Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 3:50 pm

8

El ruido que hizo la puerta del dormitorio al abrirse terminó con mi intrascendente sueño, aunque fue el delicioso aroma del café lo que me despertó realmente. Me estiré, pero seguí con los ojos cerrados, disfrutando de él por anticipado.



William se sentó en el borde de la cama y empezó a pasarme los dedos por las mejillas. —¿Qué tal has dormido?



—Te he echado de menos. ¿Es para mí ese café que estoy oliendo?



—Sí, si eres buena.



Abrí los ojos de repente. —¡Pero si te gusta que sea mala!



Aquella sonrisa suya me trastornaba. Llevaba puesto un traje increíblemente sexy y tenía mejor aspecto esa mañana que la noche anterior. —Me gusta que seas mala sólo conmigo . Cuéntame lo del concierto del viernes.



—Toca un grupo que se llama Six-Ninths. Es lo único que sé. ¿Quieres ir?



—No se trata de si yo quiero ir o no. Si tú vas, yo también.



Hice un gesto de perplejidad levantando las cejas. —¡No me digas! ¿Y qué pasaría si no te hubiera preguntado?



Me cogió la mano y se puso a juguetear delicadamente con mi anillo de compromiso dándole vueltas alrededor del dedo. —Pues que tú tampoco irías.



—¿Cómo dices? —Me eché el pelo hacia atrás. Al observar la expresión de firmeza que tenía en su atractivo rostro, me incorporé—. Dame ese café. Quiero que la cafeína me cargue las pilas para darte lo que te mereces.



William hizo una mueca y me entregó la taza.—No me mires así —le dije en tono de advertencia—. Fuera de broma, no me gusta nada oírte decir que no puedo ir a algún sitio.



—Estamos hablando en concreto de un concierto de rock, y no te digo que no vayas, sólo que no puedes ir sin mí. Lamento que no te guste, pero así son las cosas.



—¿Quién ha dicho que vaya a ser rock? Puede que sea música clásica o celta o pop...



—Los Six-Ninths tienen contrato con Vidal Records.



—Ah, ya. —Vidal Records estaba dirigida por Christopher Vidal sénior, el padrastro de William, pero él tenía participación mayoritaria en la empresa.



Yo me preguntaba cómo había llegado a tomar parte en el negocio de la familia de su padrastro. Supuse que, cualquiera que hubiera sido la razón, era la misma por la que Christopher junior, su medio hermano, le odiaba profundamente.



—Yo he visto vídeos de sus conciertos indies —me explicó con sequedad —, y no voy a permitir que corras riesgos entre semejantes multitudes.



Tomé un buen sorbo de café. —Lo comprendo, pero no puedes dedicarte a mangonearme.



—¿Que no puedo? Shh... —me puso un dedo en los labios—. No discutas, que no soy ningún tirano. De vez en cuando quizás me surja alguna inquietud, y tú serás lo suficientemente sensata como para aceptarla.



Le aparté la mano de un empujón. —¿Entendiendo por «sensata» que tengo que hacer lo que tú decidas que es lo mejor?



—Por supuesto



—Eso es una gilipollez.



Él se mantuvo en sus trece. —No vamos a discutir por una situación hipotética. Tú me pediste que fuera contigo al concierto del viernes y te contesté que sí. No hay nada que aclarar.



Dejé la taza de café en la mesilla, eché hacia atrás la ropa con los pies y salí de la cama.
—William, yo necesito poder vivir mi vida, seguir siendo yo misma o esto no funcionará.



—También yo necesito ser yo mismo. Y no tengo por qué transigir siempre.



Aquello me llegó al alma. No le faltaba razón: yo tenía derecho a esperar que él me dejara espacio vital, pero él tenía derecho a que se le comprendiese como el hombre que era. Yo tendría que hacer concesiones teniendo en cuenta sus reacciones emocionales. —¿Y si una noche quiero ir de discotecas con mis amigas?



Me cogió la cara entre las manos y me besó en la frente. —Puedes llevarte la limusina y limitarte a los locales de mi propiedad.



—¿Para que tu personal de seguridad me espíe?



—Para que te vigile —me corrigió, pasando los labios por encima de mis cejas—. ¿Es eso tan terrible, cielo? ¿Resulta tan imperdonable que me fastidie apartar los ojos de ti?



—No tergiverses las cosas.



Me inclinó la cabeza hacia atrás y me dirigió una mirada resuelta e inflexible. —Tienes que entender que aunque cojas la limusina y vayas sólo a mis discotecas, yo me volveré loco mientras no vuelvas a casa. Y si a ti te vuelven un poco loca mis precauciones respecto a tu seguridad, ¿no te parece que eso forma parte del «toma y daca»?



Solté un gruñido —¿Cómo consigues que algo desatinado parezca razonable?



—Es un don.



Le agarré con ambas manos su macizo y espléndido cul*** y apreté. —Necesito más café para enfrentarme a ese don tuyo, campeón.

***

Se había convertido en una costumbre que Mark, Steven (su compañero) y yo saliéramos a comer juntos los miércoles. Cuando llegué con Mark al pequeño restaurante italiano que él había elegido y vi a Shawna esperando con Steven, me emocioné de verdad. Mark y yo teníamos una relación muy profesional, pero de algún modo habíamos conseguido que trascendiera a lo personal y significaba mucho para mí.

—Qué envidia me da tu bronceado —me dijo Shawna, que estaba monísima con ropa informal: vaqueros, camiseta sin mangas y un vaporoso fular—, a mí el sol sólo me pone roja y me salen más pecas.



—Pero tienes una melena preciosa de la que presumir —señalé, admirando aquel intenso tono pelirrojo.



Steven se pasó una mano por el pelo, que era exactamente del mismo color que el de su hermana, e hizo un mohín. —¡Los sacrificios que hay hacer para estar guapa!



—¡Qué sabrás tú! —Shawna se echó a reír y le dio un empujoncito en el hombro que no consiguió desplazarlo ni un centímetro. Mientras que ella era esbelta como un junco, Steven era grandote y fornido. Sabía por Mark que su compañero se implicaba también manualmente en la empresa de construcción donde trabajaba, lo cual explicaba tanto el tamaño como la aspereza de sus manos.



Entramos en el restaurante y nos acomodaron enseguida gracias a la reserva que había hecho cuando Mark me invitó a comer. Era un local pequeño pero con mucho encanto. La luz entraba a raudales por las enormes cristaleras que iban de suelo a techo, y el aroma de la comida era tan apetitoso que se me hacía la boca agua. —Estoy deseando que llegue el viernes —dijo Shawna, y sus ojos de un azul suave se iluminaron por el entusiasmo.



—Sí, va a llevarte a ti —observó Steven con ironía—, y no a su hermano mayor.



—Esas cosas no te van —replicó ella—, a ti te molestan las aglomeraciones.



—Es cuestión de ir haciéndose sitio.



Shawna dirigió los ojos al techo en un gesto de impaciencia.
—No puedes andar dando codazos por todas partes.



La conversación sobre las aglomeraciones me hizo recordar a William y su vena protectora. —¿Te importa si llevo al chico con el que salgo —pregunté—, o crees que nos aguaría la fiesta?



—En absoluto. ¿Tiene algún amigo que quiera venir también?



—Shawna. —Era evidente que Mark se había escandalizado y le hablaba en tono de reproche—. ¿Y Doug?



—¿Qué pasa con Doug? No me has dejado terminar. —Se volvió a mí para explicarse —. Doug es mi novio. Está pasando el verano en Sicilia en un curso de cocina. Es chef.



—Qué bien. Me molan los tíos que saben cocinar.



—Pues sí. —Sonrió, y luego dirigió una mirada fulminante a Mark—. Ya sé que merece la pena conservarle, así que si tu chico tiene un amigo al que no le importe ocupar el asiento libre sin ninguna posibilidad de ligar, tráelo.



Inmediatamente pensé en Cary y esbocé una sonrisa.



Pero ese mismo día, más tarde, cuando William y yo ya habíamos vuelto a su apartamento, después de pasar un montón de tiempo con nuestros entrenadores personales, cambié de idea. Me levanté del sofá donde había estado intentando, en vano, leer un libro y fui silenciosamente por el pasillo hasta su despacho.



Le encontré enfrascado en el ordenador, haciendo volar los dedos sobre el teclado. El brillo del monitor y el foco que iluminaba el collage de fotos colgado en la pared eran las únicas fuentes de luz, así que quedaba en sombras una gran parte de la habitación. Él estaba sentado en medio de la penumbra, con el torso desnudo, guapísimo y muy dueño de sí mismo. Como siempre cuando trabajaba, se le veía apartado e inalcanzable.



Yo experimentaba soledad con sólo mirarle.



La combinación de la distancia física, porque seguía con la regla, y la comprensible decisión de William de que durmiéramos separados, despertaban en mí una profunda inseguridad y me hacían querer aferrarme a él con más empeño y esforzarme para que concentrara su interés en mí.



El hecho de que estuviera trabajando en vez de pasar el tiempo conmigo no debería dolerme (sabía de sobra que tenía muchas cosas que hacer), pero me dolía. Me sentía abandonada y poco querida, lo cual era un indicativo de que estaba recayendo en mis malos hábitos. La sencilla realidad consistía en que William y yo éramos lo mejor y lo peor que nos había ocurrido.



Levantó la vista y me inmovilizó con la mirada. Observé cómo desviaba la atención de su tarea para prestármela a mí. —¿Te tengo desatendida, cielo? —me preguntó, reclinándose en la silla.



Me sonrojé, deseando que no me adivinase tan bien los pensamientos. —Siento interrumpirte.



—Lo que tienes que hacer es venir siempre que necesites algo. —Empujó hacia dentro la balda del teclado, señaló con unos golpecitos el sitio que quedaba vacío en su mesa, justo delante de él, e hizo rodar la silla hacia atrás—. Ven a sentarte aquí.



Un estremecimiento me recorrió todo el cuerpo, y me acerqué a toda prisa, sin molestarme en disimular mi entusiasmo. Me senté sobre la mesa, frente a él, y sonreí abiertamente cuando le vi adelantar la silla y llenar el espacio entre mis piernas.



Pasó los brazos por encima de mis muslos y me rodeó las caderas, mientras decía: — Tendría que haberte explicado que estoy tratando de quitarme de encima algunas tareas para que podamos tener libre el fin de semana. —¿De verdad? —Le pasé los dedos entre el pelo.



—Te quiero toda para mí durante un buen rato. Y de verdad, de verdad que necesito folla*** contigo durante mucho tiempo. Quizás todo el tiempo.



—Cerró los ojos cuando empecé a tocarle—. Echo de menos estar dentro de ti.



—Tú siempre estás dentro de mí —le susurré.



Su boca se curvó en una sonrisa lenta y pícara, y abrió los ojos. —Estás haciendo que me empalme.



—¿Y cuál es la novedad?



—Todo.



Fruncí el ceño. —Ya nos ocuparemos de eso —dijo—. De momento, dime a qué has venido.



Titubeé, todavía concentrada en su críptico comentario. —Maite. —El tono enérgico que usó me hizo espabilar—. ¿Necesitas algo?

—Un ligu*** para Shawna. Bueno... no realmente un ligu***. Shawna tiene novio, pero está fuera del país. Estaría bien que fuéramos dos parejas.



—¿No quieres pedírselo a Cary?



—En un principio pensé en él, pero Shawna es amiga mía. Se me ocurrió que tal vez te gustara traer a alguien que tú conozcas. Ya sabes, para igualar fuerzas.



—Vale, veré quién está libre.



En ese momento me di cuenta de que realmente no esperaba que me hiciera caso.



En mi cara debían de traslucirse algunas de mis cavilaciones, porque me preguntó:—¿Hay algo más?



—Yo... —¿Cómo podía yo decirle lo que estaba pensando sin quedar como una imbécil—. No, nada.



—Maite —su voz sonó adusta—, dímelo.



—Es una estupidez.



—No te lo estoy pidiendo.



Un hormigueo me recorrió las venas, como me ocurría siempre que él hablaba en aquel tono autoritario.—Yo creía que hacías vida social sólo por cuestión de negocios y que te tirabas a algunas mujeres ocasionalmente.



Me resultó difícil decir la última parte. Por muy patético que fuera sentir celos de las mujeres de su pasado, no podía evitarlo. —¿Creías que no tenía amigos? —me preguntó, claramente divertido.



—Nunca me has presentado a ninguno —le contesté con un poco de resentimiento, toqueteando al mismo tiempo el dobladillo de la camiseta.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 3:51 pm

—¡Ah! —Eso le hizo todavía más gracia, y le brillaban los ojos de la risa—. Tú eres mi secretito sexy. Habrá que preguntarse en qué estaría yo pensando cuando me aseguré de que nos hicieran una foto besándonos en público.



—Bueno. —Se me fueron los ojos hasta el collage de la pared, donde podía verse aquella foto, una imagen que había circulado por todos los blogs de cotilleo durante varios días—. Hombre, diciéndolo así...



William soltó una carcajada, y aquel sonido se expandió por mi cuerpo en una cálida ráfaga de placer. —Te he presentado a unos cuantos amigos cuando hemos salido por ahí.



—Pues yo pensaba que todos a los que había conocido en los acontecimientos a los que hemos asistido eran colegas profesionales.



—Pero guardarte toda para mí no es una mala idea.



Le lancé una rápida mirada y volví a plantear el mismo tema que cuando discutimos si yo iría a Las Vegas en vez de a Phoenix. —¿Por qué no puedes ser tú el que se tumbe desnudo esperando a que te follen?



—¿Y qué tiene eso de divertido?



Le empujé por los hombros y él me llevó hasta sus rodillas, riendo.



No podía creer que estuviera de tan buen humor y me preguntaba qué se lo habría provocado. Eché una ojeada a la pantalla y lo único que vi fue una hoja de cálculo que me dejó bizca y un correo electrónico a medio escribir. Pero había algo distinto en él. Y me gustaba. —Sería muy placentero estar tumbado —murmuró, con los labios en mi cuello— y empalmado para que tú me montaras cuando te apeteciera.



El sexo se me contrajo al visualizar la escena mentalmente. —Me estás poniendo caliente.



—Muy bien; así me gustas a mí.



—O sea, que si mi fantasía consiste en que tú me proporciones servicios de semental las veinticuatro horas del día...



—A mí me parece la realidad.



Le di un mordisquito en la mandíbula, y él emitió un gruñido. —¿Quieres sexo duro, cielo?



—Quiero saber qué fantasía tienes tú.



William me colocó perpendicularmente a sus rodillas. —Tú.



—Más te vale.



Esbozó una sonrisita. —En un columpio.



—¿Qué?



—Un columpio sexual, Maite. Tu precioso cul*** en el asiento, los pies en unos estribos, las piernas bien abiertas y tu perfecto coñ*** húmedo y esperándome —empezó a darme tentadores masajes circulares al final de la espalda—, completamente a mi merced, incapaz de hacer nada que no sea recibir todo el semen que yo pueda darte. Te encantaría.



Le imaginé de pie entre mis piernas, desnudo y reluciente por el sudor, sacando bíceps y pectorales al balancearme, deslizando dentro y fuera de mí su hermosa polla. —Me quieres indefensa.



—Te quiero preparada. Y no por fuera. Estoy buscando la forma de entrar.



—William...



—Nunca iré más allá de lo que tú puedas soportar —prometió, con un brillo de vehemencia en los ojos visible incluso con la tenue iluminación—, pero te llevaré al límite.



Yo me revolví, a la vez excitada e inquieta ante la idea de darle tanta ventaja. —¿Por qué?



—Porque tú quieres ser mía y yo quiero poseerte. Ya llegaremos.



Metió una mano bajo mi camiseta y me cubrió un pecho; con los dedos tiraba del pezón y lo friccionaba, electrizando todo mi cuerpo. —¿Has hecho eso antes? —le pregunté ansiosamente—, ¿lo del columpio?



Su expresión se hizo hermética. —No hagas ese tipo de preguntas.



¡Oh, Dios mío! —Yo sólo...



Selló mis labios con los suyos y me mordisqueó el inferior. Luego, me introdujo la lengua en la boca, sujetándome justo donde quería tenerme y agarrándome del pelo. El dominio del acto era innegable. El deseo se apoderó de mí, una necesidad de él contra la que no podía luchar y que me era posible controlar. Gemí, sintiendo un dolor en el pecho de pensar que él invirtiera tanto tiempo y esfuerzo para obtener placer de otra persona.



William puso la mano entre mis piernas y me aprisionó el sexo. Yo di un respingo, sorprendida por la agresión. Emitió un leve sonido tranquilizador y comenzó a acariciarme esa carne tan sensible con la consumada habilidad a la que yo me había hecho adicta.



Interrumpió el beso, me arqueó la espalda con un brazo y así hizo llegar mi busto hasta su boca. Mordió el pezón a través del tejido de algodón; luego, rodeó con los labios el dolorido extremo y succionó con tanta fuerza que repercutió en lo más profundo de mi ser.



Me sentía cercada, y el deseo que me dominaba provocaba cortocircuitos en mi cerebro. Introdujo los dedos bajo el borde de las bragas para llegar al clítoris: el
contacto de la carne con la carne, justo lo que yo necesitaba. William.


Levantó la cabeza y me miró con oscuros ojos mientras me corría.



Grité cuando llegó la oleada de estremecimientos, la liberación de la ansiedad después de varios días de privación, casi demasiada para poder soportarla.



Pero él no lo dejó ahí. Siguió acariciándome el sexo hasta que me corrí otra vez, hasta que unos violentos espasmos sacudieron mi cuerpo y cerré las piernas con todas mis fuerzas para acabar con aquel embate.



Cuando retiró la mano, me quedé desfallecida, laxa y jadeante. Me encogí pegada a él, con la cara en su garganta y los brazos alrededor del cuello. Parecía que el corazón se me había agrandado. Todo lo que experimentaba por aquel hombre, todo el tormento y el amor, me abrumaban. Me aferré a él, tratando de estar aún más cerca.



—Shh. —Me abrazó bien fuerte, estrechándome hasta que se me hacía difícil respirar —. Te lo cuestionas todo y te vuelves loca.



—Esto me disgusta —le susurré—. No debería necesitarte tanto. No es sano.



—Ahí es donde te equivocas —el corazón le latía vigorosamente bajo mi oreja—, y yo asumo la responsabilidad. He tomado las riendas para algunas cosas y te las he dado a ti para otras. Eso te ha dejado confusa y preocupada. Lo siento, cielo. Será más fácil seguir adelante.



Me incliné hacia atrás para verle la cara. Se me cortó la respiración cuando nuestros ojos se encontraron y él me devolvió una mirada impasible. Entonces comprendí la diferencia: él poseía una serenidad inquebrantable, sólida. Eso hizo que algo se asentara dentro de mí también. El ritmo de mi respiración se ralentizó; mi ansiedad disminuyó.



—Eso está mejor. —Me besó en la frente—. Iba a esperar hasta el fin de semana para hablar de esto, pero ahora es un buen momento. Tenemos que llegar a un acuerdo y, una vez establecido, no hay vuelta atrás. ¿Comprendes?



Tragué saliva. —Lo intento.



—Tú ya sabes cómo soy. Me has visto en los peores momentos. Anoche, dijiste que me querías de todos modos. —Esperó a que yo asintiera —. Y yo la cagué. No confiaba en
que tomaras esa decisión por ti misma y debería haberlo hecho. Porque yo he sido demasiado cauto. Maite. Me asusta tu pasado.



La idea de que Nathan indirectamente apartara de mí a William me resultaba tan dolorosa que me encogí todavía más, acercando las rodillas al pecho. —No le atribuyas ese poder.



—No lo haré, pero tienes que darte cuenta de que hay más de una respuesta para todo. ¿Quién dice que tú me necesitas demasiado? ¿Quién dice que esa necesidad no es sana? Tú no. No eres feliz porque te frenas a ti misma.



—Los hombres no...



—A la mierd*** con eso. Ninguno de los dos somos típicos. Y eso está bien. No hagas caso a la voz que tienes en la cabeza y que te está fastidiando. Confía en mí para saber lo que necesitas, aun cuando creas que estoy equivocado. Y yo confiaré en tu decisión de estar conmigo a pesar de mis defectos. ¿Vale?


Me mordí el labio inferior para disimular el temblor y dije que sí con la cabeza. —No pareces convencida —me dijo suavemente.



—Tengo miedo de perderme en ti, William. Me asusta verme privada de esa parte de mí que tanto me costó recuperar.



—No permitiré que eso ocurra nunca —me prometió con vehemencia—. Lo que yo quiero para los dos es que nos sintamos seguros. Lo que tú y yo tenemos en común no debería agotarnos de este modo, sino ser la única cosa sólida como una roca con la que ambos podamos contar.



Empezaron a escocerme los ojos por las lágrimas incipientes. —Yo quiero eso —murmuré—. Me interesa muchísimo.



—Y yo voy a dártelo, cielo. —Gideon inclinó su morena cabeza y rozó sus labios con los míos—. Voy a dárnoslo a los dos. Y tú me lo vas a permitir.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 3:53 pm

***

—Parece que las cosas van mejor esta semana —dijo el doctor Petersen cuando llegamos William y yo a nuestra sesión de terapia del jueves por la tarde.



Ésa vez nos sentamos el uno cerca del otro, con las manos enlazadas.



William me acariciaba los nudillos con el pulgar, y yo le miré y sonreí, notando que el contacto me calmaba.



El doctor Petersen quitó la funda protectora de su tableta y se acomodó en el asiento. —¿Hay algo en particular de lo que queráis hablar?



—El martes fue un día duro —respondí yo sin levantar mucho la voz.



—Me lo imagino. Hablemos, entonces, del lunes. ¿Maite, puedes decirme qué pasó?



Le conté que me desperté en medio de una pesadilla de las mías y me encontré con otra de William. Hice un repaso de aquella noche y del día siguiente.—¿Así que ahora dormís separados? —preguntó el doctor Petersen.



—Sí



—Tus pesadillas —levantó los ojos hacia mí—, ¿con cuánta frecuencia se producen?



—Pocas veces. Antes de salir con William, hacía casi dos años que no tenía ninguna. — Le contemplé mientras dejaba el lápiz electrónico sobre la mesa y se ponía a teclear rápidamente. Tenía una expresión sombría y eso me provocaba ansiedad—. Yo le amo —solté de repente.



William, a mi lado, se puso tenso.



El doctor Petersen alzó la cabeza y me observó. Echó un vistazo a William, y luego otra vez a mí. —No tengo ninguna duda. ¿Qué te ha hecho decir eso, Maite?



Me encogí de hombros, un poco violenta y consciente de que William tenía la vista fija en mi perfil. —Busca su aprobación —dijo William en un tono grave.



Sus palabras me hicieron el efecto de un papel de lija frotado en la piel.
—¿Es eso cierto? —me preguntó el doctor Petersen.



—No.



—¿Cómo que no? —La aspereza en la voz de William era palpable.



—Que no es cierto —sostuve, aunque había necesitado que él lo pronunciara en voz alta para que yo lo comprendiera—. Yo sólo... es la pura verdad. Es lo que siento.

Miré al doctor Petersen. —Tenemos que hacer que esto funcione. Vamo s a hacer que esto funcione —recalqué —. Sólo necesito saber que vamos en la misma dirección. Necesito saber que entiende que hay que descartar el fracaso.



—Maite —sonrió, comprensivo—, tú y William tenéis mucho en lo que trabajar, pero por supuesto que no es insuperable.



Suspiré con alivio. —Le quiero —dije otra vez, con un contundente gesto de la cabeza.



William se puso en pie, apretándome la mano enérgicamente. —¿Nos disculpa un momento, doctor?



Confusa y un poco inquieta, me levanté y le seguí hacia la zona de recepción, que estaba vacía. La recepcionista del doctor Petersen ya se había ido a casa, y nosotros éramos los últimos clientes del día. Yo sabía por mi madre que las citas por la tarde eran más caras, así que le agradecía mucho a William que estuviera dispuesto a pagarlas, y no una vez por semana, sino dos.



La puerta se cerró a nuestra espalda, y yo me dirigí a William: —Te juro que no es...



—Shh. —Me cogió la cara entre las manos y me besó, moviendo la boca sobre la mía suave pero ansiosamente. Sorprendida, no tardé ni un segundo en meter las manos debajo de su chaqueta y abrazarle por la delgada cintura. Cuando su lengua acarició profundamente el interior de la mía, dejé escapar un leve gemido.



Se apartó y le miré. Vi al mismo hombre de negocios guapísimo con traje oscuro que
había visto el día que le conocí, pero en sus ojos... Me escocía la garganta.



La fuerza, la intensidad abrasadora, el deseo, la necesidad. Con las yemas de los dedos me tocaba las sienes, las mejillas, la garganta. Me alzó la mandíbula y presionó mis labios delicadamente con los suyos. No dijo nada, pero no era necesario. Yo había comprendido.



Entrelazamos los dedos y me condujo adentro de nuevo.

9

Pasé a toda prisa las puertas de torniquete del Crossfire y sonreí en cuanto vi a Cary esperándome en el vestíbulo. —¡Hola, chico! —le saludé, impresionada por cómo se las arreglaba para que unos vaqueros gastados y una camiseta con cuello de pico parecieran caros.



—¡Hola, desconocida! —Nos cogimos de la mano y salimos del edificio por la puerta lateral—. Se te ve contenta.



El calor del mediodía me dio de golpe, como si me hubiera chocado contra una barrera. —¡Uf! Hace un calor infernal. Vamos a picar algo por aquí cerca. ¿Qué tal unos tacos?



—De put** madre.



Le llevé al pequeño restaurante mexicano que había conocido yo gracias a Megumi, y traté de que no se diera cuenta de lo culpable que me había hecho sentir su saludo. Llevaba unos días sin ir a casa y Gideon estaba preparando un viaje para el fin de semana, lo cual significaba otros cuantos días sin estar con Cary. Fue un alivio que aceptara quedar conmigo para comer. No quería que pasara mucho tiempo sin estar en contacto con él y asegurarme de que se encontraba perfectamente. —¿Algún plan para esta noche? —le pegunté, después de pedir la comida para los dos.



—Uno de los fotógrafos con los que he trabajado da una fiesta de cumpleaños. Creo que voy a pasarme por allí a ver cómo está la cosa. —Se balanceaba sobre los tacones mientras esperábamos los tacos y unos margaritas sin alcohol—. ¿Sigues pensando en ir con la hermana de tu jefe? ¿Realmente queréis ir con ella?



—Cuñada —le corregí—, y tiene entradas para un concierto. Me dijo que yo era su último recurso, pero, aunque no fuera así, creo que lo pasaremos bien. Nunca he oído hablar del grupo, así que sólo espero que no sea una mierd***.



—¿Qué grupo es?



—Los Six-Ninths. ¿Los conoces?



Abrió los ojos como platos.—¿Los Six-Ninths? ¿En serio? Son muy buenos. Te van a gustar.



Cogí las bebidas de la barra y dejé la bandeja con los platos para que la llevara él. —Tú los conoces y Shawna es muy fan de ellos. ¿Dónde habré estado yo?



—Debajo de Cross y su paquete. ¿Va a ir contigo?



—Sí. —Me apresuré a coger una mesa cuando vi que dos hombres de negocios se levantaban para salir. No le dije a Cary nada de la oposición de William a que fuera sin él. Sabía que no le gustaría, y me sorprendía a mí misma lo fácilmente que yo había cedido. Normalmente Cary y yo coincidíamos en cosas como ésa.



—No me imagino a Cross disfrutando del rock alternativo. —Cary se sentó enfrente de mí—. ¿Sabe lo mucho que te gusta a ti? ¿Y especialmente los músicos que lo tocan?



Le saqué la lengua. —No puedo creer que salgas ahora con eso. Es agua pasada.



—¿Y qué? Brett estaba buenísimo. ¿No piensas nunca en él?



—Con vergüenza. —Cogí un taco de carne asada—. Así que procuro no hacerlo.



—Era un buen tipo —dijo Cary antes de darle un enorme sorbetón a un aguachirle con sabor a margarita.



—No digo que no lo fuera, pero no era adecuado para mí. —Sólo de pensar en aquella etapa de mi vida quería que me tragase la tierra.



Brett Kline estaba buenísimo y tenía una voz que me ponía húmeda cuando la oía, pero también fue uno de los principales errores de mi sórdida vida amorosa anterior—. Cambiando de tema... ¿Has hablado con Trey últimamente?



La sonrisa de Cary se desvaneció. —Esta mañana.



Esperé pacientemente. Por fin, dio un suspiro. —Le echo de menos. Echo de menos hablar con él. Es condenadamente inteligente, ¿sabes? Igual que tú. Vendrá conmigo a la fiesta de esta noche.



—¿Cómo amigo o como pareja?



—Qué buenos están estos tacos. —Le dio un mordisco a uno de ellos antes de contestar —. Se supone que vamos como amigos, pero tú bien sabes que probablemente lo fastidiaré todo y me lo tiraré. Le pedí que nos reuniéramos allí y después volver a casa desde allí para que no estemos tan solos, pero siempre podemos folla*** en el cuarto de baño o en un puñetero armario de mantenimiento. Yo no tengo fuerza de voluntad y él no sabe decirme que no.

Su tono de abatimiento me dolió en el alma.

—Sé cómo son esas cosas —le recordé delicadamente. Así había sido yo una vez. Estaba tan desesperada por sentirme ligada a alguien... —. ¿Por qué no... ya sabes... haces algo al respecto antes? Tal vez sirva de algo.



En su atractiva cara se dibujó una sonrisa lenta e irónica. —¿Me lo puedes grabar en el contestador automático?



Le tiré mi servilleta, toda arrugada. Él la recogió, riéndose. —Mira que puedes ser mojigata algunas veces. Me encanta.



—A mí me encantas tú , y quiero que seas feliz.



Se llevó mi mano a los labios y la besó en el dorso. —En ello estoy, nena.



—Aquí me tienes si me necesitas, aunque no pare en casa.



—Ya lo sé. Me dio un apretón en la mano antes de soltarla.



—La semana que viene voy a andar mucho por allí. Tengo que preparar las cosas para la visita de mi padre. —Mordí un taco y organicé un pequeño zapateado, entusiasmada con lo delicioso que estaba—. Quería pedirte que el viernes, como yo tengo que trabajar, si tú estás en casa, que te ocupes de él. Haré una abundante provisión de la comida que le gusta y le dejaré algunos planos de la ciudad, pero...



—Tranquila —Cary guiñó el ojo a una rubia muy mona que pasó—, estará en buenas manos.



—¿Quieres venir con nosotros a algún espectáculo cuando él esté aquí?



—Maite, cariño, yo siempre me apunto a salir contigo. Sólo tienes que decirme dónde y cuándo para estar lo más libre posible.



—¡Ah! —mastiqué y tragué rápidamente—, me ha dicho mamá que el otro día vio esa jeta tuya tan bonita en el lateral de un autobús.



Cary sonrió. —Lo sé. Me mandó una foto que había hecho con el teléfono. Increíble, ¿verdad?



—Mucho. Tenemos que celebrarlo —dije, robándole la frase que le caracterizaba.



—¡Venga!



—¡Hala! —Shawna se detuvo en la acera del complejo de apartamentos donde vivía, en Brooklyn, mirando boquiabierta la limusina que esperaba al ralentí en la calle—. Habéis tirado la casa por la ventana.



—Yo no —repliqué discretamente mientras examinaba la ropa que Shawna llevaba puesta: ajustados shorts de color rojo y camiseta con estratégicos cortes y el nombre Six-Ninths impreso en ella. Iba con su brillante melena alta y cardada y tenía los labios pintados a juego con los shorts. Estaba guapísima y lista para ir de marcha, y yo me sentí justificada en la elección de ropa que había hecho: falda plisada supercorta de cuero negro, camiseta blanca elástica, sin mangas, y unas Doc Martens de dieciséis agujeros de color cereza.



