Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

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Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Miér Abr 06, 2016 12:14 pm


Sostuve la verdad, con quien canta A una arpa claro en diversos tonos, Que los hombres surja en escalones De sus mismos muertos a cosas más altas. — Alfred, Lord Tennyson, “In Memoriam A.H.H.”
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por EsperanzaLR el Jue Abr 07, 2016 5:31 pm

Empiezala Tami esta linda
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Vie Abr 08, 2016 4:01 pm

Prólogo York, 1847.

–Tengo miedo –, dijo la niña sentada en la cama. –Abuelo, ¿puedes quedarte conmigo?

Aloysius Starkweather hizo un ruido impaciente en la parte posterior de su garganta mientras sacaba una silla cerca de la cama y se sentó. El ruido impaciente era sólo en parte verdad. Le complacía que su nieta confiara en él, que a menudo era el único que podía calmarla, su comportamiento brusco nunca le había molestado, a pesar de su delicada naturaleza.

–No hay nada que temer, Adele –, dijo –ya verás.

Ella lo miró con los ojos grandes.

Normalmente la ceremonia de la primera runa habría tenido lugar en uno de los espacios del Instituto de York, pero a causa de los nervios frágiles de Adele y su salud, se había acordado que podría ocurrir en la seguridad de su dormitorio. Ella estaba sentada en el borde de la cama, con la espalda muy recta, su vestido ceremonial era rojo, con una cinta roja deteniendo el pelo fino y rubio. Sus ojos eran enormes en su cara delgada, con los brazos estrechos. Todo en ella era frágil como una taza de porcelana.

–Los Hermanos Silenciosos –, dijo. –¿Qué van a hacer conmigo?

–Dame tu brazo, –dijo él, y ella extendió su brazo con confianza. Le dio la vuelta, viendo los trazos azul pálido de las venas bajo la piel. –Van a utilizar sus estelas, ya sabes lo que es una estela para dibujar una marca en ti. Suelen comenzar con la runa de Visión, que la conoces porque la has estudiado, pero en tu caso comenzarán con la runa de Fuerza.

–Porque yo no soy muy fuerte.

–Para hacerte más fuerza.

–Como un caldo de carne. –Adele arrugo su nariz.

Él se echó a reír.–Esperemos no tan desagradable. Sentirás un pequeño pinchazo, así que tienes que ser valiente y no llores, porque los Cazadores de Sombras no lloran de dolor. Entonces, el pinchazo se habrá ido, y tú te sentirás mucho más fuerte y mejor. Y será el final de la ceremonia, vamos a ir abajo y habrá pasteles helados para celebrar.

Adele se paró en sus talones. –¡Y una fiesta!

–Sí, una fiesta. Y regalos. –Golpeó su bolsillo, donde estaba escondida una pequeña caja, una pequeña caja envuelta en un fino papel azul, que contenía un anillo de la familia aún más pequeño. –Tengo uno para ti aquí. Lo tendrás cuando la ceremonia haya terminado.

–Nunca he tenido una fiesta para mí antes.

–Es porque te convertirás en una Cazadora de Sombras –, dijo Aloysius. –Sabes por qué eso es importante, ¿no? Tu primera marca significa que eres una Nefilim, como yo, como tu madre y padre. Quieren decir que eres parte de la Clave. Parte de nuestra familia de guerreros. Algo diferente y mejor que todos los demás.

–Mejor que todos los demás –, repitió ella lentamente mientras la puerta del dormitorio se abría y dos Hermanos Silenciosos entraron.

Aloysius vio un parpadeo de miedo en los ojos de Adele. Ella saco su mano asustada. Frunció el ceño, a él no le gustaba ver el miedo en sus descendientes, aunque no podía negar que los Hermanos eran espeluznantes en su silencio y sus peculiares movimientos. Se trasladaron hacia un lado de la cama de Adele, la puerta se abrió de nuevo y la madre y el padre de Adele entraron: su padre, el hijo de Aloysius, en traje escarlata, y su mujer en un vestido rojo que se ceñía a la cintura, y un collar de oro del que colgaba una runa. Sonrieron a su hija, quien les dio una sonrisa temblorosa en respuesta, mientras los Hermanos silenciosos la rodeaban.

Adele Lucinda Starkweather. –Era la voz del primer Hermano Silencioso Cimon. –Ya tienes edad. Es hora de que la primera marca del ángel sea otorgado a ti. ¿Eres consciente del honor que se te da, y harás todo lo que esté en tu poder para ser digna de ella?

Adele asintió obedientemente.–sí.

Y aceptas estas marcas del Ángel, que estarán en tu cuerpo para siempre, un recordatorio de todo lo que le debes al ángel, y tu deber sagrado para el mundo?

Ella volvió a asentir obedientemente.

El corazón de la Aloysius se hinchó de orgullo.
–Las acepto también –, dijo.

Entonces empezamos.

La estela brillo, en la mano larga y blanca del Hermano Silencioso, Él tomó el brazo tembloroso de Adele y fijo la punta de la estela de su piel, y comenzó a dibujar. Las líneas negras se arremolinaban fuera de la punta de la estela, y Adele miró con asombro como el símbolo de fuerza tomaba forma en el interior, un delicado diseño de líneas que se cruzan entre sí, atravesando sus venas, envolviendo su brazo. Su cuerpo se tensó, sus pequeños dientes se hundieron en el labio inferior.

Sus ojos brillaban mirando a Aloysius, y empezó por lo que vio en ellos. Dolor. Era normal sentir algo de dolor en el otorgamiento de una marca, pero lo que vio en los ojos de Adele era agonía.

Aloysius se enderezó, tirando la silla en la que había estado sentado.
–¡Alto! –gritó, pero ya era demasiado tarde. La runa estaba completa. El Hermano Silencioso apartó la mirada. Había sangre en la estela, Adele gemía. Ella gemía consciente de la advertencia de su abuelo de que no llorara, pero luego la piel lacerada y sangrienta comenzó a quemar ennegreciendo y ardiendo bajo la runa como si fuera fuego. Y ella no pudo evitar lanzar la cabeza hacia atrás y comenzó a gritar y gritar.

Londres 1873

–Will –Charlotte Fairchild entreabrió la puerta del cuarto de entrenamiento del instituto. – ¿Will estás ahí?

Un gruñido sordo fue la única respuesta. La puerta se abrió por completo, revelando la habitación de techos altos que se encontraba al otro lado. Charlotte había crecido entrenando allí, y conocía cada cambio de la habitación. El antiguo blanco pintado en la pared norte, las ventanas cuadradas, tan viejas que eran más gruesas en la base que en la parte superior. En medio de la habitación estaba Will Herondale con un cuchillo en su mano derecha.

Giró la cabeza para mirar a Charlotte, y ella otra vez recordó lo extraño que él era. A pesar de que a los doce años seguía siendo apenas un niño, era muy lindo, con el cabello espeso y oscuro, el cual se ondeaba ligeramente donde tocaba su nuca, se encontraba cubierto de sudor pegado a su frente. Su piel había sido bronceada por el sol y el aire campestre, en su primera llegada al Instituto. Aunque seis meses viviendo en la ciudad habían bastado para quitarle su color, causando ese destacado rubor en sus pómulos. Sus ojos eran de un inusual y luminoso azul. Hubiera sido un hombre realmente atractivo si pudiera hacer algo con respecto al ceño que constantemente retorcía su semblante.
–¿Qué pasa, Charlotte? –Espetó.

Todavía hablaba con un suave acento Galés. Un problema en sus vocales que podría haber sido encantador si su pronunciación no hubiera sido tan agria. Se froto el antebrazo sobre su frente a la vez que ella caminaba a través de la puerta, luego se detuvo.

–Te he estado buscando por horas. –Dijo con aspereza, ya que eso tenía un pequeño efecto sobre Will y nada tenía efecto sobre él cuando estaba malhumorado. Y siempre lo estaba. –¿No recuerdas que ayer te dije que hoy le íbamos a dar la bienvenida a un nueva persona en el instituto?

–Oh, lo recuerdo. –Will lanzó el cuchillo y este se clavó justo fuera del círculo del blanco. Frunció el ceño. –Simplemente no me importa.

El chico detrás de Charlotte lanzó un sonido ahogado. Una risa, pensó ella. Pero ¿cómo podía estar riendo? Había sido advertida que el chico que llegó al Instituto desde Shanghái no estaba bien. Pero se exaltó cuando él bajó del carruaje pálido y balanceándose como una hoja en el viento. Su oscuro cabello rizado, moteado con canas plateadas hacían que pareciera un hombre entrando a sus ochentas y no un niño de doce años. Sus ojos eran grandes, de un color negro plateado al mismo tiempo, era algo extrañamente hermoso atrapado en un rostro tan delicado. –Will, debes ser educado. –Dijo, atrayendo al chico nuevo hacia ella y adentrándolo en la habitación. –No te preocupes por Will, él es solo tímido. Will Herondale, te presento a James Carstairs del Instituto de Shanghái.

–Jem. –Dijo el chico. –Todos me llaman Jem. –Dio otro paso hacia la habitación, su mirada se mantenía en Will con una amistosa curiosidad. Para sorpresa de Charlotte, su voz no mostró ningún rastro de acento. Pero por supuesto, si su padre era (había sido) británico. –Tú también puedes.

–Bueno, si todos te llaman de esa manera, no es un ningún favor especial para mi ¿o sí? – El tono que empleó Will era ácido para alguien tan joven. Era increíblemente capaz de ser desagradable. –Creo que debes entender, James Carstairs, que si te metes en tus asuntos y me dejas solo será lo mejor para ambos.

Charlotte suspiró para sus adentros. Tenía la esperanza de que este chico con la misma edad de Will lograra desarmar su ira y crueldad. Pero estaba claro que a Will no le interesaba si otro chico cazador de sombras llegaba al Instituto. Él no quería amigos. Ella miró a Jem, esperando verlo sorprendido o dolido, pero solamente estaba sonriendo un poco, como si Will fuera un gatito que hubiera intentado morderlo.–No he entrenado desde que dejé Shanghái. –Dijo él. –Podría usar a un compañero, alguien con quien entrenar.

–Así que, también yo podría, –dijo Will. –Pero necesitaría a alguien que me soportara. No una criatura enferma que parece estar feliz frente a la tumba. Aunque supongo que debes servir para tiro al blanco.

Charlotte, sabiendo lo que le habían hecho a Jem Carstairs (hecho que no compartiría con Will) sintió una horrible culpabilidad.

Feliz frente a la tumba, Oh,Señor. ¿Qué habría dicho su padre? Que Jem dependía de una droga para vivir, algo parecido a una medicina que alargaba su vida pero no lo salvaba de la muerte. Oh, Will.

Ella se interpuso entre los dos chicos, como si pudiera proteger a Jem de la maldad de Will, más preciso en este momento como nunca antes lo hubiera sido.

Sin embargo Jem permaneció con la expresión intacta.–Si con “Feliz frente a la tumba” te refieres a morir, entonces sí. –Dijo. –Me quedan aproximadamente dos años más de vida, tres si tengo suerte. Eso me contaron.

Incluso Will no pudo ocultar su sorpresa. Sus mejillas se sonrojaron. –Yo…

Pero Jem había dado unos pasos hacia el blanco pintado en la pared. Cuando lo alcanzó tiró de la daga. Luego se volvió y caminó directo hacia Will, con delicadeza, y sólo había unos centímetros entre uno del otro y sus ojos se encontraron con ayuda.–Puedes practicar tiro al blanco conmigo, si quieres. –Dijo Jem, como si estuvieran teniendo una charla sobre el clima. –Creo que debo estar un poco aterrado, ya que no eres un buen tirador.

–Giró sobre sus talones, apuntó y dejó que la daga volara. Ésta se clavo perfectamente en el centro del blanco, temblando ligeramente. –O –, murmuró Jem, volteándose para ver a Will. –Puedes dejarme enseñarte. Me considero un muy buen tirador. Charlotte estaba impresionada. Por medio año había visto como Will alejaba a todo aquel que quisiera acercársele tutores, su padre, su prometido, Henry; hasta los dos hermanos Lightwood, con una combinación de odio y mutua crueldad. Si no fuera porque ella fue la única persona que lo vio llorar hubiera imaginado que él jamás sería bueno con nadie. Y entonces ahí estaba mirando a Jem Carstairs, un chico tan frágil que parecía estar hecho de cristal, con la dureza de su expresión suavemente disolviéndose en una tentativa incertidumbre.

–Realmente no vas a morir. –Dijo, con el más inusual tono de voz. –¿O sí?

Jem asintió.–Eso me han dicho.

–No –Dijo Jem, suavemente. Dejó su chaqueta a un lado y tomó un cuchillo de su cinturón. –No seas tan ordinario. No digas que lo sientes. Di que entrenarás conmigo.

El Sostuvo el cuchillo frente a Will. Charlotte contuvo la respiración, temerosa de moverse. Se sentía como si estuviera viendo algo muy importante, aunque no sabía con exactitud qué.

Will extendió la mano y tomó el cuchillo. Sus ojos nunca dejaron de mirar el rostro de Jem. Sus dedos acariciaron los del otro muchacho cuando tomó el arma.

Fue la primera vez, pensó Charlotte, que ella lo vio tocar a otra persona con entusiasmo.
–Entrenaré contigo, –Dijo él.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Vie Abr 08, 2016 4:24 pm

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Un escándalo terrible

Cásate en lunes por salud, En martes por bienestar Miércoles el mejor día de todos, Jueves por cruzas, Viernes por pérdidas y Sábado para no tener ninguna suerte.
–Rima popular.

–Diciembre es un tiempo afortunado para un matrimonio, –dijo la costurera hablando por entre la boca llena de alfileres, con la facilidad de años de práctica. –Ya que dicen que, “cuando la nieve de diciembre cae rápido, cásate, y el amor verdadero durará”. –Ella colocó un último alfiler en el vestido, y dio un paso atrás. –Ahí está. ¿Qué piensas? Está diseñado en base a uno de los diseños propios de Worth.

Mai miro su reflejo en el espejo de pie en su habitación. El vestido era de seda de un dorado profundo, como era costumbre para los Cazadores de Sombras, quienes creían que el blanco era el color del luto, y no se casarían de ese color, a pesar de que la Reina Victoria había instituido la moda al hacer justamente eso. Encaje duquesa bordeaba el apretado talle del corpiño y caía desde las mangas.

–¡Es encantador! –Charlotte juntó las manos y se inclinó hacia adelante. Sus ojos cafés brillando con gusto. –Mai, el color se ve tan bien en ti.

Mai se giró y se retorció frente al espejo. El oro ponía un color muy necesario en sus mejillas. El corsé de reloj de arena le daba forma y curvas en todas las partes donde se suponía, y el ángel mecánico alrededor de su garganta la confortaba con su tic tac. Debajo de este, colgaba el pendiente de jade que Jem le había dado. Ella le había puesto una cadena más larga de modo que pudiera usar ambos al mismo tiempo, no dispuesta a dejar ninguno.
–¿No piensas que quizás el encaje es un poco demasiado adorno?

–¡Para nada! –Charlotte se sentó de nuevo, con una mano inconscientemente descansando protectora sobre su vientre. Ella siempre había sido demasiado delgada – enjuta, en verdad – para necesitar un corsé, y ahora que iba a tener un hijo había comenzado a usar vestidos de té, en los que se veía como un pajarito. “Es el día de tu boda, Mai. Si hay alguna excusa para ponerse adornos excesivos, es esa. Solo imagínalo.

Mai había pasado muchas noches haciendo justamente eso. No estaba segura todavía de si ella y Jem se casarían, ya que el Consejo aun estaba deliberando su situación. Pero cuando se imaginaba la boda, siempre era en una iglesia, ella marchando por el pasillo central, quizás del brazo de Henry, sin mirar ni a izquierda ni derecha, sino directo al frente hacia su prometido, como una digna novia debería. Jem estaría usando ropa de combate – no del tipo con la que peleaba, sino una especialmente diseñada, al estilo del uniforme militar, para la ocasión: negro con bandas doradas en las muñecas, y runas doradas bordadas, alrededor del cuello y la abertura.

Él se vería tan joven. Ambos eran tan jóvenes. Mai sabía que era inusual casarse a los diecisiete y dieciocho, pero estaban corriendo contra reloj.

El reloj de la vida de Jem, antes de que terminara.

Puso la mano en su garganta, y sintió la vibración familiar de su ángel mecánico, con sus alas raspándole la palma. La costurera la miró con ansiedad. Ella era una mundana, no una Nefilim, pero tenía la Visión, así como todos los que servían a los Cazadores de Sombras.

–¿Le gustaría que se le quitara el encaje, señorita?

Antes de que Mai pudiera responder, hubo un golpe en la puerta, y una voz familiar. –Es Jem. Mai ¿estás ahí?

Charlotte se enderezó de un salto.–¡Oh! ¡Él no debe verte en tu vestido!

Mai se quedó ahí atontada.–¿Por qué no?

–Es una costumbre de Cazadores de Sombras ¡trae mala suerte! –Charlotte se puso de pie.

–¡Rápido! ¡Escóndela detrás del ropero! –¿El ropero?

Pero –Mai se interrumpió con un quejido cuando Charlotte la cogió de la cintura y la llevó marchando a zancadas detrás del ropero, como un policía con un criminal particularmente resistente.

Liberada, Mai se sacudió el vestido, y le hizo una cara a Charlotte, y ambas se asomaron por alrededor del mueble, mientras la costurera, después de una mirada de sorpresa, abrió la puerta.

El cabello plateado de Jem apareció en la apertura. El se veía un poco desarreglado, su chaqueta torcida. Miró alrededor con confusión, antes de que su mirada se posara sobre Charlotte y Mai, medio escondidas detrás del ropero.–Gracias al cielo, –dijo. –No tenía idea de a dónde se habían ido cualquiera de ustedes. Gabriel Lightwood está abajo, y está haciendo la fila más terrible.”

***

–Escríbeles, Will, –dijo Cecily Herondale. –Por favor. Solo una carta.

Will se echó hacia atrás el cabello oscuro empapado de sudor, y la miró molesto.–Pon tus pies en posición, –fue todo lo que dijo. Señaló con la punta de su daga. –Ahí, y ahí.

Cecily suspiró, y movió los pies. Había sabido que estaba fuera de posición; lo había estado haciendo intencionalmente, para aguijonear a Will. Era fácil aguijonear a su hermano. Tanto así recordaba sobre él de cuando tenía doce años. Incluso entonces, retarlo a hacer algo, como escalar el techo inclinado de su casa solariega, había resultado en la misma cosa: una flama azul de enojo en sus ojos, una mandíbula tensa, y a veces Will con una pierna o brazo rotos al final de todo.

Por supuesto este hermano, el Will casi adulto, no era el hermano que ella recordaba de la infancia. Había crecido más explosivo y más retraído. Tenía toda la belleza de su madre, y toda la obstinación de su padre - y ella temía que la inclinación de su padre a los vicios, aunque solo asumía eso por los susurros entre los ocupantes del Instituto.

–Levanta tu espada, –dijo Will. Su voz tan fría y profesional como la de su institutriz.

Cecily la levantó. Le había tomado algún tiempo el acostumbrarse a la sensación de la ropa de combate contra la piel: la túnica suelta y los pantalones, el cinturón alrededor de su cintura. Ahora se movía en él tan confortablemente como se habría movido en el camisón más suelto.–No entiendo por qué no consideras escribir una carta. Una sola carta.

–Yo no entiendo, como es que no consideras irte a casa, –dijo Will. –Si solo accedieras a regresar a Yorkshire tu misma, podrías dejar de preocuparte sobre nuestros padres, y yo podría arreglar…

Cecily lo interrumpió, habiendo ya escuchado ese discurso mil veces.–¿Podrías considerar una apuesta, Will?

Cecily estaba ambas satisfecha y un poco decepcionada de ver que los ojos de Will brillaron, justo del modo en que lo hacían siempre los de su padre, cuando se sugería una apuesta entre caballeros. Los hombres era tan fáciles de predecir.–¿Qué clase de apuesta? –Will dio un paso al frente. Estaba usando ropa de combate; Cecily podía ver las Marcas que se entrelazaban en sus muñecas, la runa de la memoria en su garganta. Le había tomado tiempo el ver las Marcas como otra cosa que desfigurantes, pero ahora estaba acostumbrada a ellas – así como se había acostumbrado a usar el uniforme, a los grandes salones con eco del Instituto, y a sus peculiares habitantes.

Apuntó al muro frente a ellos. Una diana antigua había sido pintada en negro en el muro: un ojo de buey dentro de un círculo más grande.–Si le atino al centro de eso, tres veces, tienes que escribirle una carta a Papá y Mamá y decirles cómo estás. Debes decirles de la maldición y por qué te fuiste.

El rostro de Will se cerró como una puerta, del modo en que lo hacía cuando ella hacía esa petición. Pero,

–Nunca vas a atinar tres veces sin fallar, Cecy.

–Bueno entonces no debería ser de mucha preocupación para ti, el hacer la apuesta, William. –Ella usó su nombre completo a propósito. Sabía que le molestaba, viniendo de ella, aunque cuando lo hacía su mejor amigo Jem – no, su parabatai; ella había aprendido desde que vino al Instituto que esas eran cosas bastante distintas – Will parecía tomarlo como un término de cariño. Posiblemente era porque aun tenía recuerdos de ella gateando detrás de él sobre piernas regordetas, llamándole Will, Will, tras él, en un galés sin aliento. Ella nunca lo había llamado “William,” siempre solo “Will” o su nombre en galés Gwilym.

Sus ojos se entrecerraron, esos ojos azul oscuro del mismo color que los de ella. Cuando su madre había dicho cariñosamente que Will sería un rompecorazones cuando creciera, Cecily la había mirado con dudas. Will era todo brazos y piernas entonces, flacucho y desarreglado y siempre sucio. Aunque ella podía verlo ahora, lo había visto cuando entró en el comedor del Instituto y él se puso de pie por la sorpresa, y había pensado: Ese no puede ser Will.

El había vuelto esos ojos hacia ella, los ojos de su madre, y había visto enojo en ellos. No estuvo contento de verla, para nada. Y en donde en sus recuerdos había estado un muchacho flacucho con el cabello negro salvaje, enmarañado como el de un gitano, y hojas en sus ropas, ahora estaba este hombre alto y aterrador en su lugar. Las palabras que quería decirle se disolvieron en su lengua, y lo había igualado, mirada feroz por mirada feroz. Y así había sido desde entonces, Will apenas soportando su presencia como si ella fuera una piedra en su zapato, una molestia constante pero menor.

Cecily respiró profundamente y levantó la barbilla preparándose para tirar el primer cuchillo. Will no sabría nunca las horas que había pasado en su habitación, a solas, practicando, aprendiendo como balancear el peso del cuchillo en la mano, descubriendo que una buena lanzada de cuchillo comenzaba desde atrás del cuerpo. Mantuvo los dos brazos rectos hacia abajo y lanzó su brazo derecho por detrás de su cabeza, antes de lanzarlo junto con el peso de su cuerpo hacia adelante. La punta del cuchillo estaba en línea con el objetivo. La soltó y chasqueó la mano hacia atrás, jalando un jadeo. El cuchillo se clavó, con la punta en la pared, exactamente en el centro de la diana.–Uno, –dijo Cecily dándole a Will una sonrisa de superioridad.

Él la miró como de piedra, arrancó el cuchillo de la pared y se lo dio de vuelta. Cecily lo lanzó. El segundo tiro, como el primero voló directamente hacia su objetivo se clavo ahí, vibrando como un dedo burlón.–Dos, –Cecily dijo en un tono sepulcral.

La mandíbula de Will se apretó, mientras tomaba el cuchillo de nuevo y se lo presentaba. Ella lo tomó como una sonrisa. La confianza fluía a través de sus venas como sangre nueva. Sabía que podía hacer esto. Siempre había sido capaz de escalar tan alto como Will, correr tan rápido, sostener la respiración tanto tiempo…

Lanzó el cuchillo. Se clavó en su objetivo, y ella saltó en el aire, aplaudiendo, olvidándose por un momento en la emoción de la victoria.

Su cabello se salió de los pasadores y se derramó en su cara; ella lo empujó hacia atrás y le sonrió a Will.–¡Deberás escribir esa carta. Accediste a la apuesta!

Para su sorpresa, él le sonrió.
–Oh, la escribiré, –dijo. –La escribiré, y entonces la lanzaré al fuego. –El sostuvo una mano en alto contra su arranque de indignación.

–Dije que la escribiría. Nunca dije que iba a enviarla.

El aliento de Cecily salió en un jadeo.
–¡Cómo te atreves a engañarme de esa manera!

Te dije que no tenías madera de Cazador de Sombras, de otro modo no hubieras sido engañada tan fácilmente. No voy a escribir la carta Cecily, es contra la Ley, y es el fin de esto.

–¡Como si te importara la Ley! –Cecily dio un pisotón y estuvo inmediatamente más molesta que nunca; detestaba a las chicas que daban pisotones.

Los ojos de Will se estrecharon.
–Y a ti no te importa el ser una Cazadora de Sombras. ¿Cómo es esto? Escribiré una carta y te la daré, si prometes entregarla en casa tú misma - y no regresar.

Cecily se echó atrás. Tenía muchos recuerdos de peleas a gritos con Will, de las muñecas de porcelana que tenía y que él había roto lanzándolas por la ventana del ático; pero también había amabilidad en sus recuerdos - del hermano que había vendado una rodilla herida, o que había vuelto a atar sus listones del cabello cuando se soltaban. Esa amabilidad estaba ausente del Will que estaba de pie ahora frente a ella. Mamá solía llorar por el primer año o dos después de que Will se fuera; ella había dicho, sosteniendo a Cecily contra ella, que los Cazadores de Sombras, le quitarían «todo el amor». Personas frías, le había dicho a Cecily, gente que había prohibido el matrimonio con su esposo. ¿Qué podría querer con ellos su Will, su pequeño?,
–No iré, –dijo Cecily, mirando a su hermano hacia abajo. –Y si insistes en que debo, entonces yo - yo -

La puerta del ático se abrió y la silueta de Jem se quedó de pie en la entrada.
–Ah, –dijo, –amenazándose el uno al otro, ya veo. ¿Esto lleva toda la tarde o acaban de comenzar?

Él comenzó, –dijo Cecily, sacando la barbilla hacia Will, aunque sabía que no tenía sentido. Jem, el parabatai de Will, la trataba con la dulce distante amabilidad reservada para las hermanas pequeñas de los amigos de uno; pero él siempre tomaba el lado de Will. Amablemente pero firmemente, ponía a Will por encima de cualquier otra cosa en el mundo.

Bueno, casi todo. Ella había estado más que sorprendida por Jem cuando había llegado al Instituto por primera vez - él tenía esa inusual belleza fuera de este mundo, con su cabello y ojos plateados y la delicadeza extranjera de sus rasgos. Se veía como un príncipe en un libro de cuentos de hadas, y ella pudo haber considerado el desarrollar un encariñamiento con él, si no hubiera sido tan absolutamente claro, que él estaba completamente enamorado de Mai Gray. Sus ojos la seguían a donde fuera, y su voz cambiaba cuando le hablaba. Cecily una vez escuchó a su madre decir con diversión que uno de los muchachos del vecino, veía a una chica como si fuera «la única estrella en el cielo» y ese era el modo en que Jem miraba a Mai.

Cecily no lo resentía: Mai era agradable y amable con ella, si acaso un poco tímida, y con su cara siempre escondida en un libro como Will. Si esa era la clase de chica que Jem quería, ella y él nunca hubieran encajado - y entre más tiempo permanecía en el Instituto, más se daba cuenta de qué tan incómodas hubieran sido las cosas con Will. Él era ferozmente protector de Jem, y hubiera estado siempre vigilándola en caso de que alguna vez angustiara o lastimara a Jem de cualquier modo. No - ella estaba mucho mejor simplemente quedándose fuera de toda esa situación.

–Solo estaba pensando en atar a Cecily en un bulto y dársela de comer a los patos de Hyde Park, –dijo Will, haciendo a un lado su cabello húmedo y favoreciendo a Jem con una rara sonrisa. –Podría usar tu asistencia.

–Desafortunadamente, puede que tengas que retrasar tus planes soricidas un poco más. Gabriel Lightwood está abajo, y tengo dos palabras para ti. Dos de tus palabras favoritas, al menos cuando las pones juntas.

–¿Necio total? –inquirió Will. –¿Advenedizo sin valor?

Jem sonrió.
–Viruela Demoníaca, –dijo.

***

Sophie balanceó la bandeja en una mano con la facilidad de mucha práctica mientras golpeaba en la puerta de Gideon Lightwood con la otra. Escuchó el sonido de un movimiento apresurado y la puerta se abrió. Gideon estaba de pie frente a ella en sus pantalones, tirantes, y una camisa blanca enrollada hasta los codos. Sus manos estaban húmedas, como si se acabara de pasar los dedos rápido por el cabello, que también estaba mojado. Su corazón dio un salto dentro de su pecho, antes de asentarse. Se forzó a si misma a fruncirle el ceño.

–Señor Lightwood, –dijo ella. –He traído los panecillos que solicitó y Bridget le hizo un plato de sándwiches también.

Gideon dio un paso atrás y la dejó entrar en su habitación. Era como todos los otros dormitorios en el Instituto: muebles pesados y oscuros, una gran cama de cuatro postes, una amplia chimenea, y ventanas que en este caso daban hacia el patio abajo. Sophie pudo sentir su mirada sobre ella mientras se movía a través de la habitación para colocar la bandeja en la mesa frente al fuego. Se enderezó y se dio la vuelta hacia él, con las manos dobladas frente a su delantal.

–Sophie, –comenzó él.

–Señor Lightwood, –ella interrumpió. –¿Hay alguna otra cosa que necesite?

El la miró medio rebelde, medio triste.
–Desearía que me llamaras Gideon.

–Se lo he dicho, no puedo llamarle por su nombre de pila.

–Soy un cazador de Sombras, no tengo un nombre de pila. Sophie, por favor. –El dio un paso hacia ella. –Antes de que tomara residencia en el Instituto, pensé que estábamos en buen camino hacia una amistad. Y aun así, desde el día que llegué, has sido fría conmigo.

Las manos de Sophie se fueron involuntariamente hacia su cara. Recordaba al Amo Teddy, el hijo de su antiguo empleador, y la manera horrible en que la atrapaba en las esquinas oscuras y la apretaba contra la pared, con manos trepando por su corpiño, murmurándole en el oído de que más le valía ser amigable con él, si sabía lo que era bueno para ella. El pensamiento la llenaba de nauseas incluso ahora.

–Sophie. –Los ojos de Gideon se arrugaron con preocupación en las esquinas. «¿Qué pasa? Si hay algo malo que yo te haya hecho, algún desliz, por favor dime que ha sido para que pueda remediarlo,

No hay ningún error, ningún desliz. Es un caballero, y yo una sirvienta; algo más sería una familiaridad. Por favor no me haga sentir incómoda, Señor Lightwood.

Gideon, quien había medio levantado la mano, la dejó caer a su costado. Se veía tan desconsolado que el corazón de Sophie se suavizó. Yo tengo todo que perder, y él no tiene nada que perder, se recordó a sí misma. Es lo que se había dicho más tarde aquella noche, descansando en su angosta cama, con el recuerdo de un par de ojos color tormenta, acosándola en su cabeza.

–Había pensado que éramos amigos, –dijo.

–No puedo ser su amiga.

Él dió un paso adelante.
–¿Y si fuera a pedirte que-

–¡Gideon! –Era Henry, en la puerta abierta, sin aliento, usando uno de sus terribles chalecos a rayas verde con naranja. –Tu hermano está aquí. Abajo.

Los ojos de Gideon se ampliaron.
–¿Gabriel está aquí?

–Sí. Gritando algo sobre tu padre, pero él no nos dirá más a menos que tú estés ahí. Lo jura. Ven conmigo.

Gideon dudó, sus ojos moviéndose de Henry a Sophie, quien trató de ser invisible.

–Yo...

–Ven ahora, Gideon. –Henry rara vez hablaba con dureza, y cuando lo hacía el efecto era sorpresivo. –Está cubierto en sangre.

Gideon palideció, y alcanzó la espada que colgaba de un set de clavijas dobles en su puerta.
–Estoy en camino.

***

Gabriel Lightwood se inclinó contra la pared dentro de las puertas del Instituto, su chaqueta no estaba, su camisa y pantalones empapados en escarlata. Afuera, a través de las puertas abiertas, Mai podía ver el carruaje de los Lightwood, con su flamante ostentación, traído hasta el pie de los escalones. Gabriel debió conducirlo él mismo.

–Gabriel, dijo –Charlotte conciliadora, como si tratara de apaciguar a un caballo salvaje. –Gabriel, dinos que pasó por favor.

Gabriel, - alto y delgado, con el cabello café pegajoso con sangre - se frotó la cara, con ojos salvajes. Sus manos estaban sangrientas también.
–¿Dónde está mi hermano? Tengo que hablar con mi hermano.

–Está bajando. Envié a Henry a buscarle, y Cyril para que prepare el carruaje del Instituto. Gabriel ¿estás herido? ¿Necesitas un iratze? – Charlotte sonaba tan maternal como si este muchacho jamás la hubiera echado de cabeza, desde detrás de la silla de Benedict Lightwood, como si nunca hubiera conspirado con su padre para quitarle el Instituto.

–Es un montón de sangre, –dijo Mai, presionando. –Gabriel, no toda es tuya ¿o sí?» Gabriel la miró. Era la primera vez, pensó Mai, que ella lo había visto comportarse con ninguna pose. Había solo un miedo aturdidor en sus ojos - confusión. –No... Es de ellos.

–¿Ellos? ¿Quiénes son ellos? –Era Gideon, bajando con prisa las escaleras, una espada en su mano derecha. Junto con él venían Henry y Jem, y detrás de ellos Will y Cecily. Jem se detuvo en los escalones con sorpresa, y Mai se dio cuenta de que la había visto con su vestido de novia. Sus ojos se ampliaron pero los otros ya se estaban abriendo paso y estaba siendo arrastrado por las escaleras como una hoja en una corriente de aire.

–¿Padre está herido? –prosiguió Gideon, deteniéndose frente a su hermano. –¿Lo estás tú? –Levantó la mano y tomó la cara de su hermano acunando su barbilla, y volviéndola hacia él. Aunque Gabriel era más alto, la mirada de hermano menor estaba clara en su rostro - con alivio de que su hermano estuviera ahí, y un brillo de resentimiento hacia su tono autoritario.

–Padre... –comenzó Gabriel. –Padre es un gusano.

Will soltó una corta risotada. Estaba en ropa de combate como si acabara de llegar de la sala de práctica, y su cabello se enredaba húmedo contra sus sienes. No estaba mirando a Mai, pero ella ya se había acostumbrado a eso. Will difícilmente la miraba a menos que tuviera que hacerlo.

–Es bueno ver que has cambiado tu visión de las cosas, Gabriel, pero esta es una manera inusual de anunciarlo.

Gideon le lanzó a Will una mirada de reproche antes de volverse a su hermano de nuevo.
–¿A qué te refieres Gabriel? ¿Que hizo Padre?

Gabriel sacudió la cabeza.
–Es un gusano, –dijo de nuevo sin entonación.

–Lo sé. Ha traído la vergüenza al nombre Lightwood, y nos mintió a los dos. Avergonzó y destruyó a nuestra madre. Pero no necesitamos ser así con él.

Gabriel se alejó del agarre de su hermano, sus dientes de pronto mostrando una mueca de enojo. –No estás escuchándome, –dijo. –Es un gusano. Un gusano. Una cosa sangrienta enorme con forma de serpiente. Como Mortmain dejó de enviar la medicina, ha estado peor. Cambiando. Esas llagas en sus brazos, comenzaron a cubrirle. Sus manos, su cuello, s-su cara... –Los ojos verdes de Gabriel buscaron los de Will. –Era la viruela, ¿no es así? Tu sabes todo sobre eso, ¿cierto? ¿No eres algo así como un experto?

–Bueno, no hay necesidad de actuar como si yo la hubiera inventado, –dijo Will. –Solo porque creía en su existencia. Hay recuentos de ello - viejas historias en la biblioteca-

–¿Viruela demoníaca? –dijo Cecily, su cara deshecha con la confusión. –Will, ¿de qué está hablando?

Will abrió la boca, y se ruborizó un poco en las mejillas. Mai escondió una sonrisa. Habían sido semanas desde que Cecily llegó al Instituto, y aun así su presencia molestaba y enojaba a Will. El no parecía saber cómo comportarse al rededor de su hermana pequeña, quien no era la niña que él recordaba, y cuya presencia él insistía no era bienvenida.

Y aun así, Mai lo había visto seguir a Cecily con los ojos al rededor de la habitación, con el mismo amor protector en su mirada que veces le prodigaba a Jem. Seguramente la existencia de la viruela demoníaca y el cómo la adquiría uno, era la última cosa que quisiera explicarle a Cecily.

–Nada que necesites saber, –murmuró.

Los ojos de Gabriel se fueron hacia Cecily, y sus labios se abrieron con la sorpresa. Mai pudo notar como tomaba apreciación de Cecily. Los padres de Will debieron haber sido ambos muy hermosos, pensó Mai, por que Cecily era tan bonita como Will era guapo, y con el mismo cabello negro brillante y sorprendentes ojos azules. Cecily le devolvió la mirada con atrevimiento, su expresión curiosa; debía estarse preguntando quien era este muchacho a quien parecía disgustarle tanto su hermano.

–¿Está Padre muerto? –Demandó Gideon, levantando la voz. –¿Lo ha matado la viruela demoníaca?

–No muerto, –dijo Gabriel. –Cambiado. Lo ha transformado. Hace unas semanas se movió hacia nuestra casa en Chiswick. Él no dijo por qué. Entonces hace unos días, se encerró a sí mismo en el estudio. No salía ni siquiera comía. Esta mañana fui al estudio a tratar de levantarlo. La puerta había sido arrancada de sus goznes. Había un... un rastro de algo baboso dirigiéndose hacia el salón. Lo seguí escaleras abajo y hacia los jardines. –Miró alrededor del vestíbulo ahora silencioso. –Se ha convertido en un gusano. Es lo que estoy diciéndote.

–¿Supongo que no sería posible, –dijo Henry en el silencio. –el, uhm, pisarle?

Gabriel lo miró con disgusto.

–Busqué al rededor de los jardines. Encontré algo de los sirvientes. Y cuando digo, encontré, algo de ellos, digo exactamente lo que estoy diciendo. Habían sido hechos - hechos pedazos. –Tragó y miro hacia sus ropas sangrientas. –Escuché un sonido, como un chillido o aullido. Me volví y lo vi venir hacia mí. Un enorme gusano ciego, como un dragón salido de una leyenda. Su boca estaba completamente abierta, llena con dientes afilados. Me di la vuelta y corrí hacia los establos. Vino arrastrándose detrás de mí, pero salté en el carruaje y lo conduje por las puertas. La creatura - Padre - no me siguió. Creo que tiene miedo de que lo vea la población en general.

–Ah, –dijo Henry. –Es demasiado grande para pisarlo, entonces.

–No debería haber corrido, –dijo Gabriel, mirando a su hermano. –Debería haberme quedado y luchado contra la criatura. Quizás razonar con él. Quizás Padre esté ahí en alguna parte.

–Y quizás te hubiera partido a la mitad de una mordida, –dijo Will. –Lo que estás describiendo es la transformación en un demonio, es la última etapa de la viruela.

–¡Will! –Charlotte levantó las manos. –¿Por qué no dijiste eso?

–Los libros sobre Viruela Demoníaca, están en la biblioteca, ya sabes. –dijo Will con un tono herido. –Yo no estaba evitándole a nadie el leerlos.

–Si, pero si Benedict iba a convertirse en una enorme serpiente, se pensaría que al menos podrías haberlo mencionado, – dijo Charlotte. –Como un asunto de interés general.

–Primero, –dijo Will, –No sabía que iba a convertirse en un gusano gigantesco. La etapa final de la viruela demoníaca es convertirse en un demonio. Podría haber sido uno de cualquier tipo. Segundo, el proceso de transformación toma semanas en ocurrir. Hubiera pensado que incluso un idiota certificado como Gabriel se hubiese dado cuenta y hubiera notificado a alguien.

–¿Notificarle a quien? –preguntó Jem, no sin razón El se había movido más cerca de Mai a medida que la conversación continuaba. Mientras estaban lado a lado, los dorsos de sus manos se rozaban.

–La Clave. El cartero. A nosotros. A cualquiera, –dijo Will, lanzando una mirada irritada a Gabriel quien estaba comenzando a tomar color de nuevo, y se veía furioso.

–No soy un idiota certificado.

–La falta de certificación difícilmente prueba inteligencia, – Will murmuró.

–Como les dije, Padre se encerró en el estudio durante la semana pasada.

–¿Y no pensaste poner atención especial a eso? –dijo Will.

–Tú no conoces a nuestro padre, –dijo Gideon en el tono de voz plano que usaba a veces cuando las conversaciones sobre su familia eran inevitables. Se volvió de nuevo a su hermano y puso las manos en los hombros de Gabriel, hablando serenamente en tonos mesurados que ninguno de ellos podían escuchar.

Jem junto a Mai, enganchó su dedo pequeño a través del de ella. Era un gesto de cariño habitual, al que Mai se había acostumbrado durante los meses pasados, lo suficiente que a veces ella extendía su mano sin pensarlo cuando él estaba parado junto a ella.

–¿Ese es tu vestido de bodas? –preguntó en voz baja.

Mai se salvó de responder, por la aparición de Bridget, trayendo ropas de combate, y Gideon de pronto volviéndose a todos ellos y diciendo,

–Chiswick. Debemos ir. Gabriel y yo, si nadie más.

–¿Irán solos? –preguntó Mai, lo bastante sorprendida como para hablar fuera de turno. –Pero ¿por qué no llaman a otros para que vayan con ustedes-?

La Clave, –dijo Will, sus ojos azules con perspicacia. –Él no quiere que la Clave sepa sobre su padre.

–¿Tu querrías? –dijo Gabriel acalorado. –¿Si fuera tu familia?»Sus labios se curvaron. –No importa. No es como si tú supieras el significado de la lealtad.

–Gabriel. –La voz de Gideon era de reproche. –No le hables a Will de ese modo.

Gabriel parecía sorprendido, y Mai difícilmente podía culparle. Gideon sabía de la maldición de Will por supuesto, de la creencia que había causado su hostilidad y sus modales abruptos, como todos en el Instituto lo sabían, pero la historia era privada para ellos, y no se le había dicho a nadie de fuera.

–Iremos con ustedes. Por supuesto que iremos con ustedes, – dijo Jem, dejando la mano de Mai y dando un paso al frente. –Gideon nos hizo un servicio. No lo hemos olvidado, ¿verdad Charlotte?

–Por supuesto que no, –dijo Charlotte, dándose la vuelta. Bridget, la ropa de combate.

–Convenientemente ya estoy en ropa de combate, –dijo Will mientras Henry se quitaba el abrigo y lo intercambiaba por la chaqueta de combate y el cinturón de armas; Jem hizo lo mismo, y de pronto el vestíbulo estaba lleno de movimiento.

Charlotte hablándole tranquilamente a Henry su mano posándose justo sobre su estómago. Mai evitó mirar el momento privado, y vio una cabeza oscura inclinarse junto a una clara. Jem estaba al lado de Will con su estela en mano, trazando una runa a un costado de la garganta de Will. Cecily miró a su hermano y frunció el ceño.

–También estoy convenientemente en ropa de combate, –anunció.

Will levantó de golpe la cabeza causando que Jem hiciera un molesto sonido de protesta.

–Cecily, absolutamente no.

–No tienes derecho a decirme que sí o no. –sus ojos relampaguearon. –Voy a ir.

Will volteó la cabeza hacia Henry, quien se encogió de hombros a manera de disculpa.

–Ella tiene derecho. Ha sido entrenada por casi dos meses.

–¡Es una niña pequeña!

–Tú estabas haciendo lo mismo a los quince, –dijo Jem tranquilamente, y Will se giró de regreso hacia él. Por un momento todos parecieron contener el aliento, incluso Gabriel. La mirada de Jem sostuvo la de Will, con firmeza, y no por primera vez Mai tuvo la impresión de que intercambiaban palabras sin pronunciarlas.

Will suspiró y medio cerró los ojos.

–Luego querrá venir Mai.

–Por supuesto que voy, –dijo Mai. –Puede que no sea una Cazadora de Sombras, pero también he sido entrenada. Jem no va a ir sin mí .

–Estás en tu vestido de bodas, –protestó Will.

–Bueno, ya que todos lo han visto, no puedo usarlo para casarme con él, –dijo Mai. –Ya saben, trae mala suerte.

Will gruñó algo en galés - inentendible pero claramente el tono de un hombre derrotado. A través de la habitación, Jem le dirigió a Mai una ligera sonrisa de preocupación. La puerta del Instituto se abrió entonces, dejando entrar un rayo de luz otoñal hacia el vestíbulo. Cyril estaba de pie en el umbral, sin aliento.

–El segundo carruaje ya está listo, –dijo. –¿Quienes vendrán entonces?
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Vie Abr 08, 2016 4:26 pm

***

Para: Cónsul Josiah Wayland

De: El Consejo

Querido Señor,

Como usted sin duda sabe, su mandato como cónsul, después de diez años, está llegando a su fin. Ha llegado el momento de nombrar un sucesor.

En cuanto a nosotros, estamos considerando seriamente el nombramiento de Charlotte Branwell, nacida Fairchild. Ella ha hecho un buen trabajo como cabeza del Instituto de Londres y creemos que ella tendrá su sello de aprobación ya que fue nombrada por usted después de la muerte de su padre.

Ya que su opinión y estima son para nosotros del valor más alto, agradeceremos cualquier idea que pueda tener al respecto.

Suyo con la más alta consideración,

Victor Whitelaw,

Inquisidor, a nombre del Consejo.

2

El gusano conquistador

Y mucho de locura y más de pecado Y horror son alma del argumento.
—Edgar Allan Poe, “El Gusano Conquistador”

Mientras el carruaje del Instituto llegaba a través de las puertas de la casa Lightwood en Chiswick, Mai fue capaz de apreciar el lugar como no lo había hecho la primera vez que estuvo allí, en la oscuridad de la noche. Un largo camino de grava flanqueado por árboles conducía hasta una inmensa casa blanca con una glorieta circular frente de ella. La casa tenía un gran parecido a los bocetos que había visto de los templos clásicos de Grecia y Roma, con sus líneas fuertes y simétricas y sus columnas limpias. Había un carruaje varado unos pasos antes y caminos de grava extendidos hacia fuera a través de una red de jardines.

Y que encantadores jardines eran. Incluso en Octubre eran un derroche de flores en su floración final, rosas rojas y crisantemos en bronce-naranja, amarillo, y dorado oscuro, bordeando los impecables caminos que vagaban por los árboles. Mientras Henry detuvo el carruaje en una parada, Mai salió del carruaje, con ayuda de Jem, escuchó el sonido de agua: un arroyo, sospechaba, desviado para correr a través de los jardines. Era un lugar precioso, que su mente apenas podía asociarlo con el mismo lugar donde Benedict había celebrado su diabólico baile, aunque pudo ver el camino enrollado a través de la casa, el que ella había tomado esa noche. Llevaba a un ala de la casa que parecía haberse añadido recientemente…

El carruaje Lightwood aparco detrás de ellos, conducido por Gideon. Gabriel, Will, y Cecily descendieron. Los hermanos Herondale aún discutían entre sí mientras Gideon bajaba, Will ilustrando sus puntos con barridos audaces de sus brazos. Cecily estaba frunciéndole el ceño, la expresión furiosa en su rostro le daba un aspecto muy parecido al de su hermano que, en otras circunstancias, habría sido divertido.

Gideon, incluso más pálido que antes, se volvió en círculo, con la espada desenvainada en su mano.

–El carruaje de Tatiana –dijo despacio mientras Jem y Mai llegaban hasta él. Señalo hacia el elaborado vehículo cerca de los escalones. Las dos puertas estaban abiertas. –Debe haber decidido hacer una visita.

–De todos los tiempos… –Gabriel sonaba furioso, pero sus ojos verdes estaban enfermos con miedo. Tatiana era su hermana, casada recientemente.

El escudo de armas en el carro, era una corona de espinas, debe haber sido el símbolo de la familia de su marido, pensó Mai. El grupo se quedó inmóvil, observando, como Gabriel se movió al carro, deslizando un largo sable de su cinturón. Se apoyó en la puerta, y maldijo en voz alta.

Él se retiró, sus ojos se encontraron con los de Gideon.
–Hay sangre en los asientos, –dijo. –Y... Estas cosas. –Él empujó a una rueda con la punta del sable, y cuando él la apartó, un largo hilo de baba maloliente se desprendía de él.

Will sacó un cuchillo serafín de su abrigo y llamó en voz alta, –¡Emeriel! –A medida que comenzaba a arder una estrella de color blanco pálido a la luz del otoño, señaló primero al norte, luego hacia el sur. –Los jardines corren alrededor de la casa, hasta el río, – dijo. –Yo lo sé, perseguí al demonio Marbas todo hacia aquí arriba una noche. Donde quiera que Benedict este, dudo que vaya a salir de estas tierras. Sería demasiado inoportuno ser visto.

–Vamos a tomar el lado oeste de la casa. Tú toma el este, –dijo Gabriel. –Grita si ves algo y nosotros te encontraremos.

Gabriel limpió su espada en la grava de la glorieta, se levantó y siguió a su hermano por un lado de la casa. Will se dirigió a la inversa, seguido por Jem, con Mai y Cecily justo detrás de ellos. Will se detuvo en la esquina de la casa, escaneó los jardines con la mirada, atento a cualquier vista o sonido inusual. Un momento después, hizo señas a los demás para que lo siguieran.

A medida que avanzaban, el talón del zapato de Mai q u e d ó atrapado en uno de los fragmentos de grava sueltos debajo de los setos. Tropezó, y de inmediato se enderezó, pero Will miró hacia atrás, y frunció el ceño.

–Mai, –dijo. Hubo un momento en que la había llamado Mai, pero ya no. –No deberías estar con nosotros. No estás preparada. Al menos espera en el coche.

–No lo haré, – dijo Mai con rebeldía.

Will se volvió hacia Jem, que parecía estar escondiendo una sonrisa.

Mai es tu prometida. Tú hazla entrar en razón.

Jem, sosteniendo su espada-bastón en una mano, se movió a través de la grava hacia ella.

–Mai, hazlo como un favor para mí, ¿puedes?

–No crees que pueda pelear, –dijo Mai, echándose hacia atrás, igualando su mirada plateada con la de ella. –Porque soy una chica.

–No creo que puedas luchar porque estás usando un vestido de novia, –dijo Jem. –Por si sirve de algo, yo no creo que Will pueda luchar con ese vestido tampoco.

–Quizás no, –dijo Will, que tenía las orejas como las de un murciélago. –Pero yo sería una novia radiante.

Cecily levantó la mano para señalar a la distancia.

–¿Qué es eso?

Los cuatro se giraron para ver una figura corriendo hacia ellos. La luz del sol estaba justo delante, y por un momento mientras los ojos de Mai se ajustaban, lo único que vio fue un borrón. El desenfoque rápidamente se resolvió en la figura de una chica corriendo. Su sombrero había desaparecido, su pelo castaño claro volaba con el viento. Era alta y huesuda, vestida con un vestido fucsia brillante que probablemente había sido una vez elegante, pero estaba roto y manchado de sangre ahora. Ella siguió gritando mientras llegaba como un cañón hacia ellos arrojándose a los brazos de Will.

Él se tambaleó hacia atrás, casi dejando caer a Eremiel.

–Tatiana.

Mai no podía decir si Will la apartó o ella lo hizo, pero de cualquier manera Tatiana no se movió ni un centímetro más o menos lejos de Will y Mai podía ver su rostro por primera vez. Ella era una chica estrecha y angulosa. Su cabello era de arena como Gideon, sus ojos verdes como Gabriel, y podría tener un rostro bonita si no estuviera marcado por líneas de desaprobación.

Aunque estaba bañada en lágrimas y jadeaba, había algo teatral sobre ello, como si fuera consciente de todos los ojos en ella, sobre todo los de Will.

–Un gran monstruo, –lloró. –Una criatura, ¡cogió a mi querido Rupert del carro y se lo llevó con él!

Will la empujó un poco más lejos.

–¿Qué quiere decir ‘se lo llevo con él’?

Ella señaló.
–Ah-ahí, –sollozó. –Lo arrastró por los jardines italianos. Se las arregló para eludir sus fauces al principio, pero le acosó por los senderos. No importa cuánto gritara yo, esa cosa no lo bajaba –Ella irrumpió en una nueva oleada de lágrimas.

–Gritaste, –dijo Will. –¿Es eso todo lo que hiciste?

–Grité mucho. –Tatiana sonaba herida. Ella se apartó completamente de Will y clavó en el una verde mirada. –Veo que eres tan generoso como siempre fuiste. –Los ojos de ella patinaron hacia Mai, Cecily, y Jem. –Señor Carstairs, –dijo ella con frialdad, como si estuvieran en una fiesta en el jardín. Sus ojos se estrecharon mientras caían sobre Cecily. –Y tú.

–Oh, en el nombre del Ángel –Will pasó junto a ella, Jem, con una sonriendo a Mai, lo siguió.
–Tú no puedes ser otra que la hermana de Will, –dijo Tatiana a Cecily mientras los chicos se desvanecían en la distancia. Ella ignoró a Mai intencionadamente.

Cecily miró con incredulidad.
–Lo soy, aunque no puedo imaginar qué diferencia hace. Mai, ¿vienes?

–Lo hago, –dijo Mai, y se unió a ella, aunque Will la quería ahí o no, o Jem, cualquiera de los dos, no podía verlos caminando hacia el peligro y no querer estar donde estaban. Al cabo de un momento oyó los reacios pasos de Tatiana en la grava detrás de ella.

Se estaban alejando de la casa, hacia los jardines semi-ocultos detrás de los altos setos. En la distancia la luz del sol reveló un invernadero de madera y vidrio, con una cúpula en el techo. Era un buen día de otoño: Había un viento fuerte, con el olor de las hojas en el aire. Mai escuchó un crujido y echó un vistazo a la casa detrás de ella. Su fachada blanca y suave se elevaba muy alta, sólo rota por los arcos de los balcones.

–Will, –ella susurró mientras él se acercaba y envolvía sus manos alrededor de su cuello. Él le quitó sus guantes, y se unieron a la máscara y los pasadores de Jessie en el suelo de piedra de la terraza. Se quitó después su propia máscara y la echo a un lado, pasándose las manos por su pelo negro y húmedo, empujándolo hacia fuera de su frente. El borde inferior de la máscara había dejado marcas a través de sus altos pómulos, como cicatrices de luz, pero cuando ella fue a tocarlos, él gentilmente tomó sus manos y las apretó hacia abajo.

–No, –dijo. –Deja que te toque antes. He querido…

Ruborizándose furiosamente, Mai apartó su mirada de la casa y los recuerdos que contenía. El grupo había llegado a un vacío en las coberturas a su derecha. A través de lo que era claramente “el jardín Italiano”, visiblemente rodeado de follaje. Dentro del círculo del jardín estaba lleno de hileras de estatuas que representan héroes y figuras clásicas y mitológicas. Venus vertía agua desde una urna en una fuente central, mientras que las estatuas de los grandes historiadores y estadistas -César, Heródoto, Tucídides- se miraban con los ojos en blanco a través de las pasarelas que radiaban desde el punto central. También había poetas y dramaturgos. Mai, corriendo a lo largo, pasó Aristóteles, Ovidio, Homero -sus ojos aprisionados con una máscara de piedra para indicar su ceguera-, Virgilio y Sófocles, antes de que un grito atronador rasgara el aire.

Se dio la vuelta. Varios metros detrás de ella, Tatiana estaba de pie, inmóvil, con los ojos desorbitados. Mai corrió hacia ella, los otros detrás; llegó primera a la chica, y Tatiana se sostuvo en ella ciegamente, como si se hubiera olvidado por un momento quién era Mai.

–Rupert, –se quejó Tatiana, mirando fijamente delante de ella, y Mai, siguiendo su mirada, vio la bota de un hombre que sobresalía por detrás de un seto. Pensó por un momento que él debía haber estado acostado y aturdido en el suelo, con el resto de su cuerpo oculto por el follaje, pero cuando se inclinó hacia delante, se dio cuenta de que la bota estaba roída hacia arriba varios centímetros, con carne sangrienta que salía desde el inicio de la apertura… era todo lo que había para ver.

–¿Un gusano de cuarenta pies?1 –murmuró Will a Jem mientras se desplazaban por el jardín Italiano, sus botas -gracias a un par de runas insonoras- no hacían ruido sobre la grava. –Piensen en el tamaño de los peces que podríamos atrapar.

Los labios de Jem se crisparon.
–No es divertido, ya sabes.

–Lo es un poco.

–No puedes reducir la situación a bromas de gusano, Will. Es el padre de Gabriel y de Gideon del que estamos hablando.]

–No sólo estamos hablando de él; lo estamos persiguiendo a través de un jardín de esculturas ornamentales porque se ha convertido en un gusano.
–Un gusano demoníaco, –dijo Jem, haciendo una pausa para mirar con cautela alrededor de un seto. –Una gran serpiente. ¿Eso ayudará a tu inapropiado humor?

–Hubo un momento en que mi humor inapropiado ciertamente te traía diversión, –suspiró Will. –Como el gusano ha cambiado.

–Will…

Jem se vio interrumpido por un grito ensordecedor. Ambos muchachos giraron, a tiempo para ver a Tatiana Blackthorn tambalearse hacia atrás en los brazos de Mai. Ésta cogió a la otra chica, sosteniéndola, mientras Cecily se acercaba a un hueco en los setos, alcanzando una hoja de serafín de su cinturón con la facilidad de un Cazador de Sombras entrenado. Will no la había oído hablar, pero la hoja se levantó en su mano, iluminando su rostro y encendiendo una hoguera de miedo enfermizo en el estómago de Will.

Empezó a correr, con Jem pisándole los talones. Tatiana se hundió sin fuerzas en los brazos de Mai, su rostro marcadamente retorcido en un gemido.
–¡Rupert! ¡Rupert! –Mai luchaba con el peso de la otra chica, y Will quería hacer una pausa para ayudarla, pero Jem ya tenía la mano en el brazo de Mai, y era razonable. Como su prometido, ese era su lugar.

Will retiró salvajemente su atención, de vuelta a su hermana, quien se movía entre la brecha en los setos, sosteniendo su espada en alto mientras rodeaba los macabros restos de Rupert Blackthorn.
–¡Cecily! –Will la llamo exasperado. Ella comenzó a girarse…

Y el mundo explotó. Una fuente de suciedad y barro pulverizado se levantó ante ellos, un geiser hacia el cielo. Terrones de tierra y lodo caían ruidosamente sobre ellos como granizo. En el centro del géiser estaba una enorme serpiente ciega, de un pálido color blanco grisáceo.

El color de la carne muerta, pensó Will. Un hedor salió de ella como el hedor de una tumba. Tatiana dio un grito y se quedó inerte, tirando a Mai hacia el suelo con ella.

El gusano comenzó a arrojarse de un lado a otro, tratando de liberarse de la tierra. Su boca se abrió, era menos una boca y más un tajo enorme que dividía su cabeza, llena de dientes de tiburón. Un gran silbido quejumbroso vino de su garganta.
–¡Alto! –Cecily gritó. Ella sostuvo su resplandeciente espada serafín delante de ella; se veía sin miedo alguno. –¡Vuelve, maldita criatura!

El gusano se ancló al suelo y fue hacia ella. Ésta se puso de pie rápidamente, espada en mano, mientras sus grandes mandíbulas descendían… y Will saltó sobre ella, arrojándola fuera del camino. Ambos rodaron en a cubierto mientras la cabeza del gusano golpeaba el suelo donde había estado de pie, dejando un hueco de tamaño considerable.
–Will –Cecily se apartó de él, pero no del todo a tiempo. Su hoja serafín cortó por su antebrazo, dejando una quemadura roja detrás. Sus ojos eran de fuego azul. –¡Eso fue innecesario!

–¡No estás entrenada! –Gritó Will, medio fuera de su mente con furia y terror. –¡Vas a hacer que te maten! ¡Quédate donde estás! Fue a por su espada, pero ella se apartó y se puso de pie. Un momento después el gusano comenzó a surgir de nuevo, con la boca abierta. Will había dejado caer su propia espada saltando sobre su hermana; estaba a varios metros de distancia. Saltó a un lado, evitando las mandíbulas de la criatura por centímetros, y luego Jem estaba allí, con su espadabastón en la mano. Dirigió la hoja hacia arriba, fuerte, a un lado del cuerpo del gusano. Un grito infernal brotó de su garganta, y fue azotado hacia atrás, rociando con sangre negra. Con un siseo desapareció detrás de un seto.

Él se dio la vuelta. Apenas podía ver a Cecily, Jem se había arrojado entre ella y Benedict, y estaba bañado en sangre y barro negro. Detrás de Jem, Mai había arrastrado a Tatiana a su regazo, y sus faldas desperdigadas juntas, el rosa chillón de Tatiana se mezclaba con el oro en ruinas del vestido de boda de Mai. Mai se había inclinado sobre ella como para protegerla de los ojos de su padre, y gran parte de la sangre de demonio había salpicado sobre el cabello y ropa de Mai. Ella levantó la vista, con el rostro pálido, y sus ojos se encontraron con los de Will.

Por un momento, el jardín, el ruido, y el olor de la sangre de demonio se desvaneció, y él se quedó solo en un lugar silencioso, sólo con Mai. Quería correr hacia ella, envolverla en sus brazos. Protegerla.

Pero era el trabajo de Jem hacer esas cosas y no el suyo. No el suyo.

El momento pasó, y Mai se puso de pie, tirando de Tatiana hacia arriba por fuerza propia, lazando el brazo de la otra chica sobre sus propios hombros incluso aunque Tatiana estuviera en su contra, medio inconsciente.
–Tú debes sacarla de aquí. Será asesinada, –dijo Will, deslizando su mirada sobre el jardín. –No tiene ningún entrenamiento.

La boca de Mai comenzó a formar su familiar línea terca.
–No deseo dejarlos.

Cecily se veía horrorizada.
–No crees... ¿La criatura no se contendría? Es su hija. Si a eso… si a él… le queda cualquier sentimiento fraternal…

–Consumió a su cuñado, Cecy, –Will espetó. –Mai, ve con Tatiana si quieres salvar su vida. Y quédate con ella junto a la casa. Sería un desastre si volviera corriendo hasta aquí.

–Te agradezco, Will, –murmuró Jem, mientras Mai alejaba a tropezones a la chica tan rápido como podía, y Will sintió las palabras como tres pinchazos en su corazón. Siempre cuando Will hacia algo para proteger a Mai, Jem pensaba que era en su nombre, no en el de Will. Will siempre deseaba Jem pudiera estar totalmente en lo correcto. Cada pinchazo tenía su propio nombre. Culpa. Vergüenza. Amor.

Cecily gritó. Una sombra ocultó el sol, y el seto delante de Will reventó. Se encontró mirando a la garganta de color rojo oscuro del gusano. Hilos de saliva colgaban entre sus enormes dientes. Will fue a sacar la espada de su cinto, pero el gusano ya estaba alejándose, con una daga sobresaliendo de un costado de su cuello. La reconoció sin volverse. Era de Jem. Oyó a su parabatai gritar una advertencia, y después el gusano se precipitaba hacia Will otra vez quien a toda velocidad llevó su espada hacia arriba, a través de la parte inferior de su mandíbula. La sangre brotó a través de sus dientes, salpicando la ropa de Will con un silbido. Algo golpeó la parte posterior de sus rodillas y desprevenido, cayó fuerte, con sus hombros estrellándose contra el césped.

Se atragantó cuando el aliento salió de él. La cola delgada del gusano estaba envuelta como anillo alrededor de sus rodillas. Lo pateó, viendo estrellas, el rostro ansioso de Jem, el cielo azul por encima de él…

Pum. Una flecha se clavó en la cola del gusano, justo debajo de la rodilla de Will. El apretón de Benedict se aflojó, y Will se alejó a través de la tierra y se puso de sus rodillas, justo a tiempo para ver a Gideon y Gabriel Lightwood yendo hacia ellos por el camino de tierra. Gabriel tenía un arco. Lo estaba haciendo disparar de nuevo mientras corría, y Will se dio cuenta con sorpresa de que Gabriel Lightwood acababa de disparar a su padre para salvar la vida de Will.

El gusano rebotó hacia atrás, y aparecieron unas manos bajo los brazos de Will, levantándolo. Jem. Soltó a Will, quien se volvió para ver que su parabatai ya tenía preparada su espada-bastón y estaba mirando al frente. El gusano demoníaco parecía estar retorciéndose en su agonía, ondulandose mientras se arrastraba, con su ciega cabeza yendo de un lado a otro, arrancando los arbustos con sus golpes. Las hojas llenaron el aire, y el pequeño grupo de Cazadores de Sombras se atragantó con el polvo. Will podía oír la tos Cecily y deseaba decirle que volviera corriendo a la casa, pero él sabía que no lo haría.

De alguna manera el gusano, golpeando sus mandíbulas, había dejado caer la espada; el arma cayó al suelo entre los rosales, manchada de icor negro. El gusano comenzó a deslizarse hacia atrás, dejando un rastro de baba y sangre. Gideon hizo una mueca y se lanzó hacia adelante para agarrar la espada caída con una mano enguantada.

De pronto Benedict se irguió como una cobra, sus mandíbulas abiertas y goteando. Gideon levantó la espada, viendose imposiblemente pequeño comparado con el enorme cuerpo de la criatura. –¡Gideon! –Era Gabriel, con la cara blanca, levantando su arco; Will giró a un lado mientras una flecha volaba por delante de él y se hundía en el cuerpo del gusano. El gusano gritó y giró, alejando su cuerpo de ellos a una velocidad increíble. Mientras se iba deslizándose, con un simple movimiento su cola quedo atrapada en el borde de una estatua, apretó con fuerza y la estatua explotó en polvo, bañándolo en un charco ornamental.
–Por el Ángel, acaba de aplastar a Sófocles, –señaló Will mientras el gusano desaparecía detrás de una gran estructura en forma de templo griego. –¿Nadie respeta los clásicos en estos días?

Gabriel, respirando con dificultad, bajó el arco.
–Idiota, –dijo despiadadamente a su hermano. –¿En qué estabas pensando, corriendo hacia él de esa manera?”

Gideonn dio la vuelta, apuntando con su espada sangrienta en Gabriel.
–No ‘él’. Eso. Ya no es nuestro padre, Gabriel. Si no puedes tolerar el hecho...

–Le dispare con una flecha, –gritó Gabriel. –¿Qué más quieres de mí, Gideon?

Gideon sacudió la cabeza como si estuviera disgustado con su hermano; incluso Will, a quien no le agradaba Gabriel, sintió una punzada de simpatía por él. Había disparado a la bestia.
–Tenemos que seguir, –dijo Gideon. –Se ha ido detrás de la glorieta…

–¿La qué?, –Dijo Will.

–Una glorieta, Will, –dijo Jem. –Se trata de una estructura decorativa. Asumo que no hay interior real.

Gedeón negó con la cabeza.
–Se trata simplemente de yeso. Nosotros dos vamos a ir alrededor de un lado de ella, y tú y James por el otro…

–Cecily, ¿qué estás haciendo? –Demandó Will, interrumpiendo a Gideon; sabía que sonaba como un padre distraído, pero no le importaba. Cecily había deslizado su espada en el cinturón y parecía estar tratando de subir a uno de los pequeños arboles de tejos dentro de la primera hilera de setos. –¡Ahora no es el momento de escalar árboles!

Ella lo miró enojada, su cabello negro volando por su rostro. Abrió la boca para contestar, pero antes de que pudiera hablar, se oyó un ruido de como un terremoto, y la glorieta reventó en pedazos de yeso. El gusano se precipitó hacia delante, dirigiéndose directamente hacia ellos con la velocidad aterradora de un tren fuera de control.


***

Para cuando llegaron al patio delantero de la casa Lightwood, el cuello y la espalda de Mai dolían. Estaba atada firmemente en su corsé debajo del pesado vestido de boda, y el peso de los sollozos de Tatiana tiraba hacia abajo su hombro izquierdo dolorosamente.

Se sintió aliviada al ver los carruajes a la vista. Aliviada, y también sorprendida. La escena en el patio era tan tranquila: los carruajes estaban donde los habían dejado, los caballos se alimentaban de la hierba, la fachada de la casa sin molestias. Después de medio cargar, medio arrastrar a Tatiana al primer carruaje, Mai abrió la puerta de un tirón y le ayudó a entrar, haciendo una mueca cuando las afiladas uñas de la otra muchacha se clavaron en sus hombros mientras se subía ella y a sus faldas al interior.

–Oh, Dios, –gimió Tatiana. –La vergüenza, la terrible vergüenza. Que la Clave pueda saber de lo que se ha abatido sobre mi padre. Por el amor de Dios, ¿no podría haber pensado en mí, aunque sea por un momento?

Mai parpadeó.
–Esa cosa, –dijo. –No creo que haya sido capaz de pensar en nadie, Sra. Blackthorn.

Tatiana la miró aturdida, y por un momento Mai se avergonzó del resentimiento que había sentido hacia la otra chica. No le había gustado que la alejaran de los jardines, donde tal vez podría haber ayudado, pero Tatiana había visto a su marido hacerse pedazos ante sus ojos por su propio padre. Se merecía más comprensión de la que Mai había estado sintiendo.

