Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 11:52 am

Las cosas no mejoraron cuando por fin llegaron al West End31. Dejando a Thomas esperando pacientemente con los caballos, Jessamine arrastró a Maite dentro y fuera de varios salones de modistos, viendo diseño tras diseño, mientras la dependienta más bonita de la tienda era elegida para modelar una muestra. (Una verdadera dama no dejaría que un vestido que podría haber sido usado por un desconocido tocara su piel.) En cada establecimiento ella dio un nombre falso y una historia diferente, en cada establecimiento los dueños parecían encantados con su belleza y riqueza evidente y la ayudaban tan rápido como podían. Maite, mayormente los ignoraba, se escondía en las líneas laterales, media muerta de aburrimiento.



En un salón, haciéndose pasar por una joven viuda, Jessamine examinaba el diseño de un vestido negro de crepe y encaje. Maite tuvo que admitir que le quedaba bien a su rubia palidez.



“Usted luce absolutamente hermosa en esto, y no habría posibilidad de fallar en un nuevo matrimonio ventajoso.” La modista le guiñó un ojo de manera cómplice. "De hecho, ¿sabe cómo llamamos a este diseño? „La Trampa Recargada.‟”



Jessamine se rió, la modista sonrió claramente, y Maite consideró correr a la calle y acabar con todo aquello arrojándose bajo un coche de caballos. Como si estuviera consciente de su molestia, Jessamine miró hacia ella con una sonrisa condescendiente.


“También estoy buscando algunos vestidos para mi prima de Estados Unidos,” dijo. “La ropa de ahí es simplemente horrible. Ella es tan simple como un alfiler, y eso no ayuda, pero estoy segura de que usted puede hacer algo con ella.”


La modista parpadeó como si fuera la primera vez que notaba a Maite, y tal vez lo fue. "¿Le gustaría elegir un diseño, señora?"



El torbellino de actividad siguiente fue una especie de revelación para Maite. En Nueva York, su ropa había sido comprada por su tía, piezas prefabricadas que habían tenido que ser modificadas para adaptarse, y siempre de material barato en tonos grises, de color gris oscuro o azul marino. Nunca había aprendido, como lo hizo ahora, que el azul era un color que le sentaba y resaltaba sus ojos de color azul grisáceo, o que debía llevar modelos rosas para poner color a sus mejillas.


30 Strand es una calle o avenida en Londres, que corre desde Trafalgar hasta Temple Bar, continuando después las avenidas Fleet Street y Ludgate Hill. En esta última encontramos la catedral de San Pablo. 31 West End de Londres. Se destaca como área aunque no única, si irrepetible. Se reconoce por la gran cantidad de personas que frecuentan a cada hora del día: a la mañana por las compras en los grandes tiendas de discos, en las librerías o en las tiendas de ropa; a la noche para los teatros, los cines, los restaurantes y locales en general.

A medida que sus mediciones se realizaban, en medio de una discusión sobre las vainas de princesa, corpiños coraza, y un tal Sr. Charles Worth, Maite se levantó y se miró la cara en el espejo, mitad esperando que las características empezaran a deslizarse y cambiar, que se reformaran a sí mismas.


Pero se mantuvo a sí misma, y al final de todo, obtuvo cuatro vestidos nuevos para ser entregados durante la semana, uno rosa, uno amarillo, uno con rayas azules y blancas con botones de hueso, y uno de oro y negro de seda, así como dos vivas chaquetas, una con hermosas cuentas de tul que adornaban los puños.



“Sospecho que realmente puede parecer bonita en ese último modelito,” dijo Jessamine,cuando se subió al carruaje. “Es increíble lo que puede hacer la moda.



Maite contó en silencio hasta diez antes de responder. “Estoy muy agradecida por todo, Jessamine. ¿Vamos a volver al instituto ahora?”



En ese momento, la brillantez se fue de la cara de Jessamine. Ella realmente lo odia, pensó Maite, confundida más que otra cosa. ¿Qué era tan terrorífico acerca del Instituto? Por supuesto, toda la razón de su existir era suficientemente extraña, sin duda, pero Jessamine tenía que estar acostumbrada a estas alturas. Era una Cazadora de Sombras igual que el resto.



“Es un día hermoso," dijo Jessamine, “y todavía no ha visto nada de Londres. Creo que un paseo por Hyde Park estará bien. Y después de eso, podríamos ir a Gunther ¡y así Thomas puede obtener helados para nosotras!”



Maite miró por la ventana. El cielo estaba gris y brumoso, atravesado por líneas de azul donde las nubes se separaban brevemente, una de la otra. De ninguna manera esto sería considerado un bonito día en Nueva York, pero Londres parecía tener normas diferentes para el tiempo. Además, ahora le debía algo a Jessamine, y la última cosa en el mundo que la otra chica quería hacer, evidentemente, era irse a casa.



"Adoro a los parques," dijo Maite.



Jessamine casi sonrió.

***

"No le dijiste a la señorita Gray sobre los engranajes," dijo Henry.


Charlotte levantó la vista de sus notas y suspiró. Siempre había sido un punto delicado para ella, sin embargo a menudo ella había pedido un segundo carro, la Clave sólo le permite uno al Instituto. Eso era bueno y Thomas era un excelente conductor. Pero eso significa que cuando los integrantes del instituto de Cazadores de Sombras fuesen por caminos separados, como lo estaban haciendo hoy en día, Charlotte se veía obligada a pedir prestado un coche a Benedict Lightwood, que estaba lejos de ser su persona favorita. Y el único carro que estaba dispuesto a prestar era pequeño e incómodo. Pobre Henry, era tan alto, que se golpeaba la cabeza contra el techo bajo.



“No,” dijo ella. “La pobre muchacha ya parecía muy aturdida. No podía decirle que los dispositivos mecánicos que se encontraron en el sótano habían sido fabricados por la empresa que empleaba a su hermano. Está muy preocupada por él. Parecía más de lo que sería capaz de soportar.”


“Puede que no signifique nada, cariño,” le recordó Henry. “Mortmain y Compañía fabrican la mayoría de las herramientas para la maquinaria que se utiliza en Inglaterra. Mortmain es realmente como un genio. Su sistema patentado para la producción de rodamientos de bolas…”



“Sí, sí.” Charlotte trató de ocultar la impaciencia en su voz. “Y tal vez deberíamos haberle dicho. Pero pensé que lo mejor es hablar con el señor Mortmain primero y reunir las pruebas que podamos. Estás en lo correcto. Él puede no saber nada, y puede haber poca conexión. Pero sería bastante coincidencia, Henry. Y soy muy cuidadosa con las coincidencias.”



Volvió la vista a las notas que había hecho sobre Axel Mortmain. Fue el único (y probablemente ilegítimo, aunque las notas no lo especificaban), hijo del Dr. Hollingworth Mortmain, que en cuestión de años se había levantado de la humilde posición de cirujano a bordo de un buque mercante con destino a China, a rico comerciante privado, compra y venta de especias y azúcar, seda y té, y (que no estaba declarado, pero Charlotte estaba de acuerdo con Jem en esto) probablemente opio. Cuando el Dr. Mortmain había muerto, su hijo, Axel, con apenas veinte años de edad, había heredado su fortuna, que había invertido sin demora en la construcción de una flota de barcos más rápidos y más elegantes que cualquier otro que navegara en los mares. Dentro de la década, el joven Mortmain había duplicado y cuadriplicado las riquezas de su padre.


En los últimos años se había retirado de Shanghai a Londres, había vendido su comercio de buques, y había utilizado el dinero para comprar una gran empresa que producía los dispositivos mecánicos necesarios para hacer relojes de todo tipo, desde relojes de bolsillo a relojes de péndulo. Era un hombre muy rico.



El carruaje se detuvo delante de una hilera de blancas casas contiguas, cada una con ventanas altas que daban a la plaza. Henry se inclinó en el coche para leer el número de una placa de bronce situada en el frente de un poste. “Esta debe ser.” Alcanzó la puerta del carro.



“Henry,” dijo Charlotte, poniendo una mano sobre su brazo. “Henry, ¿tienes en cuenta lo que hablamos esta mañana, ¿no?”



Él sonrió tristemente. “Haré lo mejor para no avergonzarte o arruinar la investigación. Sinceramente, a veces me pregunto por qué me arrastras en estas cosas. Sabes que soy un desastre cuando se trata de personas.”



“Tú no eres un desastre Henry,” dijo Charlotte con suavidad. Deseaba extender la mano y acariciar su rostro, empujar su pelo hacia atrás y alentarlo. Pero se contuvo. Sabía, (había sido advertida suficientes veces) que no debía forzar el afecto de Henry y probablemente él no lo quería.



Dejaron el coche con el conductor de los Lightwoods, subieron las escaleras y llamaron al timbre, la puerta fue abierta por un lacayo de uniforme azul oscuro y una expresión hosca.



“Buenos días,” dijo con brusquedad. “¿Puedo preguntar que necesitan?”



Charlotte miró de reojo a Henry, que estaba mirando más allá del criado con una especie de ensueño en su expresión. El señor sabía lo que pasaba por su mente (ruedas dentadas, engranajes y artilugios sin duda), pero ciertamente no estaba presente en esta situación. Con un suspiro interno, dijo: “Soy la Sra. Gray, y este es mi esposo, el Sr. Henry Gray. Estamos buscando un primo nuestro, un joven llamado Nathaniel Gray. No hemos sabido nada de él en casi seis semanas. Él es, o era, uno de los empleados del Sr. Mortmain…”



Por un momento (que podría haber sido su imaginación), creyó ver algo, una chispa de inquietud, en los ojos del lacayo. “El señor Mortmain posee muchas grandes compañías. No se puede esperar que sepa el paradero de todos los que trabajan para él. Eso sería imposible. Tal vez usted deba preguntar a la policía. "



Charlotte entornó los ojos. Antes de que hubieran salido del Instituto, había trazado en el interior de sus brazos runas de persuasión. Era raro el mundano que fuera totalmente insensible a su influencia. “Lo hicimos, pero no parecen haber progresado en absoluto con el caso. Es tan terrible, y estamos tan preocupados por Nate, ya ve. Si pudiéramos ver al señor Mortmain por un momento...”


Se relajó cuando el lacayo asintió lentamente. “Voy a informar al señor Mortmain de su visita,” dijo. Dio un paso atrás para permitir que entraran. “Por favor esperen en el vestíbulo.” Se vio asustado, como sorprendido con su propio asentimiento.



Abrió la amplia puerta, y Charlotte lo siguió, Henry detrás de ella. Aunque el lacayo no le ofreció un asiento a Charlotte (ella atribuyó la falta de política a la confusión causada por la runa de persuasión) él colgó el abrigo y el sombrero de Henry, y el chal de Charlotte, antes de irse y dejar que ellos mirasen con curiosidad alrededor de la entrada.

El cuarto tenía el techo alto pero no estaba adornado. También faltaban los paisajes pastorales y retratos de familia. En su lugar, colgando del techo había banderas largas de seda pintadas con los caracteres chinos para la buena suerte; un plato indio de plata martillada apoyado en un rincón, y dibujos a pluma y tinta de famosos lugares cubrían las paredes.



Charlotte reconoció el Monte Kilimanjaro, las pirámides de Egipto, el Taj Mahal, y una sección de la Gran Muralla china. Mortmain claramente era un hombre que viajaba mucho y estaba orgulloso de ello.



Charlotte volvió a mirar a Henry para ver si él estaba observando lo que había, pero estaba mirando vagamente hacia la escalera, perdido en su propia mente otra vez, antes de que ella pudiera decir algo, el lacayo apareció con una agradable sonrisa en su rostro. “Por favor vengan por aquí.”



Henry y Charlotte siguieron al lacayo al final del pasillo, donde abrió una puerta de roble pulido y los hizo pasar por delante de él.



Se encontraron en un gran estudio, con amplios ventanales que daban a la plaza. Cortinas verde oscuro fueron apartadas para dejar entrar la luz, y a través de los cristales Charlotte pudo ver que su transporte prestado los esperaba en la acera, el caballo con su cabeza sumergida en una bolsa, y el conductor leyendo un periódico en su trono. Las ramas verdes de los árboles se movían al otro lado de la calle, como un toldo color esmeralda, pero era silencioso. Las ventanas bloqueaban todo el sonido, y no había nada audible en esta habitación, excepto el tic-tac débil de un reloj de pared y el nombre “Mortmain y Compañía” grabado en oro al frente.



El mobiliario era oscuro, una madera pesada de color negro, y las paredes estaban llenas de cabezas de animales, un tigre, un antílope, y un leopardo, y más paisajes extranjeros.



Había una gran mesa de caoba en el centro de la habitación, bien ordenada con pilas de papel, cada pila equilibradas con un engranaje de cobre pesado. Un globo reforzado de metal que llevaba la leyenda “¡EL GLOBO DE LA TIERRA DE WYLD CON LOS ÚLTIMOS DESCUBRIMIENTOS!” anclado en una esquina del escritorio, las tierras bajo el dominio del imperio británico estaban en rojo rosado. Charlotte siempre encontraba extraña la experiencia de mirar globos mundanos. Su mundo no era de la misma forma en que ella lo conocía.


Detrás de la mesa estaba sentado un hombre, que se puso de pie cuando entraron. Era una figura pequeña de aspecto enérgico, un hombre de mediana edad con pelo canoso favorablemente en las patillas.


Su piel parecía maltratada por el viento, como si a menudo estuviese fuera con mal tiempo. Sus ojos eran de un gris muy, muy claro, con una expresión agradable, a pesar de su apariencia elegante, y costosa ropa, era fácil imaginarlo en la cubierta de un barco, mirando profundamente en la distancia.


“Buenas tardes,” dijo. "Walker me dio a entender ¿que están buscando el Sr. Nathaniel Gray?”



“Sí,” dijo Henry, para sorpresa de Charlotte. Henry rara vez o nunca, tomaba la iniciativa en conversaciones con extraños. Se preguntó si tenía algo que ver con el modelo intrincado sobre el escritorio. Henry estaba mirando con nostalgia, como si se tratara de comida. “Somos sus primos, ya sabe.”



“Apreciamos que se tomara este tiempo para hablar con nosotros, señor Mortmain,” agregó Charlotte a toda prisa. “Sabemos que él era sólo un empleado suyo, una de las docenas…”



“Cientos,” dijo Mortmain. Tenía una agradable voz de barítono, la cual en el momento sonaba muy divertida. “Es cierto que no puedo realizar un seguimiento de todos ellos. Pero sí recuerdo al Señor Gray. Aunque debo decir que, si alguna vez mencionó que tenía primos que eran Cazadores de Sombras, no puedo decir que lo recuerde.

6

Tierra Forastera

No debemos ver a los duendes, No debemos comprar sus frutos: ¿Quién sabe en qué suelo sembraron Sus sedientas hambrientas raíces? —Christina Rossetti, “El Mercado de los Duendes”

“Ya sabes,” dijo Jem, “esto no es en absoluto como yo pensaba que luciría un burdel.” Los dos chicos estaban de pie en la entrada de lo que Maite llamaba la Casa Oscura, sobre la calle Whitechapel High. Lucía más sucia y más oscura de lo que Will recordaba, como si alguien le hubiera pasado una capa extra de suciedad.



“¿Que imaginabas exactamente James? ¿Señoritas de la noche bailando en los balcones? ¿Estatuas desnudas adornando el recibidor?”



“Supongo…” dijo Jem despacio, “que estaba esperando algo que se viera menos gris.”



Will también había esperado algo diferente la primera vez que estuvo aquí. La abrumadora sensación que uno tenía dentro de la Casa Oscura era que era un lugar en el que realmente nadie pensaría como un hogar. Las dañadas ventanas se veían grasosas y las cortinas sin lavar y descuidadas.



Will se enrolló las mangas. “Probablemente tengamos que derribar la puerta…”



“O…” dijo Jem, tomando el pomo y girándolo, “no.”



La puerta se abrió hacia un rectángulo de pura oscuridad.



“A ver, eso simplemente es ser perezoso,” dijo Will tomando una daga cazadora de su cinturón, dio un paso cuidadoso al interior y Jem lo siguió, manteniendo un fuerte asimiento en su bastón con cabeza de jade. Solían tomar turnos de quien iría primero en situaciones peligrosas, aunque Jem prefería ir en la retaguardia la mayoría de las veces, Will siempre olvidaba voltear hacia atrás. La puerta se cerró tras ellos aprisionándolos en la penumbra medio iluminada. La entrada lucía casi igual desde la primera vez que Will estuvo allí; la misma escalera de madera conduciéndolos hacia arriba, el mismo elegante piso de mármol, el mismo aire lleno de polvo. Jem subió su mano y su luz mágica se encendió, asustando a unos escarabajos negros. Se deslizaron por el suelo, causando que Will hiciera una mueca. “Bonito lugar para vivir, ¿verdad? Esperemos encontrar algo en esta pocilga. Algunas direcciones, algunos miembros, una prostituta o dos…”



“En efecto. Tal vez, si somos afortunados, aun podremos contagiarnos de sífilis.”



“O viruela demoniaca.” Sugirió Will alegremente, intentando la puerta bajo de las escaleras. Se abrió en un segundo, sin llave, como en la entrada. “Siempre hay viruela de demonio.”



“La viruela demoniaca no existe.”



“Oh, ustedes de poca fe,” dijo Will, desapareciendo en la oscuridad debajo de las escaleras. Juntos buscaron en el sótano, y los pisos de abajo cuidadosamente, encontrando sólo basura y polvo. Todo había sido removido del cuarto donde Tessa y Will habían luchado contra las Hermanas Oscuras; después de una larga búsqueda Will, descubrió algo en la pared que parecía una mancha de sangre, pero no estaba la fuente de ella, y Jem señaló que también podía ser sólo una mancha de pintura.



Abandonando el sótano, se encaminaron a las escaleras, y encontraron un corredor largo bordeado con puertas que era familiar para Will. Había corriendo por él, con Maite tras él. Entró al primer cuarto a la derecha, el cual había sido el cuarto en que la había encontrado. No había signo de aquella chica de ojos salvajes quien lo había golpeado con un jarrón floreado. El cuarto estaba vacío, todos los muebles habían sido llevados a la Ciudad Silenciosa para ser revisados. Cuatro manchas en el piso indicaban donde había estado la cama.
Todos los cuartos estaban casi iguales. Will estaba intentando abrir una ventana cuando oyó a Jem gritarle que debía venir rápidamente; estaba en el último cuarto a la izquierda. Will se dio prisa y encontró a Jem parado en el centro de una gran habitación cuadrada, su luz mágica brillando en su mano. No estaba solo. Aquí quedaba una pieza de mobiliario; una mecedora y sentada en ella una mujer, era joven, probablemente no más grande que Jessamine, y usaba un vestido de un estampado barato, su cabello estaba recogido a la altura de la nuca en un moño desordenado. Éste era de un aburrido castaño parduzco, y sus manos estaban desnudas y rojas. Sus ojos ampliamente abiertos miraban fijamente.



“Gah,” dijo Will, demasiado en shock para decir algo más. “Ella…”



“Está muerta,” dijo Jem.



“¿Estás seguro?” Will no podía quitar los ojos del rostro de la mujer. Estaba pálida, pero no con una palidez de cadáver, y sus manos estaban dobladas en su regazo, los dedos suavemente curvados, no rígidos con el rigor de la muerte. Se acercó a ella y puso su mano en su brazo. Estaba rígida y helada bajo sus dedos. “Bueno, no está respondiendo a mis insinuaciones,” observó más alegre de lo que se sentía, “así que debe estar muerta.”



“O es una mujer de buen gusto y sensata.” Jem se arrodilló y miró hacia el rostro de la mujer. Sus ojos eran de un azul pálido y protuberantes, estaba viendo más allá de él, con una mirada tan muerta, como si sus ojos estuvieran pintados. “Señorita,” dijo, alcanzando su muñeca con la intención de tomarle el pulso.