William, que estaba de espaldas a nosotros hablando con Angus, se dio la vuelta, y yo me quedé tan estupefacta como cuando le vi después de ducharse y cambiarse. Llevaba vaqueros negros holgados, una sencilla camiseta negra y fuertes botas negras; no sé cómo, pero aquella combinación tan austera e informal le hacía muy sexy, y me daban ganas de tirármelo. Con traje se le veía Oscuro y Peligroso, pero más todavía cuando se preparaba para un concierto de rock. Parecía más joven, y tan apuesto que se te ponían los dientes largos.



—¡Joder!, dime que es para mí —me susurró Shawna, sujetándome la muñeca como unas tenazas.



—Oye, que tú tienes el tuyo. Éste es mío —y decirlo me produjo una gran excitación.



Mío para exigir, para tocar, para besar. Y, luego, para folla*** hasta el agotamiento. Oh, sí...



Ella se echó a reír cuando me vio balancearme de puntillas ante aquella perspectiva. —Bueno, me calmaré para hacer las presentaciones.



Hice los honores y esperé a que ella entrase antes en la limusina.



Estaba a punto de subir tras ella cuando sentí la mano de William debajo de la falda apretándome el trasero. Se pegó a mi espalda y me dijo al oído: —Oye, cielo, asegúrate de que estoy yo detrás de ti cuando te inclines hacia delante o tendré que darte unos azotes en ese Oops! tan bonito que tienes.



Volví la cabeza y apoyé la mejilla contra la suya. —Ya no tengo la regla.



Él lanzó un gruñido a la vez que me pellizcaba las caderas con las yemas de los dedos. —¿Por qué no me lo has dicho antes?



—Demora de la gratificación, campeón —le contesté, usando una frase con la que él me había atormentado una vez. Cuando me dejé caer en el asiento al lado de Shawna, seguía riéndome de la palabrota que había soltado William.



Angus se sentó al volante, nos pusimos en marcha y abrimos una botella de Armand de Brignac por el camino. Cuando llegamos a Tableau One, un nuevo restaurante de fusión con una serie de platos de comida saludable y del que salía hasta la calle una música muy potente, la combinación del champaña y la ardiente mirada de William a la longitud casi indecente de la falta hacía que me sintiera mareada.



Shawna se inclinó hacia delante en el asiento y miraba con los ojos muy abiertos a través de las ventanillas tintadas.



—Doug intentó reservar aquí antes de marcharse, pero la lista de espera es de dos meses. Puedes presentarte sin más, pero a veces hay que esperar varias horas y no hay garantía de que llegues a sentarte.



La puerta de la limusina se abrió y Angus la ayudó a salir primero a ella y luego a mí. William se unió a nosotras y me cogió del brazo como si fuéramos vestidos de gala y no para asistir a un concierto de rock.



En cuanto entramos tuvimos escolta; el gerente era tan cordial y tan efusivo, que yo miré a William y le pregunté sólo moviendo los labios: ¿Uno de los tuyos? —Sí, soy socio.



Di un suspiro, resignada a lo inevitable. —¿Tu amigo va a reunirse con nosotros para cenar?



William asintió con un gesto de la cabeza. —Ya está aquí.



Le seguí la mirada hasta un hombre bien parecido con vaqueros azules y camiseta de los Six-Ninths. Estaban fotografiándole con dos mujeres muy guapas a cada lado, y él le brindaba una amplia sonrisa a la persona que sostenía una cámara de un smartphone. Saludó a William con la mano y se excusó.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 3:55 pm

¡Oh, Dios mío! —Shawna se puso a dar brincos—. ¡Es Arnoldo Ricci! Este restaurante es suyo ¡y tiene un programa en la Food Network!



William me soltó para darse un apretón de manos con Arnoldo y efectuar el ritual de las palmaditas en la espalda típico entre hombres que son buenos amigos. —Arnoldo, te presento a mi novia, Maite Tramell.



Le tendí la mano, Arnoldo la cogió, me acercó más a él y me besó directamente en la boca. —Atrás —le espetó William, poniéndome detrás de él.



Arnoldo sonrió, y en sus ojos oscuros podía verse un destello de humor. —¿Y quién es esta fantástica criatura? —preguntó, volviéndose hacia Shawna y llevándose su mano a los labios.



—Shawna, él será tu acompañante, Arnoldo Ricci, si consigue sobrevivir a la cena. — William le dirigió a su amigo una mirada de advertencia —. Arnoldo, Shawna Ellison.



Ella irradiaba entusiasmo. —Mi novio es una gran admirador tuyo; y yo también. Un día preparó lasaña con tu receta y estaba PARA-MO-RIR-SE.



—William me ha dicho que ahora está en Sicilia —la voz de Arnoldo tenía un acento encantador—. Espero que puedas ir a hacerle una visita.



Miré fijamente a William, con la certeza de que yo no le había dado tanta información sobre el novio de Shawna. Él me devolvió la mirada con una expresión de fingida inocencia y una sonrisita burlona casi imperceptible.



Meneé la cabeza, exasperada, pero no podía negar que aquélla iba a ser una noche que Shawna nunca olvidaría.



La hora siguiente pasó volando en una nebulosa de excelente comida y vino selecto. Yo estaba zampándome un extraordinario zabaione con frambuesas cuando pillé a Arnoldo observándome con una sonrisa de oreja a oreja. —Bellissima —dijo, galante—. Siempre es un gozo ver a una mujer con buen apetito.



Me sonrojé, con un poco de vergüenza. No podía evitarlo; me encantaba la comida.



William extendió un brazo por el respaldo de mi silla y se puso a juguetear con el pelo de mi nuca. Con la otra mano se llevó un vaso de vino tinto a la boca y, cuando se pasó la lengua por los labios, supe que él en realidad quería saborearme a mí. El aire que había entre nosotros estaba impregnándose de su deseo. Yo había sentido su influjo durante toda la cena.



Metí la mano debajo de la mesa, le sujeté la polla por encima de los pantalones y apreté. Pasó de semidura a pétrea en un instante, pero él no dio ninguna señal visible de su excitación. No pude evitar tomarlo como un desafío.



Comencé a acariciársela con los dedos en toda su extensión y rigidez, procurando que los movimientos fueran lentos y cuidadosos para que los demás no los notaran. Con gran regodeo por mi parte, William continuó la conversación sin ningún problema y sin cambiar de expresión. Su autocontrol me provocaba, me hacía más atrevida. Busqué los botones de la bragueta, estimulada por la idea de liberar aquel miembro y tocarlo piel con piel.



William tomó otro sorbo pausadamente y luego dejó el vaso en la mesa. —Sólo tú, Arnoldo —respondió secamente a algo que su amigo había dicho.



Me agarró por la muñeca justo cuando iba a desabrochar el primer botón y se llevó mi

mano a los labios, haciendo que su gesto pareciese una espontánea demostración de afecto. El súbito mordisco que me dio en un dedo me pilló por sorpresa y me hizo jadear.



Arnoldo sonrió; era esa sonrisa de complicidad y un poco burlona que un soltero le dirige a otro al que le ha pescado una mujer. Dijo algo en italiano, y William le contestó, con una pronunciación fluida y sexy y un tono irónico. Arnoldo echó hacia atrás su morena cabeza y soltó una carcajada.



Me removí en mi asiento. Me encantaba ver así a William, relajado y divirtiéndose. Él miró mi plato de postre vacío y después a mí. —¿Lista para marcharnos?



—Sí, sí. —Estaba deseando ver cómo discurría el resto de la noche y cuántas facetas más de William descubriría. Porque yo amaba al hombre que era en aquel momento tanto como al poderoso empresario con traje, al amante dominante en la cama, al niño destrozado que no podía esconder las lágrimas y al tierno compañero que me abrazaba cuando lloraba yo.



William era muy complejo, todavía un gran misterio para mí; apenas había escarbado en la superficie de su personalidad. Pero nada me detenía para seguir profundizando.

***

—¡Son buenos estos chicos! —gritó Shawna cuando el grupo telonero se lanzaba a la quinta canción.



Nosotros nos habíamos levantado de los asientos después de la tercera, abriéndonos paso entre la agitada masa de espectadores hasta la barrera que separaba la zona de butacas de la zona más cercana al escenario.



William me rodeó con sus brazos, resguardándome así por ambos lados, y puso las manos en la barrera. El público hacía presión a nuestro alrededor, empujando todo el mundo hacia delante, pero yo estaba protegida por su cuerpo, igual que Shawna, junto a nosotros, lo estaba por el de Arnoldo.



Tenía la seguridad de que William podría haber conseguido unos asientos muchísimo mejores, pero yo no tuve que decirle nada de cómo había conseguido las entradas sólo para las fans, y el hecho de que nos hubiera invitado ella significaba que no teníamos
alternativa. Me encantó que lo comprendiera y que se dejase llevar por la corriente.



Giré la cabeza para mirarle. —¿Este grupo tiene también contrato con Vidal?



—No, pero me gustan.



Que William estuviera disfrutando del concierto me animaba mucho.



Levanté los brazos y di gritos, impulsada por la energía de la multitud y el ritmo de la música, y bailé dentro del contorno de sus brazos, empapada de sudor y con la sangre circulando impetuosamente.



Cuando el grupo telonero terminó, los tramoyistas se pusieron manos a la obra inmediatamente desmontando el equipo de los primeros y montando el de los Six- Ninths. Agradecida por aquella noche, por la alegría, por el gustazo de desmadrarme con el hombre que amaba, me volví y eché los brazos al cuello de William, apretando mis labios contra los suyos.



Él me levantó en vilo y me hizo poner las piernas alrededor de su cintura, besándome violentamente. Estaba empalmado y me estrechaba incitándome a frotarme contra él. La gente que nos rodeaba silbaba y abucheaba, diciéndonos cosas como «buscaos una habitación» o «fóllatela, tío», pero a mí me traía sin cuidado y lo mismo a William, que parecía dejarse llevar tanto como yo por aquel arrebato sensual. Con una mano en mi trasero me restregaba contra su erección mientras que con la otra me agarraba del pelo, sujetándome dónde le convenía, a la vez que me besaba como si no pudiese parar, como si se muriera por mi sabor. Nuestras bocas abiertas se recorrían con urgencia la una a la otra.


Introducía la lengua en movimientos rápidos y profundos, follándome la boca, haciéndole el amor. Yo le bebía, le lamía y le paladeaba, gimiendo ante su insaciable avidez. Él me succionaba la lengua, deslizando el círculo de sus labios a lo largo de ella. Aquello era demasiado. Yo estaba toda húmeda y ansiosa por su polla, casi desesperada por la necesidad de sentirla llenándome.



—Vas a hacer que me corra —murmuró, y estiró mi labio inferior con sus dientes.



Yo estaba tan fundida con él y su fogosidad que apenas me di cuenta de que los Six- Ninths habían empezado. Fue en el momento en que entró el vocalista cuando volví a la realidad.



Me puse rígida, y mi mente trató de abrirse camino entre la nebulosa de la pasión para procesar lo que estaba oyendo. Yo conocía aquella canción.



Abrí los ojos cuando William se echó hacia atrás. Por encima de sus hombros vi carteles escritos a mano que la gente sostenía en el aire.



¡BRETT KLINE ES MÍO!, ¡FÓLLAME, BRETT!, y mi favorito: ¡¡¡BRETT, ME LO MONTARÍA CONTIGO COMO UNA LOCA!!!



Joder. No podía ser.



Seguro que Cary lo sabía. Lo sabía y no me había advertido. Probablemente pensó que me parecería gracioso si me enteraba por casualidad en vez de a través de él.



Aflojé las piernas en las caderas de William y él me dejó en el suelo, protegiéndome de los frenéticos fans con el escudo de su cuerpo.



Volví la cara hacia el escenario y sentí un tremendo hormigueo en el estómago. No me cabía duda, Brett Kline estaba al micrófono, derramando aquella voz profunda, poderosa, endemoniadamente sexy, sobre los miles de personas que habían ido a verle en acción. Llevaba el pelo corto, de Oops! y teñido de platino en los extremos. Había vestido su esbelto cuerpo con pantalones cargo color aceituna y una camiseta negra sin mangas. Era imposible verle desde donde yo me encontraba, pero yo sabía que tenía los ojos de un brillante verde esmeralda y un atractivo rostro de facciones marcadas, y que su impactante sonrisa dejaba ver un hoyuelo que volvía locas a las mujeres.



Hice un esfuerzo por apartar los ojos de él y miré a los otros miembros del grupo. Los reconocí a todos. Tiempo atrás, en San Diego, no se llamaban Six-Ninths, sino Captive Soul y yo me peguntaba qué les habría llevado a cambiarse de nombre.



—Son muy buenos, ¿verdad? —me dijo William con la boca en mi oreja para que pudiera oírle. Tenía una mano apoyada en la barrera y la otra alrededor de mi cintura, manteniéndome bien pegada a él mientras se movía al ritmo de la música. La combinación de su cuerpo con la voz de Brett producía un efecto perturbador en mi ya soliviantado apetito sexual.



Cerré los ojos, concentrándome en el hombre que tenía detrás y en la especial sensación que siempre había experimentado al oír cantar a Brett.



La música vibraba en mis venas y me traía recuerdos, unos buenos y otros malos. Me agitaba entre los brazos de William, invadida por la excitación.



Era plenamente consciente de su deseo, que emanaba de él como oleadas de calor que se infiltraban en mí y me hacían desearle hasta tal punto que la distancia física entre nosotros me resultaba dolorosa.



Le cogí la mano que había dejado a la altura de mi estómago y la llevé más abajo. —Maite... —la pasión le ponía la voz ronca. Yo había estado provocándole toda la noche, desde que le dije que mi menstruación había terminado, pasando por el «trabajo manual» bajo la mesa del restaurante, hasta el ardiente beso del intermedio.



Él me tocó un muslo y apretó. —Preparada.



Apoyé el pie izquierdo en la parte de abajo de la barrera, dejé reposar la cabeza en su hombro y un instante después ya había metido él la mano debajo de la falda y, con la respiración agitada, me lamía el contorno de la oreja. Le oí, y le sentí, dar un gemido al descubrir lo húmeda que estaba.



Una canción se mezclaba con la otra. William me frotaba en la entrepierna, encima de los culottes, primero con movimientos circulares y luego verticales. Mis caderas se movían al ritmo de sus caricias, mis entrañas se contraían, le presionaba con el cul*** la protuberancia de su erección. Iba a correrme allí mismo, al lado de un montón de personas, porque eso conseguía William. Así de locamente me excitaba. Nada importaba cuando ponía las manos en mi carne y toda su atención se concentraba en mí.



—Eso es, cielo. —Separó las bragas con los dedos y me penetró con dos de ellos—. Voy a follarte este coñ*** maravilloso durante días y días.



Con todos aquellos cuerpos apretujándonos, la música retumbando, y la intimidad garantizada solamente por la distracción de la gente, William hundió más los dedos en mi más que húmedo sexo y los dejó allí.



Aquella penetración constante y estática me puso desenfrenada. Empecé a mover las caderas en torno a su mano, esforzándome por conseguir el orgasmo que tanto necesitaba.



La canción acabó y las luces se apagaron. Sumida en la oscuridad, la multitud gritaba. Los espectadores iban cargándose de densa expectación hasta que el rasgueo de las guitarras la contuvo. Estallaron los gritos, y las luces de los encendedores empezaron a parpadear, convirtiendo aquel mar de personas en miles de luciérnagas.



Un foco iluminó el escenario, mostrando a Brett sentado en un taburete, sin camiseta y brillante de sudor. Tenía el torso firme y bien definido y los abdominales marcando cada músculo. Ajustó la altura del soporte del micrófono, bajándola un poco, y los piercings de sus pezones refulgieron con los movimientos. Las mujeres del público chillaron, incluida Shawna, que se puso a saltar y dio un silbido ensordecedor.



Le veía del todo. Sentado, con los pies apoyados en los travesaños del taburete y sus musculosos brazos cubiertos de tatuajes negros y grises, Brett estaba tremendamente sexy y daban ganas de tirárselo.



Durante seis meses, casi cuatro años atrás, yo me había humillado para tenerle desnudo siempre que podía, así de encaprichada y desesperada me encontraba yo por sentirme querida y aceptaba cualquier migaja que me arrojara.



William comenzó a deslizar los dedos hacia dentro y hacia fuera.



Entró el batería. Brett se puso a cantar una canción que yo no había oído nunca, con un tono bajo y conmovedor, y la letra clara como el cristal. Tenía la voz de un ángel caído. Fascinante. Seductora. Y una cara y un cuerpo apropiados para reforzar la tentación.

Chica rubia. Ahí estás tú.

Yo canto a la multitud, la música suena fuerte.

Estoy viviendo mi sueño, en la cresta de la ola, pero te veo ahí, con la luz del sol en el pelo, estoy dispuesto a marchar, desesperado por volar.

Chica rubia. Ahí estás tú.

Bailando para la multitud, la música suena fuerte.

Te quiero tanto que no puedo mirar a otro lado.

Luego, te pondrás de rodillas. Me suplicarás. Por favor.

Y luego te irás, sólo conozco tu cuerpo.

Chica rubia, ¿adónde te has ido?

Ya no estás ahí, con la luz del sol en el pelo.

Yo podía tenerte en el bar o en mi coche, en el asiento de atrás, pero nunca tuve tu corazón. Estoy deshecho.

Me pondré de rodillas y te suplicaré. Por favor.

Por favor, no te vayas. Hay tantas cosas que quiero saber de ti.

Maite, por favor. Estoy arrodillado.

Chica rubia, ¿adónde te has ido?

Yo canto a la multitud, la música suena fuerte.

Y tú no estás ahí, con la luz del sol en el pelo.

Maite, por favor. Estoy arrodillado.



El foco se apagó. Todavía pasó un buen rato hasta que la música se desvaneció. Volvieron a encenderse las luces y resonó batería. Las llamas dejaron de parpadear y la gente se volvió loca.



Pero yo estaba perdida entre el estruendo que llegaba a mis oídos, la opresión en el pecho y la confusión que me hacía tambalearme.



—Esa canción —murmuró William junto a mi oreja, mientras seguía follándome con los dedos enérgicamente—, me hace pensar en ti.



Puso la palma de la mano en el clítoris y masajeó: tuve un orgasmo clamoroso. Caían lágrimas de mis ojos. Lloré con vehemencia, temblando entre sus brazos, Me agarré a la barrera que tenía delante y dejé que me desbordara aquel placer imparable.



Cuando terminó el espectáculo, lo único en que podía pensar era en conseguir un teléfono y llamar a Cary. Mientras esperábamos a que la gente fuera saliendo, me apoyé pesadamente en William, buscando ayuda en la fuerza de sus brazos, que seguían rodeándome.



—¿Estás bien? —me preguntó, acariciándome la espalda de arriba abajo.



—Sí, muy bien —mentí. La verdad era que no sabía cómo me sentía. No debería importarme que Brett hubiera escrito una canción en la que diera a entender una
versión diferente del rollo que tuvimos. Yo estaba enamorada de otra persona.



—Yo también quiero irme —murmuró—. Me muero por estar dentro de ti, cielo. Casi no puedo pensar con claridad.



Metí las manos en los bolsillos traseros de sus pantalones. —Pues vámonos.



—Yo tengo acceso a los bastidores. —Me besó la punt*** de la nariz cuando levanté la cabeza para mirarle—. No tenemos que decírselo a ellos, si prefieres salir de aquí.



Me quedé pensándolo durante un rato. Al fin y al cabo, la noche había sido, y seguía siendo, estupenda gracias a William. Pero sabía que luego iba a arrepentirme si le negaba a Shawna y Arnoldo, que era fan también de Six-Ninths, algo que recordarían el resto de su vida. Y yo mentiría si dijera que no me apetecía echarle un ojo de cerca a Brett. No quería que él me viera a mí, pero yo quería verle a él.



—No. Que vengan ellos también.



William me cogió de la mano y habló con nuestros amigos, cuyo entusiasmo me proporcionó el pretexto de decirles que lo hacía sólo por ellos. Nos dirigimos hacia el escenario y nos desviamos hacia un lateral, donde William conversó con un tipo enorme encargado de la seguridad.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 3:56 pm

Mientras el hombre hablaba por el micrófono de sus auriculares, William sacó el teléfono móvil y le dijo a Angus que llevara la limusina a la parte de atrás. Durante ese tiempo, se cruzaron nuestras miradas. La intensidad de la suya y la promesa de placer que sugería me dejaron sin aliento.



—Tu chico es el no va más —dijo Shawna, dirigiendo a William una mirada cercana a la veneración. No era una mirada depredadora, simplemente admirativa—; esta noche es increíble. Estoy en deuda contigo.



Y me dio un fuerte abrazo. —Gracias.



Yo también la abracé a ella. —Gracias por invitarme.



Un hombre alto, larguirucho, con mechones azules en el pelo y unas gafas muy elegantes de montura negra, se acercó a nosotros. —Señor Cross —saludó a William tendiéndole la mano—, no sabía que vendría usted esta noche.



William le estrechó la mano. —No se lo dije —respondió con soltura, y alargó el otro brazo hasta mí para hacerme avanzar un poco y presentarme a Robert Phillips, el mánager de los Six-Ninths. Después, presentó a Shawna y Arnoldo, y nos llevaron a todos entre bastidores, donde había mucha actividad y merodeaban los seguidores.



De pronto yo no quería ni ver a Brett. Resultaba fácil olvidar cómo habían sido las cosas entre nosotros mientras le oía cantar. Resultaba fácil querer olvidar después de oír la canción que él había escrito. Pero aquella etapa de mi pasado era algo de lo que no estaba orgullosa precisamente.



—Los grupos están aquí dentro —decía Robert señalando una puerta abierta por donde salían sonidos musicales y risas estridentes—. Les encantará conocerle.



Me paré de repente y William se detuvo y me miró con el ceño fruncido. Me puse de puntillas y le susurré: —No tengo ningún interés en conocerlos. Si no te importa, voy al cuarto de baño más cercano y luego a la limusina.



—¿Puedes esperar unos minutos y me voy contigo?



—No te preocupes, que no va a pasarme nada.



Me tocó la frente. —¿Te encuentras bien? Pareces sofocada.



—Estoy estupendamente. Ya lo verás en cuanto lleguemos a casa.



Aquello funcionó. Relajó la expresión y esbozó una sonrisa. —Me daré prisa con esto —Miró a Robert Phillips e hizo un gesto a Arnoldo y Shawna—. ¿Puede acompañarlos ahí dentro? Vuelvo en un minuto.

—William, de verdad que no... —protesté.


—Voy contigo.



Yo conocía aquel tono, así que le dejé que anduviera a mi lado los pocos metros que nos separaban del baño.



—Puedo ir sola, campeón.



—Te esperaré.



—Entonces nunca vamos a salir de aquí. Vete a tus cosas, que no va a pasarme nada.



Me miró con expresión paciente. —Maite, no voy a dejarte sola.



—Yo sé arreglármelas, en serio. Se sale por allí. —Señalé el corredor que llevaba hasta unas puertas abiertas, con un rótulo encendido encima donde ponía «salida». Los técnicos ya estaban sacando los equipos —. Angus está ahí fuera, ¿no?



William se apoyó contra la pared y cruzó los brazos. Levanté las manos. —Vale. Está bien. Lo que tú digas.



—Estás aprendiendo, cielo —dijo con una sonrisa.



Refunfuñando por lo bajo, entré en el baño e hice mis necesidades. Cuando estaba lavándome las manos, me miré al espejo y sentí vergüenza. Tenía los ojos como un mapache de tanto como había sudado, con las pupilas oscuras y dilatadas.



¿Qué verá ese hombre en ti? Me decía a mí misma con cierta sorna, pensando en el impresionante aspecto que conservaba William. Con todo lo excitado y sudoroso que había estado él también, no tenía en absoluto mal aspecto, mientras que a mí se me veía empapada y exhausta.



Pero, más que en mi exterior, pensaba en mis defectos personales. No podía escapar de ellos, y menos mientras Brett se encontrara en el mismo edificio que nosotros.



Me froté los ojos con un trozo de papel humedecido para quitarme las manchas negras y salí otra vez al pasillo. William esperaba muy cerca, hablando con Robert,o, más propiamente, escuchándole. Era evidente que el mánager estaba alterado por algo.


William me vio e hizo un ademán con la mano indicándome que esperase un poquito, pero no quise arriesgarme. Yo le señalé a él la salida, me di la vuelta y fui en aquella dirección antes de que pudiera detenerme.



Pasé de prisa por delante de la habitación verde, aunque pude echar un vistazo dentro y distinguí a Shawna riéndose y con una cerveza en la mano. La sala estaba de bote en bote y había mucho bullicio. Ella parecía estar pasándoselo en grande.



Me escapé con un suspiro de alivio, sintiéndome diez veces más ligera que un momento antes. Divisé a Angus de pie, cerca de la limusina de William, al otro extremo de la línea de autobuses. Le hice señas con la mano y enfilé hacia él.



Analizando cómo había ido la noche, me sentía fascinada por lo desinhibido que se había mostrado William.



No se parecía en nada al hombre que había usado una jerga de fusiones y adquisiciones para conseguir llevarme a la cama. Estaba deseando tenerle desnudo.



Una llama que se encendió en la oscuridad, a mi derecha, me pilló de sorpresa. Me detuve de repente y descubrí a Brett Kline acercando una cerilla al cigarrillo que sostenía entre los labios. Como estaba entre las sombras al lado de la salida, la luz temblorosa del fósforo le acariciaba la cara y me hizo retroceder en el tiempo durante un rato.



Brett levantó los ojos, me miró largamente y se quedó helado. Nos observamos el uno al otro. Mi corazón palpitaba como loco, en una mezcla de temor y emoción. De pronto dijo una palabrota y sacudió la cerilla, porque se había quemado los dedos. Eché a andar, esforzándome por llevar un paso tranquilo mientras iba derechita hacia Angus y la limusina.



—¡Eh!, espera —me gritó Brett—. Oí sus pasos, que se acercaban al trote, y empecé a soltar adrenalina. Un técnico llevaba una carretilla muy cargada y yo corrí a ponerme detrás de él y esconderme entre dos autobuses. Apoyé la palma de la mano en el lateral de uno de ellos, con un compartimento de carga abierto a cada lado. Me oculté en la oscuridad, sintiéndome cobarde, pero sabiendo que no tenía nada que decirle a Brett. Ya no era la chica que él había conocido.



Le vi pasar a toda prisa. Decidí esperar, darle tiempo para mirar y darse por vencido. Era consciente de que el tiempo corría y de que William saldría enseguida a buscarme.



—Maite...


Me estremecí al oír mi nombre. Volví la cabeza y encontré a Brett acercándose desde el otro lado. Mientras yo miraba a la derecha, él apareció por la izquierda.—Eres tú —dijo ásperamente. Tiró el cigarrillo al suelo y lo aplastó con la bota.



Me oí a mí misma diciendo algo rutinario. —Deberías dejarlo.



—¿Así que sigues diciéndome eso? —Se aproximó con prudencia—. ¿Has estado en el concierto?



Asentí con la cabeza Me aparté del autobús y retrocedí. —Ha sido magnífico. Tocáis realmente bien. Me alegro por ti.



Él daba un paso adelante por cada uno que yo daba hacia atrás. —He esperado siempre encontrarte así, en algún concierto. Se me ocurrían un montón de ideas sobre qué pasaría si por fin te veía en alguno.



No supe qué contestar. La tensión entre nosotros era tan fuerte que podía masticarse.



Y la atracción seguía allí. No era nada como lo que sentía por William. Nada más que una mera sombra de aquello, pero estaba allí de todas maneras.



Me replegué hasta el espacio abierto, donde había más movimiento y pululaba un montón de gente. —¿Por qué corres? —me preguntó. A la luz de la farola de un aparcamiento, le vi con toda claridad. Estaba todavía más guapo que antes.



—Es que no puedo... —tragué saliva—. No hay nada qué decir.



—Tonterías. —La intensidad de su mirada me producía cierta turbación.



—Dejaste de venir. Sin decir ni una palabra, sencillamente dejaste de aparecer. ¿Por qué?



Me froté el estómago porque sentía un nudo en él. ¿Qué podía decirle? ¿Por fin maduré un poco y decidí que merecía algo mejor que ser una de las muchas tías que te follabas
en el cubículo de algún baño entre una actuación y otra?



—¿Por qué, Maite? Había algo entre nosotros y desapareciste sin más.

Giré la cabeza en busca de William o Angus. Ninguno de los dos estaba a la vista. La limusina esperaba sola. Hacía ya mucho tiempo.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 3:57 pm

Brett se abalanzó y me agarró por los brazos. Me sorprendió y me asustó un poco aquel movimiento súbito y agresivo. Si no hubiéramos estado tan cerca de otras personas, tal vez me hubiera dado pánico.



—Me debes una explicación —soltó.



—No es...



Entonces me besó. Tenía los labios suavísimos y los estampó contra los míos. Cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, ya me había sujetado los brazos con más fuerza y no podía moverme ni apartarle. Y, durante un breve lapso de tiempo, no quería.



Incluso le devolví el beso, porque la atracción seguía todavía allí, y porque pensar que podía haber sido algo más que un ligu*** sexual pasajero aplacaba un malestar interior que yo tenía. Brett me sabía a tabaco, olía seductoramente a macho trabajador, y había tomado mi boca con toda la pasión de un espíritu creativo. Me resultaba familiar en muchos sentidos muy íntimos.



Pero, al fin y al cabo, no importaba que él me impresionara todavía. No importaba que hubiéramos tenido una historia, por muy dolorosa que me hubiera resultado a mí. No importaba que me sintiera halagada y afectada por las letras que había escrito; que después de seis meses viéndole pasárselo bien con otras mujeres mientras follaba conmigo en cualquier parte donde hubiera una puerta que cerrara, fuera en mí en quien pensara cuando seducía desde el escenario a mujeres que se lo pedían a gritos.



Nada de eso importaba porque yo estaba locamente enamorada de William Cross, y él era lo que yo necesitaba.



Me zafé de Brett de un tirón...



. y vi a William lanzándose a la desesperada embestir contra Brett, derribándolo.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:09 pm

10

El impacto hizo que me tambaleara. Los dos hombres cayeron sobre el asfalto con un terrible golpe sordo. Se oyó el grito de una mujer. Yo no podía hacer nada. Me quedé inmóvil y en silencio mientras en mi interior se retorcían distintas emociones en una maraña frenética.



William agarró a Brett por el cuello y le aporreó en las costillas con una incesante serie de puñetazos. Actuaba como una máquina, silenciosa e imparable. Brett lanzaba bufidos con cada uno de los brutales impactos y trataba de soltarse.



—¡Cross! Dios mío .



Me puse a llorar cuando apareció Arnoldo. Dando un brinco agarró a William, pero cayó hacia atrás cuando Brett dio un tirón y los dos hombres se revolcaron por el suelo.



Los compañeros del grupo de Brett se abrieron camino entre la multitud cada vez más numerosa que había delante de los autobuses, dispuestos a armar camorra... hasta que vieron con quién estaba peleándose Brett. El hombre adinerado que estaba detrás de su casa de discos.—¡Kline, eres gilipollas! —Darrin, el batería, le agarraba del pelo con las manos—. ¿Qué demonios estás haciendo?



