperaba encontrar a Shelby ya marchándose, o al menos, ver su maleta repleta y esperándola en la puerta. Shelby no estaba ahí, pero sus ropas aún estaban esparcidas por todo su lado de la habitación. Su chaleco rojo estaba en su gancho, y su equipo de yoga aún estaba amontonado en la esquina. Tal vez ella no se iba hasta mañana por la mañana.

Antes de que Mai hubiera cerrado completamente la puerta detrás de ella, alguien golpeó el otro lado. Ella asomó su cabeza al pasillo.

Miles.

Se le humedecieron las palmas de las manos y pudo sentir cómo se le aceleraba el corazón. Se preguntó cómo lucía su cabello, si había recordado o no hacer la cama por la mañana, y por cuánto tiempo él había estado caminando detrás de ella. Si la había visto esquivar la caravana de despedida de Acción de Gracias, o si había visto la dolorosa expresión en su rostro cuando comprobó sus mensajes de texto.

—Hola —dijo ella en voz baja.

—Hola.

Miles llevaba un grueso suéter marrón sobre una camisa blanca con cuello. Llevaba esos jeans con el agujero en la rodilla, los que siempre hacían a Dawn saltar a seguirlo para que ella y Jasmine pudieran desmayarse a sus espaldas.

Miles torció la boca en una sonrisa nerviosa. —¿Quieres hacer algo?

Tenía los pulgares metidos debajo de las correas de la mochila azul marino, y su voz hacía eco en las paredes de madera. A Mai se le cruzó por la cabeza que ella y Miles podrían ser las dos únicas personas en todo el edificio. La idea era a la vez emocionante y exasperante.

—Estoy castigada por toda la eternidad, ¿recuerdas?

—Por eso traje la diversión hasta ti.

Al principio, Mai pensó que Miles se refería a sí mismo, pero luego se deslizó la mochila de un hombro y abrió la cremallera del compartimento principal. Dentro había un tesoro de juegos de mesa: Boggle. Conectar los Cuatro. Parcheesi. El juego de High School Musical. Incluso Scrabble. Era tan agradable, y para nada incómodo, que Mai pensó que podría llorar.

—Me imaginé que te estarías yendo a casa hoy —dijo ella—. Todos los demás se están yendo.

Miles se encogió de hombros. —Mis padres me dijeron que sería genial que me quedara. Estaré en casa de nuevo en un par de semanas y, además, tenemos opiniones diferentes en cuanto a las vacaciones perfectas. La suya es cualquier cosa digna de una reseña en la sección de Estilo del New York Times.

Mai se echó a reír. —¿Y la tuya?

Miles metió la mano un poco más profundamente en su bolso y sacó dos paquetes de sidra de manzana instantánea, una caja de palomitas de maíz para microondas, y un DVD de la película de Woody Allen: Hannah y sus hermanas. —Bastante humilde, pero lo estás contemplando —sonrió él—. Te pedí que pasaras Acción de Gracias conmigo, Mai. Sólo porque estemos cambiando el lugar no significa que debamos cambiar nuestros planes.

Ella sintió que una sonrisa se le extendía en el rostro, y dejó abierta la puerta para que Miles entrara. El hombro de él la rozó al pasar, y trabaron las miradas por un momento. Ella sintió que Miles se bamboleaba en sus talones, como si fuera a doblar la espalda y besarla. Se puso tensa, esperando.

Pero él sólo sonrió, dejó caer la mochila en medio del suelo, y comenzó a descargar lo de Acción de Gracias.

—¿Tienes hambre? —preguntó él, agitando un paquete de palomitas de maíz.

Mai hizo una mueca. —Soy realmente un desastre haciendo palomitas de maíz.

Estaba pensando en la ocasión en que ella y Callie casi habían quemado el dormitorio en Dover. No podía evitarlo. La hacía echar de menos a su mejor amiga de nuevo.

Miles abrió la puerta del microondas. Levantó un dedo. —Puedo pulsar cualquier botón con este dedo, y hago en el microondas la mayoría de las cosas. Tienes suerte de que sea tan bueno en esto.

Era extraño que antes hubiera estado destrozada acerca de besar a Miles. Ahora se daba cuenta de que él era lo único que la hacía sentirse mejor. Si él no hubiera venido, ella habría estado girando en otro negro abismo de culpa. Aunque no podía imaginarse besándolo de nuevo… no porque no quisiera, necesariamente, sino porque sabía que no estaba bien, que no le podía hacer eso a William —que no quería hacerle eso a William—, pero la presencia de Miles era extremadamente reconfortante.

Jugaron Boggle hasta que Mai finalmente entendió las reglas, al Scrabble hasta que se dieron cuenta que al juego le faltaban la mitad de la letras, al Parcheesi hasta que bajó el sol que entraba por la ventana y estaba demasiado oscuro para ver el tablero sin encender la luz. Luego, Miles se puso de pie, encendió el fuego, y deslizó Hannah y sus hermanas en el reproductor de DVD del ordenador de Mai. El único lugar para sentarse y ver la película era la cama.

De repente, Mai se sintió nerviosa. Antes, habían sido simplemente dos amigos jugando juegos de mesa en una tarde de la semana. Ahora, habían aparecido las estrellas, el dormitorio estaba vacío, el fuego crepitaba, y… ¿en qué los convertía esto?

Se sentaron uno junto al otro en la cama de Mai, y ella no podía dejar de pensar en la posición de sus manos, si se vería poco natural si las mantenía clavadas en su regazo, si rozarían los dedos de Miles si las apoyaba a los costados. Por el rabillo del ojo, podía ver que a él se le movía el pecho mientras respiraba. Lo podía escuchar rascarse la nuca. Él se había sacado la gorra de béisbol, y ella podía oler el champú cítrico en su delicado pelo castaño.

Hannah y sus hermanas era una de las pocas películas de Woody Allen que ella no había visto nunca, pero no podía prestar atención. Había cruzado y descruzado las piernas tres veces antes de que rodaran los títulos del comienzo.

La puerta se abrió. Shelby se precipitó dentro de la habitación, echó un vistazo al monitor de la computadora de Mai, y exclamó: —¡La Mejor Película de Acción de Gracias de todos los tiempos! ¿Puedo verla con…? —Luego miró a Mai y a Miles, sentados en la cama en la oscuridad—. Oh.

Mai saltó fuera de la cama. —¡Por supuesto que puedes! No sabía cuándo te estarías marchando para ir a casa…

—Nunca. —Shelby se arrojó sobre la litera de arriba, enviando un pequeño terremoto hacia Mai y Miles en la litera de abajo—. Mi mamá y yo tuvimos una pelea. No preguntes, fue totalmente aburrido. Además, preferiría mucho más pasar el tiempo con ustedes, chicos, de todos modos.

—Pero, Shelby… —Mai no podía imaginar una pelea tan grande que le impidiera ir a casa en Acción de Gracias.

—Mejor sólo disfrutemos del genio de Woody en silencio —comandó Shelby.

Miles y Mai entrecruzaron una mirada cómplice. —Lo que quieras —le dijo Miles a Shelby, dándole una sonrisa a Mai.

A decir verdad, Mai estaba aliviada. Cuando se acomodó de nuevo en su asiento, sus dedos rozaron los de Miles, y él les dio un apretón. Fue sólo por un momento, pero duró lo suficiente para que Mai supiera que, al menos en cuanto a lo que durara el fin de semana de Acción de Gracias, las cosas iban a estar bien.

Capítulo 17

Dos Días
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tamalevyrroni

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Re: Webnovela LevyRorni Adaptada Torment.

Mensaje por tamalevyrroni el Miér Oct 11, 2017 2:04 pm

Mai se despertó con el roce de una percha siendo arrastrada a través de la barra en su armario.

Antes de que pudiera ver quién era el responsable del ruido, un montón de ropa la bombardeó. Ella se sentó en la cama, empujando para salir de debajo de la pila de pantalones vaqueros, camisetas y suéteres. Ella se sacó un calcetín de rombos de la frente.

—¿Arriane?

—¿Te gusta el rojo? ¿O el negro? —Arriane estaba sujetando dos de los vestidos de Mai en contra de su pequeño marco, balanceándose como si ella modelara cada uno.

Los brazos de Arriane estaban desnudos de la terrible pulsera de seguimiento que había tenido que usar en Espada y Cruz. Mai no lo había notado hasta ahora, y se estremeció al recordar la cruel tensión enviada a correr por el cuerpo de Arriane cada vez que se salía de la línea. Todos los días en California, los recuerdos de Espada y Cruz de Mai crecían duramente, incluso en un momento como éste le sacudía la espalda en la agitación de su estancia allí.

—Elizabeth Taylor dice que sólo algunas mujeres pueden vestirse de rojo — continuó Arriane—. Se trata de escisión y coloración. Por suerte, tienes ambas cosas. — Ella liberó el vestido rojo de su suspensión y lo arrojó sobre la pila.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Preguntó Mai.

Arriane puso las manos en sus pequeñas caderas. —Ayudarte a hacer las maletas, tonta. Te vas a casa.

—¿Qu... Qué casa? ¿Qué quieres decir? —balbuceó Mai.

Arriane se echó a reír, dando un paso adelante para tomar una de las manos de Mai y tirarla fuera de la cama. —Georgia, mi durazno. —Ella acarició la mejilla de Mai—. Con el viejo Harry y Doreen. Y, al parecer, alguna amiga tuya también volará allí.

Callie. ¿Ella en realidad iba a llegar a ver a Callie? ¿Y a sus padres? Mai se tambaleó, de repente sin habla.

—¿No quieres pasar Acción de Gracias con tu familia?

Mai estaba esperando por la trampa. —¿Qué pasa con…?

—No te preocupes. —Arriane cogió la nariz de Mai—. Fue idea del señor Cole. Tenemos que mantener el engaño de que todavía estás justo en el camino de tus padres. Esto parecía la forma más sencilla y divertida de hacerlo.

—Pero cuando él me envió un mensaje ayer, todo lo que dijo fue…

—No quería que te hicieras ilusiones hasta que tuviera cada pequeña cosa atendida, entre ello… —Arriane hizo una reverencia— a la escolta perfecta. Una de ellas, de todos modos. Roland debería estar aquí en cualquier momento.

Un golpe en la puerta.

—Él es tan bueno. —Arriane señaló el vestido rojo todavía en la mano de Mai—. Ponte ese, bebé.

Mai rápidamente se introdujo en el vestido, a continuación se metió en el baño para lavarse los dientes y el cabello.

Arriane la había presentado con una de esas raras “¡Salta!.. ¿Qué tan difícil es?” situaciones. No te molestas con preguntas. Simplemente saltas.

Ella salió del baño, esperando ver a Roland y Arriane hacer algo del estilo Roland-yArriane, algo como uno de ellos de pie en la parte superior de la maleta mientras que el otro trataba con la cremallera.

Pero no era Roland quien había golpeado. Eran Steven y Francesca. Mierda.

Las palabras podían explicarlo, formándose en la punta de la lengua de Mai. Sólo que ella no tenía idea de cómo hablar para salir de esta situación. Miró a Arriane por ayuda. Pero Arriane seguía lanzando zapatillas de deporte en la maleta de Mai. ¿No sabía el tipo de problemas en los que iban a estar?

Cuando Francesca se adelantó, Mai se preparó. Pero entonces la variedad de mangas de campana carmesí de Francesca envolvieron el cuello de Mai en un abrazo inesperado. —Hemos venido a desearte lo mejor.

—Por supuesto, te perderás lo que nosotros organizamos para mañana, la Cena de los Desplazados, como dicen las malas lenguas —dijo Steven, tomando la mano de Francesca y alejándola de Mai—. Pero siempre es mejor para un estudiante estar con la familia.

—No entiendo —dijo Mai—. ¿Sabían de esto? Pensé que estaba castigada hasta nuevo aviso.

—Hemos hablado con el señor Cole esta mañana —dijo Francesca.

—Y no te quedabas aquí como castigo, Mai —explicó Steven—. Era la única manera en que podíamos asegurarnos de que estarías a salvo en nuestro poder. Pero estarás en buenas manos con Arriane.

No quedaban nadie más para darle la bienvenida, Francesca ya dirigía a Steven hacia la puerta. —Nosotros escuchamos que tus padres están ansiosos por verte. Algo acerca de tu madre llenando un congelador con pasteles. —Le hizo un guiño a Mai, y ella y Steven agitaron las manos y luego se fueron.

El corazón de Mai se hinchó ante la perspectiva de llegar a casa con su familia. Pero no antes de despedirse de Miles y Shelby. Estarían cabizbajos si ella se fuera a su casa en Thunderbolt y los abandonaba aquí. Ni siquiera sabía dónde estaba Shelby. Y no podría salir sin…

Roland asomó la cabeza por la puerta abierta de Mai. Él se veía profesional con su chaqueta de raya diplomática y una crujiente camisa de cuello blanco. Sus rastas negras y doradas estaban más cortas, más puntiagudas, haciendo a sus oscuros y profundos ojos aún más sorprendentes.

—¿Está la costa limpia? —él preguntó, echándole a Mai su familiar sonrisa diabólica—. Tenemos un parásito.

Él asintió con la cabeza a alguien detrás... quién apareció un momento después, con una bolsa de lona en la mano.

Miles.

Él destelló a Mai con una perfecta sonrisa avergonzada y se sentó en el borde de su cama. Una imagen de presentárselo a sus padres corrió por la mente de Mai. Él quitándose la gorra de béisbol, agitando las dos manos, elogiando el bordado a medio terminar de su mamá...

—Roland, ¿qué parte de “misión de alto secreto" no entendiste? —Preguntó Arriane.