Ella se movió, sacudiéndose bajo su mano, dejando escapar un gemido inhumano.



em se levantó rápidamente. “Que rayos…”



La mujer levantó la mano. Sus ojos aun estaban en blanco, desenfocados, pero sus labios se movieron con un chillido. “¡Cuidado!” gritó. Su voz hizo eco en la habitación y Will, con un grito, dio un salto atrás. La voz de la mujer sonaba como un engranaje rechinando contra otro. “Cuidado Nephillim. Así como ustedes asesinan a otros, serán asesinados. Su ángel no podrá protegerlos contra algo que ni Dios ni el diablo han creado, un ejército que no fue creado ni en el cielo, ni en el infierno. Tengan cuidado de la mano del hombre. Cuidado.” Su voz empezó a repicar más alto, a rechinar como un chillido y se echó atrás y adelante como una marioneta a la que le han jalado de sus hilos invisibles. “CUIDADO CUIDADOCUIDADOCUIDADO…”



“Dios santo,” murmuró Jem.



“¡CUIDADO!” chilló la mujer por última vez, cayó hacia adelante, tumbándose en el suelo, abruptamente silenciada. Will miraba fijamente, con la boca abierta.



“¿Está…?” empezó.



“Si,” dijo Jem. “Creo que está absolutamente muerta esta vez.”



Pero Will estaba negando con la cabeza. “Muerta, ya sabes, no pienso eso.”



“¿Entonces que piensas?”


En vez de contestar Will fue y se arrodilló junto al cuerpo, puso dos dedos al lado de la mejilla de la mujer, y giró suavemente su cabeza hasta que les dio la cara. Su boca estaba abierta, su ojo derecho miraba al techo. El izquierdo colgaba medio camino hacia su mejilla, fijada a su cuenca por un cable de cobre.



“No está viva,” dijo Will, “pero tampoco muerta. Puede ser… como uno de los aparatos de Henry. Creo.” Le tocó el rostro. “¿Quién pudo haber hecho algo así?”


“No puedo ni siquiera adivinar. Pero nos llamó Nefilim. Así que sabía lo que somos.”



“O alguien sabía,” dijo Will. “No creo que ella sepa nada, pienso que es una máquina, como un reloj. Y se ha agotado.” Se puso de pie. “A pesar de todo creo que debemos regresar al instituto. Henry querrá echarle un vistazo.”


Jem no replicó, estaba viendo a la mujer en el suelo. Su pie estaba desnudo y sucio bajo el dobladillo de su vestido. Su boca estaba abierta y pudo ver el destello de metal dentro de su garganta, su ojo pendía inquietantemente de su trozo de alambre de cobre mientras en alguna parte fuera de las ventanas, el reloj de una iglesia daba las campanadas del mediodía.



Una vez dentro del parque, Tessa se encontró con que empezaba a relajarse. No había estado en un lugar tan verde y callado desde que llegó a Londres, y se encontró casi presionada a estar maravillada por el pasto y los árboles, aunque seguía pensando que no había mejor parque que el Parque Central en Nueva York. El aire aquí no era tan brumoso como era en el resto de la ciudad y el cielo sobre sus cabezas había logrado un color que casi era azul.



Thomas esperaba con el carruaje a que las chicas terminaran de hacer su paseo. Mientras Maite caminaba junto a Jessamine, la otra chica mantenía un constante torrente de charla. Estaban haciendo su camino por una amplia avenida que, Jessamine le informó, era inexplicablemente llamada Rotten Row32. A pesar del nombre poco favorable, este era aparentemente el lugar para ver y ser vista. Por el centro de ésta, desfilaban hombres y mujeres a caballo, exquisitamente vestidos, las mujeres tenían sus velos flotando, sus risas haciendo eco en el aire de verano. A lo largo de los costados de la avenida caminaban otros peatones. Sillas y bancas estaban ubicadas bajo los árboles y las mujeres se sentaban girando coloridas sombrillas y sorbiendo té de menta; a su lado había caballeros fumando, llenando el aire de aroma de tabaco mezclado con olor a pasto y caballos.


A pesar de que nadie se había parado a hablar con ellas, Jessamine sabía quiénes eran,quien buscaba un esposo, quienes tenían aventuras con tal y tal esposa y que todos sabían acerca de ello. Era un poco vertiginoso, y Maite se alegró cuando pasaron a un estrecho camino que conducía al parque.



essamine deslizó su brazo a través del de Maite y le dio un suave apretón. “No sabe qué alivio es tener a otra chica alrededor,” dijo alegremente. “Digo, Charlotte está bien, pero es aburrida y está casada.”


“Está Sophie.”



Jessamine protestó. “Sophie es una sirvienta.”

“He conocido chicas que son muy cómplices con sus doncellas,” protestó Maite. Esto no era precisamente cierto. Había leído acerca de esas chicas pero nunca había conocido a ninguna. De todas formas, de acuerdo con las novelas, la obligación principal de una doncella era escucharte mientras derramabas fuera de tu corazón las tragedias de tu vida amorosa, y ocasionalmente vestirse con tus ropas y pretender ser tu, así puedes evitar ser capturada por un villano. No que Maite pudiera imaginarse a Sophie haciendo eso a favor de Jessamine.


“Ha visto como luce su cara. Ser horrible la hace ser amargada. Una doncella debe de ser bonita y hablar francés y Sophie no maneja ninguna de las dos. Le dije eso a Charlotte el día que la llevó a la casa, pero no me escuchó. Nunca me escucha.”



“No puedo imaginar por qué,” dijo Maite, habían pasado a un estrecho camino que serpenteaba entre los árboles. El centelleo del río era visible a través de ellos, y las ramas por encima de ellas se anudaban formando un dosel, bloqueando el brillo del sol.


“¡Lo sé! ¡Ni yo tampoco!” Jessamine levantó su rostro, dejando que el sol que aparecía a través del dosel bailara a través de su piel. “Charlotte nunca escucha a nadie. Siempre está enfadando al pobre de Henry. No sé por qué se casó con ella.”


“¿Asumo que fue porque la amaba?”



Jessamine resopló. “Nadie piensa eso. Henry quería acceso al Instituto así podía trabajar en sus pequeños experimentos en el sótano y no tener que pelear. Y no creo que estuviera dispuesto a casarse con Charlotte; no creo hubiera nadie más con quien quisiera casarse, pero si hubiera habido alguien más dirigiendo el Instituto, se hubiera casado con ella en vez de Charlotte.” Sorbió por la nariz. “Y luego están los chicos, Will y Jem. Jem es suficientemente agradable pero ya sabes cómo son los extranjeros. No muy confiables y básicamente egoístas y perezosos. Siempre está en su cuarto, pretendiendo estar enfermo,negándose a hacer nada para ayudar.” Jessamine continuó alegremente, aparentemente olvidando el hecho de que Jem y Will estaban fuera buscando en la Casa Oscura ahora mismo, mientras ella paseaba por el parque con Maite.“Y Will. Lo suficientemente atractivo, pero se comporta como un lunático la mitad del tiempo, como si hubiera sido criado por salvajes. No tiene ningún respeto por nada ni nadie, ninguna idea de cómo comportarse como un caballero. Supongo que es porque es Galés.”



Maite estaba desconcertada. “¿Galés?” ¿Es una cosa mala ser uno? Estaba a punto de añadir, pero Jessamine pensando que Tessa estaba dudando de los orígenes de Will, siguió con entusiasmo.


“Oh, si. Con ese cabello oscuro, se puede decir. Su madre era galesa. Su padre se enamoró de ella y eso fue todo. Dejó a los Nefilim. Tal vez ella le lanzó un hechizo.” Jessamine rió. “Ellos tienen toda clase de magia extraña y cosas en Gales, ya sabe.”


Maite no sabía “¿Sabe que les pasó a los padres de Will? ¿Están muertos?”


“Supongo que deben estar muertos, ¿no?, o sino hubieran vuelto a buscarlo.” Jessamine arrugó la frente. “Ugh. De todas formas. No quiero hablar más del Instituto.” Se volteó para mirar a Maite “Debe estar preguntándose por qué he sido amable con usted.”



“Er…” Maite se lo había preguntado bastante. En las novelas las chicas como ella, chicas que una vez tuvieron dinero, pero que lo habían perdido en tiempos difíciles, a menudo eran tomadas amablemente por un protector adinerado y las proveían de ropa nueva y educación (No, pensó Maite, que hubiera algo malo con su educación. Tía Harriet era tan culta como cualquier institutriz). Claro que Jessamine no se parecía en lo más mínimo a aquellas virtuosas señoras mayores de aquellas historias, cuyos actos de generosidad eran desinteresados. “Jessamine, ¿alguna vez has leído El Farolero?”



“Por supuesto que no. Las chicas no deberían leer novelas,” dijo Jessamine, en el tono en que alguien recita algo que ha oído en algún otro lugar. “A pesar de todo señorita Gray, tengo una proposición que hacerle.”


“Maite,” la corrigió automáticamente.


“Claro, ya somos las mejores de las amigas” dijo Jessamine, “y pronto seremos más que eso.”


Maite miró a la otra chica con desconcierto. “¿A qué se refiere?”



“Como estoy segura que el despreciable Will te ha dicho, mis padres, mis queridos papá y mamá han muerto. Pero me han dejado una considerable cantidad de dinero, pero no puedo acceder a él hasta que cumpla dieciocho años que será en unos meses. Ves el problema, por supuesto.”



Maite, quien no veía el problema, dijo “¿Lo veo?”



“No soy una Cazadora de Sombras, Maite. Desprecio todo lo que tenga que ver con los Nefilim. Nunca he querido ser una, y mi deseo más anhelado es salir del Instituto y no volver a dirigirle la palabra a nadie de allí nunca más.”



“Pero pensaba que sus padres era Cazadores de Sombras…”



“Uno no tiene que ser Cazador de Sombras si no lo desea,” replicó Jessamine. “Mis padres no querían. Dejaron la Clave cuando eran jóvenes. Mi madre siempre fue perfectamente clara. Nunca quiso a los Cazadores cerca de mí. Decía que nunca desearía esa vida a ninguna chica. Quería otras cosas para mí. Que pudiera hacer mi debut, conocer a la Reina, encontrar un buen esposo, y tener hermosos bebes. Una vida ordinaria.” Dijo las palabras con un hambre salvaje. “Hay otras chicas en esta ciudad ahora mismo Maite, otras de mi edad, que no son tan bonitas como yo, que están bailando, coqueteando, riendo y consiguiendo esposos. Reciben lecciones en francés. Yo recibo despreciables clases en lenguas demoníacas. No es justo.”



“Aún puede casarse” Maite estaba confundida “Cualquier hombre querría…”.



“Podría casarme con un Cazador de Sombras,” Jessamine escupió las palabras. “Y vivir como Charlotte, tener que vestirme y pelear como un hombre. Es asqueroso. Las mujeres no fueron creadas para comportarse de esa manera. Fuimos creadas para ser graciosas, estar en nuestras casas. Decorarlas de manera que a nuestro esposo le guste. Para que se sientan tranquilos y cómodos con nuestra gentil y angelical presencia.”



Jessamine no sonaba para nada angelical ni gentil, pero Maite decidió no mencionar nada de eso. “No veo como yo…”



Jessamine agarró el brazo de Maite ferozmente. “¿No puedes? Yo puedo dejar el Instituto, Maite, pero no puedo vivir sola. No sería respetable. Tal vez si fuera viuda, pero soy solamente una chica. Esto solamente no se hace. Pero si tuviera compañía, una hermana…”



“¿Deseas que pretenda ser tu hermana?” chilló Maite.



“¿Por qué no?” dijo Jessamine, como si fuera la petición más razonable del mundo. “O podrías ser mi prima de América. Si, eso podría funcionar. Ya ves,” añadió mas prácticamente, “no es como si tuvieras a donde ir ¿verdad?, estoy segura de que conseguiríamos esposos en prácticamente nada de tiempo.”


Maite, a quien la cabeza le empezaba a doler, deseaba que Jessamine cesara de hablar de “conseguir” esposos como si fuera tan fácil como coger un resfriado o un gato perdido.


“Podría presentarte a la mejor gente,” continuaba Jessamine, “habría bailes y cenas…” se quedó callada viendo a su alrededor. “Pero, ¿dónde estamos?”



Maite echó un vistazo a su alrededor, el camino se había cerrado. Ahora era un camino oscuro que llevaba por medio de árboles retorcidos. Maite ya no podía ver el cielo ni oír el sonido de las voces. Detrás de ella, Jessamine se había detenido. Su rostro estaba cubierto de miedo.



“Estuvimos deambulando por el camino,” susurró ella.


“Bueno podemos encontrar el camino de regreso, ¿no?” Maite giró a todos lados, buscando una abertura en los árboles, algo de luz “Creo que veníamos por allí…”

32 Rotten Row es un ancho camino a lo largo del lado sur de Hyde Park en Londres, que va desde Hyde Park Corner al oeste. En su apogeo en el siglo 18, Rotten Row fue un lugar de moda para los londinenses de clase alta a la vista.Rotten Row siginifica literalmente Paseo Podrido.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 11:53 am

Jessamine agarró de repente el brazo de Maite, sus dedos como garras. Algo…no, alguien, se había aparecido delante de ellas en el camino.



La figura era pequeña, tan pequeña que por un momento Maite pensó que era un niño. Pero a medida que la forma se acercaba a la luz, vio que era un hombre; un hombre encorvado, de aspecto arrugado, vestido como un vendedor ambulante, en ropa andrajosa, con un sombrero hacia atrás de su cabeza. Su cara era arrugada y blanca, como una manzana vieja y sus ojos eran negros en medio de muchas capas de piel arrugada. Sonrió, enseñando sus dientes que eran afilados como navajas. “Chicas lindas.”



Maite vio de reojo a Jessamine, la otra chica estaba rígida y mirando fijamente, su boca una línea blanca. “Nos tenemos que ir,” susurró Maite y jaló a Jessamine del brazo. Despacio, como si estuviera en un sueño Jessamine permitió a Maite girarla para llevarla por donde habían venido…



Y el hombrecillo estaba enfrente de ellas otra vez, bloqueándoles el paso hacia el parque. Lejos en la distancia, Maite creyó ver el parque, una especie de claridad, lleno de luz. Se veía imposiblemente lejos.


“Se desviaron del camino,” dijo el extraño. Su voz era cantarina, rítmica. “Chicas lindas, se desviaron del camino y ya saben que les pasa a las chicas como ustedes.”



Dio un paso hacia adelante. Jessamine aun rígida, agarraba su sombrilla como si fuera una línea vital. “Duende,” dijo “trasgo, o lo que seas, no tenemos ninguna pelea con nadie del Pueblo de las Hadas. Pero si nos tocas…”



“Se desviaron del camino,” cantó el hombrecillo, acerándose, y Maite vio que sus brillantes zapatos no eran zapatos después de todo, sino que relucientes pezuñas. “Estúpidos Nefilims, por venir a este lugar sin marcar. Esta tierra es más antigua que cualquier acuerdo. Aquí hay tierra forastera. Si su sangre de ángel cae sobre ésta, viñas doradas crecerán de ese punto, con diamantes en sus Oops!. Y yo lo reclamo. Reclamo su sangre.”



Maite tironeó del brazo de Jessamine “Jessamine, deberíamos…”


“Maite, silencio.” Zafando su brazo, Jessamine apunto al duendecillo con la sombrilla. “No quieres hacer esto. Tú no quieres…”



La criatura saltó. Mientras se precipitaba hacia ellas, su boca pareció ampliarse, su piel dividiéndose, y Maite vio el rostro debajo, colmilludo y perverso. Ella gritó y dio un tropiezo hacia atrás, su pie se había atorado en la raíz de un árbol, cayó al suelo mientras que Jessamine levantaba la sombrilla, y con un ligero movimiento de la muñeca de Jessamine la sombrilla se abrió como una flor.



El duende gritó. Gritó y rodó en el suelo aun gritando. Sangre salía de una herida en su mejilla, manchando su chaqueta andrajosa.



“Te dije,” dijo Jessamine. Estaba respirando trabajosamente y su pecho subía y bajaba como si hubiera estado corriendo por el parque. “Te dije que nos dejaras en paz, tú, criatura inmunda…”



Lo golpeó de nuevo, y ahora Maite podía ver los bordes de la sombrilla de Jessamine que resplandecían en un oro blanco, y eran tan filosos como navajas. Sangre salía disparada de los bordes del instrumento en flor. El duende aulló de dolor levantando sus brazos para protegerse. Se veía como un hombre indefenso ahora, y aunque Maite sabía muy bien que era una ilusión, no pudo evitar sentir pena por él. “Piedad, señorita, Piedad”.



“¿Piedad?” escupió Jessamine. “¡Tú querías cultivar flores con mi sangre! ¡Tú, sucio duende! ¡Criatura inmunda!” Lo cortó otra vez con la sombrilla, y otra vez, y el duende gritaba y se removía. Maite se sentó, quitándose la tierra del cabello y poniéndose en pie.



Jessamine seguía gritando, la sombrilla volando, la criatura en el suelo contrayéndose con cada golpe. “Te odio,” chilló Jessamine, su voz estaba temblando. “Te odio a ti y a todos los… Submundos asquerosos, asquerosos…”


“¡Jessamine!” Maite corrió hacia la otra chica y puso sus brazos a su alrededor, sujetando los brazos de ella a su cuerpo. Por un momento Jessamine peleó, y Maite se dio cuenta de que no había manera de que ella la pudiera sujetar. Era fuerte, los músculos bajo la suave y femenina piel estaban tensos. Y luego Jessamine se volvió floja en sus brazos, recargándose en el pecho de Maite, su respiración volviéndose normal al momento que la sombrilla se caía de sus manos. “No,” gimió. “No. No quería. No quería decirlo. No…”



Maite echó una ojeada hacia abajo. El cuerpo del duende estaba encorvado y sin movimiento a sus pies. Sangre se extendía por todo el suelo, desde donde él yacía, corriendo por la tierra como venas oscuras. Sosteniendo a Jessamine mientras sollozaba, Maite no pudo dejar de preguntarse qué crecería allí ahora.


Fue, sin sorpresa, Charlotte la primera que se recobró del asombro. “Sr. Mortmain, No creo estar segura de lo que posiblemente quiera decir…”



“Claro que lo sabe.” Él estaba sonriendo, de oreja a oreja, con una sonrisa juguetona. “Cazadores de Sombras, los Nefilim, así es como se llaman ustedes, ¿verdad?, los híbridos de hombres y ángeles. Extraño, ya que en la biblia son considerados monstruos horribles, ¿no?”



“Usted sabe, eso no es enteramente verdad…” Henry dijo, incapaz de contener el sarcasmo en él. “Hay un problema con la traducción del arameo original…”



“Henry,” dijo Charlotte advirtiéndolo.



“¿De verdad encierran a las almas de los demonios que matan en una esfera gigante de cristal?” continuó Mortmain, con ojos muy abiertos. “¡Que increíble!”



“Se refiere al Pyxis?” Henry se veía confundido. “No es cristal, es mas como una caja de madera, y no son almas lo que se atrapa, los demonios no tienen alma, ellos tienen energía.”



“Silencio, Henry,” replicó Charlotte.



“Sra. Branwell,” dijo Mortmain. Sonaba terriblemente alegre. “Por favor no se preocupe. Ya sé todo lo de su clase, ya ve. Usted es Charlotte Branwell, ¿No es así? Y este es su

esposo Henry Branwell. Usted dirige el Instituto de Londres donde alguna vez estuvo la Iglesia de Todos los Santos. ¿Honestamente pensó que yo no sabría quienes serían? ¿Especialmente una vez que intentó encantar a mi sirviente? Él no puede mantener un glamour, ¿sabe? Le da urticaria.”



Charlotte movió las cejas. “¿Y cómo obtuvo toda esta información?”


Mortmain se enderezó rápidamente, mirándose las manos. “Soy un estudiante de lo oculto. Desde mi tiempo en la India cuando era un hombre joven, cuando por primera vez supe de ellas, he estado fascinado con el área de las sombras. Para un hombre en mi posición con los fondos suficientes y tiempo suficiente, muchas puertas se abren. Hay libros que se pueden comprar, información que se puede pagar. Su conocimiento no es tan secreto como ustedes pueden pensar.”



“Tal vez,” dijo Henry, luciendo profundamente infeliz. “Pero es peligroso, ya sabe. Matar demonios, no es como dispararle a tigres. Ellos lo pueden cazar, así como usted a ellos.”