Mai suavizó su voz.
–Sé que ha tenido un mal golpe. Si se acuesta…

–Usted es muy alta, –dijo Tatiana. –¿Los caballeros no se quejan de ello?

Mai se la quedó mirando.
–Y está vestida como una novia, –dijo Tatiana. –¿No es eso muy raro? ¿No sería mejor un equipo para esta tarea? Entiendo que es poco favorecedor, y debe necesitar algunas armas de demonio, pero…

Hubo un repentino ruido fuerte. Mai se separó del carruaje y miró a su alrededor; el sonido venía de dentro de la casa. Henry, pensó Mai. Henry había entrado en la casa, solo. Por supuesto, la criatura estaba fuera en los jardines, pero sin embargo, era la casa de Benedict. Pensó en el salón de baile, lleno de demonios la última vez que Mai había estado allí, y recogió su falda con ambas manos.

–Quédese aquí, Sra. Blackthorn, –dijo. –Debo descubrir la causa de ese ruido.

–¡No! –Tatiana se sentó de golpe. –¡No me deje!

–Lo siento. –Mai le dio la espalda, sacudiendo la cabeza. –Debo hacerlo. ¡Por favor, permanezca en el interior del carruaje!

Tatiana gritó algo tras ella, pero Mai ya se había vuelto para lanzarse por los escalones. Se abrió paso a través de las puertas delanteras y emergió en una gran entrada con piso alternado en cuadrados de mármol blanco y negro, como un tablero de ajedrez. Una araña enorme colgaba del techo, aunque ninguna de las velas estaba encendida; la única luz en el lugar provenía solo de la luz del día entrando por las altas ventanas. Una escalera de caracol de gran esplendor se abría paso hacia arriba.

–¡Henry!, – exclamó Mai. –Henry, ¿dónde estás?

Un grito le respondió y otro golpe llegó de la planta de arriba. Mai subió corriendo las escaleras, tropezando mientras su pie se atrapaba en el borde de su vestido y le abría una costura. Quitó la falda de su camino con impaciencia y continuó corriendo por un largo pasillo cuyas paredes estaban pintadas de azul pálido y de la que colgaban docenas de marcos dorados grabados, a través de un par de puertas, y hacia otra habitación.

Era seguramente la habitación de un hombre, una biblioteca o una oficina: las cortinas eran pesadas de una tela oscura, y pinturas al óleo de grandes buques de guerra colgaban de las paredes. Un papel tapiz verde cubría las paredes, aunque parecía estar manchado con extrañas manchas oscuras. Había un olor extraño en el lugar, un olor como el de la ribera del Támesis, donde extrañas cosas podridas se veían a la luz débil. Y por encima de eso, el sabor cobrizo de la sangre. Un librero había sido volcado, había un mar de madera y vidrios, y sobre la alfombra persa junto a éste estaba Henry, encerrado en un combate de lucha libre con una cosa de piel gris y un número desconcertante de brazos.

Henry estaba gritando y pateando con sus largas piernas, y la cosa —un demonio, sin duda— estaba desgarrando su equipo con garras, su hocico lobuno chasqueándole a su cara.

Mai miró ampliamente a su alrededor, cogió el atizador que estaba junto a la chimenea, y cargó. Trató de mantener su entrenamiento en mente, todas esas horas de charla y cuidado de la calibración, velocidad y agarre de Gideon, pero al final todo parecía puro instinto al conducir la varilla de acero largo hacia el torso de la criatura, o donde este debería haber estado una caja toráxica si hubiera sido un animal real, enteramente terrenal.

Oyó que algo crujió mientras el arma lo traspasaba. El demonio dio un aullido como el de un perro, soltó a Henry, y el atizador cayó al suelo. Se esparció icor negro, llenando la habitación con el olor a humo y putrefacción. Mai se tambaleó hacia atrás, su talón se enganchó en el borde de su vestido desgarrado. Cayó al suelo justo cuando Henry se levantaba y, con una maldición murmurada, desgarraba la garganta del demonio con una daga parecida a una espada que brillaba con runas. El demonio dio un grito gorgoteante y se dobló como papel.

Henry se puso en pie, con el pelo rojizo manchado de sangre e icor. Su equipo estaba roto en el hombro, líquido escarlata escapándose de la herida. –Mai, –exclamó, y luego fue a su lado, ayudándola a ponerse de pie. –Por el Ángel, somos una pareja, –dijo en su manera arrepentida a lo Henry, mirándola con preocupación. –No estás herida, ¿verdad?

Se miró a sí misma y vio lo que quería decir: Su vestido estaba salpicado con manchas de icor, y había un feo corte en su antebrazo donde se había caído sobre el cristal roto. No le dolía mucho, aún, pero había sangre.
–Estoy bastante bien, –dijo. –¿Qué pasó, Henry? ¿Qué era esa cosa y por qué estaba aquí?”

–Un demonio guardián. Estaba buscando el escritorio de Benedict, y debo haber movido o tocado algo que lo despertó. Un humo negro salió del cajón, y se convirtió en eso. Se abalanzó sobre mí…

–Y te arañó, –dijo Mai con preocupación. –Estás sangrando…

–No, me lo hice yo mismo. Caí sobre mi puñal, –dijo Henry avergonzado, sacando una estela de su cinturón. –No le digas a Charlotte.

Mai casi sonrió; luego, recordando, cruzó la habitación y tiró de las cortinas para abrirlas de una de las ventanas altas. Podía ver los jardines, pero no, frustrantemente, el jardín Italiano; ya que estaban en el lado equivocado de la casa para hacerlo. Setos en forma de cajas verdes y hierba plana empezaban a marronearse con el invierno, extendiéndose ante ella.
–Tengo que irme, dijo. –Will, Jem y Cecily estaban luchando contra la criatura. Ha asesinado al marido de Tatiana Blackthorn. Yo tenía que llevarla al carruaje ya ella estaba cerca del desmayo.

Hubo un silencio. Entonces:
–Mai, –dijo Henry con voz extraña, y ella se volvió para verlo, detenido en el acto de aplicar un iratze al interior de su brazo. Tenía la vista fija en la pared frente a él, la pared que Mai había pensado antes que estaba extrañamente moteada y salpicada con manchas. Veía ahora que no estaba sucia accidentalmente. Letras de un pie2 de altura, se extendían a través del papel tapiz, escrito con lo que parecía ser seca sangre negra.

LOS ARTEFACTOS INFERNALES NO TIENEN PIEDAD.
LOS ARTEFACTOS INFERNALES NO SE ARREPIENTEN.
LOS ARTEFACTOS INFERNALES NO TIENEN NÚMERO.
LOS ARTEFACTOS INFERNALES NUNCA DEJARÁN DE LLEGAR.

Y allí, bajo los garabatos, una última frase, apenas legible, como si el que la había escrito hubiera estado perdiendo el uso de sus manos. Se imaginó a Benedict encerrado en esta habitación, volviéndose loco lentamente mientras se transformaba, embadurnando las palabras en la pared con su sangre atormentada de icor.

QUE DIOS SE APIADE DE NUESTRAS ALMAS.


***

El gusano se lanzó… y Will se abalanzó hacia adelante en un giro, pasando muy cerca de sus mandíbulas. Se colocó de cuclillas, y luego se puso de pie y corrió a lo largo de la longitud de la criatura hasta que llegó a la cola. Se dio la vuelta y vio al demonio que se avecinaba como una cobra sobre Gideon y Gabriel… sin embargo, para su sorpresa, eso parecía haberse congelado, silbando pero no atacando. ¿Reconocía a sus hijos? ¿Sentía algo por ellos? Era imposible decirlo.

Cecily estaba a medio camino del árbol de tejo, aferrándose a una rama. Con la esperanza de que fuera a entrar en razón y se quedara allí, Will se volvió hacia Jem y levantó una mano para que su parabatai pudiera verlo. Hacía mucho tiempo habían elaborado una serie de gestos que utilizaban para comunicarse lo que necesitaban en el medio de la batalla, en caso de que no pudieran oír las voces del otro. Los ojos de Jem se iluminaron con comprensión, y arrojó su bastón hacia Will. En un tiro perfecto, voló punta a punta hasta que Will lo atrapó con una mano e hizo clic en el mango. La hoja salió disparada, y Will lo hizo hacia abajo rápido y fuerte, cortando directamente a través de la piel gruesa de la criatura. El gusano se echó hacia atrás y aulló mientras Will volvía a golpear, separando la cola de su cuerpo. Benedict se agitó en ambos extremos, e icor manó a borbotones en una explosión pegajosa, cubriendo a Will. Lo esquivó con un grito, con su piel ardiendo.

–¡Will! –Jem corrió hacia él. Gideon y Gabriel estaban haciendo cortes en la cabeza del gusano, haciendo todo lo posible para mantener su atención centrada en ellos. Mientras se limpiaba el icor que le quemaba los ojos con su mano libre, Cecily cayó del árbol de tejo y aterrizó de lleno sobre el lomo del gusano.

Will dejó caer la espada-bastón en estado de shock. Nunca había hecho eso antes, nunca había dejado caer un arma en medio de una batalla, pero allí estaba su hermana pequeña, aferrándose con sombría determinación a la parte trasera de un gusano demoníaco enorme, como una pequeña pulga se aferra a la piel de un perro. Mientras miraba con horror, Cecily sacó una daga de su cinturón y lo dirigió con saña a la carne del demonio.
¿Qué cree que está haciendo? ¡Como si esa daga diminuta pudiera matar una cosa de ese tamaño!

–Will, Will, –le decía Jem al oído, con voz urgente, y Will se dio cuenta de que había hablado en voz alta, y, en nombre del Ángel, la cabeza del gusano se balanceaba hacia Cecily, con la boca abierta, amplia y llena de dientes…

Cecily soltó el mango de la daga y rodó hacia un lado, fuera del cuerpo del gusano. Sus mandíbulas no la atraparon por un pelo y chasquearon violentamente en su propio cuerpo. Icor negro brotó y el gusano sacudió su cabeza hacia atrás, con un aullido como el lamento de un alma en pena en erupción desde su garganta. Una herida se abría enorme en su cara, y trocitos de su propia carne colgaban en sus mandíbulas. Mientras Will miraba, Gabriel levantó su arco y dejó volar una flecha.

Llego a su objetivo y se hundió en uno de los ojos negros sin párpados del gusano. La criatura se echó hacia atrás, y luego dejó caer su cabeza hacia adelante y se desplomó sobre sí misma, doblando, desapareciendo como los demonios hacían cuando la vida los dejaba.

El arco de Gabriel cayó al suelo con un ruido apenas audible. El suelo pisoteado estaba empapado de sangre del cuerpo destrozado del gusano. En medio de todo esto, Cecy se ponía lentamente de pie, haciendo una mueca, con su muñeca derecha torcida en un ángulo extraño.

Will ni siquiera se sentía él mismo mientras empezaba a correr hacia ella… sólo se dio cuenta cuando la mano restrictiva de Jem lo detuvo en seco. Se volvió hacia su parabatai incontroladamente.
–Mi hermana…

–Tu rostro, –dijo Jem, con una calma notable, teniendo en cuenta la situación. –Estás cubierto con sangre de demonio, William, y te está quemando. Tengo que hacerte una iratze antes de que el daño no se pueda deshacer.

–Déjame ir, –insistió Will y trató de apartarse, pero la mano fría de Jem estaba ahuecando la parte posterior de su cuello, y luego sintió la quemadura de una estela en la muñeca, y el dolor que ni siquiera sabía que sentía comenzó a disminuir. Jem lo soltó con un pequeño siseo de de dolor de su parte; le había quedado un poco de icor en sus dedos. Will se detuvo, indeciso, pero Jem le despidió con un gesto, ya aplicando su propia estela a su mano.

Fue sólo un momento de retraso, pero para el momento que llegó al lado de su hermana, Gabriel ya estaba allí. Éste tenía su mano debajo de la barbilla de ella, sus ojos verdes agitados sobre su cara. Ella lo estaba mirando con asombro, cuando Will llegó y la cogió por el hombro.
–Aléjate de mi hermana, –le gritó, y Gabriel dio un paso atrás, con la boca adelgazándose en una línea dura. Gideon estaba pisándole los talones, y ellos pululaban en torno a Cecily mientras Will la sostenía rápidamente con una mano, sacando su estela con la otra. Ella lo miró con ojos centelleantes azules mientras él trazaba un iratze negro en un lado de su cuello, y un mendelin en el otro. Su cabello negro se había escapado de su trenza, y se veía como la chica salvaje que recordaba, feroz y sin miedo a nada.

–¿Estás herida, cariad3? –La palabra salió antes de que pudiera detenerla, un cariño infantil que casi había olvidado.

–¿Cariad? –Se hizo eco ella, con los ojos brillantes de incredulidad. –Estoy bastante ilesa.

–No exactamente, –dijo Will, indicando su lesión en la muñeca y los cortes en el rostro y las manos, que habían comenzado a cerrarse mientras el iratze hacia su trabajo. La ira se arremolinaba en su interior, tanto que no oyó a Jem, detrás de él, comenzar a toser, por lo general un sonido que le hubiera iluminado a la acción como una chispa arrojada en yesca seca. –Cecily, ¿qué podrías haber posiblemente…?

–Esa fue una de las cosas más valientes que he visto hacer a un Cazador de Sombras, –interrumpió Gabriel. No miraba a Will sino a Cecily, con una mezcla de sorpresa y algo más en su expresión. Tenía barro y sangre en el pelo, como había en todos ellos, pero sus ojos verdes eran muy brillantes.

Cecily se sonrojó.
–Yo solo estaba…

Se interrumpió, con los ojos muy abiertos mientras detrás de Will. Jem tosió de nuevo, y esta vez Will lo oyó; se volvió justo a tiempo para ver a su parabatai caer de rodillas al suelo.

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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Sáb Abr 09, 2016 3:27 pm

3

La Hora final

Consuelo de la Carroña
No Desesperación, no,
podrido alimento,
no haré de ti mi banquete
no quiero desatar -por flojas              
que estén- estas últimas
ligaduras del hombre                                                                                                                                          
en mí, ni, en la extrema fatiga,                                                                                                                    
gritan: no puedo más
Puedo; algo puedo: esperar, desear
que llegue el día,
no elegir no ser.
 
-Gerard Manley Hopkins, “Carroña del Consuelo”

Jem estaba apoyado a un lado del carruaje del Instituto, sus ojos cerrados, su piel tan blanca como el papel. Will permanecía a su lado, su mano sujetaba firmemente el hombro de Jem. Mai supo mientras se apresuraba a llegar a ellos que no era un simple gesto fraternal. Su agarre era lo que mantenía a Jem de pie.

Ella y Henry habían oído el moribundo grito del gusano. Gabriel los había encontrado, lo que sintió como un momento después, bajando los escalones. Les habló sin aliento de la muerte de la criatura, y de lo que le había pasado a Jem, todo por lo cual Mai palideció, como si hubiera sido golpeada repentina y duramente en la cara.

Eran palabras que hacía tiempo no escuchaba, pero siempre eran esperadas, y soñadas en pesadillas que la dejaban torciéndose buscando aire “Jem”, “colapso”, “respirar”, “Sangre”, “Will”, “Will está con él”, “Will”.

Por supuesto Will estaba con él.

Los otros circulaban alrededor, los hermanos Lightwood con su hermana, e inclusive Tatiana estaba tranquila, o quizá Mai simplemente no podía escuchar su histeria. Mai era consciente de la cercanía de Cecily, y Henry permanecía incomodo a su lado, como si quisiera consolarla pero no supiera como hacerlo.
   
Los ojos de Will se encontraron con los de Mai conforme ella se acercaba, casi tropezando de nuevo en su vestido desgarrado. Por un momento ellos estuvieron en perfecto entendimiento. Jem era lo que ellos podían ver en la mirada de cada uno. En cuanto a Jem se refería ellos eran feroces e inflexibles.

Mai vio a Will apretando la manga de Jem.  
–Ella está aquí, –dijo.
 
Los ojos de Jem se abrieron lentamente. Mai luchó por mantener la mirada de sorpresa de su rostro. Sus pupilas se apagaron, en su iris pudo ver un delgado anillo de plata alrededor del negro.  
–¿Ni Shou shang le ma, quin ai de? –susurró. Jem había estado enseñando a Mai el Mandarín, por insistencia de ella. Entendió el “quin ai de”, por lo menos, si no el resto. Mí querida, mi cariño.
 
Ella tomó su mano, la apretó.  
–Jem…

–¿Estás herida, mi amor? –Dijo Will. Su voz fue tan baja como su mirada, y por un momento la sangre subió a las mejillas de Mai y bajo su mirada hacía su mano donde sostenía la de Jem, sus dedos eran más pálidos que los de ella, como la mano de una muñeca, hecha de porcelana. ¿Cómo era posible que no notara cuan enfermo estaba?

–Gracias por la traducción Will, –respondió sin apartar la vista de su prometido. Jem y Will estaban salpicados de icor negro, pero la barbilla de Jem y su garganta también estaban manchadas de sangre roja. Su propia sangre.

–No estoy herida, –susurro Mai y entonces pensó, No, esto no va a pasar, para nada. Se fuerte por él. Enderezó sus hombros, mantenido su agarre en la mano de Jem.
 
–¿Dónde está su medicina?. –Exigió a Will.
 
–¿No se la ha tomado antes de dejar el Instituto?

–No hablen de mí como si yo no estuviera aquí, –dijo Jem, pero no había cólera en sus palabras. Giro su cabeza  y dijo algo, suavemente, en voz baja a Will, asintió y soltó su hombro. Mai podía sentir la tensión en la postura de Will; él estaba posicionado, como un gato, para apoderarse de Jem de nuevo por si volvía a caer, pero Jem permaneció de pie.
 
–Soy fuerte cuando Mai está aquí, ya ves. Te lo dije–. Dijo Jem, aún en la misma voz suave.

Ante eso, Will bajó su cabeza para que Mai no pudiera ver su mirada.
–Lo veo. –Dijo. –Mai, aquí no hay nada de su medicina. Creo que dejó el Instituto sin tomar lo suficiente, y creo que no lo admitirá. Regresa en el carruaje al Instituto con él, y cuídalo - alguien debe.

Jem respiro ásperamente.  
–Los demás –

Conduciré por ti. Será un poco problemático; Balios y Xanthos conocen el camino. Henry puede llevar a los Lightwoods. –Will fue rápido y eficiente, muy rápido y eficiente para siquiera agradecerle; no parecía que lo quisiera. Ayudo a Mai a subir a Jem al carruaje, con mucho cuidado de no rozar su hombro o tocar su mano mientras lo hacía. Se dirigió con los otros a explicar lo que sucedía. Ella captó un poco a Henry explicando que necesitaba eliminar los libros de registro de Benedict de la casa, antes de cerrar la puerta del carruaje, dejando a ella y a Jem en un silencio bienvenido.  
–¿Qué había dentro de la casa? –Pregunto Jem mientras cautamente cruzaban  la puerta abierta que bordeaba la propiedad de los Lightwood. Aun lucia horrible, con la cabeza apoyada en los cojines del carruaje, sus ojos a medio abrir, sus mejillas brillaban por la fiebre. –He oído a Henry hablando sobre los estudios de Benedict…

–Se había vuelto loco allí, –dijo ella, mientras él rozaba sus manos frías entre las de ella. –Los días antes de transformarse, cuando Gabriel dijo que no salía de la habitación, su mente debe haberse ido. Había garabateado en la pared en lo que parecía ser sangre, oraciones sobre ‹los dispositivos Infernales’. Que no tenían compasión, que nunca dejarían de llegar.

–Debe de referirse al ejército de autómatas.

–Probablemente. –Mai se estremeció ligeramente, y se acercó más a Jem. –supongo que fue tonto de mi parte - pero ha sido tan pacifico estos dos últimos meses.

–¿Te habías olvidado de Mortmain?

–No, olvidarlo nunca. –Miro hacia la ventana, aunque no podía ver fuera; había corrido las ventanas cuando la luz parecía estar dañan do los ojos de Jem.

–Esperaba que tal vez hubiera cambiado sus ideas a algo más.
 
–Sabemos que no es así. –Los dedos de Jem aferraban los de ella. –La muerte de Benedict es quizá una tragedia, pero esas cosas están funcionando desde hace bastante tiempo. Esto no tiene nada que ver contigo.

–Había otros artefactos en la librería. Notas y libros de Benedict. Periódicos. Henry se los llevará al instituto para estudiarlos. Mi nombre estaba en ellos. –Mai se detuvo; ¿cómo podía molestar a Jem con esas cosas cuando él se encontraba tan mal?

Como si Jem leyera su mente, sus dedos tocaron su muñeca, descansando ligeramente sobre su pulso.  
–Mai, esto es solo un ataque. No durará. Prefiero que me digas la verdad, toda la verdad, sin importar si es amarga o aterradora, para compartirla contigo. Yo nunca dejare que ningún mal llegue hasta ti, ni siquiera en el instituto. –Sonrió. –tu pulso está acelerado.

La verdad, toda la verdad, sin importar si es amarga o aterradora.  
–Te amo, –dijo ella.
 
Él la miró con una luz en su delgada cara que lo hizo más hermoso.  
–Wo xi wang tian ming ni ke yi jia gei wo.

–Tú... –Ella levantó las cejas. –¿Quieres casarte? Pero estamos ya comprometidos. No creo que se pueda estar comprometida dos veces.

Él se rió, risa que se convirtió en una tos; todo el cuerpo de Mai se tensó, pero la tos fue ligera, y no había sangre.
–Dije, que me casaría contigo mañana si pudiera.

Mai pretendió mover su cabeza.  
–Mañana no es conveniente para mí, señor.

–Pero ya estás vestida apropiadamente, –dijo con una sonrisa.

Mai vio el dorado arruinado de su vestido de novia.  
–Si me fuera a casar en un matadero, –respondió. –Ah, bien. No me gustaba mucho este. Demasiado llamativo.

–Creo que te veías hermosa. –Su voz era suave.

Mai apoyó la cabeza en su hombro.  
–Habrá otra ocasión, –dijo. –otro día, otro vestido. Un tiempo cuando estés bien y todo sea perfecto.

Su voz seguía siendo suave, pero mostraba un terrible cansancio.
–No existe tal cosa como la perfección, Mai.

***

Sophie estaba de pie junto a la ventana de su pequeño dormitorio, con las cortinas corridas a un costado, sus ojos fijos en el patio. Habían pasado horas desde que los carros se habían ido y se suponía debería estar barriendo fuera de las rejas, pero el cepillo y el cubo estaban inmóviles en sus pies.
 
Podía oír la voz de Bridget suavemente a la deriva desde la cocina a continuación contigua:
“Earl Richard tenía una hija;
Una doncella hermosa era ella.
Y puso su amor en Sweet William,
aunque no era del grado de él”.

A veces, cuando Bridget estaba en un particular estado de ánimo melodioso, Sophie pensaba sobre acecharla bajo las escaleras  y empujarla en el horno como la bruja de “Hansel y Gretel”. Pero Charlotte sin duda no lo aprobaría. Incluso si Bridget cantaba sobre amores prohibidos entre las clases sociales justo en el mismo momento en que Sophie se maldecía por sujetar fuertemente la cortina, viendo ojos gris-verdes en su mente mientras se preguntaba y preocupaba -¿Estaría bien Gideon? ¿Estaría lastimado? ¿Podría pelear contra su padre? Y que horrible sería si tuviera que.

Las puertas del instituto se abrieron y un carruaje entraba en su interior; Will conducía. Sophie lo reconoció, sin sombrero, su pelo negro salvaje en el viento. Saltó hacia abajo desde el asiento del conductor y dio la vuelta para ayudar a Mai a salir del carro-incluso a esa distancia Sophie podía ver un gran desgarre en su vestido dorado- y entonces Jem, apoyándose pesadamente en el hombro de su parabatai.

Sophie contuvo el aliento. A pesar de que ya no estaba enamorada de Jem, ella todavía se preocupaba mucho por él. Era difícil no hacerlo, teniendo en cuenta su corazón, su dulzura y amabilidad. Nunca había sido otra cosa menos que exquisitamente amable con ella. Se había sentido aliviado los últimos meses en lo que no había tenido su “malos episodios”, como Charlotte les llamaba—a pesar de esa felicidad él no había sanado, parecía más fuerte, mejor…

El trío había desaparecido en el interior del Instituto. Cyril había venido de los establos y se ocupaba del galopante Balios y Xanthos. So phie respiró hondo y soltó la cortina. Tal vez Charlotte la necesitaría, para ayudarle con Jem. Si hubiera algo que pudiera hacer… Se alejó de la ventana y se apresuró a salir al pasillo y bajar las estrechas escaleras del servicio.

En el salón de la planta baja se encontró con Mai, pálida y nerviosa, vacilando fuera de la habitación de Jem. A través de la puerta parcialmente abierta Sophie podía ver a Charlotte inclinada sobre Jem, quien estaba sentado en la cama; Will inclinado sobre la chimenea, con sus brazos cruzados, claramente tenso en cada línea de su cuerpo. Mai alzo su cabeza en cuanto vio a Sophie, un poco de color volvió a su rostro.  
–Sophie, –exclamó en voz baja. –Sophie, Jem no está bien. Tuvo otro… otro ataque de su enfermedad.

–Estará bien, Señorita Mai, lo he visto muy enfermo antes, y él siempre lo supera perfectamente.

Mai cerró sus ojos. Las sombras bajo ellos eran grises. No necesitaba decir lo que ambas pensaban, que un día llegaría el momento cuando tendría un ataque  y no lo superaría.
–Debería de ir en busca de agua caliente, –agrego Sophie, –y paños.

–Debería estar buscando esas cosas, –dijo Mai. –Y lo haría, pero Charlotte dice que debo cambiarme el vestido, esa sangre de demonio puede ser peligrosa si esta en grandes cantidades en la piel. Mandó a Bridget por telas y cataplasmas, y el Hermano Enoch llegará en cualquier momento. Y Jem no escuchará nada más, pero.

–Es suficiente, –dijo Sophie firmemente. –No le hará ningún bien a él si usted también enferma. Le ayudaré con el vestido. Venga, encarguémonos de eso, y rápido.Los ojos de Mai se abrieron.
 
–Querida y sensata Sophie. Por supuesto tienes razón.

Comenzó a caminar por el corredor  hacia su habitación. Se detuvo en la puerta, y se volvió hacia Sophie. Sus ojos grises buscaban el rostro de la otra chica, y parecía asentirse con la cabeza, como si se diera la razón sobre una conjetura.  
–Él está bien, sabes. No está lastimado.

–¿El amo Jem?

Mai negó con la cabeza.
–Gideon Lightwood.
 
Sophie se sonrojó.

***

Gabriel no estaba muy seguro de por qué estaba en la habitación de dibujo del Instituto, salvo por que su hermano le había dicho que fuera allí  y esperara, e incluso después de todo lo que había sucedido, aún estaba muy acostumbrado a hacer todo lo que Gideon le dijera. Se sorprendió de lo normal que era la habitación, no era para nada como las grandes habitaciones de los Lightwood en Pimlico o en Chiswick. Las paredes estaban empapeladas con un estampado descolorido con botones de rosas, la superficie del escritorio estaba manchado con tinta y rayado con las marcas de los abridores de cartas y las plumillas, y la parrilla negra como el hollín. Sobre la chimenea colgaba un espejo manchado por el agua, enmarcado en dorado.

Gabriel miró su propio reflejo. Su ropa estaba rota en el cuello, y había una marca roja en su mandíbula donde un gran raspón estaba en proceso de curación. Había sangre por toda su ropa- ¿tu propia sangre o la de tu padre?

Rápidamente alejo ese pensamiento. Era raro, pensó, como era el único que se parecía a su madre Bárbara. Ella había sido alta y dada a la esbeltez, con un rizado cabello castaño y los ojos como el más puro verde que el recordaba, como la hierba que descendía hacia el río detrás de la casa. Gideon lucia como su padre: ancho y fornido, de ojos más grises que verde. Lo cual era irónico, porque Gabriel era el que había heredado el temperamento de su padre: testarudo y rápido para la ira, pero lento para perdonar. Gideon y Bárbara eran más pacíficos, tranquilos y constantes, fieles a sus creencias. Ellos eran mucho más como Charlotte Branwell entró por la puerta abierta del cuarto de dibujo en un vestido suelto, sus ojos tan brillantes como los de un pequeño pájaro. Lo que sea que Gabriel viera en ella, fue lo pequeña que era lo que llamó su atención, lo que lo elevó sobre ella. ¿Qué estaría pensando el Cónsul Wayland, dándole a esta pequeña criatura el poder del Instituto y de todos los Cazadores de sombras de Londres?
–Gabriel. –Inclinó su cabeza. –Tu hermano dice que no resultaste lastimado.

–Estoy muy bien” dijo brevemente, e inmediatamente supo que había sonado grosero. No era su intención, precisamente. Su padre había sembrado durante años cuan tonta era Charlotte, cuan inútil y fácilmente influenciable y aunque sabía que su hermano no estaba de acuerdo –suficientemente en desacuerdo para ir a vivir en este lugar y dejar a su familia detrás- era una difícil lección para dejar a un lado.

–Creí que estarías con Carstairs.

–El Hermano Enoch ha llegado, con otro de los -hermanos Silenciosos. Nos han prohibido estar en la habitación de Jem. Will está caminando fuera en el corredor como una pantera enjaulada.

–Pobre chico.

Charlotte miró a Gabriel brevemente antes de avanzar a la chimenea. Su mirada era de una aguda inteligencia, rápidamente cubierta por la medida de sus pestañas.
–Pero basta de eso. Entiendo que tu hermana ya ha sido dejada en la residencia de los Blackthorns en Kensington, –dijo. –¿Hay alguien a quien quisieras que envíe a dejar un mensaje de tu parte?

–Un ¿mensaje?

Se detuvo ante la chimenea, juntando sus manos detrás de su espalda.
–Tienes que ir alguna parte, Gabriel, a menos que quieras que te deje en la puerta solamente con las llaves de la calle a tu nombre.

¿Echarme? ¿Estaba esta horrible mujer realmente echándolo del Instituto? Pensó en lo que su padre le había dicho: los Fairchild  no se preocupan por nadie más que ellos mismos y la Ley.

–Yo -la casa Pimlico.

–El cónsul será informado en poco tiempo de todo lo que sucedió en la casa Lightwood, –dijo Charlotte. –Ambas residencias de tu familia en Londres serán confiscadas en el nombre de la Clave, por lo menos hasta que puedan registrarlas y determinar que tu padre no dejó nada que pueda servirle como pistas al Consejo.

–¿Claves de qué?

–De los planes de tu padre, –dijo imperturbable. “de sus conexiones con Mortmain, de sus conocimientos sobre los planes de Mortmain. De los Dispositivos Infernales.

–Nunca he escuchado hablar de los malditos Dispositivos Infernales, –protestó Gabriel, y entonces se sonrojó. Se había enojado, y enfrente de una dama. No es que Charlotte fuera como cualquier otra dama.

–Te creo, –dijo. –no sé si lo hará el cónsul Wayland, esa no es su voluntad. Si me das una dirección.

–No tengo ninguna, –dijo Gabriel desesperado. –¿Dónde crees que podría ir?

Lo miró con una ceja levantada. –Quiero estar con mi hermano, –dijo finalmente, consciente de que sonaba petulante y enojando, pero sin estar seguro de que hacer al respecto.
–Pero tu hermano vive aquí –dijo. –Y tú has dejado bastante en claro lo que piensas del Instituto y sobre mí. Jem me dijo lo que creías. Que mi padre llevo a tu tío al suicidio. Eso no es verdad, sabes, pero no espero que me creas. Hace que me pregunte, sin embargo,¿Porqué quisieras permanecer aquí?.

–El Instituto es un refugio.

–¿Era intención de tu padre que funcionara como un refugio.

–¡No lo sé!, No sé cuáles son su planes- ¡cuales eran sus planes!”

–Entonces, ¿por qué te fuiste con ellos? –Su voz era suave pero implacable.

–¡Porque él era mi padre! –grito Gabriel. Se apartó de Charlotte, su respiración se volvió entrecortada a la altura de la garganta.

Apenas consciente de lo que estaba haciendo, abrazo fuertemente su cuerpo, como si pudiera de esa manera evitar desmoronarse.

Recuerdos de las últimas semanas, que Gabriel había estado haciendo todo lo posible para mantenerlos en las profundidades de su mente, amenazaron con salir a la luz: semanas en la casa después de que los sirvientes fueron enviados lejos, escuchando los ruidos que venían de las habitaciones de arriba. Gritos en la noche, sangre en las escaleras por la mañana, su padre gritando sandeces detrás de la puerta cerrada de la librería, como si no pudiera formar palabras en Ingles…

–Si vas a echarme a la calle, –dijo Gabriel, con una especie de terrible desesperación, –hazlo ahora, no quiero pensar que tengo un hogar cuando no es así. No quiero pensar que voy a ver a mi hermano otra vez si no es así.

–¿Crees que no iría tras de ti? ¿Encontrarte donde sea que fueras?

–Creo que ha demostrado que es lo que más le importa, dijo Gabriel. –Y no soy yo. –Susurro lentamente, perdiendo el control sobre sí mismo. –Envíame lejos o permíteme quedarme. No te rogaré.

Charlotte suspiro.  –No tendrás que hacerlo, –dijo. –Nunca antes he echado a nadie que me dijera que no tenía un lugar a donde ir, y no voy a comenzar ahora. Te pediré solo una cosa. Para permitir que alguien viva en el instituto, en el corazón mismo de la Enclave, es poner mi confianza en sus buenas intenciones.  No hagas que me arrepienta el haber confiado en ti Gabriel Lightwood.

Las sombras se habían alargado en la biblioteca. Mai se sentó en el afeizar de la ventana, al lado de una lámpara azulada. Un libro había estado abierto en su regazo durante varias horas, pero no había sido capaz de concentrarse en él. Sus ojos se deslizaban a través de las palabras de las páginas sin absorberlas, y notó que a menudo estaba  haciendo pausas para tratar de recordar quién era un personaje, o por qué estaban haciendo lo que estaban haciendo.

Estaba por comenzar nuevamente el capítulo cinco cuando el crujido de una madera del piso la alertó, y levanto la vista encontrando a Will de pie ante ella, su cabello húmedo, los guantes en sus manos.
–Will. –Mai dejo el libro sobre el afeizar de la ventana, a un lado de ella. –Me sorprendiste.

–No era mi intención interrumpir, –dijo en voz baja. –Si estás leyendo… –comenzó a alejarse.

–No estoy, –dijo ella y se detuvo, mirando atrás sobre su hombro. –no puedo perderme en las palabras en estos momentos. No puedo calmar la distracción de mi mente.

–Ni yo, –dijo él, volviéndose completamente. Ya no estaba cubierto de sangre. Sus ropas estaban limpias, y su piel mayormente sin marcas, aunque se podían ver líneas rosáceas en su cuello, desapareciendo en el cuello de su camisa, curándose  mientras los iratzes hacían su trabajo.

–¿Hay noticias de mi- hay noticias de Jem?

–No hay cambios, –dijo, aunque ella había adivinado. Si hubiera habido un cambio, Will no estaría allí –los Hermanos aun no permiten a nadie en la habitación de Jem, ni siquiera a Charlotte. –¿por qué estás aquí?, prosiguió. –¿Sentada en la oscuridad?

–Benedict escribió en la pared de su estudio, –dijo ella en voz baja. –Antes de que se transformara en esa criatura, imagino, o mientras se estaba transformando. No lo sé. ‹los Dispositivos Infernales no tienen piedad. Los dispositivos infernales no se arrepienten. Los dispositivos infernales no tienen número. Los dispositivos infernales nunca dejaran de llegar.

–¿Los dispositivos infernales? Supongo que hablaba de las criaturas mecánicas de Mortmain. No es que hayamos visto uno de ellos en meses.

–Eso no significa que no puedan regresar, –Dijo Mai. Bajó la mirada a la mesa de la biblioteca, su chapa rayada. ¿Con qué frecuencia Will y Jem habrían estado sentado aquí juntos, estudiando, tallando sus iniciales, como  lo harían aburridos colegiales, en la superficie de la mesa? –Soy un peligro para ustedes aquí.

–Mai, ya hemos hablado de esto. Tú no eres el peligro. Tu eres lo que Mortmain quiere, y si no estuvieras aquí protegida, podría tenerte fácilmente, ¿y para que usaría tus poderes? No lo sabemos- solo que te quiere para algo, y esa es nuestra ventaja, alejarte de él. No es desinterés, nosotros, los Cazadores de Sombras no somos desinteresados.

Levanto la mirada con eso.  –Creo que son muy desinteresados. –A su ruido de desaprobación ella dijo: –seguramente debes saber que lo que hacen es ejemplar.

–Hay frialdad en la Clave es cierto. Somos polvo y sombras. Pero también somos como los héroes de los tiempos antiguos, como Aquiles y Jasón. Aquiles fue asesinado con flechas envenenadas, y Jasón murió solo, muerto por su propio barco podrido. Ese es el destino de los héroes; el Ángel sabe porque alguien quisiera ser uno.

Mai lo miraba. Había sombras bajo sus ojos azules, y sus dedos presionaban el material de sus puños, sin pensar, como si no se percatara de lo que hacía. Meses, pensó. Meses desde que ellos dos hubieran estado solos en una habitación  por más que un momento. Habían sido solamente encuentros accidentales en los pasillos, en el patio, intercambiando cortesías torpemente. Extrañaba sus bromas, los libros que le había prestado, los destellos de risa en su mirada. Atrapada en la memoria de un Will más sencillo en un tiempo anterior, hablo sin pensar:
–No puedo dejar de recordar algo que me dijiste una vez, – dijo.

La miro sorprendido. –¿Sí? ¿Y qué es eso?

–Que a veces cuando no puedes decidir qué hacer, finges ser el personaje de algún libro, porque es más fácil decidir qué harían ellos.

–No soy, –dijo  Will, –quizá, alguien de quien tomar consejos si estás buscando la felicidad.

–No felicidad. No exactamente. Quiero ayudar -hacer lo correctos–e interrumpió y suspiro. “–Y he recurrido a muchos libros, pero si hay alguna guía en ello, no la he encontrado. Dijiste que eras Sydney Carton.

Will hizo un sonido, y se dejó caer en una silla en el lado opuesto de la mesa. Sus pestañas bajaron, ocultando sus ojos. –Y supongo que sé lo que hace el resto de nosotros, –dijo ella. –Pero no quiero se Lucie Manette, porque no hizo nada para salvar a Charles; dejo que Sydney  hiciera todo. Y fue cruel con él.

–¿Con Charles?. – Dijo Will.

–Con Sydney, –dijo Mai. –Él quería ser un mejor hombre, pero ella no le ayudo. Ella no podía estaba comprometida con Charles Darney.Sin embargo, no fue amable, –dijo Mai.

Will se levantó de la silla tan rápido como se había sentado. Se inclinó hacia adelante, con las manos sobre la mesa. Sus ojos eran muy azules en la luz de la lámpara.–Algunas veces uno tiene que elegir entre ser amable y honorable, –dijo. –A veces no se puede ser las dos.
–¿Cuál es mejor? –susurro Mai.

La boca de Will se torció con un humor amargo.  –Supongo que depende del libro.

Mai estiró la cabeza hacia atrás para mirarlo.  –Conoces el sentimiento, –dijo. –cuando estás leyendo un libro, y sabes que habrá una tragedia; puedes sentir el frió y la oscuridad llegando, ver la red tejiéndose cerca de los personajes que viven y respiran en las páginas. Pero estas tan atado a la historia como si fueras tirado detrás de un carruaje, y no puedes dejarlo pasar o cambiar el rumbo haciéndose a un lado.

Sus ojos azules estaban impregnados de comprensión –por supuesto Will entendería- y se apresuró.  –En estos momentos siento como si lo mismo pasara, solo que no a los personajes de una página si no a mis amados amigos y compañeros. No quiero quedarme sentada mientras una tragedia viene por nosotros. Me haría a un lado, solo para esforzarme para descubrir cómo podría hacerse.

–Temes por Jem, –dijo Will.

–Sí, – dijo ella. –y temo por ti también.

–No, –dijo Will con voz ronca. –No desperdicies eso en mí, Mai.

Antes de que ella pudiera replicar, la puerta de la librería se abrió era Charlotte, lucia débil y agotada. Will se volvió hacia ella rápidamente.–¿Cómo está Jem? –preguntó.

–Está despierto y hablando, –dijo Charlotte.

–Ha tomado un poco del yin fen, y los Hermanos silenciosos han sido capaces de estabilizar su condición, y detener el sangrado interno.

Ante la mención de una hemorragia interna, Will parecía como si fuera a vomitar; Mai imaginó que ella luciría de la misma manera. –Puede tener un visitante, –mencionó Charlotte. –De hecho lo ha solicitado.

Will y Mai intercambiaron una rápida mirada. Mai sabía lo que ambos estaban pensando: ¿Cuál de los dos debería ser el visitante? Mai era la prometida de Jem, pero Will era su parabatai, lo que era sagrado en sí mismo. Will había comenzado a dar un paso atrás, cuando Charlotte habló de nuevo, sonando cansada hasta los huesos: –Preguntó por ti, Will.

Will parecía sorprendido. Lanzo una mirada a Mai. –Yo.

Mai no podía negar la pequeña expresión de sorpresa y los casi celos que sintió en su pecho con las palabras de Charlotte, pero los aparto sin miramientos. Amaba a Jem lo suficiente para querer lo que él quisiera y él siempre tenía sus motivos. –Ve, –dijo amablemente. –Por supuesto que querrá verte.  Will comenzó a moverse hacia la puerta para  unirse a Charlotte. A mitad del camino se volvió y camino hasta Mai.

–Mai, –dijo, –¿mientras estoy con Jem podrías hacer algo por mí?

Mai miró hacia arrima y tragó. Estaba muy cerca, muy cerca: todas las líneas, formas, ángulos de Will llenaban su campo de visión así como el sonido de su voz llenaba sus oídos.–Sí, por supuesto, – dijo. –¿qué sería?”

***

Para: Edmund y Linette Herondale
Ravenscar Manor West Riding, Yorkshire

Queridos papá y mamá, sé que fue cobarde de mi parte dejarlos como lo hice, temprano en la mañana antes de que despertaran, con solo una nota para explicar mi ausencia. No pude soportar la idea de enfrentarlos, sabiendo lo que había decidido hace, y que yo era la peor de las hijas desobedientes.

¿Cómo se puede explicar la decisión que tomé, como llegue a ella? Parece, inclusive ahora, una locura.

Cada día de hecho es más loco que el anterior. No mentías, Papá, cuando decías que la vida de un cazador de sombras era como un sueño febril.

Cecily presionó la punta de la pluma con saña a través de las líneas que había escrito, entonces arrugo el papel con una mano y apoyo la cabeza sobre el escritorio.

Había comenzado la carta muchísimas veces, y aun no había conseguido una versión satisfactoria. Quizás no debería de estar intentándolo ahora, pensó, no cuando estaba intentando calmar sus nervios desde que habían vuelto al instituto. Todos habían estado atentos a  Jem, y Will, después de revisarla toscamente en busca de heridas en el jardín, apenas si había hablado con ella nuevamente.

Henry se había ido rápidamente por Charlotte, Gideon había jalado a Gabriel a un lado, y Cecily se había encontrado subiendo las escaleras del Instituto sola.

Había entrado a su habitación, sin molestarse en quitarse su equipo y acurrucándose en la suave cama con dosel. Mientras permanecía entre las sombras escuchando los débiles sonidos de Londres, su corazón se apretó con una súbita, y dolorosa nostalgia. Había pensado en las verdes colinas de Gales, y en su madre y su padre, y se levantó de la cama como si hubiera sido empujada, tropezando con el escritorio y tomando la pluma y el papel, la tinta manchaba sus dedos en su prisa. Y aun así las palabras correctas no llegaban. Se sentía como si sangrara su arrepentimiento y soledad por sus poros y seguía sin poder expresar sus emociones  en cualquier sentimiento que  sus padres m pudieran soportar al leerlo.

En ese momento llamaron a la puerta. Cecily tomó un libro que había dejado en el escritorio, y se posicionó como si hubiera estado leyendo, y llamó:  –adelante.

La puerta se abrió, era Mai, vacilante en el umbral. Ya no portabas su vestido de novia destruido sino que llevaba un sencillo vestido de muselina azul son sus dos collares brillando en su cuello: el ángel mecánico y el pendiente de jade que era un regalo de bodas de Jem. Cecily observo a Mai con curiosidad. Aunque las dos jóvenes se mostraban amables, no eran cercanas. Mai tenía ciertas reservas sobre ella  de las que Cecily sospechaba sin ser capaz de demostrarlo; en la cima de eso había fantástico y raro sobre ella. Cecily sabía que podía cambiar de forma, transformándose en cualquier persona, y Cecily no podía librarse de la sensación de que no era natural. ¿Cómo podía conocer el verdadero rostro de alguien  cuando podía cambar tan fácilmente como alguien más se cambia el vestido? –¿Si?, dijo Cecily. –¿Señorita Gray?

–Por favor llámame Mai, –dijo la otra chica, cerrando la puerta detrás de ella. No era la primera vez que le pedía a Cecily que la llamara por su nombre de pila, pero la costumbre y la perversidad mantenían a Cecily haciéndolo.

–Vine a ver si estabas bien y si necesitabas algo.

–Ah. –Cecily sintió una leve punzada de decepción. –estoy bastante bien.

Mai se adelantó un poco  –¿E Grandes Esperanzas?

–Sí, –Cecily no mencionó que había visto a Will  leyéndolo y lo tomó en un intento de comprender mejor lo que estaba pensando. Lamentablemente ella estaba perdida por mucho. Pip era morboso, y Estella tan horrible que Cecily quería sacudirla.

–Estella, –dijo Mai en voz baja. –hasta la última hora de mi vida, no puedes elegir pero conserva parte de mi carácter, parte de la poca bondad que hay en mí, parte de la maldad.

–¿Así que memoriza pasajes de libros, como Will? ¿O es un favorito?

–Yo no tengo la memoria de Will, –dijo Mai, adelantándose un poco. –o su runa mnemosyne4*, pero me encanta ese libro. –Sus ojos grises examinaban  el rostro de Cecily.

–¿Por qué estas aun con tu equipo?

–Estaba pensando en ir al cuarto de entrenamiento, –dijo Cecily. –me di cuenta que puedo pensar bien ahí, y no es como si alguien le importará de una forma o de otra lo que sea que yo haga.

–¿Más entrenamiento? ¡Cecily, acabas de estar en una batalla!” protestó Mai. Sé que en ocasiones puede requerirse que una runa se aplique varias veces para que sane completamente - Antes de que vuelvas a entrenar, debo llamar a alguien para ti: Charlotte, o.

–¿O Will? –Interrumpió Cecily. –Si a alguno de ellos le importara, ya hubieran venido.

Mai se detuvo junto a la cama.  –No puedes pensar que Will no se preocupa por ti.
–Él no está aquí, ¿verdad?

–Él me envió, –dijo Mai, –porque esta con Jem, –como si eso lo explicara todo.

Cecily supuso que de alguna manera eso lo hacía. Sabía que Will y Jem eran amigos cercanos, bueno algo más cercano que eso. Había leído sobre los parabatai en el Codex, y sabía que el vínculo era algo que no existía entre los mundanos, algo más cercano que los hermanos más que la sangre.  –Jem es su parabatai. Ha hecho un juramento de estar allí en momentos como este.
–Él estaría ahí, con juramento o sin él. El estaría allí por cualquiera de ustedes. Pero no ha hecho mucho por venir a ver si necesito otro iratze.

–Cecy…, –comenzó Mai. –La maldición de Will.

–¡No era una maldición real!

–Sabes, –dijo Mai pensativamente, en cierta forma, lo fue. El creía que nadie podía amarlo, y si él lo permitía, provocaría su muerte. Ese es el motivo por el que él los dejó. Los dejo para mantenerlos a salvo, y ahora tu estas aquí-la definición por excelencia, para él, de riesgo. No puede permitirse venir y ver tus heridas, porque para él es como si el mismo las hubiera hecho.

–Yo elegí esto. La cacería de demonios. Y no solamente porque quisiera estar con Will.

–Lo sé, –dijo Mai. –Pero también estuve con Will mientras deliraba por la exposición a la sangre de vampiros, purificándose con agua bendita, y sé que el nombre que pronunciaba. Era el tuyo.

Cecily la miro sorprendida.  –¿Will me llamaba?

–Oh, sí. Una pequeña sonrisa se asomó por la comisura de los labios de Mai.

–Cuando le pregunte, no quiso decirme quien eras, por supuesto, y eso me puso un poco mal-“calló y vio hacia otra dirección.

–¿Por qué?

–Curiosidad, dijo Mai negando con la cabeza, sin embargo sus mejillas estaban sonrojadas. “Es mi pecado capital. De todas las maneras. Él te ama. Sé que con Will todo está al revés y de cabeza, pero el hecho de que no esté aquí es solamente la evidencia más clara para mí de cuanto le importas. Él acostumbra alejar a todos los que ama, y entre más ama, mas violentamente trata de no mostrarlo.

–Pero no hay una maldición.

–Los hábitos de años no pueden olvidarse rápidamente, –dijo Mai, y sus ojos reflejaban tristeza.

–No cometas el error de creer que no te ama solo porque pretender que no se preocupa, Cecily. Confróntalo si lo deseas y exige la verdad, pero no cometas el error de alejarte porque crees que es una causa perdida. No lo saques de tu corazón. Porque si lo haces, lo lamentarás.

***

Para: Miembros del Consejo
De: Cónsul Josiah Wayland

Disculpen el retraso de mi respuesta, caballeros.

Deseaba estar seguro de que no estaba dando mis opiniones en un espíritu de exagerada precipitación, pero mejor que las palabras son el sonido y los bien razonados resultaos de la paciencia.

Me temo que no puedo secundar su recomendación sobre Charlotte Branwell como mi sucesora. Ya que si bien posee un buen corazón, es a su vez, errática, emocional, apasionada, y desobediente para tener las características de Cónsul.

Como sabemos, las damas tienen debilidades que los hombres no heredan, y tristemente ella es poseedora de todos ello. No, no puedo recomendarla. Apremio a que consideren a alguien más – mi sobrino, George Penhallow, quien cumplirá veinticinco años este noviembre y que es un excelente cazador de sombras y un joven honorable. Creo que el posee una moral íntegra  y la fortaleza de carácter para liderar a los Cazadores de Sombras a una nueva década.

En el nombre de Raziel,

Cónsul Josiah Walyland.

4:En la mitología griega,Mnemósine o Mnemosina, era la personificación de la memoria.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Sáb Abr 09, 2016 3:49 pm

4

Ser sabio y amar

Ser sabio y amar

Supera el poder del hombre.

-Shakespeare, Troilo y Crésida.

–Pensé que al menos harías una canción sobre ello, –dijo Jem.

Will miró a su parabatai con curiosidad. Jem, a pesar de que había preguntado por Will, no parecía de un humor afable. Estaba sentado tranquilamente en el borde de su cama con una camisa limpia y pantalones, aunque la camisa le iba floja y lo hacía lucir más delgado que nunca. Todavía tenía manchas de sangre seca alrededor de su clavícula, una especia de collar brutal.
¿Hacer una canción sobre qué?

La boca de Jem se curvó. –¿Nuestra derrota al gusano? –dijo. –Después de todas esas bromas que hiciste…

–No he estado muy jocoso, estas últimas horas, –dijo Will, sus ojos girando entre los trapos ensangrentados que cubrían la mesa de noche junto a la cama, la taza medio llena de líquido rosáceo.

No te compliques, Will, –dijo Jem. –Todo el mundo ha estado preocupándose por mí y no puedo soportarlo; te pedí a ti porque - porque tú no lo harías. Tú me haces reír.

Will alzó los brazos. –Oh, de acuerdo, –dijo. –¿Cómo es eso?

En verdad, ya no trabajaré en vano,

Para demostrar que la viruela demoníaca deforma el cerebro.

Aunque sea una lástima,no es en vano

que el gusano haya sido asesinado por la viruela demoniaca: Por creer en mí, todos ustedes deben ser dignos.

Jem se echó a reír. –Bueno, eso fue horrible.

–¡Fue improvisado!

–Will, hay algo llamado escansión –De un momento al otro la risa de Jem se convirtió en un ataque de tos. Will se lanzó hacia adelante cuando Jem se dobló, sus delgados hombros subiendo y bajando. La sangre salpicó el blanco acolchado de la cama.

–Jem.

Con una mano, Jem hizo un gesto hacia la caja en su mesita de noche. Will la alcanzó; una mujer delicadamente dibujada en la tapa, vertiendo agua de una jarra, era íntimamente familiar para él. Odiaba verla.

Abrió la caja - y se congeló. Lo que se veía como una fina capa de polvo azucarado plateado apenas cubría la madera inferior. Tal vez había una mayor cantidad antes de que los Hermanos Silenciosos trataran a Jem; Will no lo sabía. Lo que sí sabía era que debería haber mucho, mucho más. –Jem, –dijo con la voz estrangulada, –¿cómo es que todo lo que queda es esto?

Jem había dejado de toser. Había sangre en sus labios, y mientras Will observaba, demasiado sorprendido para moverse, Jem levantó el brazo y limpió la sangre de su cara con la manga. Las sábanas estaban instantáneamente escarlata. Se veía febril, su pálida piel brillaba intensamente, aunque no mostró ningún signo de agitación. –Will, –dijo suavemente.

–Hace dos meses, –Will comenzó, notó que su voz se estaba elevando, y se forzó a sí mismo a bajarla. –Hace dos meses compré una cantidad de yin fen que debería haber durado un año.

Había una mezcla de desafío y tristeza en la mirada de Jem. –He estado acelerando el proceso de tomarlo.
–¿Acelerándolo? ¿Por cuánto?

Esta vez Jem evitó su mirada. –Lo he tomado dos, tal vez tres veces, como mucho.
–Pero la velocidad con que tomas la droga está ligada al deterioro de tu salud, –dijo Will, y cuando Jem no dijo nada, su voz se elevó en una expresión:

–¿Por qué?

–No quiero vivir una vida a medias.

–¡A este ritmo ni siquiera vivirás un quinto de una! –gritó Will, y contuvo el aliento. La expresión de Jem había cambiado, y Will tuvo que dejar la caja que tenía en la mano de nuevo sobre la mesa de noche para contenerse de golpear la pared.

Jem estaba sentado con la espalda recta, los ojos llameantes. –Hay más en la vida que no morir, –dijo. –Mira la forma en que vives, Will. Brillas tanto como una estrella. Había estado tomando solo la droga necesaria para mantenerme con vida pero no suficiente como para mantenerme bien. Un poco más de ella antes de las batallas, tal vez, me da energía, sin embargo, una media vida, el gris crepúsculo de una vida.

–¿Pero has cambiado tu dosis ahora? ¿Ha sido desde el compromiso? –Demandó Will. –¿O es por Mai?

–No puedes culparla por esto. Fue mi decisión. Ella no sabe sobre esto.

–Ella quiere que vivas, James.

–¡no voy a vivir! –Y Jem estaba de pie, con las mejillas encendidas; era lo más enojado, pensó Will, que jamás lo había visto. –No voy a vivir, y puedo elegir ser tanto para ella como pueda, para brillar para ella tanto como deseo, y por un corto tiempo, para que ella no tenga que cargar con alguien con una media vida por más tiempo. Es mi elección, William, y no puedes hacerla por mí.

–Tal vez sí pueda. Siempre he sido el que compraba el yin fen para ti.

El color escapó de la cara de Jem. –Si te niegas a hacerlo, voy a tener que comprarlo por mi cuenta. Siempre he estado dispuesto. Tú dijiste que querías ser quien lo comprara. Y en cuanto a eso –Sacó el anillo de la familia Carstairs de su dedo y lo ofreció a Will. –Tómalo.

Will dejó caer su mirada hasta él, y luego miró la cara de Jem. Una docena de cosas horrible que podía decir, o hacer, pasaron por su mente. Uno no se desprende de una persona tan rápidamente, él había aprendido. Había pretendido ser cruel por tantos años que la simulación era lo que lo alcanzaba en primer lugar, como un hombre distraído que dirigía su carruaje a la casa en que había vivido durante toda su vida, a pesar de haberse mudado recientemente. –¿Deseas casarte conmigo ahora? –dijo, por fin.

Vende el anillo, –dijo Jem. –Por el dinero. Te dije, no deberías tener que pagar por mi medicina; pague por la tuya, una vez, sabes, y recuerdo la sensación. Fue desagradable.

Will hizo una mueca, y luego miró hacia el símbolo de la familia Carstairs brillando contra la pálida, llena de cicatrices, palma de Jem. El extendió la mano y tomó la de su amigo suavemente, cerrando los dedos sobre el anillo. –¿Cuándo te volviste temerario y yo cauteloso? ¿Desde cuándo tengo que cuidarte de ti mismo? Eras tú quien me cuidaba.

Sus ojos buscaron la cara de Jem. –Ayúdame a entenderte.

Jem se quedó muy quieto. Luego dijo, –Al principio, cuando me di cuenta que amaba a Mai, pensé que el amor tal vez me estaba haciendo bien. No había tenido un ataque en mucho tiempo. Y cuando le pedí matrimonio, le dije eso. Que el amor me estaba curando. Por eso la primera vez que estuve - la primera vez que ocurrió de nuevo, luego de eso, no pude soportar decirle, para que no pensara que eso significaba una disminución en mi amor por ella. Tomé más de la droga, para prevenir otra recaída. Pronto me encontré tomando más de la droga para simplemente mantenerme en pie de lo que solía tomar para mantenerme andando una semana. No tengo años, Will. Puede que incluso no tenga meses. No quiero que Mai lo sepa. Por favor, no se lo digas. No sólo por su bien, sino por el mío.

En contra de su propia voluntad, casi, Will se sintió comprender; él habría hecho cualquier cosa, creyó, dicho cualquier mentira, tomado cualquier riesgo, para hacer que Mai lo amara. Él habría hecho Casi todo. No traicionaría a Jem por ella. Era lo único que no haría. Y allí Jem se puso de pie, su mano en la de Will, sus ojos buscando la simpatía de Will, su comprensión. ¿Y cómo podría Will no entender? Se recordó a sí mismo en salón de Magnus, pidiendo ser enviado a los dominios de los demonios en lugar de vivir otra hora, otro momento, de una vida que no podía soportar. –Entonces estás muriendo por amor, –dijo Will finalmente, su voz sonaba estrangulada a sus propios oídos.

–Muriendo un poco más rápido por amor. Y hay cosas peores por las que morir.

Will dejó la mano de Jem, que miró del anillo a él, con ojos inquisitivos. –Will.

–Iré a Whitechapel, –dijo Will. –Esta noche. Voy a obtener todo el yin fen que existe, todo lo que puedas necesitar.

Jem sacudió la cabeza. –No puedo pedirte que hagas algo que va contra tu consciencia.

–Mi consciencia, –susurró Will. –Tú eres mi consciencia. Siempre lo has sido, James Carstairs. Haré esto por ti, pero primero voy a conseguir una promesa.

–¿Qué clase de promesa?

–Me pediste hace años que cese de buscar una cura para ti, –dijo Will. –Quiero que me liberes de esa promesa. Déjame mirar, al menos. Libérame para buscar.

Jem miró con cierto asombro. –Justo cuando creo que te conozco perfectamente, me sorprendes de nuevo. Sí, te liberaré. Busca. Haz lo que quieras. No puedo trabar tus buenas intenciones; eso sólo sería cruel, y haría lo mismo por ti, si estuviera en tu lugar. Lo sabes, ¿verdad?

–Lo sé. –Will dio un paso hacia adelante. Colocó sus manos en los hombros de Jem, sintiendo como de afilados estaban debajo de su agarre, sus huesos como alas de un pájaro.

–No es una promesa vacía, James. Créeme, no hay nadie que conozca mejor que yo el dolor de la falsa esperanza. Voy a mirar. Si hay algo que encontrar, voy a hacerlo. Pero hasta entonces, tu vida es tuya para vivirla como elijas.

Increíblemente, Jem sonrió. –Lo sé, –dijo, –pero es amable de tu parte recordármelo.

–Yo no soy nada sino gracioso, –dijo Will. Sus ojos buscaron la cara de Jem, esa cara tan familiar para él como sí mismo. –Y determinado. No vas a dejarme. No mientras viva.

Los ojos de Jem se abrieron como platos, pero no dijo nada. No había más que decir. Will dejó caer las manos de los hombros de su parabatai y se volvió hacia la puerta.

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Cecily estaba donde había estado más temprano ese día, el cuchillo en la mano derecha. Ella vislumbró a lo largo de la línea de sus ojos, luego soltó el cuchillo y lo dejó volar. Se calvó en el muro, justo fuera del círculo dibujado.

Su conversación con Mai no había aliviado sus nervios; sólo los había hecho peor. Había habido un aire de encierro, resignación y tristeza sobre Mai que había hecho a Cecily sentirse irritable y ansiosa. Tan enojada como estaba con Will, no podía dejar de sentir que Mai albergaba algo de miedo por él, algo de lo que no quería hablar, en su corazón, y Cecily deseaba saber qué era. ¿Cómo podía proteger a su hermano si ni siquiera sabía de que necesitaba protegerlo?

Después de recuperar el cuchillo, ella lo llevó a nivel de los hombros de nuevo y lo disparó. Golpeó aún más afuera del círculo esta vez, lo que provocó una exhalación enojada. –¡Uffern nef! –murmuró en galés. Su madre se habría horrorizado, pero, sin embargo, su madre no estaba allí.

–Cinco, –dijo una voz arrastrada desde el pasillo de afuera.

Cecily comenzó a volverse. Había una sombra en la puerta, una sombra que cuando se movió hacia delante se transformó en Gabriel Lightwood, todo pelo revuelto castaño y ojos verdes tan nítidos como el cristal. Era tan alto como Will, tal vez más alto y desgarbado que su hermano. –No entiendo a qué se refiere, señor Lightwood.
–Su lanzamiento, –dijo con un elegante movimiento del brazo. –Lo califico con cinco puntos. Su habilidad y técnica puede, tal vez, requerir trabajo, pero el talento innato está claramente allí. Lo que necesitas es práctica.

–Will me ha estado entrenando, –dijo ella mientras él se acercaba.

La comisura de su boca se levantó un poco. –Como dije.

–Supongo que usted podría hacerlo mejor.

Él hizo una pausa, y sacó el cuchillo del muro. Brilló mientras lo hacía girar entre sus dedos. –Puedo, –dijo. –Fui entrenado por el mejor, y estuve entrenando a la señorita Collins y la señorita Gray.
–Eso he oído. Hasta que se aburrió. No el compromiso que uno podría buscar en un tutor. –Cecily mantuvo su voz fría; recordó el toque de Gabriel cuando la había levantado en pie en la Casa Lightwood, pero ella sabía que a Will no le gustaba, y la distancia petulante en su voz raspaba.

Gabriel tocó la punta de su dedo con el cuchillo. La sangre brotó en un hilo rojo. Tenía dedos callosos, con un amontonamiento de pecas alrededor del dorso de sus manos. –Has cambiado tu ropa.”

–Estaba cubierto de sangre e icor. –Ella lo miró, su vista rastrillándolo de arriba abajo. –Veo que usted no lo hizo.

Por un momento, una mirada extraña cruzó su rostro. Luego desapareció, pero ella había visto a su hermano ocultar emociones lo suficiente como para reconocer los signos. –No tengo ropas aquí, –dijo. –y no sé dónde voy a vivir. Podría regresar a alguna de las residencias de mi familia, pero.
–¿Estás considerando permanecer en el Instituto? –dijo Cecily con sorpresa, leyéndolo en su cara. –¿Qué ha dicho Charlotte?

–Lo permitirá. –La cara de Gabriel cambió brevemente, una vulnerabilidad repentina donde sólo había dureza antes. –Mi hermano está aquí.

–Sí, –dijo Cecily. –También el mío.

Gabriel hizo una pausa por un momento, casi como si no se le hubiera ocurrido. –Will, –dijo. –Te ves muy parecida a él. Es…desconcertante.

Él sacudió su cabeza luego, como si la limpiara de telarañas. –Recién vi a tu hermano, –dijo. –Galpenado los escalones de la entrada del Instituto como si los Cuatro Jinetes lo estuvieran cazando.

¿Supongo que no sabrás de qué se trata?

Propósito. El corazón de Cecily dio un vuelco. Cogió el cuchillo de la mano de Gabriel, haciendo caso omiso a su exclamación sobresaltada. –No, en absoluto, –dijo ella, –pero tengo intención de averiguarlo.

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Mientras la Ciudad de Londres parecía encerrarse a sí misma cuando la jornada de trabajo terminaba, el East End hervía de vida. Will se movía a través de calles llenas de puestos de venta de ropa de segunda mano y afiladores de cuchillos empujando sus carretillas a través de los caminos, gritando su mercancía a viva voz. Carniceros dejaban sus puertas abiertas, sus delantales manchados de sangre, cadáveres colgando en sus ventanas. Las mujeres sacando la ropa lavada se llamaban unas a otras con voces tan matizadas de donde cada uno había nacidos con el sonido de las Campana de Bow que podrían haber estado hablando en ruso, por lo que Will podía entender.

Una llovizna tenue empezaba a caer, humedeciendo el cabello de Will cuando cruzaba por delante de un tabaquero mayorista, ahora cerrado, y doblaba en una estrecha calle. Podía ver la torre de la Iglesia de Whitechapel en la distancia. Las sombras se reunían allí, la niebla espesa y suave con olor a hierro y basura. Un canal estrecho corría por el centro de la calle, lleno de agua pestilente. Más adelante había una puerta, una lámpara de gas colgando a cada lado. Mientras Will pasaba, se metió en ella de repente y extendió la mano.

Se oyó un grito, y entonces él fue alcanzado por una delgada, vestida negro figura sobre él -Cecily, una capa de terciopelo arrojada apresuradamente sobre su ropa. Pelo oscuro desparramado por los bordes de su capucha y sus ojos azules devolviéndole la mirada a él, ardiendo en furia. ¡Suéltame!

–¿Qué estás haciendo siguiéndome por las calles traseras de Londres, pequeña idiota? –Will le dio un apretón suave en su brazo.

Los ojos de ella se estrecharon. –Está mañana era cariad (galés, amor), ¿ahora es idiota?

–Estas calles son peligrosas, –dijo Will. “Y no sabes nada sobre ellas. Ni siquiera estás usando una runa glamour. Una cosa es declarar que no tienes miedo cuando vives en el país, pero esto es Londres.

–No estoy asustada de Londres, –dijo Cecily desafiante.

Will se acercó, casi silbándole al oído. –Fyddai’n wneud unrhyw dda yn ddweud wrthych i fynd adref?

Ella se echó a reír. –No, no haces ningún bien diciéndome que vaya a casa. Rwyt ti fy mrawd ac rwy eisiau mynd efo chi.

Will parpadeó ante sus palabras. Eres mi hermano y quiero ir contigo. Era la clase de cosa que estaba acostumbrada a escuchar de Jem, y aunque Cecily no era como Jem en ningún modo posible, ella tenía una cualidad de él: su absoluta terquedad. Cuando Cecily decía que quería algo, no expresaba un deseo ocioso sino una determinción de hierro. –¿No te importa siquiera a dónde voy? –dijo él. –¿Qué si estoy yendo al Infierno?

–Siempre quise ver el Infierno, –dijo Cecily con calma. –¿No lo quiere todo el mundo?

–La mayoría de nosotros pasamos el tiempo luchando para mantenernos al margen de él, –dijo Will. –Voy a un fumadero de ifrit, si quieres saberlo, para adquirir medicamentos de reprobados violentos, viciosos. Podrían poner en ti los ojos y decidir venderte.

–¿No los detendrías?

–Supongo que dependería de cuánto me den.

Ella negó con la cabeza.–Jem es tu parabatai, –dijo. – Él es tu hermano, dado a ti por la Clave. Pero yo soy tu hermana de sangre. ¿Por qué harías cualquier cosa en el mundo por él pero sólo quieres que yo me vaya a casa?

– ¿Cómo sabes que las drogas son para Jem?

–No soy una tonta, Will.

–No, es una lástima, –Will murmuró. –Jem - Jem es la mejor parte de mí. No espero que lo entiendas. Le debo esto.

–Entonces, ¿qué soy yo? –preguntó Cecily.

Will exhaló, demasiado irritado consigo mismo para comprobarlo. –Eres mi debilidad.

–Y Mai es tu corazón, dijo ella, no con enojo sino pensativamente. –No soy una tonta, como te dije, –agregó por su expresión de sorpresa. –Sé que la amas.

Will puso su mano en su cabeza, como si sus palabras hubieran causado un corte de dolor allí. –¿Le has dicho a alguien? No debes, Cecily. Nadie lo sabe, y debe permanecer así.

–Difícilmente le diría a alguien.

–No, supongo que no, ¿verdad? –Su voz se había vuelto dura. –Debes estar avergonzada de tu hermano - albergando sentimientos ilícitos por la prometida de su parabatai.

–No estoy avergonzada de ti, Will. Lo que sea que sientas, no has tenido que ver con ello, y supongo que todos queremos cosas que no podemos tener.

–¿Ah? –dijo Will. –¿Y qué es lo que deseas y no puedes tener?