—Es mi culpa —admitió Miles—. Vi a Roland dirigiéndose aquí... y le obligué a traerme. Es por eso que él llegó tarde.

—Tan pronto como este chico oyó las palabras “Mai y Georgia” —Roland señaló con el pulgar a Miles—, le llevó de un nanosegundo hacer las maletas.

—Nosotros teníamos un acuerdo para Acción de Gracias —dijo Miles, mirando sólo a Mai—. No podía dejar lo rompieras.

—No... —Mai sonrió un poco—. No podía.

—Mmm-hmm. —Arriane levantó una ceja—. Me pregunto lo que Francesca tendría que decir acerca de esto. Si alguien debería correr por sus padres antes que nada, Miles…

—Oh, vamos, Arriane. —Roland agitó la mano con desdén—. ¿Desde cuándo se protege con autoridad? Voy a mirar hacia fuera con el chico. No voy a meterlo en problemas.

—¿Meterlo en ningún problema, dónde? —Irrumpió Shelby en la habitación, con su estera de yoga colgando de una cadena a través de su espalda—. ¿A dónde vamos?

—A casa de Mai en Georgia para Acción de Gracias —dijo Miles.

En el pasillo detrás de Shelby, una cabeza teñida de rubio flotó. El ex-novio de Shelby. Tenía la piel de un blanco fantasma, y Shelby tenía razón: había algo extraño en sus ojos. ¡Qué pálidos que eran!

—Por última vez, te dije adiós, Phil. —Shelby rápidamente le cerró la puerta en las narices.

—¿Quién era? —preguntó Roland.

—Mi estúpido-y-medio-ex-novio.

—Parece un tipo interesante —dijo Roland, mirando a la puerta, distraído.

—¿Interesante? —Resopló Shelby—. Una orden de restricción sería interesante. — Ella tomó un vistazo a la maleta de Mai, luego a la de Miles, y a continuación se puso en cuclillas y comenzó a lanzar sus pertenencias en un baúl negro sin orden ni concierto.

Arriane alzó las manos. —¿No puedes hacer nada sin un séquito? —le preguntó a Mai. Luego se giró hacia Roland—. Supongo que quieres asumir la responsabilidad de ésta, también...

—¡Ese es el espíritu de las fiestas! —Se echó a reír Roland—. Vamos con los Price para Acción de Gracias —dijo a Shelby, cuyo rostro se iluminó—. Cuantos más, mejor.

Mai no podía creer lo bien que todo estaba funcionando. Acción de Gracias con su familia y Callie y Miles y Arriane y Roland y Shelby. Ella no podría haber escrito un mejor guión que este.

Sólo una cosa le molestaba. Y la fastidiaba seriamente.

—¿Qué pasa con William?

Ella quería decir: ¿Ya sabe él acerca de este viaje?, y ¿cuál es la verdadera historia entre él y Cam?, y ¿todavía está enojado conmigo acerca de ese beso?, y ¿no es correcto que Miles venga también?, y también ¿cuáles son las probabilidades de que William aparezca mañana en casa de mis padres, aunque él dice que no puede verme?

Arriane se aclaró la garganta. —Sí, ¿qué pasa con William? —Repitió en voz baja—. El tiempo lo dirá.

—¿Así que tenemos los boletos de avión o algo así? —Preguntó Shelby—. Porque si vamos volando, tengo que empacar mi equipo de serenidad, aceites esenciales, y almohadilla de calefacción. No quieres verme a treinta y cinco mil pies sin ellos.

Roland chasqueó los dedos.

Cerca de sus pies, la sombra proyectada por la pelada puerta abierta se proyectaba sobre los tablones de madera, ascendiendo su camino hacia la forma de una trampilla que podría llevar hasta un sótano. Una ráfaga de frío barrió el suelo, seguida por la explosión de sombrías tinieblas. Olía a heno húmedo, ya que se reducía en una pequeña y compacta esfera. Sin embargo, entonces, en un gesto de Roland, fue disparada hacia un alto portal negro. Parecía el tipo de puerta que daría lugar a una cocina de un restaurante, el tipo de movimientos balanceantes de una ventana circular de vidrio en la parte superior. Sólo que estaba hecha de niebla oscura de Mensajeros, y lo único que era visible a través de la ventana era aún más oscuridad, en un negro remolino.

—Eso se parece a lo que leímos en el libro —dijo Miles, claramente impresionado—. Todo lo que puedo hacer es una especie rara de ventana trapezoidal. —Sonrió a Mai—. Pero aún nos queda hacer el trabajo.

—Quédate conmigo, muchacho —dijo Roland—, y verás lo que es viajar con estilo.

Arriane rodó los ojos. —Él es un cuentista.

Mai ladeó la cabeza hacia Arriane. —Pero pensé que habías dicho…

—Ya lo sé. —Arriane levantó una mano—. Sé que ya dije toda la perorata sobre lo peligroso que es viajar por Mensajeros. Y no quiero ser uno de esos estúpidos se-hacecomo-yo-digo-no-lo-que-hacen-los-ángeles. Pero todos nosotros estuvimos de acuerdo… Francesca y Steven, el Sr. Cole, todo el mundo.

¿Todo el mundo? Mai no podía agruparlos sin ver la flagrante pieza que faltaba. ¿Dónde estaba William en todo esto?

—Además. —Arriane sonrió con orgullo—. Estamos en presencia de un maestro. Ro es uno de los mejores con viajes con anunciadores. —Y luego le susurró a Roland—: No dejes que se te suba a la cabeza.

Roland abrió la puerta del anunciador. Esta gimió como bisagras oxidadas y la sombra se volvió y abrió, un pequeño bostezo de vacío.

—Um... ¿qué es lo que hace que viajar por anunciador sea tan peligroso? —Preguntó Miles.

Arriane señaló por la habitación, a la sombra bajo la lámpara de escritorio, detrás de la estera de yoga de Shelby. Todas los las sombras temblaban. —Un ojo inexperto puede no saber cómo pasar a través de un anunciador. Y créeme, siempre hay mirones sin invitación, esperando que alguien los abra accidentalmente.

Mai recordó la enfermiza sombra marrón con la que ella tropezó accidentalmente. El merodeador sin invitación le había dado la visión de pesadilla de Cam y William en la playa.

—Si eliges un mal anunciador, es muy fácil perderse —explicó Roland—. No tienes ni idea de a dónde —o cuándo— estás pasando a través. Pero siempre y cuando estés con nosotros, no tienes nada de qué preocuparte.

Nerviosa, Mai señaló en el vientre del anunciador. Ella no se acordaba que las otras sombras a través de las que había caminado hubieran tenido un aspecto tan turbio y oscuro. O tal vez no había sabido las consecuencias hasta ahora. —No vamos sólo a aparecer en el centro de la cocina de mis padres, ¿no? Porque creo que mi mamá se desmayaría de la impresión…

—Por favor. —Arriane chasqueó la lengua, dirigiendo a Mai, luego a Miles, y luego Shelby para ponerlos ante el anunciador—. Tengan un poco de fe.

Era como ser empujado a través de una turbia niebla húmeda, pegajosa y desagradable. Se deslizó y enrolló sobre la piel de Mai y se atrapó en sus pulmones cuando respiró. Un eco del ruido claro e incesante llenó el túnel como una cascada. Las otras dos veces que Mai había viajado por el anunciador, se había sentido torpe y apresurada, catapultada de la oscuridad para salir en alguna parte de luz. Esto era diferente. Había perdido la pista de dónde y cuándo era, ni siquiera de quién era y dónde iba.

Luego hubo una fuerte mano que tiró de ella hacia fuera.

Cuando Roland la dejó ir, oyó el eco de una cascada, y su nariz se llenó de olor a cloro. Un trampolín. Uno familiar, bajo un alto techo arqueado lleno de paneles de vidrieras rotas. El sol pasaba por las altas ventanas, pero su luz todavía era débil en el elenco de prismas de colores de la superficie de una piscina de tamaño olímpico. A lo largo de las paredes, las velas parpadeaban en las hendiduras de piedra, tirando una luz tenue, inútil. Ella reconocería esta iglesia-gimnasio en cualquier lugar.

—Oh, Dios mío —susurró Mai—. Estamos de vuelta en Espada y Cruz.

Arriane escaneó la habitación de forma rápida y sin afecto. —Por lo que tus padres no estarán preocupados cuando nos recojan mañana por la mañana. Has estado aquí todo el tiempo. ¿Entendido?

Arriane actuó como si volver a pasar una noche en Espada y Cruz no fuera diferente de entrar en un motel indescriptible. La sacudida del regreso a esta parte de su vida, sin embargo, golpeó a Mai como una bofetada en la cara.

Ella no hubiera querido estar aquí. Espada y Cruz era un lugar miserable, un lugar donde muchas cosas le habían pasado. Se había enamorado de aquí, había visto morir a una amiga cercana. Más que en cualquier otro, este era un lugar en el que ella había cambiado.

Cerró los ojos y se rió con amargura. Ella no había sabido nada entonces en comparación con lo que ahora sabía. Y sin embargo, se había sentido más segura de sí misma y de sus emociones de lo que nunca podría imaginar sentirse de nuevo.

—¿Qué demonios es este lugar? —Preguntó Shelby.

—Mi última escuela —dijo Mai, mirando a Miles. Parecía incómodo, acurrucado contra la pared junto a Shelby. Mai recordó: Eran buenos chicos, y aunque ella nunca había hablado mucho sobre su tiempo aquí, las habilidades de los Nephilim fácilmente podrían haber llenado sus mentes con suficientes vívidos detalles para pintar una noche de miedo en Espada y Cruz.

—Ejem —dijo Arriane, mirando a Shelby y Miles—. Y cuando los padres de Mai pregunten, ustedes también estudian aquí.

—Explícame cómo es esta escuela —dijo Shelby—. ¿Qué, nadan y rezan al mismo tiempo? Esto es un nivel monstruoso de eficiencia que no volvería a ver en la Costa Oeste. Creo que me da nostalgia.

—¿Crees que esto es malo? —dijo Mai—. Debes ver el resto del campus.

Shelby arrugó la cara, y Mai no podía culparla. En comparación con Shoreline, este lugar tenía la espantosa suerte del Purgatorio. Por lo menos, a diferencia del resto de los niños de aquí, se irían después de esta noche.

—Lucen cansados —dijo Arriane—. Lo cual es bueno, porque le prometí a Cole que nos encontraríamos débiles.

Roland se había apoyado en el trampolín, frotándose las sienes, los fragmentos del anunciador temblando a sus pies. Ahora se puso de pie y comenzó a hacerse cargo. — Miles, conmigo en una litera en mi antigua habitación. Y Mai, tu habitación aún está vacía. Vamos a meter un catre para Shelby. Vamos todos a colgar nuestras bolsas y regresaremos a mi habitación. Voy a usar mi antigua red de mercado negro de pedir una pizza.

La mención de la pizza fue suficiente para sacudir a Miles y Shelby de su coma, pero a Mai le tomó más tiempo adaptarse. No era raro que su habitación siguiera vacía. Contando con los dedos, se dio cuenta de que había estado ausente de este lugar menos de tres semanas. Parecía mucho más tiempo, como que cada día había sido un mes, y para Mai era imposible imaginarse Espada y Cruz sin que ninguna de las personas —o los ángeles o demonios— hubieran formado su vida aquí.

—No te preocupes. —Arriane estaba junto a Mai—. Este lugar es como una puerta giratoria. La gente viene y va todo el tiempo a causa de algún problema de libertad condicional, padres locos, lo que sea. A nadie le importa. Si alguien te da una segunda mirada… sólo les das una tercera. O me los envías a mí. —Ella hizo un puño—. ¿Estás lista para salir de aquí? —Dijo, y señaló a los demás, que ya seguían a Roland hacia la puerta.

—Luego los alcanzo —dijo Mai—. Hay algo que tengo que hacer primero.

En el extremo este del cementerio, junto a la parcela de su padre, la tumba de Penn era modesta, pero limpia.

La última vez que Mai había visto este cementerio, parecía que se había cubierto de una gruesa capa de polvo. Las consecuencias de todas las batallas de ángeles, William le había dicho. Mai no sabía si el viento ya se había llevado el polvo o si el polvo de ángel desaparecía con el tiempo, pero el cementerio parecía estar de vuelta en su viejo aspecto descuidado. Aún rodeado por un bosque siempre avanzado de enredaderas envueltas alrededor de los robles. Todavía árido y empobrecido, bajo un cielo sin color. Sólo que faltaba algo, algo vital.

Mai no podía poner el dedo encima, pero todavía la hacía sentirse sola.

Una capa rala de hierba de color verde pálido se había vuelto hacia arriba y alrededor de la tumba de Penn, por lo que no se veía tan desfasadamente nueva, en comparación con las tumbas de siglos de antigüedad que la rodeaban. Un ramo de lirios frescos estaba delante de la sencilla lápida gris, que Mai se inclinó hacia abajo para leer:

PENNYWEATHER VAN SYCKLE-LOCKWOOD

Una querida amiga

1991-2009

Mai inhaló una respiración irregular, y las lágrimas brotaron de sus ojos. Ella había dejado Espada y Cruz antes de que hubiera habido tiempo para enterrar a Penn, pero William se había ocupado de todo. Era la primera vez en varios días que su corazón sufría por él. Debido a que había sabido, mejor que ella misma, exactamente qué debería leerse en la lápida de Penn. Mai se arrodilló sobre la hierba, las lágrimas ahora fluyendo libremente, peinando inútilmente con sus manos la hierba.