Mortmain chasqueó. “Mi muchacho, no tengo interés de cazar demonios desarmado. Claro que esta información es peligrosa en manos de caprichosos y fanáticos, pero la mía es una mente sensata y cuidadosa. Sólo busco una expansión de mi conocimiento del mundo, nada más”. Miró el cuarto. “Debo decir, que nunca tuve el honor de hablar con un Nefilim antes. Claro que su mención en la literatura es frecuente, pero leer algo y experimentarlo son dos cosas completamente diferentes. Estoy seguro de que están de acuerdo. Hay tanto que podrían enseñarme…”



“Eso,” dijo Charlotte en un tono helado, “tendríamos suficiente de eso.”



Mortmain la miró, confundido“¿Discúlpeme?”



“Ya que sabe tanto de los Nefilim, Sr. Mortmain, puedo preguntar, ¿cuál es nuestro mandato?”



Mortmain lucía engreído. “Destruir demonios. Proteger humanos; mundanos, tengo entendido que así nos llaman.”



“Si,” dijo Charlotte, “Y gran parte del tiempo que protegemos humanos es de sus propias tonterías. Veo que usted no es la excepción a la regla.”



A esto, Mortmain se vio realmente estupefacto. De reojo miró a Henry. Charlotte conocía esa mirada. Era la mirada que solamente se daban entre hombres, una mirada que decía, ¿No puede controlar a su esposa, señor? Una mirada que sabía era un desperdicio en

Henry, que parecía tratar de leer los planos del escritorio de Mortmain, poniendo muy poca atención a la conversación.


“Usted cree que el conocimiento que ha adquirido de lo oculto lo hace muy listo,” dijo Charlotte. “Pero he visto mi cuota de muertes de mundanos, Sr. Mortmain. No puedo contar todas la veces que hemos ido a remover los restos de un humano que se decía experto en las prácticas mágicas. Recuerdo, cuando era niña, ser llevada a la casa de un abogado. Era parte de un tonto círculo de hombres quienes se creían magos. Pasaban el tiempo cantando, usando capas y dibujando pentagramas en el suelo. Un noche, él determinó que sus habilidades eran suficientes para dominar un demonio.”


“¿Y fue así?”


“Sí, lo fue,” dijo Charlotte. “Invocó al demonio Marax. Éste procedió a asesinarlo y a toda su familia.” Su tono era serio. “Encontramos a la mayoría colgando sin cabeza, boca abajo en la cochera. El más joven de sus hijos fue rostizado en un asador en el fuego. Nunca encontramos a Marax.”


Mortmain palideció pero mantuvo la compostura. “Siempre están esos que no saben cuáles son los límites de sus habilidades,” dijo “Pero yo…”


“Pero usted jamás sería tan tonto”, dijo Charlotte. “Guárdese lo que es, en este momento está siendo igual de tonto. Usted ve a Henry y a mí y no nos tiene miedo. ¡Está usted entretenido! ¡Un cuento de hadas vuelto a la vida!” golpeó la orilla de su escritorio fuertemente, haciéndolo saltar. “La fuerza de la Clave está respaldándonos,” dijo, en un tono frío como si estuviera en una reunión. “Nuestro mandato es proteger a humanos. Tales como Nathaniel Gray. Él ha desaparecido, y algo oculto está claramente detrás de esa desaparición. Y aquí encontramos a su antiguo empleador, que claramente está empapado con asuntos de lo oculto. Cuesta creer que los dos hechos no estén conectados.”


“Yo… Él… ¿El Sr. Gray ha desaparecido?” tartamudeó Mortmain.


“Ha desaparecido. Su hermana vino a nosotros, buscándolo; ha sido informada por un par de hechiceros de que él estaba en grave peligro. Mientras usted, señor, esta entreteniéndose, él podría estar muriendo. Y la Clave no ve bien a aquellos que interfieren con la Clave y sus órdenes.”


Mortmain pasó una mano por su cara, cuando apareció detrás del movimiento se veía gris. “Yo, claro,” dijo, “Les contaré todo lo que quieran saber.”
“Excelente,” el corazón de Charlotte latía rápido, pero su voz no la traicionó con ansiedad.



“Solía conocer a su padre. El padre de Nathaniel. Le di empleo hace más de veinte años, cuando Mortmain era principalmente una empresa de barcos. Tenía oficinas en Hong Kong, Shanghai, Tiajin…” se calló cuando Charlotte empezó a golpear impacientemente con sus dedos el escritorio. “Richard Gray trabajó para mí aquí en Londres. Era mi gerente, un hombre amable y listo. Sentí perderlo cuando se mudó con su familia a América. Cuando Nathaniel me escribió y me dijo quien era, le ofrecí un trabajo aquí.”



“Sr. Mortmain”, la voz de Charlotte era como acero. “Esto no está relacionado…”



“Oh, pero lo está,” el pequeño hombre insistió. “Usted ve, mi conocimiento sobre lo oculto siempre ha sido una ayuda para mí en asuntos de negocios. Hace algunos años, por ejemplo, el destacado banco Lombard Street colapsó, destruyendo docenas de grandes compañías. Mi relación con un hechicero me ayudó a no caer en ese desastre. Fui capaz de sacar mis acciones del banco antes de que fuera disuelto y salvé mi compañía. Pero creé sospechas en Richard. Él debió haber hecho una investigación, porque no tardó en confrontarme con el tema del Club Pandemónium.”



“Usted era un miembro entonces,” murmuró Charlotte, “por supuesto.”



“Le ofrecí a Richard ser miembro en el club, hasta lo llevé a una reunión o dos, pero él estaba desinteresado. Tiempo después, se mudó a América con su familia.” Mortmain abrió sus manos. “El Club Pandemónium no es para cualquiera. Viajando ampliamente como yo lo he hecho, he escuchado historias de organizaciones similares en otras ciudades, grupos de hombres que saben del mundo de las sombras y quisieran compartir su conocimiento y avances, pero uno paga un precio muy alto por el secreto de ser miembro.”



“Uno paga un precio mucho más alto por eso.”



“No es una organización maligna,” dijo Mortmain, su voz casi sonaba herida. “Han habido muchos grandes avances, grandes inventos. Vi a un hechicero crear un anillo de plata que podía transportar al portador a otro lugar con sólo girarlo en su dedo. O una puerta que lleva a cualquier lugar en el mundo a donde quisieras ir. He visto hombres regresar del borde de la muerte…”




“Soy consciente de lo que la magia puede hacer, Sr. Mortmain.” Charlotte le echó un vistazo a Henry, que estaba examinando los planos de algún artefacto metálico, montado en la pared. “Hay una cuestión que me preocupa. Los hechiceros que parecen haber secuestrado al Sr. Gray están, de una forma u otra, relacionados con el Club. Siempre he escuchado que el club era exclusivo de mundanos. ¿Por qué debería haber Submundos allí?”



La frente de Mortmain se arrugó. “¿Submundos? ¿Se refiere a los seres sobrenaturales como hechiceros y licántropos y los demás? Hay niveles y niveles de membresía, Sra. Branwell. Un mundano como yo puede ser miembro del club. Pero los presidentes, aquellos que lo manejan, son Submundos. Hechiceros, hombres lobo y vampiros. Sin embargo, el reino de las hadas nos rechaza. Demasiados capitanes de la industria, ferrocarriles, fábricas y cosas por el estilo, para ellos. Ellos odian esas cosas.” Sacudió su cabeza. “Adorables criaturas, las hadas, pero temo que el progreso será su muerte.”



Charlotte estaba desinteresada acerca de lo que pensaba Mortmain de las hadas; su mente estaba divagando. “Déjeme adivinar. Usted introdujo a Nathaniel Gray al club, exactamente como a su padre.”

Mortmain, que parecía haber ganado algo de su confianza pasada, se marchitó de nuevo. “Nathaniel había trabajado sólo unos cuantos días en mi oficina de Londres cuando me confrontó. Deduje que se había enterado de las experiencias de su padre en el club y le dio un fiero deseo de saber más. No pude negarme. Lo llevé a una reunión y pensé que eso sería el fin de todo. Pero no lo fue.” Sacudió la cabeza. “Nathaniel entró al club como un pato al agua. Unas pocas semanas después de su primera reunión, se fue de la casa de alojamiento. Me mandó una carta, renunciando y diciendo que iba a trabajar para otro miembro del Club Pandemónium, alguien que aparentemente estaba dispuesto a pagarle lo suficiente para sustentar sus hábitos de apostar.” Suspiró. “Es innecesario decir que no dejó una dirección de reenvío.”



“¿Y eso fue todo?” la voz de Charlotte sonaba desconfiada. “¿No trató de buscarlo?, ¿Averiguar a dónde había ido? ¿Saber quién era su nuevo empleador?” “Un hombre puede tomar un empleo donde le plazca.” Dijo Mortmain, protestando. “No había razón para sospechar”



“¿Y no lo ha visto desde entonces?”



“No. Le dije…”



Charlotte lo interrumpió. “Usted dijo que él entro al Club Pandemónium como un pato al agua, sin embargo, ¿No lo ha visto en ninguna reunión desde que renunció?”



Una mirada de pánico atravesó la mirada de Mortmain. “Yo… no he estado en ninguna reunión desde entonces. El trabajo me ha mantenido extremadamente ocupado.”



Charlotte examinó cautelosamente a Axel Mortmain a través de su enorme escritorio. Era buena juzgando el carácter de la gente, siempre lo había pensado. No era como si nunca se hubiera cruzado con un hombre como Mortmain antes. Hombres fanfarrones, simpáticos, y seguros, hombres que creían que su éxito en los negocios o alguna otra ocupación mundana quería decir que tendrían el mismo éxito al ejercer las artes mágicas. Pensó en el abogado de nuevo, y las paredes de su casa bañadas de rojo escarlata por la sangre de su familia. Pensó en el terror que debió haber vivido en sus últimos momentos de vida. Podía ver un miedo similar asomándose a los ojos de Axel Mortmain.



“Sr. Mortmain,” dijo, “No soy tonta, sé muy bien que me está escondiendo algo.” Tomó de su relicario uno de los engranajes que Will había recogido de la casa de las Hermanas Oscuras, y lo puso sobre el escritorio. “Eso se parece a algo de lo que su fábrica produce.”



Con una mirada distraída Mortmain echó un vistazo a la pieza de metal sobre su escritorio.



“Si… si, esa es una de mis piezas producidas aquí. ¿Qué con eso? ”


“Dos hechiceras que se hacen llamar las Hermanas Oscuras, dos miembros del club Pandemónium, han estado matando humanos. Chicas jóvenes. Algo poco más que unas niñas. Y encontramos esto en el sótano de su casa.”



“¡No tengo nada que ver con ningún asesinato!” exclamó Mortmain. “Yo nunca… pensé…” comenzó a sudar.



“¿Qué pensó?” la voz de Charlotte fue suave.


Mortmain levantó la pieza de metal con dedos temblorosos. “Usted no se imagina…” habló arrastrando las palabras. “Hace unos meses antes, uno de los miembros importantes, un Submundo, muy viejo y poderoso, se acercó a mí y me preguntó si le podía vender algún equipamiento mecánico barato. Dientes y engranajes y cosas parecidas. No pregunté para que los quería, ¿por qué lo haría? No parecía nada sospechoso el encargo.”



“De alguna casualidad,” dijo Charlotte, “¿Era el mismo hombre que empleó a Nathaniel después de renunciar?”



Mortmain dejó caer la pieza. Mientras rodaba por la mesa, bajó la mano de golpe, deteniendo la pieza. Aunque no decía nada, Charlotte pudo ver por el miedo en sus ojos, que estaba en lo correcto. Un hormigueo de triunfo corrió por sus nervios.


“Su nombre,” dijo. “Dígame su nombre.”



Mortmain veía fijamente el escritorio. “Mi vida sería el precio por decirle.”



“¿Y qué pasa con la vida de Nathaniel Gray?” dijo Charlotte.



Sin verla a los ojos Mortmain meneó la cabeza. “No tiene idea de que tan poderoso es este hombre. Cuan peligroso.”



Charlotte se enderezó. “Henry,” dijo. “Henry, tráeme el Convocador.”



Henry se volteó de la pared y parpadeó hacia ella con confusión. “Pero, querida…”



“¡Tráeme el artefacto!” Charlotte chasqueó. Detestaba regañar a Henry; era como patear a un perrito. Pero a veces lo tenía que hacer.



La mirada de confusión no abandonó la cara de Henry cuando fue a reunirse con su esposa ante el escritorio de Mortmain, y sacó del bolsillo un aparato. Era de metal negro, alargado, con una serie de botones peculiares a través de la superficie de éste. Charlotte lo tomó y se lo mostró a Mortmain.


“Esto es un Convocador,” le dijo. “Esto me permitirá llamar a la Clave. Dentro de tres minutos ellos estarán rodeando su casa. Los Nefilim lo arrastrarán de este cuarto, gritando y pataleando. Lo torturarán hasta que se decida a hablar. ¿Usted sabe qué le pasa a un hombre cuando se le pone sangre de demonio en los ojos?”



Mortmain le dio una mirada fantasmal, pero no dijo nada.



“Por favor no me ponga a prueba, Sr. Mortmain.” El artefacto en la mano de Charlotte se veía inocente, su voz también. “Odiaría verlo morir.”


“¡Por el amor de Dios, hombre, dígale!” estalló Henry. “En serio, no hay necesidad de que esto pase, Sr. Mortmain, solo lo está haciendo más difícil para usted.”



Mortmain se cubrió la cara con las manos. Él siempre quiso conocer reales Cazadores de Sombras, pensó Charlotte, viéndolo. Y ahora lo había hecho.



“De Quincey,” dijo. “No sé su primer nombre. Sólo de Quincey.”



Por el Ángel. Charlotte exhaló suavemente, bajando el artefacto a su lado. “¿De Quincey? No puede ser…”



“¿Usted sabe quién es?” la voz de Mortmain estaba apagada. “Bueno, supongo que lo hace.”


“Él es la cabeza de un clan de vampiros muy poderoso en Londres,” le dijo Charlotte casi renuente, “Un muy poderoso submundo, y un aliado de la Clave.”


“Él es la cabeza del club,” dijo Mortmain. Se veía agotado, algo gris. “Todos los demás responden a él.”



“La cabeza del club, ¿Tiene título?”



Mortmain se veía algo sorprendido por la pregunta. “El Maestro.”

Con una mano que sólo se sacudía ligeramente, Charlotte deslizó el artefacto que estaba sosteniendo dentro de su manga. “Gracias, Señor Mortmain, ha sido de gran ayuda.”



Mortmain la miró con una especie de agotado resentimiento. “De Quincey averiguará que les conté. Y me matará.”



“La Clave verá que eso no suceda. Y dejaremos su nombre fuera de esto. Él nunca sabrá que hemos hablado.”


“¿Usted haría eso?” dijo Mortmain, suavemente. “¿Por lo que era una tontería mundana?”


“Tengo esperanzas en usted, Sr. Mortmain. Parece haberse dado cuenta de su propia estupidez. La Clave estará vigilándolo, no sólo por su propia protección, sino que también para asegurar que usted se mantenga alejado del Club Pandemónium y organizaciones de ese tipo. Por su propia seguridad, espero que haya tomado esta reunión como advertencia.”



Mortmain asintió. Charlotte se encaminó a la puerta, Henry siguiéndola, ella ya había abierto la puerta y estaba parada en el umbral cuando Mortmain habló otra vez. “Eran sólo engranajes,” dijo suavemente, “sólo piezas inofensivas.”


Fue Henry, para la sorpresa de Charlotte quien contestó, sin voltear. “Los objetos inanimados son inofensivos en verdad, Sr. Mortmain. Pero uno no siempre puede decir lo mismo de los hombres que los manipulan.”


Mortmain se quedó en silencio, mientras los dos Cazadores de Sombras salían de la habitación. Momentos después estaban en la plaza, respirando aire fresco… tan fresco como el aire de Londres podría estar. Podría estar lleno de polvo y humo, pero al menos no estaba lleno de desesperación y miedo como lo estaba la oficina de Mortmain.


Sacando el artefacto de su manga, Charlotte se lo ofreció a su esposo. “Supongo que debo preguntar,” dijo cuando él lo tomaba con expresión seria, “¿Qué es este objeto, Henry?”



“Algo en lo que he estado trabajando.” Henry lo miró minuciosamente. “Un aparato que puede sentir la energía demoníaca. Lo iba a llamar Sensor. No lo tengo funcionando todavía. ¡Pero lo haré!”


“Estoy segura de que será esplendido.”


Henry trasladó su afectuosa expresión del artefacto a su esposa. Un raro evento.


“Pura genialidad, Charlotte. Pretender que podrías convocar la Clave al lugar, ¡Sólo para asustar al pobre hombre! ¿Pero cómo sabías que tendría un aparato el cual utilizar para tus propios fines?”



“Bueno, lo tenías querido,” dijo Charlotte “¿No es así?”


Henry la miró tímido. “Eres tan terrorífica como maravillosa, querida.”


“Gracias Henry.”


El viaje de vuelta al Instituto fue uno silencioso; Jessamine estaba viendo por la ventana del coche el enmarañado tráfico de Londres, negándose a decir una sola palabra. Sujetaba su sombrilla en su regazo, viéndose indiferente al hecho de que la sangre en los bordes manchaba su chaqueta de tafetán. Cuando llegaron al camino hacia la iglesia, dejó que Thomas la ayudara a bajar del carruaje antes de agarrar la mano de Maite.



Sorprendida por el contacto, Maite sólo pudo quedársele viendo fijamente. Los dedos de Jessamine estaban helados. “Ven conmigo.” dijo Jessamine impacientemente, y tiró de su compañera hacia las puertas del Instituto, dejando a Thomas mirando detrás de ellas.


Tessa dejó a la otra chica arrastrarla por las escaleras, dentro del propio instituto, y por un largo corredor, que era casi idéntico al que dirigía al cuarto de Maite Jessamine localizó una puerta, empujó a Tessa a través de ella, y la siguió, cerrando la puerta tras ellas. “Quiero enseñarte algo,” dijo.

Maite miró a su alrededor. Era otra de las grandes habitaciones de las cuales el Instituto parecía tener un número infinito. La habitación de Jessamine estaba decorada a su gusto. Por sobre los revestimientos de madera, las paredes tenían un tapiz rosa de seda y el cobertor de su cama estaba estampado con flores. Había un tocador blanco, también, su superficie cubierta con un conjunto de tocador de aspecto caro, un soporte de anillos, una botella de agua de flores y un cepillo de plata para el cabello y un espejo.



“Tu cuarto es precioso,” dijo Maite, más porque esperaba calmar la evidente histeria de Jessamine, que porque quisiera decirlo.


“Es demasiado pequeño,” dijo ella. “Pero ven aquí.” Y aventando la sombrilla ensangrentada a la cama, caminó a través de la habitación, hacia un rincón junto a la ventana. Maite la siguió con cierta perplejidad. No había nada en el rincón salvo una mesa alta, y sobre la mesa había una casa de muñecas. No del tipo de casita de juegos de Dolly de dos cuartos de cartón que Maite tenía cuando era niña. Ésta era una bellísima reproducción en miniatura de una verdadera casa en Londres, y cuando Jessamine la tocó,Maite vio que en el frente se abría con pequeñas bisagras. Maite contuvo el aliento. Había pequeños cuartos, perfectamente decorados con muebles en miniatura, todo hecho a escala, desde las pequeñas sillas de madera con cojines de punto, hasta una estufa de metal en la cocina. También había pequeñas muñecas, con cabezas de porcelana y pequeñas pinturas al óleo en las paredes.


“Esta era mi casa.” Jessamine se arrodilló, poniéndose a la altura de los cuartos de la casa de muñecas, y gesticulando para que Maite hiciera lo mismo.



Maite lo hizo torpemente, tratando de no arrodillarse en la falda de Jessamine. “¿Te refieres a que ésta era tu casa de muñecas cuando eras niña?” “No.” Jessamine sonaba irritada. “Esta era mi casa. Mi padre me mandó a hacer esta casita, cuando tenía seis años de edad. Está hecha exactamente como mi casa, en la que viví, por la calle Curzon. Éste era el mismo tapiz que teníamos en el comedor,” señaló, “y esas las mismas sillas en el estudio de mi padre. ¿Lo ves?”