Brett se soltó, se puso de pie dando tumbos y atacó a William lanzándolo contra un lateral del autobús. William se agarró las manos y golpeó a Brett en la espalda como si fuera una porra, haciendo que éste se apartara tambaleándose. Aprovechándose de eso, William arremetió con un gancho seguido de un rápido puñetazo en la barriga. Brett se dio la vuelta y sus potentes bíceps se inflaron al apretar los puños para asestar un golpe, pero William se agachó con flexibilidad y contraatacó con otro gancho que hizo que Brett echara la cabeza hacia atrás.



Dios mío.



William no hacía ruido alguno, ni cuando daba puñetazos ni cuando Brett acertó con un golpe directo sobre su mandíbula. La silenciosa intensidad de su furia era escalofriante. Pude sentir la rabia que emanaba de él, la vi en sus ojos, pero él seguía sereno y actuaba de forma sorprendentemente metódica. En cierto modo, había desconectado, retrocediendo hasta un lugar donde podía observar de manera objetiva cómo su cuerpo provocaba un grave daño a otra persona.



Yo había provocado aquello. Había convertido a aquel hombre cálido y perversamente juguetón que me había hechizado durante toda la velada en aquel púgil frío y criminal que tenía delante de mí. —Señorita Tramell —Angus me agarró del codo.



Lo miré con desesperación. —Tienes que detenerle.



—Por favor, vuelva a la limusina.



—¿Qué? —Miré por encima de él y vi que salía sangre de la nariz de Brett. Nadie lo estaba impidiendo—. ¿Estás loco?



—Tenemos que llevar a casa a la señorita Ellison. Es su invitada. Debe ocuparse de ella.



Brett se tambaleó y cuando William hizo un amago de lanzarse hacia un lado, Brett embistió con su otro puño sobre el hombro de William, lanzándolo unos cuantos pasos hacia atrás.



Yo agarré a Angus de los brazos. —¿Qué te pasa? ¡Páralos!



Sus ojos azul claro se ablandaron. —Él sabe cuándo parar, Maite.



—¡No digas gilipolleces!



Miró por encima de mí. —Señor Ricci, si hace el favor.



****



Lo siguiente que sé es que iba colgada sobre el hombro de Arnoldo y que éste me llevaba a la limusina. Levantando la cabeza, vi que el círculo de mirones se cerraba al salir yo impidiéndome ver. Grité de frustración y di puñetazos sobre la espalda de
Arnoldo, pero ni se inmutó. Subió a la parte trasera de la limusina conmigo y cuando Shawna entró un momento después, Angus cerró la puerta como si todo aquello fuese jodidamente normal.



—¿Qué demonios estás haciendo? —le espeté a Arnoldo mientras me levantaba para agarrar la manilla de la puerta y la limusina se ponía suavemente en marcha. Por mucho que lo intenté, no se abrió y no pude quitarle el seguro—. ¡Se trata de tu amigo! ¿Vas a dejarlo así?



—Es tu novio. —El tono neutro y calmado de la voz de Arnoldo me llegó a lo más profundo—. Y eres tú la que lo está dejando ahí.



Me desplomé sobre el asiento con el estómago revuelto y las palmas de las manos húmedas. William...



—Tú eres la Maite de la canción «Rubia», ¿verdad? —preguntó Shawna en voz baja desde su asiento de enfrente.

Arnoldo dio un respingo, sorprendido ante aquella conexión. —Me pregunto si William... —Suspiró—. Por supuesto que lo sabe.



—¡Fue hace mucho tiempo! —dije defendiéndome.



—Al parecer, no lo suficiente —puntualizó.



Desesperada por poder ver a William, no podía quedarme quieta en el asiento. Movía nerviosamente los pies y mi cuerpo luchaba contra aquella inquietud con tanta intensidad que sentía como si quisiera salirme de él.



Le había hecho daño al hombre al que amaba y, con él, a otro hombre que no había hecho nada más que ser él mismo. Y no tenía ninguna excusa para ello. Echando la vista hacia atrás, no tenía ni idea de qué era lo que me había pasado. ¿Por qué no me había apartado antes? ¿Por qué le había devuelto el beso a Brett? ¿Y qué iba a hacer William al respecto?



La idea de que pudiera romper conmigo me hacía sentir un pánico insoportable. Estaba muy preocupada. ¿Le había hecho daño? Dios mío... pensar que William estuviera sufriendo me corroía como el ácido. ¿Se había metido en un lío? Había sido él quien había atacado a Brett. Las palmas de las manos se me humedecieron al recordar que Cary había dicho que su amigo también quería presentar cargos por agresión. La vida de William se había descontrolado... por mi culpa. En algún momento se daría cuenta de
que no merecía la pena esforzarse tanto por mí.



Miré a Shawna, que a su vez miraba por la ventanilla pensativa. Yo había echado a perder su estupenda noche. Y la de Arnoldo también. —Lo siento —susurré abatida—. Lo he fastidiado todo.


Me miró, se encogió de hombros y, a continuación, me dedicó una amable sonrisa que hizo que la garganta me quemara por dentro. —No es para tanto. Lo he pasado en grande. Espero que las cosas salgan lo mejor posible.



Lo mejor para mí era William. ¿Lo había echado a perder? ¿Había tirado a la basura lo más importante que había en mi vida por una extraña e inexplicable locura temporal?



Seguía sintiendo la boca de Brett sobre la mía. Me restregué los labios, deseando poder borrar la última media hora de mi vida con la misma facilidad.



Mi ansiedad hizo que me pareciera una eternidad hasta que llegamos a casa de Shawna. Me bajé y le di un abrazo en la acera, delante de su edificio de apartamentos. —Lo siento —dije de nuevo, tanto por lo que había pasado antes como por lo de ahora, porque estaba deseando ver a William, dondequiera que estuviera, y temía que se me notara la impaciencia. No estaba segura de poder perdonar nunca a Angus ni a Arnoldo por haberme sacado de allí en aquel momento y del modo en que lo hicieron.



Arnoldo le dio un abrazo a Shawna y le dijo que ella y Doug tenían una reserva permanente en Tableau One para cuando quisieran. Mis sentimientos hacia él se suavizaron. Había cuidado bien de ella toda la noche.



Volvimos a subir a la limusina y partimos hacia el restaurante. Yo me acurruqué en un rincón oscuro del asiento y lloré en silencio, incapaz de contener el torrente de desesperación que me inundaba.



Cuando llegamos al restaurante hice uso de mi camiseta para secarme la cara. Arnoldo me detuvo cuando iba a salir. —Sé dulce con él —me reprendió mirándome fijamente a los ojos —. Nunca lo he visto con nadie como lo veo contigo. No sé si eres digna de él, pero sí que puedes hacerle feliz. Lo he visto con mis propios ojos. Hazlo o vete. Pero no lo marees.



El nudo que tenía en la garganta me impedía hablar, así que asentí, esperando que pudiera ver en mis ojos lo mucho que William significaba para mí. Todo.



Arnoldo desapareció en el interior del restaurante. Antes de que Angus cerrara la puerta, yo me deslicé hacia delante en el asiento. —¿Dónde está? Necesito verle. Por favor.



—Ha llamado. —La expresión de Angus era amable, lo cual hizo que empezara a llorar otra vez—. La llevaré con él ahora.



—¿Está bien? —No lo sé.



Me eché en el asiento encontrándome mal físicamente. Apenas presté atención a dónde nos dirigíamos, pues lo único en lo que podía pensar era en que necesitaba explicarme. Necesitaba decirle a William que lo amaba, que nunca le dejaría si todavía quería tenerme, que era el único hombre al que deseaba, el único que hacía que mi sangre ardiera.



Finalmente, el coche aminoró la marcha, miré por la ventanilla y me di cuenta de que habíamos regresado al auditorio. Mientras yo miraba por la ventanilla buscándolo, la puerta que había detrás de mí se abrió, sobresaltándome. Me di la vuelta y vi que William entraba y se colocaba en el asiento en frente del mío. Me tambaleé hacia él. —William...



—No. —Su voz me fustigó con rabia, haciendo que yo retrocediera y cayera hacia atrás. La limusina se puso en marcha, sacudiéndome.



Llorando, vi cómo se servía un vaso de licor de ámbar y se lo bebía.



Esperé en el suelo del coche y con el estómago revuelto por el miedo y la pena. Volvió a llenarse el vaso antes de cerrar el bar y recostarse en su asiento. Quería saber si Brett estaba bien o malherido. Quería saber cómo estaba William, si se había herido o si se encontraba bien. Pero no podía.



No sabía si él malinterpretaría esas preguntas y supondría que cualquier muestra de preocupación por Brett significaba más de lo que era en realidad. Su rostro permanecía impasible y su mirada era dura como el zafiro.



—¿Qué significa él para ti?



Me quité las lágrimas que caían en torrente por mi cara. —Un error.



—¿Entonces o ahora?



—Las dos cosas.



Retorció los labios con expresión desdeñosa. —¿Siempre besas así a tus errores?



El pecho me subía y bajaba mientras yo trataba de contener las ganas de llorar. Negué con la cabeza con fuerza. —¿Le deseas? —me preguntó con tono severo, antes de volver a beber.



—No —susurré—. Yo sólo te deseo a ti. Te quiero a ti, William. Tanto que duele.



Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Aproveché la oportunidad para arrastrarme hacia él. Necesitaba, al menos, salvar la distancia física que había entre los dos. —¿Te corriste por mí cuando tenía mis dedos dentro de ti,Maite? ¿O por su maldita canción?



Oh, Dios mío... ¿Cómo podía dudarlo? Yo le había hecho dudar. Había sido yo.

—Por ti. Tú eres el único que puede hacerme eso. Hacerme olvidar dónde estoy, de tal forma que no me importa quién está alrededor ni qué está pasando con tal de que me estés tocando.



—¿No es eso lo que ha pasado cuando te ha besado? —William abrió los ojos y me miró fijamente—. Ha tenido la polla dentro de ti. Te ha follado... se ha corrido dentro de ti.



Me encogí ante el terrible resentimiento que había en su tono, su despiadado rencor. Sabía bien cómo se sentía. Sabía muy bien que las imaginaciones podían herir y arañar hasta sentir que te estás volviendo loca. En mi imaginación, él y Corinne habían follado docenas de veces mientras yo miraba con furia y celos enfermizos.



De repente, él se incorporó y se echó hacia delante para acariciarme los labios con su dedo pulgar. —Ha tenido tu boca.



Cogí su vaso y me bebí lo que quedaba en él, sintiendo asco por su sabor fuerte y la aguda quemazón. Me armé de valor y me lo tragué.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:10 pm

El estómago se me agitó a modo de protesta. El calor del alcohol se extendió hacia fuera desde mis tripas.



William se dejó caer en su asiento, con el brazo extendido hacia mi cara.



Yo sabía que seguía viéndome besando a Brett. Sabía que eso le empezaba a corroer la mente.



Dejé caer el vaso en el suelo, me levanté entre sus piernas y hurgué en su cremallera.



Me agarró los dedos con fuerza pero mantuvo los ojos escondidos bajo su antebrazo. —¿Qué coñ*** estás haciendo?



—Córrete en mi boca —le supliqué—. Límpiala.



Hubo una larga pausa. Se quedó allí sentado, completamente inmóvil a excepción del fuerte movimiento de su pecho. —Por favor, William.



Murmurando una maldición, me soltó dejando caer la mano a un lado. —Hazlo.



Me abalancé sobre él y el pulso se me aceleró al pensar que podría cambiar de idea y rechazarme... que pudiera decidir que había terminado conmigo. La única ayuda que me ofreció fue una momentánea elevación de su cadera para que yo pudiera bajarle los vaqueros y los calzoncillos.



Entonces, su gran y hermosa polla apareció entre mis manos. Mi boca.



Gemía al saborearlo, al sentir el calor y la suavidad satinada de su piel, al olerle.



Acaricié con mi mejilla su ingle y sus pelotas, deseando tener su aroma por todo mi cuerpo, marcándome como suya. Mi lengua recorrió las gruesas venas que recorrían toda su longitud, lamiéndole de arriba abajo.



Oí que hacía rechinar sus dientes cuando empecé a chuparle succionándole con fuerza, con gemidos de disculpa y absoluta felicidad vibrando en mi garganta. Me rompía el corazón que permaneciera tan callado, mi ruidoso amante que siempre me decía cochinadas, que siempre me decía lo que quería y lo que necesitaba... lo bien que se sentía cuando hacíamos el amor. Se estaba conteniendo, negándome la satisfacción de saber que le estaba dando placer.



Bombeando aquella gruesa raíz con mi puño, le ordeñaba mientras chupaba su lujosa corona, atrayendo su líquido preseminal hasta la punt***, donde yo podría lamerlo con rápidos revoloteos de mi lengua. Juntó los muslos y su respiración se convirtió en fuertes jadeos. Sentí cómo se retorcía con el cuerpo en tensión y yo me volví loca, cogiéndole la polla con las dos manos y forzando tanto mi boca que me dolía la mandíbula.



Estiró la espalda y levantó la cabeza del asiento dejándola caer cuando el primer chorro denso explotó en mi boca.



Gimoteé mientras su sabor ponía en marcha mis sentidos haciendo que ansiara más. Tragué de manera convulsiva y mis manos tiraban de su pene acariciándolo para sacarle más de su rico y cremoso semen y hacer que cayera en mi lengua. Su cuerpo tembló durante un largo rato al correrse, llenando mi boca hasta que se derramó por las comisuras de mis labios. No emitió sonido alguno, permaneciendo tan silencioso como había estado durante la pelea.



Habría estado chupándosela durante horas. Quise hacerlo, pero colocó las manos sobre mis hombros y me apartó. Levanté los ojos hacia su rostro desgarradora-mente hermoso y vi que los ojos le brillaban en aquella semioscuridad. Me rozó los labios con el pulgar, embadurnándolos con su semen.



—Rodéame con tu coñ*** apretado —me ordenó con voz quebrada —. Tengo más para ti.



Temblorosa y asustada por su severa lejanía, me zafé de los culottes que llevaba puestos. —Quítatelo todo, menos las botas.



Hice lo que dijo, acelerando mi cuerpo al oír su orden. Haría lo que él quisiera. Le demostraría que era suya y sólo suya. Pero para compensar, él me necesitaba para saber que yo le amaba. Me desabroché la falda y me la quité, después me saqué la camiseta por la cabeza y la lancé sobre el asiento de enfrente. Luego me quité el sujetador.



Cuando me senté a horcajadas sobre él, William me agarró de la cadera y levantó la vista hacia mí. —¿Estás húmeda?



—Sí.


—Te pone caliente chuparme la polla.



Los pezones se me endurecieron. El modo directo y burdo con el que hablaba de sexo también me ponía cachonda. —Siempre.



—¿Por qué le has besado?



Aquel repentino cambio de conversación me pilló de sorpresa. El labio inferior me empezó a temblar. —No lo sé.



Me soltó y levantó los brazos por encima de sus hombros para agarrarse con las dos manos al reposacabezas. Sus bíceps se hincharon con aquella pose. Ver aquello me excitó, como todo lo que tenía que ver con él.



Quería ver su cuerpo desnudo brillando de sudor, sus abdominales endureciéndose y flexionándose mientras movía su polla dentro de mí. Me lamí los labios saboreándole. —Quítate la camisa.



Entrecerró los ojos. —Esto no es para ti.



Me quedé petrificada y el corazón se me aceleró dentro del pecho.



Estaba utilizando el sexo en mi contra. En la limusina, donde habíamos hecho el amor por primera vez, en la misma posición en que lo había tenido por primera vez.—Me estás castigando.


—Te lo has merecido.



No me importaba que tuviese razón. Si yo me lo merecía, él también.



Me agarré a la parte superior del respaldo para no perder el equilibrio y enrosqué los dedos de la otra mano sobre su polla. Seguía teniéndola dura, seguía vibrándole. Un músculo de su cuello se retorció cuando yo lo acaricié para prepararle. Coloqué su ancho capullo entre los labios de mi coñ*** y me restregué hacia arriba y hacia abajo, cubriéndolo con la marea resbaladiza de mi deseo.



Mis ojos seguían posados en los suyos. Lo miraba mientras nos iba provocando a los dos, buscando cualquier indicio del amante apasionado al que adoraba. No estaba allí. Un extraño furioso me devolvía la mirada, desafiándome, mofándose de mí con su indiferencia.



Dejé que se introdujera en mí el primer centímetro, abriéndome.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:11 pm

Después bajé la cadera y solté un grito cuando me penetró bien hondo y me ensanchó de una forma casi insoportable. —Dios. Joder —dijo pronunciando cada sílaba con una sacudida—. Hostias.



Aquel estallido incontrolado suyo me animó. Clavando las piernas en el asiento, coloqué las manos a ambos lados de su cuerpo y me levanté, separándome de él, con mi sexo apretándolo con fuerza. Bajé, deslizándome con más facilidad, ahora que él estaba también húmedo por mí. Cuando mis nalgas golpearon sus muslos vi que sus músculos estaban duros como una piedra y que su cuerpo abandonaba aquella mentira. No era indiferente.



Volví a levantarme, despacio, haciendo que los dos sintiéramos cada matiz de aquella deliciosa fricción. Cuando bajé, traté de mostrarme tan estoica como él, pero la sensación de plenitud, aquella conexión tan caliente, era demasiado exquisita como para contenerse.



Gemí y él se movió nerviosamente, formando con la cadera un delicioso círculo antes de poder quedarse quieto. —Cómo me gusta sentirte —susurré acariciando su embravecida polla con mi sexo ansioso y dolorido—. Eres lo único que necesito, William. Lo único que quiero. Estás hecho para mí.



—Se te había olvidado —dijo con los nudillos blancos de apretar el respaldo del asiento.



Me pregunté si simplemente se estaba sujetando o si se estaba conteniendo físicamente para no agarrarme. —Nunca. No podría olvidarlo nunca. Formas parte de mí.



—Dime por qué lo has besado.



—No lo sé. —Apoyé mi frente húmeda contra la suya, sintiendo que las lágrimas me abrasaban dentro de los ojos—. Dios mío, William, te juro que no lo sé.



—Entonces, cállate y haz que me corra.



Si me hubiese dado una bofetada no podría haberme asustado más. Me incorporé y me separé de él. —Vete a la mierd***.



—Ya lo estás entendiendo.



Las lágrimas empezaron a correr por mi rostro.—No me trates como a una put***.



—Maite. —Hablaba en voz baja y áspera, con tono de advertencia, pero sus ojos eran oscuros y desolados. Llenos de un dolor igual al mío—. Si quieres parar, ya sabes lo que tienes que decir.



Crossfire. Con una sola palabra pondría fin de una forma inequívoca e irrefutable a aquella agonía. Pero no podía utilizarla ahora. El simple hecho de que él hubiera mencionado mi palabra de seguridad demostraba que me estaba poniendo a prueba, que me estaba provocando. Tenía un plan y si yo abandonaba ahora, nunca sabría cuál era.



Extendí los brazos hacia atrás y coloqué las manos sobre sus rodillas.



Arqueé la espalda y arrastré mi sexo húmedo a lo largo de toda su polla rígida y, a continuación, bajé del todo. Ajusté el ángulo, me levanté y volví a bajar, jadeando mientras lo sentía dentro de mí. Enfadado o no, mi cuerpo adoraba al suyo. Me encantaba sentirlo, aquella percepción de idoneidad que había allí a pesar de la rabia y
el dolor.



Su respiración propulsaba sus pulmones con cada zambullida de mis caderas. Su cuerpo estaba caliente, muy caliente, irradiaba calor como un horno. Moví las caderas arriba y abajo. Tomando el placer que él se negaba a darme. Mis muslos, mis nalgas, mi vientre y todo mi ser se tensaban con cada impulso, apretándolo desde abajo hasta la punt***.



Se relajaban cuando bajaba, dejando que se hundiera bien dentro.



Lo follé con todo mi ser, machacándome contra su polla. Soltó bufidos entre sus dientes apretados. Después, se corrió con fuerza, lanzando chorros dentro de mí con tanta violencia que sentí cada ráfaga abrasadora de semen como una estocada desesperada. Grité, encantada de sentir aquello, buscando un orgasmo que me destrozara. Me agarraba con tanta fuerza que mi cuerpo estaba deseando liberarse después de haberle dado placer dos veces.



Pero se movió, agarrándome por la cintura e impidiendo que yo me moviera, manteniéndose dentro de mí mientras me llenaba. Ahogué un grito cuando me di cuenta de que lo que él hacía era evitar deliberadamente que yo me corriera.—Dime por qué, Maite.



—¡No lo sé! —exclamé, tratando de empujar mis caderas contra él, golpeándole los hombros con mis puños cuando me apretó aún más.



Manteniéndome clavada a su pelvis e invadida por su polla, William se puso de pie y todo cambió. Se salió de mí, me dio la vuelta para que no lo mirara, después me inclinó por el borde del asiento con mis rodillas sobre el suelo. Con una mano en la parte inferior de la espalda, impidiendo que me levantara, colocó la palma de la otra sobre mi sexo y lo acarició, masajeando su semen en el interior de mi coñ*** Lo esparció, cubriéndome con él. Mis caderas daban vueltas en círculo, buscando esa presión pequeña y perfecta que haría que me corriera.



Él me la negaba. Deliberadamente.



Las caricias sobre mi clítoris y la anhelosa tensión dentro de mi coñ*** vacío me estaban volviendo loca y mi cuerpo ansiaba liberarse. Me metió dos dedos y hundí las uñas en el cuero negro del asiento. Me folló con los dedos sin prisas, deslizándolos despacio hacia dentro y hacia fuera, manteniéndome al borde.



—William —gemí, mientras los tejidos sensibles de mi interior se ondulaban ávidamente alrededor de sus dedos. Estaba envuelta en sudor y apenas podía respirar. Empecé a rezar para que el coche se detuviera, para que llegáramos a nuestro destino, aguantando la respiración ante la desesperada expectativa de la huida. Pero la limusina no se detuvo.



Siguió avanzando más y más, y yo tenía el cuerpo tan sujeto que no podía levantarme para ver dónde estábamos.



Él se plegó sobre mi espalda con la polla descansando sobre la costura de mi cul***. —Dime por qué, Maite —canturreó en mi oído—. Sabías que yo iba detrás de ti... que te iba a ver...



Apreté los ojos y las manos hasta convertirlas en puños. —No-lo-sé. ¡Joder! ¡No tengo ni put*** idea!



Sacó los dedos y, entonces, metió su polla dentro de mí. Mi sexo se contrajo espasmódicamente alrededor de su deliciosa dureza, succionándolo hacia el interior. Oí cómo su respiración se convertía en un gemido sordo y, a continuación, empezó a follarme. Grité de placer y todo mi cuerpo se estremeció de gusto mientras me follaba hasta el fondo, mientras la ancha cabeza de su hermoso pene me frotaba y tiraba de mis tiernos y sobreestimulados nervios. La presión era cada vez más intensa y se preparaba como si fuera una tormenta. —Sí —jadeé, estirándome mientras esperaba el final.


Se salió ante el primer apretón de mi sexo, dejándome de nuevo colgada del precipicio. Grité llena de frustración, tratando de levantarme y apartarme de aquel amante que se había convertido en la fuente de un tormento insoportable.


—Dime por qué, Maite —susurró en mi oído como si fuese el mismo diablo —. ¿Estás pensando en él ahora? ¿Desearías que fuese su polla la que está dentro de ti? ¿Desearías que fuera su polla la que se está folland*** tu perfecto coñito?



Volví a gritar. —¡Te odio! Eres un sádico y egoísta hijo de...



Volvió a meterse dentro de mí, inundándome, golpeando rítmicamente mi tembloroso interior.



Incapaz de aguantarlo un minuto más, traté de llevarme los dedos al clítoris porque sabía que una simple caricia haría que me corriera de una forma violenta.—No —William me agarró las muñecas y me sostuvo las manos contra el asiento, con sus muslos entre los míos, manteniendo mis piernas abiertas para poder hundirse más adentro. Una y otra vez. El ritmo de sus embistes firme e incesante.



Yo me revolvía, gritaba, me volvía loca. Podía hacer que me corriera solamente con su polla, provocándome un intenso orgasmo vaginal si simplemente me montara desde el ángulo perfecto y frotara su grueso capullo una y otra vez sobre el punto donde yo necesitaba que lo hiciera, un lugar cualquiera de mi interior que él conocía de manera instintiva cada vez que me follaba.



—Te odio —dije entre sollozos mientras unas lágrimas de frustración mojaban mi rostro y el asiento que estaba debajo de mi mejilla.



Inclinándose sobre mí, jadeó en mi oído. —Dime por qué,Maite.



La furia se desató en mi interior y salió a borbotones. —¡Porque te lo merecías! ¡Porque tenías que saber qué es lo que se siente! ¡Lo mucho que duele, gilipollas egoísta!



Se quedó quieto. Sentí cómo su respiración salía de él entrecortadamente. Sentía un zumbido en los oídos, tan fuerte que al principio imaginé que deliraba al oír su voz suavizada y llena de ternura.



—Cielo. —Acarició mi hombro con sus labios y sus manos me soltaron las muñecas deslizándose hasta cubrir con ellas mis pesados pechos—. Mi testarudo y hermoso cielo. Por fin has dicho la verdad.



William me levantó y me puso derecha. Agotada, dejé caer la cabeza sobre su hombro y mis lágrimas empezaron a caer sobre su pecho.



No me quedaban fuerzas para seguir luchando y apenas fui capaz de gimotear cuando apretó uno de mis doloridos pezones entre sus dedos y bajó la otra mano hasta mis piernas abiertas. Su cadera empezó a embestir y su polla bombeó hacia arriba dentro de mí mientras pellizcaba los labios de mi sexo alrededor de mi palpitante clítoris y los frotaba.



Me corrí con un grito ronco pronunciando su nombre y mi cuerpo entero se convulsionó con violentos temblores mientras el alivio estallaba en todo mi cuerpo. El orgasmo duró una eternidad y William permaneció infatigable, extendiendo mi placer con las perfectas estocadas que con tanta desesperación había ansiado yo antes.



Cuando por fin me dejé caer en sus brazos, resollando y empapada en sudor, él me levantó con cuidado para salirse de mí y me tumbó sobre el asiento. Destrozada, me cubrí la cara con las manos, incapaz de detenerle cuando me abrió las piernas y puso su boca sobre mí. Estaba empapada de su semen y no le importó, dando lengüetazos y chupando mi clítoris hasta que me corrí otra vez. Y otra.



Arqueé la espalda con cada orgasmo y la respiración salía de mis pulmones con un susurro. Perdí la cuenta de cuántos orgasmos tuve después de que empezaran a interponerse unos sobre otros subiendo y bajando como la marea. Traté de separarme, pero él se estiró y se quitó la camisa, subiéndose encima de mí con una rodilla sobre el asiento y la otra pierna extendida hasta el suelo.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:12 pm

Puso las manos sobre la ventanilla que había sobre mi cabeza, exponiendo su cuerpo de la misma forma que antes se había negado a hacerlo.



Le empujé. —¡Ya está! No puedo más.



—Lo sé. —Sus abdominales se endurecieron cuando se deslizó dentro de mí, con los ojos sobre mi rostro mientras empujaba con cuidado entre los tejidos hinchados—. Sólo quiero estar dentro de ti.



Mi cuello se arqueó cuando entró más adentro y de mí se escapó un pequeño sonido al sentir taaaanto placer. Por muy agotada y sobreestimulada que estuviera, seguía ansiando poseerlo y que él me poseyera. Sabía que siempre lo desearía.



Bajó la cabeza y presionó los labios contra mi frente. —Tú eres lo único que quiero,Maite. No hay nadie más. Y nunca la habrá.



—William. —Él sabía, aunque yo no, que la noche se había echado a perder por culpa de mis celos y mi profunda necesidad de hacer que sintiera lo mismo.



Me besó con ternura, con veneración, borrando el recuerdo de los labios de cualquier otro sobre los míos.



—Cielo. —La voz de William sonó áspera y cálida en mi oído—. Despierta.



Solté un gemido, apretando los ojos y enterrando la cara aún más bajo su cuello. —Déjame, obseso sexual.



Su risa silenciosa me sacudió. Me besó con fuerza en la frente y se revolvió para salir de debajo de mí. —Hemos llegado.



Entreabrí un ojo y lo vi poniéndose de nuevo la camisa. No se había quitado los vaqueros en ningún momento. Me di cuenta de que había salido el sol. Me incorporé en el asiento y miré por la ventanilla, ahogando un grito cuando vi el mar. Habíamos parado en una ocasión para echar gasolina pero no había sido capaz de ubicarme ni imaginar dónde estábamos. William no quiso contestarme cuando se lo pregunté, y sólo dijo que se trataba de una sorpresa.



—¿Dónde estamos? —pregunté en voz baja, estremecida al ver el sol sobre el agua. Tenía que estar bien entrada la mañana. Quizá fuese mediodía.



—Carolina del Norte. Levanta los brazos.



Obedecí de forma automática y él me metió la camiseta por la cabeza. —Necesito mi sujetador —murmuré cuando volví a verlo.



—Aquí no hay nadie que vaya a verte más que yo y vamos directos a la bañera.



Volví a mirar el edificio erosionado y cubierto de guijarros junto al que estábamos aparcados. Tenía al menos tres plantas con terrazas y balcones en la fachada y en los laterales y una curiosa puerta sencilla en la parte de atrás. Se levantaba sobre unos pilotes en la orilla del mar, tan cerca del agua que supe que la marea debía subir justo por debajo de ella. —¿Durante cuánto rato hemos estado viajando?



—Casi diez horas. —William me subió la falda por las piernas y me puse de pie para que pudiera colocarla en su sitio y subirle la cremallera —. Vamos.


Él salió primero y, después, extendió la mano para que yo me agarrara a ella. La brisa fresca y salada me dio en la cara despertándome. El cadencioso oleaje del océano me hizo conectar con el momento y el lugar donde nos encontrábamos. No veía a Angus por ningún lado, lo cual era un alivio, puesto que yo era muy consciente de que me faltaba la ropa interior. —¿Ha estado Angus conduciendo toda la noche?



—Nos intercambiamos cuando paramos a echar gasolina.



Miré a William y el corazón se me paró al ver la forma tan tierna y embrujada con que me miraba. Tenía la sombra de una magulladura en la mandíbula y extendí la mano para tocársela, sintiendo un dolor en el pecho cuando acarició con la nariz la palma de mi mano. —¿Te duele en algún otro sitio? —le pregunté emocionalmente desnuda tras la larga noche que habíamos pasado.



Él me agarró de la muñeca y atrajo mi mano abriéndola por encima de su corazón. —Aquí.



Mi amor... También había sido duro para él. —Lo siento mucho.



—Yo también. —Me besó las yemas de los dedos y, después, entrelazó nuestras manos y me condujo al interior de la casa.



La puerta estaba abierta y entró directamente. Había una cesta de malla de alambre sobre una consola justo detrás de la puerta con una botella de vino y dos copas anudadas con un lazo. Cuando Willliam giró el cerrojo con un firme chasquido, cogí el sobre de bienvenida y lo abrí. Sobre la palma de mi mano cayó una llave. —No vamos a necesitar eso. —Cogió la llave y la dejó sobre la consola—. Durante los próximos dos días, vamos a ser ermitaños los dos.



Un zumbido de placer me invadió por dentro, seguido de algo más que asombro por el hecho de que un hombre como William Cross pudiera disfrutar tanto de mi compañía como para no necesitar a nadie más.—Vamos —dijo tirando de mí escaleras arriba—. Nos ocuparemos del vino después.



—Sí. Primero café.