—Estoy aquí, Penn —susurró—. Lo siento, tenía que salir. Lamento en primer lugar que te mezclaras conmigo. Te merecías algo mejor que esto. Una amiga mejor que yo.

Ella quería que su amiga siguiera aquí. Deseó poder hablar con ella. Sabía que la muerte de Penn era su culpa, y casi le rompió el corazón.

—Ya no sé lo que estoy haciendo, y tengo miedo.

Quería decirle a Penn que la había añorado todo el tiempo, pero lo que añoró realmente era la idea de que hubieran sido más amigas si la muerte no la hubiera apartado antes de tiempo.

—Hola, Mai.

Ella tuvo que enjugar las lágrimas antes de poder ver al señor Cole de pie en el otro lado de la tumba de Penn. Se había acostumbrado tanto a sus profesores elegantemente vestidos en Shoreline, que el señor Cole le parecía casi desaliñado en su traje de color leonado, con su bigote y su cabello castaño separados rectamente por encima de su oreja izquierda como un gobernante.

Mai se puso de pie, sollozando contra su muñeca. —Hola, señor Cole.

Él sonrió amablemente. —Lo has hecho muy bien por allá, me han dicho. Todo el mundo dice que estás haciéndolo muy bien.

—Oh... no... —balbuceó ella—. Yo no sé nada de eso.

—Bueno, yo sí. También sé que tus padres están muy contentos de poder verte. Es bueno cuando estas cosas se pueden trabajar.

—Gracias —dijo ella, esperando que él entendiera lo agradecida que estaba.

—No voy a retenerte, sólo para una pregunta.

Mai esperaba que le preguntara acerca de algo profundo y oscuro, de William y Cam, del bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, la confianza y el engaño… Pero todo lo que dijo fue: —¿Qué te hiciste en el pelo?

La cabeza de Mai sobre el lavabo en el baño de las chicas en el pasillo fuera de la cafetería de Espada y Cruz. Shelby puso las dos últimas rebanadas de pizza apiladas en un plato de papel para Mai. Arriane le tendió una botella barata de tinte de cabello negro — el mejor de Roland podía conseguir en tan poco tiempo, pero no un mal partido para el color natural de Mai.

Ni Arriane ni Shelby habían cuestionado a Mai sobre su repentina necesidad de un cambio. Había estado agradecida por ello. Ahora veía que habían estado esperando que ella estuviera en una posición medio teñida vulnerable para comenzar con su inquisición.

—Creo que William estará encantado —dijo en su Arriane con su tono de cuestión principal en la voz—. O no hiciste esto por William. ¿Verdad?

—Arriane —advirtió Mai. Ella no iba allí. No esta noche.

Pero Shelby parecía quererlo. —¿Sabes lo que siempre me ha gustado de Miles? El hecho de que le gustas por lo que eres, no por lo que haces con tu pelo.

—Si ustedes dos iban a ser tan obvias al respecto, ¿por qué no llevan sus camisetas de “Team William” y “Team Miles”?

—Tenemos que pedirlas —dijo Shelby.

—La mía está en la lavandería —dijo Arriane.

Mai se giró hacia ellas, centrándose en cambio en el agua caliente y la confluencia de las cosas extrañas que fluían sobre su cabeza, en su cuero cabelludo, y por el desagüe: los dedos regordetes Shelby habían ayudado con el trabajo del primer tinte de Mai, en la época que Mai pensó que era la única manera de empezar de nuevo. El primer acto de amistad de Arriane hacia Mai había sido pedirle que le cortara el pelo negro, para parecerse a Mai. Ahora sus manos trabajaban a través del cuero cabelludo de Mai en el mismo cuarto de baño donde Penn la había limpiado y enjuagado del pastel de carne que Molly había vertido sobre su cabeza su primer día en Espada y Cruz.

Era agridulce, y hermoso, y Mai no podía entender cualquiera de sus significados. Sólo que no quería ocultarse más, no de sí misma, o de sus padres, no de William, o incluso de los que querían hacerle daño.

Había estado buscando una barata transformación cuando fue por primera vez a California. Ahora se dio cuenta que la única manera en que valía la pena hacer un cambio era hacer uno de verdad. Matando su pelo negro no era la respuesta —aunque ella sabía que no estaba allí todavía—, pero al menos era un paso en la dirección correcta.

Arriane y Shelby dejaron de discutir sobre qué chico era el alma gemela de Mai. La miraron en silencio y ella asintió con la cabeza. Lo sintió antes de ver su reflejo en el espejo: El pesado peso de la melancolía, que ella ni siquiera sabía que estaba asumiendo, se había levantado de su cuerpo.

Ella estaba de vuelta a sus raíces. Estaba preparada para ir a casa.

Capítulo 18

Acción De Gracias
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tamalevyrroni

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Re: Webnovela LevyRorni Adaptada Torment.

Mensaje por tamalevyrroni el Miér Oct 11, 2017 2:36 pm

Cuando Mai entró por la puerta principal de la casa de sus padres en Thunderbolt, todo estaba igual: el perchero en el vestíbulo aún parecía a punto de caer por el peso de tantas chaquetas. El olor de las cortinas secas hacía que la casa se sintiera todavía más limpia de lo que estaba.

El sofá de flores, en la sala, estaba desteñido por el sol de la mañana que caía a través de las persianas. Una pila de revistas de decoración manchadas cubrían la mesa de café, las páginas favoritas estaban marcadas con recibos de comestibles. Por un tiempo atrás, sus padres soñaban con que se hiciera realidad el pago de su hipoteca y que por fin tuvieran un poco de dinero extra para la remodelación.

Andrew, el poodle histérico de su madre, trotó para oler a los invitados y darle a Mai su familiar mordida en la parte posterior del tobillo. El papá de Mai dejó su maleta de lona en el hall de entrada, pasando un brazo alrededor de su hombro. Mai vio su reflejo en el espejo estrecho de la entrada: padre e hija.

Sus gafas sin montura se deslizaron hacia abajo en la nariz, mientras le besaba la coronilla de su pelo negro.

—Bienvenida a casa, Mai —dijo—. Te extrañamos por aquí.

Mai cerró los ojos. —Te eché de menos, también. —Fue la primera vez en semanas que no le había mentido a sus padres.

La casa estaba caliente y llena de aromas embriagadores del día de Acción de Gracias. Ella inhaló y pudo instantáneamente imaginarse cada envoltura de aluminio en el plato manteniéndose caliente en el horno. Pavo frito con relleno de champiñones, la especialidad de su padre. Había salsa de arándanos y manzana, en el aire se respiraba el olor de la levadura de los panecitos, y suficiente pastel de nuez y calabaza de su madre como para alimentar a todo el estado. Debió haber estado cocinando toda la semana.

La madre de Mai se apoderó de sus muñecas. Sus ojos castaños estaban un poco húmedos en los bordes. —¿Cómo estás, Mai? —Preguntó ella—. ¿Estás bien?

Fue un gran alivio estar en casa. Mai podía sentir sus ojos demasiado húmedos también. Ella asintió con la cabeza, dándole a su madre un abrazo.

Su madre tenía el cabello oscuro a la altura del mentón, completamente arreglado, como si acabara de estar en el salón de belleza el día anterior. Lo cual, que ella supiera, probablemente era cierto. Se veía más joven y más guapa de lo que recordaba. En comparación con los padres ancianos que había intentado visitar en Mount Shasta, incluso en comparación con Vera, la madre de Mai parecía feliz y viva, sin contaminación por el dolor.

Era porque ella nunca había tenido que sentir lo que los demás habían sentido, la pérdida de una hija. La pérdida de Mai. Sus padres habían hecho toda su vida a su alrededor. Quedarían destrozados si ella muriera.

Ella no podía morir de la manera que lo había hecho en el pasado. Ella no podía arruinar la vida de sus padres en esta ocasión, ahora que sabía más sobre su pasado. Ella haría lo que fuera para mantenerlos felices.

Su mamá reunió los abrigos y los sombreros de los cuatro adolescentes que estaban de pie en el vestíbulo. —Espero que tus amigos traigan apetito.

Shelby sacudió el pulgar a Miles. —Sea cuidadosa con lo que desea.

Era como si los padres de Mai no tuvieran en mente el cuidado que tenían en los últimos minutos con los invitados a la mesa de Acción de Gracias. Cuando su neoyorquino padre había atravesado las altas puertas de hierro forjado de Espada y Cruz, poco antes del mediodía, Mai lo había estado esperando, de hecho no había podido dormir en toda la noche. Entre la extrañeza de estar de vuelta en Espada y Cruz y sus nervios sobre la rara mezcla de personas para Acción de Gracias del día siguiente, su mente no iba a estar serena.

Por suerte, la mañana pasó sin incidentes, y después de dar a su padre el más largo abrazo, más apretado del que le había dado alguna vez a alguien, mencionó que tenía algunos amigos, sin lugar a donde ir para las vacaciones. Cinco minutos más tarde, todos estaban en el coche.

Ahora ellos pululaban en torno a la infancia en casa de Mai, recogiendo imágenes enmarcadas de ella en diferentes épocas, mirando la misma ventana francesa que ella había estado mirando, con una cuenca de cereales, por más de una década. Todo fue un poco surrealista. Arriane saltó a la cocina para ayudar a su mamá a batir la crema, y Miles salpicó a su padre con preguntas sobre la enorme pieza de telescopio que tenía en su oficina. Mai sintió una oleada de orgullo por sus padres, por hacer que todos se sintieran bienvenidos.

El sonido de una bocina de coche afuera la sobresaltó.

Se sentó en el blando sofá y levantó el listón de la persiana. Afuera, un taxi rojo y blanco permanecía en frente de la casa con el aire frío del otoño. Las ventanas estaban polarizadas, pero el pasajero sólo podía ser una persona.

Callie.

Una de las altas botas de cuero rojo de Callie, que llegaban hasta la rodilla, se mostró en la puerta de atrás, permaneciendo en la acera de hormigón. Un segundo después, la cara de corazón de la mejor amiga de Mai apareció a la vista. La piel de porcelana de Callie se sonrojó, su pelo castaño corto, cortado de una forma elegante en un ángulo próximo a la barbilla. Sus ojos brillaban de color azul pálido. Por alguna razón, ella no dejaba de mirar dentro de la cabina.

—¿Que miras? —Preguntó Shelby, tirando hacia arriba otra persiana para poder ver. Roland se deslizó al otro lado de Mai y se asomó también, justo a tiempo para ver a William deslizándose del taxi, seguido de Cam, desde el asiento delantero.

Mai contuvo el aliento al verlos.

Los dos chicos llevaban oscuros abrigos largos, como los escudos que habían llevado en la orilla de la escena que había vislumbrado. Sus cabellos brillaban a la luz del sol. Y, por un momento, Mai recordó por qué había estado inicialmente intrigada por ambos en Espada y Cruz. Eran hermosos. No había manera de evitarlo. Surrealista, innaturalmente sorprendentes.

Pero, ¿qué diablos estaban haciendo aquí?

—Justo a tiempo, —murmuró Roland.

Al otro lado, Shelby preguntó: —¿Quién los invitó?

—Eso estaba pensando, exactamente —dijo Mai, pero no podía evitar sentir que se desmayaba poco a poco con la visión de William.

A pesar de que las cosas entre ellos eran un desastre.

—Mai. —Roland se reía al ver su expresión mientras miraba a William—. ¿No crees que debes responder a la puerta?

El timbre sonó.

—¿Es Callie? —La mamá de Mai llamó desde la cocina sobre el zumbido de la batidora.

—¡Yo atiendo! —Mai gritó, sintiendo un dolor frío que se difundía a través de su pecho. Por supuesto que quería ver a Callie. Pero más abrumadora que su alegría por ver a su mejor amiga, ella se dio cuenta, era su ansia por ver a William. Por tocarlo, abrazarlo y respirarlo. Para presentarle a sus padres.

¿Serían capaces de verlo? No, ¿verdad? Ellos serían capaces de decir que Mai había encontrado a la persona que había cambiado su vida para siempre.

Abrió la puerta.

—¡Feliz día de Acción de Gracias! —Sonó una aguda voz del sur arrastrando las palabras. Mai tenía que abrir y cerrar la puerta varias veces antes de que su cerebro pudiera unir lo que veía ante sus ojos.

Gabbe, la más bella y perfectamente educada ángel de Espada y cruz, estaba de pie en el porche de Mai con un vestido de jersey rosa. Su cabello rubio era una cantidad de trenzas hermosas, fijadas con algunos remolinos en la parte superior de su cabeza. Su piel tenía un suave y hermoso brillo no muy diferente al de Francesca. Ella sostuvo un ramo de gladiolos blancos en una mano y un cubo de helado en la otra.

Junto a ella, con el pelo teñido de rubio con marrón en las raíces, estaba el demonio Molly Zane. Los jeans negros desgarrados hacían juego con su suéter negro deshilachado, como si estuviera todavía siguiendo el código de vestimenta de Espada y Cruz. Sus piercings faciales se habían multiplicado desde la última vez que Mai la había visto. Tenía una pequeña cafetera negra de hierro fundido en el hueco de su brazo. Estaba mirando a Mai.

Mai podía ver a los otros caminando por el curvo camino. William sostenía la maleta de Callie encima de su hombro, pero era Cam quien estaba inclinado, sonriendo, con su mano en el antebrazo derecho de Callie mientras hablaba con ella. Ella parecía no saber si estar un poco nerviosa o absolutamente encantada.

Estábamos en el vecindario. —Gabbe sonrió, sosteniendo las flores hacia Mai—. Hice mi helado de vainilla casero, y Molly puso un aperitivo.