Miró a Maite intensamente, tan intensamente que hizo que Maite estuviera segura de que debía de ver algo allí, algo más allá del carísimo juguete de Jessamine que debió de haber dejado hace mucho tiempo. Simplemente no sabía que era. “Es preciosa,” dijo finalmente.



“Ves, aquí en el recibidor está Mamá,” dijo Jessamine, tocando una de las pequeñas muñecas con su dedo. La muñeca se tambaleó en su mecedora. “Y aquí en el estudio, leyendo un libro, esta papá. Su mano fue hacia la otra figura de porcelana. “Y arriba en la guardería esta la bebé Jessie.” Dentro de la cuna había en efecto otra pequeña muñeca, sólo su cabeza era visible por sobre sus pequeños cobertores. “Después ellos cenarán, aquí en el comedor. Y luego papá y mamá se sentarán en la sala junto al fuego. Algunas noches ellos van al teatro, o a cenar, o a un baile.”


Y luego mamá besará a papá de buenas noches, se irán a su cuarto y dormirán toda la noche. No habrá llamadas de la Clave a media noche que los lleve a pelear contra demonios en la oscuridad. No habrá nadie


Santo dios, pensó Maite.



Como si Jessamine pudiera leer la mente de Maite, su rostro se retorció. “Cuando nuestra casa se quemó, no tuve otro lugar a donde ir. No era como si hubiera parientes que me pudieran acoger; todos los parientes de papá y mamá eran Cazadores de Sombras y no habían hablado con ellos desde que se separaron de la Clave. Henry fue el que me hizo esa sombrilla. ¿Sabías eso? Yo pensaba que era bastante bonito, hasta que me dijo que estaba fabricado con electrum, filoso como una navaja de afeitar. Siempre estuvo destinado a ser un arma.”


“Tú nos salvaste,” dijo Maite. “Hoy, en el parque. Yo no pude pelear en lo absoluto. Y si tu no hubieras hecho lo que hiciste…”


“No debí haberlo hecho.” Jessamine miraba fijamente la casa de muñecas con ojos vacíos. “No tendré esta vida, Maite. No la tendré. No me importa que tenga que hacer. No viviré así. Preferiría morir.”

Alarmada, Maite estaba a punto de decirle que no hablara así, cuando la puerta se abrió tras ellas. Era Sophie, con su delantal blanco y vestido negro. Sus ojos, cuando se posaron en Jessamine, eran cautelosos. Dijo, “Srta. Maite, El Sr. Branwell quisiera verla en su estudio. Dice que es importante.”


Maite se volvió a Jessamine para preguntarle si estaría bien, pero el rostro de Jessamine se había cerrado como una puerta. La vulnerabilidad y el enojo se habían ido; la fría máscara había vuelto.


“Ve entonces, si Henry te quiere,” dijo. “Ya estoy cansada de ti, y creo que me dará una jaqueca. Sophie cuando regreses, voy a necesitar que masajees mis sienes con agua de colonia.”


Los ojos de Sophie se encontraron con los de Maite a través de la habitación, con algo como diversión. “Como desee, Srta. Jessamine.”
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 11:54 am

7

La Chica Mecánica



Pero indefensas Piezas del Juego él juega Sobre este tablero de ajedrez de Noches y Días Se mueve de aquí para allá, y refrena y mata. — "El Rubaiyat de Omar Khayyam"

Había oscurecido fuera del Instituto, y la linterna de Sophie emitía extrañas sombras que bailaban en las paredes mientras conducía a Maite bajando un tramo de escaleras de piedra tras otra. Los escalones eran viejos, cóncavos en el centro, donde generaciones de pies los habían gastado. Las paredes de piedra eran de textura áspera, las diminutas ventanas establecidas en ellas a intervalos dando lugar eventualmente a la vacuidad lo que parecía indicar que habían pasado bajo tierra.




"Sophie," dijo Maite finalmente, con los nervios a carne viva por la oscuridad y el silencio, "¿estamos bajando a la cripta de la iglesia, por casualidad?"




Sophie se rió entre dientes, y las luces de la linterna parpadearon en las paredes. "Solía ser la cripta, antes de que el Sr. Branwell hubiera arreglado un laboratorio para sí mismo. Él siempre está ahí abajo, jugando con sus juguetes y sus experimentos. No vuelve ni la mitad de loca a la Sra. Branwell."



"¿Qué está haciendo?" Maite casi tropezó con un peldaño irregular, y tuvo que agarrarse de la pared para enderezarse sí misma. Sophie pareció no darse cuenta.



"Todo tipo de cosas," dijo Sophie, su voz resonaba extrañamente en las paredes. "Inventando nuevas armas, equipo de protección para los Cazadores de Sombras. Le encantan los mecanismos de relojería y ese tipo de cosas. La Sra. Branwell a veces dice que piensa que él la amaría más si hiciera tic-tac como un reloj." Se echó a reír.


"Eso suena," dijo Maite, "como si estuvieras encariñada con ellos. El Sr. y la Sra. Branwell, quiero decir.” Sophie no dijo nada, pero el orgullo se situó en su espalda pareciendo endurecerla un poco. "Más encariñada a ellos de lo que estás con Will, de todos modos," dijo Maite, con la esperanza de suavizar con humor el ánimo de la otra chica.



"Él." El disgusto era evidente en la voz de Sophie. "Es… bueno, es un mal tipo, ¿no? Me recuerda al hijo de mi último empleador. Era orgulloso al igual que el Sr. Herondale. Y lo que quisiera, lo conseguía, desde el día en que nació. Y si él no lo conseguía, bueno..." se estiró entonces, casi inconscientemente, y tocó el lado de su rostro, donde la cicatriz corría de su boca a su sien.


"Entonces, ¿qué?"


Pero de manera brusca Sophie estuvo de vuelta. “Entonces lanzaría un ataque, eso es todo." Pasando su brillante linterna de una mano a la otra, miró hacia abajo en la penumbra. "Tenga cuidado aquí, señorita. La escalera puede llegar a ser muy húmeda y resbaladiza hacia la parte inferior."



Maite se acercó a la pared. La piedra estaba fría contra su mano desnuda. "¿Crees que es simplemente porque Will es un Cazador de Sombras?” Preguntó ella. "Y ellos… bueno, ellos más bien piensan que son superiores, ¿no? Jessamine también…”


“Pero el señor Carstairs no es así. No se parece en absoluto a los demás. Ni tampoco lo son el Sr. y la Sra. Branwell. "



Antes de que Maite pudiera decir algo más, llegaron a una abrupta parada al pie de la escalera. Había una pesada puerta de roble allí, con una rejilla atrancada en ella; Maite no podía ver nada a través de la rejilla más que sombras. Sophie cogió la ancha barra de hierro a través de la puerta y la empujó fuerte hacia abajo.



La puerta se abrió a un enorme espacio bien iluminado. Maite se trasladó a la habitación con los ojos muy abiertos: esto claramente había sido la cripta de la iglesia que había estado originalmente en este lugar. Gruesos pilares sostenían un techo que desaparecía en la oscuridad. El suelo estaba formado por grandes losas de piedra oscurecidas con la edad; algunas estaban talladas con palabras, y Maite supuso que estaba de pie en las lápidas, y los huesos, de los que habían sido enterrados en la cripta. No había ventanas, pero la iluminación blanco brillante que Maite había llegado a conocer como luz mágica, brillaba desde los accesorios de latón sujetos a los pilares.



En el centro de la habitación había una serie de grandes mesas de madera, las superficies cubiertas con todo tipo de objetos mecánicos, engranajes y ruedas dentadas debidamente hechas de bronce bruñido y hierro; largas cadenas de cable de cobre; vasos precipitados de cristal llenos de líquidos de diferentes colores, algunos de ellos desprendían volutas de humo u olores amargos. El aire olía metálico y acre, como el aire antes de una tormenta. Una mesa estaba cubierta por completo con armas dispersas, las hojas brillaban bajo la luz mágica. Había un traje a medio terminar de lo que parecía una armadura de metal con finas incrustaciones, colgando de un armazón de alambre por una mesa de piedra grande, cuya superficie estaba oculta por un cúmulo de bultos de mantas de lana gruesa.



Detrás de la mesa estaba Henry, y junto a él, Charlotte. Henry estaba mostrándole a su esposa algo que sostenía en su mano, una rueda de cobre, tal vez un engranaje, y le hablaba en voz baja. Llevaba una camisa de tela suelta sobre sus ropas, como un delantal de pescador, y estaba manchada por suciedad y fluido oscuro. Sin embargo, lo que más golpeó a Maite acerca de él, era la seguridad con que hablaba a Charlotte. No había nada de su timidez habitual. Se mostraba confiado y directo, y sus ojos color avellana, cuando los elevó para mirar a Maite, eran claros y estables.



"¡Señorita Gray! Así que Sophie le mostró el camino hasta aquí, ¿verdad? Muy bien por ella."



Por qué, sí, ella…"comenzó Maite, mirando tras de sí, pero Sophie no estaba allí. Debió de haber volteado a la puerta e irse sin hacer ruido de vuelta por las escaleras.Maite se sintió estúpida por no haberlo notado. "Lo hizo," terminó. "¿Dijo que usted quería verme?"



"De hecho," dijo Henry. "Podríamos usar su ayuda con algo. ¿Podría usted venir aquí por un momento?"




Hizo un gesto para que ella se reuniera a él y Charlotte en la mesa. Cuando Maite se acercó, vio que el rostro de Charlotte estaba blanco y ojeroso, sus ojos marrones estaban sombreados. Miró a Maite, se mordió los labios y bajó la mirada hacia la mesa, donde los montones de telas se habían… movido.



Maite parpadeó. ¿Se lo había imaginado? Pero no, había habido un destello de movimiento… y ahora que estaba más cerca, vio que lo que estaba sobre la mesa no era un montón de tela sino que era tela cubriendo algo, algo de aproximadamente el tamaño y la forma de un cuerpo humano. Se detuvo en seco cuando Henry se acercó, tomó una esquina de la tela, y la retiró, revelando lo que había debajo.



Maite, sintiendo una repentina sensación de mareo, se estiró para agarrar el borde de la mesa. "Miranda."

La chica muerta estaba tendida de espaldas sobre la mesa, sus brazos arrojados a cada lado, su deslucido cabello castaño desordenado alrededor de sus hombros. Los ojos que tanto habían inquietado a Maite se habían ido. Ahora había cuencas negras y huecas en su cara blanca. Su vestido barato había sido cortado en la parte delantera, dejando al descubierto su pecho. Maite hizo una mueca, apartó la mirada y luego rápidamente volvió a mirar, con incredulidad. Porque no había carne desnuda, y no había sangre, a pesar de que el pecho de Miranda estaba rebanado en la parte delantera, su piel se desprendía de uno y otro lado como la piel de una naranja. Debajo de la mutilación grotesca relucía el brillo del… ¿metal?



Maite se movió hacia adelante hasta que estuvo de pie frente a Henry en la mesa donde estaba Miranda. Donde debería haber habido sangre, carne desgarrada, y mutilación, sólo había dos láminas de piel blanca doblada hacia atrás, y debajo de ellas, un caparazón de metal. Láminas de cobre, estrechamente acopladas componían su pecho, ondeando suavemente hacia abajo en una jaula articulada de cobre y latón flexible que llegaba a la cintura de Miranda. Un cuadrado de cobre, del tamaño de la palma de Maite , faltaba en el centro del pecho de la chica muerta,revelando un espacio hueco.


"Maite." La voz de Charlotte era suave pero insistente. "Will y Jem encontraron este…este cuerpo en la casa donde eras mantenida. La casa estaba completamente vacía a excepción de ella; había sido dejada en una habitación, sola."



Maite, aún mirando con fascinación, asintió. "Miranda. La criada de las Hermanas."



"¿Sabes algo de ella? ¿Quién puede ser? ¿Su historia?"



"No. No. Pensé que... Quiero decir, ella casi nunca hablaba, y entonces sólo repetía las cosas que las Hermanas habían dicho."



Henry enganchó un dedo en el labio inferior de Miranda y abrió su boca. "Tiene una rudimentaria lengua metálica, pero su boca no se creó realmente para el habla, o para consumir alimentos. No tiene garganta, y me imagino tampoco estómago. Su boca termina en una hoja de metal detrás de los dientes." Volvió la cabeza de lado a lado, entrecerrando los ojos.



"Pero, ¿qué es?" Preguntó Maite. "¿Una especie de Submundo, o un demonio?"



"No." Henry soltó de la mandíbula la de Miranda. "No es precisamente un ser vivo, en absoluto. Es un autómata. Una criatura mecánica, hecha para moverse y actuar como un ser humano se mueve y actúa. Leonardo da Vinci diseñó una. Lo puedes encontrar en sus dibujos, una criatura mecánica que podía sentarse, caminar y mover la cabeza. Fue el primero en sugerir que los seres humanos sólo son máquinas complejas, que nuestro interior es como engranajes y pistones y levas de músculo y carne. ¿Así que por qué no iban a ser sustituido por cobre y hierro? ¿Por qué no podrías construir una persona? Pero esto. Jaquet Droz y Maillardet33 nunca podría haber soñado con esto. Un real autómata biomecánico, auto-motor, auto-dirigido, envuelto en carne humana." Sus ojos brillaron. "Es hermoso.”



"Henry." La Voz de Charlotte era estricta. "Esa carne que estás admirando. Vino de alguna parte."




Henry se pasó el dorso de la mano por la frente, la luz desapareciendo de sus ojos. “Sí… esos cuerpos en el sótano."


"Los Hermanos Silenciosos han examinado esto. Faltan la mayoría de los órganos; corazón, hígado. Faltan algunos huesos y cartílago, incluso pelo. No podemos dejar de asumir que las Hermanas Oscuras estaban recolectando piezas de estos cuerpos para crear sus criaturas mecánicas. Criaturas como Miranda."



"Y el cochero," dijo Maite. "Creo que él era uno, también. ¿Pero por qué iba alguien a hacer algo así?"


"Hay más," dijo Charlotte. "Las herramientas mecánicas en el sótano de las Hermanas Oscuras fueron fabricadas por la empresa Mortmain y Compañía. La compañía para la que su hermano trabajaba."



"¡Mortmain!"Maite arrancó su mirada de la chica sobre la mesa. "Usted fue a verlo, ¿no? ¿Qué le dijo acerca de Nate?”


Por un momento Charlotte dudó, mirando a Henry. Maite conocía esa mirada. Era el tipo de mirada que las personas se daban unas a otras cuando se disponían a participar en una falsedad conjunta. El tipo de mirada que ella y Nathaniel se habían dado unos a otros, una vez, cuando habían estado ocultando algo de la Tía Harriet.



"Me está ocultando algo," dijo. ¿Dónde está mi hermano? ¿Qué sabe Mortmain?"


Charlotte suspiró. "Mortmain está profundamente involucrado en el submundo oculto. Es miembro del Club Pandemónium, el cual parece estar dirigido por Submundos."


"Pero ¿qué tiene que ver con mi hermano?"


"Su hermano se enteró sobre el club y estaba fascinado por éste. Fue a trabajar para un vampiro llamado de Quincey. Un Submundo muy influyente. De Quincey es de hecho la cabeza del Club Pandemónium." Charlotte sonaba amargamente disgustada. "Hay un título que va con el trabajo, al parecer."


Sintiéndose repentinamente mareada, Maite apuntaló su mano contra el borde de la mesa. "¿El Maestro?”



Charlotte miró a Henry, quien tenía la mano dentro del panel en el pecho de la criatura. Metió la mano y sacó algo, un corazón humano, rojo y carnoso, pero de aspecto duro y brillante como si hubiera sido barnizado. Estaba atado alrededor con cables de cobre y plata. Cada pocos momentos daba golpes lánguidos. Por alguna razón, aún latía.



"¿Le gustaría sostenerlo?" Le preguntó a Maite. "Tendría que ser cuidadosa. Estos tubos de cobre se enrollan en todo el cuerpo de la criatura, transportando petróleo y otros líquidos inflamables. Todavía tengo que identificarlos todos."


Maite negó con la cabeza.


“Muy bien." Henry se veía decepcionado. "Hay algo que deseo que vea. Si simplemente mira aquí…” giró con cuidado el corazón en sus largos dedos, revelando un plano panel de metal en el lado opuesto de éste. El panel había sido grabado con un sello, una gran Q y una pequeña D en su interior.



"La marca de De Quincey," dijo Charlotte. Parecía desolada. "Lo he visto antes, en su correspondencia. Siempre ha sido un aliado de la Clave, o eso creía yo. Él estaba allí cuando los Acuerdos fueron firmados. Es un hombre poderoso. Controla todos los Hijos de la Noche en la parte occidental de la ciudad. Mortmain dice que de Quincey compró sus piezas mecánicas, y esto parece confirmarlo. Parece como si usted no fuera la única en la casa de las Hermanas Oscuras que se estaba preparando para el uso del Maestro. Estas criaturas mecánicas también."


"Si este vampiro es el Maestro," dijo Maite lentamente, "entonces él es por quien las Hermanas Oscuras me capturaron, y él es quien obligó a Nate a escribirme esa carta. Él debe saber dónde está mi hermano."



Charlotte casi sonrió. "Sólo tiene un propósito, ¿no es así."


La voz de Maite era dura. "No crea que no quiero saber lo que el Maestro quiere conmigo. Por qué me capturó y entrenó. Cómo diablos supo que yo tenía mi… mi habilidad. Y no creo que no fuera a querer venganza si pudiera tenerla." Dio un suspiro tembloroso. "Pero mi hermano es todo lo que tengo. Tengo que encontrarlo."



"Lo vamos a encontrar, Maite," dijo Charlotte. "De alguna manera todo esto; las Hermanas Oscuras, su hermano, su propia habilidad, y la participación de De Quincey, encaja como un rompecabezas. Simplemente, no hemos encontrado aún todas las piezas que faltan."



"Tengo que decir, espero que las encontremos pronto," dijo Henry, lanzando una mirada triste al cuerpo sobre la mesa. "¿Qué podría querer un vampiro con un montón de gente mitad mecánica? Nada de esto tiene sentido."


"Todavía no," dijo Charlotte, y bajó su pequeña barbilla. "Pero lo tendrá."

Henry se quedó en su laboratorio, incluso después de que Charlotte hubiera anunciado que era tiempo de que volvieran arriba para la cena. Insistiendo en que él iría en cinco minutos, las despidió distraído con la mano mientras Charlotte sacudía la cabeza.



"El laboratorio de Henry…nunca había visto nada igual," dijo Maite a Charlotte cuando estaban en la mitad de la escalera. Ya estaba sin aliento, a pesar de que Charlotte se movía con paso firme, decidida y parecía como si nunca se cansara.



“Sí,” respondió Charlotte con cierta tristeza. "Henry se pasaría todo el día y toda la noche allí si yo se lo permitiera."



Si yo se lo permitiera. Las palabras sorprendieron a Maite. Era el marido, el que decidía lo que estaba y no estaba permitido, y cómo su casa debía ser manejada, ¿no? El deber de la esposa era simplemente llevar a cabo sus deseos, y ofrecerle un refugio de calma y estabilidad del caos del mundo. Un lugar al que pudiera retirarse. Sin embargo, el Instituto difícilmente era eso. Era en parte hogar, parte internado, y parte estación de batalla. Y quien quiera que estuviera a cargo de éste, claramente no era Henry.


Con una exclamación de sorpresa, Charlotte se detuvo un paso por encima de Maite. "¡Jessamine! ¿Cuál es el problema?"




Maite levantó la vista. Jessamine estaba al principio de la escalera, enmarcada en la puerta abierta. Todavía llevaba la ropa de día, aunque su pelo, ahora en rizos elaborados, había sido claramente arreglado para la noche, sin duda por la siempre paciente Sophie. Había una inmensa mueca en su rostro.


"Es Will," dijo. "Esta siendo absolutamente ridículo en el comedor."


Charlotte miró perpleja. "¿Cómo es esto diferente de él siendo totalmente ridículo en la biblioteca o la sala de armas o de cualquiera de los otros lugares en que normalmente es ridículo?"