Me fijé en la decoración de la casa. Era rústica por fuera pero moderna por dentro. Las paredes tenían un zócalo de madera y estaban pintadas de un luminoso color blanco con montones de fotografías de conchas de mar en blanco y negro. Los muebles eran todos blancos y la mayoría de los accesorios eran de cristal y metal. Habría quedado austero de no ser por la hermosa vista del océano, el color de las alfombras que cubrían los suelos de madera y la colección de libros de tapa dura que llenaban las estanterías empotradas. Cuando llegamos a la planta superior, sentí un aleteo de felicidad.



El dormitorio principal era un espacio completamente abierto tan sólo roto por dos columnas. Ramos de rosas blancas, tulipanes blancos y lirios de agua blancos cubrían casi todas las superficies planas y había incluso algunas en el suelo de alguna zona estratégica. La cama era enorme y estaba vestida con satén blanco, lo que me recordó a una suite nupcial, impresión que quedó reafirmada por la fotografía en blanco y negro de un vaporoso pañuelo o velo que levantaba el viento y que colgaba por encima del cabecero.



Miré a William. —¿Has estado aquí antes?



Alargó la mano y soltó mi cola de caballo ahora torcida. —No. ¿Qué motivos iba a tener para venir?



Exacto. No llevaba a mujeres a ningún sitio aparte de su picadero en el hotel, el cual, al parecer, seguía conservando. Mis ojos se me cerraron de cansancio cuando me pasó los dedos por los mechones sueltos de mi pelo.



Yo no tenía fuerzas ni para enfadarme por eso. —Quítate la ropa, cielo. Voy a preparar el baño.



Retrocedió. Abrí los ojos y lo agarré de la camisa. No sabía qué decir. Simplemente no quería dejar que se fuera.



Él debió entenderlo. —No me voy a ninguna parte,Maite. —William colocó las manos sobre mi mandíbula y me miró fijamente a los ojos, mostrándome la intensidad y el rayo láser que me había atrapado desde la primera vez—. Si lo quisieras a él, para mí no sería suficiente dejarte marchar. Te quiero demasiado. Quiero que estés conmigo, en mi vida, en mi cama. Si puedo conseguir eso, lo demás no importa. No soy demasiado orgulloso a la hora de coger lo que puedo tener.



Me dejé caer hacia él, atraída por su obsesiva e insaciable necesidad de mí, lo cual reflejaba lo mucho que yo lo necesitaba. Cerré la mano sobre el algodón de su camisa. —Cielo —susurró mientras bajaba la cabeza para apretar su mejilla contra la mía—. Tú tampoco puedes dejarme marchar.



Me cogió en brazos y me llevó con él al baño.

11

Eché la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y la espalda apoyada sobre el pecho de William, escuchando el sonido del agua mientras deslizaba lentamente las manos por mi cuerpo en la bañera con patas.



Me había lavado el pelo y, después, el cuerpo, acicalándome con mimo.



Sabía que estaba compensándome por la noche anterior y el modo en que hizo que me enfrentara a la verdad. Una verdad que él conocía de sobra, pero que necesitaba que yo también viera. ¿Cómo es que me conocía tan bien... mejor de lo que me conocía yo misma? —Háblame de él —murmuró pasando los brazos alrededor de mi cintura.



Respiré hondo. Había estado esperando que me preguntara por Brett. Yo también conocía bien a William. —Primero dime si está bien.



Hubo una pausa antes de que contestara. —No tiene ningún daño irreparable. ¿Te importaría que lo tuviera?



—Claro que sí. —Oí cómo rechinaban sus dientes.



—Quiero que me hables de vosotros dos —me pidió con tono serio.



—No.



—Maite...



—No utilices ese tono conmigo, William. Estoy cansada de ser un libro abierto para ti mientras tú te guardas todos tus secretos. —Eché la cabeza a un lado para apretar mi mejilla contra la suya mojada—. Si lo único que consigo tener de ti es tu cuerpo, lo aceptaré. Pero no puedo darte nada más a cambio.



—Quieres decir que no quieres. Seamos...



—No puedo. —Me separé de él, girándome para poder mirarlo a la cara —. ¡Mira lo que esto está haciendo conmigo! Anoche te hice daño. A propósito. Sin tan siquiera darme cuenta de ello, porque el rencor me corroe aun cuando me convenzo de que
puedo vivir con todo lo que no me cuentas.



Se incorporó y abrió los brazos. —¡Estoy completamente abierto para ti,Maite! Haces que suene como si no me conocieras... como si lo único que tuviéramos fuera sexo... cuando tú me conoces mejor que ninguna otra persona.


—Hablemos de las cosas que no conozco. ¿Por qué eres propietario de un porcentaje tan grande de Vidal Records? ¿Por qué odias la casa de tu familia? ¿Por qué estás enemistado con tus padres? ¿Qué hay entre tú y el doctor Terrence Lucas? ¿Adónde fuiste la otra noche cuando tuve aquella pesadilla? ¿Qué hay detrás de las tuyas? ¿Por qué...?



—¡Basta! —exclamó bruscamente pasándose las manos por el pelo mojado.



Yo me calmé, observando y esperando mientras él claramente luchaba consigo mismo. —Ya deberías saber que puedes contármelo todo —le dije en voz baja.



—¿De verdad? —me miró fijamente—. ¿No has tenido ya que pasar por alto suficientes cosas? ¿Cuánta mierd*** tengo que echarte encima hasta que salgas corriendo?



Coloqué los brazos sobre el borde de la bañera, eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos. —Muy bien. Entonces, sólo tendremos un rollo sexual y nos quejaremos ante un terapeuta una vez por semana. Me alegra saberlo.



—Me la follé —soltó de pronto—. Ahí lo tienes. ¿Te sientes mejor?



Me levanté tan rápido que el agua se derramó por el filo de la bañera. Sentí un calambre en el estómago. —¿Te follaste a Corinne?



—No, maldita sea. —Tenía el rostro encendido—. A la mujer de Lucas.



—Ah... —Recordé la foto de ella que había visto cuando busqué en Google.



—Es pelirroja —dije sin convicción.



—Mi atracción por Anne estaba completamente basada en su relación con Lucas.



Fruncí el ceño confundida. —Entonces, ¿las cosas entre tú y Lucas iban mal antes de que te acostaras con su mujer? ¿O fue ése el motivo?



William apoyó el codo en el borde de la bañera y se frotó la cara. —Él me alejó de mi familia. Yo le devolví el favor.



—¿Destrozaste su matrimonio?



—La destrocé a ella —dijo con un fuerte suspiro—. Se acercó a mí en una gala benéfica para recaudar fondos. Yo la ignoré hasta que supe quién era. Sabía que haría polvo a Lucas si se enteraba de que me la había tirado. Se presentó la oportunidad, así que la aproveché. Se suponía que sólo iba a ser una vez, pero Anne se puso en contacto conmigo al día siguiente. Como a él le haría más daño saber que no había tenido suficiente, dejé que continuara. Cuando estuvo dispuesta a dejarlo por mí, la envié de vuelta con su marido.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:14 pm

Me quedé mirándolo, notando su desafiante bochorno. Lo volvería a hacer, pero sentía vergüenza por lo que había hecho. —¡Di algo! —exclamó.



—¿Creía ella que la amabas?



—No. Joder. Soy un gilipollas por haberme enrollado con la mujer de otro, pero no le prometí nada. Estaba jodiendo a Lucas a través de ella. No esperaba que se convirtiera en un daño colateral. De haberlo sabido, no habría permitido que llegáramos tan lejos.



—William —suspiré negando con la cabeza.



—¿Qué? —Casi tenía los nervios de punt*** y se mostraba inquieto y ansioso—. ¿Por qué has pronunciado mi nombre de esa forma?



—Porque, para ser un hombre tan inteligente, te comportaste de forma ridícula y torpe. ¿Te acostabas con ella habitualmente y no esperabas que se enamorara de ti?



—Dios mío. —Dejó caer la cabeza hacia atrás con un gruñido—. Otra vez no.



Entonces, se incorporó de repente. —Mira, ¿sabes una cosa? Sigue pensando que soy un regalo de Dios para las mujeres, cielo. Es mejor para mí que creas que soy lo mejor que puedes conseguir.



Le salpiqué agua. La facilidad con que rechazaba su atractivo era otra cosa en la que me veía reflejada en él. Conocíamos nuestras cualidades y jugábamos nuestras mejores bazas. Pero no sabíamos ver lo que nos hacía lo suficientemente únicos como para que alguien nos quisiera de verdad.



William se movió hacia delante y me agarró de las manos. —Ahora cuéntame qué cojone*** tuviste con Brett Kline.



—Tú no me has contado qué hizo el doctor Lucas para cabrearte.



—Sí que lo he hecho.



—No con detalle —alegué.



—Te toca a ti desembuchar. Adelante.



Tardé un largo rato en conseguir que me salieran las palabras. Ningún hombre quería a una antigua put***como novia. Pero William esperó pacientemente. Obstinadamente. Yo sabía que no iba a permitir que me saliera de la bañera hasta que le hablara de Brett.



—Yo no era más que un polvo cómodo para Brett —confesé sin más, deseando acabar con aquello—. Y lo permití... Hice todo lo posible porque fuera así... porque en esa época de mi vida el sexo era la única forma que conocía de sentirme querida.



—Ha escrito una canción de amor sobre ti, Maite.



Aparté la mirada. —La realidad no habría servido para ninguna balada, ¿no crees?



—¿Tú le querías?



—Yo... no. —Miré a William cuando soltó un fuerte suspiro, como si hubiese estado conteniendo la respiración—. Me volvían loca él y su forma de cantar, pero era algo absolutamente superficial. Nunca llegué a conocerlo de verdad.



Vi que todo su cuerpo se relajó. —Fue parte de una... fase. ¿Es eso?



Asentí y traté de soltar mis manos de las suyas, deseando deshacerme de mi sensación de vergüenza. No culpaba a Brett ni a ninguno de los tíos que habían pasado por mi vida en aquella época. No podía culpar a nadie más que a mí misma.


—Ven aquí. —William me agarró por la cintura y me acercó a él, apoyándome otra vez sobre su pecho. Su abrazo era la sensación más maravillosa del mundo. Acariciaba con sus manos toda mi espalda, tranquilizándome—. No voy a mentirte. Quiero moler a palos a cualquier hombre que te haya tenido. Más vale que los mantengas alejados de mí. Pero nada de lo que haya en tu pasado puede cambiar lo que siento por ti. Y Dios sabe que no soy ningún santo.



—Ojalá pudiera hacer que todo eso desapareciera —susurré—. No me gusta recordar la chica que era entonces.



Apoyó el mentón en lo alto de mi cabeza. —Te entiendo. Por mucho que me duchara después de haber estado con Anne, nunca era suficiente para sentirme limpio.



Apreté los brazos alrededor de su cintura, mostrándole consuelo y aprobación. Y, a cambio, aceptando agradecida lo que éramos los dos.

***

La bata de seda blanca que encontré colgada en el armario era preciosa.



Estaba revestida con un magnífico tejido de felpa y tenía bordados de hilo de plata en los puños. Me encantaba, lo cual era bueno puesto que, al parecer, se trataba de la única prenda de ropa que había para mí en toda la casa.



Vi que William se ponía unos pantalones de pijama de seda negra y se ataba el cordón. —¿Por qué tú tienes ropa y yo una bata?



Levantó los ojos hacia mí a través de un mechón de pelo negro que le caía por encima de la frente. —¿Porque he sido yo quien lo ha organizado todo?



—Malo.



—Simplemente me hace más fácil estar a la altura de tu insaciable apetito sexual.



—¿Mi insaciable apetito? —Fui al baño para quitarme la toalla de la cabeza—. Recuerdo claramente que anoche te supliqué que me dejaras tranquila. ¿O ha sido esta mañana, después de pasar toda la noche sin dormir?



Vino hasta la puerta detrás de mí. —Esta noche vas a tener que suplicármelo otra vez. Voy a preparar café.



En el espejo, vi que se giraba y advertí el cardenal oscuro que tenía en un costado. Estaba en la parte inferior de su espalda, donde no había tenido oportunidad de verle antes. Me di la vuelta. —¡William! Estás herido. Deja que lo vea.



—Estoy bien. —Ya había bajado la mitad de las escaleras antes de que pudiera detenerle—. No tardes mucho.



Me invadió un sentimiento de culpa y sentí un espantoso deseo de llorar. La mano me temblaba mientras me pasaba un cepillo por la cabeza.



Habían equipado el baño con mis habituales artículos de tocador, demostrando una vez más lo considerado y atento que era William, lo que no hacía más que subrayar mis carencias. Estaba convirtiendo su vida en un infierno.



Después de todo lo que él había sufrido, lo último que necesitaba era tener que ocuparse de mis problemas.



Bajé las escaleras hasta la primera planta y me sentí incapaz de ir con Gideon a la cocina. Necesitaba un minuto para calmarme y poner una cara sonriente. No quería echarle a perder también el fin de semana.



Salí por la puerta de cristal que conducía a la terraza. Sentí de inmediato el fragor del oleaje y el agua salada pulverizando mi cuerpo. El dobladillo de mi bata se ondulaba suavemente con la brisa del mar, refrescándome de una forma que me pareció estimulante.



Respiré hondo, me agarré a la barandilla y cerré los ojos, tratando de encontrar la paz que necesitaba para evitar que William se preocupara. Mi problema era yo misma y no quería molestarlo con algo que él no podía cambiar. Sólo yo podía hacer de mí una persona más fuerte y tenía que hacerlo si quería hacerle feliz y ofrecerle la seguridad que tan desesperadamente buscaba en mí.



La puerta se abrió detrás de mí y respiré hondo antes de girarme con una sonrisa. Gideon salió con dos tazas humeantes cogidas en una mano; una de ellas con café solo y la otra con leche semidesnatada. Sabía que estaría completamente a mi gusto y delicioso porque William sabía exactamente lo que me gustaba. No porque yo se lo hubiese dicho, sino porque prestaba atención a todo lo que me concernía.



—No sigas machacándote —ordenó con tono severo mientras colocaba las tazas sobre la barandilla.



Dejé escapar un suspiro. Por supuesto, no podía ocultarle mi estado de ánimo con una simple sonrisa. Veía a través de mí. Agarró mi cara entre sus manos y me miró. —Ya ha pasado. Olvídalo.



Extendí los brazos y pasé los dedos por donde había visto la magulladura. —Tenía que ocurrir —dijo con sequedad—. No. Calla y escúchame. Creía entender lo que sentías con respecto a Corinne y, francamente, pensaba que simplemente no lo llevabas bien. Pero no tenía ni idea. He sido un idiot*** egoísta.



—No lo llevo bien. La odio con toda mi alma. No puedo pensar en ella sin ponerme de mal humor.



—Lo entiendo ahora. Antes no. —Retorció la boca con expresión de arrepentimiento —. A veces, hace falta que ocurra algo drástico para hacerme despertar. Por suerte, siempre se te ha dado muy bien llamar mi atención.



—No trates de quitarle importancia a esto, William. Podrías haber terminado gravemente herido por mi culpa.



Me agarró por la cintura cuando iba a darme la vuelta. —He terminado gravemente herido por ti al verte en los brazos de otro, besándolo. — Sus ojos se volvieron abrasadores y oscuros—. Me destrozó, Maite. Me partió en dos y me desangró. Le golpeé como una forma de autodefensa.



—Oh, Dios mío —susurré, devastada por aquella brutal sinceridad —. William.



—Estoy indignado conmigo mismo por no haber sido más comprensivo con lo de Corinne. Si un beso puede hacer que me sienta así... —Me envolvió con fuerza entre sus brazos, con un brazo alrededor de mi cintura y con el otro sobre mi espalda para agarrarme la parte posterior de la cabeza, apresándome.



—Si alguna vez me engañaras, me moriría —dijo con voz ronca.



Giré la cabeza y apreté los labios contra su cuello.—Ese estupid*** beso no significó nada. Menos que nada.



Me agarró el pelo y echó mi cabeza hacia atrás. —No entiendes lo que tus besos significan para mí, Maite. Tú simplemente los das como si fuera una tontería...


William bajó la cabeza y selló su boca con la mía. Empezó suavemente, de una forma dulce y provocadora, acariciando con su lengua mi labio inferior. Abrí la boca y asomé la lengua para tocar la suya. Inclinó la cabeza y lamió el interior de mi boca. Con lametones rápidos y profundos que despertaron un deseo dormido.



Levanté los brazos y deslicé los dedos por su cabello mojado, poniéndome de puntillas para besarlo más dentro. Sus labios se movían contra los míos, y se volvían más húmedos y calientes. Nos estábamos comiendo el uno al otro, de un modo cada vez más feroz hasta que empezamos a follarnos mutuamente la boca, copulando apasionadamente con labios, lenguas y pequeños mordiscos. Yo jadeaba de deseo por él y movía mis labios por encima de los suyos, mientras de mi garganta salían sonidos de deseo. Sus dedos eran regalos. Me besaba con todo su ser, con fuerza, pasión, deseo y amor. No se guardaba nada, lo daba todo, lo ponía todo al descubierto.



La tensión se marcó en su poderoso contorno y su dura piel de satén se fue calentando de una forma febril. Sumergía la lengua en mi boca enredándola con la mía y su respiración rápida se mezclaba con la mía inundándome los pulmones. Mis sentidos se empaparon de él, de su sabor, de su olor, y la mente me daba vueltas mientras yo ladeaba la cabeza tratando de saborearlo aún más. Quería lamerle más adentro, chuparle con fuerza. Devorarle. Lo deseaba demasiado.



Sus manos recorrían mi espalda temblorosas e inquietas. Gimió y mi sexo respondió apretándose. Tirando del cinturón de mi bata, lo soltó y ésta se abrió. Agarró mi cintura desnuda. Me mordió el labio inferior hundiendo los dientes en él mientras lo
acariciaba con la lengua. Yo gimoteé deseando más, sintiendo que mi boca se hinchaba y se volvía más sensible. Por muy cerca que estuviésemos, nunca era suficiente.



William me agarró las nalgas y me atrajo con fuerza hacia él, y su erección era como un acero caliente que me abrasaba el vientre a través de la fina seda de sus pantalones. Me soltó el labio y volvió a entrar en mi boca, llenándome con el sabor de su deseo mientras su lengua se convertía en un látigo de terciopelo de un placer atormentador.



Una fuerte sacudida lo hizo estremecerse y soltó un gruñido mientras movía la cadera en círculo. Apretó los dedos sobre mi cul*** y su gemido hizo que mis labios vibraran. Sentí cómo su polla daba sacudidas entre los dos y cómo un calor abrasador se extendía por mi piel. Se corrió con un fuerte gemido, empapando la seda que había entre los dos.



Yo solté un grito, enternecida y dolorida, completamente excitada al ver que podía hacer que perdiera el control de esa forma simplemente con besarlo.



Me soltó y sus pulmones se movían pesadamente. —Tus besos son míos.



—Sí. William... —Estaba conmocionada, me sentía desnuda y expuesta tras el momento más erótico de mi vida.



Él se puso de rodillas y me metió la lengua hasta que estallé en un orgasmo.



Nos duchamos y pasamos durmiendo toda la mañana. Me sentía de maravilla al dormir con él de nuevo, con la cabeza apoyada en su pecho, el brazo envolviendo su vientre duro como una piedra y las piernas enredadas entre las suyas.



Cuando nos despertamos poco después de la una de la tarde, yo estaba hambrienta. Bajamos a la cocina juntos y descubrí que me gustaba aquel espacio de apariencia tan moderna y austera. Las puertas de los armarios de cristal aguado hacían buena pareja con el granito y el suelo de madera oscura. Y lo que era aún mejor, la despensa estaba totalmente equipada. No había necesidad de salir de la casa para nada.



Fuimos a lo fácil y preparamos bocadillos, nos los llevamos a la sala de estar y nos los comimos con las piernas entrelazadas sobre el sofá, uno frente a otro.



Llevaba la mitad cuando sorprendí a William mirándome con una sonrisa.
—¿Qué? —pregunté mientras daba un mordisco.



—Arnoldo tiene razón. Es gracioso verte comer.



—Cállate.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:15 pm

Su sonrisa se volvió más amplia. Parecía tan despreocupado y feliz que sentí una punzada en el corazón. —¿Cómo has encontrado este lugar? —le pregunté—. ¿O fue Scott quien lo encontró?



—Fui yo. —Se metió una patata frita en la boca y se lamió la sal de los labios, lo que me pareció de lo más erótico—. Quería llevarte a alguna isla donde nadie pudiera molestarnos. Esto se le parece mucho, sin tener que perder tiempo en el viaje. En principio, había pensado que viniéramos en avión.



Seguí comiendo pensativa, recordando el largo viaje hasta allí.



Pese a que podría haber sido una locura, había algo excitante en la idea de que hubiera tenido que reorganizar nuestro programa simplemente para follarme hasta la extenuación durante horas, utilizando la necesidad que yo tenía de él para enfrentarme a una verdad que había bloqueado. Imaginé toda la frustración y la rabia que debían haber impulsado sus planes... con el pensamiento centrado en liberar toda aquella furiosa pasión sobre mi indefenso y voluntarioso cuerpo...



—Estás poniendo esa mirada de fóllame —observó—. Y me llamas a mí obseso sexual.



—Perdona.



—No es que me queje.



Rebobiné mis pensamientos hasta un momento anterior de la noche. —Ya no le gusto a Arnoldo.



Me miró arqueando una de sus oscuras cejas. —¿Estás poniendo esa cara de fóllame mientras piensas en Arnoldo? ¿También a él voy a tener que darle una paliza?



—No, hombre. Lo he dicho para que no pensáramos en el sexo y porque necesitaba
decírtelo.



Se encogió de hombros. —Hablaré con él.



—Creo que debería ser yo quien lo hiciera, por si sirve de algo.



William me estudió con sus ojos increíblemente azules. —¿Qué le vas a decir?



—Que tiene razón. Que no te merezco y que la he jodido. Pero que estoy locamente enamorada de ti y que me gustaría tener la oportunidad de demostraros a los dos que puedo ser lo que necesitas.



—Cielo, si te necesitara más, no podría vivir. —Se llevó mi mano a los labios para besarme en las yemas de los dedos—. Y no me importa lo que piensen los demás. Tenemos nuestro propio ritmo y para nosotros funciona.



—¿Para ti funciona? —Cogí mi botella de té helado de la mesita y di un trago—. Sé que te agota. ¿Piensas alguna vez que es demasiado difícil o doloroso?



—Eres consciente de lo sugerente que suena eso, ¿verdad?



—Ay, Dios mío —me reí—. Eres terrible.


Sus ojos brillaron divertidos. —Eso no es lo que sueles decir.



Negué con la cabeza y continué comiendo. —Cielo, prefiero discutir contigo que reírme con nadie más.



¡Dios mío! Tardé un minuto en poder tragarme el último bocado que había en mi boca.



—Sabes... que te amo con locura.



Sonrió. —Sí, lo sé.



Tras recoger lo que habíamos ensuciado con el almuerzo, lancé el estropajo al fregadero. —Tengo que hacer la llamada de los sábados a mi padre.



William negó con la cabeza. —Imposible. Tendrás que esperar al lunes.



—¿Qué? ¿Por qué?



Me atrapó contra el mostrador agarrándose al filo conmigo en medio. —No hay teléfonos.



—¿En serio? ¿Y tu teléfono móvil? —Yo me había dejado el mío en casa antes de que fuéramos al concierto, sabiendo que no tenía sitio para guardarlo y que no tenía intención de utilizarlo de todos modos.



—Va en la limusina camino de Nueva York. Tampoco hay internet. Mandé que se llevaran el módem y los teléfonos antes de que llegáramos.



Me quedé sin habla. Con todas las responsabilidades y compromisos que tenía, quedarse incomunicado durante el fin de semana era.... increíble. —Vaya. ¿Cuándo fue la última vez que desapareciste así de la faz de la tierra?



—Pues... nunca.



—Debe haber al menos media docena de personas aterradas por no poder consultarte nada.



Levantó los hombros con despreocupación. —Se las apañarán.



El placer me invadió. —Te tengo todo para mí.



—Absolutamente. —Su boca adoptó una sonrisa maliciosa—. ¿Qué vas a hacer conmigo, cielo?



Le devolví la sonrisa, extasiada de felicidad. —Seguro que se me ocurre algo.



Fuimos a dar un paseo por la playa.



Me remangué unos pantalones de pijama de William y me puse mi camiseta blanca sin mangas, que quedaba indecente porque mi sujetador iba camino de Nueva York junto con el teléfono móvil de William.



—Me he muerto y estoy en el cielo —dijo, mirándome el pecho mientras caminábamos por la orilla—, donde se hacen realidad todos los sueños y fantasías eróticas de mi adolescencia, y todo es para mí.



Golpeé su hombro con el mío. —¿Cómo puedes pasar de ser irresistiblemente romántico a grosero en el espacio de una hora?



—Es otro de mis muchos talentos. —Su mirada volvió a aterrizar en las punt*** prominentes de mis pezones, que estaban duros por la exposición a la brisa del mar. Me apretó la mano y soltó un exagerado suspiro de felicidad—. En el cielo con mi cielo. No se puede estar mejor.



Tuve que asentir. La playa era preciosa, temperamental y agreste, y me recordaba mucho al hombre cuya mano agarraba. El sonido del oleaje y los graznidos de las gaviotas me invadían con una auténtica sensación de felicidad. El agua estaba fría bajo mis pies mojados y el viento me azotaba el pelo sobre la cara. Había pasado mucho tiempo desde que no me sentía tan bien y le estaba agradecida a William por habernos regalado ese tiempo apartados para disfrutar el uno del otro. Éramos perfectos cuando estábamos juntos y solos.



—Te gusta esto —apuntó.



—Siempre me ha encantado estar cerca del agua. El segundo marido de mi madre tenía una casa en un lago. Recuerdo pasear por la orilla con ella como ahora y pensar que algún día me compraría algo cerca del agua.



Me soltó la mano y, en su lugar, me pasó el brazo por los hombros.
–Pues hagámoslo. ¿Qué hay de este sitio? ¿Te gusta?



Lo miré, amando los ojos que el viento dejaba entrever a través de su pelo. —¿Está en venta?



Tiró hacia la playa que teníamos frente a nosotros. —Todo está en venta por un precio adecuado.



—¿A ti te gusta?



—El interior es un poco frío con tanto blanco, aunque el dormitorio principal me encanta como está. Podríamos cambiar el resto. Hacerlo más nuestro.


—Nuestro —repetí, preguntándome qué sería eso. Me encantaba su apartamento con esa elegancia del Viejo Mundo. Y creo que se sentía cómodo en mi casa, que era más moderna. Combinando las dos...—. Un paso muy grande eso de comprar una casa juntos.



—Un paso inevitable —me corrigió—. Dijiste que la separación del doctor Petersen no es una opción.



—Sí, es verdad. —Caminamos un poco más en silencio. Traté de saber qué sentía ante el hecho de que William quisiera que hubiese un nexo más tangible entre los dos. También me pregunté por qué había elegido una propiedad conjunta como el modo de conseguirlo—. Entonces, supongo que a ti también te gusta esto.



—Me gusta la playa. —Se apartó el pelo de la cara—. Tengo una fotografía con mi padre construyendo un castillo de arena en una playa.



Fue un milagro que no me tambaleara. William daba muy poca información de forma voluntaria sobre su pasado y, cuando lo hacía, casi se trataba de un hecho trascendental. —Me gustaría verla.



—La tiene mi madre. —Dimos unos cuantos pasos más antes de que dijera—: Se la pediré para que la veas.



—Iré contigo. —Aún no me había dicho por qué, pero sí me había contado una vez que la casa de los Vidal suponía para él una pesadilla.



Sospeché que cualquiera que fuese el origen de su parasomnia habría tenido lugar allí. El pecho de William se hinchó al respirar hondo. —Puedo pedir que me la envíen por correo.


—De acuerdo. —Giré la cabeza para besar sus magullados nudillos, que descansaban en mi hombro—. Pero mi oferta sigue en pie.



¿Qué te pareció mi madre? —preguntó de repente.



—Es muy guapa. Muy elegante. Refinada. —Lo observé y vi el cabello negro de Elizabeth Vidal y sus impresionantes ojos azules—. También parece quererte mucho. Lo vi en sus ojos cuando te miraba.



Él continuó con la vista al frente. —No me quiso lo suficiente



De inmediato, me quedé sin respiración. Como no sabía qué era lo que le provocaba unas pesadillas tan tormentosas, me había estado preguntando si quizá ella lo habría querido demasiado. Fue un alivio saber que no era el caso. Ya era bastante espantoso saber que su padre se había suicidado. Que su madre lo hubiese traicionado también podría ser más de lo que él pudiera superar nunca. —¿Cuánto es suficiente, William?



Apretó la mandíbula. Su pecho se ensanchó al res pirar. —No me creyó.



Me paré en seco y me di la vuelta para mirarlo. —¿Le contaste lo que te había pasado? ¿Se lo contaste y no te creyó?



Miró por encima de mi cabeza. —Ya no importa. Hace mucho tiempo.



—Y una mierd***. Sí que importa. Importa mucho. —Me sentía furiosa por él. Furiosa porque una madre no hubiese cumplido con su deber de estar del lado de su hijo. Furiosa porque ese niño había sido William—. Apuesto a que, además, duele muchísimo.



Bajó sus ojos hasta mi cara. —Mírate, enfadada y molesta. No debería haber dicho nada.



—Deberías haberlo dicho antes.



La tensión de sus hombros se relajó y su boca se curvó con arrepentimiento. —No te he contado nada.



—William...



—Y por supuesto que me crees, cielo. Has dormido en una cama conmigo.



Cogí su cara entre mis manos y le miré fijamente a los ojos. —Te. Creo.



Su rostro se contrajo de dolor durante una fracción de segundo, antes de cogerme y darme un tierno abrazo. —Maite.



Me agarré con las piernas a su cintura y le abracé. —Te creo.



Cuando regresamos a la casa, William entró en la cocina para abrir una botella de vino mientras yo examinaba con detenimiento las estanterías de la sala de estar, sonriendo al encontrarme el primer libro de la serie de la que le había hablado, de la que había adoptado su apodo, campeón.



Nos tumbamos en el sofá y me puse a leerle mientras él jugaba distraídamente con mi pelo. Estaba pensativo tras nuestro paseo y, al parecer, su mente se encontraba lejos de mí. No me molestó. Nos habíamos dado el uno al otro mucho en lo que pensar durante los últimos dos días.



Cuando subió la marea, el agua quedó justo por debajo de la casa, produciendo un sonido alucinante y una visión aún más asombrosa. Salimos a la terraza y vimos cómo bajaba y subía, convirtiendo la casa en una isla entre las olas.—Vamos a preparar galletas —dije mientras me inclinaba por la barandilla con William abrazado a mi espalda—. En esa chimenea exterior que hay ahí.



Enganchó sus dientes al lóbulo de mi oreja. —Quiero lamer chocolate líquido en tu cuerpo.



Sí, por favor... Me reí. —¿No quema eso?



—No, si lo hago bien.



Me giré para mirarle a la cara y él me levantó y me sentó en la ancha barandilla. Después, se abrió paso entre mis piernas y me abrazó por la cintura. Había una maravillosa paz que acompañaba aquel atardecer y los dos nos hundimos en ella. Le pasé las manos por el pelo, justo como lo hacía la brisa de la noche.—¿Has hablado con Ireland? —le pregunté al acordarme de su hermanastra, que era tan guapa como su madre. La conocí en la fiesta de Vidal Records y enseguida tuve claro que estaba deseando hablar un poco con su hermano mayor o tener noticias de él.



—No.



—¿Qué te parece si la invitamos a cenar cuando venga mi padre a la ciudad?