–Que vuelvas a casa. –Un mechón de pelo negro estaba pegado a su mejilla por la humedad, haciéndola ver como si hubiera estado llorando, aunque Will sabía que no era así.

–El Instituto es mi casa, –suspiró Will y apoyó la cabeza contra un arco de piedra. –No puedo estar aquí discutiendo toda la noche, Cecy. Si estás determinada a seguirme al Infierno, no puedo detenerte.

–Finalmente, tienes sentido. Sabía que podrías; estás relacionado conmigo, después de todo.

Will luchó contra el impulso de sacudirla, de nuevo. – ¿Estás lista?

Ella asintió con la cabeza, y Will levantó la mano para llamar a la puerta.

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La puerta se abrió de golpe, y Gideon estaba en el umbral de su dormitorio, parpadeando como si hubiera estado en un lugar oscuro y saliera a la luz. Los pantalones y la camisa estaban arrugados, y uno de los tirantes se había deslizado hasta la mitad de su brazo.
–¿Señor Lightwood? –dijo Sophie, titubeando en el umbral. Llevaba una bandeja en las manos, cargando bizcochos y té, sólo lo suficientemente pesada como para ser incómoda. –Bridget me dijo que usted había llamado por una bandeja.

–Sí. Por supuesto, sí. Pasa. –Como si hubiera estado en pleno despertar, Gideon se enderezó y la hizo pasar por el umbral. Sus botas estaban fuera, pateadas en un rincón. La habitación entera estaba falta de su habitual pulcritud. El equipo estaba cubriendo una silla de respaldo alto - Sophie se estremeció por dentro al pensar en lo que haría a la tapicería - una manzana a medio comer estaba en la mesita de noche, y tirado en medio de la cama estaba Gabriel Lightwood, profundamente dormido.

Era evidente que vestía la ropa de su hermano, porque era demasiado corta en sus muñecas y tobillos. Dormido parecía más joven, la tensión habitual suavizada en su cara. Una de sus manos agarraba una almohada como para tranquilizarse.
–No podía despertarlo, –dijo Gideon, inconscientemente abra zando sus codos. –Tendría que haberlo llevado de vuelta a su habitación pero… –Él suspiró. –No me atreví.

–¿Se está quedando? –preguntó Sophie, dejando la bandeja en la mesita de noche. –En el Instituto, quiero decir.

–Yo-yo no lo sé. Eso creo. Charlotte le dijo que era bienvenido. Creo que ella lo aterroriza. –Gideon torció su boca ligeramente.

–¿La señora Branwell? –Sophie se erizó, como siempre que creía que su señora estaba siendo criticada. –¡Pero es la más amable de las personas!

–Sí - eso creo que lo aterrorizó. Ella lo abrazó y le dijo que si se quedaba aquí, el incidente con mi padre sería dejado en el pasado. No estoy seguro de a qué incidente con mi padre se estaba refiriendo, – añadió Gideon secamente. –Probablemente en el que Gabriel apoyó su candidatura para hacerse cargo del Instituto.

–¿No cree que se referiría al más reciente? –Sophie apartó un mechón de pelo que se había liberado de debajo de su gorra. –El del…

–¿Gusano gigante? No, extrañamente, no lo creo. No está en la naturaleza de mi hermano, sin embargo, esperar ser perdonado. Por cualquier cosa. Él entiende sólo la más estricta disciplina. Debe creer que Charlotte está intentando jugarle una broma, o que está loca. Ella le mostró el cuarto que tendría, pero creo que todo el asunto lo asustaba. Él vino a hablar de eso conmigo, y cayó dormido. –Gideon suspiró, observando a su hermano con una mezcla de cariño, exasperación, y tristeza que hizo que el corazón de Sophie latiera con simpatía.

–Su hermana… –ella comenzó.

–Ah, Tatiana ni siquiera consideraría alojarse aquí por el momento, –dijo Gideon. –Ella ha huido con los Blackthorn, su familia política, y buen viaje. No es una chica estúpida - de hecho, ella considera su inteligencia bastante superior - pero ella es engreída y vanidosa, y no hay amor perdido entre ella y mi hermano. Y él ha estado despierto por días, claro está. Esperando en esa maldita casa gigante, encerrado en la biblioteca, golpeando la puerta cuando no vino respuesta de mi padre…

–Se siente protector con él, –observó Sophie.

–Por supuesto que sí, es mi hermano menor. –Se acercó a la cama y removió con una mano el despeinado castaño cabello de Gabriel; el otro chico se movió y emitió un sonido inquieto pero no se despertó.

–Pensé que no lo había perdonado por ir en contra de su padre, –dijo Sophie. –Usted dijo que estaba asustado de ello. Que el consideraría sus acciones como una traición a la reputación Lightwood.

–Creo que él ha comenzado a cuestionarse la reputación Lightwood. Como yo lo hice, en Madrid. –Gideon se apartó de la cama.

Sophie bajó la cabeza. –Lo siento, –dijo. –Lo siento por su padre. Sea lo que sea que cualquiera haya dicho de él, o lo que sea que él haya hecho, era su padre.

Él se volvió hacia ella. –Pero, Sophie.

Ella no corrigió el uso de su nombre de pila. –Sé que él hizo cosas deplorables, –dijo. –Pero debe permitirse llorar su muerte, no obstante. Nadie puede quitarle el dolor; eso le pertenece a usted, y sólo a usted.

Él toco su mejilla suavemente con la punta de sus dedos. –Sabías que tú nombre significa ‘sabiduría’? Está muy bien dado.

Sophie tragó. –Señor Lightwood.

Pero sus dedos se habían extendido para tocar su mejilla, y se inclinaba para besarla. “Sophie,” susurró, y luego sus labios se encontraron el uno con el otro, un toque suave que dio paso a mayor presión mientras se inclinaban. Ligera y delicadamente ella curvó sus manos - tan ásperas y desgastadas por el lavado y transporte de cosas, por el raspado de rejillas y por quitar el polvo y pulir, que ella se inquieto, pero a él no pareció importarle o notarlo - alrededor de sus hombros.

Entonces ella se acercó a él, y el tacón de su zapato quedó atrapa do en la alfombra, por lo que ella comenzó a resbalarse al piso, cuando Gideon la atrapó. Ellos cayeron al suelo juntos, el rostro de Sophie hirviendo de la vergüenza - Dios Santo, él podría pensar que ella lo había derribado a propósito, que tenía una especie de intención desenfrenada loca de pasión. Su gorra se había caído, y sus oscuros rizos caían alrededor de su cara. La alfombra era suave debajo de ella, y Gideon, por encima de ella, le susurraba su nombre con preocupación. Ella giró la cabeza a un lado, con las mejillas ardiendo todavía, y se encontró mirando debajo de la cama con dosel. –Señor Lightwood, –dijo ella, incorporándose sobre sus codos. –¿Esos son bizcochos debajo de su cama?

Gideon se congeló, inmóvil, parpadeando, un conejo acorralado por sabuesos. –¿Qué?

–Allí. –Ella señaló a los montículos oscuros apilados debajo del dosel. –Hay una verdadera montaña de bizcochos debajo de su cama. ¿Qué en la Tierra?

Gideon se sentó, rastrillando con sus manos a través de su cabello mientras Sophie se revolvió lejos de él, con las faldas ondeando alrededor de ella. –Yo…

–Llamó por esos bizcochos. Casi todos los días. Pidió por ellos, Señor Lightwood. ¿Por qué haría eso si no los quería?

Sus mejillas se oscurecieron. –Fue la única manera que pude pensar para verte. No me hablabas, no quisiste escuchar cuando traté de hablar contigo.

–¿Así que mintió? –Levantando su gorro caído, Sophie se puso en pie. –¿Tiene alguna idea de la cantidad de trabajo que tengo que hacer, Señor Lightwood? Llevar el carbón y el agua caliente, quitar el polvo, pulir, limpiar para usted o de los demás- y no me importa ni me quejo, pero ¿cómo se atreve a darme trabajo extra, hacerme arrastrar bandejas pesadas arriba y debajo de las escaleras, sólo para traer algo que ni siquiera quería?

Gideon se levantó, con la ropa aún más arrugada ahora. –Perdóname, –dijo él. –Yo no creía eso.

–No, –dijo Sophie, furiosamente metiendo el cabello debajo de su gorra. –Nunca hace nada, ¿cierto?

Y con eso, ella salió de la habitación, dejando a Gideon mirando desesperanzadamente detrás de ella. –Bien hecho, hermano, –dijo Gabriel desde la cama, con los ojos verdes parpadeando soñolientos a Gideon.

Gideon le lanzó un bizcocho.

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–Henry. –Charlotte se movió a través del piso de la cripta. Las antorchas de luz mágica ardían con tal intensidad que parecía casi como si fuera de día, aunque sabía que estaban cerca de la medianoche. Henry estaba encorvado sobre la mayor de las grandes mesas de madera esparcidas en el centro de la habitación. Algo u otra cosa odiosa estaba ardiendo en un vaso en otra mesa, emitiendo bocanadas de humo de olor a lavanda. Una gran pieza de papel, el tipo que los carniceros usaban para envolver sus productos, estaba extendida en la tabla de Henry, y cubría todo tipo de misteriosas cifras y cálculos, murmurando a sí mismo y escribiendo. –Henry, querido, ¿no estás exhausto? Has estado aquí abajo por horas?

Henry se sobresaltó y miró hacia arriba, empujando los anteojos que usaba para trabajar sobre su rojizo cabello. –¡Charlotte! –Él pareció sorprendido, quizá emocionado, de verla; sólo Henry, pensó Charlotte secamente, estaría sorprendido de ver a su mujer en su propia casa. –Mi ángel. ¿Qué estás haciendo aquí abajo?

Está helado. No puede ser bueno para el bebé.

Charlotte rió, pero ella no objetó cuando Henry corrió hacia ella y le dio un abrazo suave. Desde que había descubierto que iba a tener un hijo, la estaba tratando como si estuviera hecha de fina porcelana. Apretó un beso en la parte superior de su cabello y se retiró hacia atrás para estudiar su cara. –De hecho, te ves un poco puntiaguda. ¿Tal vez en lugar de la cena deberías hacer que Sophie te lleve algún caldo de carne fortaleciente en tu habitación? Podría ir y.

–Henry. Decidimos no tener la cena hace horas - todos han hecho que lleven bocadillos a sus habitaciones. Jem está todavía enfermo para comer, y los Lightwoods demasiado conmocionados. Y ya sabes cómo está Will cuando Jem no está bien. Y Mai también, por supuesto. En realidad, la casa se va a caer a pedazos.

–¿Sándwiches? –dijo Henry, que parecía haber notado eso como la parte importante del discurso de Charlotte, y miraba nostálgico.

Charlotte sonrió. –Hay algunos arriba, Henry, si puedes salir de aquí. Supongo que no debería regañarte - He estado viendo los diarios de Benedict, y cuán fascinantes son, pero, ¿en qué estás trabajando?

–Un portal, –dijo Henry con impaciencia. –Un medio de transporte. Algo que posiblemente podría enviar a un Cazador de Sombras de un lado del mundo a otro en cuestión de segundos. Fueron los anillos de Mortmain los que me dieron la idea.

Los ojos de Charlotte estaban muy abiertos. –Pero los anillos de Mortmain eran ciertamente magia oscura…

–Pero estos no. Ah, y hay algo más. Ven. Es para Buford.

Charlotte dejó a su marido tomarla de la muñeca y conducirla al otro lado de la habitación. –Te lo dije cien veces, Henry, ningún hijo mío se llamará Buford.

Por el Ángel, ¿eso es una cuna?

Henry sonrió.–¡Es más que una cuna! –anunció, estirando su brazo para indicar la cama de bebé de madera de aspecto robusto, colgando entre dos postes que la hacían oscilar de lado a lado. Charlotte tuvo que admitir que era un mueble de buen aspecto. –¡Es una cuna de auto balanceo!

–¿Una qué? –preguntó Charlotte con voz débil.

–Mira. –Orgullosamente Henry dio un paso adelante y presionó algún botón invisible. La cuna empezó a oscilar suavemente de lado a lado.

Charlotte exhaló. –Eso es encantador, querido.

–¿No te gusta? –Henry sonrió. –Ahora, está meciéndose más rápido. –Lo estaba, con una ligera sacudida el movimiento dio a Charlotte la sensación de que iba a la deriva en un mar picado.

–Hm, –dijo. –Henry, tengo algo de lo que quiero hablar contigo. Algo importante.

–¿Más importante que nuestro hijo meciéndose suavemente mientras duerme cada noche?

–La Clave ha decidido liberar a Jessamine, –dijo Charlotte. –Está volviendo al Instituto. En dos días.

Henry se volvió hacia ella con una mirada incrédula. Detrás de él la cuna se mecía aún más rápido, como un carruaje a toda velocidad.
–¿Ella está volviendo aquí?

–Henry, ella no tiene otro lugar al que ir.

Henry abrió la boca para contestar, pero antes que alguna palabra pudiera emerger, hubo un sonido de rasgadura, y la cuna salió arrancada de sus amarras y voló a través del cuarto para estrellarse con una pared alejada, donde estalló en pedazos.

Charlotte dio un pequeño grito ahogado, su mano llegando a cu brir su boca. Henry frunció el ceño. –Tal vez algunos ajustes en el diseño…

–No, Henry, –dijo Charlotte firmemente.

–Pero.

–Bajo ninguna circunstancia. –Había dagas en la voz de Charlot.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Sáb Abr 09, 2016 3:59 pm

***

Los artefactos Infernales no tienen piedad.

Los artefactos Infernales no tienen arrepentimiento.

Los artefactos Infernales nunca dejarán de llegar.

Las palabras escritas en el muro de Benedict hacían eco en la cabeza de Mai mientras se sentaba junto a la cama de Jem, mirándolo dormir. No estaba segura de qué hora era, ciertamente era “en la corta madrugada,” como Bridget solía decir, sin dudas después de la medianoche. Jem había estado despierto cuando ella entró, justo después de que Will se fuera, despierto y sentado y lo suficientemente bien como para tomar té y tostadas, a pesar de que estaba con menos aliento del que a ella le hubiera gustado, y más pálido. Sophie había llegado más tarde para llevarse la comida, y había sonreído a Mai. “Acomoda las almohadas más arriba,” sugirió en un susurro, y Mai lo hizo, aunque Jem parecía divertido con su alboroto. Mai nunca tuvo mucha experiencia con enfermerías. El cuidado de su hermano cuando estaba borracho era lo más cercano a una enfermera que había sido. A ella no le importaba ahora que era Jem, no le importaba sostener su mano mientras respiraba suavemente, sus ojos medio cerrados, sus pestañas aleteando contra sus pómulos.

–No es muy heroico, –dijo él de pronto sin abrir los ojos, aunque su voz se mantuvo estable.

Mai comenzó a inclinarse hacia adelante. Ella había deslizado sus dedos hacia él más temprano, y sus manos unidas yacían a un lado de la cama. Sus dedos estaban fríos contra los de ella, su pulso lento. –¿A qué te refieres?

–Hoy, –dijo en voz baja, y tosió. –Colapsando y tosiendo con sangre y todo en la Mansión Lightwood.

–Eso sólo mejoró el aspecto del lugar, –dijo Mai.

–Ahora suenas como Will. –Jem le dio una sonrisa somnolienta. –Y estás cambiando de tema, justo como él haría.

–Por supuesto que sí. Como si pudiera pensar en algo distinto de ti estando enfermo;  sabes que no. Y fuiste bastante heroico hoy. A pesar de lo que Will estaba diciendo antes, –añadió, –que los héroes llegan a malos finales, y él no podía imaginar por qué alguien querría eso de todos modos.

–Ah. –La mano de Jem apretó la de ella brevemente y luego la dejó ir. –Bueno, Will está viendo desde el punto de vista del héroe, ¿no? Pero para el resto de nosotros, es una respuesta fácil.

–¿Lo es?

–Por supuesto. Los héroes resisten porque lo necesitan. No es por su propio bien.

–Hablas de ellos como si tú no fueras uno. –Ella se estiró para cepillarle el pelo de la frente. Él se apoyó en su tacto, cerrando los ojos. –Jem - alguna vez –Vaciló. –¿Alguna vez has pensado en formas para prolongar tu vida que no fueran una cura para la droga?

Con esto sus párpados se abrieron.¿A qué te refieres?

Ella pensó en Will, en el suelo del ático, ahogándose en agua bendita. “

–Convertirte en un vampiro. Vivirías por siempre.

Se levantó contra las almohadas. –Mai, no. No - no puedes pensar de ese modo.

Ella miró lejos de él. –¿Es la idea de convertirte en un Submundo verdaderamente tan horrible para ti?

–Mai… –Él exhaló. –Soy un Cazador de Sombras. Un Nefilim. Como mis padres antes que yo. Es la herencia que reclamo, como reclamo la herencia de mi madre como parte de mí. Eso no significa que odio a mi padre. Pero honro el regalo que me dejaron, la sangre del Ángel, la confianza depositada en mí, tengo los votos tomados. Tampoco, creo, podría ser un buen vampiro. Los vampiros en general nos desprecian. A veces Convierten a un Nefilim, como una broma, pero ese vampiro es despreciado por los otros. Llevamos el día y el fuego de los ángeles en nuestras venas, todo lo que odian. Ellos me evitarían, y los Nefilim me rehuirían. No sería más el parabatai de Will, no sería bienvenido en el Instituto. No, Mai. Preferiría morir y renacer y ver el sol de nuevo, que vivir hasta el fin de los tiempos sin la luz del sol.

–Un Hermano Silencioso entonces, –dijo ella. –El Codex dice que hay runas que ellos se ponen a sí mismos que son lo suficientemente potentes para detener su mortalidad.
 
–Los Hermanos Silenciosos no pueden casarse, Mai. –Él había levantado la barbilla. Mai había sabido durante mucho tiempo que debajo de la gentileza de Jem había una obstinación tan fuerte como la de Will. Ella podía verla ahora, acero debajo de la seda.

–Sabes que preferiría verte con vida y no casado conmigo que– Su garganta se cerró ante esa palabra.

Sus ojos se suavizaron un poco. –El camino de la Hermandad Silenciosa está cerrado para mí. Con el yin fen en mi sangre, contaminándola, no podría sobrevivir a las runas que ellos ponen en sí mismos. Tendría que dejar la droga hasta que estuviera fuera de mi sistema, y eso probablemente me mataría.

Debió haber visto algo en la expresión de ella, porque suavizó su voz. –Y no es una gran vida la que ellos tienen, los Hermanos Silenciosos, sombras y oscuridad, silencio y - no hay música. –El se atragantó. –Y además, yo no quiero vivir para siempre.

–Yo podré vivir por siempre, –dijo Mai. La inmortalidad era algo que todavía no podía comprender del todo. Era tan difícil comprender que su vida nunca terminaría como comprender que lo haría.

–Lo sé, –dijo Jem. –Y lo siento por ello, por pensar que es una carga que nadie debería tener que soportar. Sabes que creo que viviremos de nuevo, Mai. Volveré, mas no en este cuerpo. Las almas que se aman unas a otras se sienten atraídas entre sí en sus próximas vidas. Voy a ver a Will, mis padres, mis tíos, Charlotte y Henry…

–Pero no me verás. –No era la primera vez que ella lo pensaba, aunque a menudo empujaba lejos el pensamiento cuando llegaba. Si soy inmortal entonces sólo tengo esta única vida. No volveré y cambiaré como tú lo harás, James. No te veré en el Cielo, o en el gran río, o en la vida que haya después de esta.

–Te veo ahora. –Él extendió la mano y la puso contra la mejilla de ella, sus ojos gris-plateado buscando los de ella.

–Y yo te veo, –susurró ella, y él sonrió con cansancio, cerrando los ojos. Ella puso su mano sobre la suya, su mejilla apoyada en el hueco de su palma. Se sentí, sin palabras, sus dedos fríos contra su piel, hasta que su respiración de desaceleró y sus dedos se volvieron flojos contra los de ella; él estaba dormido. Con una triste sonrisa ella levantó su mano gentilmente para que descansara en el acolchado, a su lado.

La puerta del dormitorio se abrió; Mai se volvió en su silla y vio a Will de pie en el umbral, todavía con su abrigo y guantes. Una mirada  dura, en su angustiada cara, la tuvo de pie y siguiéndolo por el corredor. Will ya estaba en camino por el pasillo con la prisa de un hombre con el Diablo pisándole los talones. Mai cerró la puerta del dormitorio cuidadosamente detrás de ella y corrió tras él.

–¿Qué es, Will? ¿Qué pasó?

–Acabo de volver de East End, –dijo Will. Había pánico en su voz, pánico que ella no había escuchado desde ese día en la sala de dibujo donde   ella le había dicho que se había comprometido con Jem. –Fui a buscar yin fen. No había más.

Mai casi tropezó para llegar tras sus pasos. –¿Qué quieres decir con que no había más? Jem tiene un suministro, ¿no es así?

Will se volvió hacia ella, caminando hacia atrás por las escaleras.–No más, –dijo secamente. –Él no quería que lo supieras, pero no hay forma de ocultarlo. No hay más, y no puedo conseguir más. Siempre he sido quien lo compra. Tengo proveedores - pero ellos también han desaparecido o están con las manos vacías. Fui primero a ese lugar—el lugar donde fueron y me encontraron, tú y Jem, juntos. No tenían más yin fen.

–Entonces otro lugar.

–Fui a todas partes, –dijo Will, girando de vuelta. Salieron al corredor del segundo nivel del Instituto; la biblioteca y la sala de dibujo estaban allí. Ambas puertas estaban abiertas, derramando luz amarilla en el pasillo. – A todos lados. En el último alguien me dijo que todo había sido deliberadamente comprado en las últimas semanas. No hay nada.

–Pero Jem, –dijo Mai, con el choque zumbando a través de ella como fuego. –Sin el yin fen…

–Morirá. –Will se detuvo frente a la puerta de la biblioteca; sus ojos encontraron los de ella. –Esta mañana me dio permiso para buscar una cura para él. Para buscar. Y ahora morirá porque no pude mantenerlo vivo lo suficiente para encontrarlo.”

–No, –dijo Mai. –Él no morirá; no lo dejaremos.

Will entró a la biblioteca, Mai al lado de él, su mirada vagando sobre el familiar cuarto, las mesas iluminadas por lámparas, las repisas con viejos volúmenes.  –Hay libros, –dijo él, como si ella no hubiera hablado. –Libros que estuve consultando sobre raros venenos. –Él se movió lejos de ella, hacia un estante cercano, sus manos enguantadas corriendo sobre los tomos que descansaban allí. –Fue años atrás, antes de que Jem me prohibiera más investigación. Lo he olvidado.

Mai se movió para unírsele, con las faldas silbando alrededor de sus tobillos. –Will, para.

–Pero debo recordar. –Él se movió a otra repisa, y luego otra, su largo, delgado cuerpo emitiendo una angulosa sombra en el suelo. –Tengo que encontrar.

Will, no puedes leer cada libro en la biblioteca al mismo tiempo. Para. –Ella se había movido tras él, suficientemente cerca para ver que el cuello de su camisa estaba mojado por la lluvia. –Esto no va a ayudar a Jem.

–¿Entonces qué lo haría? ¿Qué lo haría? –Él alcanzó otro libro, lo miró, y lo arrojó al suelo. Mai saltó.

–Para, –dijo de nuevo, y lo cogió de la manga, volteándolo hacia ella. Él estaba enrojecido, sin aliento, su brazo tenso como el hierro bajo su agarre. –Cuando buscaste la cura antes, no sabías lo que sabes ahora. No tenías los aliados que tienes ahora. Podríamos ir y preguntar a Magnus Bane. Tiene ojos y oídos en el Submundo. Te ayudó con tu maldición; puede ayudarnos con esto de la misma forma.

–No había maldición, –dijo Will, como si estuviera recitando las líneas de alguna obra de teatro; sus ojos estaban vidriosos.

–Will escúchame. Por favor. Debemos ir con Magnus. Él puede ayudar.

Él cerró los ojos y respiro profundamente. Mai miró fijamente. Ella no podía evitar verlo cuando sabía que él no la veía - las finas pestañas oscuras contra sus pómulos, el ligero tinte azul de sus párpados. –Sí, –dijo él finalmente. –Sí. Por supuesto. Mai - gracias. No pensaba.

–Estabas apenado, –dijo ella, de repente consciente de que aún sostenía su brazo, y  estaban tan cerca que podía presionar un beso contra su mejilla, o envolver sus brazos alrededor de él para consolarlo. Sus ojos se abrieron. –Y creíste que él te habría prohibido por siempre buscar una cura. Sabes que nunca he estado en paz con ello. He pensado en Magnus antes.

Sus ojos buscaron su cara. –¿Pero nunca le has preguntado?

Ella negó con la cabeza. –Jem no lo deseaba. Pero ahora.Todo ha cambiado ahora.

–Sí. –Él le devolvió la mirada, sus ojos persistentes en su cara.

–Voy a bajar y llamar a Cyril para el carruaje. Nos vemos en el patio.

***

Para: Cónsul Josiah Wayland

De: Miembro del la  clave

Querido señor:

No podemos expresar nuestra gran angustia por recibir su carta. Era nuestra impresión que Charlotte Branwell era una elección que tú abrazabas de todo corazón, y ha demostrado ajustarse a ser líder del Instituto de Londres. Nuestro Inquisidor Whitelaw habla muy bien de ella y la manera en que manejó el desafío lanzado a su autoridad por Benedict Lightwood.

En nuestra opinión como un cuerpo que George Penhallow no es un sucesor adecuado para el lugar de Cónsul. A diferencia de la señora Branwell, él no ha demostrado ser un líder para los otros. Es verdad que la señora Branwell es joven y apasionada, pero el papel de Cónsul es uno que requiere pasión. Instamos que deje a un lado sus pensamientos sobre el señor Pehallow, que es demasiado joven y inmaduro para el puesto, y tome su tiempo para considerar la posibilidad de la señora Brawell.

Suyos en nombre de Raziel,

Miembros de la clave.

5

Un corazón dividido

Sin duda, aunque Dios lo buscara con cautela suficiente,
 
No hay ninguna cosa buena de eso;
 
Aunque él buscara por entre todas mis venas,
 
No encontraría nada entero ahí dentro excepto amor.

—Algernon Charles Swinburne,“Laus Veneris”

Para: Los miembros del Consejo.

De: Josiah Wayland, Cónsul.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Abr 10, 2016 11:32 am

Es con un corazón apesadumbrado con el que tomo mi pluma para escribirles, caballeros. Muchos de ustedes me han conocido por un buen número de años, y por muchos de ellos les he dirigido en la posición de Cónsul. Creo que los he dirigido bien, y he servido al Ángel lo mejor que he podido. De cualquier modo, es de humanos el errar, y creo que he hecho tal cosa al señalar a Charlotte Branwell como cabeza del Instituto de Londres. Cuando le concedí esa posición, creí que ella seguiría los pasos de su padre, y se probaría a sí misma como un líder confiable, obediente a las reglas de la Clave. Además creí que su esposo contendría sus tendencias naturales femeninas hacia la impulsividad y la irreflexión.

Desafortunadamente, esto ha probado no ser el caso. Henry Branwell carece de la fuerza de carácter para controlar a su esposa, y, sin restricciones del deber de mujer, ella ha dejado atrás las virtudes de la obediencia, por mucho. Justo el otro día, descubrí que Charlotte había dado órdenes de que se llevara de vuelta alInstituto a la espía Jessamine Lovelace, después de su liberación de la Ciudad Silenciosa, a pesar de mis expresos deseos de que ella fuese enviada Idris. Además sospecho que ella se inclina a escuchar a aquellos que no son amigables con la causa de los Nefilim y puede, de hecho, incluso estar aliada con Mortmain, así como lo está el licántropo Woolsey Scott. El consejo no sirve al Cónsul; siempre ha sido del otro modo. Soy un símbolo del poder del Consejo y de la Clave. Cuando mi autoridad es disminuida por la desobediencia, disminuye la autoridad de todos nosotros. Es mejor un muchacho comedido como mi sobrino, cuya valía aun no ha sido probada, que esa de aquellos que ha sido probada y encontrada reprochable.

En el nombre del Ángel,

Cónsul Josiah Wayland.

***

Will recordó.

Otro día, meses atrás, en la habitación de Jem. La lluvia golpeteando contra las ventanas del Instituto, rasgando el cristal con finas líneas transparentes.

–¿Y eso es todo? –preguntó Jem. –¿Es absolutamente todo? ¿La verdad? –Había estado sentado en su escritorio con una de las piernas doblada debajo de él sobre la silla; se veía muy joven. Su violín había sido puesto contra un costado de la silla. Había estado tocándolo cuando Will entró sin preámbulos, anunciando que ese era el final de la farsa: tenía una confesión que hacer, y quería hacerla ahora.

Eso había puesto fin a Bach. Jem había dejado el violín a un lado, con los ojos puestos en el rostro de Will todo el tiempo, con la ansiedad brotando detrás de sus ojos plateados mientras Will se paseaba y hablaba y se paseaba y hablaba hasta que se le acabaron las palabras. –Eso es todo, –dijo Will finalmente cuando acabó. –Y no te culpo si me odias. Puedo entenderlo.

Hubo una larga pausa. La mirada de Jem, serena sobre su rostro, firme y plateada en la luz ondulante del fuego. –Nunca podría odiarte, William.

Las vísceras se le contrajeron a Will ahora que veía otro rostro, un par de firmes ojos azul grisáceo, mirándole. “Traté de odiarte Will, pero nunca lo logré,” ella había dicho. En ese momento Will había sido dolorosamente consciente de que lo que le había contado a Jem, no era “absolutamente todo.” Había más verdad. Estaba su amor por Mai. Pero esa era su carga para sostener y no la de Jem. Era algo que había de ser ocultado para que Jem fuera feliz. –Merezco tu odio, –dijo Will a Jem con la voz quebrándosele. –Te puse en peligro. Creí que estaba maldito y que todo aquel a quien le importara, moriría; me permití a mí mismo el que me importaras, y te dejé ser un hermano para mí, arriesgándote al peligro.

–No había peligro. –Pero yo creí que lo había. Si sostuviera un revólver contra tu cabeza, James, y jalara el gatillo, ¿importaría realmente si no hubiera balas dentro de la cámara?

Los ojos de Jem se abrieron sorprendidos y entonces se rió con una risa suave. –¿Piensas que yo no sabía que tenías un secreto? –dijo. –¿Piensas que me metí en nuestra amistad con los ojos cerrados? No sabía la naturaleza de la carga que estabas llevando. Pero sabía que había una carga.

Él se puso de pie.–Sabía que pensabas que eras veneno para todos a tu alrededor, –añadió. –Sabía que pensabas que había alguna fuerza corruptiva en ti, que me rompería. Quería demostrarte que no me romperé, que el amor no es tan frágil. ¿Lo hice?

Will se encogió de hombros una vez, sin poder evitarlo. Casi había deseado que Jem estuviera enojado con él. Hubiera sido más sencillo. Nunca se había sentido tan pequeño dentro de sí mismo que cómo lo hizo cuando se enfrentó a la amabilidad expansiva de Jem. Pensó en el Satanás de Milton. El demonio se quedó desconcertado/Y sintió qué cosa tan horrible era la bondad. –Salvaste mi vida, –dijo Will.

Una sonrisa se extendió por toda la cara de Jem, tan brillante como el amanecer saliendo sobre el Támesis. –Eso es todo lo que he siempre querido.

–¿Will? –Una voz suave lo interrumpió de sus pensamientos. Mai estaba sentada frente a él dentro del carruaje, sus ojos grises del color de la lluvia en la luz difusa. –¿Qué estás pensando?

Con esfuerzo se sacó a sí mismo de los recuerdos, sus ojos fijándose en su rostro. El rostro de Mai. Ella no estaba usando sombrero, y la capucha de su capa de brocado se había caído hacia atrás. Su rostro era pálido, más amplio en los pómulos, ligeramente puntiagudo en la barbilla. Pensó que no había visto alguna vez un rostro que tuviera tanta capacidad de expresión: cada una de sus sonrisas le dividía el corazón como lo haría un rayo al partir un árbol ennegrecido; así mismo lo hacía cada una de sus miradas de tristeza. En ese momento ella estaba mirándole con una anhelante preocupación que atrapó su corazón. –Jem, –dijo él, con perfecta honestidad. –Estaba pensando en su reacción cuando le hablé de la maldición de Marbas.

–Solo sintió tristeza por ti, –dijo inmediatamente. –Sé que lo hizo; me lo dijo.

–Tristeza, pero no lástima, –dijo Will. –Jem siempre me ha dado exactamente lo que he necesitado, en la forma en la que lo he necesitado, incluso cuando ni yo mismo sé que necesito. Todos los parabatai somos leales. Debemos serlo, para dar tanto de nosotros al otro, incluso si ganamos fuerza al hacerlo. Pero con Jem, es distinto. Por muchos años, he necesitado que viviera, y él me ha mantenido vivo. Pensé que él no sabía que estaba haciéndolo, pero quizás si lo sabía.

–Quizás, –dijo Mai. –Él nunca habría contado un momento de tal esfuerzo como un desperdicio.

–¿Nunca te ha hablado de eso?

Ella negó con la cabeza. Sus manos pequeñas en sus guantes blancos estaban en puños sobre su regazo. –Él habla de ti solo con el más grande orgullo, Will, –dijo ella. –Te admira mucho más de lo que tú jamás sabrás. Cuando supo sobre la maldición, tenía el corazón roto por ti, pero había también, algo casi como una especie de…

–¿Reivindicación?

Ella asintió. –Siempre creyó que tú eras bueno, –dijo ella. –Y luego fue probado.

–Oh, no lo sé, –dijo amargamente. –Ser bueno y estar maldito no es la misma cosa.

Ella se inclinó hacia adelante y le tomó de la mano presionándola entre las suyas. El roce fue como fuego a través de sus venas. Él no podía sentir su piel, solo la tela de los guantes, y aun así no importaba. Del montón de cenizas que soy, tú me conviertes en fuego. Se había preguntado una vez por qué el amor estaba siempre expresado en términos de ardor. Ahora el incendio en sus propias venas le daba la respuesta. –Eres bueno, Will, –dijo ella. –No hay nadie en mejor posición que yo para decirte con perfecta confianza, qué tan bueno eres realmente.

Él dijo lentamente, sin desear que ella retirara sus manos: –Sabes, cuando teníamos quince años, Yanluo, el demonio que mató a los padres de Jem, fue finalmente asesinado. El tío de Jem, determinó reubicarse él mismo desde China a Idris e invitó a Jem para que fuera a vivir con él allí. Jem se negó… por mí. Dijo que no dejas a tu parabatai. Que es parte de las palabras en los votos. “Tu gente será mi gente”. Me pregunto, si yo tuviera la oportunidad de volver con mi familia, ¿haría lo mismo por él?

–Lo estás haciendo, –dijo Mai. –No creas que no sé que Cecily quiere que vuelvas a casa con ella. Y no pienses que no sé qué te quedas por el bien de Jem.

–Y el tuyo, –dijo antes de que pudiera detenerse. Ella retiró las manos de las suyas, y él se maldijo a sí mismo en silencio y con violencia. ¿Cómo pudiste ser tan tonto? ¿Cómo pudiste, después de dos meses? Has sido tan cuidadoso. Tu amor por ella es solamente una carga, que ella soporta por mera cortesía. Recuerda eso.

Pero Mai solo estaba haciendo a un lado la cortina mientras el carruaje se detenía. Estaban entrando a unas caballerizas, en cuya entrada había un letrero: a todos los conductores de vehículos se les instruye acompañar sus caballos al pasar por esta entrada. –Llegamos, –dijo ella como si él no hubiera dicho una palabra. Quizás no lo hizo, pensó Will. Quizás no había hablado en voz alta. Quizás solo estaba perdiendo la cabeza. Seguro eso no era algo impensable, dadas las circunstancias.

Cuando la puerta del carruaje se abrió trajo consigo una ráfaga del aire frío de Chelsea. Vio que Mai levantaba la cabeza mientras Cyril la ayudaba a bajar. Se unió a Mai en los adoquines. El lugar olía como al Támesis. Antes de que el Embarcadero se construyera, el río había llegado aún más cerca de estas filas de casas, sus márgenes suavizados por las lámparas de gas en la oscuridad. Ahora el río estaba separado por una distancia mayor, pero uno aún podía oler el regusto a sal, suciedad y acero del agua.

El frente del No. 16 era Gregoriano, construido con simples ladrillos rojos, con un ventanal sobresaliendo por encima de la puerta principal. Había un pequeño patio pavimentado y un jardín detrás de una cerca elegante, con montón de delicado hierro forjado. La puerta ya estaba abierta. Mai la empujó para pasar y caminó hacia los escalones de la entrada para tocar en la puerta, Will detrás de ella a solo unos pasos.

La puerta fue abierta por Woolsey Scott, usando un camisón de vestir de brocado y seda color amarillo canario sobre pantalones y camisa. Tenía un monóculo de oro colgado el un hueco de uno de sus ojos, y los miraba a los dos a través de él con algo de disgusto. –Molestia, –dijo. –Hubiera hecho que él mayordomo abriera y los despachara, pero pensé que eran alguien más.

–¿Quién? –Preguntó Mai; a Will no le parecía que el asunto fuera algo de su incumbencia, pero era la forma de ser de Mai, siempre estaba haciendo preguntas; si la dejabas sola en una habitación comenzaría a preguntarle a los muebles y a las plantas.

–Alguien con ajenjo.

–Traga lo suficiente de esa cosa y pensarás que tú eres alguien más, –dijo Will. –Estamos buscando a Magnus Bane; si él no está aquí, solo dínoslo y no te quitaremos más tiempo.

Woolsey suspiró, como si algo mayor se lo impidiera. –Magnus, –llamó. –Es tu chico de ojos azules.

Se oyeron pasos en el corredor detrás de Woolsey, y Magnus apareció en un traje de noche completo, como si acabara de llegar de un baile. Almidonada pechera y puños blancos, frac negro y el pelo como una franja irregular de seda oscura. Sus ojos fueron de Will a Mai.

–¿Y a qué debo el honor, a una hora tan tardía?

–Un favor, –dijo Will, y se corrigió a sí mismo cuando las cejas de Magnus se alzaron. –Una pregunta.

Woolsey suspiró y se alejó de la puerta. –Muy bien. Entren a la sala de estar.

Nadie ofreció tomar sus sombreros o abrigos y una vez que llegaron a la sala de estar, Mai se quitó los guantes y se paró con las manos cerca al fuego, temblando ligeramente. Su cabello era una masa húmeda de rizos en la nuca, y Will alejó su mirada de ella antes de que pudiera recordar qué se sentía poner las manos en ese cabello y sentir los mechones enredándose en sus dedos. Era más sencillo en el Insti tuto, en donde estaban Jem y los otros para distraerle, para recordarle que Mai no era suya como para pensar en ella de ése modo. Aquí, sintiendo como si estuviera enfrentando el mundo con ella a su lado –sintiendo que ella estaba aquí por él en vez de, un sensiblemente, por la salud de su propio prometido– era casi imposible.

Woolsey se dejó caer en un sillón con patrón de flores. Se había sacado el monóculo del ojo y estaba balanceándolo alrededor de los dedos en su larga cadena de oro. –Simplemente no puedo esperar a escuchar de qué trata todo esto.

Magnus se movió hacia la chimenea y se reclinó contra la repisa, la mera imagen de un joven caballero a sus anchas. La habitación estaba pintada de un azul claro y decorada con pinturas que representaban bastos campos de granito, brillantes mares azules, y hombres y mujeres en vestidos clásicos. Will pensó que reconocía una reproducción de un Alma-Tadema… o al menos debía ser una reproducción, ¿no es así? –No te quedes mirando a las paredes, Will, –dijo Magnus. –Has estado ausente por meses. ¿Qué te trae por aquí ahora?

No quería molestarte, –murmuró Will. Era solamente parte de la verdad. Una vez que Magnus probó la maldición bajo la cual Will era falsa, lo había estado evitando. No por qué estuviera enojado con el brujo, o porque ya no lo necesitara, sino porque el ver a Magnus le causaba dolor. Le había escrito una corta carta, diciéndole lo que había pasado y que su secreto ya no era tal. Le había hablado del compromiso de Jem con Mai. Le había pedido a Magnus que no respondiera. –Pero esto… esto es una crisis.

Magnus abrió sus ojos de gato. –¿Qué clase de crisis?

–Es sobre yin fen, –dijo Will.

–Que atento, –dijo Woolsey. –¿No me digas que mi manada está tomando esa cosa otra vez?

–No, –dijo Will. –No hay nada para tomar. –Vio como brotaba la comprensión en la cara de Magnus y siguió explicando la situación lo mejor que pudo. Magnus no cambió su expresión mientras Will habla ba más de lo que lo haría Iglesia cuando alguien le hablaba. Magnus solo lo miró con sus ojos de un verde-dorado hasta que Will acabó.–¿Y sin el yin fen? –dijo Magnus al fin.

–Él morirá, –dijo Mai, volviendose de la chimenea. Sus mejillas estaban sonrojadas de un rosado rojizo, ya sea por el calor de la chimenea o por el estrés de la situación, Will no podría decirlo. –No inmediatamente, pero… durante la semana. Su cuerpo no puede mantenerse a sí mismo sin el polvo.

–¿Cómo lo toma? –preguntó Woolsey.

–Disuelto en agua o inhalado… ¿Qué tiene que ver eso con todo lo demás? –replicó Will.

–Nada, –dijo Woolsey. –Solo estaba preguntándomelo. Las drogas de demonio son una cosa curiosa.

–Para nosotros, quienes lo amamos, es un poco más que curioso, –dijo Mai. Su barbilla estaba levantada y Will recordó lo que le había dicho una vez, que se parecía a Boadicea. Era valiente y la adoraba por eso, incluso cuando eso era usado en defensa de su amor por alguien más.

–¿Por qué han venido a mí con esto? –La voz de Magnus era serena.

–Nos ayudaste antes, –dijo Mai. –Pensamos que quizás podrías ayudarnos otra vez. Ayudaste con De Quincey… y a Will, con su maldición…

–No estoy a su disposición inmediata, –dijo Magnus. –Ayudé con De Quincey porque Camille me lo pidió, y a Will una vez, porque me ofreció un favor a cambio. Soy un brujo. No sirvo a los Cazadores de Sombras gratuitamente.

–Y yo no soy una Cazadora de Sombras, –dijo Mai.

Hubo un silencio. Entonces:–Mmm, –dijo Magnus, y se alejó del fuego. –¿Tengo entendido Mai, que debo felicitarte?

–Yo…

–Por tu compromiso con James Carstairs.

–Oh. –Ella se ruborizó, y puso su mano en su garganta donde siempre tenía el collar de la madre de Jem, su regalo para ella. –Sí. Gracias.

Will sintió más que vió, los ojos de Woolsey sobre los tres – Magnus, Mai y él mismo– pasando de uno al otro, la mente detrás de los ojos examinando, deduciendo, disfrutando.

Los hombros de Will se tensaron. –Estaría feliz de ofrecer lo que sea, –dijo. –Esta vez. Otro favor, o lo que sea que quieras, por el yin fen. Si es un pago, puedo arreglar… es decir, puedo tratar de…

–Podría haberte ayudado antes, –dijo Magnus. “Pero esto… –suspiró. –Piensen, ustedes dos. Si alguien está comprando todo el yin fen en el país, entonces es alguien que tiene motivos. ¿Y quién tiene un motivo para hacer eso?

–Mortmain, –susurró Mai antes que Will pudiera decirlo. Aún recordaba su propia voz:

–Los subordinados de Mortmain han estado comprando todo el suministro de yin fen en el East End. Lo confirmé. Si te fueras a quedar sin suministros y él fuera el único que lo tuviera…

–Estaríamos en su poder, –dijo Jem. –A menos que estés dispuesto a dejarme morir, por supuesto, el cual sería un plan de acción sensato.

Pero con el suficiente yin fen para durarles doce meses, Will pensó que no habría peligro. Había pensado que Mortmain encontraría otra manera de mortificarlos y torturarlos, seguramente vería que este plan no podría funcionar. Will no había esperado que el suministro de un año de la droga se fuera en ocho semanas.

–No quieres ayudarnos, –dijo Will. –No quieres ponerte a ti mismo en una posición que te vuelva enemigo de Mortmain.”

–Bueno, ¿pueden culparlo? –Woolsey se puso de pie en un revo leo de seda amarilla. –¿Qué podrías tener para ofrecerle que hiciera que el riesgo valiera la pena para él?

–Te daré lo que sea, –dijo Mai en una voz baja que Will sintió en los huesos. –Cualquier cosa, si puedes ayudarnos a ayudar a Jem.

Magnus agarró un puñado de su cabello negro. –Dios, ustedes dos. Puedo hacer consultas. Rastrear más en las rutas inusuales. La vieja Molly…

–Ya he estado con ella, –dijo Will. –Algo la asustó tanto que ni siquiera salió de su tumba.

Woolsey se burló. –¿Y eso no te dice nada, pequeño Cazador de Sombras? ¿Realmente vale la pena todo esto, simplemente para prolongar la vida de su amigo por otros pocos meses, otro año? Va a morir de todos modos. Y entre más pronto muera, más pronto puedes tener a su prometida, de la que estás enamorado. –Cortó su mirada divertida hacia Mai. –En serio, debes estar contando con gran expectación los días hasta que él expire.

Will no supo que pasó después de eso; todo se puso de pronto muy blanco y el monóculo de Woolsey estaba volando a través de la habitación. La cabeza de Will golpeó algo dolorosamente y el licántropo estaba debajo de él, pateando y maldiciendo, y estaban rodando por toda la alfombra, y luego hubo un dolor agudo en su muñeca en donde Woolsey le había clavado las garras. El dolor le aclaró la cabeza, y fue consciente de que Woolsey estaba clavándolo en el suelo, sus ojos se habían puesto amarillos y tenía los dientes descubiertos tan filosos como dagas, listos para morder.

–Deténganse. ¡Deténganse! –Mai, junto al fuego había cogido un atizador; Will se atragantó y puso una mano en el rostro de Woolsey, alejándolo. Éste gritó, y de pronto el peso se había quitado del pecho de Will; Magnus había levantado al licántropo y lo había lanzado a otro lado. Entonces las manos de Magnus se cerraron en puños en la chaqueta de Will, y éste se encontró a sí mismo siendo arrastrado fuera de la habitación, con Woolsey mirándolos, con una mano en su cara en donde el anillo de plata de Will le había quemado la mejilla.

–Suéltame. ¡Suéltame! –Will se removió, pero el agarre de Magnus era firme como el acero. Encaminó a Will por el corredor hacia una biblioteca medio iluminada. Will se liberó justo cuando Magnus lo soltó, resultando en un tropiezo poco elegante que lo mandó a tropicones contra el respaldo de un sofá de terciopelo rojo. –No puedo dejar a Mai sola con Woolsey…

–Su virtud está difícilmente en peligro con él, –dijo Magnus secamente. –Woolsey se comportará, lo que es más de lo que puedo decir de ti.

Will se volvió lentamente, goteando sangre de la cara. –Me estás mirando con saña, –le dijo a Magnus. –Te ves como Iglesia justo antes de morder a alguien.

Buscar pelea con el líder del Praetor Lupus, –dijo Magnus amargamente. –Sabes lo que te haría su manada si tuvieran una excusa. Quieres morir, ¿no es así?

–No quiero, –dijo Will, incluso sorprendiéndose un poco él mismo.

–Ni siquiera sé por qué te ayudé.

–Te gustan las cosas rotas.

Magnus dio dos pasos por la habitación y cogió el rostro de Will entre sus largos dedos, forzando su barbilla a alzarse. –No eres Sydney Carton, –le dijo. –¿Qué bien te haría el morir por James Carstairs, cuando él se está muriendo de cualquier manera?

–Porque si lo salvo, entonces vale la pena…

–¡Dios! –Los ojos de Magnus se estrecharon. –¿Qué cosa vale la pena? ¿Qué cosa posiblemente valdría la pena?

–¡Todo lo que he perdido! –gritó Will. –¡Mai!

Magnus dejó caer la mano del rostro de Will. Dio bastantes pasos hacia atrás e inhaló y exhaló lentamente como si contara mentalmente hasta diez. –Lo siento, –dijo finalmente. –Sobre lo que dijo Woolsey.

–Si Jem muere, no puedo estar con Mai, –dijo Will. –Porque sería como si estuviera esperando a que muriera, o como si me diera alegría su muerte, si eso me permite tenerla. Y no seré esa persona. No obtendré beneficio de su muerte. Entonces, él debe vivir. –Bajó su brazo, con la manga manchada de sangre. –Es la única forma de que esto signifique algo. De otro modo es simplemente…

–¿Algo sin sentido, dolor y sufrimiento innecesarios? No creo que ayude si te digo que ese es el modo en que es la vida. El bueno sufre, el malo florece, y todo lo que es mortal se muere.

–Quiero más que eso, –dijo Will. –Tú me hiciste querer más que eso. Me mostraste que solo estaba maldito por que había elegido creerlo así. Me dijiste que había posibilidad, sentido. Y ahora quieres echarte atrás en lo que tú creaste.

Magnus se rió cortamente. –Eres incorregible.

–He oído eso. –Will se alejó del sofá con un gesto de dolor. –¿Me ayudarás entonces?

–Te ayudaré. –Magnus rebuscó en el frente de su camisa y sacó algo que colgaba de una cadena, algo que brillaba con una luz ligeramente roja. Una piedra cuadrada de color rojo. –Toma esto.

– Lo puso en la mano de Will. Éste lo miró con confusión.

–Esto era de Camille.

–Se lo di como regalo, –dijo Magnus, con un amargo gesto en un lado de su boca. –Ella regresó todos mis regalos el mes pasado. Puedes quedártelo. Avisa cuando los demonios están cerca. Puede que funcione cerca de esas creaciones mecánicas de Mortmain.

–‘El amor verdadero no puede morir,’ –dijo Will, traduciendo la inscripción en el reverso, a la luz del corredor. –No puedo usar esto, Magnus. Es demasiado bonito para un hombre.

–Así como tú. Ve a casa y aséate. Te llamaré tan pronto como tenga información. –Miró a Will intensamente. –Mientras tanto, haz lo mejor que puedas para ser digno de mi ayuda.

***

–Si se me acerca, le golpearé en la cabeza con este atizador, – dijo Mai interponiendo el instrumento de la chimenea entre ella misma y Woolsey Scott como si fuera una espada.

–No tengo duda de que lo harías, –dijo mirándola con una clase de renuente respeto, mientras se limpiaba la sangre de la barbilla con un pañuelo con monogramas. Will había estado sangrando también, su propia sangre y la de Woolsey; él sin duda estaba ahora en otra habitación con Magnus, dejando regada más sangre por todos lados. A Will nunca le preocupaba el orden, e incluso aún menos cuando estaba emocional. –Veo que has comenzado a ser como ellos, los Cazadores de Sombras a los que adoras tanto. ¿Qué es lo que te ha poseído para comprometerte con uno de ellos? Y con uno moribundo para el caso.

Ardió furia en Mai y consideró golpear a Woolsey con el atizador se acercara a ella o no. Aunque se había movido horriblemente rápido mientras peleaba con Will, y ella no confiaba en sus posibilidades.

–Usted no conoce a James Carstairs. No hable de él.

–Lo amas, ¿no es así? –Woolsey se las arregló para hacer que sonara como algo desagradable. –Pero amas a Will también.

Mai se congeló por dentro. Había sabido que Magnus sabía del afecto de Will hacia ella, pero la idea de que lo que ella sentía por él estuviera escrito en su cara era demasiado aterrador para contemplarlo. –Eso no es cierto.

–Mentirosa, –dijo Woolsey. –En serio, ¿cuál es la diferencia si uno de los dos muere? Siempre tendrías una buena segunda opción.

Mai pensó en Jem, en la forma de su rostro, sus ojos cerrados en concentración mientras tocaba el violín, la curva de su boca cuando sonreía, sus dedos cuidadosos sobre los de ella… cada línea de él inexpresablemente amada para ella. –Si tuviera dos hijos, –dijo ella, –¿Diría que está bien si uno de ellos muere, por que aún tiene al otro?

–Uno puede amar a dos hijos. Pero tu corazón puede ser dado en amor romántico únicamente a uno solo, –dijo Woolsey. –Esa es la naturaleza de Eros, ¿verdad? Así lo dicen las novelas, aunque no tengo experiencia en eso por mí mismo.

–He llegado a entender algo sobre las novelas, –dijo Mai.

–¿Y qué es?

–Que no son ciertas.

Woolsey arqueó una ceja. –Eres una cosa divertida, –dijo. –Diría que veo lo que esos chicos ven en ti, pero… –Se encogió de hombros. Su camisón amarillo tenía una larga y sangrienta rasgadura ahora. –Las mujeres no son algo que yo haya entendido alguna vez.

–¿Qué encuentra misterioso sobre ellas, señor?

–Cuál es su punto, principalmente.

–Bueno, debió tener una madre, –dijo Mai.

–Alguien que me parió, sí –dijo Woolsey sin mucho entusiasmo. –La recuerdo poco.

–Quizás, pero no existiría sin una mujer, ¿o sí? A pesar del poco uso que pueda encontrarnos, nosotras somos más inteligentes, más determinadas y más pacientes que los hombres. Los hombres puede que sean más fuertes, pero son las mujeres las que resistimos.

–¿Es lo que estás haciendo? ¿Resistir? Seguramente una mujer comprometida debería estar más feliz. –Sus ojos claros la inspeccionaron. –Un corazón dividido en contra de sí mismo no puede sostenerse, como dicen. Los amas a ambos, y te parte en dos.

–Casa, –dijo Mai.

Él levantó una ceja. –¿Qué cosa?

Una casa dividida en contra de sí misma no puede sostenerse. No un corazón. Quizás no debería intentar hacer citas si no puede decirlas correctamente.

–Y quizás deberías dejar de auto compadecerte, –dijo. –La mayoría de las personas son afortunadas de tener si acaso un gran amor en su vida. Tú has encontrado a dos.

–Lo dice el hombre que no tiene ninguno.

–¡Oh! –Woolsey se tambaleó hacia atrás con una mano contra el corazón, fingiendo un desmayo burlón. –La paloma tiene dientes. Muy bien, si no deseas discutir asuntos personales, ¿entonces quizás algo más general? ¿Tu propia naturaleza? Magnus parece convencido de que eres una bruja, pero yo no estoy muy seguro. Creo que debe haber algo de sangre de hadas en ti, porque, ¿Qué es la magia de cambiar de forma, si no es una magia de ilusión? ¿Y quiénes son los maestros de la magia y la ilusión si no es el Pueblo de las Hadas?

Mai pensó en el hada de cabello azul en la fiesta de Benedict quien decía haber conocido a su madre, y su aliento se le atoró en la garganta. De cualquier modo, antes de que pudiera decir otra palabra a Woolsey, Magnus y Will volvieron por la puerta. Will cómo había previsto, estaba tan sangriento como antes, y con una mirada de odio. Miró de Mai a Woolsey y se rió cortamente. –Supongo que tenías razón, Magnus, –dijo él. –Mai no está en ningún peligro con él. No podría decirse lo mismo al revés.

–Mai, querida, baja el atizador, –dijo Magnus, sosteniendo su mano. –Woolsey puede ser amenazante, pero hay mejores maneras de controlar sus estados de ánimo.

Con una última mirada fulminante hacia Woolsey, Mai le tendió el atizador a Magnus. Fue a recoger sus guantes, y el abrigo de Will, y entonces hubo un movimiento rápido y voces y escuchó a Woolsey reír. Apenas estaba prestando atención; estaba demasiado enfocada en Will. Podía descifrar por la mirada en su rostro que lo que fuera que él y Magnus se habían dicho el uno al otro en privado, no había resuelto el problema de las drogas de Jem. Se veía embrujado, y un poco moribundo, la sangre como pecas en sus altos pómulos solo hacía que el azul de sus ojos fuera más sorprendente.

Magnus los condujo desde la sala de estar hacia la puerta principal, donde el aire frío golpeó a Mai como una ola. Ella se puso los guantes y asintió en despedida hacia Magnus, quien cerró la puerta dejándolos a los dos en la noche.

El Támesis brillaba más allá de los árboles, el camino y el Embarcadero, y las lámparas de gas en Battersea Bridge brillaban en el agua, una escena nocturna en azul y oro. La sombra del carruaje era visible debajo de los árboles junto a la reja. Sobre ellos la luna aparecía y desaparecía entre bancos de nubes de grises en movimiento.

Will estaba completamente quieto. –Mai, –dijo.

Su voz sonaba peculiar, extraña y ahogada. Mai caminó rápido para pararse junto a él, mirando hacia su rostro. El rostro de Will cambiaba tan a menudo como la misma luz de la luna; nunca había visto que su expresión fuera tan quieta. –¿Dijo que ayudaría? –susurró. –¿Magnus?

–Lo intentará, pero… la forma en que me miraba… él siente pena por mí, Mai. Eso quiere decir que no hay esperanza, ¿cierto? Si incluso Magnus piensa que el esfuerzo está condenado al fracaso, no hay más que yo pueda hacer, ¿o sí?”

Ella puso una mano sobre su brazo. Él no se movió. Era tan peculiar, estar así de cerca, la sensación familiar y la presencia de él, cuando por meses se habían evitado el uno al otro, y apenas se habían hablado. Él no quería mirarla a los ojos. Y ahora estaba ahí, oliendo a jabón, a lluvia, a sangre y a Will… –Has hecho tanto, –susurró ella. –Magnus tratará de ayudar, y nosotros seguiremos buscando, y algo puede salir a la luz. No puedes abandonar la esperanza.

–Lo sé. Lo sé. Y aun así siento tal terror en mi corazón, como si fuera la última hora de mi vida. He sentido desesperanza antes, Mai, pero nunca tal temor. Y aun así, he sabido…siempre he sabido… Que Jem moriría. No lo dijo. Eso estaba en medio ellos, sin tener que decirlo.

–¿Quién soy? –susurró. –Por años he pretendido ser otro que no soy, y luego me vanaglorié de que podría regresar a la verdad de mí mismo, solo para descubrir que no hay verdad a la cual regresar. Yo era un niño común y corriente, y luego fui un hombre no muy bueno, y ahora no sé cómo ser ninguna de las dos cosas. No sé quién soy, y cuando Jem se haya ido, no habrá nadie que me lo muestre.

–Yo sé exactamente quién eres. Eres Will Herondale, –fue todo lo que ella dijo, y entonces de pronto los bazos de él la rodearon, poniendo la cabeza sobre su hombro. Ella se congeló al principio por pura sorpresa, y luego cuidadosamente le regresó el abrazo, sosteniéndolo mientras se estremecía. No estaba llorando; esto era algo completamente distinto, una especie de ataque, como si se estuviera ahogando. Sabía que no debería tocarlo, y aun así no podía imaginarse a Jem queriendo que lo alejara en tal momento. No podía ser Jem para él, pensó, no podía ser su brújula que siempre apuntaba al norte, pero si no podía hacer otra cosa, al menos podía hacer su carga un poco más ligera.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Abr 10, 2016 11:53 am

***

–¿Te gustaría tener esta aterradora tabaquera que alguien me dio? Es de plata así que no puedo tocarla, –dijo Woolsey.

Magnus, de pie en el ventanal de la sala de estar, con la cortina echada a un lado sólo lo suficiente para ver a Will y Mai en los escalones del frente, colgados el uno del otro como si sus vidas dependieran de eso, murmuró sin darle importancia en respuesta.

Woolsey rodó los ojos. –Todavía están ahí afuera, ¿verdad?

–Algo así.

–Un desastre, todo ese asunto del amor romántico, –dijo Woolsey. –Es mucho mejor seguir adelante como lo hacemos nosotros. Solo los asuntos físicos.

–Ciertamente. –Will y Mai se habían separado al fin, aunque sus manos seguían unidas. Mai parecía estar convenciendo a Will de que bajara los escalones. –¿Piensas que te habrías casado si no hubieras tenido sobrinos que continuaran con el nombre de la familia?

–Supongo que habría tenido que hacerlo. ¡Llora Dios por Inglaterra, Harry, San Jorge y el Praetor Lupus! –Woolsey se rió; se había servido él mismo una copa de vino tinto de la garrafa en el aparador, y lo giró ahora, mirando sus cambiantes profundidades. –Le diste a Will el collar de Camille, –observó.

–¿Cómo lo sabes? –La mente de Magnus estaba solo a medias en la conversación; la otra mitad estaba observando a Will y Mai caminar hacia su carruaje. De algún modo, a pesar de la diferencia de estatura y constitución, parecía ser ella en quién él se reclinaba.

–Estabas usándolo cuando saliste de la habitación con él, pero ya no cuando regresaste. ¿Supongo que no le dijiste lo que vale? ¿Que está usando un rubí que cuesta más que el Instituto?

–Yo no lo quería, –dijo Magnus.

–¿Un trágico recordatorio del amor perdido?

–No hacía juego con mi complexión. –Will y Mai estaban en el carruaje ahora, y su conductor estaba azotando las riendas. –¿Piensas que hay una oportunidad para él?

–¿Una oportunidad para quién?

–Will Herondale. De que sea feliz.

Woolsey suspiró con desgano y dejó su copa.–¿Hay una posibilidad de que tú seas feliz si él no lo es?

Magnus no dijo nada. –¿Estás enamorado de él? –preguntó Woolsey. Todo curiosidad, sin celos. Magnus se preguntó, cómo sería el tener un corazón de esa manera, o más bien no tener un corazón en absoluto.

–No, –dijo Magnus. –Me he preguntado eso, pero no. Es algo más. Siento que se lo debo. He escuchado decir que cuando salvas una vida, eres responsable por esa vida. Me siento responsable por ese muchacho. Si él nunca encuentra la felicidad, sentiré que le he fallado. Si no puede tener a la chica que ama, sentiré que le he fallado. Si no puedo conservar a su parabatai para él, sentiré que le he fallado.

–Entonces le fallarás, –dijo Woolsey. –Mientras tanto, mientras estás lloriqueando y buscando yin fen, creo me iré de viaje. A ver el campo. La ciudad me deprime en invierno.

–Has como te plazca. – Magnus dejó que la cortina cayera de nuevo, bloqueando la vista del carruaje de Will y Mai mientras éste salía del campo de visión.

Para: Cónsul Josiah Wayland

Del: Inquisidor Victor Whitelaw

Josiah,

Estuve profundamente preocupado al escuchar sobre tu carta al Consejo en el tema de Charlotte Branwell. Como viejos conocidos, esperaba que quizás pudieras hablar más libremente conmigo de como lo has hecho con ellos. ¿Hay algún asunto referente a ella que te afecte? Su padre era amigo de ambos, y no he sabido que ella hiciera algo deshonroso.

Tuyo en la preocupación,

Victor Whitelaw.

6

Deja la Oscuridad

Deja que el Amor abrace al Dolor sean ambos ahogados,
Deja que la oscuridad mantenga su brillo negro
Ah, más dulce para embriagarse con la pérdida,
Para bailar con la muerte, para vencer a la tierra,

—Alfred, Lord Tennyson, “In Memoriam A.H.H.”

Para: Inquisidor Víctor Whitelaw

De: Consul Josiah Wayland

Es con cierta inquietud que escribo esta carta a ti, Víctor, por todo lo que nos hemos conocido durante algunos años. Me siento un poco como la profetisa Casandra, condenada a conocer la verdad y no tener a nadie le cree. Tal vez es mi pecado de soberbia, que puso Charlotte Branwell en el lugar que ahora ocupa y de la que ella me atormenta.

Su ataque hacia mi autoridad es constante, me temo que la inestabilidad que va a causar en la Clave sea grave. Lo que debería haber sido un desastre para ella—la revelación de que albergaba espías bajo su techo, la complicidad de la joven Lovelace en los esquemas del Magister ha sido refundida como un triunfo. El Enclave aclama a los habitantes del Instituto como los que descubrieron al Magister y lo han asolado desde Londres. El hecho de que no se ha visto o escuchado en los pasados meses se ha puesto a buen juicio de Charlotte y no se ve, como sospecho que es, como una táctica de retirada y el reagrupamiento de su parte.

Aunque yo soy el cónsul y dirijo a la Clave, me parece muy importante para mí que este será recordado como el momento de Charlotte Branwell, y que mi legado se perderá.

Para: Inquisidor Víctor Whitelaw

De: Consul Josiah Wayland

Víctor,

Mientras que su preocupación es muy apreciada, no tengo ninguna ansiedad con respecto a Charlotte Branwell que no toqué en mi carta al Consejo.

Puede usted tomar el corazón en la fuerza del ángel en estos tiempos difíciles,

Josiah Wayland.

***

El desayuno era en un principio un asunto tranquilo. Gideon y Gabriel descendían juntos, ambos serios, Gabriel apenas decía una palabra, aparte de pedirle a Henry que pasara la mantequilla. Cecily se había colocado en el otro extremo de la mesa y estaba leyendo un libro mientras comía; Mai anhelaba ver el título, pero Cecily había puesto el libro en un ángulo tal que no era visible. Will, al otro lado de Mai, tenía las oscuras sombras de insomnio bajo sus ojos, un recuerdo de su noche llena de acontecimientos, Mai se metió en ella sin entusiasmo ante su kedgeree*, en silencio hasta que la puerta se abrió y entró Jem.

Ella lo miró con sorpresa y una sacudida de placer. No parecía inusualmente enfermo, soló cansado y pálido. Se deslizó con gracia en el asiento a su lado. –Buenos días.

–Te ves mucho mejor, Jemmy, –observó Charlotte con deleite.

¿Jemmy? Mai miró a Jem con diversión, él se encogió de hombros y le dirigió una sonrisa humilde.

Ella miró al otro lado de la mesa y se encontró mirando a Will. Su mirada se apartó de él, sólo por un momento, una pregunta en sus ojos. ¿Había alguna posibilidad que de alguna manera hubiese encontrado alguna sustitución yin fen en el tiempo entre volver a casa y esta mañana? Pero no, él parecía tan sorprendido como ella.

–Yo estoy, bien, –dijo Jem. –Los Hermanos Silenciosos fueron de gran ayuda. –Llegó a servirse una taza de té, y Mai vio los huesos y tendones moverse en su delgada muñeca, penosamente visible. Cuando bajó el tarro, ella cogió su mano debajo de la mesa, y él la estrechó. Sus delgados dedos sobre la herida de ella para tranquilizarla.

La voz de Bridget salió flotando desde la cocina.

–Frío sopla el viento esta noche, querido, Fría son las gotas de lluvia;

El primer amor que nunca tuve

En Greenwood fue asesinado.

Voy a hacer todo por mi querido

Como cualquier mujer joven puede;

Voy a sentarme y llorar en su tumba

Por doce meses y un día.

–Por el Ángel, ella es deprimente, –dijo Henry, dejando su diario directamente en su plato y haciendo que el borde de absorba la yema de huevo. Charlotte abrió la boca como si fuera a objetar, y volvió a cerrarla. –Todo es angustia, muerte y amor no correspondido.

–Bueno, eso es de lo que la mayoría de las canciones hablan, –dijo Will. –El amor correspondido es ideal, pero no hace mucho de una balada.

Jem levantó la vista, pero antes de que pudiera decir nada, una gran reverberación sonaba a través del Instituto. Mai estaba lo suficientemente familiarizada con su casa de Londres ahora para reconocerlo como el sonido del timbre de la puerta. Todos miraron hacia abajo de la mesa al mismo tiempo que Charlotte, como si sus cabezas estuvieran montadas sobre resortes.

Charlotte, viéndose sorprendida, dejó el tenedor. –Oh, querida, –dijo ella. –Hay algo que había querido decirle todo,pero.

–¿Señora? –Era Sophie, a la deriva en la habitación con una bandeja en la mano. Mai no podía dejar de notar que a pesar de Gideon estaba mirándola, ella parecía estar deliberadamente evitando su mirada, sus mejillas se pican un poco.

–El Cónsul Wayland está abajo solicitando hablar con usted.

Charlotte tomó el papel doblado de la bandeja, lo miró, suspiró y dijo: –Muy bien. Enviarlo arriba.

Sophie desapareció en un remolino de faldas.¿Charlotte? –Henry parecía perplejo. – ¿Qué está pasando?

–Así es. –Will dejó estrepitosamente sus cubiertos en el plato. –¿El cónsul? ¿Interrumpiendo nuestra hora del desayuno? ¿Qué será lo siguiente? ¿El inquisidor a tomar el té? ¿Días de campo con los Hermanos Silenciosos?

–Pasteles de pato en el parque, –dijo Jem en voz baja, y él y Will sonrieron el uno al otro, sólo un instante, antes de que la puerta se abrió y el Cónsul barriera.

El cónsul Wayland era un hombre corpulento, de pecho ancho y gruesa armada, y el estado de las túnicas del cónsul siempre parecían colgar un poco torpe de sus anchos hombros. Era rubio barbudo como un vikingo, y un momento su expresión era tormentosa. –Charlotte, –dijo sin preámbulos. –Estoy aquí para hablar contigo acerca de Benedict Lightwood.

Hubo un murmullo tenue; los dedos de Gabriel se habían cerrado sobre el mantel. Gideon puso una mano ligeramente sobre la muñeca de su hermano, calmándolo, pero el Cónsul ya estaba mirándolo. –Gabriel, –dijo. –Había pensado que podría ir con los Blackthorn con tu hermana.

Gabriel apretó los dedos en el asa de su taza de té. –Están muy inmersos en su duelo por Rupert, –dijo. –No pensé que ahora fuera el momento de entrometerse.