"Porque," dijo Jessamine, como si esto debiera ser obvio, "tenemos que comer en el comedor." Se volvió y caminó torpemente por el pasillo, mirando por encima del hombro para asegurarse de que Maite y Charlotte la seguían.


Maite no pudo evitar sonreír. "Es un poco como si fueran sus hijos, ¿no?"


Charlotte suspiró. “Sí,” dijo ella. "Exceptuando la parte en que están obligados a quererme, supongo."


Maite no podía pensar en nada que decir en respuesta a eso.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 11:55 am

* * *

Ya que Charlotte insistió en que había algo que tenía que hacer en el salón antes de la cena, Maite se dirigió a la habitación por sí misma. Una vez que llegó allí, muy orgullosa de sí misma por no haberse perdido en el camino, se encontró con que Will estaba de pie sobre uno de los aparadores,jugando con algo colgando del techo. Jem estaba sentado en una silla, mirando a Will con una expresión dudosa. "Te sirve bien si lo rompes," dijo, e inclinó la cabeza cuando vio a Maite . "Buenas noches, Maite ." Siguiendo su mirada, sonrió. "Estaba colgando torcido el candelabro de gas, y Will está procurando enderezarlo."



Maite no veía nada malo con el candelabro de gas, pero antes de que pudiera decirlo, Jessamine entrando majestuosamente en la habitación, lanzó una mirada a Will. "¡De verdad! ¿No puedes traer a Thomas para que haga eso? Un caballero no necesita…"



"¿Es sangre eso en tu manga, Jessie?" preguntó Will, mirando hacia abajo.


El rostro de Jessamine se tensó. Sin una palabra más se volvió sobre sus talones y se marchó al otro extremo de la mesa, donde se sentó en una silla y miró glacialmente hacia adelante.



"¿Ocurrió algo mientras usted y Jessamine estuvieron fuera?" era Jem, viéndose genuinamente preocupado. Mientras volvía la cabeza para mirar a Maite, ella vio brillar algo verde contra la base de su garganta.



Jessamine miró a Maite, una mirada de pánico en su rostro. "No," comenzó Maite. "No fue nada…"



"¡Lo hice!" Henry entró en la habitación triunfalmente, blandiendo algo en la mano. Parecía un tubo de cobre con un botón negro en un lado. "Apuesto a que no creían que pudiera, ¿verdad?"


Will abandonó sus esfuerzos con el candelabro de gas para mirar a Henry. "Ninguno de nosotros tiene la menor idea de lo que estás haciendo. ¿Sabes eso?"



Al fin he conseguido que mi Fósforo funcione." Henry blandió con orgullo el objeto. "Funciona con el principio de la luz mágica pero cinco veces más potente. Simplemente presionas un botón y podrás ver un resplandor de luz como nunca hayas imaginado."


Hubo un silencio. “Así que,” dijo Will, finalmente, "¿es una muy, muy brillante luz mágica, entonces?"


“Exactamente," dijo Henry.



“¿Es eso precisamente útil?" Preguntó Jem. "Después de todo, la luz mágica es sólo para la iluminación. No es como si fuera peligrosa... "


“¡Espera hasta que lo veas!" Respondió Henry. Sostuvo el objeto. "Mira."


Will se movió hacia el objeto, pero ya era demasiado tarde; Henry ya había presionado el botón. Hubo un destello cegador de luz y un sonido silbante, y la habitación quedó sumida en la oscuridad. Maite dio un grito de sorpresa, y Jem se rió en voz baja.


"¿Estoy ciego?" La voz de Will flotaba en la oscuridad, teñida de molestia. "No voy a estar nada contento si me has cegado, Henry.”



"No,” Henry sonaba preocupado. "No, el Fósforo parece… Bueno, parece haber apagado todas las luces en la habitación."


"¿No se supone que haga eso?" Jem sonaba suave, como siempre.



"Eh," dijo Henry, "no."


Will murmuró algo entre dientes. Maite no pudo oírle, pero estaba bastante segura de que había cogido las palabras "Henry" y "lerdo". Un momento después se produjo un choque enorme.



"¡Will!" Alguien gritó alarmado. Luz brillante llenó el cuarto, enviando a Maite a un ataque de parpadeos. Charlotte estaba de pie en la puerta, sosteniendo en alto una lámpara de luz mágica en una mano, y Will estaba tirado en el suelo a sus pies en un mar de platos rotos del aparador. "¿Qué en la tierra...?"


"Estaba tratando de enderezar el candelabro de gas," dijo Will de mal humor, sentado y cepillando pedacitos de vajilla de su camisa.



"Thomas podría haber hecho eso. Y ahora te has quitado y destruido la mitad de los platos."


"Y gracias a tu marido Oops por eso." Will se miró a sí mismo. "Creo que me he roto algo. El dolor es bastante agónico."



“Pareces bastante intacto para mí." Charlotte fue despiadada. "Levántate. Supongo que habrá que comer con luz mágica esta noche."


Jessamine, al final de la mesa, inhaló. Fue el primer ruido que había hecho desde que Will le había preguntado acerca de la sangre en su chaqueta. "Odio la luz mágica. Hace que mi cutis luzca absolutamente verde.”



A pesar de lo verde de Jessamine, Maite descubrió que más bien le gustaba la luz mágica.

Extendía un resplandor blanco difuso sobre todo y hacía que incluso los guisantes y cebollas lucieran románticos y misteriosos. Mientras untaba un panecillo de mantequilla con un cuchillo de plata maciza, no podía dejar de pensar en el pequeño apartamento en Manhattan, donde ella, su hermano y su tía habían comido su escasa cena alrededor de una mesa de pino simple a la luz de unas pocas velas. Tía Harriet siempre había tenido cuidado de mantener todo tan escrupulosamente limpio, desde las cortinas de encaje blanco en las ventanas hasta la caldera de cobre brillando en la estufa. Siempre había dicho que cuanto menos se tenía, más cuidadoso tocaba ser sobre todo lo que se tenía. Maite se preguntó si los Cazadores de Sombra eran cuidadosos con todo lo que tenían.



Charlotte y Henry hicieron un recuento de lo que habían aprendido de Mortmain; Jem y Will escucharon con atención mientras Jessamine contemplaba con aburrimiento la ventana. Jem parecía especialmente interesado en la descripción de la casa de Mortmain, con sus artefactos de todo el mundo.


“Ya te dije," dijo. "Taipan. Todos piensan en sí mismos como hombres muy importantes. Por encima de la ley."



“Sí,” dijo Charlotte. "Tenía esa forma a su alrededor, como si estuviera acostumbrado a ser escuchado. Los hombres como él son a menudo blancos fáciles para quienes quieren atraerlos al Mundo de las Sombras. Están acostumbrados a tener poder y esperan ser capaces de obtener más poder con facilidad y con un bajo costo para sí mismos. No tienen idea de qué tan alto es el precio por el poder en el Submundo." Se volvió, frunciendo el ceño a Will y Jessamine, que parecían estar discutiendo acerca de algo en un tono arisco. "¿Cuál es el problema con ustedes dos?"


Maite tomó la oportunidad para voltearse a Jem, que estaba sentado a su lado derecho. "Shanghai," dijo en voz baja. "Suena tan fascinante. Me gustaría poder viajar hasta allí. Siempre he querido viajar."



Cuando Jem le sonrió, vio el de nuevo brillo en su garganta. Era un colgante tallado en piedra de color verde pálido. "Y ahora lo ha hecho. Está aquí, ¿no?"


"Sólo he viajado antes en libros. Sé que suena tonto, pero…"



Jessamine los interrumpió al estrellar su tenedor en el plato sobre la mesa. "Charlotte," exigió con voz aguda "Haz que Will me deje sola."


Will estaba recostado en su silla, sus ojos azules resplandecientes. "Si me dice por qué tiene sangre en su ropa, la dejaré en paz. Déjame adivinar, Jessie. Corriste tras de una pobre mujer en el parque que tuvo la desgracia de llevar un vestido como el tuyo, se enfrentaron así que le cortaste la garganta con esa sombrilla astuta que tienes. ¿Tengo razón?"


Jessamine le enseñó los dientes. "Estás siendo ridículo."



"Lo eres, ya sabes," dijo Charlotte.


"Quiero decir, estoy usando azul. El azul va con todo," continuó Jessamine. "Lo cual, en realidad, debes saber. Eres lo suficientemente vanidoso acerca de tu propia ropa."


"El azul no va con todo," le dijo Will. "No va con el rojo, por ejemplo."


"Tengo un chaleco a rayas rojas y azules,” intervino Henry, cogiendo las arvejas.



"Y si eso no es prueba de que esos dos colores nunca deben ser vistos juntos bajo el cielo, no sé que lo es."


"Will," dijo Charlotte bruscamente. "No le hables a Henry de esa forma. Henry…"


Henry levantó la cabeza. “¿Sí?”


Charlotte suspiró. "Es el plato de Jessamine en el que estás cuchareando los guisantes, no el tuyo. Presta atención, cariño."



Mientras Henry miraba hacia abajo con sorpresa, la puerta del comedor se abrió y entró Sophie. Tenía la cabeza hacia abajo, el pelo negro brillante. Al inclinarse a hablar en voz baja a Charlotte, la luz mágica emitió un llamativo resplandor en su rostro, haciendo que su cicatriz brillara como la plata en contra de su piel.


Una expresión de alivio se difundió sobre el rostro de Charlotte. Un momento después se había puesto de pie y salía apresuradamente de la habitación, deteniéndose sólo para tocar a Henry ligeramente en el hombro mientras se iba.


Los ojos marrones de Jessamine se abrieron. "¿Dónde va?"


Will miró a Sophie, su mirada deslizándose sobre ella de esa manera que Maite sabía era como si las Oops! de sus dedos estuvieran acariciando sobre su piel. "De hecho, Sophie, querida. ¿Adónde se fue?"


Sophie le dirigió una mirada venenosa. "Si la Sra. Branwell hubiera querido que supiera, estoy segura de que ella se lo hubiera dicho," dijo bruscamente, y salió apresuradamente de la habitación después de su señora.


Henry, habiendo dejado las arvejas, intentó una sonrisa cordial. “Bueno, entonces," dijo. "¿Qué era lo que estábamos discutiendo?"



"Nada de eso," dijo Will. "Queremos saber dónde se ha ido Charlotte. ¿Sucedió algo?"


"No," dijo Henry. "Quiero decir, no lo creo…” Echó un vistazo por la habitación, vio a cuatro pares de ojos fijos en él, y suspiró. "Charlotte no siempre me dice lo que está

haciendo. Saben eso." Sonrió un poco dolido. "No se la puede culpar, en realidad. No se puede contar conmigo para ser sensible."


Maite deseaba poder decir algo para consolar a Henry. Había algo en él que le hizo pensar en Nate cuando era más joven, chapucero, torpe y fácil de herir. Como acto reflejo levantó la mano para tocar el ángel en el cuello, buscando consuelo en su constante tic-tac.



Henry la miró. "Ese objeto mecánico que lleva en el cuello… ¿podría verlo por un momento?"


Maite vaciló y luego asintió. Sólo era Henry, después de todo. Se desabrochó la hebilla de la cadena, se quitó el collar y se lo entregó.


"Este es un objeto pequeño e ingenioso," dijo, dándole la vuelta en sus manos. “¿De dónde lo ha sacado?”



"Era de mi madre."


"Como una especie de talismán." Él miró hacia arriba. "¿Le importa si lo examino en el laboratorio?"


"Oh." Maite no pudo ocultar su ansiedad. “Si es muy cuidadoso con él. Es todo lo que tengo de mi madre. Si se rompe... "



"Henry no lo romperá o dañará," Jem la tranquilizó. "Es realmente muy bueno con este tipo de cosas."


"Es verdad," dijo Henry, tan modesto y natural acerca de ello, que no parecía nada presumido por la declaración. "Va a volver a usted en perfectas condiciones."


"Bueno..." Maite vaciló.



"No veo por qué tanto alboroto," dijo Jessamine, que parecía aburrida con todo este intercambio. "No es como si tuviera diamantes."


"Algunas personas valoran los sentimientos sobre los diamantes, Jessamine." Era Charlotte, de pie en la puerta. Parecía preocupada. "Hay alguien aquí que quiere hablar con usted, Maite."


"¿Conmigo?” Preguntó Maite, el ángel mecánico fue olvidado por el momento.



“Bueno, ¿quién es?" Dijo Will. “¿Tienes que mantenernos a todos en suspenso?"



Charlotte suspiró. "Es lady Belcourt. Está abajo. En la Sala del Santuario."


"¿Ahora?" Will frunció el ceño. "¿Ocurrió algo?"



"La contacté," dijo Charlotte. "Acerca de De Quincey. Justo antes de la cena. Esperaba que tuviera alguna información, y la tiene, pero insiste en ver primero a Maite Parece que a pesar de todas nuestras precauciones, los rumores sobre Maite se han filtrado en el Submundo, y Lady Belcourt está... interesada."


Maite bajó su tenedor, con un ruido. "¿Interesada en qué?" Miró alrededor de la mesa, dándose cuenta de que cuatro pares de ojos estaban fijos en ella ahora. "¿Quién es Lady Belcourt?"

Cuando nadie contestó, se volvió hacia Jem ya que era el que más probable le diera una respuesta. "¿Es una Cazadora de Sombras?"


"Es un vampiro," dijo Jem. "Un vampiro informante, en realidad. Da información a Charlotte y nos mantiene al tanto de lo que está pasando en la comunidad de la Noche."


“No tiene que hablar con ella si no quiere, Maite ," dijo Charlotte. "Puedo echarla."


"No," Maite empujó su plato. "Si está bien informada acerca de De Quincey, tal vez sepa algo sobre Nate también. No puedo arriesgarme a que sea expulsada si puede tener información. Iré."


"¿No quieres al menos saber lo que quiere de ti?" Preguntó Will.


Maite lo miró cautelosa. La luz mágica hacía ver su piel pálida, los ojos más intensamente azules. Eran del color de las aguas del Atlántico Norte, donde el hielo deriva en su superficie azul-negro como la nieve se aferra al cristal oscuro de una ventana. "Aparte de las Hermanas Oscuras, nunca he conocido a otra Submundo," dijo.

"Creo… que me gustaría."


"Maite," comenzó Jem, pero ella ya estaba de pie. Sin mirar atrás a nadie en la mesa, salió de la habitación después de Charlotte.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 11:56 am

8

Camille



Las frutas caen y el amor muere y el tiempo se extiende; Tú eres alimentado con el aliento perpetuo, Y vives después de infinitos cambios, Y de dulces besos de la muerte; De languidez se reavivó y se unió, De áridos e impuros placeres, Las cosas monstruosas e infructuosas, una pálida Y venenosa reina. —Charles Algernon Swinburne, "Dolores"

Maite estaba a mitad de camino por el pasillo cuando la alcanzaron Will y Jem, caminando a cada lado de ella. "No pensaba realmente que no íbamos a venir, ¿verdad?” preguntó Will, levantando la mano y dejando que la luz mágica se encendiera entre sus dedos, iluminando el corredor con el brillo de la luz del día. Charlotte, corriendo por delante de ellos, se volvió y frunció el ceño, pero no dijo nada.



"Sabía que usted no podía dejar las cosas como estaban," contestó Maite, mirando hacia delante. "Pero pensé mejor de Jem."



"Donde Will vaya, yo voy," dijo Jem de buen humor. "Y además, soy tan curioso como él."



"Eso no parece un tema para alardear. ¿Hacia dónde vamos?" Agregó Maite , sorprendida, pues llegaron al final del pasillo y giraron a la izquierda. La siguiente sala se extendía a gran distancia detrás de ellos en sombras pocas atractivas. "¿Hemos girado en la dirección equivocada?"



"La paciencia es una virtud, Señorita Gray," dijo Will.



Habían llegado a un largo pasillo que se inclinaba precipitadamente hacia abajo. Las paredes estaban desnudas de tapices o antorchas, y la penumbra hizo a Maite darse cuenta de por qué Will había llevado su piedra de luz mágica.




"Este pasillo conduce a nuestro santuario," dijo Charlotte. "Es la única parte del Instituto que no está en terreno sagrado. Es donde nos encontramos con aquellos que, por cualquier razón, no pueden entrar en terreno sagrado: los que están malditos, vampiros, y similares. También es a menudo un lugar que elegimos como vivienda para Submundos que están en peligro de demonios u otros habitantes del Mundo de las Sombras. Por esa razón, hay muchas protecciones situadas en las puertas, y es difícil entrar o salir de la sala sin poseer una estela o la llave."


"¿Es una maldición? ¿Ser un vampiro?" Preguntó Maite.



Charlotte sacudió su cabeza. "No. Creemos que es una especie de enfermedad demoniaca. La mayoría de las enfermedades que afectan a los demonios no son transmisibles a los seres humanos, pero en algunos casos, por lo general a través de una mordedura o un arañazo, la enfermedad puede ser transmitida. Vampirismo. Licantropía…"



"Viruela Demoniaca," dijo Will.



“Will, no hay tal cosa como viruela demoniaca, y tú lo sabes," dijo Charlotte. "Ahora, ¿dónde estaba?"



"Ser un vampiro no es una maldición. Es una enfermedad," rellenó Maite. "Pero todavía no pueden entrar en terreno sagrado, ¿entonces? ¿Significa eso que están condenados?"


"Eso depende de lo que creas," dijo Jem. "Y aún si crees en la condenación para todos."



"Pero ustedes cazan demonios. ¡Deben creer en la condenación!"



"Creo en el bien y el mal," dijo Jem. "Y creo que el alma es eterna. Pero no creo en un abismo de fuego, la horca, o un tormento sin fin. No creo que se pueda amenazar a las personas en la bondad."


Maite miró a Will. "¿Y usted? ¿En qué cree?"



"Pulvis et umbra sumus," dijo Will, sin mirarla mientras hablaba. "Creo que somos polvo y sombras. ¿Qué más hay?"



"Lo que sea que crea, por favor no le sugiera a Lady Belcourt que piensa que esta maldita," dijo Charlotte. Habían llegado a la parada donde el corredor terminaba en un conjunto de altas puertas de hierro, cada una grabada con un curioso símbolo que parecía dos pares de Cs espalda con espalda. Se volvió y miró a sus tres compañeros. "Ella muy amablemente se ofreció para ayudarnos, y no tenemos el propósito de ofrecerle tales insultos. Eso se aplica en especial a ti, Will. Si no puedes ser amable, te voy a enviar fuera del Santuario. Jem, confío en ti para que seas encantador. Maite..." Charlotte se volvió, sus ojos sobre Maite. "Trate de no tener miedo.



Sacó una llave de hierro de su bolsillo del vestido, y la introdujo en la cerradura de la puerta. La cabeza de la llave tenía la forma de un ángel con las alas abiertas; las alas brillaron una vez, brevemente, mientras Charlotte giraba la llave y la puerta se abría.




La habitación más allá era como la bóveda de la casa del tesoro. No había ventanas, ni puertas salvo a través de la que habían entrado. Enormes columnas de piedra sostenían el sombrío techo, iluminado por la luz de una hilera de candelabros en llamas. Los pilares estaban tallados por todas partes con bucles y rollos de runas, formando patrones intrincados que burlaban los ojos. Grandes tapices colgaban de las paredes, cada uno cortado con la figura de un sola runa. Había un gran espejo de marco dorado, también, haciendo que el lugar pareciera el doble de grande. Una fuente de piedra se levantaba en el centro de la habitación. Tenía una base circular, y en el centro estaba la estatua de un ángel con las alas plegadas. Ríos de lágrimas se derramaban de sus ojos y salpicaban en la fuente que había debajo.



Al lado de la fuente, entre dos de los macizos pilares, había un grupo de sillas tapizadas en terciopelo negro. La mujer que se sentaba en lo más alto de las sillas era delgada y majestuosa. Un sombrero se inclinaba hacia delante de su cabeza, balanceando una enorme pluma negra en la parte superior. Su vestido era de terciopelo rojo intenso, su piel blanca polar se hinchaba suavemente sobre el ajustado corpiño, aunque su pecho nunca subía o bajaba con su respiración. Un collar de rubíes hería su garganta como una cicatriz. Tenía el pelo grueso y rubio pálido, agrupado en delicados rizos de hielo alrededor de su nuca, sus ojos eran de un verde luminoso que brillaban como los de un gato.