William inclinó la cabeza hacia un lado mientras me miraba. —¿Quieres que invite a una niña de diecisiete años a cenar conmigo y con tu padre?



—No. Quiero que tu familia conozca a la mía.



—Se va a aburrir.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:17 pm

—¿Cómo lo sabes? —le desafié—. En cualquier caso, creo que tu hermana te adora como si fueses un héroe. Estoy segura de que con tal de que le prestes atención, tendrá suficiente.



—Maite. —Dejó escapar un suspiro de clara exasperación—. Sé realista. No tengo ni la más remota idea de cómo entretener a una adolescente.



—Ireland no es una chica cualquiera. Es...



—¡Me da igual lo que sea!



Entonces, se me ocurrió. —Le tienes miedo.



—Venga ya. —Se mofó.



—Es verdad. Te da miedo. —Y dudé si tendría algo que ver con la edad de su hermana o con el hecho de que se tratara de una chica.



—¿A ti qué te pasa? —se quejó—. Te ha dado por Ireland. Déjala en paz.



—Es la única familia que tienes, William. —Y estaba dispuesta a mantener lo dicho. Su hermanastro Christopher era un gilipoll*** y su madre no se merecía tenerlo en su vida.



—¡Te tengo a ti!



—Cariño. —Suspiré y le envolví con mis piernas—. Sí, me tienes a mí. Pero en tu vida hay espacio para más personas que te quieren.



—Ella no me quiere —murmuró—. No me conoce.


—Creo que en eso te equivocas, pero, de no ser así, te querría si te conociera.



—Ya basta. Volvamos a la cuestión de las galletas.



Traté de sostenerle la mirada, pero fue imposible. Cuando él consideraba que un tema estaba zanjado, no había manera de continuarlo. Así que tendría que dar un rodeo.



—¿Quieres que hablemos de galletas, campeón? —Me pasé la lengua por el labio inferior—. ¿De todo ese chocolate pegajoso en nuestros dedos?



William entrecerró los ojos. Pasé los dedos por sus hombros y los bajé por el pecho.—Quizá me deje convencer para que me untes todo el cuerpo con ese chocolate. También podrías convencerme para que unte el tuyo.



Arqueó la ceja. —¿Intentas hacerme chantaje otra vez con el sexo?



—¿He dicho eso? —Parpadeé inocentemente—. Yo creo que no.



—Lo has insinuado. Así que vamos a ser claros. —Hablaba con voz peligrosamente baja y me miraba con sus ojos oscuros mientras deslizaba la mano por debajo de mi camiseta y me agarraba el pecho desnudo—. Invitaré a Ireland a cenar con tu padre porque te hace feliz y a mí eso me hace feliz.



—Gracias —dije con la respiración entrecortada, pues había empezado a tirar de mi pezón de forma rítmica haciéndome gemir de placer.



—Voy a hacer todo lo que quiera con el chocolate fundido y tu cuerpo porque eso me dará placer a mí y te lo dará a ti. Yo diré cuándo y cómo. Repítelo.



—Tú dirás... —Ahogué un grito cuando su boca envolvió mi otro pezón por encima del algodón elástico—. Oh, Dios.



Me dio un mordisco. —Dilo.



Todo mi cuerpo se tensó, respondiendo rápidamente a su tono autoritario. —Tú dirás cuándo y cómo.



—Hay cosas con las que puedes regatear, cielo, pero tu cuerpo y tu sexo no son negociables.



Le agarré del pelo como una reacción instintiva a su forma incesante y deliciosa de chupar mi sensible pezón. Ya no quería intentar comprender por qué quería que fuera él quien tuviese el control. Simplemente era así. —¿Con qué más voy a negociar? Lo tienes todo.



—Tu tiempo y atención son dos cosas con las que me puedes influir. Haré lo que sea por ellas.



entí un escalofrío. —Me pones húmeda —susurré.



William se separó de la barandilla y me llevó con él. —Porque así es como quiero que estés.

12


William y yo regresamos a Manhattan justo antes de la medianoche del domingo. Habíamos pasado la noche anterior durmiendo separados, pero la mayor parte del día juntos en la cama del dormitorio, besándonos y acariciándonos. Riendo y susurrando. Por un acuerdo tácito no hablamos de nada doloroso durante el resto del tiempo que estuvimos fuera. No quisimos encender la televisión ni la radio porque no nos parecía bien compartir nuestro tiempo con nadie más.



Volvimos a pasear por la playa. Hicimos el amor despacio y durante un largo rato en la terraza de la tercera planta. Jugamos a las cartas y él me ganó en todas las manos. Recargamos pilas y nos recordamos el uno al otro que merecía la pena luchar por lo que habíamos descubierto en nosotros. Fue el día más perfecto de mi vida.



Regresamos a mi apartamento al volver a la ciudad. William abrió la puerta con la llave que yo le había regalado y entramos al espacio oscuro lo más silenciosamente que pudimos para no despertar a Cary.



William me dio las buenas noches con uno de sus besos que quitan el aliento, se dirigió al cuarto de invitados y yo me metí en mi solitaria cama sin él. Echándole de menos. Me pregunté cuánto tiempo estaríamos durmiendo separados. ¿Meses? ¿Años? No quería pensar en ello, así que cerré los ojos y empecé a dejarme llevar.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:18 pm

***

La luz se encendió. —Maite. Levántate. —William entró en la habitación, fue directo a mi vestidor y se puso a rebuscar entre mi ropa.



Yo lo miré parpadeando, y me di cuenta de que se había puesto unos pantalones y una camisa. —¿Qué pasa?



—Es Cary —contestó con tono serio—. Está en el hospital.



Un taxi nos esperaba en la acera cuando salimos de mi edificio. William me dejó pasar
y, después, se colocó a mi lado.



El taxi parecía avanzar muy despacio. Todo parecía moverse despacio. Me agarré a la manga de William. —¿Qué ha pasado?



—Lo agredieron el viernes por la noche.



—¿Cómo lo sabes?



—Tu madre y Stanton han dejado mensajes en mi móvil.



—¿Mi madre...? —Lo miré confundida—. ¿Por qué no me...?



No, no podía llamarme. No me llevé el teléfono. La culpa y la preocupación me invadieron, haciendo que me costara respirar.—Maite.—Me pasó un brazo por encima de los hombros, instándome a que apoyara la cabeza contra él—. No te preocupes hasta que sepamos algo más.



—Han pasado días, William. Y no he estado con él.



Las lágrimas caían por mi rostro y no podía parar, incluso después de llegar al hospital. Apenas me fijé en el exterior del edificio, pues mi atención estaba embotada por la enorme ansiedad que me recorría el cuerpo.



Di las gracias a Dios por tener a William, que se mostraba calmado y se encargaba de todo. Un bedel nos dio el número de la habitación de Cary, pero ahí terminó toda su ayuda. William hizo unas cuantas llamadas en plena noche para conseguir que me dejaran ver a Cary, pese a que no eran horas de visitas. William había sido en ocasiones un generoso benefactor y eso no era algo que se pudiera descartar ni olvidar con facilidad.



Cuando entré en la habitación de Cary y lo vi, el corazón se me hizo añicos y las piernas me empezaron a temblar. William impidió que cayera al suelo. El hombre al que yo consideraba mi hermano, el mejor amigo que había tenido ni tendría nunca, yacía en silencio e inmóvil en la cama.


Tenía la cabeza vendada y los ojos amoratados. Por uno de sus brazos se introducían
vías intravenosas y el otro lo tenía escayolado. De no haber sabido quién era, no lo habría reconocido.



Había flores por todos lados, ramos alegres y coloridos. Había también globos y unas cuantas tarjetas. Supe que algunas serían de mi madre y de Stanton, quienes por cierto, también se estaban ocupando de los cuidados de Cary.



Nosotros éramos su familia. Y todos habían estado allí con él excepto yo.



William me acercó a la cama rodeando mi cintura con brazo firme para sostenerme. Yo sollozaba con densas y abrasadoras lágrimas. Aquello era lo único que yo podía hacer para permanecer en silencio.



Aun así, Cary debió oírme o notar mi presencia. Sus párpados se agitaron y, después, se abrieron. Tenía sus preciosos ojos verdes inyectados en sangre y con la mirada perdida. Tardó un rato en encontrarme. Cuando lo hizo, parpadeó unas cuantas veces y, entonces, las lágrimas empezaron a rodar por sus sienes. —Cary. —Me abalancé sobre él y deslicé la mano entre la suya—. Estoy aquí.



Él me apretó con tanta fuerza que me dolió. —Maite.



—Siento haber tardado tanto. No tenía el teléfono. No tenía ni idea. Habría venido de haberlo sabido.



—Está bien. Ahora sí estás aquí. —Trató de tragar saliva—. Dios... me duele todo.



—Voy a buscar a una enfermera —dijo William, pasando la mano por mi espalda antes de salir en silencio de la habitación.



Vi una pequeña jarra y un vaso con una pajita en la mesa con ruedas. —¿Tienes sed?



—Mucha.



—¿Te puedo incorporar? ¿O no? —Tenía miedo de hacer algo que le causara dolor.



—Sí.



Utilizando el mando que había junto a su mano, levanté la parte superior de la cama
para que estuviese recostado. Después, le llevé la pajita a los labios y vi cómo bebía con avidez. Dejó escapar un suspiro. —Qué alegría volver a verte, nena.



—¿Qué demonios ha pasado? —Dejé el vaso vacío en la mesa y volví a agarrarle la mano.



—Ni put*** idea. —Su voz sonaba débil, casi como un susurro—. Saltó sobre mí con un bate.



—¿Con un bate? —Sólo con pensarlo me puse enferma. Qué brutalidad. Qué violencia...—. ¿Fue un loco?



—Claro que sí —contestó con brusquedad, y una línea de dolor se cruzó entre sus cejas.



Yo di un paso atrás. —Lo siento.



—No. No lo sientas. Mierd***. Estoy... —Cerró los ojos—. Estoy agotado.



Justo entonces entró la enfermera vestida con una bata con dibujos de depresores de lenguas y estetoscopios. Era joven y guapa, de pelo oscuro y ojos endrinos. Revisó el estado de Cary, le tomó el pulso y, a continuación, apretó un botón que colgaba de la barandilla protectora.



—Puedes administrártelo tú mismo cada media hora para el dolor —le dijo—. Simplemente, pulsa este botón. No dispensará la dosis si no ha pasado el tiempo suficiente, así que no tendrás que preocuparte por si lo pulsas demasiado a menudo.



—Una sola vez ya es demasiado —murmuró mientras me miraba.



Comprendí su renuencia. Tenía una personalidad adictiva. Había pasado por una corta fase de yonqui antes de que yo consiguiera hacer que entrara en razón.



Pero era un alivio ver que las arrugas de dolor que había en su frente se suavizaban y que su respiración adoptaba un ritmo más profundo. La enfermera me miró. —Tiene que descansar. Vuelva durante las horas de visita.



Cary me miró con desesperación. —No te vayas.



—No se va a ir a ningún sitio —dijo William entrando de nuevo en la habitación—. He dado orden de que traigan una cama esta noche.



No creí que fuese posible querer a William más de lo que ya le quería, pero, de algún modo, siempre terminaba encontrando el modo de demostrar que me equivocaba.



La enfermera sonrió a William con timidez. —Cary va a necesitar más agua —le dije mientras ella apartaba con desgana la mirada de mi novio para mirarme a mí.



Cogió la jarra y salió de la habitación. William se acercó a la cama y le habló a Cary. —Cuéntame qué pasó.


Cary suspiró. —Trey y yo salimos el viernes, pero él tuvo que retirarse temprano. Yo le acompañé a coger un taxi, pero era imposible hacerlo en la puerta de la discoteca, así que fuimos hasta otra calle. Él se acababa de ir cuando me golpearon en la parte posterior de la cabeza. Me tiró al suelo y me aporreó unas cuantas veces. No tuve ocasión de poder defenderme.



Las manos empezaron a temblarme y Cary me acarició suavemente con el dedo pulgar. —Oye —murmuró—. Enséñame. No metas mi polla en la persona equivocada.



—¿Qué?



Vi que los ojos de Cary se cerraban y, un momento después, era evidente que estaba durmiendo. Miré a William con desesperación al otro lado de la cama. —Me informaré de todo —dijo—. Sal conmigo un momento.



Le seguí, volviendo en repetidas ocasiones la mirada hacia Cary. Cuando cerramos la puerta al salir, le dije: —Dios mío, William, tiene un aspecto horrible.



—Le dieron una buena paliza —dijo con tono serio—. Tiene una fractura en el cráneo, una seria conmoción cerebral, tres costillas astilladas y un brazo roto.



Era terriblemente doloroso escuchar aquella lista de lesiones. —No entiendo por qué iba alguien a querer hacerle esto.



Me atrajo hacia él y presionó los labios contra mi frente. —El médico me ha dicho que es posible que dejen que Cary se vaya dentro de uno o dos días, así que voy a organizar la asistencia a domicilio. Diré también en tu trabajo que no vas a ir.

Hay que decírselo al representante de Cary.



—Yo me encargo.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:20 pm

—Gracias. —Le abracé con fuerza—. ¿Qué haría yo sin ti?



—Eso nunca lo sabrás.

***

Mi madre me despertó a las nueve de la mañana siguiente, entrando inquieta en la habitación de Cary en cuanto dieron comienzo las horas de visita. Me sacó al pasillo, llamando la atención de todos los que estaban cerca. Era temprano, pero estaba impresionante con sus llamativos zapatos de Louboutin de suela roja y con su vestido de tubo de color marfil sin mangas.—¡Maite, no me puedo creer que hayas pasado todo el fin de semana sin el teléfono móvil! ¿En qué estabas pensando? ¿Y si había alguna emergencia?



—Ha habido una emergencia.



—¡Exacto! —Levantó una mano, pues con el otro brazo tenía agarrado el primero por debajo—. Nadie podía ponerse en contacto contigo ni con William. Dejó un mensaje diciendo que te llevaba fuera el fin de semana pero nadie sabía dónde estabais. ¡No me puedo creer que haya sido tan irresponsable! ¿En qué estaba pensando?



—Gracias por haberte ocupado de Cary —la interrumpí, puesto que se estaba
enrollando y repitiéndose—. Significa mucho para mí.



—Bueno, por supuesto. —Mi madre se tranquilizó—. Nosotros también le queremos, ya lo sabes. Esto me tiene destrozada.



El labio inferior le temblaba y buscó en el bolso su pañuelo, siempre a mano. —¿Está investigándolo la policía? —le pregunté.



—Sí, claro, pero no sé si sacarán algo en claro. —Se tocó ligeramente los rabillos de los ojos—. Yo quiero mucho a Cary, pero es un golfo. Dudo que pueda recordar a todas las mujeres y hombres con los que ha estado. ¿Te acuerdas de la subasta benéfica a la que asististe con William? ¿En la que te compré ese sensacional vestido rojo?



—Sí. —Nunca podría olvidarla. Fue la noche en la que William y yo hicimos el amor por primera vez.



—Estoy segura de que Cary se lio con una rubia con la que estuvo bailando esa noche... ¡mientras estaban allí! Desaparecieron y, cuando regresaron... En fin, sé reconocer a un hombre satisfecho. Me sorprendería que él supiera siquiera el nombre de ella.



Recordé lo que Cary había dicho antes de quedarse dormido. —¿Crees que este ataque está relacionado con alguien con quien se haya acostado?



Mi madre me miró pestañeando, como si de pronto recordara que yo no sabía nada. —Le dijeron a Cary que mantuviera las manos lejos de ella... quienquiera que sea esa ella. Los detectives van a venir hoy para tratar de sacarle algunos nombres.



—Dios mío. —Me restregué los ojos ansiando con todas mis fuerzas poder lavarme la cara y, aún más, tomarme una taza de café—. Tienen que hablar con Tatiana Cherlin.



—¿Quién es ésa?



—Una chica con la que Cary se ha estado viendo. Creo que estaría encantada con algo así. El novio de Cary los pilló juntos y ella se quedó tan tranquila. Le encantó ser la causa del drama.



Me rasqué la nuca y entonces me di cuenta de que el cosquilleo que sentía era por otro motivo completamente distinto. Miré hacia atrás y vi que William se acercaba, y sus
largas piernas acortaban la distancia que nos separaba con aquel paso acompasado. Vestido con traje para ir a trabajar, con una gran taza de café en una mano y un pequeño bolso negro en la otra. Él era exactamente lo que necesitaba en ese preciso momento. —Perdóname. —Me acerqué a William y me lancé directa a sus brazos.



—Hola. —Me saludó con los labios sobre mi cabello—. ¿Cómo lo llevas?



—Es horrible. Y absurdo. —Los ojos me ardían—. No necesitaba otro desastre en su vida. Ya ha tenido más que suficiente.



—Tú también. Y estás sufriendo con él.



—Y tú conmigo. —Me puse de puntillas y le besé en la mandíbula. Después, me retiré —. Gracias.



Me dio el café. —Te he traído algunas cosas. Una muda de ropa, tu teléfono y tu tableta electrónica y cosas de aseo.



Sabía que tanta consideración por su parte le pasaría factura, literalmente. Tras un fin de semana fuera tendría que abrirse paso entre una pequeña montaña de trabajo valorada en millones de dólares en lugar de andar por ahí ocupándose de mí. —Dios. Te quiero.



—¡Maite! —La exclamación de sorpresa de mi madre hizo que me estremeciera. Ella era partidaria de reservar los te quieros hasta la noche de bodas.



—Lo siento, mamá. No he podido evitarlo.



William me pasó por el cuello los dedos calientes por el café. —William —empezó a decir mi madre acercándose hasta ponerse justo a nuestro lado —, deberías saber que no puedes llevarte a Maite de viaje sin contar con ningún medio de pedir ayuda. Sé que lo sabes.



Claramente se estaba refiriendo a mi pasado. Yo no estaba segura de por qué creía mi madre que yo era tan delicada que no podía valerme por mí misma. Ella era muchísimo más frágil. Lancé a William una mirada compasiva.



Él sostuvo en el aire el bolso que me había traído y la mirada calmada y segura que había en su rostro transmitía que se sentía absolutamente cómodo tratando con mi madre. Así que dejé que lo hiciera. Yo no podía enfrentarme a ella hasta tomar mi dosis de café.



Volví a entrar en la habitación de Cary y vi que estaba despierto.



Sólo con verlo, las lágrimas brotaron y sentí un nudo en la garganta. Era un hombre muy fuerte y vibrante, lleno de vida y muy revoltoso. Me producía un enorme dolor verle tan destrozado. —Hola —murmuró—. Deja de echar lagrimones cada vez que me ves. Me haces sentir como si me fuera a morir o algo así.



¡Caray! Tenía razón. Mis lágrimas no le hacían ningún bien. Además, el poco alivio que me producían suponía una mayor carga para él. Tenía que ser mejor amiga. —No puedo evitarlo —dije sorbiéndome la nariz—. Qué mal. Alguien se me ha adelantado y te ha dado una paliza antes de que pudiera hacerlo yo.



—¿Ah, sí? —Dejó de fruncir el ceño—. ¿Y qué he hecho ahora?



No me dijiste lo de Brett y los Six-Ninths.


—Sí... —A sus ojos regresó algo de su antiguo destello—. ¿Qué aspecto tenía?



—Bueno. Muy bueno. —Estaba buenísimo, pero me reservé ese pensamiento—. Aunque ahora mismo puede que no tenga mejor aspecto que tú.



Le conté lo del beso y la pelea de después. —Cross le dio una paliza, ¿eh? —Cary negó con la cabeza, hizo después un gesto de dolor y se quedó quieto—. Hay que tener pelotas para enfrentarse a Brett. Es un matón de bar al que le gustan las peleas.



—Y William es un experto en diferentes artes marciales. —Empecé a rebuscar en el bolso que William me había traído—. ¿Por qué no me habías dicho que los Captive Soul habían firmado con una discográfica importante?



—Porque no quería que cayeras en ese agujero otra vez. Hay chicas que pueden salir
con estrellas del rock, pero tú no eres una de ellas. Todo el tiempo que pasan en la carretera, todas las fans... Te volverías loca y lo volverías loco a él.



Lo fulminé con la mirada. —Estoy absolutamente de acuerdo contigo. Pero me ofende que creas que volvería corriendo con él porque tiene éxito.



—Ése no es el motivo. No quería que escucharas su primer sencillo si se podía evitar.



—¿«Rubia»?



—Sí... —Me estudió mientras me dirigía al baño—. ¿Qué te pareció?



—Es mejor que una canción que se titule «Me la he tirado».



Soltó una carcajada y esperó a que volviera a salir con la cara lavada y el cabello cepillado —Entonces... ¿Le besaste?



—Ése es el principio y el final de la historia —respondí fríamente—. ¿Has hablado con Trey desde el viernes?



—No. Se han llevado mi teléfono. También la cartera, supongo. Cuando recuperé la conciencia, estaba aquí, vestido con esta cosa tan monstruosa —dijo levantándose la bata del hospital.



—Voy a ir a por tus cosas. —Volví a meter en el bolso los artículos del baño y, a continuación, fui a sentarme en la silla que había a su lado con mi café en la mano—.William está preparándolo todo para llevarte a casa con una enfermera privada.



—Vaya... Ésa es una fantasía que tengo. ¿Puedes asegurarte de que la enfermera esté buena? ¿Y soltera?



Lo miré sorprendida. Aunque en el fondo me aliviaba ver que su aspecto y su voz empezaban a parecerse más a él mismo. —Es evidente que te encuentras mejor si estás tan juguetón. ¿Cómo te fue con Trey?



—Bien —contestó con un suspiro—. Me preocupaba que no se encontrara a gusto en la fiesta. Había olvidado que ya conocía a mucha de la gente.



Cary y Trey se habían conocido en una sesión de fotos en la que Cary era el modelo y Trey el ayudante del fotógrafo detrás de la cámara. —Me alegra saber que lo pasasteis bien.



—Sí. Él estaba absolutamente decidido a no acostarse conmigo.



—Así que lo intentaste... después de haber dicho que no lo harías.



—Es de mí de quien estamos hablando. —Puso los ojos en blanco —. Joder, sí. Lo intenté. Está bueno y es estupendo en la cama....



—... y está enamorado de ti.



Dejó salir en un torrente la respiración que tenía contenida, haciendo una mueca de dolor mientras el pecho se expandía. —Nadie es perfecto.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:21 pm

Tuve que reprimir una carcajada. —Cary Taylor, estar enamorado de ti no es un defecto.



Bueno, tampoco es lo más inteligente. He sido un gilipollas con él —murmuró contrariado—. Puede aspirar a algo mucho mejor.



—Eso no es una decisión que puedas tomar por él.



—Alguien tiene que hacerlo.



—Y tú te ofreces voluntario porque también lo quieres. —Sonreí—. ¿Tan malo te parece?



—No le quiero lo suficiente. —De su rostro desapareció todo signo de frivolidad, dejando detrás al hombre herido y solitario al que yo conocía tan bien—. No puedo ser fiel, como él quiere. Solos él y yo. Me gustan las mujeres. De hecho, me encantan. Sería como hacer desaparecer la mitad de mí. Sólo pensarlo hace que me enfade con él.



Te has esforzado mucho para aceptarte —dije con tono suave, recordando aquella época con algo más que una punzada de tristeza —. Te comprendo perfectamente y no estoy en desacuerdo contigo, pero ¿has probado a hablar de ello con Trey?



—Sí, lo he hablado con él. Me estuvo escuchando. —Se pasó los dedos por la ceja—. Le entiendo, de verdad. Si me dijera que quiere tirarse a otro tío mientras está saliendo conmigo, me cabrearía mucho.



—¿Pero no si fuera con una mujer?



o. No lo sé. Mierd***. —Sus ojos verdes inyectados en sangre me miraron suplicantes—. ¿Habría alguna diferencia para ti si Cross se estuviera folland*** a otro tío? ¿O simplemente a una mujer?



La puerta se abrió y entró William. Le sostuve la mirada mientras respondí: —Si la polla de William tocara algo aparte de su mano o mi cuerpo, habríamos terminado. Me miró sorprendido. —Vaya.



Yo sonreí dulcemente y le guiñé un ojo. —Hola, campeón.



—Hola, cielo.— Miró a Cary—. ¿Cómo te encuentras esta mañana?



Cary retorció los labios irónicamente. —Como si me hubiese atropellado un autobús... o un bate.



—Estamos organizándolo todo para instalarte en casa. Parece que lo conseguiremos para el miércoles.



—Tetas grandes, por favor —dijo Cary—. O fuertes músculos. Cualquiera de las dos cosas me sirve.


William me miró. Yo sonreí. —Habla del enfermero o la enfermera privada.



—Ah.



—Si es una mujer —continuó Cary—, ¿puedes pedirle que lleve uno de esos vestidos blancos de enfermera que llevan cremallera por la parte frontal?



—Sólo puedo imaginarme el frenesí de los medios de comunicación con la demanda por acoso sexual —respondió William fríamente—. ¿Qué tal en su lugar una colección de porno con enfermeras traviesas?



—Tío, tú sí que sabes. —Cary le dedicó una amplia sonrisa y, por un momento, se pareció al que solía ser. William me miró.



—Maite.



Me puse de pie y me incliné para besar a Cary en la mejilla. —Vuelvo enseguida.



Salimos de la habitación y vi a mi madre manteniendo una conversación con el médico, que parecía deslumbrado por ella. —He hablado con Garrity esta mañana —dijo William refiriéndose a Mark, mi jefe—. Así que no te preocupes por eso.



No lo estaba porque él había dicho que se ocuparía de ello. —Gracias. Tendré que ir mañana. Voy a ver si puedo ponerme en contacto con Trey, el novio de Cary. Quizá él pueda quedarse aquí mientras yo voy a trabajar.



—Dime si necesitas alguna ayuda con eso. —William miró su reloj —. ¿Quieres volver a quedarte aquí esta noche?



—Sí, si es posible. Hasta que Cary vuelva a casa.



Cogió mi cara entre sus manos y apretó sus labios contra los míos. —De acuerdo. Tengo mucho trabajo con el que ponerme al día. Recarga tu teléfono móvil para que pueda llamarte.



Oí un leve zumbido. William se apartó y metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta para sacar el teléfono. —Tengo que contestar. Hablamos luego —dijo tras mirar la pantalla.



Y entonces, se fue, caminando por el pasillo con la misma rapidez con la que había venido. —Va a casarse contigo —dijo mi madre, apareciendo a mi lado—. Lo sabes, ¿verdad?



No, no lo sabía. Yo seguía sintiendo un pequeño destello de gratitud cada mañana
cuando me despertaba y me daba cuenta de que seguíamos juntos. —¿Por qué dices eso?



Mi madre me miró con sus ojos azules de bebé. Era uno de los pocos rasgos físicos que no compartíamos. —Te ha absorbido por completo y se ha hecho con el control de todo.



—Simplemente porque ése es su carácter.



—Es el carácter de los hombres poderosos —aclaró extendiendo los brazos para arreglarme mi absurda cola de caballo—. Y te va a mimar porque está haciendo una inversión en ti. Eres un activo para él. Eres guapa, de buena educación y bien relacionada, y rica sin él. También estás enamorada de él y no puede apartar los ojos de ti. Apuesto a que tampoco puede apartar las manos de encima de ti.



—Mamá, por favor. —No estaba de mucho humor para una de sus lecciones sobre cómo cazar a un hombre rico y casarse con él.



—Maite Lauren —me reprendió mirándome directamente a los ojos —. No me importa si me escuchas porque soy tu madre y tienes que hacerlo o porque estás enamorada de él y no quieres perderlo, pero vas a escucharme.



—No tengo otra opción —murmuré.



—Ahora eres un activo —repitió—. Debes cuidar que las decisiones que tomes en tu vida no te conviertan en un bien pasivo.



—¿Te refieres a Cary? —La rabia hizo que mi voz se volviera más aguda.



—Me refiero a la magulladura que tiene William en la mandíbula. Dime que no tiene nada que ver contigo.



Me ruboricé. Chasqueó la lengua. —Lo sabía. Sí, es tu amante y ves un lado íntimo de él que pocos pueden ver, pero no olvides nunca que también es William Cross. Tienes todo lo que necesitas para convertirte en la esposa perfecta de un hombre de su altura, pero aun así, eres sustituible, Maite. Lo que él ha construido, no. Si pones en peligro su imperio, te dejará.



Apreté los dientes. —¿Has terminado?



Me pasó los dedos por las cejas, con mirada perspicaz y calculadora.



Supe que en su mente me estaba haciendo una pequeña transformación, pensando en modos de mejorar lo que me había dado al nacer. —Crees que soy una cazafortunas sin corazón, pero lo que me mueve es la maternidad, lo creas o no. Deseo con toda mi alma que estés con un hombre que tenga el dinero y los medios para protegerte con todo lo que tenga, así sabré que estás a salvo. Y quiero que estés con un hombre al que amas.



—Lo he encontrado.



—Y no sabes lo mucho que me alegra. Me encanta que sea joven y aun así, que esté dispuesto a correr riesgos, mostrándose indulgente y comprensivo con tus... peculiaridades. Y lo sabe todo —susurró, suavizando la mirada y volviéndose más cristalina—. Pero ten cuidado. Es lo único que trato de decirte. No le des motivos para apartarse de ti.



—Si lo hiciera, no sería amor.


Adoptó una fría sonrisa y me besó en la frente. —Vamos. Eres mi hija. No puedes ser tan ingenua.



—¡Maite!



Me giré al escuchar mi nombre y sentí un enorme alivio al ver a Trey dirigiéndose a toda prisa hacia mí. Era de estatura media y tenía un cuerpo bonito y musculado y el pelo rubio y despeinado, ojos de color avellana y una nariz algo angulosa que me hizo pensar que se la debió romper alguna vez. Iba vestido con unos vaqueros desgastados y raídos y una camiseta y me sorprendió el hecho de que no fuera del tipo llamativo tan habitual en Cary. Parecía que por una vez la atracción había sido menos superficial.



—Acabo de enterarme —dijo cuando llegó a mi lado—. Esta mañana han venido unos detectives a mi trabajo a interrogarme. No me puedo creer que esto ocurriera el viernes por la noche y yo me esté enterando ahora.



Yo no pude utilizar contra él el mismo tono ligeramente acusatorio.
—Yo misma me he enterado a primera hora de esta mañana. Estaba fuera de la ciudad.



ras una rápida presentación entre mi madre y Trey, ella se excusó para ir a sentarse con Cary, dejando que fuera yo quien le ampliara a Trey la información que le había dado la policía.


Trey se pasó las manos por el cabello, haciendo que pareciera aún más despeinado. —Esto no habría pasado si me lo hubiese llevado cuando me fui.



—No puedes culparte.



—¿A quién más voy a culpar por el hecho de que esté follándose a la chica de otro? — Se puso la mano en la nuca—. Soy yo el que no es suficiente para él. Tiene el apetito de un adolescente hormonando y yo estoy en el trabajo o estudiando todo el maldito tiempo.



¡Uf! Eso era mucho más de lo que yo quería saber y traté de no hacer ninguna mueca. Pero comprendí que probablemente Trey no tenía a nadie más con quien poder hablar tranquilamente sobre Cary. —Es bisexual, Trey —dije con tono suave, levantando una mano tranquilizadora para pasarla por su bíceps.



—No sé cómo vivir con esto.



—¿Por qué no te piensas acudir a un psicólogo? Los dos, quiero decir.



Me miró con ojos angustiados durante un largo rato y, a continuación, dejó caer los hombros. —No sé. Creo que tengo que decidir si puedo aceptar que me engañe. ¿Tú podrías, Maite? ¿Podrías quedarte en casa esperando a tu hombre sabiendo que está con otra persona?