–Bueno, tú estás de duelo por tu padre, ¿no es así?, –Dijo el cónsul. –El dolor compartido disminuye, dicen.

–Cónsul, –comenzó Gideon, lanzando una mirada de preocupación a su hermano.

–Aunque tal vez sería más bien difícil hospedarse con su hermana, teniendo en cuenta que ella ha presentado una denuncia en tu contra por asesinato.

Gabriel hizo un ruido como si alguien hubiera derramado agua hirviendo sobre él. Gideon arrojó su servilleta y se levantó. –¿Tatiana hizo qué?, –exigió.

–Ya me has oído, – dijo el cónsul.

–No fue un asesinato, –dijo Jem.

–Como digas, –dijo el cónsul. –Se me informó que así fue.

–¿Se le informó también que Benedict se había convertido en un gigantesco gusano? –Preguntó Will, y Gabriel lo miró con sorpresa, como si no hubiera esperado a ser defendido por Will.

–Will, por favor, –dijo Charlotte. –Cónsul, se le notificó ayer que Benedict Lightwood se había descubierto estar en las últimas etapas de astriola.

–Me dijeron que había una batalla, y lo mataron, –dijo el cónsul. –Pero lo que he se informó que estaba enfermo de viruela, y que como resultado de ello fue perseguido y asesinado a pesar de no ofrecer ninguna resistencia.

Will, con los ojos sospechosamente brillantes, abrió la boca. Jem se acercó y puso una mano sobre él. –No puedo entender, –dijo Jem, que hablaba sobre las protestas amortiguadas de Will, –¿cómo podía saber que Benedict Lightwood está muerto, pero no a la manera de su muerte. Si no existe un cuerpo que encontrar, era porque se había convertido en demonio más que humano, y se había desvanecido cuando murió, como los demonios hacen. Pero los criados desaparecidos -la muerte del propio marido de Tatiana.

El cónsul parecía cansado. –Tatiana Blackthorn dice que un grupo de cazadores de sombras del Instituto asesinó a su padre y que Rupert fue muerto en la pelea.

–¿Mencionó que su padre se había comido a su marido?, –Preguntó Henry, finalmente levantar la vista de su periódico. –Oh, sí. Se lo comió. Nos dejó sus restos sangrientos en el jardín para que lo encontremos. Había marcas de dientes. Me encanaría saber cómo podría eso haber sido un accidente.

–Me gustaría pensar que contó como ofrecer resistencia, –dijo Will. –Comer a su propio yerno, eso es. Aunque supongo que cada uno tiene sus altercados familiares.

–Tú no estás seriamente sugiriendo eso, –dijo Charlotte, –que el gusano - que Benedict debería haber sido sometido y sujetos, o si, Josiah? ¡Se encontraba en las últimas etapas de la viruela! Se había vuelto loco y se convirtió en un gusano! “

–Él podría haberse convertido en un gusano y luego volverse loco, –dijo Will diplomáticamente.
–No podemos estar completamente seguros.

–Tatiana está muy molesta, –dijo el cónsul. –Ella está considerando exigir retribuciones.

–Entonces voy a pagar. –Era Gabriel, después de haber empujado la silla de la mesa y puesto de pie. –Daré a mi ridícula hermana mi sueldo para el resto de mi vida si ella lo desea, pero no voy a admitir fechorías, no para mí, ni para ninguno de nosotros. Sí, puse una flecha en su ojo. Su ojo. Y lo haría de nuevo. Lo que sea que haya sido esa cosa, ya no era más mi padre.

Hubo un silencio. Incluso el Cónsul no parecía tener unas palabras a mano. Cecily había puesto su libro y miraba fijamente a Gabriel al Cónsul y viceversa. –Le ruego me disculpe, Cónsul, pero lo que sea que Tatiana le esté diciendo, ella no sabe la verdad de la situación, –dijo Gabriel. – Sólo yo estuve allí en la casa con mi padre cuando enfermó. Yo estaba solo con él cuando estaba volviendo loco por los últimos quince días. Finalmente llegué aquí; pidiéndole ayuda a mi hermano, –Gabriel dijo. –Charlotte amablemente me prestó la ayuda de sus cazadores de sombras. Para cuando regresé a casa, lo que había sido mi padre había arrancado el marido de mi hermana aparte. Le aseguro, Cónsul, no había forma en que podría haber salvado a mi padre. Estábamos en una lucha por nuestras vidas.

–Entonces, ¿por qué Tatiana.

–Porque ella está humillada, –dijo Mai. Fueron las primeras palabras que había pronunciado desde que el Cónsul había entrado en la habitación. –Ella me lo dijo a mí. Ella creía que iba a ser una mancha en el nombre de la familia si se sabía de la viruela demoniaca, supongo que ella está tratando de presentar algún tipo de historia alterna con la esperanza de que usted lo repita ante el Consejo. Pero ella no está diciendo la verdad.

–Realmente, Cónsul, –dijo Gideon. –¿Qué tiene más sentido? ¿Que todos corrimos locos y matamos a mi padre, y sus hijos lo están encubriendo, o que Tatiana está mintiendo? Ella nunca piensa las cosas, usted lo sabe.

Gabriel se quedó con la mano en el respaldo de la silla de su hermano. –Si cree que habría cometido parricidio tan a la ligera, no dude en llevarme a la Ciudad Silenciosa a ser cuestionado.

Eso sería probablemente el curso de acción más sensato, –dijo el Cónsul.

Cecily dejó la taza de té con un golpe fuerte que hizo que todo el mundo en la mesa salte.

–Eso no es justo, –dijo. –Él está diciendo la verdad. Todos lo estamos. Usted debe saber eso. El Cónsul le dirigió una larga y mesurada mirada, luego se volvió hacia Charlotte.

–¿Esperaras mi confianza?, –Dijo. –Y aún así oculta sus acciones de mí. Las acciones tienen consecuencias, Charlotte.

–Josiah, te informé de lo que pasó en la casa Lightwood en el momento que todos volvieron y me hube asegurado de que todos estuvieran bien.

–Deberías habérmelo dicho antes, –dijo el Cónsul rotundamente. –En el momento que Gabriel llegó. Esto no fue una misión de rutina. Tal como es, te has dejado en una posición en la que tengo que defenderte, a pesar del hecho de que tú desobedeciste el protocolo y encaminaste esta misión sin la aprobación del Consejo.

–No había tiempo.

–Basta ya, –dijo el cónsul, con una voz que implicaba que era cualquier cosa menos lo suficiente. –Gideon y Gabriel, se vendrán conmigo a la ciudad silenciosa a ser cuestionados. –Charlotte comenzó a protestar, pero el Cónsul alzó una mano. –Tener a Gabriel y Gideon aprobados por los Hermanos es conveniente; evitará cualquier lío y me permite tener la solicitud de Tatiana por indemnizaciones de ser rápidamente despedidos. Ustedes dos. –El Cónsul Wayland se giró hacia los hermanos Lightwood. –Vayan abajo a mi carro y espérenme. Ire mos los tres a la Ciudad Silenciosa, cuando los hermanos terminen con ustedes, si no encuentran nada de interés, le devolveremos aquí.

–Si no encuentran nada, –dijo Gideon en tono de disgusto. Él llevó a su hermano por los hombros y lo condujo fuera de la habitación. A medida Gideon cerró la puerta detrás de ellos, Mai notó algo destellando en su mano. Él llevaba su anillo Lightwood de nuevo.

–Está bien, –dijo el Cónsul, rodeando a Charlotte. –¿Por qué no me dijiste en el mismo momento en que sus Cazadores de Sombras regresaron y le dijeron que Benedict estaba muerto?

Charlotte fijó sus ojos en su té. Su boca se prensó en una línea firme. –Quería proteger a los niños, –dijo. –Quería que ellos tuvieran algunos momentos de paz y tranquilidad. Alguno respiro, después de ver a su padre morir ante sus ojos, ¡antes de empezar a hacer preguntas, Josiah!

–Eso no es todo, –prosiguió el Cónsul, ignorando su expresión. –Los libros y papeles de Benedict. Tatiana nos dijo sobre ellos. Se realizaron búsquedas en su casa, pero sus diarios han desaparecido, su escritorio está vacío. Esta no es su investigación, Charlotte; esos papeles pertenecen a la Clave.

–¿Qué estás buscando en ellos?, –preguntó Henry, moviendo su periódico de su plato. Parecía engañosamente desinteresado en la respuesta, pero había un brillo duro en sus ojos que desmentía su aparente desinterés.

–La información sobre su conexión con Mortmain. Información sobre otros miembros de la Clave que podrían haber tenido una conexión con Mortmain. Pistas sobre el paradero de Mortmain.

–¿Y sus artefactos?, Dijo Henry.

El Cónsul se detuvo a media frase. –¿Sus artefactos?

–Los artefactos Infernales. Su ejército de autómatas. Es un ejército creado con el propósito de destruir a los Cazadores de Sombras, y pretende someterlos contra nosotros. –Charlotte, aparentemente recuperada, dijo mientras dejaba su servilleta. –De hecho, si se observa cada vez más que las incomprensibles notas de Benedict son creíbles, esa era vendrá más pronto que tarde.

–Así que tomó sus notas y diarios. El Inquisidor estaba convencido de ello.

–El Cónsul se frotó el dorso de la mano por los ojos.

–Por supuesto que las tomé. Y, por supuesto que se las voy a entregar. Yo siempre pensé hacerlo. –Eminentemente compuesta, Charlotte cogió la campanilla de plata por su plato y la hizo sonar; Cuando apareció Sophie, le susurró a la muchacha por un momento, y Sophie, con una reverencia al Cónsul, se deslizó fuera de la habitación.

–Deberías haber dejado los papeles donde estaban, de Charlotte. Es el procedimiento, dijo el Cónsul.

–No había ninguna razón para que yo no mirara a ellos.

–Tienes que confiar en mi juicio, y en el de la Ley. La protección de los chicos Lightwood no es una prioridad más alta que descubrir el paradero de Mortmain, Charlotte. No está ejecutando la Clave. Eres parte del Enclave, y me presentará un informe. ¿Está claro?

–Sí, Cónsul, –dijo Charlotte mientras Sophie volvió a entrar en la habitación con un paquete de papeles, que silenciosamente ofrece al cónsul.

–La próxima vez que uno de nuestros estimados miembros se convierte en un gusano y se coma otro miembro estimado, le informaremos de inmediato.

El cónsul tensó la mandíbula. –Tu padre era mi amigo, –dijo. –Confiaba en él, y por eso he confiado en ti. No me haga lamentar haberte nombrado, o apoyarlo en contra de Benedict Lightwood cuando desafió tu cargo.

–Usted estuvo de acuerdo con Benedict!, –Exclamó Charlotte. –Cuando sugirió darme solo un par de semanas para completar una tarea imposible, ¡usted estuvo de acuerdo! ¡No dijo una palabra en mi defensa! Si yo no fuera una mujer, no se habría comportado de esa manera.

–Si no fuera una mujer, –dijo el Cónsul, –no habría que hacerlo.

Y con eso, se fue, en un remolino de ropas oscuras y debidamente chispas de runas. Tan pronto como la puerta se cerró detrás de él que Will susurró: –¿Cómo pudiste darle esos papeles? Necesitamos a los.

Charlotte, que se había hundió en su silla, con los ojos entrecerrados, dijo:–Will, ya he pasado toda la noche copiando las partes pertinentes. Gran parte de ellos eran.

–¿Galimatías? –Jem sugerido.

–¿Pornográfico?, –Dijo Will en el mismo tiempo.

–Podría ser ambas cosas, –dijo Will. –¿Nunca has oído hablar de un galimatías pornográficas antes?

Jem sonrió, y Charlotte se puso el rostro entre las manos.–Fue más lo primero que lo segundo, si quieres saberlo, –dijo ella. –Yo copié todo lo que pude, con la inestimable ayuda de Sophie. –Miró entonces. –Will- es necesario que recuerdes. Esto ya no es nuestra responsabilidad. Mortmain es el problema de la Clave, o por lo menos así es como lo ven. Hubo una época en la que éramos singularmente responsables de Mortmain, pero.

–¡Somos responsables de proteger a Mai! –Dijo Will con una nitidez que sorprendió incluso a Mai. Will palideció un poco cuando se dio cuenta de que todos lo habían mirado con sorpresa, pero fue de todos modos: –Mortmain quiere a Mai, todavía. No podemos imaginar que se haya dado por vencido. Él puede venir con autómatas, que pueden venir con la brujería y el fuego y traición, pero él vendrá.

–Por supuesto que la protegeremos, –dijo Charlotte. –No necesitamos recordatorios, Will. Ella es uno de los nuestros. Y hablando de nuestros... –Ella bajó la mirada hacia su plato. –Jessamine vuelve a nosotros mañana.

–¿Qué? –Will bajó su taza de té, empapando el mantel con los residuos. Había un bullicio en torno a la mesa, aunque sólo Cecily miró con perplejidad, y Mai, después de una inhalación brusca, se quedó en silencio. Estaba recordando la última vez que había visto a Jessamine, en la Ciudad Silenciosa, pálida y con los ojos rojos, llorando y aterrorizada....

–Ella intentó traicionarnos, Charlotte. ¿Y tú simplemente estás permitiendo que vuelva?

–Ella no tiene otra familia, su riqueza ha sido confiscada por la Clave, y además no está un estado apto para vivir por su cuenta. Dos meses de interrogatorio en la Ciudad de Hueso la han dejado casi loca. Yo no creo que ella vaya a ser un peligro para cualquiera de nosotros.

–Ni se nos ocurrió que sería un peligro antes, –dijo Jem, con una voz más fuerte que Mai hubiera esperado de él , –y sin embargo, el curso de acción que tomó casi puso a Mai en manos de Mortmain, y el resto de nosotros en desgracia.

Charlotte negó con la cabeza. –Aquí es necesario un poco de misericordia y compasión. Jessamine no es lo que era antes, como alguno de ustedes sabría si la hubiesen visitado en la Ciudad Silenciosa.

–No tengo ningún deseo de visitar a los traidores, –dijo fríamente Will. –¿Estaba todavía farfullando sobre Mortmain estando en Idris?

–Sí -es por eso que los Hermanos Silenciosos finalmente se rindieron; no podían conseguir sacarle nada con sentido. Ella no tiene secretos, nada de valor que ella sepa. Y ella lo entiende. Ella se siente sin valor. Si pudieras ponerte en sus zapatos.

–Bueno, si ella está desgarrando sus vestiduras, –dijo Jem, con un gesto de una sonrisa hacia su parabatai. –Sabes cuánto le gusta a Jessamine su ropa.

Will le devolvió la sonrisa a regañadientes, pero era real. Charlotte vio a su apertura y se presiona la ventaja. –¡Ni siquiera la reconocerás cuando la veas, eso te lo prometo–, dijo. –Le doy una semana, una semana solamente, y si ninguno de ustedes puede soportar tenerla aquí, voy a hacer arreglos para su transporte a Idris. –Ella empujó su plato. –Y ahora vamos por mis copias de los documentos de Benedict. ¿Quién me va a ayudar?
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Abr 10, 2016 12:18 pm

***

Para: Cónsul Josiah Wayland

Del: El Consejo

Muy señor mío:

Hasta haber recibido su última carta, habíamos pensado nuestra diferencia en el pensamiento sobre el tema de Charlotte Branwell a ser una cuestión de simple opinión. Aunque puede que no haya dado su autorización expresa para la suspensión de Jessamine Lovelace del Instituto, la autorización fue concedida por la Hermandad, que están a cargo de estas cosas. Nos pareció un acto de un corazón generoso para permitir que la niña de nuevo en el único hogar que ha conocido, a pesar de su mala conducta. En cuanto a Woolsey Scott, que dirige el Praetor Lupus, una organización que se ha considerado durante mucho tiempo aliados.

Su sugerencia de que la señora Branwell pudo haber dado oídos a aquellos que no tienen los mejores intereses de la Clave de en sus corazones es profundamente preocupante. Sin pruebas, sin embargo, nos resistimos a seguir adelante con esto como base de información.

En nombre de Raziel,

Los Miembros del Consejo Nephilim.

El carruaje del Cónsul era un landó5* de cinco luces brillante rojo con las cuatro C de la Clave en el lado, tirado por un par de impecables sementales grises. Era un día húmedo, con llovizna débil, y su conductor se sentaba con desplomo en el asiento del frente, casi completamente oculto por un sombrero impermeable y la capa. Con el ceño fruncido el Cónsul, quien no había dicho una sola palabra desde que salieron de el comedor del Instituto, dio paso Gideon y Gabriel en el coche, subiendo después, y asegurando la puerta detrás de ellos.

A medida que el carruaje se alejaba de la iglesia, Gabriel volvió a mirar por la ventana. Había una leve presión quemando detrás de sus ojos y en su estómago. Había ido y venido desde el día anterior, a veces rodando sobre él con tanta fuerza que pensó que podría estar enfermo.

Un gusano gigantesco... la última etapa de astriola... la viruela demoniaca.

Cuando Charlotte y el resto de ellos hizo por primera vez sus acusaciones contra su padre, él no había querido creerlo. La deserción de Gideon había parecido una locura, una traición tan monstruosa que sólo podía explicarse por la locura. Su padre le había prometido que Gideon repensaría sus acciones, que iba a volver a ayudar con el funcionamiento de la casa y el negocio de ser un Lightwood. Pero él no había vuelto, y como en los días se habían vuelto más cortos y oscuros, y Gabriel había visto cada vez menos de su padre, que había empezado a preguntarse primero y luego tener miedo.
 
Benedict fue perseguido y asesinado.

Perseguido y asesinado. Gabriel rodó las palabras en su mente, pero no tenían sentido. Había matado a un monstruo, como se le había entrenado mientras crecía, pero ese monstruo no había sido su padre. Su padre todavía estaba vivo en algún lugar, y en cualquier momento Gabriel miraría por la ventana de la casa y lo vería caminando por el sendero, su largo abrigo gris ondeando al viento, las líneas limpias agudas de su perfil recortado contra el cielo.

–Gabriel. –Era la voz de su hermano, cortando a través de la niebla de la memoria y el sueño. –Gabriel, el Cónsul te hizo una pregunta.

Gabriel levanto la mirada. El cónsul lo miraba, sus oscuros ojos expectantes. El carruaje rodaba a través de Fleet Street, periodistas y abogados y vendedores ambulantes todos corriendo de aquí para allá en el tráfico.

–Le pregunté, –dijo el Cónsul, –cómo estaban disfrutando de la hospitalidad del Instituto.

Gabriel parpadeó. Poco se destacó entre la niebla de los últimos días. Charlotte, poniendo sus brazos alrededor de él. Gideon, lavado de la sangre de sus manos. El rostro de Cecily, como una brillante flor enojada. –Está bien, supongo, –dijo en una voz ronca. –No es mi casa.

–Bueno, la casa Lightwood es magnífica, –dijo el Cónsul. –Construida de sangre y botines, por supuesto.

Gabriel lo miró fijamente, sin comprender. Gideon estaba mirando por la ventana, con una expresión levemente enferma.  –Pensé que quería hablar con nosotros acerca de Tatiana, –dijo.

–Conozco a Tatiana, –dijo el Cónsul. –Ninguno de los sentidos de tu padre y nada de la bondad de su madre. Más bien un mal negocio para ella, me temo. Su solicitud de indemnización será desestimada, por supuesto.

Gideon retorció en su asiento y miró al cónsul con incredulidad. –Si le da tan poco crédito a su cuento, ¿por qué estamos aquí?

–Así podría hablar con ustedes a solas, –dijo el Cónsul. –Usted entiende, cuando entregué por primera vez al Instituto a Charlotte, tenía algunos pensamientos que un toque femenino sería bueno para el lugar. Granville Fairchild fue una de los hombres más estrictos que he conocido, y aunque corría el Instituto, conforme a la Ley, se trataba de un lugar frío y poco acogedor. Aquí, en Londres, la ciudad más grande del mundo, un cazador de sombras no podía sentirse como en casa. –Él se encogió de hombros con fluidez. –Pensé que darle la administración del lugar a Charlotte podría ayudar.

–Charlotte y Henry, –corrigió Gideon.

–Henry es una cifra, –dijo el Cónsul. –Todos sabemos, como dice el refrán, que la yegua gris es el mejor caballo en ese matrimonio. Henry nunca tuvo la intención de interferir, y de hecho no lo hace. Pero tampoco era Charlotte. Ella estaba destinada a ser dócil y obedecer a mis deseos. En eso me ha decepcionado profundamente.

–La apoyó contra nuestro padre, –exclamó Gabriel, e inmediatamente lo lamentó. Gideon le lanzó una mirada sofocada, y Gabriel cruzó las manos enguantadas con fuerza en sus piernas, presionando sus labios.

Las cejas del cónsul subieron. –¿Habrían sido dóciles por su padre?, –Dijo. –Había dos extremos malos, y elegí el mejor de ellos. Todavía tenía esperanzas de controlarla. Pero ahora...

–Señor, –Gideon lo cortó, con su mejor voz amable. –¿Por qué nos está diciendo esto?

–Ah, –dijo el cónsul, mirando por la ventana la lluvia rayada. – Aquí estamos. –Él golpeó la ventanilla del carruaje. –¡Richard! Para el carro en las salas Argenta.

Gabriel echó un vistazo hacia su hermano, quien se encogió de hombros con desconcierto. Las salas Argenta eran una sala de música y notorio club de caballeros en Piccadilly Circus. Damas de mala reputación frecuentaba el lugar, y hubo rumores de que la empresa era propiedad de Subterráneos, y que en algunas noches los «espectáculos de magia» presentaban magia real.–Yo solía venir aquí con su padre, –dijo el C ónsul, una vez que los tres de ellos estaban en la acera. Gideon y Gabriel estaban mirando a través de la llovizna la parte delantera de teatro en lugar de mal gusto italiano que había sido claramente injertado en los edificios más modestos que habían estado allí antes. Contaba con una triple logia y un poco de pintura azul bastante escandaloso. –Una vez que la policía revocó la licencia de la Alhambra porque el gerente había permitido que el cancán se baila en sus locales. Pero entonces, la Alhambra estaba a cargo de los mundanos. Esto es mucho más satisfactorio. ¿Entramos?

Su tono de voz no dejaba lugar para el desacuerdo. Gabriel siguió al Cónsul a través del pórtico de entrada, donde el dinero cambió de manos y un billete fue adquirido por cada uno de ellos. Gabriel miró el billete con cierta perplejidad. Fue en la forma de un anuncio, ¡prometiendo el mejor entretenimiento en Londres! –Proezas de fuerza, –le decía fuera a Gideon mientras se abrían camino por un largo pasillo. –Animales especialmente entrenados, mujeres fuertes, acróbatas, circo, y cantantes cómicos.

Gideon estaba murmurando en voz baja. –Y contorsionistas, –agregó Gabriel brillantemente. –Parece que hay una mujer aquí que pueda poner el pie encima de su.

–Por el Ángel, este lugar es apenas mejor que medio centavo, – dijo Gideon. –Gabriel, no mires nada a menos que te diga que está bien.

Gabriel giro los ojos mientras su hermano se apoderó firme de su codo y lo empujó en lo que era claramente el salón, una gran habitación enorme cuyo techo estaba pintado con reproducciones de los grandes maestros italianos, entre ellos Nacimiento de Venus de Botticelli, ahora en lugar de humo manchado y el peor para el desgaste. Dorados candelabros de gas colgaban de montículos de yeso, llenando la habitación con una luz amarillenta.

Las paredes estaban cubiertas con bancos de terciopelo, en el que figuras oscuras acurrucadas -caballeros, rodeado de damas cuyos vestidos eran demasiado brillante y cuya risa era demasiado fuerte. La música se vierte del escenario en la parte delantera del salón. El cónsul se dirigió hacia ella, sonriendo. Una mujer con un sombrero de copa y frac fue deslizándose arriba y abajo del escenario, cantando una canción titulada “Es travieso, pero es bueno.” Cuando se volvió, sus ojos relampagueaban verde bajo la luz del candelabro de gas.

Hombre Lobo, Gabriel pensó.

–Espérame aquí un momento, muchachos, –dijo el cónsul, y desapareció entre la multitud.

–Adorable, –murmuró Gideon, y tiró más cerca de Gabriel hacia él mientras una mujer con un vestido de satén ajustado al cuerpo fluía entre ellos. Ella olía a ginebra y algo más debajo de ella, algo oscuro y dulce, un poco como el olor de azúcar quemada de James Carstairs.

–¿Quién sabía que el Cónsul era un rastrero?, –Dijo Gabriel. –No podría haber esperado hasta después de llevarnos a la Ciudad Silenciosa?

–Él no nos está llevando a la Ciudad Silenciosa. –Gideon estrechó los labios.

–¿Ah no?

–No seas idiota, Gabriel. Por supuesto que no. Él quiere algo más de nosotros. No sé qué todavía. Él nos trajo aquí para perturbarnos, y él no lo habría hecho si no fuera bastante seguro de que tiene algo más de nosotros que nos impide contar Charlotte o cualquier otra persona en la que he estado.

–Tal vez él se solía venir aquí con Padre.

–Puede ser, pero no es por eso que estamos aquí ahora, –dijo Gi deon con determinación. Él le apretó el brazo de su hermano cuando el Cónsul volvió a aparecer, llevando consigo una botella pequeña de lo que parecía agua de soda, pero lo que Gabriel adivinado probablemente tenían por lo menos un valor de dos peniques de alcohol en ella.

–¿Qué, nada para nosotros?, –Preguntó Gabriel, y se encontró con la mirada de su hermano y una sonrisa amarga del Cónsul. Gabriel se dio cuenta que no tenía idea de si el propio Cónsul tenía una familia, o niños. No era más que el Cónsul.

–¿Ustedes chicos tienen alguna idea, –dijo, –¿de en qué clase de peligro están?

–¿Peligro? ¿De quién, Charlotte? –Gideon sonaba incrédulo.

–No de Charlotte. –El cónsul regresó su mirada hacia ellos. –Tu padre no solo acaba de romper la ley, sino que la ha blasfemado. No se limitó a tratar con los demonios, se acostó entre ellos. Ustedes son los Lightwood -son todo lo que queda de los Lightwood. No tienen ningún primo, tías y tíos. Podría tener a toda su familia golpeada fuera de los registros de los Nefilim y tirarlos a ustedes y su hermana a la calle a pasar hambre o mendigar la vida en medio de los mundanos, y me gustaría estar dentro de los derechos de la Clave y el Consejo para hacerlo. ¿Y quién cree usted que se pondría de pie para usted? ¿Quién hablaría en su defensa?

Gideon se había puesto muy pálido, y sus nudillos, donde agarró el brazo de Gabriel, eran blancos. –Eso no es justo, –dijo. –No lo sabía. Mi hermano confiaba en mi padre. Él no puede ser considerado responsable.

–¿Confiaba en él? Entregó el golpe mortal, ¿no es así?, –Dijo el Cónsul. –Oh, todos ustedes contribuyeron, pero el suyo fue el golpe de  gracia que mató a su padre, que más bien indica que él sabía exactamente lo que su padre era.

Gabriel era consciente de Gideon mirándolo con preocupación. El aire en las salas Argenta estaba caliente y sofocante, robando el aliento. La mujer en el escenario estaba cantando una canción llamada «A lo largo de obligar a una señora» y caminaba arriba y abajo, golpeando el escenario una y otra vez con la punta de un bastón, lo que hizo temblar el suelo. –Los pecados de los padres, niños. Usted puede y va a ser castigado por sus crímenes si lo deseo. ¿Qué vas a hacer, Gideon, mientras que su hermano y Tatiana tienen sus runas quemadas? ¿Va a ponerse de pie y mirar?

La mano derecha de Gabriel se contrajo; estaba seguro de que habría extendió la mano y agarrado al Cónsul de la garganta si Gideon no lo hubiese agarrado a él primero y mantuvo su muñeca.  – ¿ Q u é quiere de nosotros?, –Preguntó Gideon, su voz controlada. –No nos ha traído aquí sólo para amenazarnos, no menos que quiera algo a cambio. Y si era algo que se podía hacer fácilmente o legalmente, lo habría hecho en la Ciudad Silenciosa. –Chico listo, –dijo el cónsul. –Yo quiero que hagan algo por mí. Háganlo, y voy a procurar que, aunque la casa Lightwood pueda ser confiscada, ustedes puedan conserva su honor y su nombre, sus tierras en Idris, y su lugar como Cazadores de Sombras.

–¿Qué quieres que hagamos?

–Me gustaría que ustedes observen a Charlotte. Más específicamente su correspondencia. Díganme qué cartas recibe y envía, especialmente desde y hacia Idris.

–¿Quiere que espiarla? Voz de Gideon era plana.

–No quiero más sorpresas como la de su padre, –dijo el Cónsul. –Ella nunca debió haber mantenido su enfermedad en secreto para mí.

–Ella tenía que hacerlo, –dijo Gideon. –Ha sido una condición del acuerdo que hicieron.

Los labios del cónsul se apretaron. –Charlotte Branwell no tiene derecho a hacer acuerdos de tal alcance sin consultarme. Yo soy su superior. Ella no debe ni puede pasar sobre mi cabeza de esa manera. Ella y ese grupo en el Instituto se comportan como si fueran su propio país que existe en virtud de sus propias leyes. Mira lo que pasó con Jessamine Lovelace. Ella nos traicionó a todos, casi nos destruyo. James Carstairs es un drogadicto moribundo. Esa chica Gray es un mutante o un brujo y no tiene lugar en un Instituto, condenado compromiso ridículo. Y Will Herondale -Will Herondale es un mentiroso y un mocoso malcriado que crecerá y llegará a ser un delincuente, si él crece en absoluto. –El cónsul hizo una pausa, respirando con dificultad. –Charlotte puede llevar ese lugar como un feudo, pero no lo es. Es un Instituto e informa al Cónsul. Y usted también.

–Charlotte no ha hecho nada para merecer semejante traición de mi parte, –dijo Gideon.

El Cónsul señaló con el dedo hacia él. –Eso es exactamente de lo que hablo. Su lealtad no es a ella; no puede ser a ella. Lo es para mí. Debe de ser para mí. ¿Entiende usted eso?

–¿Y si digo que no?

–Entonces, lo pierde todo. Casa, tierras, nombre, linaje, propósito.

–Vamos a hacerlo, –dijo Gabriel, antes de que pudiera volver a hablar de Gideon. –La vamos a observar por usted.

–Gabriel, –comenzó Gideon.

Gabriel se volvió a su hermano. –No, –dijo. –Es demasiado. No quiero ser un mentiroso, eso lo entiendo. Sin embargo, nuestra primera lealtad es con la familia. Los Blackthorns lanzarían a Tati en la calle, y ella no duraría un momento, ella y el niño.

Gideon palideció. –¿Tatiana va a tener un hijo?

A pesar del horror de la situación, Gabriel sintió un destello de satisfacción en saber algo que su hermano no había conocido.
 
–Sí, –dijo. –Tú lo hubieras sabido, si fueras parte de nuestra familia.

Gideon miró a su alrededor como si buscara un rostro familiar, y luego miró de nuevo sin poder hacer nada a su hermano y el Cónsul. –Yo...

El Cónsul Wayland sonrió fríamente a Gabriel y luego a su hermano. –¿Tenemos un acuerdo, caballeros?

Después de un largo momento Gideon asintió. –Vamos a hacerlo.

Gabriel no olvidaría pronto el aspecto que se extendió sobre el rostro del cónsul en eso. Había satisfacción en él, pero no fue ninguna sorpresa. Estaba claro que había esperado nada más, y nada mejor, de los chicos Lightwood.

–¿Biscochos?, –Dijo Mai con incredulidad.

La boca Sophie se contrajo en una sonrisa. Ella cayó de rodillas delante de la parrilla con un trapo y un cubo de agua jabonosa. –Podrías haberme golpeado con un sombrero de tres picos y estaría igual de sorprendida, –confirmó. –Decenas de biscochos. Bajo su cama, todo se ha ido duras como piedras.

–Dios mío, –dijo Mai, deslizándose hacia el borde de la cama y recostado en sus manos. Cuando Sophie se encontraba limpiando su habitación, Mai siempre tenía que contenerse de apresurarse a ayudar a la otra chica con el barril de pólvora o quitar el polvo. Lo había intentado en varias ocasiones, pero después de Sophie se había opuesto a Mai con suavidad pero firmeza, por cuarta vez, lo había dado por vencida.

–¿Y tú estabas enojada?, –Dijo Mai.

–¡Por supuesto que lo estaba! Hacer todo ese trabajo extra para mí, llevando los biscochos arriba y debajo de las escaleras, y luego, ocultándolos así - no es de extrañar si terminamos el otoño con ratones.

Mai asintió, reconociendo el grave problema de potencial de roedores. –¿Pero no es un poco halagador que llego a tales extremos sólo para verte?

Sophie se sentó derecha. –No es halagador. Él no está pensando. Él es un Cazador de Sombras, y yo soy una mundana. Yo no puedo esperar nada de él. En el mejor de los mundos posibles, podría ofrecer a tomarme como una amante mientras él se casa con una joven Cazador de Sombras.

La garganta de Mai se tensó al recordar a Will en el techo, ofreciéndole sólo eso, ofreciendo su vergüenza y desgracia, y lo pequeña que se había sentido, como sin valor. Había sido una mentira, pero el recuerdo todavía tenía dolor. –No, –dijo Sophie, mirando hacia atrás hacia sus manos rojas, ásperas por el trabajo. –Es mejor que nunca entretener idea. De esta manera no habrá decepción.

–Creo que los Lightwood son hombres mejores que eso, ofreció Mai.

Sophie apartó el pelo de su cara, sus dedos tocando ligeramente la cicatriz que dividía su mejilla. –A veces pienso que no hay hombres mejores que eso.

***

Ni Gideon ni de Gabriel hablaron mientras el carro traqueteaba a través de las calles del West End al Instituto. La lluvia caía a cántaros ahora, haciendo sonar ruidosamente el carro de manera que Gabriel dudaba de que alguien lo hubiera oído si hubiera hablado.

Gideon estaba estudiando sus zapatos, y no levantó la vista, hasta que volvieron al Instituto. Como se asomó a la lluvia, el Cónsul llegó a través de Gabriel y abrió la puerta para que pudieran salir.

–Confío en ustedes muchachos, –dijo. –Ahora consigan que Charlotte confié en ustedes también. Y no le digan a nadie de nuestra discusión. Por lo que a esta tarde se refiere, la pasaron con los Hermanos.

Gideon bajó del coche sin decir una palabra, y Gabriel lo siguió. El landó se dio la vuelta y traqueteo en la tarde gris de Londres. El cielo estaba negro y amarillo, la llovizna tan pesada como perdigones de plomo, la niebla tan espesa que apenas podía ver a de Gabriel las puertas del Instituto, ya que se cerró detrás del carro. Desde luego, no vio las manos de su hermano, ya que se lanzó hacia delante, lo agarró por el cuello de la chaqueta y lo arrastró al otro lado del lado del Instituto.

Casi se cayó cuando Gideon lo empujó contra la pared de piedra de la antigua iglesia. Eran cerca de las caballerizas, medio ocultos a la vista por uno de los contrafuertes, pero no protegían de la lluvia. Frías gotas asaltaban la cabeza y el cuello de Gabriel y se deslizó en su camisa. –Gideon, –protestó, resbalando sobre las baldosas de barro.

–Cállate. –Los ojos de Gideon eran enormes y grises en luz tenue, apenas teñida de verde.

–Tienes razón. –Gabriel bajó la voz. –Debemos organizar nuestra historia. Cuando nos pregunten lo que hicimos esta tarde, tenemos que estar en perfecto acuerdo en la respuesta, o no será creíble.

–Dije que te callaras. –Gideon estrelló los hombros de su hermano contra la pared, lo bastante fuerte para que Gabriel dejó escapar un gemido de dolor. –No vamos a decir Charlotte de nuestra conversación con el Cónsul. Pero tampoco vamos a espiarla. Gabriel, eres mi hermano, y te amo. Yo haría cualquier cosa para protegerte. Pero no voy a vender tu alma y la mía.

Gabriel miró a su hermano. La lluvia empapaba el pelo de Gideon y goteaba por el cuello de su abrigo. –Podríamos morir en la calle si nos negamos a hacer lo que dice el Cónsul.

–No voy a mentir a Charlotte, –dijo Gideon.

–Gideon.

–¿Viste la mirada en el rostro del cónsul? –Interrumpió Gideon. –Cuando nos pusimos de acuerdo en espiar para él, en traicionar la generosidad de la casa que nos acoge? Él no estaba en absoluto sorprendido. Nunca tuvo un momento de duda acerca de nosotros. Él espera nada más que la traición de los Lightwood. Ese es nuestro derecho de nacimiento. –Sus manos se apretaron en los brazos de Gabriel. –Hay más en la vida que sobrevivir, –dijo. –Tenemos el honor, somos Nefilim. Si me quita eso, realmente no tengo nada.

–¿Por qué?, –preguntó Gabriel. –¿Por qué estás tan seguro de que el lado de Charlotte es el correcto?

–Debido a que nuestro padre no lo estaba, –dijo Gideon. –Porque conozco a Charlotte. Porque yo he vivido entre estas personas durante meses y son buena gente. Porque Charlotte Branwell ha sido más que amable conmigo. Y Sophie la ama.

–Y tu amas a Sophie. La boca de Gideon se tensó.

–Ella es un mundana y una sirvienta, –dijo Gabriel. –No sé qué esperabas sacándolo a colación, Gideon.

–Nada, –dijo Gideon aproximadamente. –No espero nada. Pero el hecho de que crees que debería demostrar que nuestro padre nos enseñó a creer que debemos hacer las cosas bien solo si obteníamos alguna recompensa como resultado. No voy a traicionar la palabra que le he dado a Charlotte, esa es la situación, Gabriel. Si tu no quiere ser parte de ello, te enviare a vivir con Tatiana y los Blackthorns. Estoy seguro de que ellos te aceptaran. Pero no voy a mentir a Charlotte.

–Sí, lo harás, –dijo Gabriel. –Ambos vamos a mentir a Charlotte. Pero vamos a mentir al Cónsul, también.

Gideón entrecerró los ojos. El agua de lluvia goteaba de sus pestañas. –¿Qué quieres decir?

–Vamos a hacer lo que dice el Cónsul y leer la correspondencia de Charlotte. A continuación, vamos a informarle, pero los informes serán falsos.

–Si vamos a darle informes falsos de todos modos, ¿por qué leer su correspondencia?

–Para saber que no decir, –dijo Gabriel, saboreando la humedad en la boca. Sabía como si hubiera goteado algo amargo y sucio del techo del Instituto. –Para evitar que accidentalmente decirle la verdad.

–Si somos descubiertos, podríamos enfrentarnos a las consecuencias de la máxima gravedad.

Gabriel escupir agua de lluvia. –Entonces, dímelo. ¿Te arriesgarías a graves consecuencias por los habitantes del Instituto, o no? Porque yo-yo estoy haciendo esto por ti, y porque...

–¿Por qué?

–Porque he cometido un error. Yo estaba equivocado acerca de nuestro padre. Yo creía en él, y yo no debería haberlo hecho. Gabriel respiró hondo. –Me equivoqué, y busco deshacer eso, y si hay un precio a pagar, entonces lo voy a pagar.

Gideon lo miró por un largo tiempo. –¿Fue tu plan desde el principio? Cuando accediste a las demandas del Cónsul, en las Salas Argenta, ¿éste era tu plan?

Gabriel apartó la mirada de su hermano, hacia el patio mojado por la lluvia. En su mente podía verlos a ambos, mucho más jóvenes, de pie donde el Támesis atraviesa el borde de la propiedad de la casa, y Gideon le mostraba el camino seguro a través del terreno pantanoso. Su hermano siempre había sido el que le mostrara el camino seguro. Hubo un momento en el que había confiado en sí implícitamente, y él no sabía cuándo había terminado, pero su corazón dolía por él más de lo que le dolía por la pérdida de su padre. –¿Me creerías, dijo con amargura, –si yo te dije que así fue? Porque es la verdad.

Gideon estuvo inmóvil por un largo rato. Entonces Gabriel se vio arrastrado hacia adelante, con el rostro machacado en el abrigo de lana mojada de Gideon, mientras que su hermano lo abrazó con fuerza, murmurando: –Está bien, hermanito. Todo va a estar bien, mientras los sacudía a ambos adelante y atrás bajo la lluvia.

***

A: Los miembros del Consejo

De: Cónsul Josiah Wayland

Muy bien, caballeros. En ese caso, sólo les pido su paciencia, y que no actúen con premura. Si se trata de una prueba que desee, voy a presentar la prueba.

Voy a escribir de nuevo sobre este tema pronto.

En nombre de Raziel y en defensa de su honor,

Josías Cónsul Wayland.

7

Atrévete a desear.

Si se me ofreciera el pasado año otra vez,

Y la elección del bien y del mal

Antes de establecerme,

¿Elegiría el placer con el dolor,

O me atrevería a desear aquello que

Nunca habríamos conocido?

-Augusta, Lady Gregory, “Si se me ofreciera el

pasado año otra vez”

Para: Cónsul Wayland

De: Gabriel y Gideon Lightwood

Querido señor,

Estamos más que agradecidos de que nos haya asignado la tarea de controlar el comportamiento de la señora Branwell. Las mujeres, como sabemos, necesitan ser vigiladas de cerca para que no se extravíen. Nos apena decirle que tenemos impactantes noticias que darle.

El deber más importante de una mujer es el cuidado de su casa, y una de las virtudes femeninas más importante es la fragilidad. La señora Branwell, en cambio, parece adicta a las compras y no se preocupa de nada más que de su vulgar imagen.

Aunque parezca estar vestida simplemente cuando usted viene de visita, nos entristece avisarle de que en su tiempo libre se adorna con las sedas más finas y las joyas más caras. Usted nos lo pidió, y aunque estábamos poco dispuestos a invadir la privacidad de una mujer, lo hicimos. Le daríamos los detalles exactos de su carta a la modista, pero nos daba miedo de que fuera demasiado para usted. Basta con decir, que el dinero gastado en sombreros rivaliza con el precio de una gran finca o un pequeño pueblo. No llegamos a entender porque una mujer pequeña necesita tantos sombreros. Es poco probable que oculte varias cabezas sobre su persona.

Seríamos demasiado caballerosos para comentar el atuendo de una dama, salvo por el perjudicial hecho de que es nuestro deber. Escatima en las necesidades de la casa en el grado más horrible. Todas las noches nos sentamos para cenar gachas mientras ella se sienta chorreando con las joyas y las baratijas. Esto es, como puede concebir, apenas da comida para sus valientes cazadores de sombras. Estamos tan débiles que casi fuimos vencidos por un demonio Behemoth el pasado martes, y claro está que esas criaturas están compuestas principalmente de una sustancia viscosa. En su punto máximo, y mantenidos con buenos víveres, cualquiera de nosotros sería capaz de aplastar bajo el tacón de nuestras botas a una docena de demonios Behemoth a la vez.

Esperamos con ansias que sea capaz de prestarnos asistencia con este problema, y que los gastos de la señora Branwell en sombreros— y otros artículos de ropa femenina que dudamos tengamos la delicadeza de nombrar — serán comprobados.

Suyos sinceramente,

Gideon y Gabriel Lightwood.

–¿Qué es una baratija? –preguntó Gabriel, parpadeando como una lechuza mirando a la carta que él solo había ayudado a componer. En realidad, Gideon había dictado la mayoría de ella; Gabriel simplemente había movido la pluma sobre el papel. Estaba empezando a sospechar que tras la fachada adusta de su hermano yacía olvidado un genio de la comedia.

Gideon hizo un ademán desdeñoso. –No importa. Sella el sobre y vamos a dársela a Cyril para que pueda irse con el correo de la mañana”

***

Habían pasado varios días desde la batalla con el gran gusano, y Cecily estaba en la sala de entrenamiento otra vez. Había empezado a preguntarse si simplemente debería mover su cama  y los otros muebles hasta ese espacio, ya que parecía pasarse la mayoría del tiempo allí. La habitación que Charlotte le había dado estaba casi vacía de decoración o algo que le recordara a casa. No había traído casi nada personal desde Gáles, sin pensar que podría quedarse mucho tiempo.

Aquí al menos en la sala de armas podía sentirse segura. Quizá porque no había ninguna habitación como en la que ella había crecido; era puramente un lugar de cazadores de sombras. No había nada que pudiera hacerla sentir nostálgica. En las paredes colgaban docenas de armas. Su primera lección con Will, cuando él aún gritaba con rabia que ella estaba allí, se había comprometido a memorizar todos sus nombres y para qué servían. Hojas de Katanas de Japón, sables de doble mano, dagas de hoja fina, luceros del alba y mazos, hojas turcas curvadas, ballestas y hondas y pequeñas pipas que escupían agujas envenenadas. Ella lo recordaba escupiendo las palabras como si fueran veneno.

Enfádate tanto como quieras, hermano mayor, había pensado. Puedo fingir querer ser una cazadora de sombras ahora, porque así no te queda otra opción que mantenerme aquí. Pero te demostraré que esta gente no es tu familia. Te llevaré a casa.

Cogió una espada de la pared ahora y la balanceó con cuidado en sus manos. Will le había explicado que el modo de agarrar una espada de dos manos era justo debajo de la caja torácica, apuntando hacia fuera. Las piernas deben estar equilibradas con el mismo peso en ellas, y la espada debería estar oscilada desde los hombros, no desde los brazos, para conseguir la mayor fuerza en el ataque mortal.

Un ataque mortal.Durante muchos años había estado enfadada con su hermano por abandonarlos a todos al unirse a los cazadores de sombras de Londres, por rendirse a lo que su madre había llamado una vida de asesinatos sin sentido, de armas y sangre y muerte. ¿Qué tenían de malo para él las verdes montañas de Gales? ¿Qué le faltaba a su familia? ¿Por qué volverle la espalda al más azul de los azules mares, por algo tan vacío como todo eso?

Y sin embargo aquí estaba ella, eligiendo pasar tiempo a solas en la sala de entrenamientos con la silenciosa colección de armas. El peso de la espada en su mano era reconfortante, casi como si sirviera de barrera entre ella y sus sentimientos.

Will y ella habían vagabundeado por toda la ciudad hacía un par de noches,  desde los fumaderos de opio hasta las salas de juegos y los antros de ifrits, eran como una mancha de color y aromas y luz. Él no había estado exactamente simpático, pero ella sabía que, para Will, permitirle que lo acompañara en tan delicada misión había sido un gesto sincero.

Ella disfrutó su compañía aquella noche. Había sido como volver a tener a su hermano. Pero tan pronto la noche acabó, Will se volvió progresivamente más silencioso, y cuando volvieron al Instituto, él se alejó, claramente deseando estar solo, dejando a Cecily sin nada que hacer excepto volver a su habitación y permanecer despierta mirando el techo hasta que el amanecer viniera.

Había pensado, de algún modo,  cuando había planeado venir aquí, que las cadenas que lo ataban aquí podrían no ser tan fuertes. Los lazos que lo unían a esta gente no podían ser como los lazos de su familia. Pero a medida que la noche se iba y había visto la esperanza de él, y luego su decepción, cuando había preguntado por yin fen en cada nuevo establecimiento y no hubo nadie que tuviera, ella comprendió-oh, se lo habían advertido antes, lo había sabido antes, pero no era lo mismo que entenderlo- que los lazos que lo ataban aquí eran tan fuertes como los lazos de sangre.

Ahora estaba cansada, y aunque agarrara la espada como Will le había enseñado- mano derecha bajo la guardia, mano izquierda en el pomo- se le deslizó del agarre y se inclinó hacia delante, enterrándose con la punta en el suelo. –Oh, querida –dijo una voz desde la puerta. –Me temo que solo podré dar un tres por ese esfuerzo. Un cuatro quizá, si me inclinara a darte un punto extra por practicar el manejo de espada en un vestido para la tarde.

Cecily, quien en realidad no se había molestado en ponerse el equipo, echó la cabeza hacia atrás y se deslumbró con Gabriel Lightwood, que había aparecido en la puerta como una especie de demonio de la perversidad. –Quizá no estoy interesada en su opinión, señor.

–Quizá –Él dio un paso hacia delante dentro de la sala. –El Ángel sabe que tu hermano nunca le ha interesado.

–En lo que estemos unidos, –Cecily remarcó, poniendo la espada libre en el suelo.

–Pero no en muchas cosas. –Gabriel se movió hasta ponerse detrás de ella. Ambos se reflejaban en uno de los espejos de entrenamiento; Gabriel era por una cabeza más alta que ella, y ella podía ver su cara claramente sobre su hombro. Él tenía una de esas extrañas caras de agudos huesos: guapo desde algunos ángulos y peculiarmente interesante de mirar desde otros. Tenía una pequeña cicatriz blanca en la barbilla, como si hubiera sido cortado por una hoja delgada.

–¿Le gustaría que le enseñara como agarrar la espada apropiadamente?

–Si es necesario.

Él no respondió, pero se puso a su alrededor, ajustando su agarre con el pomo.–Nunca querrás sostener la espada apuntando hacia abajo, – dijo él. –Agárrala así- apuntando hacia fuera- de esta forma si tu oponente carga contra ti, se clava contra la espada.

Cecily ajustó el agarre correspondientemente. Su mente estaba corriendo. Había pensado que los cazadores de sombras eran monstruos durante mucho tiempo. Monstruos que habían secuestrado a su hermano, y ella una heroína, cabalgando hasta rescatarlo incluso aunque él no se diera cuenta que necesitaba ser rescatado. Había sido extraño y gradual, darse cuenta lo humanos que ellos eran. Podía sentir el calor saliendo del cuerpo de Gabriel, su respiración moviendo su pelo, y oh, era raro, ser consciente de muchas cosas sobre otra persona: el modo en que se sentían, el roce de su piel, el modo en que olían. –Vi el modo en que luchaste en la Casa Lightwood, – murmuró Gabriel Lightwood.  Sus manos callosas rozaban sobre sus dedos, y Cecily luchó contra un pequeño escalofrío.

–¿Muy mal? –dijo ella, intentando decirlo en tono de broma.

–Con pasión. Están aquellos que luchan porque es su deber y aquellos que luchan porque lo aman. Tú lo amas.

–Yo no –empezó Cecily, pero se vio interrumpida cuando la puerta de la sala de entrenamiento de abrió de golpe con un fuerte ruido.

Era Will, llenando la puerta con su estatura, y el marco con su anchura de hombros. Sus ojos azules estaban tormentosos. –¿Qué estáis haciendo aquí? –demandó.

Hasta aquí la breve paz que habían conseguido la noche anterior. –Estoy practicando, –dijo Cecily. –Me dijiste que no conseguiría ser mejor sin práctica.

–Tú no. Gabriel Lightgusano aquí. –Will hizo un gesto con la barbilla hacia el otro chico. –Lo siento. Lightwood.

Gabriel lentamente desenganchó los brazos de alrededor de Cecily. –Quien sea que haya estado enseñando a tu hermana el manejo de espada ha impartido muy malos hábitos. Simplemente estaba tratando de ayudar.

–Le dije que estaba bien, –dijo Cecily, sin tener idea de por qué estaba defendiendo a Gabriel, salvo que sospechaba que molestaría a Will.

Lo hizo. Sus ojos se entrecerraron. –¿Y te ha dicho él que ha estado esperando la oportunidad de vengarse de mí por lo que él distingue como un insulto hacia su hermana? ¿Y qué el mejor modo de hacerlo es a través de ti?

–Cecily volvió la cabeza para mirar a Gabriel, que tenía una expresión entre molesta y desafío.

–¿Es eso cierto?

Él no le respondió a ella, pero si a Will. –Si vamos a vivir en la misma casa, Herondale, deberíamos tener que aprender a tratarnos cordialmente el uno a otro. ¿No estás de acuerdo?

–Mientras pueda romperte el brazo tan fácilmente como mirarte, no estoy de acuerdo en nada parecido. –Will extendió la mano y arrancó un estoque de la pared. –Ahora fuera de aquí, Gabriel. Y deja a mi hermana en paz.

Con solo una mirada desdeñosa, Gabriel se abrió paso entre Will y salió de la habitación. –¿Eso era absolutamente necesario, Will? –Preguntó Cecily tan pronto como la puerta se cerró tras él.

–Conozco a Gabriel Lightwood y tú no. Te sugiero que me dejes a mí ser quien mejor juzga su carácter. Él desea usarte para herirme.

–¿En serio, no puedes imaginarte que podría tener alguna motivación que no seas tú?

–Lo conozco, –volvió a decir Will. –Se ha demostrado a si mismo que es un mentiroso y un traidor.

–La gente cambia.

–No tanto.

Tú has cambiado, –dijo Cecily, dando zancadas a través de la habitación y soltando la espada en un banco con un estrépito.

–Tú también, –dijo Will, sorprendiéndola. Se volvió hacia él.

–¿Yo he cambiado? ¿Cómo que he cambiado?

–Cuando viniste aquí, –dijo él. –Hablabas una y otra vez sobre conseguir que yo volviera a casa contigo. No te gustaba el entrenamiento. Pretendías otra cosa, podría decirlo. Después dejó de ser “Will, debes ir a casa”, y se convirtió en “Escribe una carta, Will”. Y empezaste a disfrutar el entrenamiento. Gabriel Lightwood es un sinvergüenza, pero tenía razón en una cosa: disfrutaste la pelea con el gusano gigante en la Casa de los Lightwood. La sangre de cazador de sombras es como la pólvora en tus venas, Cecy. Una vez está encendida, no se extingue fácilmente. Permanece mucho más tiempo aquí, y lo más probable es que seas como yo- demasiado enlazada para irte.

Cecily miró de soslayo a su hermano. Su camisa estaba abierta por el cuello, mostrando algo escarlata asomando por el hueco de su garganta. –¿Llevas el colgante de una mujer, Will?

Will puso una mano en su cuello con una mirada asustada, pero antes de que pudiera responder, la puerta de la sala de entrenamientos se abrió una vez más y Sophie estaba ahí, una expresión ansiosa cubría su cara cicatrizada. –Señorito Will, señorita Herondale. –Dijo ella. –Os he estado buscando. Charlotte ha pedido que todo el mundo vaya a la sala de estar. Es una urgencia.

Cecily siempre había sido una niña un poco solitaria. Era difícil no serlo cuando tus hermanos mayores estaban muertos o desaparecidos y no había gente joven de tu edad cercanos que tus padres consideraban adecuada compañía. Había aprendido muy pronto a entretenerse sola con sus propias observaciones de la gente sin compartirlas con nadie, pero que mantuvo para poder sacarlas más tarde y estudiarlas cuando estuviera en soledad.

Los hábitos de toda una vida no habían sido rotos rápidamente, y aunque ya no estaba sola, desde que había ido al Instituto hacía ocho semanas, había hecho de sus habitantes los sujetos de su estudio. Eran cazadores de sombras, después de todo- el enemigo lo primero, y luego, como se hizo cada vez menos su punto de vista, simplemente objetos de su fascinación.

Los examinaba ahora mientras iba a la sala de estar al lado de Will. Primero estaba Charlotte, sentada tras su escritorio. Cecily no había conocido mucho a Charlotte, y sin embargo sabía que Charlotte era del tipo de mujer que sabía mantener la calma incluso bajo presión. Era diminuta pero fuerte, un poco como la propia madre de Cecily, aunque con una menor tendencia a murmurar en galés.

Luego estaba Henry. Podría haber sido el primero de ellos en convencer a Cecily de que aunque los cazadores de sombras eran diferentes, tampoco eran aliens peligrosos. No había nada aterrador en Henry, con sus larguiruchas piernas y ángulos mientras se apoyaba contra el escritorio de Charlotte.

Sus ojos se deslizaron luego hacia Gideon Lightwood, más bajo y rechoncho que su hermano Gideon, cuyos ojos verdes y grises normalmente seguían a Sophie por el Instituto como la esperanza de un perrito. Ella se había preguntado si los otros del Instituto se habían dado cuenta de su fijación en la sirvienta, y qué pensaba Sophie sobre ella.

Y luego estaba Gabriel. Los pensamientos de Cecily que le concernían a él estaban entremezclados y confusos. Sus ojos eran brillantes, su cuerpo tenso como  un resorte en espiral mientras se apoyaba contra el sillón de su hermano. En el sofá de terciopelo oscuro, justo frente a los Lightwood estaba sentado Jem, con Mai a su lado. Él levantó la mirada mientras la puerta se abría y, como siempre hacía, pareció brillar un poco más cuando vio a Will.  Era una cualidad peculiar de ambos, y Cecily se preguntó si era igual para todos los parabatai, o si era un caso único. En cualquier eventualidad, debe ser terrorífico estar enlazado a otra persona, especialmente cuando uno de ellos eera tan frágil como Jem.

Mientras miraba, Mai puso su mano sobre la de Jem y le susurró algo que le hizo sonreír. Mai miró rápidamente a Will, pero él solo atravesó la sala como siempre hacía para apoyarse contra la repisa de la chimenea. Cecily nunca había sabido si él siempre lo hacía porque tenía frío perpetuamente o porque creía que se veía brillante estando ante las llamas saltantes.

Debes estar avergonzado de tu hermano- albergando sentimientos ilícitos por la prometida de su parabatai, le había dicho Will. Si hubiera sido otro, le habría dicho que no tenía sentido guardar secretos. La verdad saldría a la luz, tarde o temprano. Pero en el caso de Will, no estaba tan segura. Tenía la habilidad de años de esconder y fingir ser otra persona. Era un maestro de la actuación.  Si no hubiera sido que ella era su hermana, si no hubiera sido que vio su cara en momentos que Jem no miraba, pensaba que no lo habría adivinado tampoco.

Y luego estaba la horrible verdad de que no tenía que esconder más su secreto. Pero necesitaba esconderlo solo mientras Jem estuviera vivo. Si James Carstairs tan implacablemente amable y bien intencionado, Cecily pensaba, que podría haberlo odiado a favor de su hermano. No solo por casarse con la mujer que Will amaba, sino porque cuando muriera, ella temía que Will no se recuperaría nunca. Pero no puedes culpar a alguien por morir. Por abandonar a propósito, quizá, como su hermano la abandonó a ella y a sus padres, pero no por morir, poder que está sin duda más allá del alcance de cualquier ser humano mortal.

–Me alegro que estéis todos aquí, –dijo Charlotte con la voz tensa que sacó a Cecily de su ensimismamiento. Charlotte miraba seriamente hacia abajo a una fina bandeja de su escritorio, en la cual había una carta abierta y un pequeño paquete envuelto en papel encerado. –He recibido una inquietante parte de la correspondencia. Del Magíster.

–¿De Mortmain? –Mai se inclinó hacia delante, y el ángel mecánico que siempre llevaba sobre el cuello giró libremente, brillando a la luz del fuego. –¿Te ha escrito a ti?

–No para preguntar por tu salud, se supone, –dijo Will. –¿Qué quiere?

Charlotte hizo una respiración profunda. –Les leeré la carta.

Mi querida señora Branwell,

Perdóneme por molestarle en el que debe ser un momento estresante para la familia. Estoy apenado, aunque he de confesar que no sorprendido, de oír la grave indisposición del señor Carstairs.

Creo que es consciente de que soy el feliz poseedor de una gran— podría decir que de toda—parte de la medicina que el señor Carstairs necesita para la continuidad de su buen estado. En consecuencia nos encontramos en una situación muy interesante, que estoy impaciente por resolver por el bien de ambos. Estaría más que encantado de hacer un intercambio: si estáis dispuestos a confiarme a la señorita Gray a mi cuidado, os daré una gran parte de yin fen.

Os envío una muestra de mi buena voluntad. Le ruego me diga su decisión en una carta. Si la secuencia correcta de números que he impreso al final de la carta, son dichas a mi autómata, estoy seguro de recibirla.

Sinceramente suyo,

Axel Mortmain.

–Eso es todo, –dijo Charlotte, doblando la carta por la mitad y volviéndola a poner en la bandeja. –Hay instrucciones sobre cómo invocar al autómata al cual él quiere que le demos nuestra respuesta, y están los números de los que habla, pero no da ninguna pista de su localización.”

Hubo un sorprendido silencio. Cecily, que se había sentado en un pequeño sillón floreado, echó una ojeada a Will y lo vio mirar a lo lejos rápidamente como si quisiera esconder su expresión. Jem palideció, su rostro se volvió del color de la ceniza vieja, y Mai-Mai se sentó muy tiesa, la luz del fuego corría sombras sobre su rostro. –Mortmain me quiere a mí, –dijo ella finalmente, rompiendo el silencio. –A cambio del yin fen de Jem.

–Esto es ridículo, –dijo Jem. –Insostenible. La carta debería ser entregada a la Clave para ver si ellos pueden descubrir algo sobre su localización de ella, pero eso es todo.

–No serán capaces de descubrir nada, dijo Will tranquilamente. –El Magíster nos ha probado una y otra vez que es demasiado inteligente para eso.

–Esto no es inteligente, –dijo Jem. –Es la forma más cruel de chantaje.

–Estoy de acuerdo, –dijo Will. –Digo que cojamos el paquete como una bendición, y un puñado más de yin fen que te ayudará, e ignoremos el resto.

–Mortmain escribió la carta sobre mí, –dijo Mai, interrumpiéndolos a ambos. –La decisión debería ser mía. –Volvió su cuerpo hacia Charlotte. –Iré.

Hubo otro silencio absoluto. Charlotte se veía pálida; Cecily podía sentir sus manos resbaladizas con el sudor en la falda donde se retorcían. Los hermanos Lightwood parecían desesperadamente incómodos. Gabriel parecía como si quisiera estar en cualquier parte menos ahí. Cecily no podía culparlos. La tensión entre Will, Jem y Mai se sentía como un barril de pólvora que solo necesitaba una chispa para que volara hasta el otro mundo.

–No, –dijo Jem finalmente, poniéndose en pie. –Mai, no puedes.

Ella siguió su movimiento, poniéndose en pie también.  –Si puedo. Eres mi prometido. No puedo permitir que mueras cuando podría ayudarte, y Mortmain no dice que me vaya a hacer daño físico.

–¡No sabemos lo que quiere decir! ¡No podemos confiar en él! – dijo Will de repente, y entonces bajó la cabeza, su mano agarrando la manta tan fuertemente que sus dedos se pusieron blancos. Cecily pudo decir que se estaba esforzando por quedarse callado.

–Si tú fueras el que Mortmain quisiera, Will, irías, –dijo Mai, mirando al hermano de Cecily con un significado en sus ojos que no admitía contradicción. Will se acobardó ante sus palabras.

–No, –dijo Jem. –Se lo prohibiría también.

Mai se volvió hacia Jem con la primera expresión de enfado que Cecily jamás había visto en su cara.  –No puedes prohibirme- ni tampoco a Will.

–Si puedo, –dijo Jem. –Por una simple razón. La droga no es una cura, Mai. Solo extiende mi vida. No permitiré que desperdicies tu vida por un retazo de la mía. Si vas a Mortmain, será para nada. No tomaré la droga.

Will alzó la cabeza.  –James.


Última edición por tamalevyrroni el Dom Abr 10, 2016 12:35 pm, editado 1 vez
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Abr 10, 2016 12:24 pm

Pero Mai y Jem se miraban el uno al otro, con los ojos fijos.  –No lo harías, –Aspiró Mai. –No me insultarías lanzándome un sacrificio que hago para ti a la cara.

Jem cruzó la habitación y cogió el paquete-y la carta- del escritorio de Charlotte.  –Preferiría insultarte que perderte, –dijo él, y antes de que alguien intentara pararlo, arrojó ambos objetos al fuego.

La habitación estalló en gritos. Henry se lanzó hacia delante, pero Will ya había caído de rodillas ante la rejilla y metió ambas manos en las llamas.

Cecily salió disparada de su silla.  –¡Will!, –gritó ella y se lanzó sobre su hermano. Lo agarró por los hombros de la chaqueta y lo alejó del fuego. Él cayó hacia atrás, el paquete aún ardiente cayendo de sus manos. Gideon estaba allí un segundo después, pisando las pequeñas llamas, dejando un lío de papel quemado y polvo plateado en la alfombra.

Cecily miró hacia la parrilla. La carta con las instrucciones que decían como convocar al autómata de Mortmain había desaparecido, quemada hasta las cenizas. –Will, –dijo Jem. Parecía enfermo. Se dejó caer de rodillas junto a Cecily, aun sosteniendo los hombros de su hermano, y señalando la estela de su chaqueta. Las manos de Will estaban escarlatas, con pellejo blanco donde las ampollas se estaban ya formando en su piel, y parcheadas de negro con hollín.
 
Su respiración era tirante y áspera en el oído de Cecily- jadeos de dolor, del mismo modo en que había sonado cuando se cayó del tejado cuando él tenía nueve años y se había roto los huesos del brazo izquierdo.  –Byddwch yn iawn* Will, –dijo ella mientras Jem ponía la estela en el antebrazo de su hermano y dibujaba rápidamente. –Estarás bien.

–Will, –dijo Jem, casi en voz baja. –Will, lo siento mucho, lo siento muchísimo. Will.

La tirante respiración de Will era lenta mientras el iratze hacía efecto, su pálida piel volvía a tomar un color normal.  –Aún queda algo de yin fen que he podido salvar, –dijo Will, soltando de nuevo el brazo contra Cecily. Olía a humo y hierro. Ella podía sentir su corazón latiendo a través de su espalda. –Más vale recogerlo antes de que otra cosa.

–Toma. –Era Mai, arrodillándose; Cecily era vagamente consciente de los demás, Charlotte con una mano sobre la boca por la sorpresa. En la mano derecha de Mai había un pañuelo, en el cual quizá hubiera la mitad de un puñado de yin fen, todo lo que Will había podido salvar del fuego. –Toma esto, –dijo ella y lo puso en la mano libre de Jem, la que no sostenía la estela. Él parecía como si le quisiera decir algo a ella, pero ya se había levantado. Totalmente destrozado, la vio irse de la habitación.

–Oh Will. ¿Qué vamos a hacer contigo?

Will se sentó, sintiéndose bastante incongruente en el sillón floreado de la sala de estar, dejando a Charlotte, encaramada en un taburete tras él, poniendo ungüento en sus manos. No duraron mucho heridas, tras tres iratzes, y volvieron a su color normal, pero Charlotte insistió en tratarlas de todas formas.

Los otros se habían ido, menos Cecily y Jem; Cecily sentada a su lado, posada sobre el brazo de su sillón, y Jem se arrodilló en la alfombra quemada, con la estela aun en la mano, muy cerca de Will pero sin tocarlo. Se habían negado a irse, incluso después de que los otros se hubieran ido y Charlotte enviara a Henry al sótano a trabajar. No había nada más que hacer, después de todo. Las instrucciones que decían como contactar con Mortmain habían desaparecido, quemadas hasta las cenizas, y no había más decisiones que tomar.

Charlotte había insistido en que Will se quedara hasta que sus manos estuvieran curadas, y Cecily y Jem se habían negado a dejarlo. Y Will tuvo que admitir que le gustaba, le gustaba tener a su hermana apoyada en el brazo de su sillón, le gustó la mirada protectora que fieramente le había lanzado a todo aquel que se le acercara, incluso a Charlotte, dulce e inofensiva con su ungüento y su cacareo maternal. Y Jem, a sus pies, inclinándose un poco contra su sillón, como hacía siempre que Will estaba siendo vendado por las peleas o usando iratzes por las heridas causadas en las batallas.

–¿Recuerdas aquella vez que Meliorn intentó arrancarte los dientes por llamarle vago de orejas puntiagudas? –dijo Jem. Había tomado un poco del yin fen que Mortmain les había enviado, y había vuelto un poco de color en sus mejillas.

Will sonrió, a pesar de todo; no podía remediarlo. Había sido la única cosa en los últimos años que lo habían hecho sentirse afortunado: el tener a alguien en su vida que lo conocía, que supiera lo que pensaba incluso antes de que lo dijera en voz alta.  –Le habría arrancado los suyos después, –dijo. –Pero cuando fui a buscarlo otra vez, había emigrado a América. Para evitar mi cólera, sin duda.

–Hmph –dijo Charlotte, de la forma que hacía cuando pensaba que Will se creía superior. –Tenía muchos enemigos en Londres, según tengo entendido.

–Dydw I ddim yn gwybod pwy yw unrhyw un o’r bobl yr ydych yn siarad amdano*, –dijo Cecily lastimeramente.

Puedes no saber de quién estamos hablando, pero nadie sabe lo que estás diciendo, –dijo Will, aunque su tono no era de real reprensión. Podía oír el cansancio en su propia voz. La falta de sueño de la noche anterior le estaba cobrando su peaje. –Habla inglés, Cecy.

Charlotte sonrojada, volvió al escritorio, y puso el frasco de ungüento. Cecily tiró de un mechón de pelo de Will.  –Déjame ver tus manos.

Él las levantó. Recordó el fuego, la blanca agonía, y más que otra cosa la mirada sorprendida de Mai. Él sabía que ella entendería porque había tenido que hacer lo que había hecho, por qué no lo había pensado dos veces, pero la mirada de sus ojos- como si su corazón se hubiera roto por él.

Solo deseaba que ella siguiera ahí. Estaba bien estar con Cecily y Jem y Charlotte, estar rodeado de su afecto, pero sin ella siempre habría algo que le faltaba. Una pieza de su corazón con forma de Mai que nunca iba a volver.