Maite contuvo el aliento. Así de hermosos podían ser los Submundos.



"Apaga tu luz mágica Will,” dijo Charlotte en voz baja, antes de apresurarse hacia adelante para saludar a su invitada. "Es tan bueno que esperara por nosotros, baronesa. ¿Confío en que haya encontrado el Santuario suficientemente cómodo para su gusto?”



"Como siempre, Charlotte." Lady Belcourt sonaba aburrida, tenía un ligero acento que Tessa no podía identificar.


"Lady Belcourt. Por favor, permítame que le presente a la señorita Maite Gray." Charlotte indicó a Maite, quien, no sabiendo qué más hacer, inclinó la cabeza cortésmente. Estaba tratando de recordar cómo dirigirse a las baronesas. Más bien pensaba que tenía algo que ver con el hecho de que se habían casado con los barones o no, pero exactamente no podía recordar. "A su lado está el señor James Carstairs, uno de nuestros jóvenes Cazadores de Sombras, y con él está…"


Pero los ojos verdes de Lady Belcourt ya estaban descansando en Will. "William Herondale," dijo, y sonrió. Maite se tensó, pero los dientes del vampiro parecían

absolutamente normales, sin rastro de afilados incisivos. "Me imagino que viene a saludarme."


"¿Ustedes se conocen?" Charlotte se veía asombrada.



"William me ganó veinte libras en el Faro," dijo Lady Belcourt, sus ojos verdes se quedaron en Will de una manera que hizo que el cuello de Maite hormigueara. "Hace unas semanas, en un casa de juegos de azar Submundo dirigido por el Club Pandemónium."



"¿Lo hizo?" Charlotte miró a Will, quien se encogió de hombros.

"Fue parte de la investigación. Estaba disfrazado como un tonto mundano que había venido al lugar para participar en el vicio," explicó Will. "Habría despertado sospechas si me negara a jugar. "



Charlotte bajó la barbilla. "Sin embargo, Will, el dinero que ganaste es evidencia. Deberías habérselo dado a la Clave."



"Lo he gastado en ginebra."



“Will.”



Will se encogió de hombros. "El botín de los vicios es una pesada responsabilidad."



"Sin embargo, pareces extrañamente capaz de soportarlo," observó Jem, con un destello divertido en sus ojos plateados.


Charlotte levantó las manos. "Voy a tratar contigo más tarde, William. ¿Lady Belcourt, voy entendiendo que también es miembro del Club Pandemónium?"



Lady Belcourt hizo una mueca horrible. "Por supuesto que no. Estuve en la casa de juego esa noche debido a un brujo amigo mío que esperaba ganar un poco de dinero fácil en las cartas. Los eventos del club están abiertos a la mayoría de Submundos. A los miembros les gusta que aparezcamos allí, impresiona a los mundanos y abre sus bolsillos. Sé que hay Submundos que manejan la empresa, pero nunca me convertiría en uno de ellos. Toda la empresa parece de tan poca clase."



"De Quincey es un miembro," dijo Charlotte, y detrás de sus grandes ojos marrones, Maite pudo ver la luz de su inteligencia feroz. "Me han dicho que él es el jefe de la organización, de hecho. ¿Lo sabía usted?"



Lady Belcourt negó con la cabeza, claramente interesada en ese pedazo de información. "De Quincey y yo fuimos cercanos hace años, pero ya no, y he sido directa con él sobre mi falta de interés en el club. Supongo que podría ser la cabeza del club, es una ridícula organización, si usted me pregunta, pero, sin duda, muy lucrativa." Se inclinó hacia adelante, doblando sus delgadas manos enguantadas en su regazo. Había algo extrañamente fascinante acerca de sus movimientos, incluso en los más pequeños. Tenían la gracia de un extraño animal. Era como ver un gato, escabulléndose entre las sombras. "Lo primero que debe comprender acerca de De Quincey," dijo, "es que él es el vampiro más peligroso de Londres. Ha hecho su camino a la cima del clan más poderoso de la ciudad. Cualquier vampiro que viva dentro de Londres está sujeto a su antojo." Sus labios escarlata se redujeron. "La segunda cosa que debe entender es que De Quincey es viejo, más viejo incluso para un Hijo de la Noche. Vivió la mayor parte de su vida antes de los Acuerdos, y los desprecia, desprecia y vive por debajo del yugo de la ley. Y, sobre todo, odia a los Nefilim."



Maite vio a Jem inclinarse y susurrarle algo a Will, cuya boca se arqueó en una esquina con una sonrisa.



“En realidad,” dijo Will. "¿Cómo podría alguien despreciarnos tanto cuando somos tan encantadores?"



"Estoy segura de que saben que no son queridos por la mayoría de Submundos."



"Pero pensamos que De Quincey era un aliado." Charlotte apoyó sus delgadas manos nerviosas en la parte posterior de una de las sillas de terciopelo. "Siempre ha cooperado con la Clave."


"Pretensiones. Es su interés cooperar con ustedes, por lo que lo hace. Pero felizmente podría verlos a todos hundidos kilómetros bajo el mar."


Charlotte se había puesto pálida, pero se recuperó. "¿Y usted no sabe nada de su relación con dos mujeres llamadas las Hermanas Oscuras? ¿Nada de su interés en autómatas… criaturas mecánicas?"



"Ugh, las Hermanas Oscuras." Lady Belcourt se estremeció. "Esas feas, desagradables criaturas. Brujas, creo. Las evito. Se sabe que proveen a los miembros del club que tienen intereses menos... sabrosos. Drogas demoniacas, prostitutas de submundo, ese tipo de cosas."


"¿Y los autómatas?”


Lady Belcourt agitó sus manos delicadas de una manera aburrida. "Si De Quincey tiene alguna fascinación con partes de relojes, no sé nada de eso. De hecho, cuando por primera vez usted me contactó acerca de De Quincey, Charlotte, no tenía la intención de ir tan adelante con la información. Una cosa es compartir algunos secretos del Submundo con la Clave, y otra diferente es traicionar al vampiro más poderoso de Londres. Eso fue, hasta que escuché acerca de su pequeña cambia-formas." Sus ojos verdes se posaron sobre Maite. Sus labios rojos sonrieron. "Puedo ver el parecido familiar."



Maite miró fijamente. "¿Parecida a quién?"


"Pues a Nathaniel, por supuesto. A su hermano."


Maite sintió como si agua fría hubiera sido arrojada en la parte posterior de su cuello, sacudiéndola a un estado de alerta total. "¿Ha visto a mi hermano?"



Lady Belcourt sonrió, la sonrisa de una mujer que sabía que tenía una habitación en la palma de su mano. "Lo vi varias veces en varias ocasiones en el Club Pandemónium," dijo. "Tenía una mirada infeliz, pobre criatura, un mundano bajo un hechizo. Probablemente se jugó todo lo que tenía. Siempre lo hacen. Charlotte me dijo que las Hermanas Oscuras se lo llevaron, no me sorprende. Les encanta llevar a un mundano al suelo con trampas y recogerlo de la manera más impactante....”


"¿Pero está vivo?" Dijo Maite. "¿Lo ha visto con vida?"



"Fue hace algún tiempo, pero sí." Lady Belcourt hizo un gesto con su mano. Sus guantes eran escarlata, y sus manos parecían como si hubieran sido sumergidas en sangre. "Para volver al asunto en cuestión," dijo. "Estábamos hablando de De Quincey. Dígame, Charlotte, ¿sabía que él organiza fiestas en su casa de la ciudad en Carleton Square?"


Charlotte quitó sus manos de la silla. "Lo he oído mencionar."


"Desafortunadamente," dijo Will, “parece que se olvidó de invitarnos. Tal vez nuestras invitaciones se extraviaron en el correo."



"En estas fiestas," Lady Belcourt continuó, "los humanos son torturados y asesinados. Creo que sus cuerpos son arrojados al río Támesis para que los rapiñadores los recojan. Ahora, ¿sabían eso?"


Incluso Will se veía desconcertado. Charlotte dijo: "Pero el asesinato de humanos por Hijos de la Noche está prohibido por la Ley…"


"Y De Quincey desprecia la Ley. Lo hace tanto como por burlarse de los Nefilim como porque disfruta de la matanza. A pesar de que no disfruta eso, no se equivoquen sobre esto."



Los labios de Charlotte estaban pálidos. "¿Cuánto tiempo ha estado sucediendo esto, Camille?”


Así que ése era su nombre, pensó Maite. Camille. El nombre sonaba francés; quizá eso explicara su acento.


"Por lo menos un año. Tal vez más." El tono de la vampiresa era frío, indiferente.


"Y me está diciendo esto ahora sólo porque..." Charlotte sonaba herida.




"El precio por revelar los secretos del Señor de Londres es la muerte," dijo Camille, sus ojos verdes oscureciéndose. "Y no le hubiera hecho ningún bien, incluso si se lo hubiera contado. De Quincey es uno de sus aliados. No tienen razón ni excusa para irrumpir en su casa como si fuera un delincuente común. No sin evidencia de mala conducta de su parte. Entiendo que, en virtud de estos nuevos acuerdos, ¿un vampiro en realidad debe ser observado dañando un humano antes de que los Nefilim puedan tomar acción?"


“Sí,” dijo Charlotte a regañadientes, “pero si hubiéramos sido capaces de asistir a una de las fiestas…"



Camille dejó escapar una breve carcajada. "¡De Quincey nunca permitirá que eso suceda! A la primera vista de un Cazador de Sombras, habría cerrado el lugar herméticamente. Nunca habrían sido autorizados a entrar."

Pero usted podría," dijo Charlotte. "Podría haber llevado a uno de nosotros con usted..."


La pluma en el sombrero de Camille temblaba mientras sacudía su cabeza. "¿Y arriesgar mi propia vida?"


“Bueno, no está viva precisamente, ¿verdad?" Dijo Will.


"Valoro mi existencia tanto como usted lo hace, Cazador de Sombras," dijo Lady Belcourt, entornando sus ojos. "Una lección que haría bien en aprender. Difícilmente podría perjudicar a los Nefilim dejar de pensar que todos aquellos que no viven exactamente como debieran hacerlo, en realidad no viven en absoluto."



Fue Jem quien habló a continuación, por lo que parecía la primera vez desde que habían entrado en la habitación. "Lady Belcourt, si me perdona por preguntar, ¿qué es exactamente lo que desea de Maite?”


Camille miró directamente a Maite entonces, sus ojos verdes tan brillantes como joyas. "Puede disfrazarse de cualquiera, ¿es correcto? Un perfecto disfraz, ¿aspecto, voz, y forma? Eso es lo que he escuchado." Su labio se curvó. "Tengo mis fuentes."


“Sí,” dijo Maite, vacilante. "Es decir, me han dicho que el disfraz es idéntico.


Camille la miró de forma restrictiva. "Tendría que ser perfecto. Si se va a disfrazar como yo…"


"¿Como usted?" dijo Charlotte. "Lady Belcourt, no veo…"


"Ya veo," dijo Will inmediatamente. "Si Maite estuviera disfrazada como Lady Belcourt, podía abrirse camino en una de las fiestas de De Quincey. Podría observarlo infringir la Ley. Entonces la Clave podría atacar, sin quebrantar los Acuerdos."



"Usted es un pequeño gran estratega." Camille sonrió, mostrando sus dientes blancos, otra vez.


"Y esto también proporcionaría una perfecta oportunidad para buscar en la residencia de De Quincey," dijo Jem. "Ver lo que podemos descubrir sobre su interés por estos autómatas. Si de verdad ha asesinado mundanos, no hay razón para pensar que no haya sido por más propósito que el mero deporte." Le dio a Charlotte una mirada significativa, y Maite sabía que él estaba pensando, al igual que ella, en los cuerpos en el sótano de la Casa Oscura.


"Tendríamos que averiguar alguna manera de dar la señal a la Clave desde el interior de la residencia de De Quincey," reflexionó Will, con sus ojos azules ya encendidos. "Tal vez Henry pueda idear algo. Sería de gran utilidad contar con un plano de construcción de la casa…"



"Will," protestó Maite. “Yo no…"


"Y por supuesto que no iría sola," dijo Will con impaciencia. "Yo podría ir con usted. No permitiré que nada le suceda."


“Will, no," dijo Charlotte. "¿Tú y Maite solos, en una casa llena de vampiros? Lo prohíbo."



“Entonces, ¿a quién vas enviar con ella, si no soy yo?" Will demandó. "Sabes que puedo protegerla, y sabes que tengo el derecho de escoger…"


"Yo podría ir. O Henry…"


Camille, que había estado observando todo eso con una mirada mitad aburrimiento y diversión, dijo: "Me temo que estoy de acuerdo con William. Las únicas personas admitidas en estas fiestas son amigos cercanos a De Quincey, vampiros, y los humanos subyugados de los vampiros. De Quincey ha visto antes a Will, haciéndose pasar como un mundano fascinado por lo oculto, no se sorprenderá al descubrir que se graduó en servidumbre vampírica."


Humanos subyugados. Maite había leído de ellos en el Código: Los subyugados, u oscuros, eran mundanos que habían jurado servir a un vampiro. Para el vampiro, ellos proporcionaban compañía y comida, y a cambio recibían pequeñas transfusiones de sangre de vampiro a intervalos. Esta sangre los mantenía unidos a su señor vampiro, y también les aseguraba que cuando murieran, se convertirían en vampiros también.


"Pero Will sólo tiene diecisiete años,” protestó Charlotte.


"La mayoría de los subyugados humanos son jóvenes," dijo Will. "Los vampiros adquieren a sus subyugados cuando están jóvenes, más bonitos a la vista, y con menos probabilidades de sangre enferma. Vivirán un poco más, aunque no mucho." Parecía satisfecho de sí mismo. "La mayoría del resto de la Enclave no sería capaz de pasar de manera convincente como un joven y guapo subyugado humano…"


"Debido a que el resto de todos nosotros somos horribles, ¿verdad?" preguntó Jem, viéndose divertido. "¿Es por lo que yo no puedo hacerlo?"


“No,” dijo Will. "Sabes por qué no puedes." Lo dijo sin ningún tipo de inflexión, y Jem, después de mirarlo un instante, se encogió de hombros y apartó la mirada.


"No estoy realmente segura acerca de esto," dijo Charlotte. "¿Cuándo es el próximo de estos eventos, Camille?



"El sábado en la noche."


Charlotte tomó una respiración profunda. "Tendré que hablar con la Enclave, antes de que pueda estar de acuerdo. Y Maite tendrá que aceptar también."


Todos miraron a Maite.



Ella se humedeció con nerviosismo sus labios secos. "¿Usted cree," dijo a Lady Belcourt, "que hay una posibilidad de que mi hermano pueda estar allí?"


"No puedo prometer que estará allí. Puede. Pero alguien ahí probablemente sepa que ha sucedido con él. Las Hermanas Oscuras habitualmente estaban en las fiestas de De Quincey; sin duda ellas o su séquito, si son capturados e interrogados, le brindarán algunas respuestas."



El estómago de Maite se revolvió. "Lo haré," dijo. "Pero quiero que me prometan que si Nate está allí, vamos a sacarlo, y si no está, vamos a averiguar dónde está. Quiero estar segura de que todo esto no es acerca de capturar a De Quincey. Debe ser sobre salvar a Nate, también."


"Por supuesto," dijo Charlotte. "Pero no lo sé, Maite. Esto va a ser muy peligroso…"


"¿Se ha convertido en un Submundo?” Preguntó Will. "¿Por lo menos sabe si es algo que sería posible?"



Maite negó con la cabeza. "Nunca he hecho nada por el estilo. Pero... podría intentarlo." Se volvió hacia Lady Belcourt. "¿Podría tener algo suyo? Un anillo, o un pañuelo tal vez."


Camille llevó sus manos detrás de su cabeza, haciendo a un lado los espesos rizos rubio- plateado de su cabello que estaban contra su cuello, y desabrochó su collar. Dejando que colgara de sus delgados dedos, se lo tendió a Maite. "Aquí. Tome esto."


Con el ceño fruncido, Jem dio un paso adelante para tomar el collar, y luego se lo tendió a Maite. Ella sintió el peso de este mientras lo tomaba. Era pesado, y los colgantes de rubís cuadrados del tamaño de un huevo de pájaro se sentían fríos al tacto, tan fríos como si hubieran estado tendidos en la nieve. Cerrar la mano alrededor de él era como cerrar los dedos alrededor de un trozo de hielo. Respiró fuerte, y cerró los ojos.

Era extraño, diferente esta vez, mientras la transformación la tomaba. La oscuridad se levantó rápidamente, ajustándose a su alrededor, y la luz que veía en la distancia era un frío resplandor de plata. El frío que fluía de la luz estaba hirviendo. Maite atrajo la luz hacia ella, rodeándose a sí misma con la helada luz ardiente, empujándose a sí misma hasta el núcleo de ésta. La luz se levantó en brillantes paredes blancas a su alrededor…



Sintió un dolor agudo a continuación, en el centro de su pecho, y por un momento su visión fue roja escarlata, el color de la sangre. Todo era color sangre, y empezó a ser presa del pánico, luchando por su camino a la libertad, sus párpados volaron abiertos…



Y estaba allí de nuevo, en la Sala del Santuario, con todos los demás mirándola. Camille estaba sonriendo ligeramente, los otros miraban sorprendidos, no atónitos, como habían estado cuando se había transformado en Jessamine.



Pero algo estaba terriblemente mal. Había un gran vacío en su interior; no dolor, sino que una cavernosa sensación de que algo faltaba. Maite se atragantó, y un agudo golpe pasó a través ella. Se hundió en un sillón, sus manos apretadas contra su pecho. Le temblaba todo el cuerpo.


"¿Maite?" Jem se puso sobre sus talones junto a la silla, tomando una de sus manos. Se veía a sí misma en el espejo que colgaba de la pared de enfrente, o más exactamente, podía ver la imagen de Camille. Los brillantes cabellos claros de Camille, desprendidos, llovían sobre sus hombros, y su piel blanca se hinchaba y se derramó sobre el corpiño que Maite ahora vestía demasiado apretado de manera que habría hecho a Maite ruborizarse… si hubiera podido ruborizarse. Pero ruborizarse requería sangre actualmente corriendo en sus venas, y recordó, con terror creciente, que los vampiros no respiraban, no se ponían calientes o fríos y no tenían corazones que latían en sus pechos.



Así que ese era el vacío, la extrañeza que sentía. Su corazón estaba en silencio, en su pecho, como una cosa muerta. Volvió a respirar sollozando. Le dolía, y se dio cuenta de que mientras que podía respirar, su nuevo cuerpo no quería o no lo necesitaba.


"Oh, Dios," dijo en un suave susurro a Jem. "Yo… mi corazón no late. Me siento como si hubiera muerto. Jem…"


Él le acarició la mano, con cuidado, con dulzura, y la miró con sus ojos plateados. La expresión en ellos no había cambiado con el cambio en ella, la miraba como lo había hecho antes, como si ella aún fuera Maite Gray. "Estás viva," dijo, con una voz tan suave que sólo ella podía oírlo. "Estás usando una piel diferente, pero tú eres Maite, y estás viva. ¿Sabes cómo lo sé?"



Ella negó con la cabeza.


“Porque me has dicho la palabra „Dios‟ justo ahora. Ningún vampiro puede decirlo." Apretó su mano. "Tu alma todavía es la misma."


Ella cerró sus ojos y se quedó quieta por un momento, concentrándose en la presión de su mano sobre la suya, su piel caliente contra la suya que estaba muy fría. Poco a poco el temblor que sacudió su cuerpo comenzó a desvanecerse, ella abrió los ojos, y dio a Jem una leve sonrisa, temblorosa.



"Maite," dijo Charlotte. "¿Estás… está todo bien?"



Maite retiró sus ojos lejos de la cara de Jem y miró a Charlotte, que estaba observándola con una mirada ansiosa. Will, junto a Charlotte, llevaba una expresión ilegible.