—No. —Un gélido escalofrío me recorrió el cuerpo al decirlo—. No, no podría.



—Y ni siquiera sé si Cary aceptaría ir a terapia. Siempre intenta alejarme. Me quiere pero, después, no. Se compromete y, a continuación, no lo hace. Quiero entrar en su vida, Maite, del mismo modo que dejó que tú entraras, pero siempre está cerrándome la puerta.



—Yo tardé mucho tiempo en abrirme paso hasta él. Trató de alejarme con el sexo, siempre seduciéndome, provocándome. Creo que el viernes tomaste la decisión correcta al mantenerlo de manera platónica. Cary cree que su valor está en su apariencia y su atractivo sexual. Tienes que demostrarle que no es sólo su cuerpo lo que quieres.



Trey dejó escapar un suspiro y cruzó los brazos. —¿Es así como os hicisteis tan amigos? ¿Porque no te acostabas con él?



—En parte. Sobre todo es porque soy un desastre. Ahora no resulta tan obvio como cuando nos conocimos, pero él sabe que no soy perfecta.



—¡Yo tampoco lo soy! ¿Quién lo es?



—Cree que eres mejor que él, que te mereces algo mejor. —Sonreí —. Y en cuanto a mí... bueno, apuesto a que una parte de él cree que lo merezco. Que nos merecemos el uno al otro.



—Qué cabró*** —murmuró.



—Así es él —confirmé—. Por eso es por lo que lo queremos, ¿no? ¿Quieres entrar a verlo? ¿O quieres irte a casa a pensar en ello?



—No. Quiero verlo. —Trey echó los hombros hacia atrás a la vez que elevaba el mentón—. No me importa qué es lo que le haya traído hasta aquí. Quiero estar con él mientras esté pasando por esto.



—Me alegra oírlo. —Pasé mi brazo por el suyo y le llevé a la habitación de Cary.



Entramos con el sonido de la risa vibrante y juvenil de mi madre.



Estaba sentada en el filo de la cama y Cary le sonreía con adoración. Para él era su madre tanto como lo era para mí y la quería mucho por ello. Su propia madre le había odiado, había abusado de él y había permitido que otros también lo hicieran.



Levantó los ojos y nos vio y las emociones que pasaron por su cara en ese momento me hicieron sentir una presión en el pecho. Oí que a Trey se le entrecortaba la respiración nada más ver el estado de Cary. Me odié por no haberle avisado con antelación de que no cometiera el error de ponerse a llorar como hice yo. Trey se aclaró la garganta.



—Eres la reina del drama —dijo con hosco afecto—. Si querías flores, no tenías más que pedirlas. Esto es demasiado.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:22 pm

—Y nada efectivo, al parecer —replicó Cary con voz ronca, claramente tratando de recobrar la compostura—. No veo flor ninguna.



—Yo veo toneladas. —Trey pasó brevemente la vista por la habitación y, a continuación, volvió a mirar a Cary—. Sólo quería saber a qué me enfrentaba, para así derrocar a mis oponentes.



Fue imposible no ver el doble sentido de aquella afirmación. Mi madre se levantó de la cama. Se inclinó y besó a Cary en la mejilla. —Me llevo a Maite a desayunar. Volveremos dentro de una hora o así.



—Dadme un segundo y dejaré de molestaros, chicos —dije pasando junto a la cama rápidamente. Cogí mi teléfono y el cargador del bolso y lo puse en un enchufe junto a la ventana.



En cuanto se encendió la pantalla, envié un rápido mensaje compartido a Shawna y a mi padre que simplemente decía: «Luego te llamo».



Después, me aseguré de que el teléfono estuviera en modo silencio y lo dejé en el alféizar de la ventana. —¿Lista? —preguntó mi madre.



—Más que nunca.



13



El martes por la mañana tuve que levantarme antes del amanecer.



Le dejé una nota a Cary donde la viera nada más despertarse y, después, salí a coger un taxi que me llevara a nuestra casa. Me duché, hice café y traté de convencerme de que no pasaba nada malo. Estaba estresada y sufría la falta de sueño, lo cual siempre conduce a pequeños brotes de depresión.



Me dije a mí misma que no tenía nada que ver con William, pero el nudo que sentía en el estómago me indicaba lo contrario. Miré el reloj y vi que eran las ocho pasadas. Tendría que salir pronto porque William no me había llamado ni me había enviado ningún mensaje diciéndome que me llevaría él. Habían pasado casi veinticuatro horas desde la última vez que le había visto o tan siquiera hablado con él de verdad. La llamada que le hice a las nueve de la noche anterior había sido menos que breve. Estaba en medio de algo y apenas nos dijimos hola y adiós.



Yo sabía que él tenía mucho trabajo. Sabía que no debía enfadarme con él por tener que pagar con horas extra por el tiempo que estuvimos fuera para poder ponerse al día. Me había ayudado mucho para enfrentarme a la situación de Cary, más de lo que cualquiera hubiese esperado. A mí me tocaba averiguar cómo me sentía al respecto.



Me terminé el café, enjuagué la taza y, después, cogí el bolso para salir.


Mi calle bordeada de árboles estaba tranquila, pero el resto de Nueva York se había despertado con su incesante energía, emitiendo un zumbido con una fuerza tangible. Mujeres con elegante ropa de trabajo y hombres con traje trataban de parar los taxis que pasaban a toda velocidad, antes de conformarse con autobuses llenos de gente o con el metro. Había puestos de flores que explotaban con colores brillantes y ver aquello siempre conseguía alegrarme por las mañanas, al igual que la visión y el olor procedente de la panadería del barrio, que a esas horas estaba en pleno funcionamiento. Había bajado un poco por Broadway cuando sonó mi teléfono.



La pequeña emoción que atravesó mi cuerpo al ver el nombre de William hizo que acelerara el paso. —Hola, forastero.



—¿Dónde demonios estás? —preguntó bruscamente.



Un escalofrío de desasosiego echó por tierra mi emoción.
—Voy camino del trabajo.



—¿Por qué? —Habló con alguien tapándose el auricular y continuó después—: ¿Estás en un taxi?



—Voy andando. Dios mío. ¿Te has levantado con el pie izquierdo o qué?



—Debías haber esperado a que te recogieran.



—No he tenido noticias tuyas y no quería llegar tarde después de no haber ido ayer a trabajar.



—Me podrías haber llamado en lugar de irte sin más. —Su voz sonaba grave y enfadada. Yo también me enfadé.



—La última vez que te llamé estabas demasiado ocupado como para concederme más de un minuto de tu tiempo.



—Tengo cosas que atender, Maite. Dame un respiro.



—Claro. ¿Qué tal ahora? —Colgué y dejé caer el teléfono de nuevo en el bolso.



Empezó a sonar de nuevo inmediatamente y no le hice caso. Me hervía la sangre. Cuando el Bentley se detuvo a mi lado unos minutos después, yo seguí caminando. Se puso en marcha otra vez mientras se bajaba la ventanilla delantera.



ngus se inclinó hacia ese lado. —Por favor, señorita Tramell.



Me detuve y lo miré. —¿Estás solo?



—Sí.



Con un suspiro, entré en el coche. Mi teléfono seguía sonando sin parar, así que lo cogí y lo puse en silencio. Una manzana después escuché la voz de William por los altavoces del coche. —¿La has recogido?



—Sí, señor —contestó Angus.



La línea se cortó. —¿Qué narices le pasa? —pregunté mirando a Angus por el espejo retrovisor.



—Tiene muchas cosas en las que pensar.



Lo que quiera que fuera, estaba claro que no era yo. No podía creer que estuviese siendo tan imbécil. La noche anterior también había estado seco, pero no grosero.



Pocos minutos después de llegar al trabajo, Mark apareció en mi puesto. —Siento lo de tu compañero de piso —dijo colocando una taza de café recién hecho sobre mi escritorio—. ¿Se pondrá bien?



—Sí. Cary es fuerte. Se recuperará. —Dejé mis cosas en el cajón de abajo de mi escritorio y cogí agradecida la taza humeante—. Gracias. Y gracias también por lo de ayer.



Sus ojos oscuros me miraron con preocupación y calidez. —Me sorprende verte hoy aquí.



—Necesito trabajar. —Conseguí poner una sonrisa a pesar de que en mi interior sentía que todo estaba del revés y dolorido. Nada iba bien en mi vida cuando las cosas entre William y yo tampoco iban bien—. Ponme al día con lo que me he perdido.



La mañana pasó rápidamente. Tenía una lista de cosas que revisar desde la semana anterior y Mark tenía hasta las once y media para darle la vuelta a una licitación de un fabricante de productos de promoción. Cuando hubimos enviado la licitación, volví a la rutina dispuesta a olvidar el mal humor de William de esa mañana. Me pregunté si habría tenido otra pesadilla y no había dormido bien. Decidí llamarle cuando llegara la hora del almuerzo, por si acaso.



Y entonces, miré en mi bandeja de entrada. La alerta de Google que había establecido con el nombre de William me estaba esperando. Abrí el correo electrónico esperando hacerme una idea de en qué estaría trabajando. Las palabras «antigua prometida» en algunos de los titulares aparecieron ante mí. El nudo que había sentido en el estómago esa misma mañana regresó, con más fuerza que antes.



Entré en el primer enlace, que me llevó a un blog de cotilleos donde había fotografías de William y Corinne cenando en Tableau One. Estaban sentados muy juntos en la ventana de la fachada y la mano de ella descansaba íntimamente sobre el antebrazo de él. William tenía puesto el traje que el día anterior había llevado en el hospital, pero, de todos modos, comprobé la fecha, esperando desesperadamente que las fotos fueran antiguas. No lo eran.



Las palmas de las manos me empezaron a sudar. Me torturé entrando en todos los enlaces y estudiando cada fotografía que encontraba. Él sonreía en algunas de ellas y parecía especialmente contento para tratarse de un hombre cuya novia estaba en un hospital con su mejor amigo apaleado casi hasta morir. Sentí ganas de vomitar. O de gritar. O de irrumpir en el despacho de William y preguntarle qué demonios pasaba. Él me había ninguneado cuando yo lo llamé la noche anterior... para ir a cenar con su ex.



Di un brinco cuando sonó mi teléfono. Lo cogí recitando con voz inexpresiva: «Despacho de Mark Garrity, le habla Maite Tramell». —Maite—Era Megumi, de recepción, y sonaba tan alegre como siempre—. Hay alguien que pregunta por ti abajo. Brett Kline.



Me quedé en silencio un momento largo, dejando que aquello penetrara en mi febril cerebro. Reenvié el resumen de la alerta al correo electrónico de William para que él supiera que yo lo sabía. —Ahora mismo bajo —contesté.



Vi a Brett en el vestíbulo nada más pasar por los torniquetes de seguridad. Llevaba unos vaqueros negros y una camiseta de los Six-Ninths. Unas gafas de sol ocultaban sus ojos, pero el pelo de Punt*** con las Punt*** teñidas llamaba la atención, al igual que su cuerpo. Brett era alto y musculoso, más que William, que era fuerte sin ser una mole.



Brett se sacó las manos de los bolsillos al ver que me acercaba y enderezó su postura. —Hola. Qué guapa estás.



Bajé la mirada a mi vestido de manga japonesa con su favorecedor plisado y me di cuenta de que él nunca me había visto vestida con ropa elegante. —Me sorprende que sigas en la ciudad.


Más me sorprendía que me fuera a buscar, pero no lo dije. Me alegraba de que lo hiciera porque había estado preocupada por él. —Vendimos todas las entradas del teatro Jones Beach durante el fin de semana, y luego tocamos en el Meadowlands anoche. Me he escaqueado de los chicos porque quería verte antes de que nos fuéramos para el sur. Te he buscado por internet, he visto dónde trabajas y he venido.



«¡Caray con Google!», pensé con tristeza.



—Me hace mucha ilusión que todo te esté yendo bien. ¿Tienes tiempo para comer algo?



—Sí.



Pronunció su respuesta de forma rápida y ferviente, lo que hizo que saltara cierta alarma en mí. Estaba enfadada, muy dolida y deseando poder vengarme de William, pero no quería engañar a Brett. Aun así, no pude resistir llevarlo al restaurante donde una vez nos habían fotografiado juntos a Cary y a mí, con la esperanza de que los paparazzi volvieran a descubrirme. Así vería William lo que se sentía.



En el taxi, Brett me preguntó por Cary y no se sorprendió al saber que mi mejor amigo se había venido a este lado del país conmigo. —Los dos erais siempre inseparables —dijo—. Excepto cuando se iba a dormir. Salúdalo de mi parte.



—Claro. —No mencioné que Cary estaba en el hospital porque me parecía que era algo demasiado íntimo como para decirlo.



Hasta que estuvimos sentados en el restaurante, Brett no se quitó las gafas, y fue entonces la primera vez que pude ver el moratón que abarcaba desde la ceja hasta la mejilla. —¡Dios mío! —susurré con una mueca de dolor—. Lo siento mucho.



Él se encogió de hombros. —Con el maquillaje no se me ve en el escenario. Y tú me has visto en peores condiciones. Además, yo también di un par de golpes buenos, ¿no?



Recordé las magulladuras en la mandíbula y en la espalda de William y asentí. —Es verdad.



—Así que... —Hizo una pausa cuando llegó el camarero para dejar dos vasos y una botella de agua fría—. Estás saliendo con William Cross.



Me pregunté por qué siempre parecía surgir esa pregunta cuando yo no estaba segura de si la relación iba a continuar. —Hemos estado saliendo.



—¿Vais en serio?
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:23 pm

—A veces parece que sí —contesté con sinceridad—. ¿Tú estás saliendo con alguien?



—Ahora no.



Nos dimos un tiempo para leer el menú y pedir. El restaurante estaba concurrido y había mucho ruido. Apenas podía escucharse la música de fondo por encima del zumbido de las conversaciones y el repiqueteo de los platos procedente de la cocina, que estaba al lado. Nos miramos a través de la mesa, evaluándonos. Sentí las vibraciones de la atracción que había entre los dos. Cuando él se mojó los labios con la punt*** de la lengua, supe que él también lo había notado.



—¿Por qué escribiste «Rubia»? —pregunté de repente, incapaz de contener la curiosidad un minuto más. Tanto con William como con Cary había simulado que no significaba nada, pero me estaba volviendo loca.



Brett se apoyó en el respaldo de la silla. —Porque pienso mucho en ti. La verdad es que no puedo dejar de hacerlo.



—No entiendo por qué.



—Estuvimos juntos seis meses,Maite. Es lo máximo que he estado con nadie.



— Pero no estábamos juntos —argüí. Bajé la voz—. Aparte de sexualmente.



Apretó los labios. —Sé lo que yo era para ti, pero eso no quiere decir que no me doliera.



Me quedé mirándolo un largo rato y el corazón me empezó a latir con fuerza en el pecho. —Debo estar borracha o algo parecido. Tal y como yo lo recuerdo, nos enrollábamos después de los conciertos y luego tú te ibas por tu cuenta. Y si yo no estaba por allí, te ibas con otra.



Él se inclinó hacia delante. —Tonterías. Yo quería que saliéramos. Siempre te pedía que te quedaras.



Respiré profunda y rápidamente un par de veces para tranquilizarme. Apenas podía creer que ahora, casi cuatro años después, Brett Kline estuviera hablándome como entonces había deseado que lo hiciera.



Estábamos juntos en un lugar público, almorzando, casi como en una cita. Me estaba haciendo un lío, y ya me sentía bastante confusa y atolondrada por William. —Yo estaba muy enamorada de ti, Brett. Escribía tu nombre con corazoncitos alrededor, como una adolescente loca de amor. Deseaba con todas mis fuerzas ser tu novia.



—¿Estás de broma? —Extendió la mano y agarró la mía—. Entonces, ¿qué coñ*** pasó?



Bajé la mirada hacia donde él daba vueltas distraídamente al anillo que William me había regalado. —¿Te acuerdas de cuando fuimos a la sala de billar?



—Sí, ¿cómo iba a olvidarlo? —Se mordió el labio de abajo, claramente recordando el polvo que le había echado en el asiento de atrás de su coche, decidida a que fuera el mejor que hubiese echado nunca para que dejara de fijarse en otras chicas—. Creía que había llegado el momento en que íbamos a empezar a vernos fuera del bar, pero me plantaste en el momento en que entramos.



—Fui al baño —contesté en voz baja, recordando el dolor y la vergüenza, como si aquello acabara de ocurrir—, y cuando salí, tú y Darrin estabais cambiando monedas para las mesas de billar. Me estabas dando la espalda, así que no me viste. Os oí hablar... y reíros.



Respiré hondo y retiré la mano. En su favor, debo decir que la expresión de Brett era de clara vergüenza.—No recuerdo exactamente lo que dijimos, pero.... Joder, Maite. Tenía veintiún años. El grupo empezaba a hacerse famoso. Había chicas por todas partes.



—Lo sé —contesté con frialdad—. Yo era una de ellas.



—Para entonces, ya había estado contigo varias veces. Al llevarte conmigo a la sala de billar estaba dejando claro a los demás que las cosas entre nosotros estaban avanzando. —Se frotó la ceja en un gesto muy típico de él—. No tuve huevos de admitir lo que sentía por ti. Hice que girara en torno al sexo, pero no era verdad.



evanté mi vaso y bebí, haciendo que se deshiciera el nudo que sentía en la garganta. Él dejó caer la mano sobre el brazo del sillón. —Así que la fastidié por bocazas. Por eso me dejaste tirado esa noche. Por eso no volviste a ir conmigo a ningún otro sitio.


—Estaba desesperada, Brett —admití—, pero no quería que se me notara.



El camarero nos trajo la comida. Me pregunté por qué había pedido nada. Estaba demasiado nerviosa como para comer.



Brett empezó a cortar su filete atacándolo de verdad. De repente, dejó en la mesa el cuchillo y el tenedor. —Metí la pata entonces, pero ahora todos saben lo que tengo en la cabeza. «Rubia» es nuestra canción más conocida. Es lo que nos ha permitido firmar con Vidal.



Ver cómo se cerraba el círculo me hizo sonreír. —Es una canción preciosa y tu voz suena impresionante cuando la cantas. Me alegra de verdad que hayas venido a verme antes de irte. Significa mucho para mí que hayamos hablado de esto.



—¿Y si no quiero irme? —Respiró hondo y soltó el aire de pronto—. Has sido mi musa durante los últimos años, Maite. Gracias a ti he escrito las mejores canciones que ha tenido nunca el grupo.



—Eso es muy halagador... —empecé a decir.



—Saltaban chispas cuando estábamos juntos. Todavía ocurre. Sé que lo sientes así. Por el modo en que me besaste la otra noche...



—Aquello fue un error. —Entrelacé las manos por debajo de la mesa. No podía soportar más dramatismos. No podía pasar otra noche como la del viernes—. Y tú debes pensar en el hecho de que William tiene el control de tu discográfica. No querrás tener problemas ahí.



—Que le den. ¿Qué va a hacer? —Golpeteaba con los dedos sobre la mesa—. Quiero volver a intentarlo contigo.



Negué con la cabeza y cogí mi bolso. —Eso es imposible. Aunque no tuviera novio, no soy la chica más adecuada para tu estilo de vida, Brett. Soy difícil de complacer.



—Lo recuerdo —dijo toscamente—. Dios, cómo lo recuerdo.



Me ruboricé. —No me refería a eso.



—Y no es eso lo único que quiero. Puedo estar a tu lado. Mírame ahora.



El grupo está en la carretera pero tú y yo estamos juntos. Puedo dedicarte tiempo. Quiero hacerlo. —No es tan fácil. —Saqué dinero de mi cartera y lo dejé sobre la mesa—. No me conoces. No tienes ni idea de lo que implicaría tener una relación conmigo, del esfuerzo que requiere.



—Ponme a prueba —me retó.



—Soy exigente, dependiente y muy celosa. Te volvería loco en una semana.



—Siempre me has vuelto loco. Eso me gusta. —Su sonrisa desapareció—. No sigas huyendo, Maite. Dame una oportunidad.



Lo miré a los ojos y le sostuve la mirada. —Estoy enamorada de William.


Me miró sorprendido. Pese a estar destrozado, su cara era imponente. —No te creo.



—Lo siento. Tengo que irme. —Me puse de pie dispuesta a marcharme. Me agarró del codo.



—Maite...



—Por favor, no montes una escena —susurré, arrepintiéndome de mi impetuosa decisión de ir a comer a un lugar tan concurrido.



—No has comido.



—No puedo. Tengo que irme.



—Bien. Pero no me voy a rendir. —Me soltó—. Cometo errores, pero aprendo de ellos.



Me incliné sobre él y le hablé con firmeza. —No tienes ninguna posibilidad. Ninguna.



Brett clavó el tenedor en su filete. —Demuéstramelo.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:25 pm

***

El Bentley me estaba esperando en la calle cuando salí del restaurante.



Angus salió y me abrió la puerta de atrás. —¿Cómo sabías dónde estaba? —le pregunté, inquieta ante su inesperada aparición.



Su respuesta fue una sonrisa amable y un toque en la visera de su gorra de chófer. —Es espeluznante, Angus —me quejé mientras subía al asiento de atrás.



—Estoy de acuerdo con usted, señorita Tramell. Simplemente hago mi trabajo.



Le envié un mensaje a Cary en el camino de vuelta al Crossfire: «He comido con Brett. Quiere otra oportunidad conmigo».



Cary contestó: «Las desgracias nunca vienen solas...».



«Todo el día = Mierd***», escribí. «Quiero que empiece de nuevo».



El teléfono sonó. Era Cary. —Nena —dijo arrastrando las palabras—. Quiero ser comprensivo, de verdad, pero este triángulo de amor es muy excitante. La estrella de rock empeñada y el millonario posesivo. ¡Guau!



—Ay, Dios. Tengo que colgar.



—¿Te veo esta noche?



—Sí. Por favor, no hagas que me arrepienta. —Colgué mientras le escuchaba reírse, encantada en el fondo de oírle tan feliz. La visita de Trey había hecho maravillas.



Angus me dejó en la acera frente al edificio Crossfire y yo fui corriendo para huir del calor hacia el fresco vestíbulo. Conseguí entrar en un ascensor antes de que se cerraran las puertas. Había media docena de personas conmigo en la cabina divididas en dos grupos que charlaban entre sí. Yo me quedé en el rincón de delante y traté de sacar de mi mente mi vida privada. No podía pensar en ella en el trabajo. —Vaya, nos hemos pasado de planta —dijo la chica que había a mi lado.



Miré el indicador que había encima de la puerta. El tipo que estaba junto al panel de los botones pulsó repetidamente todos los botones, pero ninguno de ellos se encendía... a excepción del de la planta superior. —Los botones no funcionan.


El pulso se me aceleró. —Utiliza el teléfono de emergencia —propuso una de las otras chicas.



El ascensor seguía subiendo rápidamente y las mariposas de mi estómago aumentaban conforme iba pasando cada planta. Por fin, el ascensor se detuvo en el piso superior y se abrieron las puertas.



William estaba en el umbral y su rostro era una máscara hermosa e impasible. Sus ojos
eran de un azul brillante... y fríos como el hielo. Al verlo, me quedé sin respiración.



En el ascensor, nadie dijo nada. Yo no me moví, rogando que las puertas se cerraran rápidamente. William metió el brazo, me agarró del codo y me sacó. Yo me resistí, demasiado furiosa como para querer nada que tuviera que ver con él. Las puertas se cerraron detrás de mí y él me soltó. —Tu comportamiento de hoy ha sido vergonzoso —gruñó.



—¿Mi comportamiento? ¿Y qué me dices del tuyo?



Me di la vuelta para pulsar el botón y bajar. No se encendió. —Te estoy hablando, Maite.



Miré las puertas de seguridad de Cross Industries y sentí alivio al ver que el recepcionista pelirrojo no estaba en su puesto. —¿Ah, sí? —Lo miré y me odié por seguir encontrándolo tan irresistiblemente atractivo cuando se estaba portando tan mal—. Es curioso que eso no haga que me entere de nada, como por ejemplo, que saliste anoche con Corinne.



—No deberías fisgonear en internet cosas sobre mí —espetó—. Intentas buscar de forma deliberada algo por lo que enfadarte.



—Así que tu comportamiento no es el problema —respondí sintiendo la presión de las lágrimas en mi garganta—. Pero el hecho de que yo me entere de él sí.



Cruzó los brazos. —Tienes que confiar en mí, Maite.



—¡Haces que eso sea imposible! ¿Por qué no me dijiste que ibas a salir a cenar con Corinne?



—Porque sabía que no te gustaría.



Y aun así lo hiciste. —Y eso me dolió. Después de todo lo que habíamos hablado durante el fin de semana... después de que él dijera que comprendía lo que se sentía.



—Y tú has salido con Brett Kline sabiendo que a mí no me gustaría.



—¿Qué te dije? Eres tú quien sienta los precedentes con respecto a cómo me relaciono
con mis antiguos amantes.



—¿Ojo por ojo? ¡Menuda demostración de madurez!



Me aparté de él con un traspiés. No había nada del William que yo conocía en el tipo que tenía delante. Era como si el hombre al que yo quería hubiese desaparecido y el que tenía delante fuera un completo extraño en el cuerpo de William. —Estás consiguiendo que te odie —susurré—. Déjalo ya.



Algo cruzó brevemente por la cara de William, pero desapareció antes de que me diera tiempo a saber qué era. Dejé que su lenguaje corporal se expresara por él. Estaba lejos de mí, con los hombros rígidos y la mandíbula apretada.



Sentí lástima y bajé los ojos. —No puedo estar a tu lado ahora mismo. Deja que me vaya.



William se acercó a los otros ascensores y pulsó el botón de llamada. Dándome la espalda y mirando el indicador, dijo: —Angus te recogerá todas las mañanas. Espérale. Y prefiero que almuerces en tu mesa. Será mejor que no andes dando vueltas por ahí ahora mismo.



—¿Por qué no?



—Estoy muy ocupado en este momento...



—¿Cenando con Corinne?



—... y no puedo estar preocupándome por ti —continuó, ignorando mi interrupción—. Creo que no estoy pidiéndote demasiado.



Algo no iba bien. —William, ¿por qué no hablas conmigo? —Extendí la mano y le acaricié el hombro, pero él se apartó como si le hubiese quemado. Más que cualquier otra cosa, el modo en que rechazó mi caricia me hirió profundamente—. Dime qué está pasando. Si hay algún problema...



—¡El problema es que no sé dónde demonios estás la mitad del tiempo! —exclamó, girándose para reprenderme cuando las puertas del ascensor se abrieron—. Tu
compañero de piso está en el hospital. Tu padre viene de visita. Simplemente... concéntrate en eso.



Entré en el ascensor con los ojos ardiendo. Aparte de para sacarme del ascensor cuando llegué, William no me había tocado. No me había pasado los dedos por la mejilla ni había hecho ningún intento de besarme. Y no hizo mención a que quisiera verme después, pasando por encima del resto del día para decirme que Angus me estaría esperando por la mañana.



Nunca había estado tan confundida. No podía imaginar qué estaba pasando, por qué de repente había aquel enorme abismo entre nosotros, por qué William estaba tan tenso y enfadado, por qué no parecía importarle que hubiese estado almorzando con Brett. Por qué no parecía importarle nada.



Las puertas empezaron a cerrarse. Confía en mí, Maite.



¿Había susurrado esas palabras un segundo antes de que las puertas se cerraran? ¿O simplemente yo deseaba que lo hubiese hecho?

***

En cuanto entré en la habitación de Cary, supo que yo iba falta de energías. Había aguantado una sesión de Krav Maga con Parker, luego me pasé por el apartamento sólo el rato suficiente para ducharme y comer unos insípidos fideos chinos. La descarga de la sal y los carbonos en mi cuerpo tras un día sin comer fue más que suficiente para agotarme más allá del punto de no retorno. —Tienes un aspecto horrible —dijo tras silenciar la televisión.



—Mira quién fue a hablar —respondí, demasiado sensible como para soportar ninguna crítica.



—A mí me han golpeado con un bate de béisbol. ¿Cuál es tu excusa?



Coloqué la almohada y la áspera manta en mi cama y, a continuación, le conté cómo había sido mi día de principio a fin. —Y no he tenido noticias de William desde entonces —terminé con voz cansada—.



Incluso Brett se ha puesto en contacto conmigo después de comer. Ha dejado un sobre en el mostrador de seguridad con su número de teléfono.


También incluía el dinero que dejé en el restaurante. —¿Vas a llamarle? —preguntó Cary.



—¡No quiero pensar en Brett! —Me tumbé boca arriba en la cama y me pasé las manos por el pelo—. Quiero saber qué le pasa a William. ¡Ha sufrido un trasplante completo de personalidad en las últimas treinta y seis horas!



—Puede que sea por esto.



Levanté la cabeza de la almohada y vi que apuntaba a algo que había en su mesa de noche. Poniéndome de pie, vi lo que era... Una revista homosexual. —Trey la ha traído hoy —dijo.



La foto de Cary ocupaba la primera página con la noticia de su asalto e incluía especulaciones sobre que podría haberse tratado de un delito con agravante de discriminación. Mencionaban el hecho de que viviera conmigo y de que yo estuviese viviendo una relación romántica con William Cross sin ninguna razón, aparte de dar un toque jugoso a la noticia.



—Está también en la página web —añadió en voz baja—. Supongo que alguien de la agencia se ha ido de la lengua y la noticia se ha extendido convirtiéndose en una gilipollez política para alguien. Sinceramente me cuesta mucho imaginar que a Cross no le importa...



¿Tu orientación sexual? No, no le importa. Él no es así.



—Pero su equipo de Relaciones Públicas puede pensar otra cosa. Puede que sea por eso por lo que quiere tenerte dentro de su radar. Y si está preocupado porque alguien pueda ir detrás de ti para llegar hasta mí, puede que eso explique por qué quiere que estés escondida y apartada de la calle.



—¿Y por qué no me lo dice? —Dejé la revista en la mesa—. ¿Por qué está siendo tan estúpid***? Cuando estuvimos fuera todo era maravilloso. Él era maravilloso. Creía que habíamos dado un paso adelante. Creía que no era el hombre que había conocido al principio y ahora resulta que es peor. Se ha convertido en este... no sé. Ahora se encuentra a un millón de kilómetros de distancia de mí. No lo comprendo.



—No soy yo a quien debes preguntar, Maite. —Cary me agarró la mano y la apretó—. Es él quien tiene las respuestas.



—Tienes razón. —Fui a por mi bolso y cogí el teléfono—. Vuelvo en un momento.



Fui al pequeño balcón cerrado que estaba al lado de la sala de espera de los visitantes y llamé a William. El teléfono sonó una y otra vez y, al final, conectó con el buzón de voz. Probé con el número de su casa. Tras el tercer toque, William respondió. —¿Sí? —dijo con voz cortante.



—Hola.



Hubo un silencio que duró lo que un latido del corazón y, a continuación: —Espera.



Oí que se abría una puerta. El sonido del teléfono cambió. Había salido de dondequiera que estuviese. —¿Va todo bien? —preguntó.



—No. —Me froté mis cansados ojos—. Te echo de menos.



Suspiró. —Yo... no puedo hablar ahora, Maite.



—¿Por qué no? No entiendo por qué estás siendo tan frío conmigo. ¿He hecho algo malo? —Oí un murmullo y me di cuenta de que había tapado el auricular para hablar con otra persona. Una terrible sensación de traición se aferró en mi pecho haciendo que me costara respirar—. William, ¿quién está contigo en tu casa?



—Tengo que colgar.



—¡Dime quién está contigo!