—Camarones Diablo. —Molly levantó la tapa de la caldera, y Mai respiró un caldo de ajo picante—. Receta de familia. —Molly colocó la tapa y luego empujó a Mai, pasando al hall, tropezando con Shelby en su camino.

—Perdóname —dijeron con brusquedad al mismo tiempo, mirándose entre ellas con recelo.

—Ah, bueno. —Gabbe se inclinó para darle un abrazo a Mai—. Molly ha hecho una amistad.

Roland llevó a Gabbe a la cocina, y Mai tenía su primera visión clara de Callie. Cuando se miraron a los ojos, no podían sostenerse ellas mismas: las dos chicas sonrieron de oreja a oreja involuntariamente y corrieron hacia la otra. El impacto del cuerpo de Callie dejó sin aliento a Mai, pero no importaba. Sus brazos estuvieron alrededor de la otra, el rostro de cada una enterrado en el pelo de la otra. Se reían de la forma en que sólo se ríe un buen amigo después de una separación de mucho tiempo.

A regañadientes, Mai se apartó y se giró hacia los dos hombres de pie a unos metros atrás. Cam lucía como siempre: controlado y cómodo, ingenioso y apuesto. William se veía incómodo, y tenía buenas razones para estarlo. No habían hablado desde que la había visto besando a Miles, y ahora estaban de pie con la mejor amiga de Mai y el viejo enemigo de William... o lo que fuera Cam para William ahora. Pero…

William estaba en su casa. A un grito de distancia de sus padres. ¿Podría perderlo si sabían quién era en realidad? ¿Cómo ella presentaba a este chico, que era el responsable de un millar de sus muertes, por quien se sentía atraída magnéticamente casi todo el tiempo, que era imposible, escurridizo, secreto y, a veces, incluso, cuyo amor ella no entendía, que estaba trabajando con el diablo? ¡Por el amor de Dios! Y si él creía que mostrándose aquí sin ser invitado con ese demonio era una buena idea, tal vez no la conocía muy bien.

—¿Qué estáis haciendo aquí? —Su voz era completamente seca porque no podía hablar con William sin hablarle a Cam, tampoco podía hablar con Cam sin quererle tirar algo pesado.

Cam habló primero.

—Feliz día de Acción de Gracias a ti también. Hemos escuchado que tu casa era el lugar para estar hoy.

—Nos encontramos con tu amiga aquí, en el aeropuerto —agregó William, con el tono plano que usaba cuando él y Mai estaban en público. Era más formal, haciendo que el anhelo de estar sola con él se hiciera más real... para poder agarrarlo por las solapas de su estúpido abrigo y agitarlo hasta que le explicara todo. Esto había ido demasiado lejos.

—Tuvimos una charla, compartimos el taxi —Cam señaló, guiñándole un ojo a Callie. Callie sonrió a Mai—. Estaba imaginando que había alguna reunión íntima en el hogar de los Price, pero esto está mucho mejor. Ahora puedo obtener la verdadera exclusiva.

Mai podía sentir a su amiga buscando su rostro para tener una pista acerca de cuál era el trato que se le debía dar a estos dos chicos.

El día de Acción de Gracias estaba a punto de volverse incómodo, realmente rápido. Esta no era la manera en que las cosas tenían que ir.

—¡Hora del pavo! —Su madre llamó desde la puerta. Su sonrisa se transformó en una mueca de confusión al ver la multitud afuera—. ¿Mai? ¿Qué está pasando? —Su viejo delantal de rayas verdes y blancas estaba atado alrededor de su cintura.

—Mamá —dijo Mai, haciendo un gesto con la mano—, esta es Callie, y Cam, y... — Ella quería poner su mano sobre William, o hacer algo, cualquier cosa para que su mamá supiera que él era especial, que era único. Para hacerle saber a él, también, que ella todavía lo amaba, que todo entre ellos iba a estar bien. Pero no pudo. Ella se quedó allí—. William.

—Está bien. —Su madre miró a cada uno de los recién llegados—. Bueno, bueno, bienvenidos. Mai, cariño, ¿puedo hablar contigo?

Mai fue con su madre hasta la puerta, levantando un dedo para que Callie supiera que estaría de regreso. Luego siguió a su madre a través del hall, a través del pasillo oscuro adornado con cuadros enmarcados de la infancia de Mai, y llego al acogedor dormitorio de sus padres. Su madre se sentó en la colcha blanca y se cruzó de brazos.

—¿Te animarías a decirme algo?

—Lo siento, mamá —dijo Mai, hundiéndose en la cama.

—No quiero dejar a nadie fuera de una comida de Acción de Gracias, ¿pero no te parece que tenemos que marcar una línea en alguna parte? ¿No deberías tener cuidado con la cantidad de personas?

—Sí, por supuesto que tienes razón —dijo Mai—. Yo no invité a todas estas personas. Estoy tan atónita como tú por todos los que se presentaron.

—Es que tenemos tan poco tiempo contigo. Nos encantaría conocer a tus amigos, — dijo la mamá de Mai, acariciándole el pelo—, pero debemos cuidar más nuestro tiempo contigo.

—Sé que esto es una imposición muy grande, pero mamá... —Mai giró la mejilla sobre la palma abierta de su madre—, él es especial. William. Yo no sabía que iba a venir, pero ahora que él está aquí, necesito este tiempo con él, tanto como lo necesito contigo y con papá. ¿Tiene algún sentido?

—¿William? —Su mamá repitió—. ¿Ese muchacho rubio hermoso? Ustedes dos son…

—Estamos enamorados. —Por alguna razón, Mai estaba temblando. A pesar de que tenía sus dudas acerca de su relación, decirle en voz alta a su madre que amaba a William lo hizo parecer cierto, le hizo recordar que, a pesar de todo, realmente lo amaba.

—Ya veo. —Cuando su madre asintió con la cabeza, sus arreglados rizos castaños permanecieron en su lugar. Ella sonrió—. Bueno, podemos echar a algunos, pero a él no, ¿verdad?

—Gracias, mamá.

—Gracias a tu padre, también. Y, ¿cariño? La próxima vez, danos un aviso previo, por favor. Si yo hubiera sabido que ibas a traerlo a casa, habría agarrado tu álbum de bebé del ático. —Ella le hizo un guiño, y le dio un beso en la mejilla a Mai.

De regreso en la sala de estar, Mai corrió primero donde William.

—Me alegro de poder estar con tu familia después de todo —dijo.

—Espero que no estés enojada con William por traerme —señaló Cam. Mai buscó un poco de orgullo en su voz, pero no lo encontró—. Estoy seguro de que los dos preferirían que yo no estuviera aquí, pero… —miró a William—, un trato es un trato.

—Estoy segura —dijo Mai, calmada. La cara de William lucía distante. Entonces se oscureció. Miles entró desde el comedor.

—Um, bueno, tu padre está a punto de hacer un brindis. —Los ojos de Miles estaban fijos en Mai de una manera que le hizo pensar que estaba tratando de no cruzarse con la mirada de William—. Tu mamá me dijo que te preguntara dónde quieres sentarte.

—Oh, donde sea. ¿Tal vez junto a Callie? —Un leve golpe de pánico sintió Mai cuando pensó en todos los otros invitados y la necesidad de mantenerlos lo más lejos posible entre sí. Y a Molly lejos de casi todo el mundo—. Debería haber hecho un plano de la sala.

Roland y Arriane habían hecho un trabajo rápido con la creación de un juego de mesa en el borde de la mesa del comedor, por lo que el banquete ya se extendía a la sala de estar. Alguien había arrojado un blanco y dorado mantel, y sus padres aún no habían dispuesto la porcelana. Las velas se encendieron y se llenaron las copas de agua. Y pronto Shelby y Miles llevaron humeantes platos de judías verdes y puré de papas, mientras que Mai se sentó entre Callie y Arriane.

Su íntima cena de Acción de Gracias era ahora servida a doce: cuatro personas, dos Nephilim, seis ángeles caídos (tres del lado del Bien y tres del Mal), y un perro vestido como un pavo, con su plato de sobras debajo de la mesa.

Miles se fue al asiento justo en frente de Mai, hasta que William le dio una mirada amenazante. Miles se retractó, y William estaba a punto de sentarse cuando Shelby se deslizó y se sentó sonriente, luciendo un poco victoriosa. Miles se sentó en la izquierda de Shelby, frente a Callie, mientras que William, luciendo vagamente molesto, se sentó a su derecha, frente a Arriane.

Alguien estaba pateando a Mai debajo de la mesa, tratando de llamar su atención, pero ella mantuvo los ojos en el plato.

Una vez que todos estuvieron sentados, el padre de Mai se puso de pie en la cabecera de la mesa, frente a su madre. Él tintineó el tenedor contra su vaso de vino tinto. —He sido conocido por hacer un discurso largo hasta quedarme sin aliento, o quizás dos en esta época del año. —Se rió entre dientes—. Pero nunca antes hemos servido a tantos niños hambrientos, así que voy a ir al grano. Estoy agradecido por mi dulce esposa, Doreen, mi hermosa hija, Lucie, y por todos ustedes que están con nosotros. —Se fijó en Mai, mientras unos hoyuelos se dibujaban sus mejillas como lo hacía cuando estaba especialmente orgulloso—. Es maravilloso verte prosperando, convirtiéndote en una joven bella con tantos buenos amigos. Esperamos que todos regresen. Salud, a todos. A los amigos.

Mai forzó una sonrisa, para evitar las miradas furtivas que todos sus “amigos” estaban compartiendo.

—Concuerdo. —William rompió el exquisito e incómodo silencio, levantando su copa—. ¿De qué sirve la vida sin verdaderos, confiables amigos?

Miles apenas lo miró, sumergiendo profundamente una cuchara de servir en el puré de papas.

—Lo dice el propio Sr. confiable.

Los Prices fueron pasando los platos, demasiado ocupados en los extremos opuestos de la mesa como para notar la mirada sucia que William le dirigió a Miles. Molly estaba repartiendo un montón de cucharadas de Camarones Diablo, que aún nadie había tocado, en el plato de Miles.

—Sólo dime cuando sea suficiente, tío.

—Whoa, Missouri, ahorra un poco de eso para mí. —Cam tomó el tazón de camarones—. Oye, Miles. Roland me dijo que mostraste algunas locas habilidades de esgrima el otro día. Apuesto a que las chicas se volvieron locas. —Se inclinó hacia delante—. ¿Tú estabas allí, verdad, Mai?

Miles se había quedado con el tenedor en el aire. Sus grandes ojos azules parecían confundidos acerca de las intenciones de Cam, quien parecía estar esperando oír que Mai dijera que sí, que las chicas, incluida ella misma, efectivamente se habían vuelto locas.

—Roland también dijo que Miles perdió —dijo William plácidamente, y clavó el tenedor en un trozo de relleno.

En el otro extremo de la mesa, Gabbe cortó la tensión con un ronroneo fuerte y satisfecho. —Oh, Dios mío, señora Price. Estas coles de Bruselas son una pequeña muestra del Cielo. ¿No lo son, Roland?

—Mmm —coincidió Roland—. Realmente me trae de vuelta a un tiempo más sencillo.

La madre de Mai comenzó a recitar la receta, mientras que el papá de Mai contó cómo era la producción local. Mai estaba tratando de disfrutar de esta rara ocasión con su familia, y Callie se le inclinaba para decirle al oído que todo el mundo parecía estar muy bien, sobre todo Arriane y Miles, pero había otras situaciones por controlar. Mai sentía que podría tener que desactivar una bomba en cualquier momento. Unos minutos después, pasada toda la situación de la mesa, por segunda vez, la madre de Mai, dijo: —Sabes, tu padre y yo nos conocimos cuando teníamos tu edad.

Mai había oído la historia tres mil quinientas veces antes.

—Él era el mariscal de campo en Atenas High. —Su madre le hizo un guiño a Miles—. Los chicos atléticos ponían locas a las chicas, también.

—Sí, los troyanos fueron doce veces campeones. —El papá de Mai sonrió, y esperó para seguir con su línea—. Yo sólo tenía que mostrarle a Doreen que no era el mismo tipo duro fuera de la cancha.

—Creo que es genial el matrimonio tan fuerte que ustedes dos tienen —dijo Miles, cogiendo otro de los famosos bollos de la madre de Mai—. Mai es suertuda por tener padres tan honestos y abiertos con ella, y entre ellos.

La madre de Mai sonrió de oreja a oreja.

Pero antes de que pudiera responder, William intervino: —Hay mucho más que amor, Miles. ¿No lo diría, señor Price, que una relación real es algo más que simple diversión y juegos? ¿Que se necesita un poco de esfuerzo?

—Por supuesto, por supuesto. —El padre de Mai le dio unas palmaditas a sus labios con la servilleta—. ¿Sino por qué iban a llamar compromiso al matrimonio? Claro, el amor tiene sus altibajos. Así es la vida.

—Bien dicho, Sr. P. —dijo Roland con calma, luciendo mayor de diecisiete años, con una vieja cara—. Dios lo sabe, he visto algunos altibajos.

—Oh, vamos. —Intervino Callie, para sorpresa de Mai. Pobre Callie, mostrando su cara llena de valor—. Ustedes, chicos, hacen que suene pesado.

—Callie tiene razón —dijo la mamá de Mai—. Ustedes, niños, son jóvenes y llenos de entusiasmo, y realmente deberían divertirse.

Diversión.

¿Así que ese era el objetivo en ese momento? ¿Era divertido incluso para Mai? Echó un vistazo a Miles. Él estaba sonriendo.

—Me estoy divirtiendo —murmuró él.