Cecily tocó sus dedos, que ahora parecían un poco más normales, aparte del hollín de sus uñas.  –Es bastante sorprendente, –dijo ella, acariciando sus manos suavemente, con cuidado de no desperdigar el ungüento. –Will siempre ha sido propenso a herirse a sí mismo, –añadió ella, en tono de cariño. –No puedo contar las veces que ha padecido la rotura de alguna extremidad cuando éramos niños- los arañazos, las cicatrices.

Jem se inclinó más cerca contra el sillón, mirando el fuego.–Mejor que fueran mis manos, – dijo.

Will sacudió la cabeza. El cansancio estaba silenciando el filo de todo en la sala, difuminando el papel pintado en una sola masa de color oscuro.  –No. Tus manos no. Necesitas las manos para el violín. ¿Para qué necesito yo las mías?

–Debería haber sabido lo que harías, –dijo Jem en voz baja. – Siempre sé que vas a hacer. Debería haber sabido que meterías las manos en el fuego.

–Y yo debería haber sabido que tirarías el paquete, –dijo Will, sin rencor. –Fue- fue una noble locura lo que hiciste. Entiendo por qué lo hiciste.

–Estaba pensando en Mai. –Jem levantó las rodillas y apoyó la barbilla en ellas, luego rio suavemente. –Noble locura. ¿No suele ser esa tu área de especialización? ¿De repente soy yo el que hace ridiculeces y tú me dices que pare?

–Dios, –dijo Will. –¿Cuándo cambiamos los papeles?

La luz del fuego jugaba en el pelo y el rostro de Jem mientras sacudía la cabeza.  –Es algo extraño, estar enamorado, –dijo. –Te cambia.

Will miró a Jem, y lo que sentía, más que celos, más que otra cosa, era un anhelante deseo de compadecer con su mejor amigo, de hablar de los sentimientos que había en su corazón. ¿No eran para ellos los mismos sentimientos? ¿No amaban del mismo modo, a la misma persona? Sin embargo,  –Me gustaría que no te arriesgaras, –fue todo lo que dijo.

Jem se puso en pie.  –Siempre he deseado eso sobre ti.

–Will levantó la vista, tan adormecido por el sueño y el cansancio que daban las runas curativas que solo pudo ver a Jem como una figura aureolada de luz.

–¿Te vas?

–Si, a dormir. –Jem tocó sus dedos ligeramente con la mano curada de Will. –Déjate descansar, Will.

Los ojos de Will estaban cerrados casi a la deriva incluso cuando Jem se volvió para irse. No escuchó la puerta cerrarse tras Jem. En algún lado del pasillo Bridget estaba cantando, su voz se elevaba por encima del crepitar del fuego. Will no lo encontró tan molesto como solía hacerlo, pues era más bien como una nana que su madre le había cantado, para que se durmiera.

“Oh, ¿qué es más brillante que la luz?

¿Qué es más oscuro que la noche?

¿Qué es más afilado que un hacha?

¿Qué es más suave que la cera derretida?

La verdad es más brillante que la luz,

La mentira es más oscura que la noche.

La venganza es más afilada que un hacha,

Y el amor es más suave que la cera derretida.”

–Una canción adivinanza, –dijo Cecily, su voz era somnolienta y medio despierta. –Siempre me gustaron. ¿Recuerdas cuando mamá nos cantaba?

–Un poco, –admitió Will. De estado tan cansado, no lo habría hecho. Su madre siempre había estado cantando, la música llenaba las esquinas de la mansión, cantaba mientas paseaba al lado de las aguas del río Mawddach, o entre los narcisos de los jardines. Llawn yw’r coed o ddail a blode, llawn o goriad merch wyf inne.*

¿Recuerdas el mar?” dijo él, el cansancio hacía su voz pesada. –¿El lago en Tal-y-Llyn? No hay nada en Londres tan azul como cualquiera de esas cosas.

Escuchó como Cecily tomaba una fuerte respiración. –Claro que lo recuerdo. Pensaba que tú no.

Imágenes de sueño se pintaban en el interior de los párpados de Will, el sueño lo alcanzaba como una corriente, tirando de él lejos de la orilla iluminada.  –No creo que  pueda levantarme del sillón, Cecy, –murmuró. – Me quedaré aquí esta noche.

Su mano se acercó, lo sintió, y lo rodeó en un apretón flojo.  –Luego estaré contigo, –dijo ella, y su voz se convirtió en parte de la corriente de sueños y éste lo atrapo finalmente y lo llevó hacia abajo cayendo y cayendo.

***

Para: Gabriel y Gideon Lightwood.

Del: Cónsul Josiah Wayland.

Estaba muy sorprendido de recibir vuestra misiva. No alcanzo a percibir como podría haberlo hecho yo más claro. Deseo que puedan retransmitir los detalles de la correspondencia de la señora Branwell con sus parientes y sus simpatizantes en Idris. Yo no solicité ninguna burla sobre el modista de la mujer. No me preocupo ni por su forma de vestir ni por su menú diario. Les ruego me escriban de nuevo una carta con información relevante. Espero más devotamente una carta más acorde con los cazadores de sombras y menos con las vestimentas.

En nombre de Raziel,

Cónsul Wayland.

5:NT Landó: carruaje de lujo cubierto de cuatro ruedas http://es.wikipedia.org/wiki/ Land%C3%B3.
6:NT Purgatic idiota demoniaco.
7:Bebida caliente inglesa usada desde la época medieval hasta el siglo XIX, cuyo principal ingrediente era la leche. Se añadía a la leche otros ingredientes como el vino o la cerveza o incluso algunas especias. (De Wikipedia)
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Abr 10, 2016 1:10 pm

7

Ese fuego de fuego.

Tú lo llamas esperanza —¡Ese fuego de fuego!

No es más que la agonía del deseo.

—Edgar Allan Poe, “Tamerlane”

Mai se sentó frente a la mesita de su tocador, cepillando su cabello metódicamente. El aire en el exterior estaba frío y húmedo, parecía traer el agua del Támesis, mezclada con metal y la suciedad de la ciudad. Era ese el tipo de clima que la sofocaba normalmente. Enredó el cabello para curvearlo de las puntas. No es que su mente estuviera en su cabello; era simplemente una costumbre repetitiva, el cepillarlo le permitía mantenerse en una especie de tranquilidad y calma.

Veía una y otra vez en su mente como Jem se había sobresaltado mientras Charlotte leía la carta de Mortmain, como Will se quemaba las manos; y la pequeñísima cantidad de Yin Fen que había logrado reunir del suelo. Veía los brazos de Cecily alrededor de Will, y a Jem angustiado mientras se disculpaba con Will, Lo siento, Lo siento.

No podía soportarlo. Habían estado en agonía, ambos, y ella los amaba, a ambos. Sus problemas se debían a ella -ella era lo que Mortmain quería; ella era la causa de que se perdiera el Yin Fen de Jem y también de la miseria de Will. Cuando ella se girara y huyera del cuarto, sería porque no podía estar ahí nunca más. ¿Cómo podían tres per sonas que se preocupaban por los otros de esa manera causarse entre sí tanto daño?

Dejó el cepillo abajo y se miró al espejo. Se veía cansada, con ojeras, justo como Will se veía cuando había estado en la biblioteca ayudando a Charlotte con los papeles de Benedict; traduciendo algunos pasajes del Griego, Latín o Purgatic6*, deslizando la pluma sobre el papel suavemente, con su cabeza doblada. Había sido duro mirar a Will a la luz del día y recordar al chico que la había abrazado como si fuera una balsa salvavidas en medio de una tormenta en las escaleras de la casa de Woolsey. La cara de día de Will no mostraba preocupación, pero tampoco se mostraba atento a recibir; no había sido apático ni frío, pero tampoco la había mirado ni le había sonreído por sobre la mesa de la biblioteca; ni mucho menos, admitido los acontecimientos de la noche anterior.

Quería jalarlo a su lado y preguntarle si escuchó a Magnus decirle: Nadie entiende lo que sientes sino yo, y nadie entiende lo que yo siento sino tú, entonces ¿No podemos sentirlo juntos?, Pero si Magnus lo había contactado, Will se lo habría dicho, él era honorable, ambos eran honorables; si ellos no habían sido, pensó mirando bajo sus manos, tal vez todas las cosas no serían tan terribles. Sabía que ahora -Pero el pensamiento se había apoderado de ella con gran fuerza y pasión. Ella no podría ser la causa de toda esa infelicidad y no hacer nada para remediarlo. Si tenía que entregarse a sí misma a Mortmain, Jem tendría una vida más larga y ambos, Jem y Will se tendrían el uno al otro, todo sería como si ella nunca hubiese llegado al Instituto.

Pero ahora, en las frías horas de la noche, sabía que nada de lo que hiciera podría volver atrás el reloj, o deshacer los sentimientos que existían entre ellos, se sintió vacía por dentro, como si hubiera perdido una parte de sí misma, y entonces, se quedó paralizada. Parte de ella quería correr hacia Will, ver si sus manos seguían heridas y decirle que lo comprendía. El resto quería cruzar el pasillo hacia el cuarto de Jem y rogarle que la perdonara, pero ellos nunca se habían enojado el uno con el otro antes, y ella no sabría como lidiar a un Jem furioso. ¿Querría terminar con su compromiso? ¿Estaría decepcionado de ella? Ese pensamiento sería aún más complicado de asimilar, que Jem estuviera decepcionado de ella.

Se escuchó un chillido y miró alrededor del cuarto. Escuchó un débil ruido, tal vez lo imaginó, estaba cansada; tal vez era tiempo de llamar a Sophie para que la ayudara con su vestido y luego retirarse a la cama con un libro, en parte pensó en El Castillo de Otranto, esperando encontrar en él una excelente distracción.

Se levantó de la silla y se dirigía a la campana de los sirvientes cuando el sonido se escuchó de nuevo, ahora más determinante, una y otra vez se escuchó el chillido a través de la puerta de su cuarto, con un ligero temor cruzó la habitación y abrió la puerta. Iglesia estaba del otro lado, con su cabello entre azul y gris rizado y una expresión furiosa. Alrededor de su cuello se encontraba atado un nudo de un lazo plateado y unido a este un pequeño trozo de papel enrollado. Se puso de cuclillas, desatando el nudo y retirando la cinta. El gato inmediatamente regresó por el pasillo. Mai tomó el papel y lo desenrolló, contenía trazos familiares que cruzaban la página.

Encuéntrame en la sala de Música.

—J.

***

–No hay nada aquí, –dijo Gabriel.

Él y Gideon se encontraban en la sala de dibujo, silenciosa y oscura, con las cortinas abajo, como si no quisieran ser vistos, Gabriel revisaba la correspondencia en el escritorio de Charlotte por segunda vez. –¿Qué quieres decir?, ¿Nada? –dijo Gideon cuidando la puerta – Veo una pila de cartas ahí, seguramente una de ellas debe ser.

–Nada importante, –dijo Gabriel golpeando un cajón para cerrarlo. –O al menos interesante, correspondencia con un tío de Idris. Parece tener gota.

–Fascinante, –murmuró Gideon.

–Uno no puede dejar de preguntarse exactamente que es lo que el Cónsul cree que oculta Charlotte. ¿Alguna clase de traición al consejo? Gabriel tomó el montón de cartas e hizo un gesto. –Nosotros podríamos convencerlo de su inocencia si solo supiéramos que es lo que sospecha.

–Y si yo creyera que quiere asegurarse de su inocencia, –dijo Gideon –Me parece más bien como si él estuviera tratando de descubrirla en algo.

–Dame esa carta.

–¿La de su tío? –Gabriel dudaba, pero siguió sus indicaciones. Sostuvo la luz mágica en lo alto, sus rayos cubrían el escritorio mientras Gideon tomaba una pluma de Charlotte y comenzaba a escribir una carta para el Cónsul; momento después soplaba en el escritorio para secar la tinta, cuando la puerta del estudio se abrió. Gideon se enderezó rápidamente, un resplandor Amarillo cubrió la habitación, mucho más brillante que la luz mágica. Gabriel usó una mano para cubrir sus ojos, cegado por la luz. Debía tener una luna de visión nocturna pensó; justo en el momento en que recuperó la visión escuchó a su hermano exclamar espantado:

–¿Sophie?

–Le dije que no me llamara esa forma Señor Lightwood. –Su tono era frío.

Gabriel recuperó la visión y vio a la sirvienta parada en el marco de la puerta con una pequeña lámpara en la mano, ella estaba entrecerrando los ojos, los cuales se cerraron aún más mientras fijaba la vista en Gabriel, las cartas de Charlotte seguían en su mano –Ustedes están- ¿No es esa la correspondencia de la señora Gabriel recuperó la visión y vio a la sirvienta parada en el marco de la puerta con una pequeña lámpara en la mano, ella estaba entrecerrando los ojos, los cuales se cerraron aún más mientras fijaba la vista en Gabriel, las cartas de Charlotte seguían en su mano.

–Ustedes están- ¿No es esa la correspondencia de la señora Branwell?

Gabriel lanzó las cartas bruscamente sobre el escritorio. –Yo… Nosotros…

–¿Han estado leyendo sus cartas? –Sophie lucía furiosa, como una especie de ángel vengador con una lámpara en la mano. Gabriel miró rápidamente a su hermano, pero este parecía haberse quedado sin palabras.

En toda su vida, Gabriel no había visto nunca a su hermano mirar de esa forma a una chica, aún siendo uno de los más apuestos cazadores de sombras. Seguía viendo a la asustada sirvienta mundana como si ella fuera el sol naciente. Era inexplicable, pero a la vez innegable. Pudo ver el horror en la cara de su hermano; pues la buena opinión que Sophie tuviera de él se había roto frente a sus ojos. –Sí, –Dijo Gabriel. –Sí, estábamos indagando en su correspondencia.

Sophie retrocedió un paso. –Llamaré a la señora Branwell inmediatamente.

–No –Gabriel la tomó del brazo. –No es lo que piensas, espera. –Rápidamente le explicó lo que había ocurrido: Las trampas del Cónsul, su solicitud de espiar a Charlotte, y su solución al problema.

–Nosotros nunca quisimos revelar ni una palabra de lo que realmente estaba escrito, –terminó –Nuestra intención era protegerla.

La expresión de sospecha de Sophie no cambió.–¿Y por qué debería creer una palabra de eso, Señor Lightwood?

Gideon finalmente habló –Señorita Collins, –dijo. –Por favor. Yo sé que desde el -desafortunado incidente- con los bollos, usted no me tiene en alta estima, pero por favor créanos, no traicionaría la confianza que Charlotte ha depositado en mí, no pagaré a su confianza con traición.

Sophie vaciló por un momento, luego bajó la vista. –Lo siento, señor Lightwood. Desearía creerle, pero es con la señora Branwell con quien mi lealtad debe estar en primer lugar.

Gabriel sacó del escritorio la carta que su hermano acababa de escribir. –Señorita Collins, –dijo. –Por favor lea esta carta. Es lo que planeamos enviar al Cónsul, si después de leerla usted sigue decidida desde el fondo de su corazón a llamar a la señora Branwell, entonces no la detendremos.

Sophie miró de él hacia Gideon. Luego, con una leve inclinación de su cabeza, se acercó hacia delante, y colocó su lámpara en el escritorio. Tomando la carta de Gideon, la abrió y leyó en voz alta:

Para: Cónsul Josiah Wayland

De: Gideon y Gabriel Lightwood.

Querido Señor, usted demostró su gran preocupación por la clave pidiéndonos leer las cartas de Idris que recibe la señora Branwell. Obtuvimos una vista privada; encontrando que es en su mayoría comunicación periódica con su tío Roderick Fairchild. El contenido de esas cartas, señor, lo impactará y defraudará. Nos ha quitado por mucho la creencia en la existencia de un sexo débil. La señora Branwell posee una actitud cruel, inhumana y poco femenina ante enfermedades graves. Recomienda la aplicación de licor para curar su gota; muestra inequívoca de la diversión que le genera la enfermedad de la hidropesía, y completamente ignora su mención de una sospechosa sustancia que se recoge en sus oídos y otros orificios. Signos del tierno cuidado femenino que se debería esperar de una mujer hacia un hombre y del respeto que una mujer relativamente joven debería guardar hacia sus mayores ¡no hay en absoluto! La señora Branwell, tememos, se ha vuelto loca con el poder. Debe ser detenida antes de que sea demasiado tarde y los valientes cazadores de sombras se queden en el camino buscando sus cuidados femeninos.

Le saludan atentamente.

Gideon y Gabriel Lightwood.

Hubo un silencio cuando ella terminó; Sophie permaneció callada por lo que se sintió como una eternidad, observando el papel, hasta que al final dijo, –¿Quién de ustedes dos escribió esto?

Gideon aclaró su garganta–Yo lo hice.

Ella lo miró y apretó los labios, pero estaban temblando. Por un horrible momento Gabriel pensó que estaba a punto de llorar. –Oh, Dios mío, –dijo ella.

–¿Esta es la primera?

No, hubo una antes, –admitió Gabriel. –Sobre los sombreros de Charlotte.

–¿Sus sombreros? –una leve risita escapó de los labios de Sophie y Gideon la miró como si nunca hubiera visto algo tan maravilloso.

Gabriel tuvo que admitir que ella lucía hermosa cuando reía, asustada o no. ¿Y estaba el Cónsul furioso?

–Casi como asesino, dijo Gideon.

–Le dirá a la señora Branwell? –preguntó Gabriel, quien no podría aguantar el suspenso un instante más.

Sophie dejó de reír. –No lo haré, –dijo, –Porque no quiero comprometerlos ante los ojos del Cónsul, y también, creo que estas noticias podrían herirla, lo cual no tendría un buen final. Espiándola de esa manera ¡Qué horrible hombre! –Su mirada despertó, –Si necesitan ayuda para planear como frustrar los planes del Cónsul estaría feliz de ayudarlos, déjenme conservar la carta, me aseguraré de que sea depositada mañana mismo.

***

El cuarto de música no estaba tan polvoriento como Mai lo recordaba -parecía haber sido limpiado recientemente; la madera de los pisos y muebles brillaba, al igual que la del piano que se encontraba al fondo del salón. Un fuego estaba encendido en la chimenea, destacando Jem frente a ella, el cual al ver a Mai entrar soltó una risita nerviosa. Todo en el cuarto se veía sencillo y silencioso, como coloreado por acuarela- la luz del fuego que ardía llenaba el cuarto de un resplandor blanco, iluminando los instrumentos como fantasmas y haciendo relucir el negro piano. Las flamas reflejaban oro en las paredes, ella podía ver a Jem y él a ella, una chica en un vestido de noche azul y un chico delgado con cabello plateado, vistiendo una chaqueta negra que lucía holgada en su delgada figura. Su cara en las sombras reflejaba vulnerabilidad, y la ligera curva en su boca mostraba ansiedad. –No estaba seguro de que vinieras.

En ese momento, ella dio un paso adelante, deseando rodearlo con sus brazos pero se detuvo a sí misma, tenía que hablar primero. –Por supuesto que vendría –dijo. –Jem, lo siento, lo siento tanto, no puedo explicar —fue una especie de locura. No puedo soportar el daño que te hago porque en alguna forma, estoy conectada a Mortmain y él a mí.

–Eso no es tu culpa, nunca fue tu elección.

–No estaba pensando bien, Will tenía razón, no podemos confiar en Mortmain. Aún si me fuera con él, no hay una garantía de que honre su parte del trato, y yo estaría poniendo un arma en las manos de su enemigo. No sé para qué me quiere usar, pero sé que no es bueno para los cazadores de sombras, de eso podemos estar seguros, yo podría al final ser lo que los lastime a todos.

Las lágrimas inundaron sus ojos, pero las contuvo a la fuerza.–Perdóname, Jem. No podemos desperdiciar el tiempo que pasa mos juntos en tristezas, yo entiendo porque hiciste lo que has hecho, yo lo habría hecho por ti.

Sus ojos se suavizaron y brillaron cuando habló. –Zhe shi jie shang, wo shi zui ai ne de, –respondió él.

Ella lo entendió En todo el mundo, tú eres lo que yo más amo. –Jem.

–Tú lo sabías, tú debes saberlo, nunca te dejaría apartarte de mí, no al peligro, no mientras respire. –Levantó su brazo, antes de que ella diera un paso hacia él.

–Espera. –Se agachó, y al levantarse estaba cargando su estuche cuadrado de violín y su arco. –Yo - hay algo que quería regalarte, un obsequio de bodas para cuando estuviéramos casados. Pero prefiero dártelo ahora, si me lo permites.

–¿Un regalo? –dijo ella asombrada. –Después- ¡Pero pelearemos!

Sonrió al decir eso, su adorable sonrisa que iluminaba su rostro haciéndola olvidar cuán delgado lucía. –Parte integral de la vida de casados, me he informado, será una buena práctica.

–Pero.

–Mai, ¿Te imagines que exista alguna pelea, corta o larga que pueda hacer que deje de amarte? –Sonó asombrado, y ella pensó de inmediato en Will, en los años en que había probado la lealtad de Jem volviéndolo loco con mentiras, evasiones y autolesiones, y a pesar de todo eso el amor de Jem por su hermano de sangre nunca se vio afectado, mucho menos roto.

–Estaba asustada, –dijo ella suavemente. –Y yo-Yo no tengo un regalo para ti.

–Claro que lo tienes. –Respondió el con paciencia pero con firmeza a la vez, –Siéntate Mai, por favor; ¿Recuerdas cómo nos conocimos?

Mai se sentó en una pequeña silla con brazos dorados; su falda se extendió a su alrededor. –Entré a tu habitación en medio de la noche como una loca.

–Entraste delicadamente a mi cuarto y me encontraste tocando el violín.

El chico estaba apretando el tornillo del arco; terminó, lo dejó y amorosamente tomó el violín de su estuche. –¿Te importaría si toco para ti ahora?

–Sabes que amo escucharte tocar. –Era verdad. Ella siempre amó escucharlo hablar de su violín, pensó que así entendía un poco más de él. Ella podía escucharlo hablar apasionadamente por horas acerca de breas, clavijas, desplazamientos, posición de los dedos y de la tendencia de la cuerda de La a romperse- sin sentirse aburrida.

–Wo wei ni xie de, –dijo él y levantó el violín hacia su hombre izquierdo, y lo colocó debajo de su barbilla. Le había dicho que muchos violinistas utilizaban un cojinete, pero él no lo hacía. Había una pequeña marca en el lado de su cuello, como un moretón permanente donde el violín se apoyaba.

–Tú- ¿Preparaste algo para mí?

Escribí algo para ti, –la corrigió con una sonrisa y comenzó a tocar.

Ella escuchó emocionada; comenzó lento, sencillo, su control sobre el arco producía un suave sonido armónico. La melodía la llenó, tan fresca y dulce como agua, tan esperanzadora y adorable como un amanecer. Miró sus dedos fascinada por el movimiento tan exquisito que hacía que las notas salieran del violín. El sonido se volvió más profundo conforme el arco se movía más rápido, el antebrazo de Jem se desplazaba hacia adelante y atrás, su delgado cuerpo parecía difuminarse con el movimiento de su hombro. Sus dedos se deslizaban arriba y abajo cuidadosamente, y el tono de la música profundizó; como nubes de tormenta reuniéndose en un horizonte brillante, un río que se convertía en un torrente. Las notas se estrellaban a sus pies, aumentando el sonido; el cuerpo entero de Jem parecía moverse en sintonía con los sonidos que emanaban del instrumento, a pesar de que ella sabía que sus pies se encontraban firmes en el suelo. Su corazón encontró la paz con la música; los ojos de Jem estaban cerrados, las comisuras de sus labios mostraban un gesto de dolor. Una parte de ella quería correr a sus pies, rodearlo con sus brazos; la otra parte no quería que se detuviera la música, el hermoso sonido de él. Era como si él hubiera tomado su arco utilizándolo como un pincel para pintar, creando un lienzo en el cual su alma se muestra claramente. Cuando las últimas notas se alzaron más y más alto, llegando a tocar el paraíso, Mai estuvo consciente de que su rostro estaba húmedo, pero no fue hasta que la última nota dejó de sonar y él bajó el violín cuando se dio cuenta de que estaba llorando.

Lentamente Jem regresó el violín a su estuche y colocó el arco junto a él; se enderezó y se volvió hacia ella. Su expresión era tímida, a pesar de que su camisa blanca estaba empapada de sudor y el pulso en su cuello latía con fuerza. Mai se quedó sin habla.

–¿Te gustó? –dijo él. –Pude haberte dado… joyería, pero quería que fuera algo que fuera completamente tuyo, algo que nadie más pudiera escuchar, y no soy muy bueno con las palabras por lo que escribí como me siento por ti con música. –Se detuvo. –¿Te gustó? –preguntó de nuevo, y el tono de su voz indicaba que esperaba una respuesta negativa.

Mai alzó su rostro para que pudiera ver sus lágrimas. –Jem.

Él se arrodilló ante ella, su rostro denotaba arrepentimiento. –Ni jue de tong man, qin ai de?

–No-no, –dijo ella, mitad llorando, mitad sonriendo.

–No estoy herida, no estoy triste, no del todo.

Una sonrisa apareció cruzando su rostro, iluminando sus ojos con deleite. –Entonces te gustó.

–Fue como si viera tu alma en las notas, en la música, y fue hermoso. –Se acercó acariciando suavemente la piel de su pómulo y sus cabellos con el reverso de la mano. –Vi ríos, barcos, flores, todos los colores del cielo nocturno.

Jem exhaló, hundiéndose en el suelo junto a su silla, como si la fuerza lo hubiera abandonado. –Es una magia extraña, –dijo inclinando su cabeza hacia ella, apoyando la sien en su rodilla, ella seguía acariciando su cabello con los dedos con suavidad. –Mis dos padres amaban la música, –dijo repentinamente. –Mi padre tocaba el violín, mi madre el Gin; elegí el violín, aunque podría haberlos aprendido los dos, lo lamenté algunas veces, había melodías en China que no podía tocar con el violín, es por eso que a mi madre le hubiera gustado que supiera ambos. Solía contarme la historia de Yu Boya, quien fue un gran intérprete del Gin, tenía un mejor amigo, un leñador llamado Zhong Zigi, y le gustaba tocar para él. Decían que cuando Yu Boya tocó la canción del agua su amigo supo inmediatamente que estaba describiendo ríos que corrían, y cuando tocaba sobre montañas, Zigi podía ver sus cumbres. Yu Boya solía decir, ‘Es porque puedes entender mi música.

Jem miró hacia abajo, a su mano, apoyada en la rodilla. –La gente usa la expresión ‘zhi yin’ para referirse a ‘amigos cercanos’ o ‘compañeros de alma’, pero lo que en realidad significa es ‘entender la música. –Elevó la mirada y tomó la mano de Mai. –Cuando yo tocaba, tú veías lo que yo veía, tú entiendes mi música.

–Yo no sé nada sobre música, Jem, no puedo distinguir una sonata de una partita.

–No. –Volteó, levantándose sobre sus rodillas apoyándose en los brazos de la silla. –Estaban lo suficientemente cerca para notar como el sudor humedecía su cabello en la nuca y sienes; incluso podía distinguir su aroma a brea y azúcar quemada. –No es a ese tipo de música a lo que me refiero, quiero decir –Hizo un sonido de frustración, atrapó la mano de la joven y la deslizó hacia el corazón y presionó con fuerza –Cada corazón tiene su propia melodía, –dijo. –Ya conoces la mía.

–¿Qué pasó con él? –Interrumpió Mai –¿El leñador y el músico?

La sonrisa de Jem era triste.. –Zhong Ziqi murió, y Yu Boya tocó su última canción en el funeral de su amigo, luego rompió el gin y no volvió a tocar jamás.

Mai sintió la cálida presión de las lágrimas bajo sus pestañas, tratando de forzarlas a no salir. –Qué terrible historia.

–¿Lo es? –El corazón de Jem dio un salto y tartamudeaba bajo sus dedos. –Mientras vivieron fueron amigos, Yu Boya escribió mucha de la mejor música que conocemos. ¿Habría sido capaz de hacerlo solo? Nuestros corazones, necesitan un espejo, Mai. Vemos lo mejor de nosotros mismos en los ojos de aquellos que nos aman; hay una belleza que solo la brevedad proporciona. –desvió la mirada, luego miró a los ojos de Mai. –Te daré cada parte de mí, – dijo él. –Te daré más en dos semanas de lo que la mayoría de los hombres podrían darte en toda una vida.

–No hay nada que no me hayas dado, nada con lo que no esté satisfecha…

–Lo estoy, –dijo –Quiero estar casado contigo, podría esperar por ti por siempre, pero…

Pero no tenemos un por siempre. –No tengo familia, –Mai dijo lentamente, sin dejar de verlo a los ojos. –No hay guardianes, nadie que pueda resultar… ofendido… por una boda más inmediata.

Los ojos de Jem se abrieron un poco –Yo, -Quieres decir qué… Yo no quiero que no cuentes con el tiempo necesario para prepararte.

–¿Qué clase de preparación te imaginas que debo tener? –dijo Mai, y solo por un instante sus pensamientos se posaron en Will, en la forma en que puso las manos en el fuego para salvar las drogas de Jem, y mirándolo, no pudo más que recordar cuando le había dicho que la amaba, cuando la había dejado, ella había cerrado la puerta con el atizador de forma que el dolor de su piel quemándose había ocultado, al menos por un momento, el dolor en su corazón.

Will. Ella le había mentido entonces -quizá no en palabras exactas, pero sí implícitamente. Lo había dejado pensar que no lo amaba. El pensamiento aún le causaba dolor, sin embargo no lo cambiaría, no había otra opción.

Conocía a Will lo suficientemente bien para saber que aún y cuando ella terminara con Jem, él jamás estaría con ella. Él no podría tener un amor a costa de la felicidad de su parabatai, y si había parte de su corazón que aún pertenecía a Will y así fuera a ser por siempre no servía para nada confesarlo. Amaba a Jem, también -lo amaba aún más que cuando aceptó casarse con él.

En ocasiones uno debe elegir entre ser amable y bueno o ser honorable. Will se lo dijo. Hay veces en que no puedes ser ambos.

Tal vez depende del libro, pensó; pero en este, el libro de su vida, el ser deshonesto implicaba a su vez no ser amable. Aún si había herido a Will en el recibidor, con el tiempo sus sentimientos hacia ella se desvanecerían, llegaría el día en que le agradecería por dejarlo libre. Al menos eso creía, no podría amarla para siempre.

Ella había elegido este camino hacía tiempo ya, si intentaría llevarlo a cabo el próximo mes, entonces también podría ser al día siguiente. Sabía que amaba a Jem, y pensó que si había una parte de ella que amaba a Will también, lo mejor que podía hacer por el bien de ambos sería que nunca lo supieran. –No lo sé, –dijo Jem, mirándola desde el suelo; su expresión mostraba fe e incredulidad. –El consejo aún no ha aprobado nuestra solicitud… y no tienes un vestido…

–No me importa el consejo, y tampoco me importa lo que vestiré si está bien por ti; si tú lo aceptas, Sí, Jem, me casaré contigo como sea que tú quieras.

–Mai, –respiró. La alcanzó como si se estuviera ahogando e inclinó su cabeza hacia abajo para rozar sus labios contra los suyos; Jem se hincó sobre sus rodillas; sintió su boca fantasma a través de la de ella, una y dos veces hasta que sus labios se abrieron y Mai pudo probar su dulzura, su sabor a azúcar quemada. “Estás muy lejos” susurró, y en un instante sus brazos la rodeaban sin dejar espacio alguno entre ellos, la colocó bajo la silla, quedando ambos de rodillas en el suelo, con los brazos entrelazados. Él la acercó aún más y su mano trazó las finas líneas de su rostro, sus pómulos afilados. Afilados, muy afilados; sentía la sangre demasiado cerca de la superficie de la piel; sus clavículas eran duras como un collar de metal. Las manos de Jem se deslizaron de su cintura a sus hombros; sus labios rozaban desde la clavícula hasta el cuello, mientras sus dedos giraban en su falda, subiendo a través de la piel desnuda.

Él era muy Delgado, los huesos de su espalda se sentían bajo sus dedos; a través de la luz del fuego pudo verlo entre sombras y fuego, el dorado resplandor de las flamas transformaba su cabello blanco en dorado.

Te amo, dijo él, En todo el mundo tú eres lo que más amo.

Mai sintió la cálida presencia sobre su boca de nuevo, bajando por su cuello y yendo más abajo; los besos se detuvieron donde comenzaba el vestido. Sentía su corazón latiendo bajo su boca, como si buscara a Jem, como si latiera para él. Podía sentir su tímida mano acariciando su cuerpo, donde los lazos mantenían el vestido cerrado.

La puerta se abrió con un chillido, y ambos se separaron bruscamente, ambos jadeando como si hubieran estado corriendo en una carrera.

Mai escuchó su propia sangre como un fuerte trueno en sus oídos mientras volteaba hacia la puerta donde no había nadie. Detrás de ella Jem pareció soltar una risa. –¿Qué…?, –empezó.

–Iglesia, –dijo, y Mai bajó su Mirada para observar al gato cruzar la sala de música, habiendo logrado abrir la puerta y mostrándose muy orgulloso de sí mismo.–Nunca había visto un gato tan orgulloso de sí mismo.

Dijo cuando Iglesia —ignorándola, como siempre, -pasó a un lado de Jem, presionando su cabeza contra él. –Cuando dije que tal vez necesitaríamos un chaperón, esto no era exactamente en lo que estaba pensando, –dijo Jem, acarició la cabeza del gato y sonrió a Mai con la comisura de sus labios.

–Mai, –dijo. –¿Era cierto lo que decías?, ¿Qué te casarás conmigo mañana?”

La chica levantó la barbilla y lo miró directo a los ojos, no podía permitirse el esperar ni desperdiciar otro instante de su vida. Deseaba fuertemente estar unida a él lo antes posible —En enfermedad, en la salud, en lo mejor y en lo peor—unida a él con una promesa, y dispuesta a darle su palabra y su amor sin reservas. –Lo haré, –respondió.

***

El comedor no estaba completamente lleno, no todos habían bajado aún para desayunar cuando Jem hizo el anuncio. –Mai y yo nos casaremos, –dijo calmadamente, colocando su servilleta sobre su regazo.

–¿Eso debería ser una sorpresa? –preguntó Gabriel, quien estaba vestido con su equipo, como si tuviera planes de entrenar después del desayuno. Había tomado todo el tocino que estaba servido en el plato y Henry lo miraba afligido.

–¿No estaban ya comprometidos?

–La fecha de la boda se había fijado para Diciembre. –Dijo Jem, tomando la mano de Mai por debajo de la mesa para dar un apretón tranquilizador. –Sin embargo cambiamos de opinión, pretendemos casarnos mañana.

Él efecto fue galvánico, Henry se atragantó con el té y Charlotte tuvo que golpearlo en la espalda; quedándose también sin palabras. Gideon bajó su taza con estrépito e incluso Gabriel detuvo su tenedor a medio camino hacia la boca. Sophie, que acababa de entrar de la cocina con una charola dio un jadeo.–¡Pero no puede! –dijo. –El vestido de la señorita Gray fue arruinado, y el nuevo no ha sido comenzado.

–Ella puede usar cualquier vestido, –dijo Jem –No tiene que usar el dorado de los cazadores de sombras, porque ella no lo es. Tiene vestidos de gala realmente lindos, puede elegir su favorito. Miró tímidamente a Mai. –Claro, si está bien para ti.

Mai no respondió, en ese momento Will y Cecily entraban por la puerta. –Tengo un dolor en el cuello, –decía Cecily con una sonrisa. No puedo creer que me haya quedado dormida en esa posición.

Se interrumpió cuando sintieron el ambiente de la habitación y se detuvo, mirando a su alrededor. Parecía más tranquilo que el día anterior, y el buen humor que Cecily tenía consigo se fue evaporando mientras miraba las expresiones de los otros en la habitación. –¿Qué está pasando? –Él dijo. –¿Ha pasado algo?

–Mai y yo decidimos cambiar la fecha de nuestra ceremonia de boda, –dijo Jem. –Será dentro de unos cuantos días.

Will no dijo nada, y su expresión no cambió, pero se puso pálido, no miró a Mai. –Jem, la Clave, –dijo Charlotte dejando de ver a Henry y levantándose con agitación en su rostro. –Ellos no han aprobado su matrimonio aún, no pueden ir contra ellos.

–Tampoco podemos esperarlos, –contestó Jem. –Podría tomar meses, incluso un año -Ya sabes como prefieren retardar una respuesta que tienen miedo que no sea agradable.

–Y no es como si nuestro matrimonio sea su máxima prioridad en este momento, –añadió Mai. “los papeles de Benedict Lightwood; buscar a Mortmain -Todo eso debe tener prioridad, esto es algo personal solamente.

–No hay cuestiones personales para la clave, –dijo Will. Su voz sonaba vacía y lejana, como si estuviera a una distancia muy grande. Se veía el pulso en su garganta. Mai pensó en la delicada relación que habían comenzado a construir en los días anteriores y pensó si esto la destruiría; como si rompiera en pedazos una frágil artesanía contra las rocas. –Mi madre y padre.

–Hay leyes sobre matrimonios con mundanos; no hay leyes sobre matrimonio entre un Nephilim y lo que sea que Mai sea. Y si fuera necesario, al igual que tu padre, dejaré de ser un cazador de sombras en este momento.

–James.

–Pensé que todos ustedes lo entenderían, –dijo Jem, la forma en que Will lo miraba lo hacía ver perplejo y dolido.

–No digo que no lo entienda; únicamente te invito a pensar.

–Ya lo pensé. –Jem sostuvo. –Tengo una licencia para cazarme con una mundana legalmente solicitada y firmada. Caminaremos hacia cualquier iglesia y nos casaremos hoy. Preferiría por mucho que estuvieran ahí, pero si no puede ser, lo haremos a solas.

–Casarse con una chica solo para convertirla en una viuda, –dijo Gabriel Lightwood. –Muchos podrían decir que no es nada amable de tu parte.

Jem se puso rígido junto a Mai, apretando su mano. Will empezó a avanzar, pero Mai ya estaba de pie, mirando amenazadoramente a Gabriel Lightwood. –No te atrevas a hablar como si Jem tuviera una opción al respecto y yo no, –dijo ella, sin dejar de verlo a los ojos. –Este compromiso no me fue impuesto, tengo esperanza respecto a la salud de Jem, elegí estar con él así sean unos días o minutos los que se me concedan, y me siento bendecida por ello.

Los ojos de Gabriel se veían fríos como el mar de la costa de Newfoundland. –Únicamente estaba preocupado por usted, Señorita Gray.

–Mejor preocúpate de ti mismo, –Contestó Mai.

Y ahora esos ojos verdes se entrecerraron. –¿Y eso significa?

– “Creo en lo que dice la dama, –añadió Will, –Significa que ella no es quien asesinó a su padre, o ¿Tan rápido te recuperaste de ello que no tenemos que tener consideración por tu sensibilidad, Gabriel?

Cecily tosió. Gabriel se puso de pie, y en su expresión Mai vio de nuevo al chico que retó a Will a un duelo la primera vez que lo vio. -tanta arrogancia, rigidez y odio.–Si eres tan valiente, empezó.

–Alto. –dijo Charlotte y luego se detuvo, al escuchar a través de las ventanas como se abrían las oxidadas puertas de madera del Instituto, y el galopar de los caballos en el pavimento.

–Oh, por el Ángel. Jessamine. Charlotte se levantó ruidosamente, dejando su servilleta en el plato. –Vamos —debemos ir a darle la bienvenida.

Resultó ser, tal vez no una llegada a tiempo en ciertos aspectos, pero al menos una excelente distracción. Hubo un murmullo leve, y un acuerdo de complicidad entre Gabriel y Cecily, pues ninguno de los dos entendía realmente cual era el papel que había jugado Jessamine en el Instituto.

Avanzaron por el pasillo en forma desordenada; Mai iba detrás silenciosamente; sintió que se le iba el aliento, como si su corsé estuviera demasiado ajustado. Pensó en la noche anterior, al lado de Jem en la sala de música, como se habían besado y susurrando el uno al otro por horas sobre la boda que tendrían, el matrimonio que le seguiría -Como si tuvieran todo el tiempo del mundo, como si casarse le fuera a dar inmortalidad, algo que sabía no ocurriría.

En el inicio de la escalera tropezó, distraída. Una mano en su brazo la sostuvo, miró hacia arriba y vio a Will, permanecieron así un momento, congelados juntos como una estatua; los demás ya se encontraban en su camino bajando las escaleras, las voces subían como humo, la mano de Will estaba apoyada gentilmente en el brazo de Mai aunque su rostro se veía inexpresivo, parecía tallado en granito. –¿Tú no estás de acuerdo con los demás, verdad? –preguntó, con más de una intención sobre lo que pretendía. –En que no debo casarme con Jem hoy, tú me preguntaste si lo amaba lo suficiente como para casarme con él y hacerlo feliz y te dije que lo haría; no sé si pueda hacerlo completamente feliz, pero puedo intentar.

–Si nadie más puede, tú puedes, –dijo Will mirándola a los ojos.

–Los otros creen que me hago ilusiones respecto a su salud.

–La esperanza no es una ilusión.

Las palabras mostraban coraje, pero había algo más en su voz, algo muerto que la asustó. –Will. –Lo tomó por la muñeca. –No puedes dejarme ahora -No puede dejarme el único que sigue buscando por una cura, no puedo hacerlo sin ti.

Respiró profundo, entrecerrando sus ojos azul oscuro. –Claro que no, no me rendiré, seguiré con él, contigo, los ayudaré, voy a continuar. Es solo.

Se rompió, mirando hacia otro lado, la luz que entraba por la ventana iluminaba su mejilla y el mentón, además de la curva de su mandíbula. –¿Sólo qué?

–Recuerdas que más te dije aquella vez en el recibidor, –dijo. – Quiero que seas feliz y quiero que él sea feliz. Sin embargo, cuando camines por ese pasillo para encontrarlo y unirse para siempre, romperás en fragmentos mi corazón. Mai. Daría mi vida por cualquiera de los dos, daría mi vida por su felicidad, pensé que tal vez cuando me dijiste que no me amabas que mis sentimientos se irían y desaparecerían pero no lo hicieron. Crecen cada día más, te amo con una mayor desesperación en este momento de lo que te había amado antes, y en una hora te amaré más que ahora. Sé que es injusto decirte esto, lo sé, cuando no puedes hacer nada al respecto. –Tomó una profunda bocanada de aire. –Cuánto debes despreciarme.

Mai se sintió como si la tierra se hubiera movido debajo de ella. Recordó lo que se había dicho la noche anterior; que seguramente los sentimientos de Will hacia ella habrían desaparecido, que tras el transcurso de los años su dolor sería menor que el de ella. En ese momento ella lo creía, pero ahora. –No te desprecio, Will. No has sido otra cosa que honorable-Aún más de lo que podría haberte pedido que fueras.

–No, –dijo con amargura. –No esperas nada de mí, eso creo.

–Yo he esperado todo de ti, Will, –suspiró. –Más incluso de lo que has esperado de ti mismo, pero tú me has dado aún más que eso.

Se le quebró la voz. –Decían que uno no puede dividir su corazón, y entonces.

–¡Will! ¡Mai! –era la voz de Charlotte, llamándolos desde la entrada.

–¡Pueden dejar de perder el tiempo! ¿Y podría alguno de ustedes buscar a Cyril? Necesitaremos su ayuda con el carruaje en caso de que los hermanos silenciosos deseen quedarse.

Mai miró a Will sin poder hacer nada, pues el momento entre ellos se había ido; su expresión estaba cerrada; la desesperación que lo había invadido un momento atrás se había ido. Fue lanzado lejos como si mil puertas se hubiesen cerrado entre ellos. –Ve abajo, estaré ahí en un momento. –Le dijo con inflexión, se giró y subió corriendo las escaleras.

Mai apoyó su mano contra la pared y bajó torpemente las escaleras. ¿Qué debería haber hecho? ¿Qué había estado a punto de decirle a Will?

Y todavía te amo.

Pero por Dios en el Paraíso, ¿Qué tendría de bueno hacer eso, qué beneficios le traerían a alguien decir esas palabras? Solo sería una carga horrible para él, saber que ella lo quería pero no podía estar con él. Sería atarlo a ella, no estaría libre de buscar amor en alguien más -alguien que no estuviera comprometida con su mejor amigo.

Alguien más a quien amar. Se detuvo en las escaleras del frente del Instituto, sintiendo como el viento la cortaba a través del vestido como un cuchillo. Los otros estaban ahí, mirando en los escalones un tanto aburridos; especialmente Gabriel y Cecily, quienes se veían como si estuvieran pensando que demonios estaban haciendo ellos ahí. Mai apenas y notó su presencia. Se sentía enferma del corazón y sabía que no era por el frío. Había sido por la idea de Will enamorándose de alguien más; pero eso había sido puro egoísmo. Si Will encontrara a alguien más a quien amar ella sufriría, mordiéndose los labios en silencio, así como él sufrió su compromiso con Jem. Ella le debía mucho, pensó; mientras, un carruaje oscuro conducido por un hombre vestido con las ropas de los hermanos silenciosos cruzaba las puertas abiertas. Le debía a Will mantener un comportamiento tan honorable como el suyo.

El carruaje se detuvo frente a las escaleras, Mai sintió a Charlotte moverse inquieta tras ella.–¿Otro carruaje? –dijo, y Mai lo siguió con la mirada para comprobar que se acercaba otro carruaje completamente negro que rodaba en silencio tras el primero.

–Una escolta, –dijo Gabriel. –Tal vez los hermanos silenciosos estaban preocupados de que tratara de escapar.

–No, –dijo Charlotte, había un sombrío desconcierto en su voz. –Ella no lo haría.

El hermano silencioso estacionó el primer carruaje, dejó las riendas y bajó hacia la puerta. En ese momento el segundo carruaje se detuvo detrás del otro y se volvió. Mai no podía ver su expresión, como si su cara estuviera cubierta por una capucha, sin embargo algo en su silueta denotaba sorpresa. Entrecerró los ojos -había algo extraño con los caballos que guiaban al Segundo carruaje, sus cuerpos no parecían piel de animales, sino metal; y sus movimientos carecían de la rapidez natural.

El conductor del segundo carruaje dejó su asiento, con un discordante ruido sordo, y Mai vio el brillo del metal en su mano cuando la llevó hacia su cuello para retirarse la túnica. —lanzó la túnica lejos.

Debajo había un cuerpo de metal reluciente, con una cabeza ovalada, sin ojos, con remaches en lugar de las articulaciones de codos, rodillas y hombros. Su brazo derecho, si es que se le podía llamar así, terminaba en un arco. Elevó el arma con el brazo flexionado. Una flecha de acero con plumas de metal negro, voló a través del aire y se clavó en la cabeza del primer hermano silencioso; haciéndolo perder el equilibrio y haciéndolo volar varios metros a través del patio antes de golpear el suelo, la sangre empapaba el pecho de su ya familiar túnica.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Abr 10, 2016 1:45 pm

9

Labrado en Metal
Con sólo derramar el líquido
en los moldes que tenía ya preparados;
forjó primero sus propias herramientas, luego,
las que podían servir para liquidar
o labrar los metales mismos.

—John Milton, Paraíso Perdido.

Los Hermanos Silenciosos, Mai observó con un frío impacto, tenían la sangre igual de roja que la de cualquier mortal.

Escuchó a Charlotte dar órdenes, y luego Henry bajó las escaleras deprisa, corriendo hacia el primer carruaje. Tiró de la puerta para abrirla y Jessamine cayó en sus brazos. Su cuerpo estaba flácido, sus ojos entrecerrados. Usaba el mismo vestido blanco harapiento en el que Mai la había visto cuando la visitó en la Ciudad Silenciosa; y su adorable cabello había sido cortado como el de un paciente con fiebre. –Henry, –sollozó audiblemente, aferrándose a sus solapas. –Ayúdame, Henry. Llévame adentro del Instituto, por favor…

Henry se levantó, girando, con Jessamine en sus brazos, justo cuando las puertas del segundo carruaje se abrían bruscamente y autómatas comenzaban a salir de ellas, uniéndose al primero. Parecían estar desplegándose al salir, como si fueran los juguetes de papel de un niño. Uno, dos, tres, Mai perdió la cuenta mientras los Cazadores de Sombras a su alrededor sacaban las armas de sus cintos. Vio el brillo del metal salir de la punta del bastón-espada de Jem y escuchó un murmullo en Latín mientras los cuchillos serafín se encendían a su alrededor como un círculo de fuego sagrado.

Y los autómatas atacaron. Uno de ellos se dirigió hacia Henry y Jessamine, mientras los otros se precipitaban hacia los escalones. Escuchó a Jem gritar su nombre y se dio cuenta de que no tenía un arma. No tenía planeado entrenar hoy. Dio un vistazo frenético a su alrededor, buscando cualquier cosa, una piedra pesada o incluso un palo. Recordó que en la entrada del Instituto había algunas armas colgadas en las paredes, como decoración, pero un arma es un arma. Corrió hacia adentro y tomó una espada pesada de su base en la pared antes de girar y correr de vuelta hacia afuera.

La escena que vieron sus ojos era un caos. Jessamine estaba en el suelo, agazapada junto a una de las ruedas de su carruaje, con los brazos hacia arriba cubriendo su rostro. Henry estaba detrás de ella, blandiendo un cuchillo serafín a diestra y siniestra, defendiéndose del autómata que trataba de atraparlo y extendía sus puntiagudas manos hacia Jessamine. El resto de las criaturas mecánicas se habían dispersado por los escalones y estaban envueltas en combate individual con cada uno de los Cazadores de Sombras.

Cuando Mai levantó la espada en su mano, sus ojos miraron hacia el patio. Estos autómatas eran diferentes de los que había visto antes. Se movían más rápidamente, con movimientos menos espasmódicos en sus pasos, sus articulaciones de cobre les permitían plegarse y desplegarse suavemente.

En el escalón de más abajo Gideon y Gabriel peleaban furiosamente contra un monstruo mecánico de tres metros que balanceaba sus manos puntiagudas hacia ellos como si fueran mazas. Gabriel ya tenía un gran corte en su hombro del cual se estaba derramando sangre, pero él y su hermano estaban hostigando a la criatura, uno por el frente, el otro por atrás. Jem estaba agazapado, y se alzó para impulsar su espada contra la cabeza de otro autómata. Los brazos de la criatura sufrieron un espasmo y ésta intentó sacarla de un tirón, pero se había quedado atorada en el cráneo metálico. Jem logró liberar su arma, y cuando el autómata volvió hacia él, cortó sus piernas, haciendo que una de ellas se desprendiera de la criatura. Ésta se tambaleó a un lado, derrumbándose sobre los adoquines.

Cerca de Mai, el látigo de Charlotte relampagueó a través del aire, cortando el brazo con forma de arco del primer autómata. Ni siquiera hizo que el movimiento de la criatura fuera más lento. Mientras la atacaba con su segundo brazo, el cual tenía forma de una espátula con garras, Mai saltó entre ellos y osciló su espada de la forma en que Gideon le había enseñado, usando todo su cuerpo para dar mayor velocidad e impulsándose desde arriba para añadir el poder de la fuerza de gravedad a su golpe.

La espada cayó, cortando el segundo brazo del autómata. Esta vez un fluido negruzco emanó de la herida. El autómata continuó su curso, tratando de golpear a Charlotte con la corona de su cabeza, de la cual sobresalía una hoja cortada y afilada. Ella gritó cuando rozó la parte de arriba de su brazo. Luego destelló su látigo hacia el cuello del autómata, el electrum plateado-dorado serpenteando hacia la garganta de la criatura y enganchandose fuerte. Charlotte tiró de su muñeca hacia atrás, y la cabeza del autómata fue arrancada, cayendo a un lado; finalmente la criatura fue derribada, emanando el fluido negro que surgía lentamente de los cortes en su estructura.

Mai jadeó y miró hacia atrás; su cabello se pegaba a la frente y sienes por el sudor, pero ella necesitaba ambas manos para sostener la pesada espada por lo que no lo podía quitar. A pesar de la picazón de sus ojos, vio que Gabriel y Giedon habían dejado a su autómata en el suelo, donde seguían atacándolo; tras ellos, Henry esquivaba justo a tiempo un golpe de la criatura que lo había acorralado contra el carruaje. Su mano en forma de mazo dio un puñetazo contra la ventana del carruaje y el vidrio cayó sobre Jessamine, quien gritó cubriendo su cabeza. Henry condujo su cuchillo serafín hacia arriba, enterrándolo en el torso del autómata. Mai había visto cuchillos serafín quemar demonios, reduciéndolos a nada, pero el autómata solamente retrocedió y luego volvió a atacar, con la cuchilla en su pecho ardiendo como una antorcha.

Con un grito Charlotte comenzó a bajar apresuradamente las escaleras hacia su esposo. Mai miró a su alrededor… y no vio a Jem. El corazón le dio un vuelco. Dio un paso hacia delante…

Y una figura oscura se alzó frente a ella, vestida completamente de negro. Guantes negros cubrían sus manos y botas negras sus pies. Mai no podía ver nada más que una cara blanca como la nieve rodeada por los pliegues de un capuchón negro, tan familiar y tan horrible como una pesadilla viviente. –Hola, Señorita Gray. –Dijo la señora Black.

***

A pesar de haber mirado en cada habitación en la que pudo pensar, Will no había sido capaz de encontrar a Cyril. Estaba molesto por ello, y su humor irritable no había sido ayudado por su encuentro con Mai en las escaleras. Después de dos meses siendo tan cuidadoso cuando se encontraba cerca de ella que se sentía como si caminara sobre el borde de un cuchillo, había derramado lo que sentía como la sangre se derramaba de una herida abierta, y únicamente la llamada de Charlotte había evitado que su estupidez convirtiera las cosas en un desastre.

Y aún así, su respuesta lo inquietaba mientras iba por el pasillo y pasaba junto a la cocina. Dicen que no puedes dividir tu corazón, y aún así…

¿Y aún así qué? ¿Qué había estado a punto de decirle?

La voz de Bridget salía del comedor, donde ella y Sophie hacían la limpieza.

–Oh, Madre, Madre, haz que mi cama

sea suave y estrecha.

Mi William murió de amor por mí,

Y yo moriré de tristeza.’

‘Lo enterraron en el cementerio viejo.

La tumba del dulce Will estaba junto a la suya

Sobre la tumba de él crecía una rosa, una rosa roja,

Y de la de ella un brezo.

Crecieron y crecieron, sobre la torre de la vieja iglesia

Hasta no poder llegar más alto

Y allí se entrelazaron, en un nudo de amor verdadero

La rosa roja y el brezo.

Will estaba pensando en cómo hacía Sophie para controlarse y no golpear a Bridget en la cabeza con un plato, cuando un repentino choque surgió en su interior como si hubiera sido golpeado en el pecho. Se tambaleó hacia atrás contra la pared con un leve jadeo, su mano yendo hacia su garganta. Podía sentir algo latiendo ahí como un segundo corazón contra el suyo. La cadena del colgante que Magnus le había dado estaba fría al tacto, la sacó precipitadamente de su camisa y se la quedó mirando mientras el dije que colgaba allí se ponía al descubierto, de un rojo profundo y latiendo con una luz escarlata como la del centro de una flama.

Vagamente se dio cuenta de que Bridget había dejado de cantar, y ambas chicas se encontraban en el umbral de la puerta, mirándolo fijamente con asombro. Soltó el dije, dejándolo caer contra su pecho. –¿Qué pasa, señorito Will? –Dijo Sophie. Había dejado de llamarlo Señor Herondale desde que la verdad de su maldición se había descubierto, aunque algunas veces se seguía preguntando si le agradaba. –¿Se encuentra bien?

–No soy yo, –respondió él. –Debemos bajar las escaleras rápido. Algo va terriblemente mal.

***

–Pero usted estaba muerta, –Mai jadeó, retrocediendo un paso. –Yo la vi morir…

Se interrumpió con un grito cuando unos largos brazos metálicos la rodearon desde atrás como una correa, alzándola de sus pies. Su espada cayó al suelo mientras un autómata la apretaba y la Señora Black sonreía con su sonrisa terriblemente fría. –Espere, espere, Señorita Gray ¿No se alegra ni un poco de verme? Después de todo, fui la primera en darle la bienvenida a Inglaterra. Aunque se ha sentido como en su casa desde entonces, me atrevería a decir.

–¡Déjeme ir! –Mai pateaba con fuerza, pero el autómata solo golpeó su cabeza contra la de ella, haciéndola morderse el labio. Se atragantó y escupió: saliva y sangre salpicaron la cara aún blanca de la Señora Black. –Preferiría morir que ir con usted…

La Hermana Oscura se limpió el fluido con su guante y frunció el ceño con disgusto. –Lamentablemente, eso no puede ser. Mortmain la quiere viva. –Chasqueó los dedos al autómata. –Llévala al carruaje.

El autómata se adelantó un paso, con Mai en los brazos… y se derrumbó hacia delante. Mai apenas tuvo tiempo para colocar sus manos para amortiguar la caída mientras golpeaba el suelo, con la criatura mecánica sobre ella. Un golpe de agonía atravesó su muñeca derecha, pero se apoyó en ella de todos modos, con un grito liberándose de su garganta mientras se deslizaba hacia abajo por los escalones, con la Señora Black gritando con frustración, haciendo eco en sus oídos.

Miró hacia arriba condundida. La Señora Black se había ido. El autómata que había sostenido a Mai yacía de lado en los escalones, con partes de su cuerpo metálico esparcidas por todos lados. Mai dio un rápido vistazo a lo que había en su interior: engranajes, mecanismos y claros tubos que bombeaban el fluido negruzco. Jem estaba atrás de él, respirando pesadamente, salpicado con la sangre aceitosa y negra del autómata. Su rostro se veía blanco y rígido. Le echó a ella un vistazo, comprobando rápidamente que estuviera bien, y se lanzó escaleras abajo cortando de nuevo al autómata, seccionando una de sus piernas del torso. Éste se convulsionó como una serpiente moribunda y el brazo que le quedaba salió disparado y sujetó a Jem del tobillo, tirando de él con fuerza.

El pie de Jem salió de debajo de él y cayó con estrépito al suelo, rodando y rodando por los escalones, deteniéndose en un horrible abrazo con el monstruo de metal. El sonido que producía el autómata al ser deslizado hacia abajo, de metal siendo arrastrado por las piedras, era terrible. Cuando golpearon el suelo juntos, la fuerza de la caída los lanzó lejos uno del otro. Mai miró con horror como Jem se tambaleaba vertiginosamente sobre sus pies, su propia sangre roja mezclada con el fluido negro manchando su ropa. Su bastón-espada ya no estaba con él, yacía en uno de los escalones de piedra donde lo había soltado al caer. –Jem, –susurró ella, poniéndose de rodillas. Trató de arrastrase hacia delante pero su muñeca se rindió; cayó sobre sus codos y se extendió hacia el bastón…

Justo cuando unos brazos la rodearon, tirando de ella hacia arriba, y escuchó la voz siseante de la Señora Black en su oído: –No trate de luchar, Señorita Gray, o las cosas irán muy mal para usted, muy, muy mal de hecho.

Mai trató de liberarse, pero algo suave cayó sobre su boca y nariz. Olió una pestilencia enfermizamente dulce y luego la oscuridad cubrió su visión y la llevó a la inconsciencia.

***

Con un cuchillo serafín en la mano, Will cruzó las puertas abiertas del Instituto, hacia una escena de caos.

Buscó automáticamente a Mai primero, pero no la vio por ningún lado, gracias a Dios. Ella debió haber tenido la sensatez de esconderse. Un carruaje negro estaba estacionado a los pies de los escalones. Desplomada junto a una de las ruedas, entre una pila de vidrios rotos, estaba Jessamine. A sus lados se hallaban Henry y Charlotte: Henry con su espada y Charlotte con su látigo, cubriéndose de tres autómatas de largas piernas, con brazos con espadas y lisas cabezas vacías. El bastón-espada de Jem yacía en los escalones, los cuales estaban todos resbalosos, cubierto del fluido negro aceitoso. Junto a las puertas Gabriel y Gideon Lightwood peleaban contra otros dos autómatas, con la habilidad de dos guerreros que han entrenado juntos por años. Cecily estaba de rodillas junto al cuerpo de un Hermano Silencioso, con sus túnicas manchadas de sangre escarlata.

Las puertas del Instituto estaban abiertas, y por ellas salía un segundo carruaje, huyendo del Instituto a toda velocidad. Pero Will apenas se percató de ello, ya que a los pies de los escalones estaba Jem. Pálido como el papel, pero erguido, retrocedía mientras otro autómata avanzaba hacia él. La criatura se tambaleaba casi ebriamente, sin la mitad de su lado y con un brazo arrancado, pero Jem estaba desarmado.

La fría nitidez de la batalla cubrió a Will, y todo pareció ir despacio a su alrededor. Se percató de que Sophie y Bridget, ambas armadas, habían salido junto con él: Sophie había corrido junto a Cecily, y Bridget, en un remolino de cabello rojo y espadas centellantes, estaba ocupada reduciendo a chatarra un autómata sorprendentemente enorme, con una ferocidad que en otro momento lo hubiera sorprendido. Pero su mundo se había reducido, reducido a los autómatas y a Jem, quien, mirando hacia arriba, lo vio y le extendió una mano.

Saltando hacia abajo cuatro escalones, y deslizándose a un lado, Will tomó el bastón-espada de Jem y se lo lanzó. Jem lo atrapó en el aire justo cuando el autómata se abalanzaba sobre él, y Jem lo cortó limpiamente en dos. La mitad de arriba cayó a un lado, aunque las pier nas y la parte baja del torso, ahora liberando un exceso de fluidos negros y verdes, continuaban con su ataque. Jem giró a su lado y levanto la espada de nuevo, cortando la cosa en sus rodillas. Finalmente cayó, sus trozos aún temblando.

Jem levantó la cabeza y miró hacia Will. Sus ojos se encontraron por un momento y Will le sonrió… pero Jem no le devolvió la sonrisa; estaba tan blanco como la sal, y Will no pudo leer sus ojos. ¿Estaba herido? Estaba cubierto de tanta aceite y fluidos que no pudo distinguir si estaba sangrando. La ansiedad se expandió en su interior, y Will comenzó a bajar las escaleras hacia donde se encontraba Jem, pero antes de poder bajar algo más que unos pocos escalones, Jem se dio la vuelta y corrió hacia las puertas. Mientras Will se quedaba mirando, Jem desapareció por ellas, esfumándose en las calles de Londres más allá.

Will empezó a correr… pero fue detenido al pie de los escalones por un autómata que se deslizó frente a él, moviéndose rápida y graciosamente como agua para bloquear su camino. Sus brazos terminaban en largas tijeras; Will esquivó una que se dirigía a su rostro, y dirigió su cuchillo serafín hacia el pecho de la criatura.

Se produjo un ruido de metal chocando metal, pero la criatura solo retrocedió un poco y atacó de nuevo. Will sus afilados brazos, sacando una daga de su cinto. Se giró, golpeándolo con la daga… solo para ver cómo el autómata se convertía en trozos ante él, grandes trozos de metal pelándose como la cáscara de una naranja. El fluido negro emanó y salpicó su rostro mientras la cosa caía en pedazos.

Se quedó mirando. Bridget lo miró serenamente por sobre el arruinado cuerpo. Su cabello se extendía alrededor de su cabeza en un encrespado de rizos pelirrojos, y su delantal blanco estaba cubierto de sangre negra, pero su rostro no mostraba expresión alguna. –Debería ser más cuidadoso –dijo ella. –¿No cree usted?

Will se había quedado mudo; afortunadamente, Bridget no parecía estar esperando una respuesta. Lanzó su cabello a un lado y caminó hacia Henry, quien estaba peleando con autómata particularmente aterrador, de por lo menos cuatro metros de altura. Henry le había cortado uno de los brazos, pero el otro, que terminaba en una monstruosamente larga espada curveada, como un kindjal, seguía tratando de apuñalarlo. Bridget caminó detrás de la cosa con calma y la cortó por el torso con su espada. Volaron chispas y la criatura se tambaleó hacia adelante. Jessamine, que seguía agachada junto a la rueda del carruaje, gritó y comenzó a arrastrarse con las manos y rodillas hacia donde estaba Will.

Por un momento Will miró con sorpresa como sangraban sus manos y rodillas a causa de los vidrios rotos de la ventana, pero seguía arrastrándose. Entonces, poniéndose en acción, fue hacia adelante, rodeando a Bridget, hasta que llegó a Jessie, y deslizó sus brazos por debajo de ella, levantandola del suelo. Ella dio un pequeño jadeo —su nombre, él pensó— y luego se dejó caer en sus brazos, solo con sus manos sosteniéndose con fuerza de sus solapas.

La llevó lejos del carruaje, sin dejar de ver lo que ocurría en el patio. Charlotte había despachado a su autómata y Bridget y Henry estaban a punto de convertir a otro en chatarra. Sophie, Gideon, Gabriel y Cecily tenían a otros dos autómatas frente a ellos, y los estaban cortando como a asado de Navidad. Jem no había regresado. –Will, –dijo Jessie, su voz un débil hilo. –Will, por favor bájame.

–Necesito llevarte adentro, Jessamine.

–No. –Tosió, y Will vio con horror cómo corría la sangre desde las comisuras de sus labios. –No sobreviviré por tanto tiempo. Will…Si alguna vez te importé, aunque haya sido solo un poco, bájame.

Will se hundió a los pies de las escaleras con Jessie en sus brazos, haciendo todo lo posible por acunar su cabeza en su hombro. La sangre manchaba libremente su cuello y el frente de su vestido blanco, haciendo que la tela se pegara a su cuerpo. Estaba terriblemente delgada, su clavícula sobresalía como las alas de un ave, sus mejillas se hundían en huecos. Parecía más un paciente tambaleandose fuera de Bedlam que la linda chica que los había dejado hacía apenas ocho semanas. –Jess, –dijo suavemente. –Jessie. ¿Dónde te has herido?

Ella dio una especie de tétrica sonris. Los bordes de sus dientes estaban cubiertos de rojo. –Una de las garras de las criaturas pasó por mi espalda, –susurró, y ciertamente, cuando Will miró hacia abajo, pudo ver que la parte trasera de su vestido estaba empapada de sangre. La sangre manchaba sus manos, sus pantalones, su camisa, llenando su garganta con su asfixiante olor cobrizo. –Perforó mi corazón, puedo sentirlo.

–Un iratze… –Will comenzó a buscar la estela en su cinturón.

–Ningún iratze puede ayudarme ahora. –Sonaba segura.

–Entonces los Hermanos Silenciosos…

–Incluso sus poderes no pueden salvarme. Además, no podría soportar que me toquen de nuevo. Preferiría morir. Estoy muriendo, y estoy contenta por ello.

Will la miró, impactado. Podía recordar el día en que Jessie llegó al Instituto, con solo catorce años de edad y tan enojada como un gato mostrando sus garras. Él nunca había sido agradable con ella, ni ella con él —él nunca había sido agradable con nadie, excepto con Jem— pero Jessie le había ahorrado el problema de lamentarlo. Sin embargo, la había admirado de una forma extraña, admiraba la fuerza de su odio y su fuerza de voluntad.

–Jessie. –Puso la mano en su mejilla, limpiando la sangre torpemente.

–No es necesario. –Tosió de nuevo. –Ser agradable conmigo. Ya sé que me odias.

–No te odio.

–Nunca me visitaste en la Ciudad Silenciosa. Todos los demás vinieron. Mai y Jem, Henry y Charlotte, pero tú no. Tú no comprensivo, Will.

–No. –Dijo él, porque era verdad, y porque en parte la razón por la que nunca se le agradó Jessamine era que en cierta forma le recordaba a sí mismo. –Jem es el comprensivo.

–Y aun así siempre te preferí a ti. –Sus ojos se movían sobre el rostro de él pensativativamente. –Oh, no, no de ese modo. Ni lo pienses. Pero la forma en que te odiabas a ti mismo… yo la entendía. Jem siempre quiso de darme una oportunidad, al igual que Charlotte. Pero yo no quiero los regalos de corazones generosos. Quiero ser vista como lo que soy. Y porque tú nunca me tuviste lástima, yo sé que si te pidiera hacer algo, lo harías.

Respiró jadeante. La sangre formaba burbujas alrededor de su boca. Will sabía lo que significaba: sus pulmones habían sido perforados o se estaban disolviendo; se estaba ahogando con su propia sangre. –¿Qué es? –dijo con desesperación. –¿Qué es lo que quieres que haga?

–Cuida de ellos –susurró. –De la bebé Jessie y el resto.

Le tomó un momento darse cuenta de que hablaba de sus muñe cas. Por Dios.

–No les dejaré destruir tus cosas, Jessamine.

Ella esbozó un fantasma de una sonrisa. –Creí que posiblemente… no quisieran nada que les recordara a mí.

–No te odian, Jessamine. Cualquiera sea el mundo que esté más allá de este, no puedes irte hacia allí pensando eso.

Ah, ¿no? –Sus ojos comenzaban a cerrrarse. –Aunque seguro les habría agradado un poco más si les hubiera dicho dónde estaba Mortmain. Supongo que entonces no habría perdido su amor.

–Dime ahora, –instó Will. –Dime, si puedes, y recupera ese amor…

–Idris, –susurró.

–Jessamine, sabemos que eso no es verdad…

Sus ojos se abrieron de golpe. La parte blanca estaba teñida de escarlata ahora, como sangre en agua. –Tú, –dijo ella. –Entre toda la gente tú deberías haberlo entendido. – Sus dedos se tensaron de repente, espasmódicamente, en la solapa. –Eres un terrible galés, –dijo espesamente, y luego su pecho subió, y no volvió a moverse. Estaba muerta.