"Tendrá que practicar un poco, moviéndose y dominándose a si misma, si quiere convencer a De Quincey de que usted es yo," dijo Lady Belcourt. "Yo nunca me desplomaría así en una silla." Echó la cabeza hacia un lado. "Sin embargo, en general, una impresionante demostración. Alguien la entrenó bien.



Maite pensó en las Hermanas Oscuras. ¿La habían entrenado bien? ¿Le habían hecho un favor, liberando este poder latente dentro de ella, a pesar de lo mucho que las había odiado? ¿O habría sido mejor si nunca hubiera sabido que era diferente?


Poco a poco lo dejó ir, dejó que la piel de Camille resbalara lejos de ella. Se sentía como si se estuviera levantando fuera del agua helada. Su mano se tensó sobre la de Jem mientras el frío le recorría de pies a cabeza, una cascada muy fría. Algo saltó dentro de su pecho entonces. Como un pájaro que ha estado atónito y sin moverse después de volar a una ventana, sólo para reunir sus fuerzas y saltar desde el suelo hasta elevarse en el aire, su corazón empezó a latir de nuevo de pronto. El aire llenó sus pulmones, y liberó a Jem, sus manos volaron a su pecho, sus dedos se apretaron contra la piel para sentir el suave ritmo debajo.


Se miró en el espejo de la habitación. Era la misma de nuevo:Maite Gray, no un milagrosamente hermoso vampiro. Sintió un alivio abrumador.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 11:57 am

"¿Mi collar?" dijo Lady Belcourt con frialdad, y le tendió su delgada mano. Jem tomó el colgante de rubís de Maite para traérselo al vampiro, mientras él lo levantaba, Tessa vio que había palabras grabadas en el marco de plata del colgante: AMOR VERUS NUMQUAM MORITUR.


Miró a través de la habitación a Will, no estaba segura de por qué, sólo para descubrir que él la estaba mirando. Ambos apartaron la mirada rápidamente. "Lady Belcourt," dijo Will, "ya que ninguno de nosotros ha estado alguna vez en la casa de De Quincey, ¿cree usted que le sería posible proporcionarnos un plano del piso, o incluso un boceto del suelo y las habitaciones?"




"Voy a ofrecerle algo mejor." Lady Belcourt levantó sus brazos para abrochar el collar alrededor de su garganta. "Magnus Bane."


"¿El brujo?" Charlotte levantó las cejas.


“En efecto,” dijo Lady Belcourt. "Él conoce la casa de la ciudad tan bien como yo y es a menudo invitado a los eventos sociales de De Quincey. Aunque, como yo, él ha evitado anteriormente las fiestas en las que los asesinatos son cometidos."



"Noble de él," murmuró Will.


"Se reunirá con ustedes allí, y les guiará a través de la casa. Nadie allí estará sorprendido al vernos juntos. Magnus Bane es mi amante, ya ven."


La boca de Maite se abrió un poco. Esta no era la clase de cosas que las damas decían en compañía educada, o cualquier otra compañía. ¿Pero tal vez era diferente para los vampiros? Todos los demás parecían tan sorprendidos como ella lo estaba, con excepción de Will, que como de costumbre, parecía como si estuviera tratando de no reírse.



"Qué bueno," dijo Charlotte por fin, después de una pausa.


"De hecho, lo es,” dijo Camille, y se puso de pie. "Y ahora, si alguien me acompaña a la salida. Se hace tarde, y aún no me he alimentado."


Charlotte, quien estaba preocupada con respecto a Maite, dijo, "Will, Jem, ¿irán?"



Maite, vio como los dos chicos flanqueaban a Camille como soldados—lo cual, supuso, era lo que eran—y la seguían desde la habitación. Última en cruzar la puerta, la vampira hizo una pausa y miró hacia atrás por encima de su hombro. Sus rizos rubio pálido rozaron sus mejillas cuando sonrió; era tan hermosa que Maite sintió una especie de punzada, mirándola, anulando su instintivo sentimiento de aversión.


"Si haces esto," dijo Camille, “y tienes éxito, si encuentras o no a tu hermano, puedo prometerte, pequeña cambia-formas, que no te arrepentirás."


Maite frunció el ceño, pero Camille se había ido. Se movía tan rápido que era como si hubiera desaparecido entre una respiración y la siguiente. Maite se volvió hacia Charlotte. "¿Qué cree que quería decir con eso? ¿Que no me voy a arrepentir?"



Charlotte sacudió la cabeza. “No lo sé,” Suspiró. "Me gustaría pensar que se refería a que el conocimiento de una buena obra le consolaría, pero es Camille, así que..."


"¿Son todos los vampiros de esa manera?" preguntó Maite. "¿Así de fríos?"



"Muchos de ellos han vivido mucho tiempo," dijo Charlotte diplomáticamente. "No ven las cosas igual que nosotros."

Maite llevó sus dedos a su adolorida sien. "De hecho, no lo hacen."



De todas las cosas que molestaban a Will acerca de los vampiros, la forma de moverse sin hacer ruido, el timbre bajo e inhumano de sus voces, era la forma en que olían lo que más le molestaba. O más bien, la forma en que no olían. Todos los seres humanos olían a algo; sudor, jabón, perfume, pero los vampiros no tenía olor, como maniquíes de cera.


Delante de él, Jem estaba sosteniendo la última de las puertas que conducía desde el Santuario al vestíbulo exterior del Instituto. Todos esos espacios habían sido desacralizados, así los vampiros y otros de su calaña podrían usarlos, pero Camille nunca podría llegar más lejos en el Instituto que eso. Acompañarla a la salida era más que una cortesía. Se aseguraban de que ella no quisiera andar en tierra consagrada, lo que sería peligroso para todos los involucrados.



Camille rozó a Jem, apenas mirándolo, y Will siguió, deteniéndose sólo lo suficiente como para murmurar "Ella no huele a nada," a Jem, en voz baja.


Jem lució alarmado. "¿Has estado oliéndola?"


Camille, que esperaba en la puerta al lado de ellos, volvió su cabeza a esto y sonrió. "Puedo escuchar todo lo que dicen, ya saben," dijo. "Es cierto, los vampiros no tienen olor. Nos hace mejores depredadores".



"Eso, y un oído excelente," dijo Jem, y dejó que la puerta se cerrara detrás de Will. Ahora estaban de pie en la pequeña entrada cuadrada con Camille, su mano en el pomo de la puerta de la calle como si fuera a salir de prisa, pero no había nada apresurado en su expresión mientras los miraba.


"Mírense a los dos," dijo ella, "todo negro y plata. Tú podrías ser un vampiro,” le dijo a Jem, "con tu palidez y tu aspecto. Y tú,” le dijo a Will, "bueno, no creo que ninguno de los de De Quincey dude de que tu podrías ser mi subyugado humano."


Jem estaba mirando a Camille, con esa mirada que Will siempre pensó que podría cortar vidrio. Dijo: "¿Por qué hace esto, Lady Belcourt? Este plan suyo, De Quincey, todo ello… ¿por qué?"



Camille sonrió. Era hermosa, Will lo tuvo que admitir, pero luego, un montón de vampiros eran hermosos. Su belleza siempre había parecido para él como la belleza de flores prensadas; preciosas, pero muertas. "Porque el conocimiento de lo que él estaba haciendo oprimía mi conciencia."



Jem sacudió la cabeza. "Quizás es del tipo de quien se sacrifica a sí misma en el altar de los principios, pero lo dudo. La mayoría de nosotros hacemos las cosas por razones que son más puramente personales. Por amor o por odio."


"O por venganza," dijo Will. "Después de todo, sabía acerca de lo que estaba pasando por un año, y justo ahora llega a nosotros."


"Eso fue debido a la señorita Gray.”



“Sí, pero eso no es todo lo que es, ¿verdad?" dijo Jem. "Maite es su oportunidad, pero su razón, su motivo, es otra cosa." Él ladeó la cabeza hacia un lado. "¿Por qué odia tanto a De Quincey?


"No veo que esto sea asunto tuyo, pequeño Cazador de Sombras plateado," dijo Camille, sus labios se habían retirado de sus dientes, dejando sus colmillos visibles, como fragmentos de marfil contra el rojo de sus labios. Will sabía que los vampiros podían mostrar sus colmillos a voluntad, pero todavía era enervante. "¿Por qué importa cuáles son mis motivos?"


Will rellenó en respuesta por Jem, sabiendo ya lo que el otro muchacho había estado pensando. "Porque de lo contrario no podemos confiar en ti. Tal vez nos estás enviando a una trampa. Charlotte no querría creerlo, pero eso no significa que no sea posible."



"¿Conducirlos a una trampa?" el tono de Camille era burlón. "¿E incurrir en la terrible ira de la Clave? ¡Muy poco probable!"


"Lady Belcourt," dijo Jem, "lo que sea que Charlotte pueda haberle prometido, si desea nuestra ayuda, responderá la pregunta."


"Muy bien," dijo. "Puedo ver que no estarás satisfecho a menos que te dé una explicación. Tú,” dijo, señalando a Will, "estás en lo correcto. Y pareces saber una curiosa cantidad sobre el amor y la venganza para alguien tan joven; debemos discutirlos algún día, juntos." Volvió a sonreír, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. "Tuve un amante, ya ves," dijo. "Era un cambia-formas, un licántropo. Se prohíbe que los Hijos de la Noche amen o se acuesten con los Hijos de la Luna. Tuvimos cuidado, pero De Quincey nos descubrió. Nos descubrió y lo asesinó, en gran parte como asesinará a algún pobre mundano prisionero en su próxima fiesta." Sus ojos brillaban como luces verdes mientras los miraba a los dos. "Lo amaba, y de Quincey lo asesinó, y el resto de mi tipo lo ayudó e instigó. No los perdonaré por ello. Los mataré a todos."



Los Acuerdos, ahora de diez años, marcaron un momento histórico tanto para los Nefilim como para los Submundos. Ya no tendrían los dos grupos que esforzarse por destruirse los unos a los otros. Se unirían contra un enemigo común, los demonios. Había cincuenta hombres en la firma de los Acuerdos en Idris: diez de los Hijos de la Noche, diez de los Hijos de Lilith, conocidos como brujos, diez de la del Pueblo de las Hadas, diez de los Hijos de la Luna, y diez de los de la sangre de Raziel…




Tessa despertó sobresaltada al oír que llamaban a su puerta; se había quedado medio dormida sobre la almohada, su dedo todavía manteniendo un lugar en el Código de los Cazadores de Sombras. Después de bajar el libro, apenas tuvo tiempo de sentarse y extender las mantas sobre sí misma antes de que la puerta se abriera.


Entró la luz de una lámpara, y Charlotte con ésta. Maite sintió una punzada extraña, casi decepción… ¿pero a quién más había estado esperando? A pesar de la hora tardía, Charlotte estaba vestida como si hubiera planeado salir. Tenía la cara muy seria, y había líneas de cansancio bajo sus ojos oscuros. “¿Está despierta?"




Maite asintió con la cabeza, y levantó el libro que estaba leyendo. "Leyendo."


Charlotte no dijo nada, pero cruzó la habitación y se sentó a los pies de la cama de Maite. Le tendió la mano. Algo brillaba en su palma, era el colgante del ángel de Maite. "Dejó esto con Henry."



Maite puso su libro a un lado y tomó el colgante. Se puso la cadena sobre la cabeza, y se sintió tranquilizada cuando el peso familiar se posó de nuevo contra el hueco de su garganta. "¿Aprendió algo de él?"


"No estoy segura. Dijo que estaba todo obstruido en el interior con años de oxidarse, que era una maravilla que estuviera trabajando en absoluto. Limpió el mecanismo, aunque parece que no ha dado resultado. ¿Tal vez haga tic-tac con mayor regularidad ahora?"


"Tal vez." A Maite no le importaba; sólo estaba feliz de tener el ángel, el símbolo de su madre y su vida en Nueva York, de vuelta en su poder.



Charlotte cruzó sus manos sobre su regazo. "Maite, hay algo que no le he dicho."


El corazón de Maite comenzó a latir más rápido. "¿Qué es?"


"Mortmain..." Charlotte vaciló. "Cuando dije que Mortmain introdujo a su hermano al club Pandemónium, era cierto, pero no era toda la verdad. Su hermano ya sabía sobre el Mundo de las Sombras, antes de que Mortmain si quiera se lo dijera. Al parecer aprendió sobre esto de su padre."


Aturdida, Maite estaba en silencio.



"¿Cuántos años tenía cuando tus padres murieron?" le preguntó Charlotte.


"Fue un accidente," dijo Maite, un poco aturdida. "Yo tenía tres años. Nate tenía seis."


Charlotte frunció el ceño. "Tan joven para que su padre confiara en su hermano, pero… supongo que es posible."



"No," dijo Maite "No, no entiende. Tuve las más ordinaria, la más humana, imaginable educación. Tía Harriet, fue la mujer más práctica en el Mundo. Y ella lo hubiera sabido, ¿no? Era la hermana joven de mi madre; la trajeron con ellos desde Londres cuando vinieron a América."

"La gente guarda secretos, Maite, a veces incluso de sus seres queridos." Charlotte rozó sus dedos a través de la cubierta del Código, con su sello en relieve. "Y debe admitir, que tiene sentido."



"¿Sentido? ¡No tiene ningún tipo de sentido!"


"Maite...” suspiró Charlotte. "No sabemos por qué tienes la capacidad que tienes. Pero si uno de tus padres de alguna manera estaba conectado con el mundo mágico, ¿no tiene sentido que esa conexión pudiera tener algo que ver con esto? Si tu padre era un miembro del Club Pandemónium, ¿no es así como De Quincey pudo haberse enterado de ti?”


"Supongo." Maite habló de mala gana. "Es sólo que... cuando por primera vez vine a Londres creía tan firmemente que todo lo que me ocurría era un sueño. Que mi vida de antes había sido real y esto era una terrible pesadilla. Pensaba que si tan sólo pudiera encontrar a Nate, podríamos volver a la vida que teníamos antes." Levantó los ojos hacia Charlotte. "Pero ahora no puedo evitarlo, me pregunto si tal vez la vida que tenía antes era el sueño y todo esto la verdad. Si mis padres se enteraron del Club Pandemónium, si fueron parte del Mundo de las Sombras también, entonces no hay un mundo al que pueda volver que esté limpio de todo esto."



Charlotte, con sus manos todavía en su regazo, miró a Maite firmemente. "¿Alguna vez te preguntaste por qué la cara de Sophie esta cicatrizada?"


Cogida por sorpresa, Maite sólo pudo balbucear. "Yo… me pregunté, pero no… me gusta preguntar."


"Ni deberías," dijo Charlotte. Su voz era fría y firme. "Cuando por primera vez vi a Sophie, estaba agachada en una puerta, sucia, con un sangriento trapo apretado contra su mejilla. Me vio mientras pasaba, aunque yo usaba un glamour en ese momento. Eso fue lo que me llamó la atención sobre ella. Tiene un toque de la Visión, como el de Thomas y Agatha. Le ofrecí Dinero, pero no lo aceptó. La engatusé para que me acompañase hasta una tienda de té, y me dijo lo que le había pasado. Había sido una doncella, en una hermosa casa en St.John's Wood. Las doncellas, por supuesto, eran elegidas por su aspecto, y Sophie era hermosa, lo que resultó ser a la vez una gran ventaja y una gran desventaja para ella. Como puedes imaginarte, el hijo de la casa tomó interés en seducirla. Ella lo rechazó en repetidas ocasiones. Enfurecido, tomó un cuchillo y le cortó la cara, diciéndole que si no podía tenerla, se aseguraría de que nadie la quisiera de nuevo."


"¡Qué horror!" susurró Maite.


"Ella fue donde su señora, la madre del chico, pero él afirmaba que ella había tratado de seducirlo, y había tomado el cuchillo para luchar contra ella y proteger su virtud. Por supuesto, la echaron a la calle. En el momento en que la encontré, tenía la mejilla infectada. La traje aquí y tuve a los Hermanos Silenciosos viéndola, pero aunque curaron la infección, no pudieron sanar la cicatriz.”


Maite se llevó la mano a su propio rostro en un gesto inconsciente de simpatía. "Pobre Sophie."



Charlotte ladeó la cabeza a un lado y miró a Maite con sus brillantes ojos marrones. Tenía una presencia tan fuerte, pensó Maite que era difícil recordar a veces cómo de pequeña era físicamente, pequeña y como un pájaro. "Sophie tiene un don," dijo. "Tiene la Visión. Puede ver lo que los otros no. En su antigua vida a menudo se preguntó si estaba loca. Ahora sabe que no está loca, sino que es especial. Allí, sólo era una criada, que probablemente hubiera perdido su posición una vez que su aspecto se desvaneciera. Ahora es un valioso miembro de nuestra familia, una chica dotada con mucho que aportar.” Charlotte se inclinó hacia delante. “Tú miras atrás a la vida que tenías, Maite, y parece segura para ti en comparación con ésta. Pero tú y tu tía eran muy pobres, si no me equivoco. Si no hubieras venido a Londres, ¿donde habrías ido una vez que ella muriera? ¿Qué habrías hecho? ¿Te encontrarías llorando en un callejón como nuestra Sophie?" Charlotte sacudió su cabeza. "Tienes un poder de incalculable valor. No necesitas pedirle nada a nadie. No necesitas depender de nadie. Eres libre, y esa libertad es un regalo.



"Es difícil pensar en algo como un regalo cuando has sido atormentada y apresada por ello."


Charlotte sacudió la cabeza. "Sophie me dijo una vez que se alegraba de que hubiera sido cicatrizada. Dice que quien la quiera ahora la amará de verdad, y no a su linda cara. Este es tu verdadero yo, Maite. Este poder es lo que eres. Quien te ame ahora, y también deberías amarte a ti misma, te amará de verdad."



Maite recogió el Código y lo abrazó contra su pecho. "Así que estás diciendo que estoy en lo correcto. Esto es real, y la vida que tenía antes era el sueño."


"Eso es correcto." Charlotte palmeó suavemente el hombro de Maite; ésta casi saltó ante el contacto. Había sido un largo tiempo, pensó, desde que cualquier persona la había tocado de tal modo maternal; pensó en la Tía Harriet, y su garganta dolió. "Y ahora es el momento de despertar."

9

La Enclave



Puede hacer mi corazón como una pesada carga, poner mi rostro como una piedra, Engañar y ser engañado, y morir: ¿quién sabe? somos ceniza y polvo. —Alfred, Lord Tennyson, “Maud”

“Inténtelo otra vez,” sugirió Will. “Simplemente camine de un lado de la habitación al otro. Le diremos si parece convincente.”



Maite suspiró. Su cabeza palpitaba, igual que el fondo de sus ojos. Era agotador pretender ser una vampira.



Habían pasado dos días desde la visita de Lady Belcourt, y Maite había pasado casi todo el tiempo desde entonces intentando transformarse en una mujer vampiro de forma convincente, sin un gran éxito. Aún se sentía como si estuviera resbalando por la superficie de la mente de Camille, incapaz de agarrarse a sus pensamientos o personalidad. Eso hacía difícil saber cómo andar, cómo hablar, y qué clase de expresiones debía usar cuando viera a los vampiros en la fiesta de De Quincey; quienes, sin duda alguna, conocían muy bien a Camille, y a quienes Maite esperaba conocer también.



Se encontraba en la biblioteca, y había pasado las últimas horas desde la comida practicando, caminando con el extraño deslizamiento con el que Camille andaba, y hablando con su cuidadosa y arrastrada voz. Enganchado a su hombro había un broche con joyas que uno de los subyugados humanos de Camille, una pequeña criatura arrugada llamada Archer, había traído en un baúl. También había un vestido, para que Maite lo usara en casa de De Quincey, pero era demasiado pesado y exquisito para usarlo durante el día. Maite llevaba su nuevo vestido azul y blanco, que era molestamente apretado en el pecho y demasiado suelto en la cintura cada vez que cambiaba a Camille.



Jem y Will se habían instalado en una de las largas mesas al fondo de la biblioteca, aparentemente para ayudar y dar consejo, pero mayormente, parecía que lo único que hacían era burlarse y divertirse de su consternación.