Eso marcó una diferencia en Mai, que miró alrededor de la mesa de nuevo y se dio cuenta de que, a pesar de todo, se estaba divirtiendo demasiado. Roland le estaba haciendo una demostración del lenguaje del camarón a Molly, quien posiblemente se reía por primera vez en la historia. Cam, quien adoraba a Callie, incluso le ofrecía mantequilla para su rollo, lo cual negó, con las cejas levantadas y una tímida sacudida de cabeza. Shelby comía como si estuviera entrenando para una competición. Y alguien aún estaba jugueteando con los pies de Mai debajo de la mesa.

Ella conoció los ojos violetas de William. Él le guiñó un ojo, dándole mariposas a su estómago.

Había algo remarcable acerca de este encuentro. Era el día de Acción de Gracias más animado que había tenido desde que la abuela de Mai murió y los Price dejaron de ir a los pantanos de Louisiana para las vacaciones.

Así que esta era su familia ahora: todas estas personas, ángeles, demonios, y todo lo que eran. Para bien o para mal, complicado, peligroso, lleno de altibajos, e incluso a veces divertido. Justo como su padre había dicho: esta era la vida.

Y para una chica que había tenido alguna experiencia con la muerte, la vida, el tiempo, era algo con lo que sentirse abrumadoramente agradecido.

—Bueno, he tenido suficiente —anunció Shelby después de unos minutos más—. Ya sabes. Los alimentos. ¿Todo el mundo terminó? Vamos a terminar con esto —ella silbó e hizo un gesto de lazo con el dedo—. Estoy ansiosa por volver a la escuela reformada que todos van a… um…

—Voy a ayudar a limpiar la mesa. —Gabbe se levantó de un salto y empezó a apilar los platos, arrastrando a una reacia Molly en la cocina con ella.

La mamá de Mai seguía disparando sus miradas furtivas, tratando de ver el encuentro a través de los ojos de su hija. Lo cual era imposible. Se había aferrado a la bonita idea de William muy rápidamente y siguió mirando de ida y vuelta entre los dos. Mai quería una oportunidad para mostrar a su mamá que lo de ella y William era algo sólido, maravilloso y único en el mundo, pero había muchas otras personas alrededor. Todo lo que debía haber sido fácil, era duro.

Entonces Andrew dejó de masticar las plumas que sentía alrededor de su cuello y empezó a ladrar a la puerta. El padre de Mai se levantó y cogió la correa del perro. — Alguien quiere caminar después de la cena. —Anunció.

Su madre se puso de pie, también, y Mai la siguió hasta la puerta y la ayudó a ponerse el abrigo. Mai le entregó a su padre su bufanda. —Gracias chicos por venir en esta noche tan fría. Vamos a lavar los platos, mientras van.

Su madre sonrió. —Haces que nos sintamos orgullosos, Mai. No importa lo que pase. Recuérdalo.

—Me gusta ese Miles —dijo el padre de Mai, recortando la correa de Andrew a su cuello.

—Y William es... simplemente sorprendente —dijo su madre a su padre en un tono de voz líder.

Las mejillas de Mai se sonrojaron, y miró de nuevo a la mesa. Ella dio a sus padres una mirada de por-favor-no-me-avergüencen. —¡Está bien! ¡Tienen una larga caminata por delante!

Mai abrió la puerta y los vio salir a la noche con el perro ansioso prácticamente atragantándose con su correa. El aire frío, que entraba a través de la puerta abierta, era refrescante. La casa estaba caliente, porque mucha gente la llenaba. Justo antes de que sus padres desaparecieran por la calle, Mai creyó ver un destello en el exterior.

Algo que parecía un ala.

—¿Viste eso? —dijo, sin estar segura de a quién se estaba dirigiendo.

—¿Qué? —Llamó su padre, volviéndose hacia ella. Se veía tan pleno y feliz que casi rompió el corazón de Mai.

—Nada. —Mai forzó una sonrisa mientras cerraba la puerta. Podía sentir a alguien detrás de ella. William. El calor de él dominó el lugar donde ella se encontraba.

—¿Qué viste? —Su voz era helada, no con ira sino con miedo. Ella lo miró, tratando de alcanzar sus manos, pero se había vuelto hacia otro lado.

—Cam —gritó él—. Consigue tu arco.

Al otro lado de la habitación, la cabeza de Cam se disparó. —¿Ya?

Un sonido zumbando fuera de la casa le hizo callar. Se apartó de la ventana y alcanzó el interior de su chaqueta. Mai vio el destello de plata, y recordó las flechas que había recogido de la chica desterrada.

—Dile a los demás —dijo William antes de pasar frente a Mai. Sus labios entreabiertos y la mirada desesperada de su rostro le hicieron pensar que podía darle un beso, pero lo único que hizo fue decir—: ¿Tienes un sótano para tornados?

—Dime lo que está pasando —dijo Mai. Podía oír el agua corriendo en la cocina, y a Arriane y Gabbe cantando en armonía “Heart and Soul” con Callie, mientras lavaban los platos. Ella podía ver las expresiones asustadizas de Molly y Roland mientras limpiaban la mesa. Y, de repente, Mai sabía que la cena de Acción de Gracias era toda una actuación. Un encubrimiento. Sólo que no sabía para qué.

Miles apareció al lado de Mai. —¿Qué está pasando?

—Nada que te concierne —dijo Cam. No bruscamente, sino afirmando los hechos—. Molly. Roland.

Molly dejó la pila de platos. —¿Qué necesitas que hagamos?

Fue William quien respondió, hablando con Molly como si de repente estuvieran en el mismo lado. —Dile a los otros. Y encuentren escudos. Van a estar armados.

—¿Quiénes? —preguntó Mai—. ¿Los Desterrados?

Los ojos de William aterrizaron en ella y su cara cayó. —No deberían habernos encontrado esta noche. Sabíamos que era una posibilidad, pero realmente no quería hacer esto aquí. Lo siento.

—William —Cam le interrumpió—. Lo único que importa ahora es luchar.

Un pesado golpeteo dio un vuelco a través de la casa. Cam y William se movieron instintivamente hacia la parte delantera, rumbo a la puerta, pero Mai negó con la cabeza. —La puerta de atrás —susurró—. A través de la cocina.

Todos ellos se detuvieron un momento y escucharon el crujido de la puerta trasera. Luego vino un largo y penetrante grito.

—¡Callie! —Mai echó a correr por la sala, temblando al imaginar el escenario al que se enfrentaba su mejor amiga. Si Mai hubiera sabido que los desterrados se presentarían, no habría dejado venir a Callie. Ella nunca debería haber venido a casa en lo absoluto. Si algo malo le pasaba, Mai nunca se perdonaría.

Atravesando la puerta de la cocina de sus padres, Mai vio a Callie, escudada tras Gabbe en el estrecho marco. Ella estaba a salvo, al menos por ahora. Mai suspiró, casi colapsando de espaldas en la pared muscular que William, Cam, Miles, y Roland habían formado detrás de ella.

Arriane estaba en la puerta, con un martillo de carnicero gigante levantado en sus manos. Ella parecía a punto de golpear a alguien que Mai no podía ver todavía.

—Buenas noches —dijo la voz de un chico, rígida con la formalidad.

Cuando Arriane bajó el martillo de carnicero, allí en la puerta había un muchacho alto y delgado atrincherado en un abrigo café. Estaba muy pálido, con un rostro estrecho y una nariz fuerte. Él resultaba familiar. Tenía el pelo teñido de rubio. Ojos blancos. Un Desterrado.

Pero Mai lo había visto en otro lugar antes.

—¿Phil? —Gritó Shelby—. ¿Qué diablos estás haciendo aquí? ¿Y qué pasó con tus ojos? Están todos…

William volvió sobre Shelby. —¿Sabes que él es un Desterrado?

—¿Desterrado? —La voz de Shelby tembló—. Él no es uno… él es mi penosamente idiota ex novio.

—Ha estado usándote —dijo Roland, como si supiera algo que el resto de ellos no sabía—. Debería haberlo sabido. En caso de haberlo reconocido por lo que era.

—Pero no lo hiciste — dijo el desterrado, su voz extrañamente tranquila. Metió la mano dentro de su abrigo, y de un bolsillo interior sacó un arco de plata. De su otro bolsillo vino una flecha de plata, que él golpeó rápidamente. Señalando a Roland, a continuación recorrió la multitud, buscando en cada uno de ellos—. Por favor, perdonen mi interrupción. He venido a buscar a Maite.

William dio un paso hacia el desterrado. —No vas a buscar a nadie ni a nada —dijo—, con excepción de una muerte rápida, a menos que salgas ahora mismo.

—Perdón, pero no, no puedo hacer eso —respondió el chico, con los musculosos brazos sin soltar la tensa flecha de plata—. Hemos tenido tiempo para prepararnos para esta noche de la restitución bendecida. No vamos a irnos con las manos vacías.

—¿Cómo pudiste, Phil? —gimió Shelby, volviéndose a Mai—. Yo no sabía... honestamente, Mai, no lo sabía. Sólo pensé que era un desgraciado.

Los labios del chico se acurrucaron en una sonrisa. Sus ojos horribles, sin fondo, eran directamente de una pesadilla. —Me la dan sin una pelea, o ninguno de ustedes va a ser salvado.

Luego Cam estalló en una carcajada larga, riendo profundamente. Sacudió la cocina e hizo que el muchacho en la puerta se contrajera, incómodo.

—¿Tú y cuál ejército? —Dijo Cam—. Sabes, creo que eres el primer desterrado con sentido del humor que he conocido. —Él miró alrededor de la cocina—. ¿Por qué no lo haces y aprovecho para sacarte fuera? Acaba de una vez, ¿de acuerdo?

—Con mucho gusto —respondió el chico, con una sonrisa plana en sus labios pálidos.

Cam puso los hombros hacia atrás, como si estuviera trabajando en un nudo, y allí, justo en sus hombros, un enorme par de alas de oro atravesó su suéter gris de cachemira. Ellas se desplegaron detrás de él, ocupando la mayor parte de la cocina. Las alas de Cam eran tan brillantes que casi te dejaban ciego.

—¡Santo infierno! —Callie susurró, parpadeando.

—Más o menos —dijo Arriane mientras Cam arqueaba sus alas hacia atrás y chocaba más allá del chico marginado, atravesando la puerta y saliendo al patio trasero—. Mai te lo explicará, ¡estoy segura!

Las alas de Roland se desplegaron con un sonido como el de una parvada de aves tomando vuelo. La luz de la lámpara en la cocina destacó su oro oscuro y negro jaspeado cuando salió por la puerta detrás de Cam. Molly y Arriane fueron detrás de él, empalmándose la una en la otra, mientras las iridiscentes alas de Arriane aplastaban a Molly, devolviendo lo que se parecía un poco a las chispas eléctricas empujando hacia la puerta. A continuación fue Gabbe, cuyas suaves alas blancas se difuminaban abiertas con la gracia de una mariposa, pero con tal velocidad que enviaba una ráfaga de viento con olor a flores a través de la cocina.

William tomó las manos de Mai en las suyas. Cerró los ojos, inhalando, y dejó que se desplegaran sus enormes alas blancas. Completamente extendidas, habrían llenado toda la cocina, pero William las contrajo, junto a su cuerpo, que brillaba y brillaba y parecía por completo demasiado hermoso. Mai extendió la mano y las tocó con ambas manos. Cálido satén liso en el exterior, pero por dentro, lleno de energía. Ella podía sentir que corría a través de William, en su interior. Se sentía tan cerca de él, entendiéndolo por completo. Como si se hubieran convertido en uno.

La sueva voz de él pareció hablar en su mente: “No te preocupes. Todo va a estar bien. Siempre voy a cuidar de ti”. Pero lo que dijo en voz alta fue: —Mantente a salvo. Quédate aquí.

—No —declaró ella—. William…

—Yo volveré. —Luego arqueó sus alas hacia atrás y voló hacia la puerta.

A solas en el interior, los no ángeles estaban reunidos. Miles estaba presionado contra la puerta de atrás, por la ventana abierta. Shelby tenía la cabeza entre las manos. La cara de Callie se veía tan blanca como si estuviera congelada.

Mai deslizó una mano en Callie. —Creo que tengo algunas cosas que explicar.

—¿Quién es ese chico con el arco y la flecha? —Callie susurró, inmutándose pero cuidando mucho de la mano de Mai—. ¿Quién eres tú?

—¿Yo? Yo sólo soy... yo. —Mai se encogió de hombros, sintiendo un escalofrío propagándose a través de ella—. No lo sé.

—Mai —dijo Shelby, claramente tratando de no llorar—. Me siento como una tonta. Te juro que no tenía ni idea. Las cosas que le dije, yo estaba ventilándolo. Siempre estaba preguntando por ti, y él era un buen oyente, pero lo que yo... quiero decir, es que no tenía ni idea de lo que era en realidad... yo nunca, nunca…

—Te creo —dijo Mai. Se trasladó a la ventana, junto a Miles, que daba a la pequeña cubierta de madera que su padre había construido hace unos años—. ¿Qué crees que quiere él?

En el patio, las hojas caídas del roble habían sido rastrilladas y ordenadas en pilas. El aire olía a hoguera. En alguna parte, en la distancia, una sirena estaba sonando. A los pies de tres pasos de la cubierta, William, Cam, Arriane, Roland, y Gabbe estaban uno al lado del otro, frente a la valla.

No, no era la valla, se dio cuenta Mai. Se enfrentaban a una multitud oscura de Desterrados, en posición de firmes con sus flechas de plata destinadas a la fila de los ángeles. El chico desterrado no estaba solo. Había acumulado un ejército.

Mai tuvo que mantener su equilibrio apoyándose en el mostrador. Además de Cam, los ángeles estaban desarmados. Y ya había visto lo que podían hacer las flechas.