—Angus estará a las siete en el hospital. Duerme un poco, cielo



La línea se cortó. Bajé la mano y me quedé mirando el teléfono, como si de algún modo pudiera revelarme qué coñ*** acababa de ocurrir. Regresé a la habitación de Cary, sintiéndome débil y triste cuando abrí la puerta.



Cary me miró y soltó un suspiro.—Parece como si acabara de morirse tu cachorrito, nena.



El dique se abrió. Empecé a llorar.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:26 pm

14

Apenas dormí en toda la noche. Di vueltas, me sacudí, dormitando de manera intermitente. Las frecuentes visitas de la enfermera para ver a Cary también me despertaron. Su escáner cerebral y los informes del laboratorio eran buenos y no había nada importante por lo que preocuparse, pero yo no había estado a su lado cuando lo agredieron. Sentía que tenía que estar ahí ahora, durmiera o no.



Justo antes de las seis, me rendí y me levanté de la cama.



Cogí mi tableta y el teclado inalámbrico y me dirigí a la cafetería a por un café. Retiré una silla de una de las mesas y me dispuse a escribirle una carta a William. En el poco tiempo que había conseguido estar con él durante el último par de días no había sido capaz de comunicarle lo que pensaba.



Tendría que hacerlo a través de la escritura. Manteniendo una comunicación regular y abierta era la única forma en que podríamos sobrevivir como pareja.



Le di un sorbo al café y empecé a escribir, dándole las gracias por el precioso fin de semana que habíamos pasado fuera y por lo mucho que había significado para mí. Le dije que pensaba que nuestra relación había dado un paso importante hacia delante durante ese viaje, lo que hacía que la recaída durante esta semana fuera más difícil de soportar... —Maite. ¡Qué agradable sorpresa!



Giré la cabeza y vi al doctor Terrence Lucas de pie detrás de mí, sosteniendo una taza de café desechable como la que yo me había servido.



Iba vestido para trabajar, con pantalones informales, corbata y una bata blanca. —Hola —lo saludé, esperando ocultar mi recelo.



—¿Te importa si me siento contigo? —preguntó dando la vuelta.



—En absoluto.



Vi cómo tomaba el asiento que había a mi lado y volví a recordar el momento de su aparición. Tenía el pelo completamente blanco, sin una brizna de gris, pero su atractivo rostro no tenía arruga alguna. Sus ojos eran de un tono verdoso poco usual y reflejaban inteligencia. Su sonrisa era tan confiada como encantadora. Supuse que sería
popular entre sus pacientes... y entre sus madres.



—Debe haber algún motivo especial —empezó a decir— para que te encuentres en el hospital mucho antes de las horas de visita.


—Mi compañero de piso está aquí. —No le ofrecí más información, pero él lo adivinó.



—Así que William Cross ha hecho uso de su dinero y ha conseguido un buen arreglo para ti. —Negó con la cabeza y dio un sorbo a su café —. Y tú le estás agradecida. Pero ¿qué coste tendrá para ti?



Me apoyé en el respaldo de mi silla, ofendida en nombre de William por el hecho de que su generosidad quedara reducida a tener una motivación posterior. —¿Por qué os tenéis tanta aversión?



Sus ojos perdieron toda dulzura. —Le hizo daño a una persona muy cercana a mí.



A tu esposa. Me lo ha contado. —Estoy segura de que aquello le sorprendió—. Pero ése no fue el comienzo, ¿verdad? Sino la consecuencia.



—¿Sabes lo que hizo y aun así sigues con él? —Lucas apoyó los codos sobre la mesa —. Está haciendo lo mismo contigo. Pareces agotada y deprimida. Eso forma parte del juego para él, ¿sabes? Es un experto a la hora de adorar a una mujer como si la necesitara para respirar. Y luego, de repente, no puede soportar verla.



Aquella declaración fue una descripción dolorosamente exacta de mi actual situación con William. El pulso se me aceleró. Su mirada bajó por mi cuello y, después, de nuevo a mi cara. Su boca se curvó en una sonrisa burlona y cómplice. —Has sufrido esto de lo que te estoy hablando. Va a seguir jugando contigo hasta que dependas de su estado de ánimo para medir el tuyo. Entonces, se aburrirá y te dejará.



¿Qué ocurrió entre vosotros? —Volví a preguntarle sabiendo que ésa era la clave.



—William Cross es un sociópata narcisista —continuó como si yo no hubiese dicho nada—. Estoy convencido de que es un misógino. Utiliza su dinero para seducir a las mujeres y, a continuación, las desprecia por ser lo suficientemente superficiales como para sentirse atraídas por su riqueza. Utiliza el sexo para controlar y nunca se sabe en
qué estado de ánimo te lo vas a encontrar. Eso forma parte de su ataque. Cuando siempre te preparas para lo peor, te mentalizas para sentir una oleada de alivio cuando está de buenas.



—No lo conoces —dije con tono suave, negándome a morder el anzuelo —. Ni tampoco tu mujer.



—Ni tú. —Se apoyó en el respaldo y se bebió el café, aparentando tanta serenidad como yo trataba de tener—. Nadie lo conoce. Es un experto manipulador y un mentiroso. No lo subestimes. Es un hombre retorcido y peligroso, capaz de todo.



—El hecho de que no quieras contar de dónde viene su rencor hacia ti me hace pensar que el culpable eres tú.



—No deberías hacer tantas suposiciones. Hay cuestiones sobre las que no tengo libertad para hablar.



—Qué bien te viene eso.



Soltó un suspiro. —No soy tu adversario, Maite. Y Cross no necesita que nadie pelee sus batallas. No tienes por qué creerme. Francamente, estoy tan resentido que ni siquiera yo me creería si estuviese en tu lugar. Pero tú eres una joven guapa e inteligente.



Últimamente no lo había sido, pero arreglar eso o marcharme, era cosa mía. —Si te retiras un poco —continuó— y ves lo que te está haciendo, lo que piensas de ti misma desde que estás con él, si de verdad te satisface vuestra relación, sacarás tus propias conclusiones.



Se oyó un zumbido y se sacó el teléfono del bolsillo de la bata. —Ah, mi último paciente acaba de llegar al mundo.



Se puso de pie y me miró, colocando la mano sobre mi hombro. —Serás tú la que lo deje. Eso me alegra.



Vi cómo salía con paso alegre de la cafetería y caí sobre el respaldo de mi silla en el momento en que desapareció de mi vista, desinflándome por el agotamiento y la confusión. Miré la pantalla oscurecida de mi tableta. No tenía fuerzas para acabar la
carta.



ecogí y me fui para prepararme para la llegada de Angus.

***

—¿Te apetece comida china?



Levanté la vista del diseño para el anuncio de café con sabor a arándanos que había sobre mi escritorio y vi los cálidos ojos marrones de mi jefe. Me di cuenta de que era miércoles, nuestro día habitual para salir a comer con Steven.



Por un segundo, consideré la posibilidad de excusarme y comer en mi escritorio para contentar a William. Pero con la misma rapidez supe que me arrepentiría si lo hacía. Aún estaba tratando de hacerme una vida en Nueva York, lo cual incluía hacer amigos y tener planes aparte de la vida que compartiera con él.



—Nunca digo que no a la comida china —contesté. Mi primera comida con Mark y Steven había sido de un chino para llevar y la tomamos en la oficina, una noche en la que estuvimos trabajando hasta bien pasada la hora de salida y Steven se pasó para darnos de comer.



Mark y yo salimos a mediodía y yo me negué a sentirme culpable por algo que me gustaba tanto. Steven nos estaba esperando en el restaurante, sentado en una mesa redonda con una bandeja giratoria lacada en el centro. —Hola —me saludó con un gran abrazo y, a continuación, apartó una silla para mí. Me observó mientras los dos nos sentábamos—. Pareces cansada.



upuse que debía de tener un aspecto realmente malo, puesto que todo el mundo me lo decía. —Está siendo una semana difícil.



La camarera se acercó y Steven pidió un aperitivo de dim sum y los mismos platos que habíamos compartido en aquella primera cena tardía: pollo kung pao y ternera con brócoli. —No sabía que tu compañero de piso fuera homosexual. ¿Nos lo habías contado? — dijo Steven cuando volvimos a quedarnos solos.



—En realidad, es bisexual. —Me di cuenta de que Steven, o alguien a quien él conocía, debía haber visto la misma publicación que Cary me había enseñado—. No creo que haya surgido el tema.



—¿Qué tal está? —preguntó Mark con auténtica preocupación.



—Mejor. Puede que vuelva hoy a casa. —Lo cual era algo a lo que le había estado dando vueltas toda la mañana, puesto que William no me había llamado para decirme definitivamente si era así.



—Dinos si necesitas ayuda —se ofreció Steven, abandonando el anterior tono de frivolidad—. Estamos a tu disposición.



—Gracias. No se trató de un delito por discriminación —aclaré—. No sé de dónde ha sacado eso el periodista. Yo respetaba antes a los periodistas. Ahora, sólo unos pocos hacen sus deberes y aún menos saben escribir con objetividad.


—Estoy seguro de que debe ser duro vivir bajo los focos de los medios de comunicación. —Steven me apretó la mano por encima de la mesa. Era un tipo sociable y bromista, pero bajo esa capa de diversión había un hombre formal y de buen corazón—. Pero es algo que debes esperarte cuando haces juegos malabares con estrellas del rock y millonarios.



—Steven —lo reprendió Mark con el ceño fruncido.



—¡Uf! —exclamé arrugando la nariz—. Shawna os lo ha contado.



—Por supuesto que sí —contestó Steven—. Es lo menos que podía hacer después de no haberme invitado a ir con ella al concierto. Pero no te preocupes. No es chismosa. No se lo va a contar a nadie más.



Asentí, sin sentir preocupación alguna al respecto. Shawna era buena gente. Pero aun así, me daba vergüenza que mi jefe supiera que había besado a un hombre mientras estaba saliendo con otro. —No está mal que Cross pruebe su propia medicina —murmuró Steven.



Yo lo miré confundida. Después, vi la mirada compasiva de Mark. Me di cuenta de que la revista gay no era lo único que habían leído. Debían haber visto también las fotos de William y Corinne. Sentí que la cara se me enrojecía de la humillación. —La saboreará si tengo que hacérsela tragar —murmuré.



Steven me miró sorprendido y, después, soltó una carcajada dándome golpes en la mano. —Hazlo, chica.



Acababa de llegar a mi mesa cuando sonó el teléfono. —Despacho de Mark Garrity. Le habla Maite...



—¿Por qué te resulta tan jodidamente difícil seguir órdenes? —preguntó William con tono severo.



Yo me quedé inmóvil, mirando el collage de fotos que él me había regalado, fotografías en las que parecíamos conectados y enamorados. —¿Maite?



—¿Qué quieres de mí, William? —pregunté en voz baja.



Hubo un momento de silencio y, después, él suspiró. —Cary vuelve esta tarde a vuestro apartamento bajo la supervisión de su médico y de una enfermera privada. Estará allí cuando vuelvas a casa.



—Gracias. —Hubo otro momento de silencio en la línea, pero no colgó. Por fin, yo pregunté—: ¿Hemos terminado?



Aquella pregunta tenía un doble significado. Me pregunté si él lo habría entendido o si, al menos, le importaba. —Angus te llevará a casa.



Apreté la mano que sostenía el teléfono. —Adiós, William.



Colgué y volví al trabajo.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:28 pm

***

Comprobé el estado de Cary nada más llegar a casa. Habían apartado su cama a un lado apoyándola en vertical sobre la pared para dejar espacio para una cama de hospital que él pudiera ajustar a su gusto. Estaba dormido cuando entré. Su enfermera estaba sentada en un nuevo sillón abatible leyendo su libro electrónico. Era la misma enfermera que había visto la primera noche en el hospital, aquélla tan guapa y de aspecto exótico que no podía apartar los ojos de William.



Me pregunté cuándo habría hablado con ella, si lo había hecho él mismo u otra persona, y si ella habría aceptado por el dinero, por William o por las dos cosas.



El que yo estuviera demasiado cansada como para que me importara si había sido de una forma u otra decía mucho de mi propia desconexión.



Quizá hubiera gente por ahí cuyo amor podría sobrevivir a todo, pero el mío era frágil. Tenía que nutrirse para poder prosperar y crecer. Me di una ducha larga y caliente y, después, me metí en la cama.



Me puse la tableta electrónica en el regazo y traté de continuar con mi carta a William. Quería expresar mis pensamientos y mis reservas de un modo maduro y convincente. Quería que le resultara fácil comprender mis reacciones ante algunas de las cosas que él hacía y decía, para que pudiese verlo desde mi punto de vista.



Al final, no tuve fuerzas. Pero escribí: No voy a seguir explicándome, porque si continúo, voy a suplicar. Y si no me conoces lo suficientemente bien como para saber que me estás haciendo daño, una carta no va a solucionar nuestros problemas.



Estoy desesperada por ti. Estoy triste sin ti. Pienso en el fin de semana y en las horas que pasamos juntos y no sé qué podría hacer para volver a tenerte así. Y sin embargo, tú pasas el tiempo con ELLA mientras yo paso sola mi cuarta noche sin ti.



Aun a sabiendas de que has estado con ella, quiero arrastrarme de rodillas ante ti y suplicarte que me des las sobras. Una caricia.



Un beso.



Una palabra tierna. Has hecho que me vuelva así de débil.



Odio verme así. Odio necesitarte tanto. Odio estar tan obsesionada contigo.



Odio estar enamorada de ti.



Maite.



Adjunté la carta a un correo electrónico con el asunto «Mis pensamientos... sin censura», y lo envié.



—No te asustes.



Me desperté al escuchar estas tres palabras en una completa oscuridad.



El colchón se hundió cuando William se sentó a mi lado, inclinándose sobre mí y abrazando mi cuerpo y las mantas que nos separaban. Una crisálida y una barrera que permitió que mi mente se despertara sin temor.



La deliciosa e inconfundible fragancia de su jabón y de su champú se mezclaban con el olor de su piel, tranquilizándome junto con su voz.



—Cielo. —Tomó mi boca llevando sus labios hacia los míos Yo le acaricié el pecho con los dedos y noté su piel desnuda. Él gimió y se levantó, inclinándose sobre mí de modo que su boca permaneciera unida a la mía mientras apartaba las mantas.



A continuación, se puso encima de mí y noté su cuerpo desnudo y caliente al acariciarlo. Su boca ardiente bajó por mi cuello y sus manos subían por mi camiseta para poder llegar hasta mis pechos. Sus labios rodearon mis pezones y los chupó y, mientras apoyaba su peso en el colchón sobre un brazo, con la otra mano separaba mis piernas.


Cogió mi sexo en la palma de su mano y deslizó un dedo por el satén hasta el borde de los labios. Movió la lengua por encima de mi pezón poniéndolo duro y tenso, hundiendo los dientes ligeramente dentro de la carne apretada.



—¡William! —Las lágrimas caían como ríos por mis sienes y la insensibilidad a modo de protección que había sentido antes desapareció, dejándome expuesta. Me había estado marchitando sin él, el mundo que me rodeaba estaba perdiendo su dinamismo y el cuerpo me dolía por estar separado del suyo. Tenerlo conmigo... tocándome... era como la lluvia para la sequía. Mi alma se desplegó para él, abriéndose para absorberlo.



Lo amaba tanto.



Su pelo me hacía cosquillas en la piel mientras su boca abierta se deslizaba por mi escote, su pecho se expandía al respirarme, acariciándome con la nariz y regodeándose con mi olor. Llegó a la punt*** de mi otro pecho con una fuerte y profunda succión. El placer me recorrió todo el cuerpo, provocando que mi sexo se apretara contra su dedo provocador.



Bajó por mi torso, lamiéndolo y mordisqueándolo mientras se abría camino a lo largo de mi vientre, mientras la anchura de sus hombros me obligaba a abrir las piernas hasta que su aliento caliente sopló por encima de mi coñ*** resbaladizo. Apretó la nariz contra el húmedo satén, acariciándolo. Aspiró con un gruñido. —Maite. Estaba hambriento de ti.



Con dedos impacientes, William apartó la entrepierna de mis bragas y colocó la boca sobre mí. Me abría con los pulgares y me azotaba el palpitante clítoris con la lengua. Arqueé la espalda con un grito y todos mis sentidos se agudizaron sin poder ver. Inclinó la cabeza y se clavó dentro de aquel temblor abriéndome el sexo, follándome cadenciosamente, provocándome con zambullidas superficiales. —¡Dios mío! —Me retorcí de placer y mi coñ*** se apretaba y se abría con los primeros zumbidos del orgasmo.



Me corrí con un violento torrente mientras el sudor me humedecía la piel y los pulmones me quemaban y se esforzaban por respirar. Sus labios rodeaban mi temblorosa abertura, chupando y hurgando con su lengua.



Me estaba comiendo con una intensidad contra la que yo me sentía indefensa. La carne que había entre mis piernas estaba inflamada y sensible, vulnerable a su hambre feroz. Iba a tener otro orgasmo en pocos momentos e hinqué las uñas en las sábanas.



Tenía los ojos abiertos y cegados por la oscuridad cuando él me quitó la ropa interior y se colocó sobre mí. Sentí cómo el ancho capullo de su polla entraba en los labios de mi sexo y, entonces, embistió entrando hasta el fondo de mí con un gemido animal. Grité, sorprendida por su agresividad y poniéndome más caliente.



William se apartó mientras mis muslos estaban abiertos sobre los suyos.



Me agarró de la cadera, elevándola, inclinándome hasta el ángulo que él buscaba. Balanceó su cadera moviendo la polla dentro de mí, empujándome contra él hasta que yo ahogué un grito de dolor por lo profundo que había entrado. Los labios de mi sexo se aferraron a la misma base de su pene, abriéndose para abarcar la gruesa raíz. Me lo metió todo, cada centímetro, y yo me sentía llena y me encantaba. Llevaba varios días
vacía, tan sola que me dolía.



Él gimió diciendo mi nombre y se corrió lanzando un chorro caliente y denso y ese calor cremoso se extendió a lo largo de su polla porque no quedaba espacio dentro de mí. Se sacudió con violencia y sobre mi piel cayeron gotas de sudor que me inundaron. —Por ti, Maite —dijo jadeando—. Cada gota.



Saliéndose de pronto, me dio la vuelta, me puso boca abajo y me levantó la cadera. Yo me agarré al cabecero de la cama apretando mi cara húmeda contra la almohada. Esperé a que él se metiera en mí y me estremecí cuando sentí su aliento contra mis nalgas. Después, di una fuerte sacudida al notar que lamía la costura de mi cul***. Me lamió con la punt*** de la lengua estimulando la arrugada abertura de mi ano.



Un sonido entrecortado salió de mi cuerpo. No practico sexo anal, Maite.



El apretado anillo del músculo se flexionó al recordar sus palabras, reaccionando sin poder contenerse al delicado revoloteo. En nuestra cama no había nada más aparte de nosotros. Nada podía afectarnos cuando nos estábamos tocando. William apretó mis dos nalgas entre sus manos, inmovilizándome en ese mismo momento. Yo me abrí en dos para él en todos los sentidos, completamente expuesta a su beso exuberante y oscuro.



¡Ah! —Todo el cuerpo se puso en tensión. Tenía la lengua dentro de mí, clavándomela. Mi cuerpo empezó a temblar con aquella sensación, apretando los dedos de los pies y expandiendo y contrayendo mis pulmones mientras él me poseía sin pudor ni reserva—. Ah... Dios.



Me acerqué a su boca y me entregué a él. La afinidad que había entre los dos era brutal y salvaje, casi insoportable. Sentí cómo su deseo me abrasaba, la piel se me volvía febril y el pecho me daba sacudidas con sollozos que no podía controlar.



Metió la mano por debajo de mí y apretó los dedos contra mi dolorido clítoris, frotándolo y masajeándolo. Su lengua me estaba volviendo loca. El orgasmo que se estaba formando dentro de mí lo alentó el hecho de saber que él ya no veía barreras en mi cuerpo. Haría lo que quisiera... poseerlo, usarlo, disfrutarlo. Enterré la cara en la almohada y grité al correrme, con un éxtasis tan salvaje que mis piernas se rindieron y yo caí sobre el colchón.



William se deslizó sobre mi espalda, empujando con su rodilla para que abriera las piernas y cubriendo mi cuerpo con el suyo resbaladizo por el sudor. Me montó metiendo la polla dentro de mí, entrelazando sus dedos con los míos y clavando mis manos a la cama. Yo estaba llena de él, que se mecía sobre mí y se deslizaba hacia
dentro y hacia fuera. —Te necesito desesperadamente —dijo con voz ronca—. Soy un desgraciado sin ti.



Yo me puse en tensión. —No te burles de mí.



—Yo te necesito igual. —Acarició mi pelo con su nariz mientras me follaba despacio y tranquilo—. Estoy igual de obsesionado. ¿Por qué no confías en mí?



Cerré los ojos con fuerza y unas cálidas lágrimas empezaron a brotar de ellos. —No te comprendo. Me estás destrozando.



Giró la cabeza y me clavó los dientes en el hombro. Un gruñido de dolor retumbó en mi pecho y sentí que se corría, dando sacudidas con su polla mientras bombeaba dentro de mí y me llenaba de un semen abrasador.



Relajó la mandíbula y me soltó. Jadeó y siguió agitando la cadera. —Tu carta me ha destrozado.


—No quieres hablar conmigo... No quieres escucharme...



—No puedo —se quejó, apretando los brazos alrededor de mi cuerpo de forma que quedaba completamente a su merced—. Es que... tiene que ser así.



—Yo no puedo vivir así, William.



—Yo también estoy sufriendo, Maite. A mí también me está matando esto. ¿No lo ves?



—No —grité, mientras la almohada se iba mojando bajo mi mejilla.



—¡Entonces deja de darle tantas vueltas y siéntelo! ¡Siénteme!


La noche pasó en una nube borrosa. Yo le castigué con manos y dientes codiciosos, pasando las uñas por su piel y sus músculos sudorosos hasta que soltó un bufido de dolor placentero.



Su deseo era frenético e insaciable, con un matiz de desesperación que me asustaba porque parecía desesperado. Lo sentí como una despedida.
—Necesito tu amor —susurró contra mi piel—. Te necesito.



Me acariciaba todo el cuerpo. Entraba constantemente en mí con su polla, sus dedos o su lengua.



Los pezones me ardían, abiertos de tanto chupar. El sexo me latía con fuerza y lo sentía magullado por sus salvajes y fuertes embestidas. Tenía la piel irritada por la barba de tres días que asomaba en su mandíbula.



La mía me dolía de chupar su gruesa polla. Mi último recuerdo era de él abrazado a mi espalda, con el brazo sobre mi cintura mientras me llenaba por detrás, los dos doloridos, agotados e incapaces de parar.



—No me dejes —supliqué tras jurarle que yo no lo haría.



Cuando me desperté, vi alarmada que se había ido.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:29 pm

15

Me detuve junto a la habitación de Cary antes de salir para el trabajo el jueves por la mañana. Abrí la puerta y asomé la cabeza. Cuando vi que estaba dormido, me dispuse a salir. —Hola —murmuró parpadeando.



—Hola. —Entré—. ¿Cómo estás?



—Contento de estar en casa. —Se tocó el rabillo de los ojos—. ¿Va todo bien?



Sí... Sólo quería verte antes de irme a trabajar. Volveré sobre las ocho. Compraré algo de cenar cuando venga de camino, así que espero un mensaje tuyo a eso de las siete diciendo qué te apetece... —Me interrumpí con un bostezo.



—¿Qué tipo de vitaminas toma Cross?



—¿Cómo?



—Yo siempre estoy cachondo, pero aun así no puedo estar clavándola de esa forma toda la noche. Pensaba todo el rato: «Ahora sí que ha terminado». Y entonces, empezaba otra vez.



Me ruboricé y cambié el peso de un pie a otro.



Se rio a carcajadas. —Aquí está oscuro, pero sé que te has puesto colorada.



—Deberías haberte puesto los auriculares —farfullé.



—No te preocupes por eso. Me alegra saber que mi equipo sigue funcionando. No se me había puesto dura desde antes del asalto.



—No seas asqueroso, Cary. —Me dispuse a salir de la habitación—. Mi padre viene esta noche. Prácticamente mañana. Su vuelo aterriza a las cinco.



—¿Vas a recogerle?



—Claro.



Su sonrisa desapareció. —Vas a matarte como sigas así. No has dormido en toda la semana.



—Ya lo recuperaré. Hasta luego.



—Oye, ¿lo de anoche significa que tú y Cross volvéis a estar bien?



Me apoyé en el quicio de la puerta con un suspiro. —Hay algo que va mal y no quiere contármelo. Le escribí una carta vomitándole prácticamente todas mis inseguridades y neuras.



—Nunca pongas cosas así por escrito, nena.



—Sí, en fin... Lo único que he conseguido ha sido que me folle hasta casi morirme sin saber nada más de cuál es el problema. Ha dicho que tiene que ser así. Ni siquiera sé qué significa eso.



Asintió. —Parece que tú sí lo entiendes.



—Creo que entiendo lo del sexo.



Eso hizo que me recorriera un escalofrío por la espalda. —¿Sexo para desahogarse?



—Es posible —asintió suavemente.



Cerré los ojos y dejé que aquella confirmación no me afectara.



Entonces, me incorporé. —Tengo que irme. Hablamos luego.

***

Lo malo de las pesadillas es que una no puede prepararse para ellas.



Aparecen de repente, cuando eres más vulnerable, provocando estragos y caos cuando estás completamente indefensa.



Y no siempre suceden cuando estás durmiendo.



Yo estaba sentada, aturdida y angustiada mientras Mark y el señor Waters repasaban los detalles de los anuncios del vodka Kingsman, dolorosamente consciente de que William estaba presidiendo la mesa vestido con un traje negro, camisa blanca y corbata.



Me había ignorado deliberadamente desde el momento en que entré en la sala de conferencias de Cross Industries, aparte de un rápido apretón de manos cuando el señor Waters nos presentó. Aquella breve caricia de su piel contra la mía había provocado una descarga por todo mi cuerpo, que inmediatamente lo reconoció como la persona que le había dado placer durante toda la noche. William no pareció detectar ese contacto en absoluto, dirigiendo la mirada por encima de mi cabeza cuando dijo: «Señorita Tramell».



El contraste con la última vez que habíamos estado en aquella sala era enorme. En aquella ocasión no había sido capaz de apartar los ojos de mí. Su mirada había sido abrasadora y descarada y cuando salimos de la habitación, me dijo que quería follarme y que eliminaría cualquier cosa que se interpusiera en su camino impidiéndole hacerlo.



Esta vez, se puso de pie de repente cuando terminó la reunión, dio un apretón de manos a Mark y al señor Waters y salió por la puerta dedicándome una breve e indescifrable mirada. Sus dos directoras salieron a toda prisa detrás de él, las dos morenas y atractivas. Mark me dirigió una mirada inquisitiva desde el otro lado de la mesa. Yo negué con la cabeza.


Volví a mi escritorio. Trabajé aplicadamente el resto del día.



Durante mi descanso para almorzar, me quedé en la oficina y busqué cosas que podía hacer con mi padre. Me decidí por tres posibilidades: el edificio del Empire State, la Estatua de la Libertad y un espectáculo de Broadway, reservando la excursión a la Estatua de la Libertad por si tenía verdadero interés en ir.



Imaginé que también podíamos saltarnos el trayecto en ferry y simplemente verla desde la orilla. Su estancia en la ciudad iba a ser corta y no quería sobrecargarle teniendo que correr de un lado a otro.



En mi último descanso del día, llamé al despacho de William.
—Hola, Scott —dije saludando a su secretario—. ¿Sería posible hablar con tu jefe rápidamente?



—Espera un momento. Voy a ver.



Casi esperaba que rechazara mi llamada, pero un par de minutos después, me pasó. —¿Sí, Maite?



Dediqué el tiempo que dura un latido del corazón para saborear el sonido de su voz. —Siento molestarte. Probablemente sea una pregunta estúpida, considerando cómo están las cosas, pero... ¿vas a venir a cenar mañana para conocer a mi padre?



—Allí estaré —contestó con aspereza.



—¿Vas a llevar a Ireland? —Me sorprendió que la voz no me temblara, teniendo en cuenta el abrumador alivio que sentí.



Hubo una pausa. —Sí —dijo después.



—Vale.



—Hoy tengo una reunión hasta tarde, así que tendré que verte en la consulta del doctor Petersen. Angus te llevará. Yo iré en taxi.



—De acuerdo. —Me dejé caer en la silla sintiendo un destello de esperanza. Que quisiera continuar con la terapia y conocer a mi padre no podían ser más que señales positivas. William y yo estábamos peleados. Pero él no se había rendido aún—. Te veo allí.



Angus me dejó en la puerta de la consulta del doctor Petersen a las seis menos cuarto. Entré y el doctor Petersen me saludó con la mano a través de la puerta abierta de su consulta, levantándose de la silla de detrás de su mesa para estrecharme la mano.



—¿Cómo estás, Maite?



—He estado mejor.



Recorrió mi rostro con sus ojos.—Pareces cansada.



—Eso me dice todo el mundo —contesté con frialdad.



Miró por detrás de mí. —¿Dónde está William?



—Tenía una reunión a última hora, así que hemos venido por separado.



—De acuerdo. —Señaló el sofá—. Ésta es una buena ocasión para que podamos hablar a solas. ¿Hay algo en particular de lo que te gustaría hablar antes de que llegue?



Me acomodé en el sofá y le conté todo al doctor Petersen: el maravilloso viaje a las Outer Banks y, después, la extraña e inexplicable semana que habíamos tenido desde entonces.



—Simplemente no lo comprendo. Creo que tiene problemas, pero no puedo conseguir que me cuente nada. Me ha aislado por completo emocionalmente. La verdad es que empieza a hacerme daño. También me preocupa que su cambio de comportamiento se deba a Corinne. Cada vez que nos damos contra uno de estos muros es por ella.



Me miré los dedos, que estaban retorcidos entre sí. Me recordó a la costumbre de mi madre de retorcer el pañuelo y me obligué a relajar las manos. —Es como si ejerciera algún control sobre él y William no pudiese liberarse de ello, por mucho amor que sienta por mí.



El doctor Petersen levantó la vista de sus notas y me observó. —¿Te dijo que no iba a asistir a su cita del martes?



—No. —Aquella noticia supuso un mazazo—. No me dijo nada.



—Tampoco me lo dijo a mí. No me parece un comportamiento propio de él, ¿verdad?



Negué con la cabeza.



El doctor Petersen cruzó las manos sobre su regazo. —A veces, uno de vosotros, o los dos, podéis retroceder un poco. Eso es de esperar, teniendo en cuenta la naturaleza de vuestra relación. No sólo estáis trabajando en vuestra relación, sino también como personas individuales para poder formar una
pareja.



—Pero yo no puedo seguir con esto. —Respiré hondo—. No puedo seguir con esta dinámica de sube y baja. Me está volviendo loca. La carta que le envié... Fue terrible. Todo lo que había en ella era cierto, pero terrible. Hemos pasado unos momentos realmente bonitos juntos. Me dijo que...



Tuve que parar un momento y, cuando continué, mi voz sonó entrecortada. —Me dijo cosas maravillosas. No quiero perder esos recuerdos bajo otros más feos. Sigo pensándome si debería dejarlo mientras pueda, pero estoy resistiendo porque le prometí a él... y a mí misma... que no huiría más. Que iba a clavar mis pies en el suelo y que iba a luchar por esto.



—¿Eso es algo en lo que sigues trabajando?