Sus ojos estaban abiertos, fijos en el rostro de él. Éste los tocó suavemente, cerrando sus párpados, dejando huellas sangrientas de su pulgar y dedo índice detrás. –Ave atque vale, Jessamine Lovelace.

–¡No! –Era Charlotte. Will levantó la vista a través de una bruma de conmoción para ver a los otros reunidos a su alrededor: Charlotte, hundida en los brazos de Henry; Cecily con los ojos muy abiertos; y Bridget cargando dos espadas llenas de aceite, sin ninguna expresión. Detrás de ellos Gideon estaba sentado en los escalones del Instituto con su hermano y Sophie a su lado. Estaba inclinado hacia atrás, muy pálido, sin su chaqueta; tenía un trozo de tela atado en una de sus piernas, y Gabriel le estaba aplicando lo que probablemente era una runa de curación en su brazo.

Henry frotó su cara contra el cuello de Charlotte y murmuró cosas reconfortantes al ver las lágrimas correr por el cuello de su esposa. Will los miró, y luego a su hermana. –Jem, –dijo, y el nombre era una pregunta.

–Fue tras Mai, –dijo Cecily mirándo a Jessamine, con una expresión mezclada de compasión y horror.

Una luz blanca pareció brillar frente a los ojos de Will –¿Fue tras Mai? ¿Qué quieres decir?

–Uno… uno de los autómatas la atrapó y la lanzó dentro del carruaje. –Cecily titubeó ante la dureza de su tono. –Ninguno de nosotros pudo seguirlos. Las criaturas nos bloqueaban. Entonces Jem corrió a través de las puertas. Asumo que…

Will descubrió que sus manos se habían tensado, inconscientemente, en los brazos de Jessamine, dejando lívidas marcas en su piel. –Alguien que tome a Jessamine, –dijo entrecortadamente. –Debo ir tras ellos.

–Will, no… –comenzó Charlotte.

–Charlotte. –La palabra rasgó su garganta. –Debo ir…

Hubo un sonido metálico. El sonido de las rejas del Instituto al cerrarse. La cabeza de Will se levantó y vio a Jem.

Las puertas se acababan de cerrar tras él, y estaba caminando hacia ellos. Se estaba moviendo lentamente, como si estuviera ebrio o herido, y mientras se acercaba, Will vio que estaba cubierto de sangre. Del líquido negro de los autómatas, pero una gran cantidad de sangre roja también: en su camisa, manchando su rostro, manos y en su cabello.

Se acercó a ellos y se detuvo en seco. Se veía de la forma en que Thomas se había visto cuando Will lo había encontrado en los escalones del Instituto, sangrando y casi muerto. –¿James? –dijo Will.

Había un mundo de preguntas en esa única palabra. –Se fue, –dijo Jem en una voz plana, sin inflexión. –Corrí detrás del carruaje… pero iban ganando velocidad y no pude correr lo suficientemente rápido. Los perdí cerca del Temple Bar. –Sus ojos miraron hacia Jessamine, pero no parecía ver ni siquiera su cuerpo o a Will sosteniéndola, ni nada en absoluto. –Si hubiera podido correr más rápido…, –dijo, y después se dobló como si hubiera sido golpeado, la tos desgarrándolo. Golpeó el suelo con sus codos y rodillas, y la sangre salpicó el suelo a sus pies. Sus dedos se clavaron en la piedra. Luego giró sobre su espalda y se quedó inmóvil.

10

Como agua sobre arena

Me sorprendía que viviesen los
demás por haber muerto aquel a
quien yo había amado, como si
nunca hubiera de morir; y más
me sorprendía aún de que,
habiendo muerto él, viviera yo,
que era otro él. Bien dijo uno de
su amigo que «era la mitad de su
alma». Porque yo sentí que «mi
alma y la suya no eran más que
una en dos cuerpos», y por eso
me causaba horror la vida,
porque no quería vivir a medias,
y al mismo tiempo temía mucho
morir, en caso de que muriese
todo aquel a quien había amado tanto.

-San Agustín, Confesiones, Libro IV.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por EsperanzaLR el Dom Abr 10, 2016 3:41 pm

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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Abr 12, 2016 11:31 am

Cecily abrió la puerta de la habitación de Jem con la punta de sus dedos, y miró hacia el interior.

La habitación estaba silenciosa pero intranquila con movimientos. Dos Hermanos Silenciosos estaban de pie junto a la cama de Jem, con Charlotte entre ellos. Su rostro estaba serio y con rastros de lágrimas. Will se arrodillaba a un lado de la cama, aún con sus ropas manchadas de sangre por la pelea en el patio. Su cabeza estaba baja sobre sus brazos cruzados, y parecía como si estuviera rezando. Se veía joven, vulnerable y desesperado, y a pesar de sus sentimientos encontrados, alguna parte de Cecily anhelaba entrar a la habitación y consolarlo.

El resto de ella vio la inmóvil y blanca figura que yacía en la cama, y se acobardó. Había estado aquí muy poco tiempo; no podía sentir otra cosa además de que se estaba entrometiendo en los habitantes del Instituto- su dolor, su pena.

Pero debía hablar con Will. Tenía que hacerlo. Se movió hacia delante…

Y sintió una mano sobre su hombro, echándola hacia atrás. Su espalda golpeó la pared del corredor, y Gabriel Lightwood inmediatamente la soltó.

Lo miró con sorpresa. Se veía exhausto, sus ojos verdes estaban sombreados, tenía manchas de sangre en su cabello y en los puños de su camisa. Su cuello estaba húmedo. Claramente venía de la habitación de su hermano. Gideon había sido herido gravemente en la pierna por la espada de un autómata, y aunque las iratzes habían ayudado, parecía que había un límite en lo que podían curar. Sophie y Gabriel lo habían asistido en su habitación, aunque había protestado todo el camino que toda la atención disponible debía ser para Jem. –No vaya allí, –dijo Gabriel en voz baja. –Están intentando salvar a Jem. Su hermano necesita estar allí para él.

–¿Estar allí para él? ¿Qué puede hacer? Will no es un doctor.”

–Incluso estando inconsciente, James tomará fuerza de su parabatai.

–Necesito hablar con Will solo por un momento momento.

Gabriel pasó sus manos por su enmarañado cabello.–Usted no ha estado con los Cazadores de Sombras por mucho tiempo, –dijo. –Puede que no lo entienda. Perder tu parabatai- no es poca cosa. Lo tomamos tan seriamente como perder un esposo o una esposa, o un hermano o hermana. Es como si usted estuviera yaciendo en esa cama.

–A Will no le importaría tanto si yo estuviera en esa cama.

Gabriel bufó.  –Su hermano no se habría tomado el problema de advertirme sobre usted si no le importara, Señorita Herondale.

–No, a él no le agrada usted. ¿Por qué es eso? ¿Y por qué está advirtiéndome sobre él ahora? No le agrada a usted, tampoco.

–No, –dijo Gabriel. –No es así. A mi no me agrada Will Herondale. No nos hemos agradado por años. En realidad, rompió mi brazo una vez.

–¿De verdad? –Las cejas de Cecily se alzaron a pesar de sí misma.

–Y aún estoy comenzando a ver que muchas cosas que yo creía que eran ciertas, no lo son. Y Will es una de ellas. Estaba seguro de que él era un canalla, pero Gideon me ha dicho más sobre él, y comienzo a entender que tiene un muy peculiar sentido del honor.

–Y usted respeta eso.

–Deseo respetarlo. Deseo entenderlo. Y James Carstairs es uno de los mejores entre nosotros; incluso si odiara a Will, lo perdonaría ahora, en nombre de Jem.

–Lo que debo decirle a mi hermano, –dijo Cecily. –Jem querría que se lo dijera. Es suficientemente importante. Y solo tomará un momento.

Gabriel frotó su sien. Era tan alto- parecía alzarse sobre Cecily, además de que era muy esbelto. Tenía un pronunciado rostro, no muy bello, pero elegante, su labio inferior esbozado casi exactamente como un arco.  –Está bien, –dijo. –Iré y lo enviaré fuera.

–¿Por qué usted? ¿Y no yo?

–Si está enojado, si está abatido, es mejor que yo lo vea, y que esté furioso conmigo en vez de con usted, –dijo Gabriel con naturalidad. –Estoy confiando en usted, Señorita Herondale, sobre que esto es importante. Espero que no me decepcione.

Cecily no dijo nada, solo miró mientras Gabriel empujaba la puerta del cuarto del enfermo y entraba. Se inclinó contra una pared, su corazón latiendo fuertemente, mientras un murmullo de voces llegaba desde dentro. Podía oír a Charlotte diciendo algo sobre runas de remplazo de sangre, las cuales eran aparentemente peligrosas - y luego la puerta se abrió y Gabriel salió. Se enderezó.  –¿Está Will…

Los ojos de Gabriel la miraron rápidamente, y un momento después Will apareció, a los talones de Gabriel, saliendo y cerrando firmemente la puerta detrás de él. Gabriel asintió hacia Cecily y se fue por el pasillo, dejándola sola con su hermano.

Siempre se había preguntado cómo podías estar solo estando con alguien más, realmente. Si estabas con ellos, ¿No estabas, por definición ‘no solo’? Pero ella se sentía completamente sola ahora, ya que Will parecía estar completamente en algún otro lugar. Ni siquiera parecía estar enfadado. Éste se apoyó contra la pared junto a la puerta, junto a ella, y aún así se veía tan insustancial como un fantasma. –Will, –dijo ella.

No pareció oírla. Estaba temblando, sus manos se sacudían con presión y tensión. –Gwilym Owain, –dijo otra vez, más suavemente.

Él volvió la cabeza para mirarla al menos, aunque sus ojos eran tan azules y fríos como el agua de Llyn Mwyngil al abrigo de las montañas.  –Vine aquí por primera vez cuanto tenía doce, –dijo.

–Lo sé, –dijo Cecily, desconcertada. ¿Pensaba que se podría haber olvidado? ¿Perder a Ella, y luego a su Will, su amado hermano mayor, solo en cuestión de días? Pero Will ni siquiera parecía escucharla.

–Era, para ser precisos, el diez de noviembre de ese año. Y cada año después de eso, en el aniversario de ese día, yo caería en un humor negro de desesperación. Ese era el día - ese y mi cumpleaños-  cuando más fuerte recordaba a mamá, papá y a ti. Sabía que estabas viva, que estabas allí fuera, que me querías de vuelta, y no podía ir, no podía ni siquiera enviarte una carta. Escribí docenas, por supuesto, y las quemé. Debías odiarme y culparme por la muerte de Ella.

–Nunca te culpamos…

–Después del primer año, incluso aunque seguía temiendo la aproximación de ese día, comencé a descubrir que había algo que Jem simplemente tenía que hacer algo cada diez de noviembre, algún ejercicio de entrenamiento o alguna búsqueda que nos llevaría al otro lado de la ciudad en el frío y húmedo clima de invierno. Y yo lo insultaría amargadamente por eso, por supuesto. Algunas veces el húmedo frío lo enfermaba, o se olvidaría sus drogas y se enfermaría durante el día, tosiendo sangre y confinándose en su cama, lo que sería una distracción también. Y solo después de que sucedió tres veces - porque soy muy imbécil, Cecy, y solo pienso en mí mismo- me di cuenta de que, por supuesto, lo estaba haciendo por mí. Había notado la fecha y estaba haciendo todo lo que podía para sacarme de mi melancolía.

Cecily quedó inmóvil, mirándolo fijamente. A pesar de las palabras que golpeaban en su cabeza por ser dichas, no pudo decir nada, porque era como si el velo de los años se hubiera caído y estuviera viendo a su hermano por fin, como había sido de niño, acariciándola torpemente cuando se lastimaba, durmiéndose en el tapete frente al fuego con un libro abierto sobre su pecho, saliendo del estanque riendo y sacudiendo el agua de su pelo negro. Will, sin paredes entre él y el mundo exterior.

Él puso sus brazos a su alrededor como si tuviera frío.  –No se quien ser sin él, –dijo. –Mai se ha ido, y cada momento en el que no está es como un cuchillo desgarrándome desde mi interior.

Se ha ido, y no pueden rastrearla, y no tengo idea de a dónde ir o qué hacer después, y la única persona con la que puedo imaginar hablar de mi agonía es la única persona que no puede saberlo. Incluso si no estuviera muriéndose. –Will. Will. –Puso sus manos en los brazos de él. –Por favor escúchame. Es sobre encontrar a Mai. Creo que sé dónde está Mortmain.

Sus ojos se abrieron repentinamente ante eso.  –¿Cómo podrías saber tú?

–Estaba suficientemente cerca para oír lo que dijo Jessamine cuando se estaba muriendo, –dijo Cecily, sintiendo la sangre golpear en él bajo su piel. Su corazón estaba martilleando. –Dijo que eras un galés terrible.

–¿Jessamine? –Sonó perplejo, pero ella vio el leve estrechamiento de sus ojos. Quizás, inconscientemente, estaba comenzando a seguir la misma línea de pensamiento que ella.

–No dejó de decir que Mortmain estaba en Idris. Pero la Clave sabe que no es así, –dijo Cecily rápidamente. –No conocías a Mortmain cuando éste vivía en Gales, pero yo sí. Lo conoce bien. Y alguna vez tú también lo hiciste. Crecimos a la sombra de las montañas, Will. Piensa.

La miró fijamente.  –No crees… ¿Cadair Idris?

–Él conoce esas montañas, Will, –dijo. –Y lo encontrará gracioso, una gran broma sobre ti y todos los Nefilims. La ha llevado exactamente de donde huiste. La ha llevado a nuestro hogar.

***

–¿Un posset?7* –dijo Gideon, tomando la humeante taza que le tendía Sophie. –Me siento como un niño otra vez.

–Tiene especias y vino. Te hará bien. Fortalecerán tu sangre.” Dijo Sophie, sin mirar directamente a Gideon mientras dejaba la bandeja que andaba trayendo sobre la mesa de noche junto a la cama. Él estaba sentado, una de las piernas de su pantalón cortada bajo la rodilla y la propia pierna envuelta en vendajes. Su pelo estaba aún desarreglado por la pelea, y aunque se le habían dado ropas limpias, aún olía ligeramente a sangre y sudor.

–Éstas fortalecerán mi sangre, –dijo, extendiendo un brazo en el cual dos runas de remplazo- de- sangre, sangliers, habían sido pintadas.

–¿Eso se supone que significa que tampoco te gustan los possets?” demandó, con las manos en sus caderas. Aún podía recordar cuán irritada había estado con él por los bizcochos, pero lo había perdonado completamente la noche anterior, mientras leía su carta al Cónsul (la que aún no había tenido posibilidad de enviar - aún estaba en el bolsillo de su delantal manchado de sangre). Y hoy, cuando el autómata había cortado su pierna en los escalones del Instituto y él se había caído, con sangre derramándose de la herida abierta, el corazón de ella se había apoderado de un terror que la había sorprendido.

–A nadie le gustan los possets, –dijo él con una débil pero encantadora sonrisa.

–¿Debo quedarme y asegurarme de que se lo tome, o va a arrojarlo bajo la cama? Porque entonces tendremos ratones.

Tuvo la decencia de verse avergonzado; Sophie casi deseaba haber estado allí cuando Bridget se deslizó en su habitación y anunció que estaba allí para limpiar los bizcochos de debajo la cama.

–Sophie, –dijo él, y cuando ésta le dio una mirada severa, tomó un veloz trago del posset. –Señorita Collins. Aún no he encontrado la ocasión para disculparme debidamente, así que déjeme hacerlo ahora.

Por favor perdóneme por el engaño que le hice con respecto a los biz cochos. No era mi intención faltarle el respeto. Tengo la esperanza de que no imagine que pienso menos de usted por su posición en la casa, ya que usted es una de las más excelentes y valientes señoritas que he tenido el placer de conocer.”

Sophie sacó sus manos de sus caderas.  –Bueno, –dijo. No habían muchos caballeros que se disculparían con un sirviente. –Esa es una disculpa muy bonita.

–Y estoy seguro de que los bizcochos estaban muy deliciosos, – añadió él apresuradamente. –Es solo que no me gustan los bizcochos. Nunca me han gustado los bizcochos.

No son sus bizcochos. –Por favor deje de decir la palabra ‘bizcocho’, Señor Lightwood.

Está bien.

–Y no son mis bizcochos; Bridget los hizo.

–Está bien.

–Y no se está tomando su posset.

Abrió su boca, luego la cerró rápidamente y alzó la taza. Cuando la miró por sobre el borde, ella se ablandó y sonrió. Los ojos de él se iluminaron. –Muy bien, –dijo. –No le gustan los bizcochos. ¿Qué hay sobre un pastel esponjoso?

7:Bebida caliente inglesa usada desde la época medieval hasta el siglo XIX, cuyo principal ingrediente era la leche. Se añadía a la leche otros ingredientes como el vino o la cerveza o incluso algunas especias.(De Wikipedia)

***

Era media tarde y el sol estaba alto y débil en el cielo. Alrededor de una docena de Cazadores de Sombras del Enclave, y unos cuantos Hermanos Silenciosos, estaban esparcidos en la propiedad del Instituto. Se habían llevado a Jessamine más temprano, y el cuerpo del Hermano Silencioso muerto, cuyo nombre Cecily no conocía. Podía oír voces en el patio, y el sonido del metal, mientras el Enclave se movía por los restos del ataque de los autómatas.

En la sala de estar, en cambio, el sonido más alto era el tictac del reloj del abuelo en una esquina. Las cortinas estaban abiertas, y en la pálida luz del sol el Cónsul estaba de pie gruñendo, sus grandes brazos cruzados sobre su pecho.  –Esto es una locura, Charlotte, –dijo. –Una total locura, y basada en la fantasía de una niña.

–No soy una niña, –espetó Cecily. Estaba sentada en una silla junto a la chimenea, la misma en donde Will se había quedado dormido la noche anterior… ¿Había sido hace tan poco tiempo? Will estaba de pie a su lado, ceñudo. No se había cambiado las ropas. Henry estaba en la habitación de Jem con los Hermanos Silenciosos; Jem aún no había recuperado la consciencia, y solo la llegada del Cónsul había sacado a Charlotte y Will de su lado. –Y mis padres conocían a Mortmain, como usted bien sabe. Se había hecho amigo de mi familia, de mi padre. Nos dio Ravenscar Manor cuando mi padre hubo - cuando perdimos nuestra casa cerca de Dolgellau.

–Es verdad, –dijo Charlotte, quien estaba detrás de su escritorio, con papeles esparcidos frente a ella en la superficie.  –Te hablé sobre ello este verano, y sobre lo que Ragnor Fell me reportó sobre los Herondales.

Will sacó sus puños de los bolsillos de sus pantalones y enfrentó enfadado al Cónsul.  –¡Era una broma de Mortmain, darle a mi familia esa casa! Jugó con nosotros. ¿Por qué no extendería la broma de esta manera?

–Aquí, Josiah, –dijo Charlotte, indicando uno de los papeles en el escritorio frente a ella. Un mapa de Gales. –Hay un Lago Lyn en Idris - y aquí, el lago Tal-y-Llyn, al pie de Cadair Idris…

–Llyn’ significa ‘lago,’ –dijo Cecily en un tono exasperado. –Y lo llamamos Llyn Mwyngil, aunque algunos lo llaman Tal-y-Llyn…

–Y probablemente hay otros lugares en el mundo con el mismo nombre que Idris, –espetó el Cónsul, antes de darse cuenta de que es taba discutiendo con una muchacha de quince años, y se calmarse.

–Pero éste significa algo, –dijo Will. –Dicen que los lagos alrededor de la montaña no tienen fondo - que la montaña misma está hueca, y que dentro duerme el Cwn Annwn, el Sabueso del Inframundo.

–El Cazador Salvaje, –dijo Charlotte.

–Sí. –Will se echó hacia atrás su pelo oscuro. –Somos Nefilims. Creemos en leyendas, en mitos. Todas las historias son reales. ¿Dónde mejor que una montaña hueca ya asociada con magia oscura y presagios de muerte para esconderse a él y a sus artilugios? Nadie encontraría raro si extraños sonidos vinieran de la montaña, y ningún lugareño investigaría. ¿Por qué sino estaría él en el área? Siempre me pregunté por qué tuvo especial interés en mi familia. Quizás fue simple proximidad - la oportunidad de fastidiar una familia Nefilim. No habría sido capaz de resistirse.

El Cónsul estaba apoyado contra el escritorio, sus ojos en el mapa bajo las manos de Charlotte.  –No es suficiente.

–¿No es suficiente? ¿Suficiente para qué? –gritó Cecily.

–Para convencer a la Clave. –El Cónsul se puso de pie. –Charlotte, tú lo entenderás. Para lanzar una fuerza contra Mortmain asumiendo que está en Gales, debemos convenir una reunión del Consejo. No podemos tomar una fuerza pequeña y arriesgarnos a ser sobre pasados, especialmente por esas criaturas… ¿Cuántas de ellas estaban aquí esta mañana cuando fueron atacados?

–Seis o siete, sin contar a la criatura que tomó a Mai, –dijo Charlotte. –Creemos que pueden plegarse ello mismos y por lo tanto fueron capaces de caber en los pequeños confines de un carruaje.

–Y creo que Mortmain no se dio cuenta de que Gabriel y Gideon Lightwood estarían con ustedes, y subestimó los números que necesitaría. De otra manera sospecho que podrían estar todos muertos.

–Que ahorquen a los Lightwoods, –murmuró Will. –Creo que subestimó a Bridget. Cortó a esas criaturas en pedacitos como a un pavo de Navidad.

–El Cónsul arrojó sus manos hacia arriba. –Leímos los papeles de Benedict Lightwood. En ellos afirma que la fortaleza de Mortmain es justo fuera de Londres, y que Mormain planeaba enviar una fuerza contra el Enclave de Londres…

–Benedict Lightwood estaba enloqueciendo rápidamente cuando escribió eso, –interrumpió Charlotte. –¿Parece como que Mortmain hubiera compartido con él sus verdaderos planes?

–¿Qué sigue y qué más? –La voz del Cónsul era agria, pero también mortalmente fría. –Benedict no tenía razón para mentir en sus propios diarios, Charlotte, los cuales tú no deberías haber leído. Si no estuvieras tan convencida de que debes saber más que el Consejo, habrías desistido inmediatamente. Tales exhibiciones de desobediencia no me inclinan a confiar en ti. Si debes, puedes traer este tema de Gales con el Consejo cuando nos reunamos en dos semanas…”

–¿Dos semanas?” Se alzó la voz de Will; estaba pálido, con manchas de rojo en sus mejillas. –Mai fue secuestrada hoy. Ella no tiene dos semanas.

–El Magister la quería ilesa. Sabes eso, Will, –dijo Charlotte en voz baja.

–¡También quiere casarse con ella! ¿No crees que ella odiará convertirse en su juguete más de lo que odiaría morir? Podría casarse mañana…

–¡Y al diablo con ello si lo hace! –dijo el Cónsul. –¡Una chica, que no es Nefilim, no es, no puede, ser nuestra prioridad!!

–¡Es mi prioridad!” Gritó Will.

Se hizo el silencio. Cecily podía oír el sonido de la madera húmeda chispear en la chimenea. La niebla que parecía embadurnar las ventanas era amarillo oscuro, y el rostro del Cónsul estaba en las sombras. Finalmente: –Pensé que era la prometida de tu parabatai,” dijo tenso. –No la tuya.

Will alzó su barbilla. –Si es la prometida de Jem, entonces es mi deber protegerla como si fuera la mía. Eso es lo que significa ser parabatai.

–Oh, sí. –La voz del Cónsul goteaba sarcasmo. –Tal lealtad es admirable. –Sacudió la cabeza. –Herondales. Tan tercos como rocas. Recuerdo cuando tu padre quería casarse con tu madre. Nadia lo haría cambiar de opinión, aunque ella no era candidata a la Asunción. Esperaba más flexibilidad de sus hijos.

–Nos perdonará a mi hermana y a mí si no estamos de acuerdo,” dijo Will, “considerando que si mi padre hubiera sido más flexible, como usted dijo, no existiríamos.

El Cónsul sacudió la cabeza. –Esta es una guerra, –dijo. “No un rescate.

–No es solo una chica, –dijo Charlotte. –Es un arma en manos del enemigo. Te lo estoy diciendo, Mortmain pretende usarla contra nosotros.

–Suficiente. –El Cónsul alzó su abrigo del respaldo de una silla y se lo puso. –Esta es una conversación inútil. Charlotte, mira a tus Cazadores de Sombras. –Su mirada pasó sobre Will y Cecily. –Se ven… exaltados.

–Veo que no podemos forzarlo a cooperar, Cónsul. –La cara de Charlotte era como un trueno. –Pero recuerda que pondré en una nota que le advertimos de esta situación. Si al final estábamos en lo correcto y viene un desastre debido a su retraso, esos resultados estarán sobre su cabeza.

Cecily esperaba que el Cónsul luciera enfadado, pero solo subió su capucha, escondiendo sus rasgos. –Eso es lo que significa ser Cónsul, Charlotte.

***

Sangre. Sangre en los adoquines del patio. Sangre en las escaleras de la casa. Sangre en las hojas del jardín, los restos de lo que alguna vez había sido el cuñado de Gabriel yaciendo en los espesos estanques de sangre seca, calientes manchas de sangre salpicando las ropas de Gabriel cuando la flecha que él había soltado se dirigía hacia el ojo de su padre…

–¿Arrepintiéndote de tu decisión de permanecer en el Instituto, Gabriel? –La fría y familiar voz cortó los febriles pensamientos de Gabriel, y éste miró hacia arriba con un jadeo.

El Cónsul estaba de pie frente a él, delineado por la débil luz del sol. Tenía un pesado saco, guantes y una expresión como si Gabriel hubiera hecho algo para molestarlo. –Yo… –Gabriel cortó su respiración, forzando las palabras a salir. –No. Por supuesto que no.

El Cónsul alzó una ceja. –Eso debe ser el por qué estás acuclillándote en todos los lugares de la iglesia, en ropas manchadas de sangre, como si temieras que alguien  pueda encontrarte.

Gabriel se puso de pie rápidamente, agradecido de la dura pared de roca detrás de él, dirigiéndolo hacia arriba. Fulminó con la mirada al Cónsul. –¿Sugiere que no luché? ¿Qué huí?

–No estoy sugiriendo tal cosa, –dijo el Cónsul suavemente. –Sé que te quedaste. Sé que tu hermano resultó herido…

Gabriel tomó una áspera y temblorosa respiración, y los ojos del Cónsul se entrecerraron. –Ah, –dijo. –Así que es eso, ¿no es así? ¿Viste morir a tu padre, y pensaste que ibas a ver morir a tu hermano también?

Gabriel quería rasguñar la pared detrás de él. Quería pegar al Cónsul en su empalagosamente falso rostro de comprensión. Quería correr por las escaleras y arrojarse a la cama de su hermano, negarse a irse, como Will se había negado a abandonar a Jem hasta que Gabriel lo había forzado a hacerlo. Will era mejor hermano para Jem de lo que él mismo había sido para Gideon, pensó amargamente, y no había sangre compartida entre ellos. Había sido eso en parte lo que lo había dirigido al Instituto, a su escondite detrás de los establos. Seguramente nadie lo buscaría allí, se había dicho a si mismo.

Había estado equivocado. Pero se había equivocado tan a menudo, ¿Qué era una sola vez? –Viste a tu hermano sangrar, –dijo el Cónsul, aún en la misma suave voz. –Y recordaste…

–Maté a mi padre, –dijo Gabriel. –Puse una flecha en su ojo. ¿Cree usted que no sé lo que eso significa? Su sangre me llamará del suelo, como la sangre de Abel llamaba a la de Cain. Todos dicen que ya no era mi padre, pero aún era todo lo que me recordaba a él. Había sido una vez un Lightwood. Y Gideon pudo haber sido asesinado hoy. Perderlo a él también…

–Ves a lo que me refiero, –dijo el Cónsul. –Cuando hablé de Charlotte y su negación a obedecer la Ley. El costo de vida que lleva. Podría haber sido sacrificada la vida de tu hermano por su arrogante orgullo.

–No se ve orgullosa.

–¿Es por eso que escribieron esto? –El Cónsul sacó del bolsillo de su saco la primera carta que Gabriel y Gideon le habían enviado. La miró con desprecio y la dejó revolotear hasta el suelo. ¿Esta carta ridícula, calculada para molestarme?

–¿Funcionó?

Por un momento Gabriel pensó que el Cónsul iba a pegarle. Pero la mirada de furia se fue rápidamente de los ojos del hombre mayor; cuando habló otra vez, lo hico calmadamente. “Supongo que no debería haber esperado que un Lightwood reaccionara bien ante el chantaje. Su padre no lo habría hecho. Confieso que los creí más débiles a ustedes.

–Si intenta otro camino para persuadirme, no se moleste. –Dijo Gabriel. –No tiene sentido.

–¿De verdad? ¿Eres leal a Charlotte Branwell, después de todo lo que su familia hizo a la tuya? Podría haber esperado esto de Gideon -se asemeja a tu madre. Demasiado confiado de naturaleza. Pero no de ti, Gabriel. De ti esperaba más orgullo por tu sangre.

Gabriel dejó su cabeza caer contra la pared. –No había nada, –dijo. –¿Comprende? No había nada en la correspondencia de Charlotte que le interesara a usted, que le interesara a nadie. Usted nos dijo que nos destruiría totalmente si no reportábamos sus actividades, pero no había nada para reportar. No nos dio otra opción.

–Podrían haberme contado la verdad.

–No quería oírla, –dijo Gabriel. –No soy estúpido, y tampoco lo es mi hermano. Usted quiere que Charlotte sea eliminada como cabeza del Instituto, pero no quiere que sea tan claro que haya sido su mano la que la eliminó. Deseaba descubrirla metida en algún tipo de trato ilegal. Pero la verdad es que no hay nada para descubrir.

–La verdad es maleable. La verdad puede ser cubierta, ciertamente, pero también puede ser creada.

La mirada de Gabriel fue repentinamente al rostro del Cónsul. –¿Preferiría que le mienta?

–Oh, no, – dijo el Cónsul. –No a mí. –Puso una mano en el hombro de Gabriel. –Los Lightwoods siempre han tenido honor. Tu padre cometió errores. No deberías pagar por ellos. Déjame devolverte lo que has perdido. Déjame devolverte la Casa Lightwood, el buen nombre de tu familia. Podrías vivir en la casa con tu hermano y hermana. Ya no necesitarás depender de la caridad de la Enclave.

Caridad. La palabra era amarga. Gabriel pensó en la sangre de su hermano sobre los escalones del Instituto. Si Charlotte no hubiera sido tan tonta, tan determinada a llevar a la cambia-formas al seno del instituto contra las protestas de la Clave y el Cónsul, el Magister no habría enviado sus fuerzas contra el Instituto. La sangre de Gideon no habría sido derramada.

En realidad, susurró una pequeña voz en la parte trasera de su mente, si no hubiera sido por Charlotte, el secreto de mi padre habría permanecido como un secreto. Benedict no habría sido forzado a traicionar al Magister. No habría perdido la fuente de la droga que lo mantenía alejado de la astriola. Puede que nunca se hubiera transformado. Sus hijos no tendrían que haber aprendido de sus pecados. Los Lightwoods continuarían en dichosa ignorancia.

–Gabriel, –dijo el Cónsul. –Esta oferta es solo para ti. Debe quedar como un secreto para tu hermano. Él es como tu madre, demasiado leal. Leal a Charlotte. Su errónea lealtad puede darle reconocimiento, pero no nos ayudará aquí. Dile que me cansé de sus travesuras; dile que ya no deseo ninguna acción de parte de ustedes. Eres un buen mentiroso –aquí sonrió agriamente –y me siento seguro de que puedes convencerlo. ¿Qué dices?

Gabriel apretó su mandíbula. –¿Qué desea que haga?

***

Will se movió en el sillón junto a la cama de Jem. Había estado allí por horas, y su espalda estaba volviéndose rígida, pero se negaba a moverse. Siempre había una posibilidad de que Jem se despertara, y esperara que él estuviera aquí.

Al menos no hacía frío. Bridget había encendido el fuego en la chimenea; la madera húmeda saltaba y crujía, enviando una ocasional llamarada de chispas. La noche fuera de las ventanas era oscura sin un retazo de azul o nubes, solo un llano negro como si hubiera sido pintado en el vidrio.

El violín de Jem se apoyaba contra el pie de su cama, y su bastón, aún manchado con sangre por la pelea en el patio, yacía a su lado. El mismo Jem yacía inmóvil, apoyado en almohadones, sin ningún color en su pálido rostro. Will sintió como si lo estuviera viendo por primera vez después de una larga ausencia, en ese breve momento cuando puedes notar cambios en rostros familiares antes de que se vuelvan parte del escenario de la vida de uno otra vez. Jem se veía tan delgado -¿Cómo no lo había notado Will?- toda la piel extra removida de los pómulos, mandíbula y frente, por lo que era todo huecos y ángulos. Había un brillo azulado en sus párpados cerrados, y en su boca. Sus clavículas se curvaban como la proa de un barco.

Will se reprendía a sí mismo. ¿Cómo podría no haber notado todos estos meses que Jem se estaba muriendo -tan rápido, tan pronto? ¿Cómo no había visto la guadaña y la sombra? –Will. –Fue un susurró en la puerta. Miró hacia arriba lentamente y vio a Charlotte allí, con la cabeza en el umbral. –Hay… alguien aquí para verte.

Will pestañeó mientras Charlotte se salía del camino y Magnus Bane entraba a la habitación. Por un momento Will no pudo pensar en nada que decir. –Dice que lo invocaste, –dijo Charlotte, sonando un poco dudosa. Magnus se quedó allí, luciendo indiferente, en un traje de carbón gris. Estaba lentamente enrollando sus guantes, gris oscuro, fuera de sus delgadas manos marrones.

–Sí lo invoque, –dijo Will, sintiéndose como si estuviera despertando. –Gracias, Charlotte.

Charlotte le dio una mirada que mesclaba comprensión con el no-dicho mensaje Vuelve a tu cabeza, Will Herondale, y salió de la habitación, cerrando la puerta perceptiblemente detrás de ella. –Viniste, –dijo Will, sabiendo que sonaba estúpido. Nunca le había gustado cuando la gente observaba cosas obvias en voz alta, y aquí estaba él haciendo exactamente eso. No podía sacudirse la sensación de desconcierto. Ver a Magnus aquí, en la habitación de Jem, era como ver un caballero de las hadas sentado entre los abogados de peluca blanca del Old Bailey.

Magnus dejó caer sus guantes en una mesa y fue hacia la cama. Extendió una mano para sostenerse en uno de los postes mientras miraba a Jem, tan inmóvil y blanco que bien podría estar esculpido en una tumba. –James Carstairs, –dijo, murmurando las palabras en voz baja como si tuviera algún poder hechizante.

–Se está muriendo, –dijo Will.

–Eso es evidente. –Podría haber sonado frio, pero había mundos de tristeza en la voz de Magnus, una tristeza que Will sentía con familiaridad. –Pensé que creías que le quedaban unos días, quizás una semana.

No es solo la falta de droga. –La voz de Will sonó áspera; aclaró su garganta. –En realidad, tenemos un poco de eso, y le hemos administrado. Pero hubo una pelea esta tarde, y perdió sangre y se debilitó. No es suficientemente fuerte, tememos, para recuperarse.

Magnos extendió un brazo y con una gran gentileza alzó la mano de Jem. Habían moretones en sus pálidos dedos, y las venas azules corrían como un mapa de ríos bajo la piel de su muñeca. –¿Está sufriendo?

–No lo sé.

–Quizás sería mejor dejarlo morir. –Magnus miró a Will, sus ojos de dorado-verde oscuro. –Toda vida es finita, Will. Y sabías, cuando lo elegiste, que él moriría antes que tú lo hicieras.

Will se le quedó mirando fijamente. Sentía como si estuviera lanzándose por un túnel oscuro, uno que no tenía final, sin lugares para agarrarse para así suavizar su caída. –Si crees que sería lo mejor para él.

–Will. –La voz de Magnus era amable pero urgente.

–¿Me trajiste aquí porque esperabas que lo ayudara?

Will lo miró en blanco. –No sé por qué te invoqué, –dijo. –No creo que haya sido porque creyera que hubiera algo que pudieras hacer. Creo que en realidad pensé que serías el único que podría entenderlo.

Magnus se veía sorprendido. –¿El único que podría entenderlo?

–Has vivido tanto tiempo, –dijo Will. –Debes haber visto a tantos morir, tantos a quien amabas. Y aún así sobreviviste y seguiste adelante.

Magnus continuó luciendo sorprendido. –¿Me invocaste aquí -un brujo al Instituto, justo después de una batalla en la que casi asesinan a todos- para hablar?

–Encuentro fácil hablar contigo, –dijo Will. –No puedo decir por qué.

Magnus sacudió su cabeza lentamente, y se apoyó contra el poste de la cama. –Eres tan joven, –murmuró. –Pero bueno, no creo que un Cazador de Sombras me haya llamado nunca antes para simplemente pasar la guardia de la noche con él.

–No sé qué hacer, –dijo Will. –Mortmain se ha llevado a Mai, y creo que ahora sé donde puede estar. Hay una parte de mí que no quiere nada más que ir a por ella. Pero no puedo dejar a Jem. Hice un juramento. ¿Y qué si se despierta en la noche y descubre que no estoy aquí? –Se veía tan perdido como un niño. –Pensará que lo dejé por voluntad propia, sin importarme que se estuviera muriendo. No lo sabrá. Y aún si pudiera hablar, ¿no me diría que fuera a buscar a Mai? ¿No es eso lo que querría? –Will dejó caer su rostro en sus manos. –No puedo decirle, y me eso está desgarrando a la mitad.

Magnus lo miró silenciosamente por un largo momento. –¿Sabe que estás enamorado de Mai?

–No. –Will alzó su rostro, estupefacto. –No. Nunca dije una palabra. No era su carga para resistirla.

Magnus tomó una respiración profunda y habló gentilmente.Will. Me pediste mi sabiduría, como alguien que ha vivido muchas vidas y enterrado tantos amores. Puedo decirte que el final de una vida es la suma del amor que fue vivida en ella, que ya sea lo que pienses que has jurado, estar allí en el final de la vida de Jem no es lo que es importante. Es haber estado allí en todos los otros momentos. Desde que lo conociste, nunca lo has abandonado y nunca has dejado de amarlo. Eso es lo que importa.”

–Realmente lo crees, –dijo Will pensativo, y luego, –¿Por qué eres tan amable conmigo? Aún te debo un favor, ¿no es así? Recuerdo eso, ya sabes, aunque nunca lo has reclamado.

–¿No lo he hecho? –Dijo Magnus, y luego le sonrió. –Will, tú me tratas como a un humano, una persona como tú; extraño es el Cazador de Sombras que trata a un brujo así. No soy tan insensible como para reclamar un favor de un niño con el corazón roto. Uno que creo, por cierto, que será un hombre muy bueno algún día. Así que te diré esto. Me quedaré cuando te vayas, y vigilaré a Jem por ti, y si se despierta, le diré a dónde fuiste, y que fue debido a él. Y haré lo que pueda para preservar su vida: no tengo yin fen, pero sí tengo magia, y quizás hay algo en algún viejo libro de hechizos donde pueda encontrar algo para ayudarlo.

–Contaría como un gran favor, –dijo Will.

Magnus miró a Jem. Había tristeza grabada en su rostro, ese rostro que estaba usualmente tan alegre, sarcástico o indiferente, una tristeza que sorprendió a Will. –“¿Por qué por ese motivo tenía aquel la pena tan fácilmente impregnada, pero yo había derramado mi alma sobre el polvo, amando a alguien que debe morir?” – dijo Magnus.

Will lo miró. –¿Qué era eso?

–Confesiones de San Agustín, –dijo Magnus. –Me preguntaste cómo yo, siendo inmortal, sobreviví a tantas muertes. No hay un gran secreto. Superas lo que es insoportable, y lo resistes. Eso es todo. –Se alejó de la cama. –Te daré un momento a solas con él, para despedirte como necesitas. Me encontrarás en la biblioteca.

Will asintió, sin hablar, mientras Magnus recuperaba sus guantes y luego se volvía para abandonar la habitación. La mente de Will estaba girando.

Volvió a mirar a Jem, inmóvil en la cama. Debo aceptar que este es el final, pensó, e incluso sus pensamientos se sentían huecos y distantes. Debo aceptar que Jem nunca me mirará, nunca me hablará de nuevo. Soportas lo que es insoportable, y lo resistes. Eso es todo.

Y aún así no le parecía real, como si fuera un sueño. Se puso de pie y se inclinó sobre la inmóvil figura de Jem. Tocó la mejilla de su parabatai suavemente. Estaba fría. –Atque in pepetuum, frater, ave atque vale, –susurró. Las palabras del poema nunca habían parecido tan adecuadas: En la eternidad, hermano, el saludo y la despedida.

Will comenzó a enderezarse, para alejarse de la cama. Y mientras lo hacía, sintió que algo se envolvía fuerte alrededor de su muñeca. Miró hacia abajo y vio la mano de Jem alrededor de la suya. Por un momento estuvo demasiado estupefacto para hacer otra cosa excepto mirar fijamente. –Aún no muero, Will, –dijo Jem en voz suave, pequeña pero tan fuerte como un alambre. “¿Que quería decir Magnus cuando preguntó si yo sabía de tu amor hacia Mai?
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Abr 12, 2016 11:51 am

11

Temeroso de la noche

Aunque mi alma pueda estar
En oscuridad, se levantará
En luz perfecta
He amado las estrellas también.
con cariño, para tener miedo de la
noche.

—Sarah Williams, “El viejo astrónomo”

–¿Will?

Después de mucho tiempo de silencio, con solo las respiraciones irregulares de Jem, de adentro hacia afuera, Will pensó por un momento que lo estaba imaginando, la voz de su mejor amigo, que le hablaba desde la penumbra. En cuanto Jem soltó la muñeca de Will, este se dejó caer en el sillón al lado de la cama. El corazón le latía con fuerza, la mitad con alivio, la otra mitad con un miedo enfermizo.

Jem giró la cabeza hacia él, contra la almohada. Sus ojos eran oscuros, su color plata había sido tragado por el negro. Por un momento, los dos jóvenes se quedaron mirando el uno al otro. Era como la calma justo antes de una batalla, pensó Will, cuando el pensamiento se va, y la inevitabilidad toma el mando. –Will –dijo Jem de nuevo, y tosió, presionando la mano en la boca, cuando la retiró había sangre en sus dedos. –¿He-he estado soñando?

Will se enderezó. Jem había sonado tan claro, tan seguro. ¿A qué se refería Magnus preguntándote si yo sabía que estabas enamorado de Mai? - pero fue como si esa explosión de fuerza hubiera huido de él, y ahora se veía mareado y aturdido.

¿En serio había escuchado Jem lo que Magnus había dicho? Y si lo hubiera hecho, ¿Habría alguna posibilidad de que pasara como un sueño o una alucinación febril? El pensamiento llenó a Will de alivio y decepción. –¿Soñando qué?

Jem miró su mano ensangrentada y lentamente la cerró en un puño. –La lucha en el patio. La muerte de Jessamine. Y ellos se la llevaron ¿No es así? ¿A Mai?

–Si, –susurró Will, y repitió lo que Charlotte le había dicho antes. No le había traído ningún consuelo, pero tal vez a Jem sí. –Si, pero no creo que le hagan daño. Recuerda que Mortamain la quería ilesa.

–Tenemos que encontrarla Will. Tú lo sabes. Will. Debemos-– Jem luchó para sentarse y de inmediato comenzó a toser de nuevo. La sangre salpicó la colcha. Will sostuvo los frágiles y temblorosos hombros de Jem, hasta que la tos dejó de atormentar su cuerpo, luego tomó uno de los paños húmedos de la mesita de noche y se puso a limpiar las manos de Jem. Cuando llegó a limpiar la sangre de la cara de su parabatai, él le quitó el paño suavemente de la mano y lo miró gravemente. “No soy un niño, Will.

–Lo sé –Will quitó sus manos. No las había limpiado desde la pelea en el patio, y tenía en los dedos la sangre seca de Jessamine mezclada con la sangre fresca de Jem.

Jem tomó una respiración profunda. Tanto él como Will esperaron a que se produjera otro espasmo de tos, y cuando no sucedió, Jem habló. –Magnus dijo que estabas enamorado de Mai. ¿Es verdad?

–Si –Dijo Will, con el sentimiento de estar cayendo por un precipicio –Si, es verdad.

Los ojos de Jem estaban muy abiertos y luminosos en la oscuridad –¿Ella te ama?

–No –La voz de Will se quebró –Yo le dije que la amaba, y ella nunca dudó de ti. Es a ti a quien ama.

El apretón de muerte que le estaba dando Jem a las sábanas se relajó un poco.–Tú le dijiste –dijo. –Que estabas enamorado de ella.

–Jem.

–¿Cuándo pasó esto, y que exceso de desesperación pudo haberte motivado?

–Fue antes de saber que estaban comprometidos. El día que descubrí que no había una maldición en mi –dijo Will entrecortadamente –Fui con Mai y le dije que la amaba, ella fue tan amable como puede ser al decirme que te amaba a ti y no a mí y que ustedes estaban comprometidos –Will bajó la mirada. –No sé si esto va a hacer una diferencia James. Pero si sirve de algo, yo no tenía ni idea de que te interesabas por ella. Estaba obsesionado por completo con mis propias emociones.

Jem se mordió el labio inferior, dándole color a la piel blanca. –Y perdóname por preguntar esto pero... ¿No es esto un capricho pasajero? ¿Un encariñamiento transitorio…?–Se interrumpió mirando a Will a la cara. –No, –murmuro –puedo ver que no lo es.

–La amo tanto que cuando me aseguró que ella sería feliz contigo, me juré a mí mismo que nunca volvería a hablar de mis deseos jamás, que nunca indicaría mi cariño ni por palabra o gesto y nunca por acción o discurso que violaran su felicidad. Mis sentimientos no han cambiado, y sin embargo me importan lo suficiente por ella y tu como para no decir ni una palabra que pueda amenazar lo que ustedes han encontrado. –Las palabras se derramaban de los labios de Will, que ya no tenía una razón para detenerlas. Si Jem lo odiaba, él lo odiaría por la verdad y no por la mentira.

Jem parecía herido, –Lo siento Will. De verdad lo siento mucho. Me hubiera gustado saber.

Will se dejó caer en la silla –¿Qué podrías haber hecho?

–Podría haber cancelado el compromiso.

–¿Y romper el corazón de ambos? ¿En qué me beneficia eso? Tú eres tan querido para mí como si fueras otra parte de mi alma, Jem. No podría ser feliz si tu estas triste. Y Mai, ella te ama. ¿Qué clase de monstruo horrible seria yo, deleitándome en causarle agonía a las dos personas que amo más en el mundo, simplemente para poder tener la satisfacción de saber que si Mai no puede ser mía, no puede ser de nadie más?

–Pero tú eres mi parabatai. Si estás sufriendo, mi deseo es disminuir tu dolor.

–Esto, –dijo Will –es lo único que no puedes darme consuelo.

Jem sacudió la cabeza –Pero, ¿Cómo no lo supe? Te dije que veía que las paredes de tu corazón se venían abajo. Yo pensé-creía que sabía por qué. Sabía que tenías una carga, y supe que fuiste a ver a Magnus, pensé que hiciste uso de su magia para librarte de algunas de tus culpabilidades imaginarias. Si hubiera sabido alguna vez que era por Mai, debes saberlo, Will, que nunca hubiera dado a conocer mis sentimientos por ella.

–¿Cómo ibas a adivinarlo? –Tan miserable como Will se sentía, aun así se sentía libre, como si una carga pesada hubiera sido desplazada de él. –Hice todo lo que pude para negar y ocultar lo que sentía. Tú nunca ocultaste tus sentimientos. Mirando hacia atrás, era claro y obvio, y sin embargo nunca lo vi. Estaba asombrado cuando Mai me dijo que estaban comprometidos. Siempre has sido una fuente de cosas buenas en mi vida James. Nunca pensé que serias la fuente de mi dolor, y así, equivocadamente, nunca pensé en tus sentimientos en absoluto. Y es por eso que estaba tan ciego.

Jem cerró los ojos. Sus parpados eran de un azul sombrío como pergamino.–Me duele tu dolor, –dijo –pero me alegró de que la ames.

–¿Te alegra?

–Esto hace que sea más fácil –dijo Jem. –Pedirte lo que quiero que hagas: Déjame y ve tras Mai.

–¿Ahora? ¿Solo así?

Jem, increíblemente, sonrió. –¿No es eso lo que ibas a hacer cuando te detuve cogiéndote la mano?

–Pero-yo no creí que fueras a recuperar la consciencia. Esto es distinto. No puedo dejarte así, para enfrentar tu solo lo que sea que debes enfrentar.

La mano de Jem se estiró y por un momento Will pensó que tomaría su mano, pero en vez de eso enredó los dedos en la tela de su manga. –Eres mi parabatai, –dijo –Dijiste una vez que te puedo pedir cualquier cosa.

–Pero juré que me quedaría contigo. ‘Hasta que solamente la muerte nos separe a ti y a mi’

–La muerte nos separará.

–Tú sabes que las palabras del juramento vienen de un pasaje más largo, –dijo Will –No me ruegues que te deje, o que me aparte de ti. Por qué a donde tú vayas, yo iré.

Jem gritó con todas las fuerzas que le quedaban–¡No puedes ir a donde estoy yéndome! Tampoco quiero eso para ti!

–¡Tampoco puedo marcharme y dejarte para que mueras! Ya está. Will lo había dicho, dijo la palabra, admitiendo la posibilidad. Muerte.

–No puedo confiar en nadie más para esto –Los ojos de Jem eran brillantes, febriles, casi salvajes. –¿Crees que no sé qué si no vas tras ella, nadie lo hará? ¿Crees que no me mata que no puedo ir o ir contigo? –Se inclinó hacia Will. Su piel era tan pálida como el vidrio esmerilado de una pantalla de lámpara, y como tal lámpara, la luz parecía brillar a través de él de alguna fuente interna. Deslizó las manos a través de las sabanas –Toma mis manos, Will.

Aturdido, Will cerró las manos en torno a las de Jem. Imaginó que Podía sentir un destello de dolor en la runa parabatai de su pecho, como si supiera lo que él no, y le estuviera advirtiendo que vendría un gran dolor, un dolor tan grande que no se imaginaba llevarlo consigo y vivir con él. Jem es mi gran pecado, le había dicho a Magnus y en este momento él había pensado que perder a Mai era su condena. No había pensado en cómo sería cuando los perdiera a ambos. –Will, –dijo Jem. –Durante todos estos años he tratado de darte lo que no te podías dar tú mismo.

Las manos de Will estaban apretadas sobre las de Jem, que eran tan delgadas como un manojo de ramitas.–¿Y qué es eso?

–Fe, –dijo Jem. –Eres mejor de lo que crees, no necesitas castigarte a ti mismo. Yo siempre te quise Will, todos lo hemos hecho. Y ahora necesito que hagas por mí lo que no puedo hacer por mí mismo. Ser mis ojos cuando yo no vea. Ser mis manos cuando yo no pueda usarlas. Ser mi corazón cuando el mío ya no esté latiendo.

–No, –dijo Will salvajemente –no, no, no. No voy a hacer esas cosas. Tus ojos verán, tus manos sentirán y tu corazón seguirá latiendo.

–Pero si no, Will.

–Si pudiera partirme por la mitad, podría -esa mitad de mi podría quedarse contigo y la otra seguir a Mai.

–La mitad de ti no sería suficiente para ninguno de nosotros –dijo Jem –no hay ningún otro en quien confiaría para ir tras ella, ningún otro daría su vida, como lo harías tú para salvarla. Te hubiera pedido que emprendieras esta misión incluso si no conociera tus verdaderos sentimientos, pero siendo cierto que la amas tanto como yo, Will, confío en ti por encima de todo sabiendo que, como siempre, tu corazón está unido al mío en este asunto. Wo men shi jie bai xiong di. Somos más que hermanos Will. “emprende este viaje, y empréndelo no por ti mismo sino por ambos”

–No puedo dejar que te enfrentes a la muerte solo –susurró Will, pero sabía que le había ganado, las arenas de su voluntad se habían agotado.

Jem tocó la runa parabatai en su hombro, a través de la fina tela de su camisa de dormir –No estoy solo –dijo –dondequiera que estemos somos como uno solo. Will se puso lentamente de pie. No podía creer que estaba haciendo lo que estaba haciendo, pero claramente lo haría. Tan claramente como estaba el aro plateado alrededor del negro de los ojos de Jem. –Si hay una vida después de esta, –dijo –déjame encontrarte en ella.

–Habrá otras vidas. –Jem le tendió la mano, y por un momento, unieron sus manos, como hicieron durante su ritual de parabatai, estirándose a través de los anillos gemelos de fuego para entrelazar sus dedos con los del otro. –El mundo es una rueda–, dijo. –Cuando subimos o bajamos, lo hacemos juntos.

Will apretó la mano de Jem. –Bueno entonces, –dijo, a través de un nudo en la garganta –ya que dices que habrá otra vida para mi, recemos los dos, para que no haga un desastre tan colosal como he hecho en esta.

Jem le sonrió, esa sonrisa que siempre tenía, incluso en los días más negros de Will, y alivió su mente.

–Creo que hay esperanza para ti, Will Herondale.

–Voy tratar de aprender cómo tenerla, sin ti para que me enseñes.

–Mai –dijo Jem –Ella conoce la desesperación, y también la esperanza. Ustedes podrán enseñarse el uno al otro. Encuéntrala, Will, y dile que siempre la amé. Mi bendición, por todo lo que vale, está en ambos.

Sus ojos se encontraron y mantuvieron la mirada. Will no pudo obligarse a decirle adiós o a decir cualquier cosa en absoluto. Él solo apretó la mano de Jem una última vez y lo soltó. Se dio la vuelta y salió por la puerta.

***

Los caballos estaban detrás del Instituto, que era el territorio de Cyril durante el día, donde el resto de ellos rara vez se aventuraba. El establo una vez había sido una antigua casa parroquial, y el suelo era de piedra irregular, barrido y escrupulosamente limpio. Los puestos se alineaban en las paredes, aunque solo dos estaban ocupados: uno por Balios y otro por Xhantos, dormidos con sus colas meciéndose ligeramente. Sus pesebres estaban llenos de heno fresco. Todo estaba brillante y bien pulido. Se dijo que si regresaba de su misión con vida, le haría saber a Charlotte del excelente trabajo de Cyril.

Will despertó a Balios con suaves murmullos y lo sacó de su puesto. Le habían enseñado a ensillar a un caballo cuando era niño, antes incluso de que hubiera llegado al Instituto, y así dejó que su mente vagara como lo hacía ahora, ajustando los estribos hasta las orejas, revisando ambos lados de la silla de montar, estirándose cuidadosamente debajo de Balios para coger la cincha.

No había dejado ninguna nota, ningún mensaje para nadie del Instituto. Jem les diría a donde había ido, además, Will se dio cuenta que en este momento en que más necesitaba las palabras que usualmente le salían tan fácil, ahora no podía encontrarlas. No podía concebir la idea de que estaba diciendo adiós, por lo que repasó una y otra vez por su mente lo que había guardado en las alforjas: una camisa limpia con cuello (no se sabe cuándo podría tener que verse como un caballero), dos estelas, todas las armas que cupieran, pan, queso, frutos secos y dinero mundano.

Mientras Will sujetaba la cincha, la cabeza de Balios se alzó y relinchó. Will movió la cabeza mirando alrededor. De pie en la puerta del establo se hallaba una delgada figura femenina. Will se le quedó mirando, levantando la mano derecha, y la luz mágica en ella se encendió iluminando su rostro.

Era Cecily, con una capa de terciopelo azul envuelta en torno a ella, su cabello oscuro suelto y libre alrededor de su cara. Sus pies estaban desnudos, asomándose por debajo de la capa. Él se enderezó. –Cecy, ¿Qué estás haciendo aquí? –Dio un paso adelante y se detuvo en el umbral, mirando hacia abajo a sus pies desnudos.

–Yo podría preguntarte lo mismo.

–Me gusta hablar con los caballos por la noche. Son una buena compañía, y no deberías estar fuera de la casa en camisón. Hay Lightwoods vagando por estos pasillos.

–Muy gracioso, ¿A dónde vas Will? Si vas a buscar más Yin fen, llévame contigo.

–No voy a buscar más Yin fen.

La comprensión llenó sus ojos azules. –Tú vas detrás de Mai, vas a Cadair Idris.

Will asintió. –Llévame, –dijo –llévame contigo, Will.

Will no podía mirarla. Fue a buscar el cabestro y el freno, aunque le temblaban las manos, cuando las cogió y se dio la vuelta hacia Balios. –No puedo llevarte conmigo. No se puede montar a Xhantos si no tienes preparación y de todas formas retrasarías el viaje. –Los caballos del carruaje eran autómatas. No puedes esperar alcanzarlos.

–No lo espero. Balios puede ser el caballo más rápido de Inglaterra pero también necesita comer y descansar. Ya estoy resignado. No puedo alcanzar a Mai en el camino. Solo puedo esperar llegar a Cadair Idris antes de que sea demasiado tarde.

–Entonces déjame ir detrás de ti y no te preocupes si vas más rápido que yo.

–¡Cecy, sé razonable!

–¿Razonable? –Estalló ella. –¡Todo lo que veo es que mi hermano se aleja de mí otra vez! ¡Han sido años, Will! ¡Años! ¡Y he venido a Londres para encontrarte, y ahora que estamos juntos de nuevo, ¡te vas!

Balios se agitó inquieto mientras Will le ajustaba el freno en la boca y deslizó la brida a lo largo de la cabeza. A Balios no le gustaban los gritos. Will lo calmó con caricias suaves en el cuello. –Will” la voz de Cecily sonaba peligrosa –Mírame, o iré a levantar a toda la casa para que te detengan. Lo haré, te juro que lo haré.

Will apoyó la cabeza contra el cuello del caballo y cerró los ojos. Podía oler el heno y al caballo, el sudor y el dulce aroma del humo del fuego de la habitación de Jem que aún se aferraba a sus ropas. –Cecily, –dijo –necesito saber que estas aquí, tan segura como puedas estar, o no podré salir. No puedo temer por Mai en el camino por delante y por ti en el camino por detrás o el miedo me romperá. Ya muchos de los que amo están en peligro.

Hubo un largo silencio. Will pudo escuchar el latido del corazón de Balios bajo su oreja, pero nada más. Se preguntó si Cecily se había ido, si saldría mientras hablaba, tal vez para despertar a la familia. Él levantó la cabeza. Pero no, Cecily seguía de pie en el mismo lugar, con la luz mágica ardiente en su mano. –Mai dijo que una vez me llamabas, –dijo ella. –Cuando estabas enfermo. ¿Por qué yo, Will?

–Cecily. –La palabra fue una exhalación suave. –Por años fuiste mi-mi talismán. Creí que yo había matado a Ella. Salí de Gales para mantenerte segura. Mientras pudiera imaginarte prosperando y feliz y bien, el dolor de extrañarte, a mi madre y a mi padre, valían la pena.

–Nunca entendí por qué te fuiste, –dijo Cecily. –Y pensaba que los Cazadores de Sombras eran monstruos. No podía entender por qué habías venido aquí, y pensé – yo siempre pensé – que cuando tuviera la edad suficiente, vendría, y fingiría que quería ser una cazadora de sombras, hasta que pudiera convencerte de que volvieras a casa. Cuando me enteré de la maldición, ya no sabía que pensar. Comprendí porque habías venido, pero no por qué te quedaste.

–Jem.

–Pero incluso si él muere, –dijo ella, y él se estremeció, –no vas a venir a casa con mamá y papá, ¿o sí? Tú eres un cazador de sombras,hasta la médula. Como nuestro padre nunca lo fue. Es por eso que has sido tan reacio a escribirles. No sabes cómo pedir perdón y decir también que no volverás a casa.

–No puedo volver a casa, Cecily, o por lo menos, no es mi casa desde hace tiempo. Soy un cazador de sombras. Está en mi sangre.

–Bueno, tú sabes, soy tu hermana, ¿no? Así que también está en mi sangre.

–Dijiste que estabas fingiendo. –Él buscó en su rostro por un momento y dijo lentamente –pero no es así ¿verdad? Te he visto, el entrenamiento, en la lucha. Lo sientes como yo. Como si el piso del Instituto fuera la primera cosa sólida bajo tus pies. Como si hubieras encontrado el lugar al que perteneces. Eres una Cazadora de Sombras.

Cecily no dijo nada. Will sintió que su boca se torcía hacia un lado en una sonrisa. –Me alegro, –dijo. –Me alegro de que habrá un Herondale en el Instituto, incluso si yo.

–¿Incluso si no vuelves? Will, deja que me vaya contigo, déjame ayudarte.

–No, Cecily. ¿No es suficiente que acepte que vayas a elegir esta vida, una vida de lucha y peligro, aunque siempre he querido una mayor seguridad para ti? No, no puedo dejar que vengas conmigo, incluso si me odias por ello.

Cecily suspiró. –No seas tan dramático, Will. ¿Siempre tienes que insistir en que las personas te odien aun cuando obviamente no lo hacen?

–Soy un dramático, –dijo Will. –Si no hubiera sido un Cazador de Sombras, habría tenido un futuro en el escenario. No tengo ninguna duda de que me hubieran aclamado con aplausos.

A Cecily esto no le pareció divertido. No podía culparla. –No estoy interesada en tu versión de Hamlet –dijo. –Si no me dejas ir contigo, entonces prométeme que si te vas ahora -promete que va a volver.

–No puedo prometer eso, – dijo Will. –Pero si puedo volver a ti, lo haré. Y si regreso, voy a escribirles a Madre y a Padre. Solo puedo prometerte eso.

–No, –dijo Cecily. –Sin cartas. Prométeme que si vuelves, irás con Madre y Padre conmigo, y les dirás por qué te fuiste, que no fue su culpa, y que los amas todavía. No te pido que vayas a casa para quedarte. Ni tú ni yo podemos ir a casa para quedarnos; pero es bastante poco pedirte que los consueles. No me digas que es contra de las reglas, Will, porque yo sé muy bien que disfrutas rompiéndolas.

–¿Ves? –Preguntó Will. –Después de todo, conoces a tu hermano un poquito. Te doy mi palabra, si todas las condiciones se cumplen, lo haré como me lo pides. Sus hombros y su rostro se relajaron. Ella parecía pequeña e indefensa ya sin la ira, aunque él sabía que no lo era. –Y Cecy, – dijo en voz baja, –antes de irme, quiero darte una cosa más.

Metió la mano en su camisa y levantó por encima de su cabeza el collar que Magnus le había dado. Se quedó colgando, brillando con un rico rojo rubí, en la tenue luz de las caballerizas. –¿Tu collar de mujer?, –Dijo Cecily. –Bueno, Confieso que no te combina.

Dio un paso hacia Cecily y le pasó la cadena brillante por la cabeza. El rubí cayó contra su garganta como si hubiera sido hecho para ella. Ella lo miró por encima, con los ojos serios. –Llévalo siempre. Te advertirá cuando los demonios vengan, – dijo Will. –Te ayudará a mantenerte a salvo, que es como quiero que estés, y te ayudará a ser una guerrera, que es lo que quieres.

Ella le puso la mano en la mejilla. «Da bo ti, Gwilym. Byddaf yn dy Golli di”8*.

–Y yo a ti, – respondió. Sin mirarla de nuevo, se volvió a Balios y se subió en la silla. Dio un paso atrás e instó al caballo hacia las puertas del establo e, inclinando su cabeza contra el viento, galopó hacia la noche.

8:Bueno como tú, William, te voy a echar de menos.”

***

Lejos de sueños de sangre y de monstruos metal, Mai se despertó sobresaltada y con un grito ahogado. Se agazapó como una niña en el asiento del carruaje, cuyas ventanas estaban completamente cubiertas con cortinas de terciopelo grueso.

El asiento era duro e incómodo, con resortes que traspasaban el material de su vestido, que ya estaba roto y manchado. Su cabello estaba desarreglado y con mechones sobre su cara. Frente a ella, acurrucada en la dirección opuesta en un rincón del coche, estaba sentada una figura inmóvil, completamente cubierta con una capa de viaje de un pelaje espeso y negro, con la capucha hacia abajo. No había nadie más en el coche. Mai se esforzó por mantenerse erguida, luchando contra los mareos y las náuseas. Puso las manos en su estómago y trató de respirar profundamente, pero el fétido aire en el interior del carro hizo poco para calmar su estómago. Puso las manos en su pecho, sintiendo que las gotas de sudor se deslizaban por el corpiño de su vestido.

–¿no estarás poniéndote enferma, verdad? –dijo una voz oxidada. –el cloroformo tiene ese efecto secundario, algunas veces.

El rostro encapuchado crujió al voltearse hacia ella, y Mai vio el rostro de la Señora Negro. Había estado muy sorprendida en la escalinata del Instituto para hacer un estudio cabal del rostro de su captora, pero ahora que podía verla de cerca, se estremeció. La piel tenía un tinte verdoso, los ojos estaban veteados de negro, y los labios flojos, mostraban una lengua gris.

¿A dónde me lleva? –demandó Mai.

Esa siempre era la primera cosa que las heroínas de las novelas góticas preguntaban cuando eran secuestradas, y que siempre le había molestado, pero ahora se daba cuenta que de hecho tenía sentido. En este tipo de situaciones la primera cosa que te gustaría saber sería hacia donde te diriges. –Con Mortmain, –dijo la señora Negro. –Y esa es toda la información que obtendrás de mí, niña. Me han dado estrictas instrucciones.

No era algo que Mai no hubiera esperado, pero aun así su pecho se tensó y se le corto la respiración. En un impulso se alejó de la señora Negro y tiró de la cortina de su ventana.

Afuera estaba oscuro, con una luna semi oculta. El paisaje era montañoso y angular, sin puntos de luz que se distinguieran indicando residencia. Montones de roca negra salpicaban la tierra. Mai llegó tan sutilmente como pudo a la manija de la puerta y lo intento; estaba cerrada. –No te molestes, –dijo la Hermana Oscura. –No puedes desbloquear la puerta, y si fueras a huir, te atraparía. Soy mucho más rápida ahora de lo que tu recuerdas.

–¿Fue así como desapareció en las escaleras? –exigió Mai. –¿Allá en el Instituto?

La señora Negro mostro una sonrisa de superioridad. –Desaparecí para tus ojos. Solamente me moví rápido de un lado al otro. Mortmain me ha dado ese don.

–¿Es por lo que está haciendo esto?, –soltó Mai. –¿Por gratitud a Mortmain? El no piensa mucho en usted. Envió a Jem y a Will a matarla cuando pensaba que iba a ponerse en su camino. En el momento en que dijo los nombres de Jem y Will, palideció con el recuerdo. Había sido raptada mientras los Cazadores de Sombras luchaban desesperadamente por su vida en los escalones del Instituto. ¿Habrían resistido contra los autómatas? ¿Alguno de ellos habría resultado herido, o, Dios no quisiera, muerto? Pero seguramente ella lo sabría, ¿sería capaz de sentir, si algo le hubiera pasado a Jem o a Will? Era muy consciente de los dos como piezas de su corazón.

–No, –dijo la señora Negro. –Respondiendo a la pregunta en tu mirada, no sabrías si a alguno de los dos hubiera muerto, esos hermosos cazadores de sombras que tanto te gustan. La gente siempre lo cree, pero a menos que exista un lazo como el de los parabatai, es simplemente una fantasiosa imaginación. Cuando me fui, estaban luchando por sus vidas. –Sonrió, y sus dientes metálicos, brillaron en la penumbra.

–Si yo no tuviera ordenes de Mortmain de llevarte ilesa, te hubiera dejado allí para ser cortada en tiras.

–¿Por qué me quiere ilesa?

Tú y tus preguntas. Casi había olvidado que tan molesto era eso. Hay una información que él quiere y que solo tú puedes dársela. Y él todavía quiere casarse contigo. El más tonto. Déjalo que lo maldigas por toda su vida por lo que a mí me importa; quiero lo que quiero de él, y entonces me habré ido.

–¡No hay absolutamente nada que yo sepa, que pueda interesarle a Mortmain!

La señora Negro soltó un bufido. –Eres tan joven y estúpida. No eres humana Señorita Gray, y es muy poco lo que puedes entender sobre lo que puedes hacer. Podríamos haberte enseñado más, pero eres testaruda. Encontrarás en Mortmain un instructor menos indulgente.

–¿Indulgente?, –espeto Mai. –Me hacían sangrar.

–Hay cosas peores que el dolor físico, señorita Gray. Mortmain tiene poca misericordia.

–Exactamente. –Mai se inclinó hacia delante, su Ángel mecánico palpitando dos veces bajo el corpiño de su vestido. –¿Qué fue lo que le pidió? sabe que no puede confiar en él, sabe que felizmente la destruiría.

–Necesito lo que puede darme, –dijo la señora Negro. –Y haré lo que tenga que hacer para conseguirlo.

–¿Y qué es eso? –Exigió Mai.

Oyó reír a la señora Negro, y luego la Hermana Oscura se deslizo su capucha y desabrocho el cuello de su capa.