—¡Mai, detente! —Miles le gritó, pero ella ya estaba corriendo hacia la puerta.

Incluso en la oscuridad, Mai se dio cuenta de que todos los desterrados eran similares, viéndose sin expresión. Había tanto chicas como chicos, todos ellos pálidos y vestidos con la misma ropa marrón, con el pelo muy corto teñido de rubio para los chicos y las colas de caballo apretadas, casi blancas, para las chicas. Las alas de los desterrados se arquearon hacia fuera de la espalda. Estaban en muy, muy mala forma, en estado calamitoso, y deshilachadas y asquerosamente cubiertas de suciedad. Nada que ver con las gloriosas alas de William o Cam, o cualquiera de los ángeles y demonios que Mai conocía. De pie, con sus extraños ojos vacíos mirando hacia fuera, la cabeza inclinada en distintas direcciones, un desterrado hizo una horrible pesadilla de un ejército. Solamente que Mai no podía despertar.

Cuando William la vio de pie con los otros en la cubierta, se dobló hacia atrás y la agarró con las manos. Su rostro parecía perfecto y salvaje con miedo. —Te dije que permaneciera en el interior.

—No —susurró—. No me quedaré encerrada mientras el resto de vosotros lucha. No puedo seguir viendo morir a la gente a mí alrededor por ninguna razón.

—¿Ninguna razón? Vamos a tener esta pelea en otra ocasión, Mai. —Sus ojos se lanzaron hacia la línea oscura de desterrados cerca de la valla.

Ella apretó los puños a los costados. —William.

—Tu vida es demasiado preciosa para malgastarla en un berrinche. Entra. Ahora.

Un fuerte grito resonó en medio del patio. La primera línea de diez desterrados levantó sus armas hacia los ángeles, y soltaron sus flechas. La cabeza de Mai se disparó justo a tiempo para coger la vista de algo, alguien, catapultándose de la azotea.

Molly.

Bajo ella, un coágulo oscuro blandiendo dos rastrillos, haciéndolos girar como bastones en cada una de sus manos.

Los desterrados escucharon, pero no pudieron ver su venida. Molly giró los rastrillos, labrando las flechas en el aire como si fueran los cultivos en un campo. Ella aterrizó en sus botas de combate negras, la plata que componía las flechas haciendo un ruido sordo y rodando por el suelo, luciendo tan inofensivas como ramitas. Pero Mai lo sabía mejor.

—¡No habrá misericordia ahora! —Un desterrado gritó desde el otro lado del patio.

—¡Ve adentro, y consigue la estrella fugaz! —Cam le gritó a William, montándose en la barandilla de la cubierta y sacando su propio arco de plata. En rápida sucesión, sacó y soltó tres rayos de luz. Los desterrados se retorcieron cuando tres de sus filas desaparecieron en nubes de polvo.

Con la velocidad del rayo, Arriane y Roland se lanzaron por el patio, barriendo las flechas con sus alas.

Una segunda línea de desterrados avanzaba, preparando una nueva fila de flechas. Cuando estaban en el punto de disparo, Gabbe saltó sobre la baranda de la cubierta.

—Vaya, vamos a ver. —Con una mirada feroz en sus ojos, señaló la punta de su ala derecha en el suelo debajo de los desterrados. El césped se estremeció, y luego una costura limpia de tierra, de la longitud del patio trasero y unos cuantos pies más, se abrió, creando una división.

Tomó por lo menos veinte desterrados en lo profundo del abismo negro. Su grito sonó hueco, sólo llorando en el camino hacia abajo. Hasta Dios sabía dónde. Los desterrados detrás de ellos se deslizaron, deteniéndose justo en frente de la horrible garganta que Gabbe había sacado de la nada. Sus cabezas moviéndose de izquierda a derecha, como para ayudar a sus ojos ciegos a encontrar el sentido de lo que acababa de suceder. Unos desterrados más se tambaleaban en el borde y cayeron dentro. Sus lamentos se hicieron más débiles, hasta que no se escuchó ningún sonido. Un instante después, la tierra crujió como una bisagra oxidada y se cerró.

Gabbe señaló suavemente de nuevo su ala a su lado con la máxima elegancia. Se secó la frente. —Bueno, eso debe ayudar.

Pero entonces otra ducha brillante de astillas de plata llovió del cielo. Uno de ellos cayó en el pasillo superior de la cubierta, a los pies de Mai. William tiró la flecha de madera que tenía en su brazo y la arrojó bruscamente, como un dardo letal, directamente en la frente del desterrado de avanzaba.

Hubo un destello de luz, como un flash de cámara y a continuación el chico de ojos blancos ni siquiera tuvo tiempo de gritar con el impacto, sólo se desvaneció en el aire.

Los ojos de William corrieron sobre el cuerpo de Mai, y le dio una palmada abajo, como con incredulidad de que ella aún estaba viva.

A su lado, Callie tragó saliva. —¿Acaba…? —Dijo—. ¿Ese tipo realmente…?

—Sí, —dijo Mai.

—No hagas esto, Mai —dijo William—. No me arrastres contigo adentro. Tengo que luchar. Tienes que irte de aquí. Ahora.

Mai había visto lo suficiente como para estar de acuerdo. Se volvió hacia la casa, para llegar a Callie, pero entonces, a través de la puerta abierta de la cocina, ella alcanzó a ver a unos brutales desterrados.

Tres de ellos. De pie dentro de su casa. Con los arcos de plata destinados a disparar.

—¡No! —gritó William, corriendo para proteger a Mai.

Shelby salió de la cocina hacia la cubierta, cerrando la puerta detrás de ella.

Tres golpes de distintas flechas se clavaron al otro lado de la puerta.

—¡Oye, está exonerada! —Cam llamó desde el césped, asintiendo con la cabeza en breve hacia Shelby antes de golpear una flecha en el cráneo de una joven relegada.

—Está bien, nuevo plan —musitó William—. Encuentren un lugar para refugiarse en algún lugar cercano. Todos ustedes. —Se dirigió a Callie y a Shelby y, por primera vez en toda la noche, a Miles. Agarró a Mai por los brazos—. Mantente alejada de las estrellas fugaces —declaró él—. Prométemelo. —La besó rápidamente, a continuación, estampó a todos contra la pared posterior de la cubierta.

El brillo de las alas de los ángeles era lo bastante brillante como para que Mai, Callie, Shelby y Miles tuvieran que dar sombra a sus ojos. Se agacharon y se arrastraron por la cubierta, la sombra de la barandilla danzando por delante de ellos, mientras que Mai dirigía a todos al patio lateral. A la vivienda. Tenía que haber alguna, en algún lugar.

Más desterrados salieron de las sombras. Aparecieron en las altas ramas de los árboles lejanos, llegando a deambular alrededor de las camas del elevado jardín y el masticar de las termitas comiendo la casa del árbol que Mai había utilizado cuando era niña. Sus arcos de plata brillaban en la luz de la luna.

Cam fue el único en el otro lado con un arco. Él nunca hizo una pausa para contar el número de desterrados que fueron desgranados. Él sólo lanzaba una flecha tras otra con una precisión letal hacia sus corazones. Sin embargo, por cada uno que se iba, otro aparecía.

Cuando se quedó sin flechas, arrancó la mesa de picnic de madera del suelo y la sostuvo en frente de él como un escudo. Descarga tras descarga, las flechas rebotaban fuera de la mesa y caían al suelo a sus pies. Él sólo se agachó, cogió y disparó, se agachó, y disparó.

Los otros tuvieron que ser más creativos.

Roland movió sus alas de oro con tal fuerza que el aire alrededor de las flechas las envió de vuelta en la dirección de la que habían venido, golpeando a varios desterrados a la vez. Molly se encargó de la línea una y otra vez, con sus rastrillos en espiral como espadas de samuráis.

Arriane tiró del viejo columpio de Mai en el árbol y le dio vueltas como un lazo, desviando flechas en la valla, mientras que Gabbe corría alrededor, recogiéndolas. Ella giró y cortó como un derviche, tomando a cualquier desterrado que se acercaba demasiado, sonriendo dulcemente cuando las flechas penetraban su piel.

William había comandado las herraduras de hierro oxidado por debajo del porche.

Lanzándolas a los desterrados, a veces dejando a tres de ellos sin sentido con una herradura que rebotaba de sus cráneos. Entonces se abalanzaba sobre ellos, deslizaba las estrellas de sus arcos, y hundía las flechas en sus corazones con sus propias manos.

En el borde de la cubierta, Mai vio el almacén cubierto de su padre y les indicó a los demás que la siguieran. Ellos se pusieron encima de la barandilla con la hierba por debajo y, agachándose, se apresuraron al cobertizo.

Estaban casi a la entrada cuando Mai escuchó un rápido quejido. Callie gritó de dolor.

—¡Callie! —Mai giró en redondo.

Pero su amiga todavía estaba allí. Ella se frotaba el hombro donde la flecha la rozó, pero fuera de eso, estaba ilesa. —¡Eso es totalmente una picadura!

Mai alcanzó a tocarla. —¿Cómo...?

Callie sacudió la cabeza.

—¡Al suelo! —Shelby gritó.

Mai se dejó caer de rodillas, tirando de los demás hacia abajo con ella y tirando de ellos en el interior del cobertizo. Entre las sombras de las sucias herramientas del padre de Mai, la cortadora de césped, y los viejos equipos deportivos, Shelby arrastró a Mai. Sus ojos brillaban y sus labios estaban temblorosos.

—No puedo creer que esto esté sucediendo —susurró, agarrando el brazo de Mai—. No sabes cuánto lo siento. Todo es mi culpa.

—No es tu culpa —dijo Mai rápidamente. Por supuesto, Shelby no sabía lo que Phil era en realidad. Qué era lo que realmente quería de ella. Lo que esta noche traería. Mai sabía lo que era llevar a todas partes la culpa por hacer algo que no entendías. Ella no se lo habría deseado a nadie. Menos a Shelby.

—¿Dónde está él? —Preguntó Shelby—. Yo podría matar a ese penoso monstruo idiota.

—No. —Mai palmeó la espalda de Shelby—. No vas por ahí. Podrías morir.

—No lo entiendo —dijo Callie—. ¿Por qué alguien querría hacerte daño?

Fue entonces cuando Miles dio un paso hacia la entrada, en un haz de luz de luna. Él llevaba un kayak del padre de Mai sobre su cabeza.

—Nadie va a herirte, Mai —dijo al momento que salió.

Directo a la batalla.

—¡Miles! —gritó Mai—. Vuelve…

Ella se puso de pie para correr detrás de él, entonces se quedó inmóvil, sorprendida por la visión que le arrojaba el lado derecho del kayak, era uno de los desterrados.

Era Phil.

Sus ojos se abrieron en blanco y chilló, cayendo sobre la hierba cuando el kayak lo golpeó. Pálido y desvalido, sus alas sucias se retorcían en el suelo.

Por un instante, Miles parecía orgulloso de sí mismo, y Mai se sentía un poco orgullosa también. Pero a continuación, una pequeña chica relegada dio un paso adelante, ladeó la cabeza como cuando un perro escucha un silbido en silencio, levantó el arco de plata, dirigido a quemarropa al pecho de Miles.

—Sin piedad —dijo con voz apagada.

Miles estaba indefenso frente a esta chica, que parecía que no tenía conocimiento de la misericordia, ni siquiera por los más agradables, como la mayoría de los niños inocentes en el mundo.

—¡Alto! —Mai gritó, con el corazón palpitante en sus oídos mientras corría fuera del cobertizo. Ella podía sentir la batalla pasando a su alrededor, pero todo lo que podía ver era la flecha, a punto de entrar en el pecho de Miles.

A punto de matar a otro de sus amigos.

La cabeza de la chica relegada se inclinó en su cuello. Sus ojos vacíos encendidos sobre Mai, a continuación, se ampliaron ligeramente. Al igual que Arriane había dicho, realmente podía ver la luz del alma de Mai.

—No le dispares a él —Mai levantó sus manos en señal de rendición—. Yo soy a quien quieres.

Capítulo 19

La Tregua Está Rota
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tamalevyrroni

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Re: Webnovela LevyRorni Adaptada Torment.

Mensaje por tamalevyrroni el Miér Oct 11, 2017 2:53 pm

La chica Desterrada bajó su arco. Cuando la flecha se relajó a lo largo de su cuerda, la cadena emitió un sonido chirriante, como la apertura de la puerta de un ático. Su cara estaba tan tranquila como un estanque en un día sin viento.

Ella era de la altura de Mai, con la piel clara, cubierta de rocío, los labios pálidos, y hoyuelos, incluso en ausencia de una sonrisa.

—Si quieres que el chico viva —dijo, con voz monótona—. Voy a cedértelo.

Alrededor de ellos, los otros habían detenido la lucha. El balanceo del neumático rodó hasta detenerse, haciendo un ruido sordo contra la esquina del cerco. Las alas de Roland desaceleraron con suaves golpes y lo llevaron abajo, a tierra. Todo el mundo estaba en silencio, pero el aire estaba cargado de un silencio eléctrico.

Mai podía sentir el peso de las muchas miradas cayendo sobre ella: Callie, Miles, y Shelby. William, Arriane y Gabbe. Cam, Roland, y Molly. La mirada ciega de los propios Desterrados. Pero ella no podía apartarla de la niña con los ojos sin fondo blanco.

—No lo matarás… ¿sólo porque yo lo diga? —Mai estaba muy sorprendida, ella se echó a reír—. Pensé que querías matarme.