—Sí, así es. Y no es fácil. Porque algunas de las cosas que hace... Yo reacciono de formas que he aprendido a evitar. ¡Para no perder el juicio! Hay un momento en el que hay que saber decir que has hecho todo lo que has podido pero que no ha funcionado, ¿no es así?



El doctor Petersen tenía la cabeza ladeada. —Y si no, ¿qué es lo peor que puede pasar?



—¿Me lo pregunta a mí?



—Sí. El peor de los casos.



—Pues... —extendí los dedos sobre mis piernas—, que él se distancie de mí, que eso provoque que yo me enganche aún más y pierda toda la autoestima. Y que terminemos volviendo él a su vida tal y como era antes y yo volviendo a someterme a terapia para tratar de recuperar el juicio.



Él seguía mirándome y había algo en su paciente atención que hacía que continuara hablando. —Temo que no me deje marchar cuando llegue el momento y que yo no sepa cómo hacerlo, que siga enganchada a ese barco que se hunde y termine hundiéndome con él. Simplemente desearía poder confiar en que él le pondrá fin, si llega el momento.


—¿Crees que tiene que ser así?



—No lo sé. Puede. —Aparté la mirada del reloj de la pared—. Pero considerando que son casi las siete y que nos ha dejado plantados a los dos, parece probable.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:31 pm

***

Me pareció una locura que no me sorprendiera ver el Bentley esperando en la puerta de mi apartamento a las cinco menos cuarto de la mañana. El conductor que apareció de detrás del volante cuando yo salí no me era familiar. Era mucho más joven que Angus; imaginé que tendría treinta y pocos años. Parecía latino, con un tono de caramelo en la piel, y pelo y ojos oscuros.



—Gracias —le dije cuando dio la vuelta por la parte delantera del vehículo—, pero voy a coger un taxi.



Al oír aquello, el portero de noche de mi edificio salió a la calle para llamar a uno. —El señor Cross me ha dicho que debo llevarla al aeropuerto de La Guardia —dijo el conductor.



—Puede decirle al señor Cross que no voy a necesitar su servicio de transporte ni ahora ni en el futuro. —Me acerqué al taxi que el portero había detenido, pero me detuve y me di la vuelta—. Y dígale también que se vaya a la mierd***.



Entré en el taxi y me acomodé mientras se ponía en marcha.



Admito que no soy muy imparcial cuando digo que mi padre destaca entre la multitud, pero eso no hace que sea menos cierto. Cuando salió de la zona de seguridad, Victor Reyes llamó la atención.



Medía más de un metro ochenta, estaba en forma, era corpulento y tenía la presencia autoritaria de alguien que lleva una placa de policía. Su mirada rastreó la zona más próxima que le rodeaba, comportándose siempre como un policía incluso cuando no estaba de servicio. Llevaba un bolso de viaje colgado al hombro y vestía vaqueros azules con camisa negra. Tenía el pelo oscuro y ondulado y ojos tormentosos y grises, como los míos.



Estaba realmente atractivo con su aire taciturno y peligroso de chico malo y traté de imaginarlo junto a la frágil y altiva belleza de mi madre.



Nunca los había visto juntos, ni siquiera en fotos, y lo cierto es que deseaba hacerlo.
Aunque sólo fuera una vez. —¡Papá! —grité moviendo la mano en el aire.



Su rostro se iluminó al verme y en su boca se dibujó una amplia sonrisa. —Aquí está mi chica. —Me cogió con un abrazo y me levantó los pies del suelo—. Te he echado muchísimo de menos.



Empecé a llorar. No podía evitarlo. Estar de nuevo con él era ya la última gota que colmaba el vaso de mi estado emocional. —Oye. —Me balanceó—. ¿A qué vienen esas lágrimas?



preté los brazos alrededor de su cuello, agradecida por tenerlo conmigo, sabiendo que los demás problemas de mi vida quedarían a un lado mientras él estuviera cerca. —Yo también te he echado muchísimo de menos —dije sorbiéndome la nariz.



Cogimos un taxi de vuelta a mi casa. Durante el camino, mi padre me hizo las mismas preguntas sobre el ataque a Cary que me había hecho la policía en el hospital. Traté de tenerlo distraído con esa conversación cuando nos detuvimos en la puerta de mi edificio, pero no funcionó.



Los ojos de lince de mi padre miraron el saliente moderno de cristal anexo a la fachada de ladrillo del edificio. Se quedó mirando al portero, Paul, quien se tocó la visera de su gorro y nos abrió la puerta.



Observó la recepción y a la conserje y se meció en sus tacones mientras esperábamos al ascensor.



No dijo nada y mantuvo el rostro impasible, pero yo sabía que estaba pensando en lo mucho que debía costar mi alojamiento en una ciudad como Nueva York. Cuando le enseñé el interior del apartamento, echó un vistazo a toda la casa. Las grandes ventanas tenían una sensacional vista de la ciudad y la televisión de pantalla plana que estaba anclada a la pared era sólo uno de los muchos aparatos de primera calidad que había a la vista.



Él sabía que yo no me podía permitir esa casa por mí misma. Sabía que el marido de mi madre corría con gastos míos que él nunca podría costear. Y me pregunté si pensaba
en mi madre y en que lo que ella necesitaba quedaba más allá de sus posibilidades.—La seguridad aquí es muy estricta —le expliqué—. Es imposible pasar la recepción si no estás en la lista y no puede responder un vecino por ti.



Mi padre dejó escapar un suspiro. —Eso está bien.



—Sí. No creo que mamá pudiera dormir por las noches de no ser así.



Eso hizo que desapareciera algo de tensión de sus hombros. —Deja que te enseñe tu habitación. —Le conduje por el pasillo hasta la habitación de invitados. Tenía su propio baño y un minibar con frigorífico.



Vi que se fijaba en esas cosas antes de dejar su bolsa de viaje en la enorme cama—. ¿Estás cansado?



Me miró. —Sé que tú sí lo estás. Y hoy tienes que trabajar, ¿no? ¿Por qué no dormimos un poco antes de que te tengas que ir?



Contuve un bostezo, sabiendo que podía utilizar esas dos horas para descansar. —Suena bien.



—Despiértame cuando te levantes —dijo echando los hombros hacia atrás—. Te prepararé el café mientras te arreglas.



—Estupendo. —La voz me salió ronca al tratar de aguantar las lágrimas.



William tenía casi siempre café esperándome los días en que se quedaba a pasar la noche, porque se levantaba antes que yo. Echaba de menos ese ritual nuestro. De algún modo, tendría que aprender a vivir sin ello.



Me puse de puntillas y besé a mi padre en la mejilla. —Estoy muy contenta de que estés aquí, papá.



Cerré los ojos y me apreté a él cuando me abrazó.

***

***

Salí del pequeño mercado con las bolsas de comida para la cena y fruncí el ceño al ver a Angus parado en el bordillo. Había rechazado que me llevaran por la mañana y, de nuevo, cuando salí del edificio Crossfire, pero continuaba siguiéndome como una sombra. Era ridículo. No pude evitar preguntarme si William ya no me quería como novia, pero que su neurótico deseo de mi cuerpo implicaba que no quería que me tuviera nadie más, es decir, Brett.



De camino a casa, me entretuve pensando qué pasaría si invitaba a Brett a cenar, imaginándome a Angus teniendo que hacer esa llamada a William cuando Brett entrara en mi casa. No fue más que una rápida fantasía vengativa, puesto que no quería dar a Brett falsas esperanzas y, de todas formas, estaba en Florida, pero con eso me bastó.


Dejé todas las cosas de la cena en la cocina y, a continuación, fui a ver a mi padre. Estaba en la habitación de Cary entretenido con un videojuego.



Cary manejaba un mando con una mano, pues la otra la tenía escayolada. —¡Vaya! —gritó mi padre—. ¡Toma!



—Debería darte vergüenza —le espetó Cary—, aprovechándote de un inválido.



—Oh, qué pena me das.



Cary me vio en la puerta y me guiñó un ojo. Le quise tanto en ese momento que no pude evitar acercarme a él y darle un beso en su magullada frente. —Gracias —susurré.



—Dame las gracias con una cena. Estoy hambriento.



Me incorporé. —He traído ingredientes para hacer enchiladas.



Mi padre me miró, sonriendo, porque sabía que necesitaría su ayuda. —¿Sí?



—Cuando hayas terminado —le dije—. Voy a darme una ducha.



Cuarenta y cinco minutos después, mi padre y yo estábamos en la cocina enrollando queso y pollo, que había comprado ya asado —mi pequeña trampa para ahorrar tiempo —, en tortillas de maíz empapadas en manteca. En el salón, el reproductor de CD pasó al siguiente disco y la enternecedora voz de Van Morrison sonó a través de los altavoces de sonido envolvente.



—¡Oh, sí! —exclamó mi padre agarrándome de la mano y apartándome de la barra—. Ta-ri-rá, ta-ri-rá, moondance —cantó con su profunda voz de barítono, dándome la vuelta. Yo me reí, encantada.



Colocando la parte posterior de la mano sobre mi espalda para no tocarme con los dedos grasientos, me hizo bailar alrededor de la isla de la cocina mientras los dos cantábamos la canción y nos reíamos.



Estábamos en nuestro segundo giro cuando me di cuenta de que había dos personas de pie junto al mostrador de desayuno.



Mi sonrisa desapareció y tropecé, obligando a que mi padre me cogiera. —Qué mal bailas —se mofó con sus ojos fijos sólo en mí.



—Maite baila de maravilla —intervino William, con esa máscara implacable en su rostro que yo tanto detestaba.



Mi padre se giró y su sonrisa también desapareció.



William rodeó la barra y entró en la cocina. Se había vestido para la ocasión, con unos vaqueros y una camiseta del equipo de los Yankees.



Una elección apropiada e informal y un buen comienzo de conversación, pues mi padre era un acérrimo admirador del equipo de los Padres de San Diego. —No me había dado cuenta de que también es buena cantando. Soy William Cross —se presentó con la mano extendida.



—Victor Reyes. —Mi padre le enseñó los dedos grasientos—. Estoy un poco sucio.



—No importa.



Encogiéndose de hombros, mi padre le estrechó la mano y lo examinó.



Yo les lancé un paño a los dos y me acerqué a Ireland, que estaba resplandeciente. Sus ojos azules brillaban y tenía las mejillas enrojecidas de placer. —Me alegra mucho que hayas podido venir —le dije abrazándola con cuidado—. ¡Estás preciosa!



—¡Tú también!



Era mentira, pero lo agradecí igualmente. No me había hecho nada en la cara ni en el pelo después de la ducha porque sabía que a mi padre no le importaría y no esperaba que apareciera William. Al fin y al cabo, la última vez que había tenido noticias suyas había sido cuando dijo que me vería en la consulta del doctor Petersen.



Ireland miró al mostrador donde yo lo había dispuesto todo. —¿Puedo ayudar?



—Claro. Pero no te pongas a contar calorías o la cabeza te explotará. —Le presenté a mi padre, que fue mucho más cálido con ella de lo que había sido con William, y después la llevé al fregadero para que se lavara.



De inmediato, la puse a ayudarme a enrollar las últimas enchiladas mientras mi padre metía en el frigorífico las ya frías cervezas Dos Equis que había traído William. Ni siquiera me molesté en preguntarme cómo sabía William que iba a preparar comida mexicana para la cena. Sólo quería saber por qué había dedicado su tiempo a saberlo cuando estaba muy claro que tenía otras cosas que hacer, como dejar plantadas a sus citas.



Mi padre fue a su habitación para lavarse. William se acercó a mí por detrás y me puso las manos en la cintura, rozando sus labios contra mi sien. —Maite.



Yo me contuve ante el deseo casi irresistible de dejarme caer sobre él. —No —susurré—. Prefiero que no finjamos.



Me despeinó al dejar escapar el aire con fuerza. Sus dedos apretaron mi cintura masajeándola durante un momento. Entonces noté que su teléfono vibraba, me soltó y se retiró para mirar la pantalla. —Perdona —dijo con brusquedad y salió de la cocina antes de contestar.



Ireland se acercó sigilosamente y susurró. —Gracias. Sé que has sido tú quien le ha obligado a que me trajera. Yo conseguí mirarla con una sonrisa. —Nadie puede obligar a William a que haga nada si él no quiere.



—Tú sí. —Zarandeó la cabeza echándose por encima del hombro su pelo moreno, lacio, que le llegaba hasta la cintura—. No le has visto cómo te miraba mientras bailabas con tu padre. Le brillaban los ojos. Creía que iba a llorar. Y mientras subíamos en el ascensor, ha tratado de disimularlo, pero estoy completamente segura de que estaba nervioso.



Bajé la mirada hacia la lata de salsa de enchilada que tenía en las manos, sintiendo que el corazón se me partía un poco más.



—Estás enfadada con él, ¿verdad? —preguntó Ire land. Me aclaré la garganta. — Algunas personas es mejor que sean sólo amigas. —Pero tú dijiste que le querías. — Eso no siempre es suficiente. —Me di la vuelta para coger el abrelatas y vi a William en el otro lado de la isla, mirándome. Me quedé petrificada. Se retorció un músculo de su mandíbula antes de que lo relajara. —¿Quieres una cerveza? —preguntó en tono brusco.



Asentí. También me habría venido bien un chupito. Quizá unos cuantos. —¿Quieres vaso?



—No.


Miró a Ireland. —¿Tienes sed? Hay soda, agua, leche...



—¿Y una de esas cervezas? —respondió, lanzándole una encantadora sonrisa.



—En otra ocasión —contestó él con ironía.



Observé a Ireland y noté cómo relucía cuando William la miraba. No podía creerme que él no viera el cariño que le tenía su hermana. Quizá ahora se basara en cosas superficiales, pero estaba ahí y, con un poco de estímulo, iría a más. Esperaba que él se esforzara en conseguirlo.



Cuando William me pasó la cerveza fría, sus dedos acariciaron los míos.



Los mantuvo ahí un momento mirándome a los ojos. Yo sabía que estaba pensando en
la otra noche.



Ahora me parecía un sueño, como si su visita no hubiese ocurrido nunca en realidad. Casi me creí que me la había inventado en un delirio desesperado, tan deseosa de sus caricias y de su amor que no pude pasar un minuto más sin darle a mi mente un alivio de tanta locura de deseo y ansia. Si no fuese por el ligero dolor que aún sentía dentro de mí, no sabría distinguir entre lo real y una simple y falsa esperanza.



Cogí la cerveza de sus manos y me di la vuelta. No quería decir que habíamos terminado, pero ahora estaba claro que necesitábamos un descanso el uno del otro. William tenía que saber qué estaba haciendo, qué buscaba y si yo podía ocupar un lugar importante en su vida porque este viaje en montaña rusa en el que nos encontrábamos iba a terminar destrozándome y yo no podía dejar que eso ocurriera. No lo haría.



—¿Puedo ayudar en algo? —preguntó.



Le respondí sin mirarle, porque hacerlo era demasiado doloroso. —¿Puedes ver si podemos traer a Cary aquí? Tiene una silla de ruedas.



—De acuerdo.



Salió de la habitación y, de repente, pude respirar tranquila.



Ireland se me acercó enseguida. —¿Qué le ha pasado a Cary?



—Te lo contaré mientras ponemos la mesa.



Me sorprendió ver que podía comer. Creo que estaba demasiado fascinada por el silencioso enfrentamiento entre mi padre y William como para darme cuenta de que me estaba metiendo comida en la boca. En un extremo de la mesa, Cary cautivaba a Ireland a base de carcajadas que me hicieron sonreír. En el otro extremo, mi padre presidía la mesa, William estaba sentado a su izquierda y yo a su derecha.



Estaban hablando. La conversación había empezado con el béisbol, tal y como yo esperaba, y luego pasó al golf. Desde fuera, los dos hombres parecían relajados, pero la atmósfera que había entre ambos estaba muy cargada. Noté que William no se había puesto su reloj caro. Había planeado cuidadosamente tener una apariencia lo más
«normal» posible.
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:37 pm

Pero nada de lo que William hiciera por fuera podría cambiar quién era por dentro. Era imposible ocultar lo que era —un macho dominante, un magnate de los negocios, un hombre privilegiado—. Se veía en cada gesto suyo, en cada palabra que decía, en cada mirada.



Así pues, él y mi padre estaban dispuestos a luchar por saber quién era el macho alfa y sospeché que mi suerte pendía de un hilo, como si mi vida estuviera en las manos de cualquiera excepto en las mías.



Aun así, comprendí que a mi padre sólo se le había permitido en realidad ser un padre en los últimos cuatro años y no estaba dispuesto a rendirse. Sin embargo, William estaba compitiendo por un puesto que yo ya no estaba dispuesta a concederle. Pero llevaba el anillo que yo le había regalado. Traté de no sacar ninguna conclusión, pero quería tener esperanzas. Quería creer.



Todos terminamos el primer plato y me estaba poniendo de pie para despejar la mesa para el postre cuando sonó el portero automático.



Respondí. —¿Maite? Están aquí los detectives Graves y Michna del Departamento de Policía de Nueva York —me informó la chica de recepción.



Miré a Cary, preguntándome si la policía habría descubierto quién le había atacado. Di permiso para que subieran y volví corriendo a la mesa.



Cary me miró sorprendido, curioso. —Es la policía —les expliqué—. Quizá traigan noticias.



La atención de mi padre cambió de inmediato. —Yo los recibo.



Ireland me ayudó a quitar las cosas. Acabábamos de dejar las copas en el fregadero cuando sonó el timbre de la puerta. Me sequé las manos con un trapo de cocina y salí a la sala de estar.



Los dos policías que llegaron no eran los que yo esperaba, porque no se trataba de los que habían interrogado a Cary en el hospital el lunes.



William salió del pasillo metiéndose el teléfono en el bolsillo.



Me pregunté quién estaría llamándolo toda la noche. —Maite Tramell —dijo la detective a la vez que entraba en el apartamento.



Se trataba de una mujer delgada de rostro severo y unos ojos azules, inteligentes y agudos que eran su mejor rasgo. Tenía el pelo castaño y rizado y llevaba la cara sin maquillar. Vestía pantalones y zapatos planos y oscuros, una camisa de popelina y una chaqueta ligera que no ocultaba la placa de policía ni la pistola sujeta al cinturón—. Soy la detective Shelley Graves, del Departamento de Policía de Nueva York. Éste es mi compañero, el detective Richard Michna. Sentimos molestarla un viernes por la noche.



Michna era mayor, más alto y corpulento. Tenía el pelo grisáceo por las sienes y escaso por arriba, y también un rostro duro y unos ojos oscuros que echaron un vistazo a la habitación mientras Graves se centraba en mí.



—Hola —los saludé.



Mi padre cerró la puerta y hubo algo en su modo de moverse o comportarse que llamó la atención de Michna. —¿Pertenece al cuerpo?



—En California —confirmó mi padre—. Estoy visitando a Maite, mi hija. ¿De qué se trata?



—Sólo queremos hacerle unas preguntas, señorita Tramell —dijo Graves. Miró a William—. Y también a usted, señor Cross.



—¿Tiene esto algo que ver con el ataque que sufrió Cary? —pregunté.



Lo miró. —¿Por qué no nos sentamos?


Pasamos todos a la sala de estar, pero sólo Ireland y yo terminamos tomando asiento. Todos los demás permanecieron de pie, con mi padre empujando la silla de ruedas de Cary.



—Tiene una bonita casa —observó Michna.



—Gracias. —Miré a Cary preguntándome qué demonios estaba pasando.



—¿Cuánto tiempo va a estar en la ciudad? —le preguntó el detective a mi padre.



—Sólo el fin de semana.



Graves me sonrió. —¿Va mucho a California a ver a su padre?



—Me acabo de mudar desde allí hace un par de meses.



—Yo fui una vez a Disneylandia de pequeña —dijo—. De eso hace mucho tiempo, claro. He querido volver alguna vez.



Fruncí el ceño sin comprender por qué estábamos hablando de esas tonterías. —Sólo necesitamos hacerle un par de preguntas —intervino Michna, sacando un cuaderno del bolsillo interior de su chaqueta—. No queremos entretenerlos más tiempo del necesario.



Graves asintió con sus ojos aún puestos en mí. —¿Puede decirnos si conoce a un hombre llamado Nathan Barker, señorita Tramell?



La habitación empezó a dar vueltas. Cary maldijo y se puso de pie tambaleándose, dando unos cuantos pasos hasta llegar al asiento que había a mi lado. Me agarró de la mano.



—¿Señorita Tramell? —Graves se sentó en el otro extremo del sofá.



—Es su antiguo hermanastro —contestó Cary bruscamente—. ¿Qué es todo esto?



—¿Cuándo fue la última vez que vio a Barker? —preguntó Michna.



En un tribunal... Traté de tragar saliva, pero tenía la boca seca como el serrín. —Hace ocho años —continué con voz ronca.



—¿Sabía usted que estaba aquí, en Nueva York?



Dios mío. Negué moviendo la cabeza con fuerza.—¿Adónde quiere llegar? —preguntó mi padre.



Miré con desesperación a Cary y, después, a William. Mi padre no sabía lo de Nathan. Y yo no quería que lo supiese.



Cary me apretó la mano. William ni siquiera me miraba. —Señor Cross —dijo Graves—, ¿y usted?
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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

Mensaje por tamalevyrroni el Mar Oct 13, 2015 4:38 pm


—¿Yo, qué?



—¿Conoce a Nathan Barker?



Supliqué con los ojos a William que no dijera nada delante de mi padre, pero no miró ni una sola vez hacia donde yo estaba. —No me haría esa pregunta si no supiese ya la respuesta —contestó.



El estómago me dio un vuelco. Una fuerte sacudida me atravesó el cuerpo. Aun así, William no me miró. Mi cerebro trataba de procesar qué estaba ocurriendo... qué significaba aquello... qué pasaba...



—¿Hay algún motivo para estas preguntas? —preguntó mi padre.



La sangre me zumbaba en los oídos. El corazón me latía con algo parecido al terror. La simple idea de que Nathan estuviese tan cerca era suficiente para que me entrara el pánico. Empecé a jadear. La habitación daba vueltas ante mis ojos. Creí que me iba a desmayar.



Graves me miraba con atención. —¿Puede decirnos dónde estuvo ayer, señorita Tramell?



—¿Que dónde estuve? —repetí—. ¿Ayer?



—No respondas —me ordenó mi padre—. Esta entrevista no va a continuar hasta que sepamos qué ocurre.



Michna asintió, como si esperase aquella interrupción. —Han encontrado muerto a Nathan Barker esta mañana.



16



En cuanto el detective Michna terminó la frase, mi padre acabó con el interrogatorio. —Esto se ha acabado —dijo con tono serio—. Si tienen más preguntas pidan una cita para que mi hija acuda con un abogado.



—¿Y usted, señor Cross? —la mirada de Michna se dirigió a William —. ¿Le importaría decirnos dónde estuvo ayer?



William se movió de su posición detrás del sofá. —¿Por qué no hablamos mientras los acompaño a la puerta?



Yo me quedé mirándolo, pero él siguió sin prestarme atención.



¿Qué más no quería que yo supiera? ¿Cuántas cosas me estaba ocultando?



Ireland entrelazó sus dedos con los míos. Cary estaba sentado a un lado mío y Ireland al otro, mientras que el hombre al que amaba estaba a varios metros de distancia y no me había mirado en casi media hora. Sentí como si en el estómago se me hubiese instalado una roca fría.



Los detectives tomaron nota de mi número de teléfono y, a continuación, salieron con William. Vi cómo salían a los tres y también cómo mi padre observaba a William con una mirada reflexiva.



—Puede que estuviese comprándote un anillo de compromiso y no quiere que le echen por tierra la sorpresa —susurró Ireland.



Le apreté la mano por mostrarse tan dulce y por pensar tan bien de su hermano. Esperé que él nunca la decepcionara ni la desilusionara del mismo modo que yo había perdido ahora la ilusión. Si era sincera conmigo misma, William y yo no éramos nada, no teníamos nada. ¿Por qué no me había hablado de Nathan?



Soltando a Cary y a Ireland, me puse de pie y fui a la cocina. Mi padre me siguió. —¿Quieres explicarme qué está pasando? —me preguntó.



—No tengo ni idea. Me acabo de enterar.


Apoyó la cadera en el mostrador y me observó.—¿Qué es lo que pasó entre tú y Nathan Barker? Al escuchar su nombre parecía que ibas a desmayarte.



Empecé a enjuagar los platos y a meterlos en el lavavajillas. —Era un matón, papá. Eso es todo. No le gustaba que su padre se hubiese vuelto a casar y, sobre todo, no le gustaba que esa nueva madrastra tuviera una hija.



—¿Por qué iba William iba a tener nada que ver con él?



—Ésa es una muy buena pregunta. —Agarrándome al filo del fregadero, bajé la cabeza y cerré los ojos. Era eso lo que había abierto una brecha entre William y yo. Nathan. Lo sabía.



—¿Maite? —Mi padre colocó las manos sobre mis hombros y masajeó los duros y doloridos músculos—. ¿Estás bien?



—Yo... estoy cansada. No he dormido bien últimamente. —Corté el agua y dejé el resto de los platos donde estaban. Fui al armario donde guardaba las vitaminas y los medicamentos sin receta y saqué dos analgésicos para la noche. Quería dormir profundamente y sin sueños. Lo necesitaba, para poder despertarme en un buen estado para decidir qué tenía que hacer.



Miré a mi padre. —¿Puedes ocuparte de Ireland hasta que vuelva William?



—Desde luego. —Me besó en la frente—. Hablaremos por la mañana.



Ireland me encontró antes de que yo la viera a ella. —¿Estás bien? —me preguntó entrando en la cocina.



—Voy a acostarme, si no te importa. Sé que es una grosería.



—No, no te preocupes.



—De verdad, lo siento. —La acerqué para darle un abrazo—.



Repetiremos esto. ¿Qué te parece un día de chicas en un spa o de compras?



—Claro. ¿Me llamarás?



—Lo haré. —La solté y atravesé la sala de estar para ir hacia el pasillo.

Se abrió la puerta de la calle y entró William. Nuestras miradas se cruzaron y se mantuvieron así durante un rato. No podía leer nada en sus ojos. Aparté la mirada, fui a mi cuarto y cerré la puerta con pestillo.



Me levanté a las nueve de la mañana siguiente, aturdida y de mal humor pero ya no tan terriblemente cansada. Sabía que tenía que llamar a Stanton y a mi madre, pero primero necesitaba cafeína.



Me lavé la cara, me cepillé los dientes y salí arrastrando los pies hacia la sala de estar. Casi había llegado a la cocina —el origen del delicioso olor a café— cuando sonó el timbre de la puerta. El corazón me dio un vuelco.



No podía evitar esa reacción instintiva al pensar en William, que era una de las tres personas que tenían mi permiso en la recepción para pasar. Pero cuando abrí la puerta, era mi madre. Esperé no parecer demasiado decepcionada aunque, de todos modos, creo que no se dio cuenta. Pasó por mi lado con un vestido verde agua que parecía pintado y que ella lucía como muy pocas mujeres podrían hacerlo, consiguiendo de algún modo que pareciera seductor y elegante y también apropiado para su edad. Desde luego, parecía lo suficientemente joven como para ser mi hermana.



Echó un vistazo a mi cómodo pantalón de chándal de la Universidad de San Diego y a la camiseta que llevaba antes de decir: —Dios mío, Maite, no tienes ni idea...



—Nathan ha muerto. —Cerré la puerta y miré nerviosa por el pasillo en dirección a la habitación de invitados, rezando porque mi padre estuviera aún con el horario de la costa oeste y siguiera durmiendo.



—Ah. —Se giró para mirarme y por primera vez me gustó su mirada.



Tenía los labios apretados por la preocupación y una mirada de angustia—. ¿Ha venido ya la policía? Acaban de salir de nuestra casa. —Estuvieron aquí anoche. —Fui hacia la cocina y directa a la cafetera.



—¿Por qué no nos llamaste? Deberíamos haber estado contigo. Debías haber avisado a un abogado, al menos.



—Fue una visita muy rápida, mamá. ¿Quieres un poco? —dije sosteniendo la jarra.



—No, gracias. No deberías beber tanto de eso. No es bueno para ti.



Volví a soltarla y abrí el frigorífico. —Dios santo, Maite —murmuró mi madre observándome—. ¿Te das cuenta de la cantidad de calorías que tiene la leche con nata?



Dejé una botella de agua delante de ella y me di la vuelta para aclarar el café. —Estuvieron aquí unos treinta minutos y después se fueron. No les dije nada aparte de que Nathan había sido mi hermanastro y que no le había visto desde hacía ocho años.



—Gracias a Dios que no dijiste nada más. —Abrió la botella



Yo cogí una taza. —Vamos a la sala de estar de mi dormitorio.



—¿Qué? ¿Por qué? Tú nunca te sientas allí.



Tenía razón, pero yéndonos allí evitaríamos un encuentro sorpresa entre mis padres. —Pero a ti te gusta —contesté. Entramos en la habitación y cerré la puerta, dejando escapar un suspiro de alivio.



—Sí que me gusta —dijo mi madre girándose para mirarlo todo.



Claro que le gustaba. La había decorado ella. A mí también me gustaba, pero en realidad no la utilizaba. Había pensado en convertirla en un dormitorio contiguo para William, pero ahora todo podría cambiar. Se había apartado de mí, me había ocultado lo de Nathan y la cena con Corinne. Yo quería una explicación y, dependiendo de cuál fuera, volveríamos a comprometernos para continuar adelante o daríamos los pasos dolorosos para separarnos.



Mi madre se acomodó elegantemente en el diván y me miró. —Debes tener mucho cuidado con la policía, Maite. Si quieren volver a hablar contigo, díselo a Richard para que sus abogados estén presentes.



—¿Por qué? No entiendo por qué debo preocuparme por lo que diga o no diga. Yo no he hecho nada malo. Ni siquiera sabía que estaba en la ciudad. —Vi cómo apartaba rápidamente los ojos de mí, y continué hablando con tono firme—. ¿Qué está pasando,
mamá?


Bebió un poco antes de contestar. —Nathan apareció en el despacho de Richard la semana pasada. Quería dos millones y medio de dólares.



De repente, sentí un zumbido en los oídos. —¿Qué?



—Quería dinero —dijo con frialdad—. Mucho dinero.



—¿Por qué demonios iba a pensar que se lo ibais a dar?



—Tiene... tenía fotos, Maite. —Su labio inferior empezó a temblar—. Y vídeos. Tuyos.



—Dios mío. —Dejé a un lado el café con manos temblorosas y me eché hacia delante colocando la cabeza entre las rodillas—. Dios, voy a vomitar.



Y William había visto a Nathan. Lo había confesado cuando respondió a las preguntas de la policía. Si había visto las fotografías... se habría enfadado... y eso explicaría por qué se había distanciado de mí, por qué estaba tan atormentado cuando vino a mi cama. Puede que aún me quisiera, pero quizá no era capaz de vivir con las imágenes que ahora inundaban su cabeza. Tiene que ser así, me había dicho.



Un sonido terrible salió de mí. Ni siquiera podía imaginar qué era lo que había grabado Nathan. No quería saberlo.



Estaba claro que William no podía soportar mirarme. Cuando me hizo el amor por última vez había sido en una absoluta oscuridad, en la que podía oírme y olerme, pero no verme.



Reprimí un grito de dolor mordiéndome el brazo. —¡Cariño, no! —Mi madre cayó de rodillas delante de mí, haciendo que me bajara de la silla al suelo para que ella pudiera acunarme—. Ya ha acabado todo. Está muerto.
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tamalevyrroni

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Re: Reflejada en ti WebNovela LevyRroni(+ 18 Saga CrossFire)

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