Mai había leído en los libros de historia sobre cabezas en estacas sobre el puente de Londres, pero ella nunca había imaginado lo horrible que realmente se veían. Obviamente, cualquier decadencia que la señora Negro hubiera sufrido después de que su cabeza fuera seccionada no se había invertido, piel gris colgaba de manera desigual alrededor de la espiga de metal que empalaba su cráneo. No tenía cuerpo, sólo una columna lisa de metal desde la cual dos brazos articulados sobresalían.

Los guantes de seda gris cubrían lo que sea que fueran las manos que despuntaban de los extremos de los brazos añadiendo el último toque macabro.

Mai gritó.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Abr 12, 2016 12:03 pm

12

Fantasmas en el camino

¡Oh siempre bella, siempre amable! dime,
¿Es, en el cielo, un crimen amar demasiado
bien?
Para llevar demasiado sensible o demasiado un
corazón de firme,
¿Actuar de una amante o una parte de Romano?
No hay alli ninguna reversión brillante en el
cielo,
¿Para los que piensan mucho, o valientemente mueren?

—Alexander Pope, “Elegy to the Memory of an Unfortunate Lady”

Will estaba sobre la cima de una pequeña colina, con las manos metidas en los bolsillos, mirando con impaciencia sobre el apacible campo de Bedfordshire.

Había cabalgado con toda la velocidad que él y Balios pudieron conseguir de Londres hacia el Gran Camino Norte. La salida del amanecer tan cerca que había supuesto que las calles habían sido bastante claras en cuanto él cabalgaba a través de Islington, Holloway y Highgate; había pasado unos pocos carros de vendedores ambulantes y una persona o dos, pero por lo demás no había mucho para entretenerlo, y como Balios no se cansaba tan rápido como un caballo normal, Will pronto se había alejado de Barnet y fue capaz de galopar a través de South Mimms y Londres Colney.

Will amaba galopar -el plano lomo del caballo, con el viento en su pelo, y las pezuñas de Balios comiendo por completo el camino debajo de él. Ahora él se había ido de Londres, sintió a la vez un dolor desgargante y una libertad extraña. Era extraño sentir tanto a la vez, pero no podía evitarlo. Cerca de Colney había estanques; él se detuvo para dejar a Balios beber de allí, antes de viajar de nuevo.

Ahora, casi treinta kilómetros al norte de Londres, no podía dejar de recordar viajar a través de ese camino para ir al instituto años atrás. Él había traído uno de los caballos de su padre del camino de Gales, pero lo había vendido en Staffordshire cuando se había dado cuenta que no tenía dinero para las carreteras de peaje. Ahora él sabía que había conseguido un precio muy malo, y había sido muy difícil decirle adiós a Hengroen, el caballo que habría crecido montando, e incluso mas difícil caminar penosamente a pie las millas restantes a Londres. Para el momento que había llegado al Instituto, sus pies estaban sangrando, y sus manos también, donde él se había caído en el camino y raspado en ellas.

Bajó la mirada a sus manos ahora, con el recuerdo de aquellas manos puestas sobre ellas. Manos delgadas con dedos largos -todo los Herondales los tenían. Jem siempre había dicho que era una lástima que él no tuviera un poco de talento musical, mientras que sus manos fueron hechas para abarcan un piano. El pensamiento de Jem era como una puñalada con una aguja; Will alejo su memoria a la distancia y volvió de nuevo hacia Balios. Él se había parado aquí no sólo para dejar beber al caballo, sino también para darle de comer a un puñado de avena —buena para la velocidad y la resistencia— y dejarlo descansar. Él había oído hablar a menudo de la caballería sobre montar sus caballos hasta que ellos morían, pero desesperado como él tenía que llegar a Mai, él no podía imaginar haciendo algo tan cruel.

Había mucho tráfico, carretas sobre el camino, caballos de carretón con vagones de cervecería, furgonetas de lácteos, incluso el extraño ómnibus tirado por caballos. En realidad, toda esta gente tenía que estar fuera de casa en el medio de un miércoles, ¿desordenado en las carreteras? Al menos no había bandoleros, ferrocarriles, carreteras de peaje, la correcta actuación policiaca había puesto fin a salteadores de caminos décadas atrás. Habría odiado tener que perder el tiempo matando a alguien.

Él había bordeado Saint Albans, sin molestarse en hacer una parada para almorzar por su prisa por ponerse al día con Watling Street -la antigua calzada romana que ahora se dividía en Wroxeter, con la mitad para cruzar a Escocia y la otra a través de Inglaterra hasta el puerto de Holyhead en Gales. Había fantasmas en el camino.- Will capto susurros del viejo anglosajón de los vientos, llamando a la carretera Woecelinga Stroet y hablando de la última resistencia de las tropas de Boadicea, que había sido derrotado por los romanos a lo largo de este camino hace muchos años.

Ahora, con las manos en los bolsillos, mirando fijamente el campo -eran las tres en punto y el cielo empezaba a oscurecerse, lo que significaba que pronto tendría que considerar la caída de la noche, y la búsqueda de una posada para parar, descansar su caballo, y dormir- no podía dejar de recordar cuándo le había dicho a Mai que Boadicea demostró que las mujeres también podían ser guerreros. Él no le había dicho entonces que había leído sus cartas, que ya amaba el alma guerrera en ella, escondida detrás de esos tranquilos ojos grises.

Se acordó del sueño que había tenido, el cielo azul y Mai se sienta a su lado en una colina verde. Tú siempre serás el primero en mi corazón. Una rabia feroz floreció en su alma. ¿Cómo se atrevía a tocarla Mortmain? Ella era una de ellos. Ella no pertenecía a Will -ella era demasiado ella misma como para pertenecerle a alguien, ni siquiera a Jem- sino que pertenecía con ellos, y silenciosamente maldijo al Cónsul por no verlo.

Él la encontraría. Él la encontraría y la traería de vuelta a casa, e incluso si no lo amaba, él iba a estar bien, lo habría hecho por ella, por él mismo. Se dio la vuelta hacia Balios, quien lo miró torvamente. Will se montó en la silla. –Vamos, muchacho, –dijo. –El sol va bajando, y nosotros debemos llegar a Hockliffe al caer la noche, ya que se ve que probablemente va a llover. –Él clavó los talones en los costados del caballo, y Balios, como si hubiera entendido las palabras de su jinete, salió como un disparo.

***

–¿Él ha ido a Gales solo? –Exigió Charlotte. –¿Cómo pudiste dejarlo hacer algo así -así de estúpido?

Magnus se encogió de hombros. –No es mi responsabilidad ahora, ni será nunca mi responsabilidad, para manejar a cazadores de sombras caprichosos. De hecho, no estoy seguro de por qué yo soy el culpable. Pasé la noche en la biblioteca esperando que Will viniera a hablar conmigo, cosa que nunca hizo. Finalmente me quedé dormido en la sección de Rabia y Licantropía. Woolsey muerde de vez en cuando, y me preocupa.

En realidad, nadie respondió a esta información, a pesar de que Charlotte parecía más molesta que nunca. Había sido un desayuno tranquilo, ya que era, con un buen número de ellos faltando en la mesa. La ausencia de Will no había sido sorprendente. Habían asumido que Will estaba al lado de su parabatai. Así que no había sido hasta Cyril había irrumpido, sin aliento y agitado, para informar que Balios había desaparecido de su puesto, que la alarma se había activado.

En la búsqueda del Instituto apareció Magnus Bane dormido en un rincón de la biblioteca. Charlotte lo había sacudido para despertarlo. Cuando se le preguntó dónde pensaba que Will pudiera estar, Magnus había contestado con toda franqueza que esperaba que Will hubiera salido para Gales, con el objeto de descubrir el paradero de Mai y traerla de vuelta al Instituto, ya sea por el sigilo o la fuerza principal. Esta información, para su sorpresa, había arrojado a Charlotte en un estado de pánico, y se había convocado a una reunión en la biblioteca, en la que todos los Cazadores de Sombras del Instituto, excepto Jem, se les ordenó a aparecer -incluso Gideon, quien había llegado cojeando y apoyándose en un bastón. –¿Alguien sabe cuándo se fue Will? –Exigió Charlotte, de pie en la cabecera de una larga mesa en la cual alrededor estaban sentados los demás.

Cecily, con las manos cruzadas con recato delante de ella, de repente se puso muy interesada en el patrón de la alfombra. –Esa es una joya muy fina la que estás usando, Cecily, –señaló Charlotte, entrecerrando los ojos en el rubí sobre la garganta de la niña. –No recuerdo que tuvieras ese collar ayer. De hecho, recuerdo que Will lo llevaba. ¿Cuándo te lo dio?

Cecily cruzó los brazos sobre el pecho. –No voy a decir nada. Las decisiones de Will son suyas, ya trató de explicarle al Cónsul lo que había que hacer. Desde que la Clave no va a ayudar, Will tomó el asunto en sus propias manos. No sé por qué esperabas algo diferente.

–Yo no pensaba que fuera a dejar a Jem, –dijo Charlotte, y luego miró sorprendido lo que había dicho. –Yo... yo no puedo ni imaginar cómo vamos a decirle cuando despierte.

–Jem lo sabe –Cecily empezó con indignación, pero fue interrumpida, para su sorpresa, por Gabriel.

–Por supuesto que lo sabe, –dijo. –Will sólo cumplía con su deber como parabatai. Él está haciendo lo que Jem haría si pudiera. Ha ido en lugar de Jem. Es sólo lo que un parabatai debe hacer.

–¿Tú estás defendiendo a Will? –Dijo Gideon. –Después de la forma en que siempre lo trataste? Después de decirle docenas de veces a Jem que tuvo gusto un pésimo en parabatai?

–Will puede ser una persona censurable, pero al menos esto demuestra que él no es un cazador de sombras reprochable, –dijo Gabriel, y luego, captando la mirada Cecily, agregó: –No puede ser que una persona censurable, tampoco. En su totalidad.

–Una declaración muy graciosa, Gideón, –dijo Magnus.

–Yo soy Gabriel.

Magnus agito la mano.–Todos los Lightwood tienen el mismo aspecto para mí.

–Ejem, –interrumpió Gideon, antes de que Gabriel pudiera recoger algo y tirárselo a Magnus. –Independientemente de las cualidades personales de Will y fallas o la incapacidad de alguien para distinguir un Lightwood de otro, la pregunta sigue siendo: ¿Vamos tras Will?

–Si Will hubiera querido ayuda, él no se habría montado en mitad de la noche sin decirle a nadie, –dijo Cecily.

–Sí, –dijo Gideon, –porque Will es bien conocido por su toma de decisiones cuidadosamente pensadas y prudentes.

–Él robó nuestro caballo más rápido, –señaló Henry. –Eso nos habla de previsión, de alguna clase.

–No podemos permitir que Will cabalgue a la batalla de Mortmain solo. Va a morir en el camino –Gideon dijo. –Si realmente nos dejó en medio de la noche, sin embargo, podríamos ser capaces de alcanzarlo en el camino.

–Caballo más rápido. –recordó Henry, y Magnus resopló por lo bajo.

–En realidad, no es una masacre inevitable, –dijo Gabriel. –Todos podríamos cabalgar después de Will, es cierto, pero el hecho es que esa fuerza, enviada contra el Magíster, sería más sensible que un muchacho a caballo. La mejor esperanza de Will es permanecer sin ser detectado. Después de todo, él no está viajando a la guerra. Él va a salvar a Mai. El sigilo y el secreto serían más convenientes en esa misión.

Charlotte cerró la mano sobre la mesa con tal fuerza que el sonido retumbó en la habitación. –Todos ustedes estense en silencio, dijo, en un tono tan imponente que incluso Magnus la miró alarmado. –Gabriel, Gideon, ambos están en lo correcto. Es mejor para Will, si no lo siguen, y no podemos permitir que uno de los nuestros muera. También es cierto que el Magister está más allá de nuestro alcance, el Consejo se reunirá para decidir sobre este asunto. No hay nada que podamos hacer al respecto ahora. Por lo tanto debemos doblar todas nuestras energías para salvar a Jem. Se está muriendo, pero no está muerto. Parte de la fuerza de Will se basa en él, y él es uno de los nuestros. Finalmente ha dado permiso para buscar una cura para él, y por lo tanto debemos hacer eso.

–Pero –empezó Gabriel.

–Silencio –dijo Charlotte. –Soy la directora del Instituto, recordarás quien te salvó de tu padre y muéstrame respeto.

–Eso es poner Gideon en su lugar, está bien, –dijo Magnus con satisfacción. Charlotte se volvió hacia él con los ojos llameantes.

–Y tú también, Brujo. Will te ha convocado aquí, pero permaneces en mi sufrimiento. Entiendo que, como me dijiste esta mañana, le prometiste a Will que harías todo lo posible para ayudar a encontrar una cura para Jem mientras que Will se fuera. Tú le dirás a Gabriel y a Cecily dónde está la tienda donde podrán obtener los ingredientes que necesitas. Gideon, ya que estás herido, permanecerá en la biblioteca y buscaras cualquier libro que Magnus necesite, si necesitas ayuda, yo misma o Sophie te la proporcionaremos. Henry, quizás Magnus puede utilizar tu cripta como un laboratorio, ¿a menos que exista algún proyecto que lo prohíba? –Miró a Henry con sus ojos elevados.

–Lo hay, –dijo Henry un poco vacilante, –pero también puede ser convertido para ayudar a Jem, y Daría bienvenida a la ayuda del señor Bane. De regreso, sin duda puede hacer uso de cualquier de mis implementos científicos.

Magnus miró con curiosidad. –¿En qué estás trabajando, exactamente?

–Bueno, ya sabes que no realizamos magia, señor Bane, –dijo Henry, mirando encantado a alguien que estaba tomando interés en sus experimentos, –pero estoy trabajando en un dispositivo un poco como la versión científica de su hechizo de transportación. Se abriría una puerta en cualquier lugar que quiera.

–Incluyendo, ¿quizás un almacén lleno de yin fen en China? –dijo Magnus, con los ojos brillantes. –Eso suena muy interesante, muy interesante.

–No, eso no, –murmuró Gabriel.

Charlotte le dio una mirada como una daga.–Señor Lightwood, suficiente. Creo que todos ustedes han sido asignados sus tareas. Vayan y realícenlas. No Quiero oír nada más de ninguno de ustedes hasta que me traigan de vuelta un informe de algunos avances logrados. Yo estaré con Jem. –Y con eso, ella salió de la habitación.

***

–Lo que es una respuesta muy satisfactoria –dijo la Señora Negro.

Mai la fulmino con la mirada. Ella estaba en cuclillas en un rincón del coche, por lo que ella podría obtener la horrible visión de la criatura que una vez había sido la Señora Negro. Ella había gritado la primera vez que la vio, y rápidamente puso una mano sobre su boca, pero ya era demasiado tarde. La Señora Negro había estado claramente encantada con su reacción aterrorizada. –Usted fue decapitada –dijo Mai. –¿Cómo es que usted vive? –¿Cómo eso?

–Magia, –dijo la Señora Megro. –Fue su hermano quien le sugirió a Mortmain que en mi forma actual, podría ser de utilidad para él. Fue su hermano quien derramó la sangre que hizo que mi existencia fuera posible. Vidas por mi vida.

Ella sonrió horriblemente, y Mai pensó en su hermano, muriendo en sus brazos. No sabes todo lo que he hecho, Tessie. Ella tragó la bilis. Después de que su hermano había muerto, se había tratado de cambiar en él, para recoger toda la información acerca de Mortmain tenía en sus recuerdos, pero que sólo había sido un remolino gris de la ira y la amargura y la ambición: se había encontrado con nada sólido en su interior. Una nueva oleada de odio brotó en ella hacia Mortmain, que había encontrado las debilidades de su hermano y las explotó. Mortmain, que tenía el yin fen de Jem en un intento cruel para hacer bailar a los Cazadores de Sombras a su compás. Hasta la señora Negro, en cierto modo, era una prisionera de sus manipulaciones. –Usted está haciendo una oferta de Mortmain porque cree que le dará un cuerpo –Mai dijo ahora. –No como eso, esa cosa que tienes, sino una especie de cuerpo real, humano.

–Humano. –La Sra. Black soltó un bufido. –Espero algo mejor que humano. Pero mejor que esto como bueno, algo que me permita pasar sin ser detectado entre los mundanos y la práctica de mi oficio de nuevo. En cuanto al Magíster, sé que él tendrá el poder para hacerlo, debido a usted. Pronto será todopoderoso, y le ayudarás a llegar allí.

–Es una tonta al confiar en él para recompensarle.

Los Labios grises de la Señora Negro se movieron de alegría. –Oh, pero lo hará. Él lo ha jurado, y he hecho todo lo que había prometido. Aquí estoy entregando a su novia -¡perfectamente entrenada por mí! Por Azazel, recuerdo cuando bajaste del barco desde América. Parecías tan puramente mortal, tan inútil por completo, me desesperaba entrenarte para ser cualquier tipo de uso en absoluto. Pero todo con la suficiente brutalidad puede ser moldeada. Va a servir muy bien ahora.

–No todo lo que es mortal es inútil.

Un resoplido. –Estas diciendo que a causa de tu asociación esta con los Nefilim. Ha estado con ellos en lugar de su propia especie por demasiado tiempo.

–¿Qué clase? No tengo ningún tipo. Jessamine dijo mi madre era un cazador de sombras –Era un cazadora de sombras,–dijo la Señora. Negro. –Pero su padre no lo era.

El corazón de Mai le dio un vuelco. –¿Él era un demonio?

–No era un ángel. –La Señora Negro sonrió. –El Magíster explicara todo para ti, en el tiempo, lo que eres y por qué vives, y para que fuiste creada. –Ella se recostó con un crujido de sus articulaciones automatizadas. –Tengo que decir que me quedé impresionada cuando casi te escapaste con ese chico cazador de sombras, ya sabes. Demostraste que tenías espíritu. De hecho, resultó beneficioso para el Magíster de hayas pasado tanto tiempo con los Nefilim. Estás familiarizada con el Submundo ahora, y has demostrado a ti misma que eres igual a él. Te has visto obligada a utilizar tu don en circunstancias difíciles. Las pruebas que yo podría haber creado para ti no habrían sido tan difícil y no se habría producido el mismo aprendizaje y confianza. Puedo ver la diferencia en ti. Serás de una novia muy buena para el Magister.

Mai hizo un sonido de incredulidad. –¿Por qué? Estoy siendo forzada a casarme con él. ¿Qué diferencia hay si tengo espíritu o aprendizaje? ¿Qué podía importar?

–Oh, has de ser más que su novia, señorita Gray. Debes ser la ruina de los Nefilim. Es por eso que fuiste creada. Y cuanto más conocimiento de ellas tienes, más tus simpatía está con ellos, un arma más eficaz serás para arrasar a la tierra.

Mai sintió como si el aire hubiera salido de ella. –No me importa lo que Mortmain hace. No voy a ayudar a dañar a los Cazadores de Sombras. Moriré o seré torturada en primer lugar.

–No importa lo que desees. Encontrarás que no podrás montar resistencia en contra de su voluntad si te importa. Además, no hay nada que necesites hacer para destruir los Nefilim que no sea ser lo que eres. Y casada con Mortmain, lo cual no requiere ninguna acción de tu parte.

–Estoy comprometido con alguien más, –espetó Mai. –James Carstairs.

–Oh, querida, –dijo la Señora Negro. –Me temo que la afirmación del Magíster reemplaza a la suya. Además, James Carstairs estará muerto el martes. Mortmain ha comprado todo el yin fen de Inglaterra y bloqueó los nuevos envíos. Tal vez deberías haber pensado en este tipo de cosas antes de que te enamoraras de un adicto. Aunque a mí me parece que sería el de ojos azules, –reflexionó ella. –¿Las chicas no suelen enamorarse de sus salvadores?

Mai sintió comenzar a descender el manto de lo surreal. Ella no podía creer que estaba allí, atrapada en este carruaje con la señora Negro, y que la mujer bruja parecía contentarse con hablar de tribulaciones románticas de Mai. Se volvió hacia la ventana. La luna estaba alta, y ella pudo ver que estaban a caballo a lo largo de un estrecho camino -había sombras sobre el carro, y por debajo, un barranco rocoso desapareció en la oscuridad. –Hay todo tipo de maneras de ser rescatados.

–Bueno, –dijo la Señora Negro, con un destello de dientes al sonreír. –Puedes estar segura que ahora nadie va a venir a rescatarte.Tu seras la ruina de los Nefilim.

–Entonces yo me tengo que rescatar, –dijo Mai. Las cejas de la Señora Negro se juntaron en confusión cuando ella volteo la cabeza hacia Mai con un zumbido y un clic. Pero Mai reuniéndose a sí misma, recopilo toda su energía en sus piernas y en el cuerpo en la forma en la que había sido enseñada, para que cuando se lanzara hacia la puerta del coche, lo hizo con toda la fuerza que poseía.

Ella oyó la cerradura de la puerta y a la señora Negro romper en un grito de rabia. Un brazo de metal agarro a Mai por la espalda, aprovechando el cuellos de su vestido, que arranco, y Mai estaba cayendo, aprovechando el cuello de su vestido, que arrancó, y Mai estaba cayendo, Descendiendo, golpeando sobre las rocas a la orilla de la carretera, cayendo y deslizándose y derrumbándose en el barranco cuando el coche se precipito fuera por la carretera. La Señora Negro gritando al conductor que se detuviera. El Viento se precipito a en los oídos de Mai mientras caía, con los brazos agitándose violentamente contra el espacio vacío a su alrededor, y cualquier esperanza de que le barranco fuera poco profundo, o que sobreviviría a la caída, se fueron. Al caer, ella vislumbro un pequeño arroyo que brillaba lejos debajo de ella, retorciéndose entre rocas escarpadas, y ella sabía que iba a romperse contra el suelo como la frágil porcelana cuando ella golpeo.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Abr 12, 2016 12:10 pm

***

Will se detuvo en lo alto de una verde colina alta y miró hacia el mar. El cielo y el mar eran tan intensamente azules que parecían fundirse uno en el otro, de modo que no había ningún punto fijo en el horizonte. Las gaviotas y charranes ruedas y chillaban entusiasmados encima de él, y el viento soplaba sal por su pelo. Era tan caliente como el verano, y se quito su chaqueta para ponerla sobre la hierba, usaba una camisa con mangas y tirantes, y sus manos eran de color marrón y bronceadas por el sol.

–Will –se volvió al oír la voz familiar y vio a Mai subiendo la colina hacia él. Hubo un pequeño sendero cortado a lo largo de la ladera de la colina, rodeada de desconocidas flores blancas, y Mai parecía una misma flor, con un vestido blanco como el que ella había llevado al baile la noche en la que la había besado en el balcón de Benedict Lightwood. Su largo cabello castaño soplaba con el viento. Se había quitado el sombrero y lo sostenía en la mano, agitándolo hacia él y sonriendo como si estuviera contenta de verlo. Más que contenta. Como si la vista de él fuera toda la alegría de su corazón.

Su corazón brinco ante la visión de ella. “Mai,” llamó él, y extendió una mano como si él pudiera tirar de ella hacia él. Pero ella todavía estaba lejos -ella parecía muy cerca y muy lejos de repente y al mismo tiempo. Él podía ver cada detalle del bonita cara, pero no podía tocarla, y así él se levanto, esperando y deseando, y su corazón latiendo como si hubieran alas en su pecho.

Por fin ella estaba allí, lo suficientemente cerca que él podía ver dónde la hierba y las flores se doblaban por debajo de la pisada de sus zapatos. Él extendió la mano hacia ella, y ella para él. Su mano cerrada sobre la otra, y por un momento ellos sonrieron, y sus dedos se eran cálidos en su mano. –He estado esperando por ti, –dijo Will, y ella lo miró con una sonrisa que se desvaneció de su rostro mientras sus pies resbalaban y ella se inclinó hacia el borde del acantilado. Sus manos se arranco de la de él, y de pronto él encontraba aire mientras ella caía lejos de él, cayó en silencio, una mancha blanca en el horizonte azul.

Se sentó de golpe en la cama, con el corazón golpeando contra sus costillas. Su habitación en White Horse estaba medio iluminada de luz de la luna, que describía claramente las formas no familiares de los muebles: el lavabo y la mesa de alado con su copia de sin leer sermones de Fordyce’s Sermons to Young Women, el sillón junto a la chimenea, en la que las llamas habían consumido hasta las cenizas. Las sábanas de la cama estaban frías, pero él estaba sudando, él sacó las piernas por un lado y se acercó a la ventana.

Había un manojo tieso de flores secas en un florero en el alféizar. Él los empujó a un lado y abrió el panel con los dedos doloridos. Todo su cuerpo herido. Nunca antes había viajado tan lejos o con tanta fuerza en su vida, y él estaba cansado y dolorido por la silla de montar. Necesitaría iratzes antes de empezar en el camino otra vez mañana.

La ventana se abría hacia el exterior, y el aire frío sopló sobre su rostro y el cabello, enfriando su piel. Había un dolor en su interior, debajo de sus costillas, que no tenía nada que ver con la conducción. Si se trataba de la separación de Jem o su ansiedad por Mai, no lo podría decir. No dejaba de ver su caída lejos de él, sus manos soltándose. Nunca había sido una persona que cree en el sentido profético de los sueños, y sin embargo no podía deshacer el nudo apretado, el frío en el interior de su estómago, o calmar su respiración agitada.

En el panel oscuro de la ventana él podía ver el reflejo de su rostro. Tocó ligeramente la ventana, la punta de sus dedos dejando marcas en el vapor sobre el cristal. Se preguntó qué le diría a Mai cuando la encontrara, cómo podía decirle por qué era él, el que había ido detrás ella y no Jem. Si el mundo tuviera gracia, tal vez por lo menos podrían llorar juntos. Si ella realmente nunca creyó que la amaba, si nunca devolvió su afecto, al menos la piedad podría concederles ser capaces de compartir su tristeza. Casi incapaz de soportar la idea de lo mucho que necesitaba su tranquila fuerza, cerró los ojos y apoyó la frente contra el frío cristal.

***

Mientras se abrían paso a través de las calles del East End de la estación de Limehouse hacia Gill Street, Gabriel no podía dejar de ser consciente de Cecily a su lado.

Ellos usaban Glamour, que era útil, ya que su apariencia en esta parte más pobre de Londres Ould de otra manera, sin duda, harían comentarios emocionados, y tal vez de cualquier manera dio lugar a ser llevados a la tienda por un corredor para ver los productos que se ofrecen. Así como estaba, Cecily era intensamente curiosas, y a menudo hacia una pausa para mirar a los escaparates -no sólo modistas’ y fabricantes de sombreros’, pero las tiendas que venden de todo, desde pulidores de botas y libros hasta juguetes y soldaditos de plomo. Gabriel tuvo que recordarse que venía del campo, y probablemente nunca había visto un próspero mercado en la ciudad, cualquier cosa menos como Londres. El deseaba poder llevarla a un lugar propio de una dama de estación — las tiendas de Burlington Arcade Piccadilly, pero no estas calles oscuras y estrechas.

No sabía que había esperado de la hermana de Will Herondale. Que ella sería tan desagradable como Will? Que no se vería tan desconcertante como él, y sin embargo, al mismo tiempo, ¿ser extraordinariamente bonita? Él había visto pocas veces la cara de Will sin querer golpearlo, pero el rostro de Cecily era infinitamente fascinante. Se encontró queriendo escribir poesía acerca de cómo sus ojos azules eran como la luz de las estrellas y su cabello como la noche, porque «noche» y «luz de estrellas» rimaba, pero tenía la sensación de que el poema no saldría tan bien, y Tatiana lo había asustado de cómo era la poesía.

Además, había cosas que no se pueden poner en la poesía de todos modos, al igual que la forma en que cuando cierta chica curvaba su boca de una manera determinada, que él quería mucho inclinarse hacia adelante y –Señor Lightwood, –dijo Cecily con un tono impaciente que indicaba que esta no era la primera vez que ella había tratado de llamar la atención de Gabriel. –Creo ya que hemos pasado de la tienda.

Gabriel maldijo entre dientes y se volteo. Ellos de verdad se habían pasado el número que Magnus les había dado, ellos volvieron sobre sus pasos hasta que se encontraron de pie delante de una oscura y fea tienda con las ventanas empañadas. A través del oscuro cristal pudieron ver que en los estantes habían una variedad de artículos peculiares -tarros con serpientes muertas flotando, sus ojos blancos y abiertos; muñecas cuyas cabezas habían sido removidas y reemplazados con jaulas pequeñas de oro y pulseras hechas de apilados dientes humanos. –Oh, querido, –dijo Cecily. –¿Cuan decididamente desagradable?

–¿No quieres entrar? –Gabriel se volvió hacia ella. –Yo podría ir en tu lugar.

–¿Y dejarme parada sobre el frio pavimento? que caballeroso. Por supuesto que no. –Ella alcanzó el picaporte y empujó la puerta abierta, el sonido de una pequeña campana en algún lugar en la tienda sonó. – Después de mí, por favor, señor Lightwood.

Gabriel parpadeo después de ella en la penumbra de la tienda. El interior no era más acogedor que el exterior. Largas filas de estantes polvorientos los condujeron hacia un misterioso contador. Las ventanas parecían haber sido untadas con un poco de ungüento oscuro, bloqueando parte de la luz solar. Los estantes estaban abarrotados con una masa desordenada de campanas de bronce con asas en forma de huesos, velas de grasa cuya cera se rellenaba con insectos y flores, una corona preciosa de oro de forma tan peculiar y un diámetro que nunca podría ser apto para la forma de una cabeza humana. Había estantes de cuchillos, y el cobre y recipientes de piedras cuyas cuencas fueron marcados con peculiares manchas marrones. Había montones de guantes de todos los tamaños, algunos con más de cinco dedos en cada mano. Todo un esqueleto humano decapitado colgado de una cuerda delgada hacia la parte delantera de la tienda, girando en el aire, aunque no había brisa.

Gabriel miró rápidamente hacia Cecily para ver si se había acobardado, pero ella aun no lo había hecho. Ella pareció irritarse por nada. –Alguien realmente debería desempolvar aquí, –anunció, y avanzo hacia la parte trasera de la tienda, las pequeñas flores de su sombrero rebotaban. Gabriel negó con la cabeza.

Alcanzó a Cecily justo cuando ella llevaba la mano enguantada hacia la campana de bronce en el mostrador, poniéndole un sonido impaciente. –¿Hola? –Gritó. –¿Hay alguien aquí?

–Justo en frente de usted, señorita, –dijo una voz irritante, hacia abajo y hacia la izquierda. Tanto Cecily como Gabriel se inclinaron sobre el mostrador. Justo debajo del borde del mismo estaba la parte superior de la cabeza de un hombre pequeño. No, no exactamente hombre, pensó Gabriel con el glamour desprendido, un sátiro. Llevaba un chaleco y pantalones, aunque sin camisa, y tenía pezuñas en los pies y los cuernos perfectamente rizados de una cabra. Él también tenía una barba recortada, una mandíbula puntiaguda y los ojos rectangulares con las pupilas amarillas de una cabra, medio escondidos detrás de las gafas.

–Gracioso, –dijo Cecily. –Usted debe ser el Señor Sallows.

–Nefilim, –observó sombríamente el dueño de la tienda. –Detesto a los Nefilim.

–Mmm, –dijo Cecily. –Encantado, estoy segura.

Gabriel sintió que era hora de intervenir. –¿Cómo supiste que somos cazadores de sombras? –Espetó.

Sallows enarcó las cejas. –Sus Marcas, Señor, son claramente visibles en las manos y la garganta, –dijo, como si hablara con un niño, –y en cuanto a la niña, ella se parece a su hermano.

–¿Cómo sabe sobre mi hermano? –Cecily exigió, levantando la voz.

–No recibimos muchos de su tipo en aquí, –dijo Sallows. –Es notable cuando lo hacen. Tu hermano entraba y salía bastante hace unos dos meses, haciendo mandados para ese brujo Magnus Bane. Él bajó a Cross Bones también, molestando a la Vieja Moll. Will Herondale es conocido en el Submundo, aunque mayormente se mantiene alejado de los problemas.

–Eso es una sorprendente noticia, –dijo Gabriel.

Cecily le dio una mirada oscura a Gabriel. –Estamos aquí por la autoridad de Charlotte Branwell, –dijo ella. –Directora del Instituto de Londres.

El sátiro hizo un gesto con la mano. –No me preocupo mucho por sus jerarquías Cazadores de Sombras, lo saben, ninguna de las hadas lo hacen. Sólo dime lo que quieres, y te voy a dar un precio justo por ello.

Gabriel desenrolló el papel que Magnus le había dado. –El vinagre de los ladrones, la raíz de la cabeza de un murciélago, belladona, angélica, Hoja de damiana, las escalas de polvo de sirena, y seis clavos del ataúd de una virgen.

–Bien, –Dijo Sallows. –No nos llaman mucho por este tipo de cosas por aquí. Tengo que verificar en la parte de atrás.

–Bueno, si no lo llaman mucho por este tipo de cosas, ¿para qué los requieren? –preguntó Gabriel, perdiendo la paciencia.–Difícilmente esto es una florería.

–Señor Lightwood, –lo reprendió Cecily por lo bajo-pero no lo suficiente, como para que Sallows no la oyera, y sus anteojos rebotaran en su nariz.

–¿Señor Lightwood?, –dijo. –¿El hijo de Benedict Lightwood?

Gabriel podía sentir la sangre calentando sus mejillas. No había hablado con casi nadie acerca de su padre desde la muerte de éste- aun si pudiera contar sobre la cosa que era su padre cuando murió en el jardín italiano.

Una vez habían sido él y su familia contra el mundo, los Lightwoods por encima de todos los demás, pero ahora- ahora había vergüenza en el apellido Ligthwood, tanta como antes había orgullo, y Gabriel no sabía cómo hablar de ello.–Sí, –dijo finalmente. –Soy el hijo de Benedict Lightwood.

–Maravilloso. Tengo algunas de los pedidos de su padre aquí. Comenzaba a preguntarme si algún día vendría a recogerlas. –El sátiro se apresuró hacia la parte trasera, y Gabriel se encargó de estudiar la pared. Habían paisajes colgados, y mapas, pero mirándolos detenidamente, no eran ni paisajes ni mapas de ningún lugar que él conociera.

Estaba Idris, por supuesto, con el bosque Brocelind y Alacante en su colina, pero otro mapa mostraba continentes que nunca antes se habían visto- ¿y dónde estaba el Mar de Plata? ¿Las Montañas Espinosas ¿Qué tipo de país tenía un cielo purpura? –Gabriel, –dijo Cecily detrás de él, en voz baja. Era la primera vez que ella usaba su nombre de pila para dirigirse a él, y comenzó a girar hacia ella, justo cuando Sallows salía de la parte trasera de la tienda. En una mano cargaba con un paquete atado, que entregó a Gabriel. Estaban bastante grumosas- claramente las botellas con los ingredientes de Magnus.

Con su otra mano Sallows sujetaba un montón de papeles, que dejó en el mostrador. –Los ordenó tu padre, –dijo con una sonrisa.

Gabriel bajó la vista a los papeles- y su boca se abrió con horror. –Gracioso, –dijo Cecily. –¿Seguramente esto no es posible?

El sátiro se estrió hacia arriba para ver lo que ella estaba viendo. –bueno, no con una persona, pero con un demonio Vetis y una cabra, es más que probable.

Se volvió hacia Gabriel. –Ahora, ¿tiene el dinero para esto o no? Su padre está atrasado con los pagos y no puede comprar a crédito por siempre. –¿Qué es lo que va a ser, Lightwod?

***

–¿Alguna vez le ha preguntado Charlotte si quiere ser una cazadora de sombras? –preguntó Gideon.

A mitad de la escalera con un libro en la mano, Sophie se quedó helada. Gideon estaba sentado en una de las largas tablas de la biblioteca, cerca de una ventana que daba al patio.

Libros y papeles se extendían ante él, y él y Sophie habían pasado varias agradables horas buscando en ellos listas e historias de hechizos, detalles sobre el yin fen, y detalles específico de la tradición herbolaria. Si bien la pierna de Gideon se recuperaba rápidamente, estaba propiamente acomodada arriba de dos sillas en frente de él, y Sophie se había ofrecido decididamente a subir y bajar constantemente en las escaleras para alcanzar los libros más altos. Leía ahora uno llamado el Pseudomonarchia Daemonum, que tenía una sensación viscosa en la portada y que estaba deseosa de dejar, aunque la pregunta de Gideon la había asustado lo suficiente para detenerse a mitad del descenso. –¿Qué quiere decir?, preguntó, volviendo a bajar las escaleras. ¿Por qué Charlotte tendría que preguntarme algo como eso?

Gideon estaba pálido, o quizá solo era el reflejo de la luz mágica en su rostro. –Señorita Collins, –dijo. –Es una de las mejores luchadoras que haya entrenado, incluidos nefilims. Esa es la razón por la que pregunto. Me parece una lástima desperdiciar semejante talento. Aunque tal vez ¿no sea algo que usted desee?

Sophie dejó el libro en la mesa, y se sentó frente a Gideon. Ella sabía que debía dudar, como si reflexionara la pregunta, pero la respuesta estaba en sus labios antes de que pudiera detenerla. –Ser una cazadora de Sombras es lo que siempre he querido.

Él se inclinó hacia adelante, y la luz mágica brilló en sus ojos, lavando su color.–¿no le preocupa el peligro? Cuanto más grande se Asciende, el riesgo en el proceso es mayor. Los he escuchado hablar sobre bajar la edad para la Ascensión a los catorce o inclusive a los doce.

Sophie negó con la cabeza. –Nunca he temido al riesgo. Lo tomaría gustosa. Es sólo que temo- temo que si lo solicito, la señora Branwell pensará que soy desagradecida con todas las cosas que ha hecho por mí. Salvó mi vida y me crio. Me dio seguridad y un hogar. No le pagaría por todo eso abandonando el servicio.

–No. –Gideon negó con la cabeza. –Sophie -señorita Collins- usted es un sirviente libre en una casa de Cazadores de sombras. Tiene la Visión. Ya sabe todo lo que se puede saber sobre Submundos y Nefilims. Es la candidata perfecta para la Ascensión. Puso su mano sobre el libro de demonología. –tengo voz en el Consejo. Puedo hablar por usted.

–No puedo, –dijo Sophie en un hilo suave de voz. ¿Acaso no entendía lo que le estaba ofreciendo, la tentación? –y no ahora, por supuesto.

–No, por supuesto, no ahora, con James tan enfermo, –dijo Gideon presurosamente. –¿pero en el futuro? ¿Podría ser? –sus ojos buscaban su rostro, y ella sintió que un rubor comenzaba a ascender desde su cuello. La más evidente y común manera para que un mundano Ascendiera a Cazador de Sombras era a través del matrimonio con un cazador de sombras. Se preguntaba si quería decir eso lo que él parecía muy determinado a no mencionar. «Pero cuando le pregunté, habló muy firmemente. Ha dicho que ser un cazador de sombras es lo que siempre ha deseado. ¿Por qué es así? Puede ser una vida muy cruel.

–Toda vida puede ser cruel, –dijo Sophie. –Mi vida antes de que llegara al Instituto raramente fue dulce. Supongo que en parte, quiero ser cazador de sombras, para que si otro hombre viene por mí con un cuchillo en su mano, como mi antiguo empleador lo hizo, pueda matarlo donde esté. –Tocaba su mejilla mientras hablaba, un gesto inconsciente que no podía evitar, sintiendo el tejido de la cicatriz en la punta de sus dedos.

Ella vio la expresión de Gideon-una fuerte impresión mezclada con incomodidad-y dejó caer su mano. –No sabía que así había sido como obtuvo la cicatriz, –dijo él. Ella aparto la vista.

–Ahora dirá que no es tan fea, o que ni siquiera la había notado, o algo como eso.

–La veo, –dijo Gideon en voz baja. –No estoy ciego, y nosotros somos personas con muchas cicatrices. La veo, pero no es fea. Es solo otra parte hermosa de la más bella joven que haya visto.

Ahora Sophie se sonrojó -podía sentir sus mejillas arder- y cómo Gideon se inclinó hacia adelante sobre la mesa, sus ojos en un intenso, tormentoso verde, tomó una profunda resolución. Él no era su antiguo empleador. Era Gideon. No lo alejaría esta vez.

La puerta de la biblioteca se abrió de golpe. Charlotte estaba en el umbral, luciendo exhausta; había manchas de humedad en su vestido azul pálido, y sus ojos estaban ensombrecidos. Sophie se puso de pie al instante. –¿Señora Branwell?

–Oh, Sophie, –suspiró Charlotte. –Esperaba que pudieras sentarte con Jem un momento. Aún no ha despertado pero Bridget tiene que hacer la cena, y creo que su terrible canto le está dando pesadillas mientras duerme.

–Por supuesto. –Sophie se apresuró hacia la puerta sin mirar a Gideon mientras lo hacía, aunque cuando la puerta se cerró a su espalda, estaba bastante seguro de que ella lo oyó jurar suavemente y con una gran frustración en español.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Abr 12, 2016 12:15 pm

***

–Sabes, –Dijo Cecily, –realmente no tenías que haber arrojado a ese hombre por la ventana.

Él no era un hombre, –dijo Gabriel, frunciendo el entrecejo al montón de objetos que llevaba en sus brazos. Había tomado el paquete de ingredientes de Magnus que Sallows había preparado para ellos, y algunos objetos de aspecto útil de los estantes de enfrente. Había dejado intencionadamente toda los papeles que su padre había ordenado en el mostrador donde Sallows lo había dejado- después Gabriel había lanzado al sátiro a través de uno de los sucias ventanas. Había sido muy satisfactorio, con los cristales rotos por todos lados. La fuerza con la que había removido el esqueleto colgante, el cual se separó en un montón de huesos. –Era parte de la Corte Oscura de las hadas. Uno de los más molestos.

–¿Es por eso que le perseguiste por la calle?

–No tenía nada que hacer mostrando imágenes como esas a una dama, –murmuró Gabriel, a pesar de que tuvo que admitir que la dama en cuestión apenas si se había inmutado, y parecía más molesta con Gabriel por su reacción que por su muestra de caballerosidad.

–Y creo que fue excesivo lanzarlo en el canal.

–Flotará.

Las comisuras de los labios de Cecily se torcieron. –Estuvo muy mal.

–Estás bromeando –dijo Gabriel sorprendido.

–No lo hago. –Cecily levantó la barbilla, volteando su rostro, pero no antes de que Gabriel pudiera captar la sonrisa que se extendía por su rostro. Gabriel estaba desconcertado. Después del desdén que le mostraba, su imprudencia y su insolencia, había estado bastante seguro que ese último estallido de su parte la haría contarle a todo a Charlotte tan pronto como regresaran al Instituto, pero en vez de eso parecía divertida. Sacudió su cabeza mientras giraban por la calle Garnet. Definitivamente nunca entendería a los Herondales,

***

–¿Puede darme el vial que está en el estante, señor Bane? Pidió Henry.

Magnus lo hizo. Estaba de pie en el laboratorio de Henry, mirando a su alrededor las formas relucientes de las mesas. –¿Qué son todos estos artilugios, si puedo preguntar?

Henry, que llevaba dos pares de gafas al mismo tiempo una en su cabeza y otra sobre sus ojos-cuando se le preguntó lucia complacido y nervioso a la vez. (Magnus asumió que las dos gafas se debían a un ataque de distracción, pero en caso de que se tratara una búsqueda de la moda, decidió no preguntar.) Henry cogió un objeto de latón cuadrado con múltiples botones. –Bueno, por aquí, este es un Sensor. Detecta cuando los demonios están cerca. –Se acercó a Magnus, y el sensor hizo un ruido fuerte como un gemido.

–¡Impresionante!, –exclamó Magnus, complacido. Levantó una construcción de tela con un gran pájaro muerto sujeto en la cima de ésta. –¿Y qué es esto?

–El Bonete letal, declaró Henry.

–Ah, –dijo Magnus. –En tiempos de necesidad, una señora puede producir armas de él con los cuales matar a sus enemigos.

–Bueno, no, –admitió Henry. –Aunque eso suena como una mejor idea. Me gustaría que hubieras estado cuando se me ocurrió hacerlo. Desafortunadamente este bonete se envuelve alrededor de la cabeza de los enemigos y los asfixia, siempre que lo estén usando en el momento.

–Me imagino que no será fácil convencer a Mortmain que se lo ponga”, observó Magnus. –Aunque el color le quedaría muy bien.

Henry se echó a reír.–Muy gracioso, Señor Bane.

–Por favor, llámame Magnus.

–¡Lo haré! –Henry lanzó el bonete sobre su hombro y cogió un tarro de cristal redondo con una sustancia brillante. –É ste es un polvo que cuando se esparce en el aire hace que los fantasmas se vuelvan visibles –dijo Henry.

Magnus inclinó el frasco de brillantes granos hasta la lámpara admirándolo, y cuando Henry sonrió de manera alentadora, Magnus quitó el corcho. –A mí me parece muy bien, –dijo, y en un capricho lo esparció en su mano. Cubría su piel morena, enguantado su mano con una luminiscencia brillante.

–Y además de sus usos prácticos, parece que funciona con fines cosméticos. Este polvo hará que mi piel brille por la eternidad.

Henry frunció el ceño. –No es eterno, –dijo, pero luego su rostro se iluminó. –¡Pero podría hacer otro lote cuando usted quiera!

¡Podría brillar a voluntad! –Magnus sonrió a Henry. –Éstas son cosas fascinantes, Señor Branwell. Usted piensa de manera diferente sobre el mundo que cualquier otro Nefilim que haya conocido. Confieso que creía que su gente no tenía imaginación, aunque con grandes niveles de drama personal, ¡Pero me ha dado una opinión completamente diferente! Seguramente la comunidad nefilim debe honrarle y tenerle en muy alta estima como un caballero que realmente mejora su raza.

–No, –dijo Henry con tristeza. –La mayoría de ellos desean que deje de sugerir nuevos inventos y deje de prender fuego a las cosas.

–¡Pero todo invento viene con riegos!, –exclamó Magnus. –He visto la transformación en el mundo provocada por la invención de la máquina de vapor, y la proliferación de materiales impresos, en las fábricas y molinos que han cambiado la faz de Inglaterra. Los mundanos han tomado el mundo en sus manos y hecho cosas maravillosas. Los brujos lo largo de los siglos han soñado y perfeccionado diferentes he chizos para hacer por sí mismos un mundo diferente. –¿los Cazadores de Sombras los únicos que permanecen estancados e inmutables, y por lo tanto condenados? ¿Cómo pueden girar sus narices al genio que has mostrado? Es como girarse hacia las sombras y alejarse de las luces.

Henry se sonrojó en un fuerte color escarlata. Era evidente que nadie le había felicitado alguna vez por sus inventos, excepto quizás Charlotte. –Me abochorna, señor Bane.

–Magnus, –le recordó el brujo. –¿Ahora, ¿puedo ver tu trabajo en este portal que describías? ¿Un invento que pueda transportar seres vivientes de un lugar a otro?”

–Por supuesto. –Henry señalo una pesada pila de papeles de una de las esquinas de su desordenado escritorio, y la empujo hacia Magnus. El brujo la tomó y hojeó las páginas con interés. Cada página estaba cubierta con una pequeñísima e indescifrable letra, y docenas y docenas de ecuaciones, combinando matemáticas y runas en una sorprendente armonía. Magnus sentía como su corazón se aceleraba conforme pasabalas páginas –esto era sorprendente, realmente asombroso. Solo había un problema.

–veo lo que intentas hacer, –dijo. –Y está casi completado, pero.

–Sí, casi. –Henry pasaba su cabello por su cabello rojizo, moviendo sus gafas. –El portal puede ser abierto pero no hay forma de direccionarlo. No hay manera de saber si al atravesarlo te llevara al destino que se requiere en este mundo o en otro completamente diferente, o quizá en el mismo infierno. Es muy peligroso, y por lo tanto inútil.

–¿No pueden hacer esto con runas?

–No se puede hacer esto con estas runas –dijo Magnus. –Hay otras runas además de las que estás utilizando.

Henry negó con la cabeza. –Sólo podemos usar las runas del Libro Gris. Cualquier otra cosa es magia. La magia no es el camino de los Nefilims. Es algo que no debemos hacer.

Magnus vio a Henry pensativamente por un largo tiempo. –Es algo que yo puedo hacer, –afirmó, y jaló la pila de papeles hacia él.

***

A las hadas de la Corte Oscura no les gusta mucho la luz. La primera cosa que Sallows -cuyo nombre real no era ese- había hecho al regresar a su tienda había sido poner papel encerado sobre las ventanas que el Nefilim imprudentemente había roto. Sus gafas habían desaparecido también en las aguas de Limehouse Cut. Y nadie, al parecer, le iba a pagar por los muy caros papeles que había ordenado para Benedict Lightwood.

Había sido un muy mal día. Levantó la mirada malhumoradamente cuando la campana tienda tintineó, avisando que la puerta estaba siendo abierta, frunció el ceño.

Pensó que la había cerrado. –¿Otra vez de regreso, nefilim?, –espetó. –¿Decidiste lanzarme en el rio no sólo una sino dos veces? Te informo que tengo amigos poderosos.

–No dudo que los tengas, bribón, –la alta figura encapuchada atravesó la entrada y cerró la puerta detrás de él, –Y estoy muy interesado en saber más de ellos. –Una fría hoja de acero brillo en la penumbra, y los ojos del sátiro se agrandaron con el miedo. –Tengo algunas preguntas que hacerte, –dijo el hombre de la puerta. –Y yo no trataría de correr si fuera tú. No si quieres conservar tus dedos pegados a tu cuerpo…

13

La mente tiene montañas

Oh, la mente, la mente tiene montañas;
Acantilados de caídas Espantosas, puro, insondable.
Mantenerlos barato puede que nunca colgado
allí. Tampoco tiempo nuestro pequeño
Durance acuerdo con esa empinada o profunda.
¡Aquí! arrástrese, Miserable, bajo un confort
sirve en un torbellino: toda muerte La vida se
acaba y cada día muere con el sueño.

-Gerard Manley Hopkins: “No es peor, no hay ninguno”
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por EsperanzaLR el Mar Abr 12, 2016 1:44 pm

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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Miér Abr 13, 2016 2:04 pm

Más tarde, Mai nunca pudo recordar si ella había gritado cuando se había caído. Recordó sólo una caída larga y silenciosa, el río y las rocas precipitándose hacia ella, el cielo a sus pies. El viento se rasgó en su cara y cabello mientras se torcía en el aire, y sintió un fuerte tirón en su garganta.

Sus manos volaron hacia arriba. Su collar de ángel se estaba levantando sobre su cabeza, como si una enorme mano hubiera bajado del cielo para quitarlo. Un borrón metálico la rodeaba,  un par de grandes alas abriéndose como puertas, y algo se agarró de ella, deteniendo su caída.

Sus ojos se ensancharon.-  Era imposible, inimaginable-  pero su ángel, su ángel mecánico, había crecido de algún modo al tamaño de un ser humano vivo y se cernía sobre ella, sus grandes alas mecánicas golpeando contra el viento. Ella miró arriba a la cara en blanco, hermosa, la cara de una estatua hecha de metal, tan inexpresivo como siempre -pero el ángel tenía manos, tan articuladas como las suyas, y estas estaban sosteniéndola, sosteniéndola arriba como las alas golpearon y golpearon y golpearon y ella se cayó lentamente, suavemente, como una nube de pelusa de diente de león soplado por el viento.

Tal vez estoy muriendo, Mai pensó. Y, Esto no puede ser. Pero como el angel la sostuvo, y ellos fueron a la deriva juntos hacia la tierra, la tierra llegó más y más clara en el enfoque. Ella podía ver las rocas individuales junto a la corriente ahora, las corrientes que corrían río abajo, el reflejo del sol en el agua. La sombra de las alas apareció contra la tierra y crecía más y más, hasta que fue a caer en él, cayendo en la sombra, y ella y el ángel se sumergieron juntos en la tierra y aterrizaron en la suciedad suave y dispersas rocas en el lado de la corriente.

Mai se   quedó sin aliento cuando ella aterrizó, más por el choque que por el  impacto, y extendió la mano, como si pudiera amortiguar la caída del ángel con su cuerpo -pero ya estaba disminuyendo, cada vez más y más pequeño, con las alas plegables sobre sí mismas, hasta que golpearon el suelo por su lado, el tamaño de un juguete, una vez más. Ella alargó una mano temblorosa y lo agarro.

Estaba tumbada en rocas irregulares, mitad adentro, mitad afuera del agua fría; ya se estaba empapando a través de su falda. Cogió el pendiente y se arrastró hasta el lado de la corriente con el resto de sus fuerzas, y se derrumbo por fin sobre la tierra seca con el ángel presionado contra su pecho, marcando el familiar ritmo contra su corazón.

***

Sophie se sentó en el sillón al lado de la cama de Jem que había sido siempre el lugar de Will y miraba a Jem dormir.

Hubo un tiempo, pensó, cuando ella habría estado casi agradecida por esa oportunidad, la oportunidad de estar tan cerca de él, para poner paños fríos contra su frente cuando agitaba y murmuraba y quemado con fiebre. Y aunque ella ya no lo amaba como alguna vez lo hizo -de esa forma, se dio cuenta ahora, amaba a alguien que no conocía en absoluto, con admiración y distancia—  todavía se le retorció el corazón al verlo así. Una de las chicas de la ciudad, donde Sophie había crecido había muerto de consumo, y Sophie recordó cómo habían hablado de todas las maneras en que la enfermedad la había hecho más bella antes de que la matara -la hizo pálida y delgada y su rostro se sonrojado con un brillo rosado atractivo.

Jem tenía esa fiebre en sus mejillas mientras se arrojaba contra sus almohadas, su blanco-plateado cabello era como escarcha, y sus dedos inquietos contraídos contra la manta.
De vez en cuando hablaba, pero las palabras eran en mandarín, y ella no sabía. El llamó a Mai.

Wo ai ni, Mai. Bu lu run, he qing kuang fa sheng, wo men dou hui zai yi qi9*.Y él llamó a Will también, sheng si zhi jiao, de una manera que hizo que Sophie quisiera tomar su mano y sostenerla, aunque cuando ella llegó a tocarlo, estaba ardiendo de fiebre y le arrebató su mano con un grito.

Sophie se echó atrás en la silla, preguntándose si debería llamar a Charlotte. A Charlotte le gustaría saber si el estado de Jem empeoraba. Estaba a punto de levantarse sobre sus pies, cuando Jem de repente jadeo y sus ojos se abrieron. Ella se dejó caer en la silla, mirando fijamente. Su iris era de una pálida plata que era casi blanca.


9:Te amo Mai, y suceda lo que suceda siempre estaremos juntos.[/color]


–¿Will? – dijo él. –Will, ¿Eres tú?

–No, – dijo ella, casi con miedo de moverse. –Es Sophie.

Él exhaló suavemente y volvió la cabeza hacia ella sobre la almohada. Lo vio enfocar su cara con un esfuerzo-y luego, increíblemente, él sonrió, esa sonrisa de gran dulzura que había ganado su corazón primero.  –Por supuesto, –dijo él. –Sophie. Will no está- yo envié a Will lejos.

–Se ha ido después de Mai, –dijo Sophie.

–Bien. –Las manos largas de Jem arrancaron la manta, contrajo sus manos en puños y luego se relajó.

–Yo- soy feliz.

–Usted lo extrañaba, –Sophie dijo.

Jem asintió lentamente.  –Puedo sentirlo- su distancia, como un cable interior tiro muy, muy bien. No me esperaba eso. No hemos estado separados desde que nos convertimos en parabatai.

–Cecily dijo que usted lo envió lejos. –Sí, –dijo Jem. –Fue difícil de persuadir. Creo que si no estuviera enamorado de Mai, no habría sido capaz de hacer que se fuera.

La boca de Sophie se abrió.  –¿Lo sabía?

–No por mucho tiempo, –dijo Jem. –No, yo no sería tan cruel. Si hubiera sabido, nunca se lo hubiera propuesto. Hubiera retrocedido.

No lo sabía. Y, sin embargo, ahora, ya que todo se va lejos de mí, todas las cosas aparecen en una luz tan clara que creo que habría llegado a saberlo, incluso si él no me lo hubiera dicho.

Al final de las cosas, yo lo habría sabido.  Él sonrió un poco al ver la expresión afectada de Sophie. –Me alegro de no tener que esperar hasta el final.

–¿No está enojado?

–Estoy contento, –dijo. –Ellos van a ser capaces de cuidar uno del otro cuando yo me haya ido, o por lo menos puedo esperar eso. Él dice que ella no lo ama, pero -seguramente ella llegara a amarlo con el tiempo. Will es fácil para amar, y él le ha dado todo su corazón. Lo puedo ver. Espero que no se lo rompa.

Sophie no podía pensar en una palabra que decir.

Ella no sabía lo que alguien podría decir ante el rostro de un amor como ese -tanta paciencia, tanta resistencia, tanta esperanza.

Hubo muchas veces en estos últimos meses cuando se había lamentado de que había tenido un mal pensamiento sobre Will Herondale, cuando ella vio como él había estado apartado y permitió a Mai y a Jem ser felices juntos, y ella sabía la agonía que había llegado a Mai junto con la felicidad, sabiendo que ella dañaba a Will. Sophie sola, pensaba, sabía que Mai llamaba a Will algunas veces cuando ella dormía, sólo sabía que la cicatriz en la palma de la mano de Mai no era de un encuentro accidental con un atizador de la chimenea, pero una herida deliberada, infligida a sí misma que podría, de alguna manera, físicamente coincidir con el dolor emocional que había sentido al rechazar a Will.

Sophie había sostenido a Mai mientras ella había llorado y arrancado las flores del pelo que eran del color de los ojos de Will, y Sophie había cubierto con polvo  la evidencia de las lágrimas y noches sin dormir.

¿Debería ella decirle? Sophie se preguntó. ¿Sería realmente un acto de bondad decir Sí, Mai lo ama también, ella ha intentado no hacerlo, pero ella lo hace? ¿Podría algún hombre honestamente querer escuchar eso de la chica con la que se iba a casar?

–La señorita Gray tiene gran respeto por el señor Herondale, y ella no rompería cualquier corazón a la ligera, creo, –Sophie dijo. –Pero me gustaría que Usted no hablara como si su muerte fuera inevitable, Señor Carstairs. Incluso ahora la señora Branwell y los demás están esperanzados de encontrar una cura. Creo que va a vivir hasta la vejez con la señorita Gray, y los dos muy felices.

Él sonrió como si supiera algo que ella no.  –Es amable de tu parte decirlo. Yo sé que soy un cazador de sombras, y no pasamos fácilmente por esta vida. Luchamos hasta el final. Venimos desde el reino de los ángeles, y sin embargo lo tememos. Creo, sin embargo, que uno puede enfrentar el final y no temer sin haberse doblegado bajo a la muerte. La muerte nunca  me gobernara.

Sophie lo miró, un poco preocupado, él sonaba delirante para ella.  –¿Señorito Carstairs? ¿Debería buscar a Charlotte?

–En un momento, pero, Sophie -en su expresión, justo ahí, cuando habló: –Se inclinó hacia delante. –¿Es verdad, entonces?

–¿Qué es verdad?, –Le preguntó en voz baja, pero sabía que pregunta sería, y ella no podía mentir a Jem.
[/cente]

***

Will estaba de muy mal humor. El día había amanecido brumoso, húmedo y terrible. Se había despertado sintiendo malestar en el estómago, y apenas había podido tragar los huevos de goma y tocino frío que la esposa del dueño le había servido en la sala mal ventilada, cada parte de su cuerpo había tarareado para volver a la carretera y continuar en su viaje.

Los episodios de lluvia lo habían dejado temblando en su ropa a pesar de un uso liberal de las runas de calentamiento, y a Balios le disgustaba el barro que chupaba sus cascos mientras trataban de acelerar a lo largo de la carretera, Will de mal humor contemplaba ¿cómo era posible que la niebla podría condensarse en el interior de la ropa de uno.

Había por lo menos llegado a Northamptonshire, que era algo, pero él había cubierto apenas veinte kilómetros y se negaba rotundamente a parar, aunque Balios lo miró suplicante a su paso por Towcester, como pidiendo una habitación caliente en un establo y un poco de avena, y Will estaba casi inclinado a dárselo. Un sentimiento de desesperanza había invadido sus huesos, como el frío e ineludible como la lluvia. ¿Qué pensó que estaba haciendo? ¿De verdad pensó que encontraría a Mai de esa manera? ¿Era un tonto?

Ellos ahora estaban pasando por un país desagradable también, donde el barro hizo el camino rocoso traicionero. Una gran roca se elevaba en un lado de la carretera, bloqueando el cielo. En el otro lado del camino, el camino descendía dramáticamente en un barranco lleno de rocas afiladas. El agua distante de una corriente fangosa brillaba débilmente en el fondo del barranco. Will mantuvo la cabeza de Balios bien cubierta, lejos de la bajada, pero el caballo parecía aún asustadizo y tímido de la caída. La propia cabeza de Will estaba abajo, escondido en su collar para evitar la lluvia fría, fue sólo por casualidad que, mirando por un momento a un lado, él alcanzó a ver un verde brillante y oro en medio de las rocas en el borde de la carretera.

Había tirado de Balios en un instante y bajó del caballo  tan rápido que casi se resbaló en el barro. La lluvia caía ahora más fuertemente cuando se acercó y se arrodilló para examinar la cadena de oro que se había enganchado por el afilado afloramiento de la roca. Él lo recogió con cuidado. Era un colgante de jade, circular, con caracteres estampados en la parte posterior. Él sabía muy bien lo que significaba.Cuando dos personas son una en lo más profundo de su corazón, quiebran incluso la fuerza del hierro o el bronce.

El regalo nupcial de Jem a Mai. La mano de Will se apretó alrededor de él mientras se levantaba. Él recordó afrontarla en la escalera -la cadena del colgante de jade en su garganta guiñando hacia él como un recordatorio cruel de Jem como ella había dicho, Dicen que no se puede dividir su corazón, y sin embargo.–Mai, –gritó de repente, su voz resonaba en las rocas. –Mai – Él paró por un momento, temblando, al lado de la carretera. No sabía lo que él había esperado— ¿una respuesta? Era tan duro como si ella estuviera aquí, escondiéndose entre las rocas dispersas. Sólo había silencio y el sonido del viento y la lluvia. Aún así, sabía sin sombra de duda de que ese era el collar de Mai.

Tal vez lo había arrancado de su garganta y lo dejó caer por la ventana del carro para marcar el camino para él, como Hansel y Gretel rastro de migas de pan. Era lo que una heroína de cuentos haría, y por lo tanto lo que su Mai haría.

Tal vez habría otras señales también, si seguía su camino. Por primera vez, la esperanza fluyó de nuevo en sus venas.

Con nueva determinación se dirigió hacia Balios y giró a sí mismo en la silla. No habría ninguna desaceleración; Ellos estarían en Staffordshire por la noche. Al girar la cabeza del caballo hacia la carretera, se deslizó el colgante en el bolsillo, donde sus palabras grabadas de amor y compromiso parecían arder como una marca.
[/cente]

***

Charlotte nunca se había sentido tan cansada. El niño que venía la había agotado más de lo que ella había pensado que lo haría en un primer momento, y ella había estado despierta toda la noche y correteando todo el día. Había manchas en su vestido por la Cripta de Henry, y le dolían los tobillos de subir y bajar las escaleras y peldaños de la biblioteca. Sin embargo, cuando abrió la puerta del dormitorio de Jem y lo vio no sólo despierto, sino sentado y hablando con Sophie, ella se olvidó de su cansancio y sintió que en su cara descansaba una sonrisa indefensa de alivio.  –James, –ella exclamó. –Me había preguntado- es decir, me alegro de que estés despierto.

Sophie, que estaba mirando extrañamente se sonrojó, se puso en pie.  –¿Debiera salir, señora Branwell?

–Oh, sí, por favor, Sophie. Bridget está en uno de sus estados de ánimo, dice que no puede encontrar el Mary Bang, y no tengo la más mínima idea de lo que está hablando.

Sophie casi sonrió, ella lo tenía, si su corazón no se hubiera estado golpeando con el conocimiento de que ella podría haber hecho algo terrible.  –El baño maría, –dijo. –Lo voy a buscar para ella. –Ella se movió hacia la puerta, se detuvo y lanzó una mirada peculiar sobre su hombro a Jem, que estaba descansando la espalda contra las almohadas, muy pálido pero sereno. Antes de que Charlotte pudiera decir algo, Sophie se había ido, y Jem estaba llamando a Charlotte con una sonrisa cansada.

Charlotte, si no te importa mucho -¿Podrías traerme mi violín?

–Por supuesto. –Charlotte se acercó a la mesa junto a la ventana donde se encontraba el violín en su estuche cuadrado de palo de rosa, con su arco y una redonda caja de brea. Levantó el violín y lo llevó hasta la cama, donde Jem lo tomó con cuidado de sus brazos, y ella se dejó caer en la silla con gratitud a su lado. –Oh,  –dijo un momento después. –Lo siento. Me olvidé el arco. ¿Quiere  tocar?

–Así está bien. –Jaló suavemente las cuerdas de sus yemas de los dedos, lo que produjo un ruido suave y vibrante. –Esto es pizzicato - lo primero que mi padre me enseñó a hacer cuando me mostró el violín. Esto me recuerda a cuando era un niño.

Todavía eres un niño, Charlotte quería decir, pero no lo hizo. Tenía sólo unas pocas semanas antes de cumplir dieciocho, después de todo, es cuando los Cazadores de Sombras llegan a ser adultos, y cuando ella lo miraba seguía viendo al niño de pelo oscuro que había llegado de Shanghái agarrándose al violín, con sus ojos enormes en su rostro pálido, eso no quería decir que no había crecido.

Él alcanzo la caja de yin fen de su mesita de noche. Sólo había una pálida dispersión a la izquierda en la parte inferior, apenas una cucharadita. Tragó contra su garganta apretada, y golpeó el polvo en la parte inferior de un vaso, luego vertió el agua de la jarra en él, dejando el yin fen disolverse como el azúcar.

Cuando ella se lo dio a Jem, puso el violín a un lado y tomó el vaso de ella. Él la miró a ella, sus ojos pálidos pensativos. –¿Esto es lo último?, –le preguntó.

–Magnus está trabajando en una cura, –dijo Charlotte. –Todos lo estamos. Gabriel y Cecily están fuera comprando los ingredientes para la medicina para mantenerte fuerte, y Sophie,  Gideon y yo hemos estado investigando. Todo está siendo hecho. Todo.

Jem miró un poco sorprendido.  –No me di cuenta.

–Pero por supuesto que lo hacemos, –dijo Charlotte. –Nosotros somos tu familia, que haría cualquier cosa por ti. Por favor, no pierdas la esperanza, Jem. Necesito que mantengas tu fuerza.

–¿Qué fuerza que tengo es tuyo, – dijo crípticamente. Se tomó la solución de yin fen, regresándole de nuevo la copa vacía. –Charlotte?

–¿Sí?

–¿Ganaste la pelea acerca de cómo llamar a al niño ya?

Charlotte se rió sorprendida. Parecía extraño pensar en su hijo ahora, pero entonces ¿por qué no? En la muerte, estamos en vida. Era algo en que pensar que no era una enfermedad, o la desaparición de Mai, la peligrosa misión de Will. –Todavía no, – dijo.

–Henry sigue insistiendo en Buford.

–Vas a ganar, – dijo Jem. –Siempre lo haces. Tu serias un excelente cónsul, Charlotte.

Charlotte frunció la nariz.  –¿Una mujer Cónsul? ¡Después de todos los problemas que he tenido simplemente para llevar el Instituto!

–Siempre tiene que haber una primera, –dijo Jem. –No es fácil ser el primero, y no siempre es gratificante, pero es importante. –Él aga chó la cabeza. –Tú llevas contigo uno de mis pocos pesares.

Charlotte lo miro, perpleja. –Me hubiera gustado ver al bebé.

Era algo tan simple, algo melancólico para decir, pero esto se alojo en el corazón de Charlotte como una astilla de vidrio. Ella comenzó a llorar, las lágrimas deslizándose silenciosamente por sus mejillas. –Charlotte, –dijo Jem, como consolándola. –Tú siempre has cuidado de mí. Tú increíblemente cuidaras de este bebé. Vas a ser una madre maravillosa.

–Tú no puedes rendirte,  Jem, –dijo ella con voz ahogada. –Cuando ellos te trajeron a mí, al principio me dijeron que ibas a vivir un año o dos. Tú has vivido casi seis años. Por favor, sólo vive unos pocos días más. Unos días más para mí.

Jem le dio una mirada suavemente moderada.  –Yo viví por ti, –dijo. –Y yo viví para Will, y luego viví por Mai -y para mí- porque quería estar con ella. Pero no puedo vivir para los demás siempre. Nadie puede decir que la muerte encontró en mí un compañero dispuesto, o que me fui con facilidad. Si tú dices que me necesitas, me quedaré todo el tiempo que pueda por ti.

Viviré para ti y los tuyos, y caeré luchando hasta que la muerte me desgaste los huesos y astillas. Pero no sería mi elección.  –Entonces... –Charlotte lo miró vacilante. –¿Cuál sería tu elección?

Tragó saliva, y su mano bajó a tocar el violín a su lado.–Tomé una decisión, –dijo. –Lo hice cuando le dije a Will que vaya. Agachó su cabeza, y luego miró a Charlotte, sus pálidos y azules ensombrecidos ojos fijos en su rostro como si quisiera que entendiera. –Quiero que esto pare, –dijo él. –Sophie dice que cada uno todavía están buscando una cura para mí. Sé que le di a Will mi permiso, pero quiero que todos dejen ahora de buscar, Charlotte. Esto ha terminado.