—¿Matarte a ti? —La voz mecánica de la chica ascendió, registrando sorpresa—. No, en absoluto. Nos gustaría morir por ti. Queremos que vengas con nosotros. Tú eres nuestra última esperanza. Nuestra entrada.
 
—¿Entrada? —Miles expresó lo que Mai tan sorprendida fue incapaz de decir—. ¿A qué?
 
—Al Cielo, claro. —La chica miró a Mai con los ojos muertos—. Tú eres el precio.
 
—No. —Mai negó con la cabeza, pero las palabras de la chica golpearon en el interior de su mente, haciendo eco de una manera que la hacía sentirse tan vacía que apenas podía soportarlo.

La entrada al Cielo. El precio.

Mai no entendía. Los Desterrados se la llevarían, ¿y para qué? ¿Para utilizarla como alguna clase de moneda de cambio? Esta chica ni siquiera podría ver o saber cómo era Mai. Si Mai había aprendido una cosa en Shoreline, era que nadie podía mantener los mitos, sinceramente. Ellos eran demasiado viejos, demasiado enrevesados.

Todo el mundo sabía que había una historia, una en la que Mai había estado involucrada durante mucho tiempo, pero nadie parecía saber por qué.

—No le hagas caso, Mai. Ella es un monstruo. —Las alas de William temblaban. Como si él pensara que ella podría estar tentada a irse. Los hombros de Mai comenzaron a picar, con un cosquilleo caliente que dejó al resto de su cuerpo frío.

—¿Maite? —Llamó la Desterrada.

—De acuerdo, espera un minuto —dijo Mai. Y se volvió a William—. Quiero saber: ¿Qué es esta tregua? Y no me digas “nada”, no me digas que no puedes explicarlo. Dime la verdad. Me lo debes.

—Tienes razón —dijo William, sorprendiendo a Mai. Él mantuvo la mirada furtiva en la Desterrada, como si ella puede tomar el espíritu de Mai en un momento—. Cam y yo lo preparamos. Estuvimos de acuerdo en dejar a un lado nuestras diferencias durante dieciocho días. Todos los ángeles y los demonios. Nos reunimos para cazar a otros enemigos. Como ellos. —Él apuntó a los Desterrados.

—Pero, ¿por qué?

—Por ti. Debido a que necesitabas tiempo. Nuestro objetivo final puede ser diferente pero, por ahora, Cam y yo… y todos nuestros familiares, trabajan como aliados. Tenemos una prioridad en común.

La visión que Mai había visto en el Anunciador, esa escena repugnante con William y Cam trabajando juntos... ¿se suponía iba a estar bien porque habían acordado una tregua? ¿Para darle tiempo?

—No, incluso tú estás atrapado por la tregua. —Cam escupió en dirección a William—. ¿De qué sirve una tregua si no la respetas?

—Tú no la has mantenido en pie tampoco —dijo Mai a Cam—. Tú estuviste en el bosque fuera de Shoreline.

—¡Protegiéndote! —Dijo Cam—. ¡No sacándote a pasear a la luz de la luna!

Mai se volvió a Arriane. —Cualquiera que sea la tregua, no se ha terminado, y una vez que se acabe, ¿significa que Cam... de repente es enemigo otra vez? ¿Y Roland, también? Esto no tiene ningún sentido.

—Di la palabra, Maite —dijo la Desterrada—. Y te llevaré lejos de todo esto.

—¿A qué? ¿A dónde? —Mai preguntó. Había algo atractivo simplemente en alejarse. De todo el dolor y la lucha y la confusión.

—No hagas algo de lo que puedas arrepentirte, Mai —le advirtió Cam. Era extraña la forma en que sonaba, como la voz de la razón, frente a William, que parecía prácticamente paralizado.

Mai miró a su alrededor por primera vez desde que salió de la caseta. Los combates habían cesado. El mismo polvo que había cubierto el cementerio de Espada y Cruz ahora cubriendo la hierba de su patio trasero.

Mientras su grupo de ángeles parecía totalmente intacto y presente, los Desterrados habían perdido a la mayoría de su ejército. Aproximadamente unos diez estaban de pie a distancia, observando. Con sus arcos de plata bajados.

La muchacha Desterrada todavía estaba esperando que Mai contestara. Sus ojos brillaron en la noche, y sus pies se movieron poco a poco hacia atrás cuando los ángeles se aproximaron más a ella. Cuando Cam se acercó, la chica levantó su arco plateado de nuevo, despacio, y lo apuntó a su corazón.

Mai lo vio tensarse.

—Tú no quieres ir con los Desterrados —le dijo a Mai—, sobre todo no esta noche.

—No le digas lo que tiene o no que hacer —Shelby dijo implacable—. No estoy diciendo que ella deba ir con los monstruos albinos o algo así. Simplemente que todos dejemos de mimarla y le permitamos hacer lo que quiera por una vez. Así que, ya basta.

Su voz retumbó en el patio, haciendo saltar a la chica Desterrada. Ella se dio la vuelta para apuntar con su flecha a Shelby. La flecha de plata temblaba en las manos de la Desterrada. Ella tensó de nuevo la cuerda del arco. Mai contuvo la respiración. Pero antes de que pudiera disparar, sus ojos brillantes se ensancharon. El arco cayó de las manos. Y su cuerpo desapareció en un instante gris tenue de luz.

Dos metros detrás de donde la Desterrada había estado, Molly bajó un arco de plata. Ella había disparado a la niña limpiamente por la espalda.

—¿Qué? —Gritó Molly cuando todo el grupo se volvió a ella con una mirada de asombro—. Me gusta esa Nephilim. Me recuerda a alguien que conozco.

Ella sacudió un brazo con un gesto a Shelby, quien dijo: —Gracias. En serio. Eso fue genial.

Molly se encogió de hombros, indiferente a la presencia imponente de oscuridad que se levantaba detrás de ella. El chico Desterrado que Miles había golpeado en el suelo con el kayak. Phil.

Él giró el kayak detrás de su cuerpo, como si fuera un palo del béisbol, y bateó a Molly a través del césped. Ella aterrizó con un gruñido en la hierba. Echando el kayak a un lado, el Desterrado metió la mano en el abrigo por una última flecha brillante.

Sus ojos muertos eran la única expresión de su rostro. El resto de él, su rugido, su frente, incluso sus pómulos altos eran totalmente feroces. Su piel blanca parecía estirada a través de su cráneo. Sus manos parecían más bien garras. La ira y la desesperación le habían cambiado de ser un chico pálido y extraño, pero bien parecido, a un monstruo real. Levantó su arco de plata y apuntó a Mai.

—He estado esperando pacientemente por mi oportunidad contigo durante semanas. Ahora no me molesta ser un poco más fuerte que mi hermana —gruñó—. Vas a venir con nosotros.

A ambos lados de Mai, se levantaron los arcos de plata. Cam sacó el suyo fuera de su chaqueta de nuevo, y William corrió a la tierra para recoger el arco que la chica había dejado caer.

Phil parecía esperar esto. Su cara se torció en una sonrisa oscura.

—¿Tengo que matar a tu amante para conseguir que te unas a mí? —Preguntó, apuntando su flecha ahora a William—. ¿O tengo que matar a todos?

Mai miró fijamente la punta extraña y plana de la flecha de plata, a menos de tres metros de pecho de William. No había posibilidad que Phil errara ese tiro. Ella había visto las flechas extinguir una docena de ángeles esta noche con esa despreciable llamarada de luz. Pero también había observado la flecha en la piel de Callie, como si no fuera nada más que el afilado palo que parecía ser.

Las flechas de plata mataban a los ángeles, se dio cuenta de repente, pero no a los humanos.

Ella saltó delante de William. —No voy a dejar que le hieras. Y tus flechas no pueden hacerme daño.

Un sonido escapó de William, una risa medio rara, medio sollozo. Ella se volvió hacia él, con los ojos desorbitados. Él parecía asustado, pero más de eso, parecía culpable.

Ella pensó en la conversación que ellos habían tenido bajo el árbol del melocotón retorcido en Espada y Cruz, la primera vez que le habló de sus reencarnaciones. Recordó sentándose con él en la playa de Mendocino cuando hablaba de su lugar en el cielo antes que ella. Cómo una lucha había conseguido que se abrieran sobre los primeros días. Todavía se sentía como si hubiera más. Tenía que haber más.

El crujido de la cuerda del arco llamó su atención hacia el Desterrado que estaba tirando de la flecha de plata hacia atrás. Apuntando ahora a Miles.

—Basta de charla —dijo—. Tomaré a tus amigos de uno en uno hasta que te entregues a mí.

En su mente, Mai vio un destello de luz brillante, un remolino de color y un montaje vertiginoso de su vida intermitente ante sus ojos: su madre, su padre y Andrew. Los padres que ella había visto en Shasta. Vera patinando sobre el hielo en el estanque helado. La niña que había sido, nadando debajo de la cascada en un traje de baño amarillo. Otras ciudades, casas, y tiempos que no podría reconocer todavía. La cara de William desde mil ángulos diferentes, bajo mil luces diferentes. Y el fuego después del resplandor de la llama.

Entonces ella parpadeó y regresó al patio. Los Desterrados se fueron acercando, acurrucándose juntos y susurrando a Phil. Él siguió ondeándolos atrás, agitado, intentando enfocarse en Mai. Todo el mundo estaba tenso.

Ella vio a Miles mirándola. Él debía haber estado aterrorizado. Pero no, no tenía miedo. La miraba con tanta intensidad que su contemplación parecía vibrar en su corazón. Mai se mareó y la visión se le nubló. Lo que siguió fue una sensación desconocida de algo alzarse fuera de ella.

Como una cáscara removiéndose de su piel.

Y oyó su voz que decía: —No disparen. Me rindo.

Las palabras se hacían eco, incorpóreas, sólo que Mai no llegó a decirlas realmente. Siguió el sonido con los ojos, y su cuerpo se puso rígido por lo que vio.

Otra Mai de pie detrás del Desterrado, tocándole el hombro.

Pero esta no era otra visión de una vida anterior. Era ella, con sus delgados jeans negros y la camisa a cuadros con el botón perdido. Con su pelo negro cortado y teñido recientemente. Con sus ojos avellanas mofándose del Desterrado. Con el calor intenso de su misma alma claramente visible a él. Claramente visible para todos los otros ángeles, también. Ésta un reflejo de ella. Esto era… lo estaba haciendo Miles.

Su regalo. Él había fragmentado a Mai fuera de sí misma en un segundo, tal como le había dicho que él podría hacer el primer día en Shoreline.

“Ellos dicen que es fácil de hacer con las personas a quienes amas”, le había dicho.
Él la amaba.

Ella no podía pensar sobre eso ahora mismo. Mientras los ojos de todos se sintieron atraídos por su reflejo, la Mai real retrocedió dos pasos y se escondió en el interior del cobertizo.

—¿Qué está pasando? —Cam gritó a William.

—¡No lo sé! —susurró William roncamente.

Sólo Shelby pareció entender. —Él lo hizo —dijo en voz baja.

El Desterrado giró su arco alrededor para apuntar en esta nueva Mai. Como si no acabara de confiar en la victoria realmente.

—Hagamos esto —Mai escuchó su propia voz diciendo en medio del patio—. No puedo quedarme aquí con ellos. Demasiados secretos. Demasiadas mentiras.

Una parte de ella se sentía de esa manera. Que no podía seguir así. Que algo tenía que cambiar.

—¿Vendrás conmigo, y te unirás a mis hermanos y mis hermanas? —le dijo el Desterrado, sonando esperanzado.

Sus ojos le hicieron sentir nauseas. Él le ofreció su mano blanca, fantasmal.

—Así lo haré —proyectó la voz de Mai.

—Mai, no. —William contuvo la respiración—. No puedes.

Ahora los Desterrados restantes elevaron sus arcos hacia William y Cam y al resto de ellos, para que no interfieran.

El reflejo de Mai dio un paso adelante. Deslizó su mano dentro de Phil. —Sí, puedo.

El monstruoso Desterrado la acunó en sus rígidos brazos blancos. Hubo un gran colgajo de alas sucias. Una nube de polvo añejo irrumpió desde el suelo. En el interior del cobertizo, Mai contuvo la respiración.

Oyó a William jadear cuando el reflejo de Mai y el Desterrado salió disparado hacia arriba y fuera del patio. El resto de ellos miraron incrédulos. A excepción de Shelby y Miles.

—¿Qué demonios ha pasado? —Dijo Arriane—. Lo hizo realmente.

—¡No! —Gritó William—. ¡No, no, no!

El corazón de Mai dolió cuando él rasgó su pelo, girando en un círculo, y dejando que sus alas se desplegaran completamente.

Inmediatamente, la flota de los Desterrados restantes extendió sus propias alas de color marrón oscuro y tomaron vuelo.

Sus alas eran tan delgadas, que tenían que golpear frenéticamente sólo para mantenerse en el aire. Ellos estaban acercándose a Phil. Tratando de formar un escudo alrededor de él para que pudiera tomar a Mai a dondequiera que él pensara llevarla.

Pero Cam fue más rápido. Los Desterrados probablemente estaban a unos seis metros en el aire cuando Mai oyó una última flecha suelta en su arco.

La flecha de Cam no iba dirigida a Phil. Era para Mai.

Y su objetivo era perfecto.

Mai se heló cuando su imagen reflejada desapareció con una gran flor de luz blanca. En el cielo, las alas andrajosas de Phil se estremecieron abiertas. Vacías. Un rugido horrible escapó de su boca. Comenzó a precipitarse hacia Cam, seguido por su ejército de Desterrados. Pero entonces se detuvo a la mitad del camino. Como si hubiera comprendido que no había ninguna otra razón para volver.