***

Se estaba haciendo de noche cuando Cecily y Gabriel regresaron al Instituto. Estar fuera de casa en la ciudad con alguien además de Charlotte o su hermano había sido una experiencia única para Cecily, y ella se sorprendió de la buena compañía de Gabriel Lightwood había sido. Él la había hecho reír, aunque ella había hecho todo lo posible para ocultarlo, y él había llevado muy amablemente todas las parcelas, aunque ella habría esperado que él protestara por haber sido tratado como un lacayo acosado. Es cierto que probablemente no se debería haber arrojado a esa hada a través del escaparate— o dentro del canal de Limehouse.

Pero ella no podía culparlo. Ella sabía perfectamente que no era el hecho de que el sátiro había mostrado sus imágenes impropias que había interrumpido la calma, por el recuerdo de su padre.

Era extraño, pensó mientras subía los escalones del Instituto, cuan diferente de su hermano él era. Le  había gustado Gideon perfectamente bien desde que había llegado a Londres, pero lo encontró tranquilo y contenido. No hablaba mucho, y aunque a veces ayudaba a Will con su entrenamiento, estaba distante y pensativo con todo el mundo excepto para Sophie. Con ella era posible ver destellos de humor en él.

Podría ser muy divertido secamente cuando el deseara ser, y tenía una observadora naturaleza oscura junto a su alma tranquila.

En pequeños fragmentos y piezas  recogidos de Mai, Will y Charlotte, Cecily había reconstruido la historia de los Lightwood y había empezado a comprender por qué Gideon era tan tranquilo. En cierto modo como Will y ella misma, él le había dado la espalda a su familia deliberadamente, y llevaba las cicatrices de esa pérdida. La elección de Gabriel había sido muy diferente. Se había quedado al lado de su padre y observó el lento deterioro de su cuerpo y mente. ¿Qué había pensado, mientras estaba sucediendo? ¿En qué momento se había dado cuenta que la elección que había hecho había sido la equivocada?

Gabriel abrió la puerta del Instituto, y Cecily pasó por ella, fueron recibidos por la voz de Bridget flotando por las escaleras.

–Y No ves ese estrecho, estrecho camino.

¿Tan espeso plagado de espinas y cardos?

Ese es el camino de la justicia,

Aunque después de él, pero pocas consultas.

“Y no ves el camino ancho, ancho

¿Que se encuentra al otro lado del leven lirio?

Ese es el camino de la maldad,

Aunque algunos lo llaman el camino al Cielo.

–Ella está cantando, –dijo Cecily, empezando a subir por las escaleras. –De nuevo. –Gabriel, equilibrando las parcelas con agilidad, hizo un ruido uniforme.
 
–Estoy muerto de hambre. Me pregunto si ¿ella me asustara arriba con un poco de pollo frío y pan en la cocina si le digo que no me importa las canciones?

–A todos les importa las canciones. –Cecily lo miró de reojo, tenía un perfil muy fino. Gideon era guapo también, pero Gabriel era todos ángulos agudos, el mentón y los pómulos, que ella pensaba en conjunto más elegante. –No es tu culpa, lo sabes, –dijo bruscamente.

¿Que no es mi culpa? –Giraron para continuar en el pasillo del segundo piso. Le parecía oscuro a Cecily, las luces de brujas bajaron. Podía oír a Bridget, todavía cantando:

–Era  noche oscura, oscura, no había luz de las estrellas,

Y se metió a través de la sangre roja a la rodilla;

A pesar de la sangre que se ha derramado sobre la tierra corre por  las aguas de ese país.

–Tu Padre, – Cecily dijo.

La cara de Gabriel se tenso. Durante un momento Cecily pensó que él iba a hacer una réplica enfadada, pero en cambio él solo dijo:  –Eso puede o no poder ser mí culpa, pero decidí ser ciego ante sus crímenes. Yo creí en él, cuando hacerlo fue un error, y él ha deshonrado el nombre Lightwood.

Cecily estuvo en silencio durante un momento.  –Vine aquí porque creí que los Cazadores de Sombras eran monstruos que habían tomado a mi hermano. Lo creí porque mis padres lo creyeron. Pero ellos se equivocaron. No somos nuestros padres, Gabriel. Nosotros no  tenemos que llevar el peso de sus decisiones o sus pecados. Tú puedes hacer brillar de nuevo el nombre Lightwood.

–Esa es la diferencia entre tú y yo, –dijo él, no con un poco de amargura. –Escogiste venir aquí. A mí me condujeron fuera de mi casa a aquí, perseguido por el monstruo que una vez fue mi padre.

–Bueno, –dijo Cecily amablemente, –no lo persiguió  todo el camino hasta aquí. Sólo hasta Chiswick, pensé.
 
–Qué.

Ella le sonrió. –Yo soy la hermana de Will Herondale. No esperares que sea seria todo el tiempo.
 
Su expresión en esto era tan cómica que ella se rió, ella todavía estaba riéndose cuando se abrió la puerta de la biblioteca y entró, y ambos se detuvieron en sus pies.

Charlotte, Henry, y Gideon estaban sentados alrededor de una de las largas mesas. Magnus estaba a cierta distancia, junto a la ventana, con las manos entrelazadas detrás de él. Su espalda estaba rígida y recta. Henry parecía pálido y cansado, Charlotte conteniendo sus lagrimas. El rostro de Gideon era una máscara. La risa murió en los labios de Cecily.  –¿Qué es esto? ¿Ha habido noticia? ¿Es Will?

–No es Will, –dijo Charlotte. –Es Jem.

pable  alivio. Había pensado al principio en su hermano, pero por supuesto que era su parabatai que estaba en más peligro inminente. –¿Jem? – Ella suspiró.

–Él todavía está vivo, –dijo Henry, en respuesta a su pregunta no formulada.

–Bueno, entonces. Tenemos todo, –Gabriel dijo, poniendo los paquetes en la mesa.

–Todo lo que Magnus pidió la damiana, del murciélago cabeza de raíz.

–Gracias. –Magnus habló desde la ventana, sin volverse.

–Sí, gracias, –dijo Charlotte. –Hicieron todo lo que pidió, y les estoy agradecida. Pero me temo que su misión fue en vano. –Ella miró el paquete, y luego de arriba otra vez. –Estaba claro que le iba a llevar un gran esfuerzo para hablar. –Jem ha tomado una decisión, –dijo ella. –Él desea que nosotros dejemos la búsqueda de una cura. Él ha tomado el último yin fen, no hay más, y es una cuestión de horas. He convocado a los Hermanos Silenciosos. Es hora de decir adiós.

Estaba oscuro en la sala de entrenamiento. Las sombras se alargan en el suelo y la luz de la luna entraba por las altas ventanas arqueadas. Cecily se sentó en uno de los bancos desgastados y se quedó mirando los patrones de la luz de la luna hechos en el piso de madera astillada.

Su mano derecha ociosamente preocupada en el colgante rojo alrededor de su garganta. No podía dejar de pensar en su hermano. Una parte de su mente estaba en el instituto, pero el resto estaba con Will: a lomos de un caballo, inclinándose hacia el viento, montando infierno para la piel a través de los caminos que separan Londres de Dolgellau. Se preguntó si él tenía miedo. Se preguntó si volvería a verlo.

Tan profunda en el pensamiento estaba el que comienzo  crujir de la puerta al abrirse. Una larga sombra fue puesta en el suelo, y miró hacia arriba para ver a Gabriel Lightwood parpadeando con sorpresa. –Ocultándote aquí, ¿En serio?, –dijo él. –Esto es-incomodo.

–¿Por qué? –Ella se sorprendió de lo ordinario que sonaba su voz, aunque tranquilo.

–Porque yo tenía la intención de ocultarme aquí mismo.

Cecily se quedó en silencio por un momento. Gabriel en realidad parecía un poco inseguro- que colgaba extrañamente en él, que solía ser tan confiado.

Aunque era una confianza más frágil que la de su hermano. Estaba demasiado oscuro para que pudiera ver el color de sus ojos o del pelo, y por primera vez ella se podía ver el parecido entre él y Gideon. Ellos tenían el mismo conjunto determinado de la barbilla, los mismos ojos ampliamente espaciados y una postura cuidadosa. –Puedes esconderte aquí conmigo, –dijo, –si lo deseas.

Él asintió y cruzó la habitación hasta donde estaba sentada, pero en lugar de unirse a ella se trasladó a la ventana y miró afuera. –El transporte de los Hermanos Silenciosos está aquí, –dijo él.

–Sí, –dijo Cecily. Sabía por su lectura del Codex que los Hermanos Silenciosos eran tanto los médicos como los sacerdotes del mundo de los Cazadores de Sombras, uno podría esperar encontrarlos en lechos de muerte y los lechos de enfermos y en partos por igual. –Pensé que debía ver a Jem. Para Will. Pero yo- yo no me atreví. Soy una cobarde, –añadió en el último momento.

No era algo que ella había pensado alguna vez acerca de sí misma antes. –Entonces yo también lo soy, –él contestó. La luz de la luna cayó sobre un lado de su cara, que lo hace lucir como si llevara una máscara a la mitad.

–He venido hasta aquí para estar solo y, francamente, para estar lejos de los Hermanos, porque me dan escalofríos. Pensé que podría jugar al solitario. Podríamos, si lo desea, jugar un partido de Mi Vecino Mendigo.

–Al igual que Pip y Estella en Grandes esperanzas, – dijo Cecily, con un destello de diversión.

–Pero, no- no sé cómo jugar cartas. Mi madre trató de mantener las cartas fuera de la casa, como mi padre... tenía una debilidad por ellas. –Miró a Gabriel. –Sabes, de alguna manera somos iguales. Nuestros hermanos se fueron y nos quedamos solos sin hermano o hermana, con un padre que se estaba deteriorando. El mío estuvo mal durante un tiempo después de que  Will se fuera y Ella muriera. Le tomó años para recuperarse, y mientras tanto perdimos nuestra casa. Justo como Ustedes perdieron Chiswick.

–Chiswick fue tomad de nosotros, –dijo Gabriel con un destello de amargura ácida. –Y para ser bastante honesto, me siento a la vez triste y a la vez no. Mis recuerdos del lugar–Él se estremeció. –Mi padre se encerró en su estudio una quincena antes de que yo viniera aquí en busca de ayuda. Debería haber venido antes, pero era demasiado orgulloso. No quería admitir que me había equivocado acerca de Padre. En esas dos semanas apenas dormía. Golpee en la puerta del estudio y rogué a mi padre para que saliera, hablara conmigo, pero oí sólo ruidos inhumanos. Giré la cerradura de mi puerta por la noche y por la mañana había sangre en las escaleras. Me dije que los sirvientes habían huido. Yo sabía que no. Así que no, no somos iguales, Cecily, porque tú te fuiste. Fuiste muy valiente. Me quedé hasta que no hubo más remedio que marcharme. Me quedé a pesar de que sabía que estaba mal.
 
–Eres un Lightwood, –dijo Cecily. –Te quedaste porque eras leal a tu apellido. No es cobardía.

–¿No lo era? ¿Sigue siendo la lealtad una cualidad recomendable cuando está mal dirigida?

Cecily abrió su boca y volvió a cerrarla. Gabriel la miraba, sus ojos brillando en la luz de la luna. Parecía realmente desesperado por oír su respuesta. Ella se preguntó si él no tenía a nadie con quien hablar.

Podía ver cómo podría ser aterrador tener escrúpulos morales de alguien a Gideon, él parecía tan firme, como si él nunca se hubiera cuestionado en su vida y no entendiera lo que hicieron. –Creo, –dijo, escogiendo sus palabras con cuidado, –que cualquier buen impulso puede ser torcido en algo malo. Mira al Magister. Él hace lo que hace porque odia a los cazadores de sombras, por lealtad a sus padres, que se preocupaban por él, y que fueron asesinados. No está más allá del ámbito de la comprensión. Y sin embargo, nada excusa el resultado. Creo que cuando tomamos decisiones -para cada elección es individual de las elecciones que hemos hecho antes-, tenemos que examinar no sólo nuestras razones para hacerlas, pero qué resultado se tendrá, y si las buenas personas se verán afectados por nuestras decisiones.

Hubo una pausa. Entonces:  –Tú eres muy sabia, Cecily Herondale, –dijo él.

–No lamento mucho las decisiones que haya hecho en el pasado, Gabriel, –dijo ella, consciente de que ella estaba usando su nombre de pila, pero no pudo evitarlo. –Sólo hacer las correctas en el futuro. Siempre somos capaces de cambiar e incluso somos capaces de ser mejores.

–Eso, –dijo Gabriel, –no sería lo que mi padre quería que yo fuera, y a pesar de todo, me siento reacio a descartar la esperanza de su aprobación.

Cecily suspiró.  –Podemos hacer nuestro mejor esfuerzo, Gabriel. Traté de ser la hija que mis padres querían, la dama que ellos deseaban que yo fuera. Me fui para traer a Will de regreso a ellos porque creía que era lo correcto. Yo sabía que les apenaba que él hubiera elegido un camino diferente -y es el más adecuado para él, porque el vino más fuerte. Ese es su camino. No escojas el camino de su padre hubiera elegido o el camino que tu hermano elegiría. Sé el cazador de sombras que quieres ser.

Parecía muy joven cuando él contestó. –¿Cómo sabes que voy a tomar la decisión correcta?

Afuera de las ventanas los cascos de los caballos sonaban sobre las losas de los patios. Los Hermanos Silenciosos, llendose. Jem, Cecily pensó con una punzada en el corazón. A su hermano siempre lo había mirado como una especie de Estrella Norte, una brújula que siempre le apuntan hacia la decisión correcta. Ella nunca había pensado bastante en su hermano en la suerte antes, y ciertamente no habría esperado para hacerlo hoy, y sin embargo-y sin embargo, de una manera él lo había sido.  Por tener siempre alguien a quien recurrir de esa manera, y no preocuparse constantemente de que uno estaba mirando a las estrellas equivocadas.

Intentó que su voz sonara tan firme y fuerte como podría ser, para sí misma tanto como para el muchacho de la ventana. –Tal vez, Gabriel Lightwood, tengo fe en ti.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Miér Abr 13, 2016 2:10 pm

14

Parabatai

Paz, paz! él no está muerto, él no está dormido,
Él ha despertado del sueño de la vida;
Somos nosotros, quienes nos perdimos
en visiones tempestuosas, mantente con fantasmas
en una contienda inútil,
Y en un loco trance, huelga con el cuchillo
de nuestro espiritu. Nada invulnerable.
No decaemos. Como cadáveres en descomposicion,
el miedo y el dolor nos convulsiona y nos consume dia a dia,
Y enjambres de esperanza fria como gusanos
dentro de nuestra arcilla viviente.

— Percy Bysshe Shelley, “Adonais:
An Elegy on the Death of John Keats”

El patio de la posada del Hombre Verde era un lío revuelto de barro para el momento en el que Will llegó con su caballo agotado y se deslizó desde la ancha espalda de Balios. Estaba cansado, tieso y dolorido por la silla de montar, y con el mal estado de las carreteras y su propio agotamiento y el de su caballo, había recorrido las últimas horas, en muy mal tiempo. Ya estaba bastante oscuro, y él se sintió aliviado al ver a un mozo del establo corriendo hacia él, con las botas salpicadas de barro hasta las rodillas y con una linterna que emitía un resplandor amarillo caliente.–Oi, pero es una noche húmeda, señor, –dijo el muchacho alegremente mientras se acercaba. Parecía bastante un chico humano normal, pero había algo travieso y un poco parecido a duendecillos en él -sangre de hada, a veces, transmitida de generación en generación, podría expresarse en los humanos y en los cazadores de sombras incluso, en la curvatura de un ojo o el brillo luminoso de la pupila. Por supuesto, el muchacho tenía la Visión. El Hombre Verde era una estación de paso muy conocida en el Submundo. Will había estado esperando llegar al anochecer. Estaba cansado de fingir delante de los mundanos, cansado de usar Glamour, cansado de esconderse.

–¿Húmedo? ¿Tú crees? –Will murmuró con el agua corriéndole por  pelo y las pestañas. Tenía los ojos fijos en la puerta principal de la posada, a través del la cual la luz amarilla se vertía dándole la bienvenida. En lo alto toda la luz había desaparecido del cielo. Pesadas nubes negras se alzaban por encima, pesadas con la promesa de más lluvia.

El muchacho tomó Balios por la brida.  –Usted tiene uno de sus caballos mágicos, –exclamó.

–Sí. –Will le dio unas palmaditas al costado mojado del caballo. –Necesita que lo froten y cuidado especial.

El chico asintió con la cabeza.  –¿Entonces eres un Cazador de Sombras? No recibimos muchos  por estos lugares. Uno hace poco, pero él era viejo y desagradable.

–Escucha, –Will preguntó: –¿Hay habitaciones disponibles?

–No estoy seguro si hay algunas privadas, señor.

–Bueno, voy a querer una privada, así que es mejor que haya. Y un establo para que el caballo para pase la noche, y un baño y una comida. Corre y consigue dejar el caballo y yo voy a ver lo que dice el propietario.

El propietario fue absolutamente complaciente y, a diferencia del niño, no hizo comentarios sobre las marcas en las manos o en la garganta de Will, sólo hizo las mismas preguntas comunes: “¿Quiere que su comida sea en un salón privado o tomarla en el sala común, señor?

¿Y querrá usted un baño antes o después de la cena?”

Will, que se sentía encofrado en barro, optó primero por el baño, aunque accedió a tomar la cena en la sala común. Había llevado una buena cantidad de dinero mundano con él, pero un salón privado para cenar era un gasto innecesario, especialmente cuando a uno no le importaba lo que estaba comiendo. La comida era combustible para el viaje, y eso era todo.

A pesar de que el propietario había puesto poca atención al hecho de que Will era Nefilim, había otros en la sala común de la posada que lo hicieron. Mientras Will se apoyaba en el mostrador, un grupo de hombres lobo jóvenes que habían estado incurriendo en cerveza barata durante la mayor parte del día, murmuraban entre ellos mismos junto a la gran chimenea. Intentó no fijarse en ellos cuando ordenó botellas de agua caliente para él y un puré de salvado para su caballo, como  lo haría cualquier joven caballero prepotente; pero sus ojos afilados  estaban ávidos, teniendo en cuenta cada detalle desde su pelo mojado y botas lodosas, el abrigo pesado que no mostraba ningún signo de que llevara el habitual cinturón de armas de los Nefilim debajo de este.  –Tranquilos, muchachos, –dijo el más alto del grupo. Se sentó bien con la espada hacia el fuego, ocultando la cara en la pesada sombra, aunque el fuego perfilara sus largos dedos mientras sacaba un fino cigarro de la caja mayólica y golpeaba pensativamente a la cerradura. –Yo lo conozco.

–¿Lo conoces? –Uno de los lobos más jóvenes preguntó con incredulidad. –¿Ese Nefilim? Es un amigo tuyo, Scott?
 
–Oh, no un amigo. No exactamente. –Woolsey Scott, encendió la punta de su cigarro con una cerilla y miró al muchacho a través de la habitación sobre la pequeña llama, con una sonrisa en la boca. –Pero es muy interesante que él esté aquí. Muy interesante.

***

–Mai –la voz hizo eco en su oído, un grito desigual. Ella se sentó de golpe en la orilla del río, su cuerpo temblaba.

–¿Will? –Se puso de pie y miró a su alrededor. La luna se había pasado por detrás de una nube. El cielo era como el mármol gris oscuro, atravesado por venas de color negro. El río corría delante de ella, gris oscuro en la luz escasa, y mirando a su alrededor, vio sólo los árboles retorcidos, el acantilado empinado por donde había caído, una amplia vista del de campo que se perdía en otra dirección a los otros campos—cercas de piedra, de vez en cuando un puntillo distante de una casa de campo o habitación. No podía ver nada como una ciudad o un pueblo, ni siquiera un grupo de luces que podrían haber indicado una pequeña aldea.

–Will, –susurró de nuevo, poniendo los brazos alrededor de sí misma. Estaba segura de que había sido su voz la que había oído gritando su nombre. Ninguna otra voz sonaba como la suya. Pero era ridículo. Él no estaba aquí. No podía ser. Tal vez estaba medio soñando, como Jane Eyre, que había oído la voz de Rochester llamándola en los páramos.

Por lo menos era un sueño que la había sacado de su inconsciencia. El viento era como un cuchillo frío, cortándola a través de la ropa, hasta la piel. Solo llevaba un vestido fino, hecho para interiores, y sin abrigo ni sombrero. Sus faldas estaban todavía mojadas con agua del río, el vestido medio rasgado y manchado de sangre. El ángel le había salvado la vida, al parecer, pero no la había protegido de una lesión.

Lo tocó ahora, con la esperanza de una indicación, pero estaba tan tranquilo y callado como siempre. Sin embargo, mientras quitaba la mano de su garganta, oyó la voz de Will en la cabeza: A veces, cuando tengo que hacer algo que no quiero hacer, finjo que soy un personaje de un libro. Es más fácil saber lo que él haría.

Un personaje de un libro, pensó Mai, uno bueno e inteligente, seguiría la corriente de agua. Un personaje de un libro sabría que los asentamientos humanos y las ciudades se construyen a menudo junto al agua, y que debe buscar ayuda, en lugar de andar dando tumbos por el bosque. Decididamente ella envolvió sus brazos a su alrededor y comenzó a caminar penosamente rio abajo.

***

Para cuando Will, volvió a la sala común para la cena —bien bañado, afeitado y vistiendo una camisa limpia y un cuello— la habitación estaba medio llena de personas.

Bueno, no exactamente personas. Mientras era dirigido a una mesa, pasó mesas donde los trolls se sentaban encorvados junto a más pintas de cerveza, con aspecto de ancianos nudosos salvo por los colmillos que sobresalían de su mandíbula inferior. Un brujo delgado con una mata de pelo marrón y un tercer ojo en el centro de la frente estaba comiendo una chuleta de ternera. Un grupo se sentaba amontonado en una mesa junto al fuego —hombres lobo, Will presintió, por su actitud de manada. La habitación olía a humedad y a brasas y a cocina, y el estómago de Will rugió; él no se había dado cuenta de lo hambriento que estaba.

Will estudió un mapa de Gales mientras bebía su vino (agrio, y avinagrado) y se comió la comida que trajeron (un corte tosco de ciervo con patatas) e hizo todo lo que pudo para tratar de ignorar las miradas de los otros clientes. Supuso que el mozo del establo, estaba en lo cierto, que no llegaban muchos Nefilim por aquí. Sentía como si sus Marcas brillaran como señales. Cuando los platos fueron retirados, sacó un papel y escribió una carta:

Charlotte:

Lo siento por dejar el Instituto sin tu permiso. Te pido perdón; sentí que no tenía otra opción.

Eso, sin embargo, no es el por qué estoy enviando esta carta. A un lado de la carretera he encontrado pruebas del paso de Mai. De alguna manera se las arregló para lanzar su collar de jade por la ventanilla del coche, creo que para que podamos rastrearla. Lo tengo conmigo ahora. Es una prueba innegable de que teníamos razón en nuestra suposición sobre el paradero de Mortmain. Debe estar en Cadair Idris. Debes escribir al Cónsul y exigirle que envíe una fuerza completa a la montaña.

Will Herondale.

Después de haber sellado la carta, Will llamó al propietario y confirmó que, por media corona, el muchacho lo llevaría al coche de noche para la entrega. Habiendo hecho su pago, Will se sentó de nuevo, teniendo en cuenta si debería forzarse a tomar otra copa de vino para poder dormir —cuando un dolor agudo y punzante le atravesó el pecho. Se sintió como un disparo con una flecha, y Will se echó hacia atrás. Su copa cayó al suelo y se hizo añicos. Se puso en pie, apoyando ambas manos sobre la mesa. Era vagamente consciente de las miradas, y la voz ansiosa del propietario en su oreja, pero el dolor era demasiado grande como para pensar, casi demasiado grande para respirar.

La opresión en el pecho, la que había considerado como el extremo de un cable atándolo a Jem, se había estirado tan fuerte que estaba estrangulando a su corazón. Se tambaleó lejos de la mesa, empujando a través de un montón de clientes cerca de la barra, y se paso a la puerta principal de la posada. Todo en lo que podía pensar era en el aire, en conseguir que el aire entrara en sus pulmones para poder respirar.

Empujó las puertas para abrirlas y medio cayó afuera hacia la noche. Por un momento el dolor en el pecho se alivió, y él cayó de espaldas contra la pared de la posada. La lluvia caía a cántaros, empapándole el pelo y la ropa. Se quedó sin aliento, su corazón tartamudeaba con una mezcla de terror y desesperación. ¿Era sólo la distancia con Jem lo que le afectaba? Nunca había sentido algo así, ni siquiera cuando Jem había estado en su peor momento, aun cuando había sido herido y Will habíaa sentido un dolor reflejo.

El lazo se rompió.

Por un momento todo se volvió blanco, el patio blanqueado como con ácido. Se dobló sobre sus rodillas, vomitando su cena en el barro. Cuando los espasmos pasaron, él se puso en pie y trastabilló ciegamente lejos de la posada, como tratando de ganarle la carrera a su propio dolor. Fue a buscar a la pared de los establos, junto al abrevadero. Se dejó caer de rodillas para hundir las manos en el agua helada—y vio su propio reflejo. Allí estaba su rostro, tan blanco como la muerte, y en su camisa, una mancha roja en la parte delantera.

Con las manos mojadas tiró de las solapas y se abrió la camisa. En la tenue luz que se derramaba de la posada, pudo ver que su runa parabatai, justo sobre su corazón, estaba sangrando.

Sus manos estaban cubiertas de sangre, la sangre mezclada con la lluvia, la misma lluvia que estaba lavando la sangre de su pecho, mostrando la runa, que comenzaba a desaparecer de negro a plata, convirtiendo todo lo que había tenido sentido en la vida de Will en la locura.

Jem estaba muerto.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Miér Abr 13, 2016 2:16 pm

***

Mai había estado caminando durante horas, y sus delgados zapatos se habían por las piedras afiladas del lecho del río.

Ella había empezado a andar casi a la carrera, pero el cansancio y el frío la habían alcanzado, y ahora estaba cojeando lenta, aunque determinadamente, rio abajo. El material empapado de sus faldas la arrastraba hacia abajo, se sentía como un ancla que tiraba de ella hasta el fondo de un mar terrible.

No había visto ninguna señal de presencia humana durante kilómetros, y estaba empezando a desesperarse de su plan, cuando un claro apareció a la vista. Comenzaba a llover ligeramente, pero incluso a través de la llovizna, pudo ver la silueta de un edificio bajo de piedra. A medida que se acercaba, vio que parecía ser una pequeña casa con techo de paja y un camino con ramas crecidas que conducía a la puerta principal.

Cogió el ritmo, corriendo ahora, pensando en un granjero y su esposa amable, del tipo que aparece en los libros y que tomaría en una chica joven y la ayudarían contactar a su familia, como los Rivers habían hecho por Jane en Jane Eyre. A medida que se acercaba, sin embargo, se dio cuenta de las ventanas sucias y rotas y la hierba que crecía en el techo de paja. El corazón le dio un vuelco. La casa estaba desierta.

La puerta estaba abierta en parte, la madera hinchada por lluvia. Había algo aterrador sobre la casa vacía, pero Mai estaba desesperada por protegerse de la lluvia y los perseguidores que Mortmain pudiera haber enviado tras ella. Se aferró a la esperanza de que la señora Black pensaría que había muerto en la caída, pero dudaba que Mortmain fuera tan fácil de disuadir de su rastro. Después de todo, si alguien sabía lo que su ángel mecánico podía hacer, sería él.

Había hierba que crecía entre las losas del piso dentro de la casa y la chimenea estaba sucia, con una olla ennegrecida que todavía se cernía sobre los restos del fuego y las paredes blancas, sucias de hollín y el paso del tiempo. Había una maraña de lo que parecía instrumentos agrícolas cerca de la puerta. Uno parecía una vara de metal largo con un extremo curvo ramificado, los dientes todavía puntiagudos. Sabiendo que podría necesitar algún medio de defensa, lo alcanzó y luego se trasladó de la sala de entrada, a la única habitación de que tenía la casa: un pequeño dormitorio en donde se vio encantada de encontrar una manta mohosa sobre la cama.

Miró desesperadamente a su vestido mojado. Se necesitarían siglos para quitárselo sin la ayuda de Sophie, y estaba desesperada en busca de calor. Se envolvió la manta alrededor del cuerpo, con ropa mojada y todo, y se acurrucó en el espinoso colchón relleno de heno. Olía a moho y probablemente había ratones viviendo en él, pero en ese momento se sentía como la cama más lujosa en la que Mai alguna vez se había acostado.

Mai sabía que era más prudente permanecer despierta. Pero a pesar de todo, ya no podía soportar las demandas de su cuerpo maltrecho y agotado. Agarrando el arma de metal contra su pecho, se deslizó en el sueño.

***

–¿Así que éste es él, entonces?¿El Nefilim?

Will no sabía cuánto tiempo había estado sentado apoyado contra la pared del establo, cada vez más mojado por la lluvia, cuando el gruñido salió de la oscuridad. Levantó la cabeza, demasiado tarde para evitar la mano que se dirigía a él. Un momento después lo había agarrado del cuello y lo arrastraba a sus pies.

Se quedó mirando con los ojos empañados por la lluvia y la agonía a un grupo de licántropos de pie en un semicírculo alrededor de él. Había quizás cinco de ellos, incluido el que lo había estrellado contra la pared del establo, tenía una mano en un puño sobre su camisa ensangrentada. Todos estaban vestidos de manera similar, con un traje negro tan mojado por la lluvia, que brillaba como el hule. Todos estaban sin sombrero, su pelo —largo como los hombres lobo lo usaban— pegado a la cabeza. –Quita tus manos de mí, –dijo Will. –Los Acuerdos prohíben tocar un Nefilim sin provocación.

–¿Sin provocación? –El hombre lobo delante de él, le dio un tirón hacia adelante y lo estrelló contra la pared de nuevo. En circunstancias normales, lo más probable es que esto hubiera dolido, pero éstas no eran circunstancias normales. El dolor físico de la runa parabatai de Will se había desvanecido, pero su cuerpo se sentía seco y hueco, todo lo que importaba lo habían aspirado fuera desde el centro de él. “Yo diría que es provocado. Si no fuera por ti Nefilim, el Magister nunca habría venido detrás de nuestro grupo con sus sucias drogas y sus mentiras asquerosas.

Will miró a los hombres lobo con una emoción bordeando en la hilaridad. ¿De verdad prensaron que podrían hacerle daño, después de lo que había perdido? Durante cinco años había sido su verdad absoluta. Jem y Will. Will y Jem. Will Herondale vivía, por lo tanto, vivía también Jem Carstairs. Quod erat demonstrandum*. Perder un brazo o una pierna sería doloroso, se lo imaginaba, pero perder la verdad central de su vida se sentía—mortal.

–Drogas sucias y asquerosas mentiras, –Will arrastro las palabras. –Eso suena antihigiénico. Aunque, díganme, es verdad que en vez de bañarse, los hombres lobo solo se lamen una vez al año? ¿O es que todos se lamen unos a otros? Porque eso es lo que he oído.

La mano en su camisa se apretó. –¿Quieres ser un poco más respetuoso, Cazador de Sombras?

–No, –dijo Will. –No, realmente no quiero.

–Hemos escuchado todo acerca de ti, Will Herondale, –dijo uno de los otros hombres lobo. –Siempre arrastrándote al Submundo en busca de ayuda. Nos gustaría que te arrastraras ahora.

–Vas a tener que cortarme las rodillas, entonces.

–Eso, –dijo el hombre lobo sosteniendo a Will, –se puede arreglar.

Will explotó en acción. Golpeó con su cabeza en la cara del hombre lobo delante de él. Él tanto oyó como sintió el crujido enfermizo al romperse la nariz del hombre lobo, la sangre caliente brotaba del rostro del hombre mientras se tambaleaba hacia atrás a través del patio y caía sobre sus rodillas sobre los adoquines. Sus manos se apretaron contra su cara, tratando de detener el flujo de sangre.

Una mano agarró el hombro de Will, con garras perforando el tejido de la camisa mojada. Él se dio la vuelta para enfrentarse a los lobos y vio en la mano de este segundo hombre lobo, el brillo afilado de un cuchillo, plateado por la luna. Los ojos de su agresor brillaban a través de la lluvia, oro, verde y amenazador.

No vinieron aquí para insultarme o herirme, Will se dio cuenta. Vinieron aquí a matarme.

Por un momento negro Will sintió la tentación de dejarlos. El pensamiento le parecía como un enorme alivio —todo dolor ido, toda la responsabilidad ida, una inmersión simple en la muerte y el olvido. Se quedó de pie sin moverse mientras el cuchillo giraba hacia él. Todo parecía estar pasando muy lentamente, el borde de la cuchilla de hierro balanceándose hacia él, el rostro burlón del hombre lobo desdibujado por la lluvia.

La imagen que había soñado la noche anterior pasó ante sus ojos: Mai, corriendo por un sendero verde hacia él. Mai. Su mano subió de forma automática y agarró la muñeca del hombre lobo mientras esquivaba el golpe, moviéndose por debajo del brazo del lobo. Jaló el brazo con fuerza, rompiéndole el hueso con un salvaje crujido. El licántropo gritó, y un rayo de alegría oscura atravesó a Will. La daga cayó en los adoquines mientras Will pateaba las piernas de su oponente por debajo de él, y luego dio un codazo en la sien del hombre. El lobo cayó en un montón y no se movió de nuevo.

Cogió la daga y se volvió hacia los demás. Había sólo tres de ellos de pie ahora, y se les veía decididamente menos seguros de sí mismos que como estaban antes. Él sonrió, frío y terrible, y probó el metal de la lluvia y la sangre en la boca. –Ven y matarme, –dijo. –Ven y mátame si crees que puedes. –Y pateó al hombre lobo inconsciente a sus pies. –Vas a tener que hacerlo mejor que tus amigos.

Se abalanzó sobre él, garras extendidas, y Will cayó con fuerza sobre los adoquines, con la cabeza agrietando la piedra. Un conjunto de garras rasguñó su hombro, rodó hacia un lado bajo una lluvia de golpes y arremetió hacia arriba con su daga. Hubo un alto aullido de dolor que terminó en un gemido, y el peso en la parte superior de Will, que había estado moviéndose y luchando, quedó inerte. Se rodó a un lado y se puso en pie, dando una vuelta.

El lobo que había apuñalado se quedó con los ojos abiertos, muerto en un charco de sangre y agua de lluvia. Los dos hombres lobos restantes estaban luchando a sus pies, cubierto de barro y empapado en agua. Will estaba sangrando de su hombro, donde uno de ellos había cavado profundos surcos con sus garras, y el dolor era glorioso. Se echó a reír a través de la sangre y el barro mientras la lluvia lavaba la sangre de la hoja de su daga. –Otra vez, –dijo, y apenas reconoció su propia voz, tensa y agrietada y mortal. –Una vez más.

Uno de los hombres lobo giró y echó el cerrojo. Will se rió de nuevo y se dirigió hacia el último de ellos, que estaba de pie, con las manos congeladas, con las garras extendidas —con valentía o terror, no estaba seguro, y no le importaba. Su daga se sentía como una extensión de su muñeca y parte del brazo. Un buen golpe y un tirón hacia arriba, y él rasgaría a través del hueso y el cartílago, apuñalando hacia el corazón.

–¡Alto! –La voz era dura, autoritaria, familiar. Will volteó sus ojos hacia un lado. Caminando por el patio, con los hombros encorvados contra la lluvia, con una expresión furiosa, estaba Woolsey Scott. –Yo se los ordeno, los dos, ¡deténganse en este instante!

El hombre lobo dejó caer sus manos a los costados al instante, sus garras desapareciendo. Inclinó la cabeza, el gesto clásico de la sumisión.–Maestro.

Una oleada de ira hirviendo se vertió sobre Will, borrando la racionalidad, el sentido, todo menos la rabia. Extendió la mano y tiró del hombre lobo hacia él, su brazo envolviendo el cuello del hombre, la cuchilla contra su garganta. Woolsey, a sólo unos metros de distancia, se detuvo en seco, sus ojos verdes disparando dagas. –Ven más cerca, –dijo Will, –y voy a cortar la garganta de tu cachorro.

–Les dije que pararan, –dijo Woolsey en un tono moderado. Él vestía, como siempre, un traje con un bonito corte, un abrigo de brocado colgando sobre él, ahora todo generosamente empapado por la lluvia. Su pelo rubio pegado a la cara y el cuello, era incoloro con el agua. –Ambos. –Pero yo no tengo que escucharte! –Gritó Will. –¡Estaba ganando!

¡ Ganando! –Miró a su alrededor en el patio, los tres cuerpos de los lobos con los que había luchado dispersos —dos inconscientes, un muerto. –Tu manada me atacó sin provocación. Rompieron los Acuerdos. Me estaba defendiendo. ¡Rompieron la ley! –Su voz se elevó, dura e irreconocible. –Me deben su sangre, y yo lo tendré!

–Sí, sí, baldes de sangre, –dijo Woolsey. –Y, ¿qué harías con eso si lo tuvieras? No te preocupas por este hombre lobo. Deja que se vaya.

–No.

–Por lo menos déjalo libre para que pueda pelear, –dijo Woolsey.

Will dudó, y luego soltó al hombre lobo que sostenía, quien se enfrentó al líder de la manada, mirándolo aterrorizado. Woolsey chasqueó los dedos en dirección al lobo. –Corre, Conrad, –dijo. –Rápido. Y ahora.

El hombre lobo no necesito que se lo dijeran dos veces, giró sobre sus talones y se alejó corriendo, desapareciendo detrás de los establos. Will se volvió hacia Woolsey con una mueca de desprecio. –Así que tu manada son todos unos cobardes, –dijo. –¿Cinco contra un cazador de sombras? ¿Así son las cosas?

–Yo no les dije que vinieran aquí a por ti. Son jóvenes. Y estúpidos. E impetuosos. Y la mitad de su manada fue asesinada por Mortmain. Culpan a tu clase. –Woolsey se acercó un poco más, con los ojos barriendo de arriba hacia abajo a Will, tan frío como el hielo verde. –Supongo que tu parabatai está muerto, entonces, –añadió con una informalidad espantosa.

Will no estaba dispuesto a escuchar esas palabras en absoluto, nunca estaría listo. La batalla había despejado su cabeza del dolor por un momento. Ahora amenazaba con volver, abarcandolo todo y aterrándolo. Jadeó como si Woolsey lo hubiera golpeado, y dio un involuntario paso atrás. –Y estás tratando de hacer que te maten por eso, chico Nefilim? ¿Es eso lo que está pasando? –Will se quito el pelo mojado de la cara y miró a Woolsey con odio. –Tal vez.

–¿Es así como respetas su memoria?

–¿Qué importa? –Dijo Will. –Está muerto. Nunca sabrá lo que hago o lo que no hago.

–Mi hermano está muerto, –dijo Woolsey. –Yo todavía lucho por cumplir sus deseos, para continuar con el Pretor Lupus en su memoria, y vivir como él me habría hecho vivir. ¿Crees que soy el tipo de persona al que encontrarías en un lugar como éste, consumiendo comida para cerdos y vinagre para beber, con las rodillas en el barro, viendo a un mocoso cazador de sombras aburrido, destruir aún más mi manada ya disminuida, si no fuera por el hecho de que tengo un propósito más grande que mis propios deseos y penas? Y tú también lo tienes, cazador de sombras. Tú también.

–Oh, Dios. –El puñal de la mano de Will cayó y aterrizó en el barro en sus pies. –¿Qué hago ahora? –Susurró.

No tenía ni idea de por qué estaba preguntándole a Woolsey, excepto que no había nadie más en el mundo a quién preguntar. Ni siquiera cuando pensaba que estaba maldito se había sentido tan solo.

Woolsey le miró con frialdad. –Haz lo que tu hermano hubiera querido, –dijo, y luego dio media vuelta y se alejó hacia la posada.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Príncesa Mecánica LevyRroni.

Mensaje por tamalevyrroni el Miér Abr 13, 2016 2:28 pm

15

Estrellas oculten sus fuegos

Estrellas, oculten sus fuegos;
No permitan que su luz vea
Mis negros y profundos deseos.

-Shakespeare, Macbeth.

Cónsul Wayland.

Le escribo por un asunto de la más grave importancia. Uno de los Cazadores de sombras de mi Instituto, William Herondale, está en camino a Cadair Idris mientras le escribo. Ha descubierto de alguna manera un inequívoco signo en el pasaje de la Señorita Gray. Le adjunto su carta para su análisis, pero estoy segura que usted estará de acuerdo en que el paradero de Mortmain está ahora establecido y que nosotros debemos reunir a toda prisa las fuerzas que podamos y marchar inmediatamente a Cadair Idris. Mortmain ha demostrado una remarcable habilidad de escabullirse de las redes que nosotros arrojamos. Deberíamos tomar ventaja de éste momento y atacar con toda la rapidez y fuerza posible. Quedo a la espera de su rápida respuesta.

Charlotte Branwell.

***

La habitación estaba fría. El fuego se había consumido debajo de la chimenea, y afuera el viento aullaba alrededor de las esquinas del Instituto, agitando los paneles de las ventanas. La lámpara en la mesita de noche se fue para abajo, y Mai se estremeció en el sillón a pesar del chal envuelto apretadamente en sus hombros.

En la cama, Jem estaba dormido, su cabeza apoyada en su mano. Respiraba lo suficiente para mover las mantas ligeramente y su cara estaba tan pálida como las almohadas.

Mai se levantó, dejando caer el chal de sus hombros. Estaba en camisón, de la manera en que había estado la primera vez que coincidió con Jem, irrumpiendo en su habitación y encontrándolo tocando el violín. Will? Dijo. Will, ¿eres tú?

Se movió y murmuró mientras ella se metía a la cama con él, pasando las mantas sobre ambos. Ella ahuecó sus manos alrededor de las de él y unió las manos de ambos entre ellos. Enredó sus pies juntos y besó su mejilla fresca, calentando su piel con su aliento. Lentamente sintió como él se movía contra ella, como si su presencia lo estuviera trayendo a la vida.

Sus ojos se abrieron y miro dentro de los de ella. Eran azules, dolorosamente azules, el azul del cielo cuando encuentra el mar. –Mai? –Dijo Will, y ella se dio cuenta de que era Will quien estaba en sus brazos, Will quien estaba muriendo, Will exhalando su último aliento -y había sangre en su camisa justo sobre su corazón, una difusa mancha roja.

Mai se sentó de golpe, jadeando. Por un momento miró a su alrededor, desorientada. La habitación pequeña y oscura, la manta húmeda envuelta a su alrededor, sus propias ropas húmedas y el cuerpo mallugado, parecía ajeno a ella. Entonces su memoria regresó a una inundación, y con ella una oleada de náuseas.

Extrañaba profundamente el Instituto, en la manera en que nunca había extrañado su casa en Nueva York. Extrañaba la voz mandona pero cuidadosa de Charlotte, la comprensión y el tacto de Sophie, la forma de entretenerse de Henry, y por supuesto –no podía evitarlo- extrañaba a Jem y Will. Estaba aterrorizada por Jem, por su salud, pero también lo estaba por Will. La batalla en el patio había sido sangrienta y cruel. Cualquiera de ellos pudo quedar herido o asesinado. Era ese el significado de su sueño. ¿Jem cambiado por Will? ¿Jem estaba enfermo, la vida de Will estaba en peligro? Ninguno de ellos, oró en silencio. Por favor, déjame morir antes de que alguno de ellos sufra un daño.

Un ruido la sacó de su ensimismamiento –un repentino chirrido seco provocó un escalofrío brutal en su columna. Se quedó helada. Seguramente, era sólo el rasgueo de una rama contra la ventana. Pero no, -vino de nuevo. Un chirrido, arrastrando el ruido. Mai estaba de pie en un momento, la manta todavía envuelta alrededor de ella. El terror era como un ser vivo en su interior. Todos los cuentos que ella había oído acerca de monstruos en la oscuridad del bosque parecían estar luchando por un espacio en su mente. Cerró sus ojos, dibujando una profunda respiración, y vio a los delgados autómatas sobre los escalones de la entrada del Instituto, sus sombras largas y grotescas, como seres humanos fuera de forma.

Se puso la manta más cercana alrededor de ella, sus dedos cerrándose espasmódicamente sobre el material. Los autómatas habían ido por ella al Instituto. Pero no eran muy inteligentes -capaces de seguir simples instrucciones, para reconocer determinados seres humanos. Aun así, no podían pensar por sí mismos. Eran máquinas y las máquinas podrían ser engañadas.

La manta estaba parchada, del tipo que habría sido cosido por una mujer, una mujer que había vivido en esa casa. Mai contuvo el aliento y metió-metió la mano en la manta, en busca de un atisbo de la propietaria, la firma de cualquier espíritu que la había creado y poseía. Era como hundir la mano en el agua oscura y sentirla alrededor de un objeto. Después de lo que pareció una era de búsqueda, se iluminó: un parpadeo en la oscuridad, la solidez de un alma.

Se concentró en ella, envolviéndola a su alrededor como si la manta se aferrara a ella. El Cambio fue más fácil ahora, menos doloroso. Vio sus dedos deformar y cambiar, convirtiéndose en las manos deformes, artríticas de una anciana. Las manchas cutáneas se levantaron en su piel, su espalda se encorvó, y su vestido comenzó a colgar por su forma marchita. Cuando su cabello cayó delante de sus ojos, era blanco.

El sonido chirriante volvió. El eco de una voz en el fondo de la mente de Mai, una quejumbrosa voz anciana exigiendo saber quién estaba en su casa. Mai tropezó hacia la puerta, respirando entrecortadamente, su corazón aleteo en su pecho, y se dirigió a la habitación principal de la casa.

Por un momento no vio nada. Sus ojos estaban legañosos, nublándose más; las formas parecían borrosas y distantes. Entonces algo se levantó desde al lado del fuego, y Mai se tragó un grito.

Era un autómata. Éste fue construido para parecer casi humano. Tenía un cuerpo grueso, vestido con un traje gris oscuro, pero que los brazos sobresalía más allá de las esposas eran palos delgados, terminados en manos espatuladas, y la cabeza que se alzaba por encima del cuello era suave y con forma de huevo. Dos ojos saltones en la cabeza, pero la máquina no tenía ninguna otra característica. –¿Quién eres? –demandó Mai con la voz de la mujer anciana, que había tomado antes. –¿Qué estás haciendo en mi casa, criatura?

La cosa hizo un zumbido, chasquido, obviamente confundido. Un momento más tarde, la puerta principal se abrió y la señora Negro apareció. Estaba envuelta en su capa oscura, su cara blanca ardiendo bajo el capó. –¿Qué está pasando aquí? –exigió. –¿Encontraste...? –Se interrumpió, mirando a Mai.

–¿Qué está pasando? –Exigió Mai, su voz que salía en un alto gimoteo. –Debo preguntarte por qué irrumpes en hogares perfectamente decentes… –Ella parpadeó, como si quisiera dejar claro que no podía ver muy bien. –¡Fuera de aquí, y toma a tu amigo, –ella atacó con el objeto que sostenía (Una limpiador de cascos, dijo la voz de la anciana en su mente, se utiliza para la limpieza del casco del caballo, niña tonta) –¡contigo! Aquí no encontrará nada que robar.

Por un momento pensó que había reaccionado. El rostro de la señora Negro era inexpresivo. Ella dio un paso hacia adelante. –¿Usted no ha visto un niña por estas partes, verdad? –preguntó.

–Muy bien vestida, cabello castaño, ojos grises. Ella se habría visto perdida. Su gente la está buscando y ofrecen una atractiva recompensa.

–Una historia probable, en busca de una chica perdida. – Mai sonaba como hosca como pudo, y no fue difícil. Tenía la sensación de la vieja mujer cuya cara estaba usando, había sido naturalmente hosca. –¡Fuera he dicho!

El autómata zumbó. Los labios de la señora Negro de repente se presionaron, como si tratara de contener la risa. –Ya veo, –dijo. –¿Puedo decir que es todo un collar fino el que llevas puesto, vieja?

La mano de Mai voló a su pecho, pero ella era demasiado tarde. El ángel mecánico estaba allí, claramente visible, latiendo suavemente. –Tómala –dijo la señora Negro en un tono aburrido, y el autómata se tambaleó hacia delante, tratando de alcanzar Mai. Dejó caer la manta y respaldad distancia, blandiendo su limpiador de cascos. Se las arregló para rastrillar toda una larga herida por la frente autómata, ya que llegó por ella y golpeó su brazo en un lado. El limpiador de cascos cayó al suelo, y Mai lanzó un grito de dolor al tiempo en que la puerta principal se abrió de golpe y una inundación de autómatas llenó la habitación, sus brazos extendidos hacia ella, sus manos mecánicas cerrando las manos en su carne. Sabiendo que era dominada, sabiendo que no haría ni un poco del bien, finalmente se permitió gritar.

***

El sol en su cara despertó a Will. Parpadeó, abriendo sus ojos lentamente.

Cielo azul.

Se dio la vuelta y se estiró rígidamente hasta quedar sentado. Estaba en el surgimiento de una verde colina, justo fuera de la vista de la carretera Shrewsbury-Welshpool. No podía ver nada a su alrededor, pero había caseríos dispersos a lo lejos, había pasado sólo un algunas pequeñas aldeas en su frenético paseo de la medianoche lejos del hombre verde, montando hasta que literalmente se deslizó de Balios por agotamiento y golpeó el suelo con los huesos y una discordante fuerza. Medio caminando y medio arrastrándose, había dejado a su caballo exhausto con la nariz fuera de la carretera y en una ligera caída al suelo, se había acurrucado y dormido, sin hacer caso de la llovizna de la lluvia fría que todavía estaba cayendo.

En algún momento entre entonces y ahora el sol había llegado, secando su ropa y cabello, aunque él todavía estaba sucio, con la camisa hecha un desastre con barro apelmazado y sangre. Se levantó de un salto, con todo el cuerpo dolorido. No se había molestado con en hacer algún tipo de runas de curación la noche anterior. Había estado debajo de la lluvia -y había barro detrás de él- sólo para recuperar su las cosas, antes de regresar a los establos para liberar a Balios y se precipitarse hacia la noche. Las lesiones que había aguantado en su lucha contra la manada de Woolsey todavía le dolían, al igual que los golpes de la caída del caballo. Cojeaba rígidamente a donde Balios cortaba hierba cerca de la propagante sombra de un árbol de roble. Un acomodamiento de las alforjas arrojó una estela y un puñado de frutos secos. Usó la que trazaba en sí mismo runas de sanación y un poco la de la otra.

Los acontecimientos de la noche anterior parecían a miles de kilómetros de distancia. Recordó la lucha con los lobos, los de los huesos astillados y el sabor de su propia sangre, el barro y la lluvia. Recordó el dolor de la ruptura de Jem, a pesar de que ya no podía sentirlo. En lugar de dolor que sentía vacío. Como si una mano grande se agachara y cortara todo lo que lo convirtió en humano por dentro, dejándolo como una cáscara. Cuando terminó con su desayuno, devolvió la estela a su alforja, despojado para quitarse la camisa arruinada, y cambiarla por una limpia. Mientras lo hacía, no podía dejar de mirar hacia abajo en la runa parabatai en su pecho.

No era negra, sino plateada-blanquecina como una larga y desvanecida cicatriz. Se podía oír la voz de Jem en su cabeza, constante y serio y familiar: “Y sucedió que... que el alma de Jonathan quedó ligada al alma de David, y Jonathan lo quiso como a su propia alma.... Entonces Jonathan y David hicieron un pacto, porque él le amaba como a sí mismo.” Eran dos guerreros, y sus almas estaban unidas por el Cielo, y Jonathan Cazador de Sombras tomó la idea de parabatai y ha codificado la ceremonia en la Ley.

Por años esta marca y la presencia de Jem habían sido todo lo que Will había tenido en su vida, aseguro que no era amado por nadie. Todo lo que había tenido que saber era que él era real y existió. Trazó sus dedos sobre los bordes de la runa parabatai y se desvaneció.

edos sobre los bordes de la runa parabatai y se desvaneció. Había pensado que lo odiaría, que odiaría su visión a la luz del sol, pero se encontró con la sorpresa de que no lo hizo. Se alegró de que la runa parabatai simplemente no hubiera desaparecido de su piel. Una Marca que habló de la pérdida era todavía una marca, un recuerdo. No podrías perder algo que nunca habías tenido.

Fuera de la alforja sacó el cuchillo que Jem le había dado: una hoja estrecha con el mango de plata intrincado. A la sombra del roble, se cortó la palma de su mano y vio cómo la sangre corría por el suelo, empapando la tierra. Luego se arrodilló y hundió el cuchillo en el suelo ensangrentado. Después se arrodilló, vacilando, con una mano en la empuñadura. –James Carstairs, –dijo, y tragó saliva. Siempre era de esa forma; cuando necesitaba más palabras, no podía encontrarlas. Las palabras del juramento bíblico parabatai entraron en su cabeza: No me ruegues que te deje, o que regrese después de seguirte, o que me aparte de ti. -a dónde vayas, yo iré, y dondequiera que vivas, yo viviré. Tu familia será mi familia, y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras, yo moriré, y allí seré enterrado. El ángel será mi testigo y aún más hasta que la muerte nos separe a ti y a mí.

Pero no. Eso fue lo que se dijo cuando se unieron, no se aparatarían. David y Jonathan se había separado, también por la muerte. Separados pero no divididos.–Te lo dije antes, Jem, que no me dejarías, –dijo Will, con la mano ensangrentada en la empuñadura de la daga. –Y sigues estando conmigo. Cuando respiro, voy a pensar en ti, porque sin ti yo estaría muerto desde años atrás. Cuando me despierto y cuando me duermo, cuando levanto mis manos para defenderme o cuando me acuesto a morir, estarás conmigo. Dices que nacemos y nacemos de nuevo. Digo que hay un río que divide los muertos de los vivos. Lo que sí sé es que si nacemos de nuevo, voy a conocerte en otra vida, y si hay un río, ¿Esperarás en las orillas para que yo vaya a ti, y podamos cruzar juntos? –Se tomó un profundo respiro y soltó el cuchillo. El corte en la palma de su mano ya estaba sanado -el resultado de la media docena de iratzes en su piel. –¿Escuchaste eso, James Carstairs? Estamos obligados, tú y yo, a lo largo de la brecha de la muerte, a través de lo que pueda venir en generaciones futuras. Por siempre.

Se puso de pie y miró hacia el cuchillo. El cuchillo era Jem, la sangre era suyo. Este pedazo de tierra, que podría hallar otra vez, si vivía para intentar, sería suya.

Se volvió a caminar hacia Balios, hacia Gales y Mai. No miró hacia atrás.

***

Para: Charlotte Branwell.

De: Cónsul Josiah Wayland.

Por sirviente.

Mi querida Señora Branwell,

No estoy seguro de si entendí perfectamente su misiva. Parece increíble que una mujer sensata como usted colocara tal confianza en la palabra a un niño grosero, notoriamente imprudente y poco fiable como William Herondale y otra vez ha demostrado a sí mismo serlo. Desde luego, no lo hará. El Señor Herondale ha, como lo demuestra su propia carta, salido corriendo en una persecución salvaje sin su conocimiento. Él es absolutamente capaz de fabricar con el fin de ayudar su causa. No voy a enviar una gran fuerza de mis Cazadores de Sombras por el capricho y la palabra descuidada de un niño.

Ore sin cesar sus gritos de batalla perentorios para Cadair Idris. Trate de tener en cuenta que yo soy el Cónsul. Yo comando los ejércitos de los Cazadores de Sombras, No usted, Señora. Fije en su mente el cambio, en un intento de mantener mejor checados a sus Cazadores de Sombras.

Atentamente,

Josiah Wayland, Cónsul.

–Hay un hombre que quiere verla, Señora Branwell.

Charlotte miró con cansancio a Sophie de pie en el umbral. La miró cansada, como todos lo estaban, y el inconfundible rastro de lágrimas estaba por debajo de los ojos. Charlotte conocía los signos-los había visto en su propio espejo por la mañana.

Se sentó detrás del escritorio en el recibidor, mirando la carta en la mano. No había esperado que el Cónsul Wayland estuviera tan complacido por la noticia, pero tampoco había esperado este desprecio y rechazo en blanco. Yo comando los ejércitos de los Cazadores de Sombras, No usted, Señora. Fije en su mente el cambio, en un intento de mantener mejor checados a sus Cazadores de Sombras. Mantenerlos checados. Ella echaba chispas. Como si todos fueran los niños y ella no es mejor que su institutriz o niñera, desfilando en frente de la Cónsul cuando estuvieran lavados y vestidos, y escondiéndolos en el cuarto de juegos el resto del tiempo que no lo perturbaran. Eran cazadores de sombras, y eso era ella. Y si él no creía que Will era confiable, era un tonto. Él sabía de la maldición, le había dicho a ella misma. La locura de Will siempre había sido así de Hamlet, la mitad de jugar y de ser medio salvaje, y todo conduciendo hacia un cierto fin.

El fuego crepitaba en la chimenea, en el exterior, la capa de lluvia caía como cortinas, pintando los cristales de las ventanas en líneas de plata. Esa mañana ella había pasado al dormitorio de Jem, la puerta abierta, la cama despojado de sus sábanas, las posesiones se habían ido. Podría haber sido cualquier habitación. Toda la evidencia de sus años con ellos, se fue con el movimiento de una mano. Ella se apoyó contra la pared del pasillo, con sudor goteando en su frente, sus ojos ardiendo. Raziel, ¿hice lo correcto?

Se pasó la mano por los ojos. –Ahora, ¿de todas las veces? No es Wayland Cónsul, ¿verdad?

–No, señora. –Sophie negó con la oscura cabeza. –Es Aloysius Starkweather. Dice que es un asunto de la mayor urgencia.

–¿Aloysius Starkweather? –Suspiró Charlotte. Algunos días simplemente se apilan de horror en horror. –Bueno, déjalo entrar, entonces.

Dobló la carta que había escrito como una respuesta a la Cónsul, y sólo había sellado cuando Sophie volvió e hizo pasar a Aloysius Starkweather en la habitación, antes de excusarse ella misma. Charlotte no se levantó de su escritorio. Starkweather se veía como la última vez que lo había visto. Parecía haberse calcificado, como si él no consiguiera verse más joven, pero tampoco más viejo. Su cara era un mapa de las líneas arrugadas, enmarcado con una barba blanca y pelo blanco. Su ropa estaba seca, Sophie debió haber colgado su abrigo en la planta baja. El traje que llevaba era por lo menos diez años fuera de la moda, y él olía un poco a naftalina de edad. –Por favor, siéntese, señor Starkweather, –dijo Charlotte tan cortésmente como pudo a alguien que sabía acerca de su desagrado, y quien había odiado a su padre.

Pero él no se sentó. Tenía las manos cerradas a sus espaldas, y cuando se volvió, examinando la habitación a su alrededor, Charlotte vio un destello de alarma que uno de los puños de su chaqueta estaba salpicada de sangre.–Señor Starkweather, dijo ella, levantandose. ¿Está herido? ¿Debo llamar a los Hermanos?

–¿Herido? –Le ladró. –¿Por qué iba a estar herido?

–Su manga. –Señaló.

Sacó su brazo y lo miró antes de soltar una carcajada. –No es mi sangre, –dijo. –Estaba en una pelea, anteriormente. Él puso resistencia...

–¿Puso resistencia a qué?

–A que le cortara todos sus dedos y a que luego le cortara su garganta, –dijo Starkweather, juntando sus ojos. Eran de color grisnegro, el color de la piedra.

–Aloysius. –Charlotte olvidó lo de ser cortés. –Los Acuerdos prohíben los ataques no provocados a Subterráneos.

–¿No provocados? Yo diría que esto fue provocado. Su gente asesinó a mi nieta. Mi hija casi muere de pena. La casa de los Starkweather destruida…

–Aloysius, –Charlotte estaba seriamente alarmada. –Tu casa no está destruida. Todavía hay Starkweathers en Idris. No lo digo para minimizar su dolor, algunas pérdidas están con nosotros siempre. – Jem, ella pensó, espontáneamente, y el dolor del pensamiento la empujó hacia atrás en la silla. Apoyó los codos en la mesa, con la cara entre sus manos. –No sé por qué ha venido a decírmelo ahora, –murmuró. –¿No ve las runas en la puerta del Instituto? Este es un momento de gran dolor para nosotros…

–¡He venido a decírtelo porque es importante! –estalló Aloysius. –Referente a Mortmain, y a Mai Gray.

Charlotte bajó sus manos. –¿Qué conoce de Mai Gray?

Aloysius se había alejado. Se puso de pie frente al fuego, su larga sombra se moldeaba a través de la alfombra Persa en el suelo.

–Yo no soy un hombre que piensa mucho en los Acuerdos, –dijo. –Tú lo sabes, has estado en los Consejos conmigo. Me educaron para creer que todo lo tocado por los demonios era asqueroso y corrupto. Esa era la sangre de un derecho Cazador de Sombras para matar a estas criaturas y para tomar lo que tenían como botín y el tesoro. La habitación botín del Instituto en York fue dejabada a mi cargo, y la mantuve llena hasta el día en que se aprobaron nuevas Leyes. –Él frunció el ceño.

Déjeme adivinar, –dijo Charlotte. –Usted no se detuvo ahí.

–Por supuesto que no, –dijo el anciano. –¿Qué son las Leyes de los hombres para el Ángel? Conozco la manera correcta de hacer las cosas. Mantuve un perfil bajo, pero no he cesado de tomar botín, o destruir aquellos subterráneos que crucen mi camino. Uno de ellos fue John Shade.

–El padre de Mortmain.

–Los brujos no pueden tener hijos, –espetó Starkweather. –Un chico humano que encontraron y adiestraron. Shade le enseñó a su impía manera de jugar. Ganó su confianza.

–Es poco probable que los Shades robaran a Mortmain de sus padres, – dijo Charlotte. –Probablemente era un niño que habría muerto en un asilo de otra manera.

–Era antinatural. Los brujos no deben tener hijos humanos que criar. –Aloysius miró profundamente las brasas rojas del fuego. –Es por eso que atacaron la casa de Shade. Lo matamos a él y a su esposa. El muchacho se escapó. El príncipe mecánico de Shade. –Él resopló. –Tomamos varios de sus artículos con nosotros al Instituto, pero ninguno de nosotros podría hacer cabeza o la cola de ellos. Eso era todo lo que había… Una asalto de rutina. Todo según el plan. Es decir, hasta que mi nieta nació. Adele.

–Yo sé que ella murió en su primera ceremonia de runa, –dijo Charlotte, su mano inconscientemente fue a su propio vientre. –Lo siento. Es una gran pena tener un niño enfermizo…

–¡Ella no nació enfermiza! –Ladró. –Era una niña sana. Hermosa, con los ojos de mi hijo. Todo el mundo la adoraba, hasta que una mañana mi nuera nos despertó con un grito. Insistió en que la niña en la cuna no era su hija, aunque se veía exactamente igual. Ella juró que conocería a su propia hija, y esto no fue todo. Nosotros pensamos que se había vuelto loca. Incluso cuando los ojos del bebé cambiaron de azul a gris… bueno, eso sucede a menudo con los niños. No fue hasta que tratamos de aplicar su primeras Marcas que empecé a darme cuenta de mi nuera había tenido razón. Adele… el dolor era insoportable para ella. Ella gritaba y gritaba y se retorcía. Su piel quemada donde la estela de la tocó. Los Hermanos Silenciosos hicieron todo lo que pudieron, pero a la mañana siguiente estaba muerta. –Aloysius hizo una pausa y se quedó en silencio por un largo tiempo, mirando, como fascinado, al fuego. –Mi nuera casi se volvió loca. No podía soportar el permanecer en el Instituto. Me quedé. Yo sabía que ella estaba en lo cierto… Adele no era mi nieta. Yo escuché rumores de hadas y otros Subterráneos que se jactaban de haber tenido su venganza contra los Starkweathers, tomaron uno de sus hijos de ellos y reemplazaron con un ser humano enfermo. Ninguna de mis investigaciones produjo nada concreto, pero yo estaba decidido a averiguar dónde se había ido mi nieta. –Se inclinó sobre la repisa. –Yo estaba cerca de lograrlo cuando Mai Gray vino a mi Instituto en compañía de sus dos Cazadores de Sombras. Ella podría tener sido el fantasma de mi nuera, por lo similares que son. Pero ella no parecía para tener sangre de Cazadora de Sombras. Fue un misterio, pero uno que se persigue. –El hada que interrogué hoy me dio los últimos restos del rompecabezas. En su infancia, mi nieta fue sustituida por un niño humano secuestrado, una criatura enfermiza que murió cuando las marcas se han aplicado, porque ella no era Nefilim. –Hubo una ruptura en su voz, una fisura en la piedra. –Mi nieta fue dejada con una familia mundana para criarla, de su enfermiza Elizabeth -elegida debido a su parecido superficial a Adele- sustituida con nuestro niña sana. Esa fue la venganza de la Corte sobre mí. Ellos creían que yo había matado al suyo por lo que matarían a la mía. –Sus ojos eran fríos ya que se posaban en Charlotte. –Adele-Elizabeth- se convirtió en mujer en esa familia mundana, nunca a sabiendo de lo que era. Y luego se casó. Un hombre mundano. Su nombre era Richard. Richard Gray.

–Su nieta, –dijo Charlotte lentamente, –¿Era la madre de Mai? ¿Elizabeth Gray? ¿La Madre de Mai era una cazadora de sombras?

–Sí.

–Estos son crímenes, Aloysius. Usted debe ir al Consejo con esto…

–Ellos no se preocupan por Mai Gray, –dijo Starkweather aproximándose. –Pero tú sí. Escucharás mi historia, porque si lo haces, podrías ayudarme a causa de ella.

–Podría, –dijo Charlotte, –si hacerlo es lo correcto. Yo todavía no entiendo cómo Mortmain entra en esta historia.

Aloysius se movía inquieto. –Mortmain se enteró de lo que había pasado y determinó que iba a hacer uso de Elizabeth Gray, un Cazador de Sombras que no sabía que era un Cazadora de Sombras. Creo que Mortmain cortejó a Richard Gray como empleado a fin de otorgar el mismo acceso a Elizabeth. Yo creo que él soltó un demonio Eidolon sobre ella, mi nieta en la forma de su marido, y que lo hizo con el fin de obtener Mai en ella. Mai fue siempre el objetivo. El hijo de una Cazadora de Sombras y un demonio.

–Pero los hijos de los demonios y los Cazadores de Sombras nacen muertos, –dijo Charlotte automáticamente.

–¿Incluso si los Cazadores de Sombras no saben que son Cazadores de Sombras?, –dijo Starkweather. –¿Incluso si no llevan runas?

–Yo... –Charlotte cerró su boca. No tenía idea de cuál era la respuesta; por lo que ella sabía, la situación nunca se había producido. Los Cazadores de Sombras eran marcados cuando son niños, hombres y mujeres, todos ellos.

Pero Elizabeth Gray no lo había sido. –Sé que la niña es una cambiante, –dijo Starkweather. –Pero no creo que sea por eso que la quiere. Hay algo más que quiere que haga. Algo que sólo ella puede hacer. Ella es la clave.

–¿La clave para qué?

–Fueron las últimas palabras que el hada me dijo esta tarde. – Starkweather miró la sangre en su manga. –Él dijo: ‹Ella será nuestra venganza por todo su derroche de muerte. Ella traerá la ruina a los Nefilim, y Londres arderá, y cuando el Magíster gobierne sobre todo, no serás más que el ganado en un corral.’ Incluso si el Cónsul no quiere ir detrás de Mai por su propia seguridad, deberían ir tras ella para prevenirlo.

–Si lo creen, –dijo Charlotte.

–Viniendo de tus labios, deben de, –dijo Starkweather. –Si se trataba de mí; se reirían como si fuera un viejo loco, como lo que han hecho por años.

–Oh, Aloysius. Usted sobreestima la confianza en que el Cónsul tiene en mí. Dirá que soy una mujer tonta y crédula. Dirá el hada le ha mentido -bueno, ellas no pueden mentir, pero pueden torcer la verdad, o repetir la verdad como la han creído.

El anciano miró hacia otro lado, moviendo la boca. –Mai Gray es la clave para el plan de Mortmain, –dijo. –No sé cómo, pero lo es. He venido a ti porque yo no confío el Consejo a Mai. Ella es parte demonio. Recuerdo lo que le he hecho en el pasado a las cosas que eran parte demonio o sobrenaturales.

–Mai no es una cosa, –dijo Charlotte. –Ella es una niña, y ha sido secuestrada y probablemente está aterrorizada. ¿No crees que si hubiera pensado en una manera de salvarla ya, no lo habría hecho?

–He hecho algo malo, –dijo Aloysius. –Quiero hacer esto bien. Mi sangre corre por las venas de esa chica, incluso si la sangre de demonio lo hace también. Ella es mi bisnieta. –Levantó la barbilla, los ojos llorosos, pálidos bordeados de rojo. –Sólo pido una cosa de ti, Charlotte. Cuando encuentres a Mai Gray, y te la encontrarás, dile que ella es bienvenida para el nombre de Starkweather.
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