—Por lo tanto, volvemos a empezar —gritó a Cam. A todos ellos—. Podría haber terminado apaciblemente. Pero esta noche has hecho una nueva secta de enemigos inmortales. La próxima vez, no vamos a negociar.

Entonces los Desterrados desaparecieron en la noche.

De vuelta al patio, William se enfrentó a Cam, arrojándolo al suelo. —¿Qué te pasa? — Gritó, con los puños bajo la lamentable cara de Cam—. ¿Cómo pudiste?

Cam se esforzó por detenerlo. Rodaron uno sobre el otro en la hierba.

—Fue un buen final para ella, William.

William estaba furioso, luchando contra Cam, golpeando su cabeza en la tierra. Los ojos de William ardieron. —¡Te mataré!

—¡Sabes que tengo razón! —gritó Cam, sin luchar en absoluto.

William se congeló. Cerró los ojos. —No sé nada ahora. —Su voz estaba rota. Había estado agarrando a Cam por la solapa, pero ahora sólo se desplomó al suelo, enterrando la cara en la hierba.

Mai quería ir con él. Caerse sobre él y decirle que todo iba a estar bien.

Pero no lo hizo.

Lo que ella había visto esta noche era demasiado. Se sintió mal al ver la imagen reflejada de sí misma, que Miles había reflejado, muerta hecha pedazos.

Miles le habían salvado su vida. Ella no podría superarlo.

Y el resto de ellos pensó que Cam la había eliminado.

Su cabeza se desplazó cuando dio un paso adelante en las sombras, teniendo intención de decir a los demás que no se preocuparan, que ella todavía estaba viva. Pero luego sintió la presencia de otra cosa.

Un Anunciador temblaba en la puerta. Mai salió del cobertizo y se acercó.

Poco a poco, se liberó de la sombra proyectada por la luna. Se deslizó por la hierba hacia ella unos pocos metros, recogiendo una chaqueta sucia del polvo dejado por la batalla. Cuando llegó a Mai, se estremeció y se levantó a lo largo de su cuerpo, hasta cubrir con las alas sobriamente sobre su cabeza.

Ella cerró los ojos y sintió que se levanta su mano para hacerle frente. La oscuridad cayó para descansar en la palma de su mano. Haciendo un frío sonido chisporroteante.

—¿Qué es eso? —La cabeza de William chasqueó alrededor al ruido. Él se levantó del suelo.

—¡Mai!

Ella se quedó como los demás, sin aliento, al mirar delante del cobertizo. Ella no quería vislumbrar un Anunciador. Había visto suficiente por una noche.

Ni siquiera sabía por qué estaba haciendo esto, hasta que lo hizo. No estaba buscando una visión, buscaba una salida. Algo lo suficientemente lejos para caminar. Había pasado demasiado tiempo desde que había tenido un momento para pensar por su cuenta. Lo que necesitaba era un descanso. De todo.

—Es hora de irse —se dijo a sí misma.

La sombra de la puerta que se presentó delante de ella no era perfecta, era dentada alrededor de los bordes y apestaba a aguas residuales. Pero Mai se separó de su superficie de todos modos.

—¡Tú no sabes lo que estás haciendo, Mai! —La voz de Roland le llegó al borde de la puerta—. ¡Ellos podrían tomarte en cualquier parte!

William se puso de pie, corriendo hacia ella. —¿Qué estás haciendo? —Ella podía oír el profundo alivio en su voz al ver que todavía estaba viva, y el pánico de que ella pudiera manipular al Anunciador.

Su ansiedad sólo la incitó.

Ella quería pedir disculpas a Callie, dar las gracias a Miles por lo que había hecho, decirle Arriane y Gabbe que no se preocuparan de la manera que ella iban a hacerlo, dejarles unas palabras a sus padres.

Decirle a William que no la siguiera, que tenía que hacer esto por sí misma. Pero su oportunidad para liberarse estaba cerrando. Así que ella se adelantó y gritó por encima del hombro a Roland. —Supongo que simplemente tendré que deducirlo.

Por el rabillo del ojo, vio a William corriendo hacia ella. Al igual que él, no había creído hasta ahora que lo haría.

Sintió las palabras subiendo en su garganta. Te amo. Lo hacía. Y lo haría por siempre. Pero si ella y William se tendrían siempre, su amor podía esperar hasta que descubriera algunas cosas importantes acerca de sí misma. Sobre su vida y la vida que había delante de ella. Esta noche sólo había tiempo para decir adiós, tomar una respiración profunda, y saltar a la lúgubre sombra.

Hacia la oscuridad.

Hacia su pasado.

Epílogo

Caos
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Re: Webnovela LevyRorni Adaptada Torment.

Mensaje por tamalevyrroni el Miér Oct 11, 2017 3:05 pm

—¿Qué ha pasado?

—¿Dónde ha ido?

—¿Quién le enseñó a hacer eso?

Las voces frenéticas en el patio sonaban temblorosas y distantes a William. Él sabía que los otros ángeles caídos estaban discutiendo, en busca de Anunciadores en las sombras del patio. William era una isla, cerrado a todo menos a su propia agonía.

Él le había fallado. Había fracasado.

¿Cómo pudo pasar? Durante semanas él había huido, derrotado, su único objetivo era mantenerla a salvo hasta el momento en que ya no podría ofrecerle protección. Ahora que el momento había llegado y se había ido… y también lo había hecho Mai. Cualquier cosa podría pasarle. Y ella podría estar en cualquier lugar. Nunca se había sentido tan vacío y avergonzado.

—¿Por qué no sólo encontramos a la Anunciadora por la que ella caminó, y vamos tras ella?

El chico Nephilim. Miles. Estaba de rodillas, peinando el césped con los dedos. Como un idiota.

—No funciona de esa manera —gruñó William—. Cuando caminas en el tiempo, te llevas a la Anunciadora contigo. Es por eso que nunca lo haces, si no...

Cam miró a Miles, casi con lástima. —Por favor, díganme que Mai sabe más acerca de los Mensajeros que tú.

—Cállate —dijo Shelby, de pie junto a Miles, protegiéndolo—. Si él no hubiera lanzado la reflexión de Mai, Phil se la habría llevado.

Shelby lucía cautelosa y asustada, fuera de lugar entre los ángeles caídos. Años atrás, ella había tenido un flechazo con William… que él nunca había correspondido, por supuesto. Pero hasta esta noche, él había pensado siempre en el bien de la chica. Ahora ella estaba sola en el camino.

—Dijiste que Mai estaría mejor muerta que con los Desterrados —dijo ella, todavía en defensa de Miles.

—Todos los Desterrados fueron guiados hasta aquí. —Arriane entró en la conversación, mirando a Shelby, cuyo rostro estaba enrojecido.

—¿Por qué supones que un Nephilim podría detectar al Desterrado? —Desafió Molly a Arriane—. Tú estabas en la escuela. Debiste haber notado algo.

—Todos ustedes: Silencio. —William no podía pensar con claridad. El patio estaba lleno de ángeles, pero la ausencia de Mai se sentía completamente vacía. Apenas podía soportar ver a alguien más. Shelby, caminando en línea recta hacia la trampa de los Desterrados. Miles, pensando que tenía algún interés en el futuro de Mai. Cam, por lo que había tratado de hacer…

¡Oh, ese momento cuando William pensó que la había perdido por la estrella fugaz de Cam! Sus alas se habían sentido demasiado pesadas para levantarlas. Más frías que la muerte. En ese instante, había perdido toda esperanza.

Pero fue sólo un truco. Una reflexión, nada especial en circunstancias normales, pero esta noche, era la última cosa que William había estado esperando. Le habían dado un golpe terrible. Uno que casi lo mató. Hasta la alegría de su resurrección.

Todavía había esperanza.

Mientras él pudiera encontrarla.

Había estado aturdido, viendo a Mai abrir la sombra. Asombrado e impresionado y dolorosamente atraído hacia ella… pero más que todo eso, aturdido.

¿Cuántas veces lo había hecho antes sin siquiera saberlo?

—¿Qué te parece? —Preguntó Cam, acercándose a su lado. Sus alas se señalaron una hacia la otra, como la vieja fuerza magnética.

—Voy tras ella —dijo.

—Buen plan. —Cam se burló—. Sólo “ir tras ella”. A cualquier lugar en el tiempo y el espacio a través de varios miles de años. ¿Por qué necesitas una estrategia? —Su sarcasmo hizo a William querer golpearlo a una segunda vez.

—No estoy pidiendo tu ayuda o tus consejos, Cam. —Sólo dos estrellas fugases permanecieron en el patio: él había recogido la de los Desterrados que Molly había matado, y Cam había encontrado una en la playa al inicio de la tregua. No habría habido una simetría agradable si Cam y William hubieran estado trabajando como enemigos en este momento… dos arcos, dos flechas, dos enemigos inmortales.

Pero no. Todavía no. Tendrían que eliminar a muchos otros antes de que giraran uno contra el otro de nuevo.

—¿Qué significa, Cam? —Roland estaba entre ellos, hablando con William en voz baja—. Esto podría tomar algún esfuerzo de equipo. He visto la forma en que estos niños fracasan a través de los Mensajeros. Ella no sabe lo que está haciendo, William. Se va a meter en problemas bastante rápido.

—Ya lo sé.

—No es un signo de debilidad que nos ayuden —dijo Roland.

—Yo puedo ayudar —dijo Shelby. Ella había estado susurrando con Miles—. Creo que podría saber dónde está.

—¿Tu? —Preguntó William—. Has ayudado lo suficiente. Ambos.

—William…

—Conozco a Mai mejor que nadie en el mundo. —William giró lejos de todos ellos, hacia el espacio oscuro y vacío en el patio donde ella había caminado—. Estaré mucho mejor lejos de cualquiera de ustedes. No necesito su ayuda.

—Conoces su pasado —dijo Shelby, caminando delante de él, así tendría que mirarla—. Pero no sabes lo que ha estado pasando las últimas semanas. Yo soy la que ha estado alrededor mientras vislumbraba sus vidas pasadas. Yo soy la que vio su rostro cuando se enteró de la hermana que perdió cuando la besaste, y ella... —Shelby se apagó— . Sé que todos me odian ahora. Pero te lo juro por Dios, o lo que sea que ustedes crean, puedes confiar en mí de aquí en adelante. Y en Miles, también. Queremos ayudar. Vamos a ayudar. Por favor. —Ella alcanzó a William—. Confíen en nosotros.

William se quitó la mano de ella de encima. La confianza era como una actividad que siempre le había inquietado. Lo que tenía con Mai era inquebrantable. Nunca hubo ninguna necesidad de trabajar en su confianza. Su amor vino solo.

Sin embargo, por toda la eternidad, William nunca había sido capaz de encontrar la fe en alguien o algo más. Y él no quería empezar ahora.

Por la calle, un perro ladró. De nuevo, más fuerte. Más cerca.

Los padres de Mai regresaban de su paseo.

En el patio oscuro, los ojos de William se encontraron con los Gabbe. Ella estaba de pie cerca de Callie, probablemente consolándola. Ella ya había retractado sus alas.

—Sólo ve —le articuló Gabbe en el jardín desolado, lleno de polvo. Lo que quería decir era “ve por ella”. Ella se ocuparía de los padres de Mai. Vería que Callie llegara a su casa. Ella cubriría todas las bases para que William pudiera ir por lo que importaba—. Vamos a encontrarte y ayudarte tan pronto como nos sea posible.

La luna apareció saliendo detrás de la niebla de una nube. La sombra de William se alargaba sobre la hierba a sus pies. Observó que se hinchaba un poco, luego comenzó a crear al Mensajero en su interior. Cuando la fría y húmeda oscuridad rozó contra él, William se dio cuenta de que no había caminado a través del tiempo en años.

Mirar hacia atrás no era su estilo.

Pero los movimientos todavía estaban en él, enterrados en sus alas o en su alma o en su corazón. Él se movió rápidamente, peleando con la Anunciadora de su propia sombra, dándole un pellizco rápido para separarla del suelo. Luego la lanzó, como un pedazo de arcilla de alfarero, en el aire directamente frente a él.

Se formó un portal limpio, ilimitado.

Había sido parte de cada una de las vidas pasadas de Mai. No había ninguna razón para que no fuera capaz de encontrarla.

Abrió la puerta. No hay tiempo que perder. Su corazón le llevaría a ella.

Tenía un sentido innato de que algo estaba mal a la vuelta de la esquina, pero la esperanza de que algo increíble estaba esperando en la distancia.

Tenía que ser.

Su ardiente amor por ella corría a través de él hasta que se sintió tan lleno que no sabía si iba a pasar por el portal. Envolvió sus alas contra su cuerpo y saltó en la Anunciadora.

Detrás de él, en el patio, había una conmoción lejana. Susurros y gruñidos y gritos. No le importaba. No le importa nada en verdad.

Sólo ella.

Él gritó mientras se rompía.

—William.

Voces. Detrás de él, siguiéndolo, cada vez más cerca. Llamando su nombre mientras él hacía un túnel cada vez más y más profundo al pasado.

¿La encontraría?

Sin lugar a dudas.

¿La salvaría?

Siempre.

Fin.

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Re: Webnovela LevyRorni Adaptada Torment.

Mensaje por EsperanzaLR el Jue Oct 19, 2017 5:11 pm

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Re: Webnovela LevyRorni Adaptada Torment.

Mensaje por SuenoLR el Sáb Oct 21, 2017 8:02 am

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Re: Webnovela LevyRorni Adaptada Torment.

Mensaje por EsperanzaLR el Sáb Oct 21, 2017 4:46 pm

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