“Apoya mucho los pies cuando anda,” explicó Will. Estaba ocupado pelando una manzana en su pechera, y parecía no darse cuenta de que Maite lo estaba mirando ferozmente. “Camille anda delicadamente. Como un fauno por los bosques. No como un pato.”



“Yo no camino como un pato.”
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 11:58 am

“A mí me gustan los patos,” observó Jem diplomáticamente. “Especialmente los que hay en Hyde Park.” Miró de lado a Will; ambos estaban sentados al borde de la mesa, sus piernas colgando a los lados. “¿Recuerdas cuando intentaste convencerme para que les diera pastel de carne a los patos reales34 del parque para ver si podías crear una raza de patos caníbales?”



“Se lo comieron,” recordó Will. “Pequeñas bestias sanguinarias. Nunca confíes en un pato.”



“¿Les importa?” demandó Maite. “Si no me van a ayudar, ambos pueden irse. No he dejado que se queden para escucharlos parlotear sobre patos.”


“Su impaciencia,” dijo Will, “no es típica de una señorita.” Le sonrió por encima de la manzana. “¿O quizás es la naturaleza vampira de Camille imponiéndose?”



Su tono era travieso. Era tan raro, pensó Maite. Hacía unos pocos días le había gruñido por lo de sus padres, y más tarde le había suplicado que le ayudara a esconder la tos sangrienta de Jem, su rostro ardiendo con intensidad mientras lo hacía. Y ahora le estaba tomando el pelo como si fuera la hermana pequeña de un amigo, alguien a quien conocía casualmente, quizás con un poco de afecto, pero por la que no tenía sentimientos complejos para nada.



Maite se mordió el labio… e hizo una mueca de dolor ante el inesperado dolor. Los dientes vampíricos de Camille, sus dientes, funcionaban bajo un instinto que no podía entender. Parecían deslizarse hacia adelante sin una advertencia o provocación, advirtiéndola de su presencia sólo por las repentinas explosiones de dolor cuando perforaban la frágil piel de su labio. Notó el sabor a sangre en su boca, su propia sangre, salada y caliente. Presionó las Oops! de sus dedos en la boca; y cuando los alejó, vio que estaban manchados de sangre.


“Déjelos solos,” dijo Will, soltando la manzana y levantándose. “Verá que se cura muy rápido.”



Maite pasó su lengua por su incisivo izquierdo. Estaba plano de nuevo, como un diente normal. “¡No entiendo por qué se salen así!”



“Por el hambre,” dijo Jem. “¿Estabas pensando en sangre?”



“No.”


“¿Estabas pensando en comerme?” inquirió Will.



“¡No!”



“Nadie te echaría la culpa,” dijo Jem. “Él es muy molesto.”



Maite suspiró. “Camille es muy compleja. No entiendo nada de ella, y mucho menos sé ser como ella.”



Jem la miró de cerca. “¿Eres capaz de tocar sus pensamientos? ¿Igual que cuando dijiste que podías tocar los pensamientos de la gente en la que te transformabas?”



“Aún no. Lo he estado intentando, pero todo lo que me llega son destellos e imágenes ocasionales. Sus pensamientos parecen estar muy protegidos.”



“Bueno, con un poco de suerte podrás romper esa protección antes de mañana por la noche,” dijo Will. “O no diría mucho sobre nuestras posibilidades.”



“Will,” le reprendió Jem. “No digas eso.”



“Tienes razón,” dijo Will. “No debería subestimar mis habilidades. Incluso si Maite estropeara todo, estoy seguro de que podría luchar contra la masa de vampiros babosos hacia la libertad.”



Jem, como era su hábito, Maite se había empezado a dar cuenta, simplemente ignoró esto. “¿Tal vez,” dijo “sólo puedes tocar los pensamientos de los muertos, Maite? A lo mejor la mayoría de los objetos que las Hermanas Oscuras te dieron pertenecían a muertos.”



“No. Toqué los pensamientos de Jessamine cuando me Cambié a ella. Así que no puede ser eso, gracias a Dios. Menudo talento morboso sería entonces.”



Jem la estaba observando pensativo con sus ojos color plata; algo en la intensidad de su mirada la hizo sentir casi incómoda. “¿Y qué tan claro puedes ver los pensamientos de los muertos? Por ejemplo, si te diera un objeto que una vez perteneció a mi padre, ¿podrías saber en qué estaba pensando cuando murió?”



34 Pato real o ánade real: Es un pato de superficie común y muy extendido. Habita áreas de temperatura templada de Norteamérica, Europa y Asia. También frecuenta Centroamérica y el Caribe. Probablemente es el más conocido de todos los patos.

Era el turno de Will para verse alarmado. “James, no creo que…” empezó, pero paró cuando la puerta de la biblioteca se abrió y Charlotte entró a la habitación. No estaba sola. Había por lo menos una docena de hombres siguiéndola, extraños a los que Maite nunca había visto.



“La Enclave,” susurró Will, e hizo un gesto para que Jem y Maite se agacharan detrás de una de las estanterías. Observaron desde su escondite cómo la sala se llenaba de Cazadores de Sombras; la mayoría de ellos hombres. Pero Maite vio, mientras se presentaban en la habitación, que entre ellos había dos mujeres.



No pudo evitar mirarlas fijamente, recordando lo que Will dijo sobre Boudica, que las mujeres también podían luchar. La mujer más alta, debía de medir por lo menos un metro ochenta, había atado su pelo blanco en una corona en la parte de atrás de su cabeza. Parecía como si estuviera adentrada en los sesenta, y su presencia era regia. La otra mujer era más joven, de pelo oscuro, ojos gatunos y un comportamiento reservado.



Los hombres eran un grupo más variado. El mayor era un hombre alto vestido completamente de gris. Su pelo y su piel también eran grises, su cara huesuda y aguileña, con una nariz fina y marcada, y un mentón afilado. Había líneas firmes en las esquinas de sus ojos y huecos oscuros bajo sus pómulos. Sus ojos estaban bordeados de rojo. Junto a él estaba el más joven del grupo, un chico que tendría como mucho un año más que Jem y Will. Era atractivo de una forma angulosa, con rasgos normales pero afilados, su pelo marrón y despeinado, y una expresión vigilante.



Jem hizo un sonido de sorpresa y desagrado. “Gabriel Lightwood,” murmuró a Will en voz baja. “¿Qué está haciendo aquí? Pensaba que estaba estudiando en Idris.”



Will no se había movido. Estaba mirando al chico de pelo castaño con sus cejas enarcadas, una débil sonrisa dibujándose en sus labios.


“Sólo no te pelees con él, Will,” añadió Jem precipitadamente. “No aquí. Es todo lo que te pido.”



“Eso es pedir mucho, ¿no crees?” dijo Will sin mirar a Jem. Will se había asomado por atrás de la estantería, y estaba observando a Charlotte mientras acompañaba a todos hacia la gran mesa al frente de la habitación. Parecía estar urgiéndolos a todos para que se acomodaran en los asientos alrededor.



“Frederick Ashdown y George Penhallow, aquí, por favor,” dijo Charlotte. “Lillian Highsmith, si te sientas aquí donde el mapa…”


“¿Y dónde está Henry?” preguntó el hombre de pelo gris con un aire de brusca cortesía. “¿Tu marido? Como uno de los directores del Instituto, debe estar aquí.”



Charlotte dudó solo por una fracción de segundo antes de plasmar una sonrisa en su rostro. “Está de camino, Señor Lightwood,” dijo, y Maite se dio cuenta de dos cosas: uno, que el hombre de pelo grisáceo seguramente era el padre de Gabriel Lightwood, y dos, que Charlotte estaba mintiendo.



“Más le vale,” murmuró el Sr. Lightwood. “Una reunión de la Enclave sin el director del Instituto presente… es lo más irregular.” Se giró entonces, y aunque Will se volvió a esconder detrás de la estantería, fue demasiado tarde. Los ojos del hombre se estrecharon. “¿Y quién está ahí atrás, entonces? ¡Sal y muéstrate!”



Will miró a Jem, que se encogió de hombros elocuentemente. “No merece la pena esconderse hasta que nos arrastren hasta allí, ¿no?”



“Habla por ti,” siseó Maite. “No necesito que Charlotte se enfade conmigo si no se supone que debemos estar aquí.”



“No te pongas así. No hay razón por la que tendrías que saber que había una reunión de la Enclave, y Charlotte lo sabe perfectamente,” dijo Will. “Siempre sabe a quién echarle la culpa.” Sonrió. “Pero vuelve a ti misma, si sabes a lo que me refiero. No hay necesidad de alterar sus gastadas complexiones.”



“¡Oh!” Por un momento, Maite casi había olvidado que estaba disfrazada como Camille. Rápidamente empezó a trabajar despojándose de la transformación, y para cuando los tres salieron de detrás de la estantería, volvía a ser ella misma.



“Will.” Suspiró Charlotte al verle, y sacudió la cabeza a Maite y Jem. “Te dije que la Enclave estaría aquí a las cuatro en punto.”



“¿Sí?” dijo Will. “Se me ha debido olvidar. Terrible.” Miró de reojo y sonrió. “Hola, Gabriel.”



El chico de pelo castaño le devolvió a Will la mirada furiosamente. Tenía unos ojos verdes brillantes, y su boca, mientras miraba a Will, estaba endurecida con disgusto. “William,” dijo finalmente, y con un poco de esfuerzo. Giró su mirada a Jem. “Y James. ¿No son un poco jóvenes para merodear por las reuniones de la Enclave?”



“¿No lo eres tú?” dijo Jem.



“Cumplí los dieciocho en Junio,” dijo Gabriel, pegando tanto la espalda al respaldo de la silla que sus pies se levantaron del suelo. “Tengo todo el derecho del mundo para participar en las actividades de la Enclave ahora.”



“Qué fascinante,” dijo la mujer de pelo blanco que según Maite parecía regia. “¿Así que es esa, Lottie? ¿La chica bruja de la que nos estabas hablando?” la pregunta iba dirigida a Charlotte, pero la mirada de la mujer descansaba en Maite. “No lo parece.”



“Tampoco lo parecía Magnus Bane la primera vez que lo vi,” dijo el Sr. Lightwood, mirando curiosamente a Maite. “Vayamos al grano. Enséñenos lo que puede hacer.”



“No soy una bruja,” protestó Maite, enfadada.



“Bueno, pues algo eres, mi chica,” dijo la mujer mayor. “Si no eres un brujo, ¿entonces qué?”



“Suficiente.” Charlotte se levantó. “La Srta. Gray ya nos ha demostrado su autenticidad a mí y al Sr. Branwell. Eso debe servirles… al menos hasta que la Enclave haga la decisión sobre si desean usar sus habilidades.”


“Por supuesto que quieren,” dijo Will. “No tenemos ninguna esperanza de éxito en este plan sin ella…”



Gabriel adelantó su silla con tanta fuerza que las patas chocaron contra el suelo de piedra con un sonido de agrietamiento. “Sra. Branwell,” dijo furiosamente, “¿es o no es William demasiado joven para participar en las reuniones de la Enclave?”


La mirada de Charlotte fue desde la cara enrojecida de Gabriel a la de Will, que carecía de expresión. Suspiró. “Sí, lo es. Will, Jem, si esperaran por favor fuera en el pasillo con Maite.”



La expresión de Will se tensó, pero Jem le mandó una mirada de advertencia, y se mantuvo en silencio. Gabriel Lightwood parecía triunfante. “Les mostraré la salida,” anunció, levantándose. Acompañó a los tres fuera de la biblioteca, y salió al pasillo detrás de ellos.


“Tú,” escupió a Will, bajando el tono de su voz para que los que estuvieran en la biblioteca no lo escucharan. “Tú deshonras el nombre de los Cazadores de Sombras en cualquier lugar.”


Will se apoyó en la pared y miró a Gabriel con sus ojos fríos y azules. “No creí que quedara nada que deshonrar, después de que tu padre…”

“Agradecería que no hablaras de mi familia,” gruñó Gabriel, pasando la mano por detrás de su espalda para cerrar la puerta de la biblioteca.


“Qué desafortunado que la perspectiva de tu gratitud no me tiente,” dijo Will.



Gabriel lo miró fijamente, su pelo desaliñado, sus ojos verdes brillando con rabia. En ese momento se parecía a alguien que Tessa conocía, pero no podría decir quién. “¿Qué?” rugió Gabriel.


“Se refiere,” aclaró Jem, “a que no le importan tus agradecimientos.”



Las mejillas de Gabriel se oscurecieron de un sombrío escarlata.


“Si no fueras menor de edad, Herondale, te retaría a un duelo. Solo tú y yo, y la muerte. Te cortaría en sangrientos harapos…”


“Para, Gabriel,” interrumpió Jem antes de que Will pudiera contestar. “Provocar a Will hacia un combate cuerpo a cuerpo, es como castigar a un perro después de haberle atormentado para que te muerda. Ya sabes como es.”


“Muchas gracias, James,” dijo Will, sin apartar sus ojos de los de Gabriel. “Aprecio el testimonio hacia mi persona.”


Jem se encogió de hombros. “Es la verdad.”



Gabriel lanzó a Jem una mirada oscura. “Quédate fuera de esto, Carstairs. No te concierne.”


Jem se movió más cerca de la puerta, y de Will, que estaba completamente recto, igualando la fría mirada de Gabriel con una propia. Los pelos del cuello de Maite empezaron a levantarse. “Si concierne a Will, también a mí,” dijo Jem.




Gabriel sacudió su cabeza. “Eres un Cazador de Sombras decente, James” dijo, “y un caballero. Tienes tu… discapacidad, pero nadie te culpa de ello. Pero esto…” su labio se curvó, y señaló a Will. “Esta porquería solo te hundirá. Encuentra a otra persona que sea tu parabatai. Nadie espera que Will Herondale pase de los diecinueve, y nadie lamentará que se vaya, tampoco…”


Eso fue demasiado para Maite. Sin pensarlo, estalló con indignación. “¡Cómo se atreve a decir eso!”



Gabriel, interrumpido en mitad del berrinche, estaba tan consternado como si uno de los tapices hubiera empezado a hablar. “¿Perdón?”


“Me ha oído. ¡Decirle a alguien que no le importaría que muriera! ¡Es inexcusable!” tiró de la manga de Will. “Vámonos, Will. Esta… esta persona, obviamente no merece que pierdas el tiempo con él.”



Will parecía estar muy entretenido. “Es verdad.”


“Tú…tú…” Gabriel, balbuceando levemente, miró a Maite de forma alarmada. “Usted no tiene ni idea de las cosas que ha hecho…”


“Y no me importan. Todos son Nefilims, ¿no? Se supone que todos están del mismo lado.” Maite frunció el ceño hacia Gabriel. “Creo que le debe a Will una excusa.”


“Yo,” dijo Gabriel, “preferiría que me arrancaran las entrañas y me las ataran en un nudo delante de mis ojos antes que disculparme ante tal gusano.”



“¡Dios mío!” dijo Jem levemente. “No pretendes decir eso, de verdad. No la parte de Will siendo un gusano, por supuesto. La parte de las entrañas. Eso suena espantoso.”


“Sí que lo pretendo,” dijo Gabriel, volviendo al tema. “Preferiría caer en una tina con veneno de Malphas35 y disolverme lentamente hasta que sólo me quedaran los huesos.”


“¿De veras?” dijo Will. “Porque resulta que conozco a un tipo que podría vendernos un tonel de…”


La puerta de la biblioteca se abrió. El Sr. Lightwood estaba en el umbral de la puerta. “Gabriel,” dijo en un tono frío. “¿Planeas asistir a la reunión, tu primera reunión de la Enclave, si debo recordarte; o prefieres quedarte jugando en el pasillo con el resto de los niños?”


Nadie estaba particularmente complacido por ese comentario, especialmente Gabriel, que tragó fuertemente, asintió, lanzó una última mirada a Will y siguió a su padre de vuelta a la biblioteca, pegando un portazo tras de ellos.


“Bueno,” dijo Jem después de que la puerta se cerrara. “Ha sido tan malo como esperaba que fuera. ¿Es la primera vez que le ves desde la fiesta de Navidad del año pasado?” inquirió, dirigiendo la pregunta a Will.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 11:59 am

“Sí,” dijo Will. “¿Crees que debería haberle dicho lo mucho que le he echado de menos?”


“No,” dijo Jem.



“¿Siempre es así?” preguntó Maite. “¿Tan horrible?”


“Deberías ver a su hermano mayor,” dijo Jem. “Hace que Gabriel parezca más dulce que el pan de jengibre. Además, odia a Will incluso más que Gabriel, si es posible.”


Will sonrió, y entonces se dio la vuelta y empezó a andar por el pasillo, silbando al mismo tiempo. Después de un momento de duda, Jem fue tras él, haciendo un gesto para que Maite los siguiera.


“¿Por qué te odiaría Gabriel Lightwood, Will?” preguntó Maite mientras andaban. “¿Qué fue lo que le hiciste?”


“No le hice nada a él,” dijo Will, caminando con pasos rápidos. “Fue algo que le hice a su hermana.”


Maite miró de lado a Jem, que se encogió de hombros. “Donde está nuestro Will, hay media docena de chicas enfadadas reclamando que él ha comprometido sus virtudes.”



“¿Lo hizo?” preguntó Maite, dándose prisa para seguir el paso de los chicos. No se podía caminar muy rápido con las faldas pesadas que rodeaban tus tobillos mientras te movías. La entrega de los vestidos de Bond Street había llegado el día anterior, y apenas se estaba acostumbrando a llevar cosas tan caras. Recordaba los vestidos claros que había llevado cuando era una niña pequeña, cuando era capaz de seguir a su hermano, corriendo, darle patadas en los tobillos y huir sin que él la pudiera alcanzar. Se preguntó brevemente qué pasaría si tratara de hacerle eso a Will. Dudaba que funcionara a su ventaja, aunque la idea tenía cierto atractivo. “Me refiero a si comprometió su virtud.”



“Haces muchas preguntas,” dijo Will, girando bruscamente a la izquierda y subiendo unas escaleras estrechas. “¿No es así?”


“Sí que las hago,” dijo Maite, el tacón de sus botas sonando fuertemente en los escalones de piedra mientras seguía a Will. “¿Qué es parabatai? ¿Y a qué te referías con que el padre de Gabriel es una deshonra para los Cazadores de Sombras?”



“Parabatai en griego es sólo un término para un soldado emparejado con un conductor de carruajes,” dijo Jem, “pero cuando un Nefilim lo dice, nos referimos a un equipo de guerreros; dos hombres que juran protegerse y guardarse las espaldas.”


“¿Hombres?” dijo Maite. “¿No puede haber un equipo de mujeres, o una mujer y un hombre?”



“Creí que dijiste que las mujeres no tenían sed de sangre,” dijo Will sin darse la vuelta. “Y sobre el padre de Gabriel, digamos que tiene cierta reputación porque le gustan los demonios y los Submundos más de lo que debería. Me sorprendería que alguna de las visitas nocturnas de Lightwood a ciertas casas en Shadwell36 no le haya dejado con un asqueroso caso de viruela demoníaca.”



35 Malphas: En demonología, es un Príncipe de el Infierno.

36 Shadwell es un distrito en el centro de la ciudad de Londres.

“¿Viruela demoníaca?” Maite estaba aterrorizada y fascinada al mismo tiempo.


“Se lo ha inventado,” le aseguró Jem rápidamente. “En serio, Will. ¿Cuántas veces tenemos que decirte que la viruela demoníaca no existe?”



Will se había parado enfrente de una puerta estrecha en una curva de la escalera. “Creo que es aquí,” dijo un poco para sí mismo y agitó el pomo. Cuando nada ocurrió, sacó de su chaqueta la estela y arañó una Marca negra en la puerta. Se abrió de golpe, con un soplo de polvo. “Esto tiene que ser un almacén.”


Jem le siguió dentro, y después de un momento también lo hizo Maite. Se encontró en una pequeña habitación cuya única iluminación venía de una ventana arqueada ubicada en lo alto de la pared. Un poco de luz entraba, mostrando un espacio cuadrado lleno de baúles y cajas. Podría ser un almacén de cualquier parte, si no fuera por lo que parecían ser armas viejas, apiladas en las esquinas; cosas pesadas y oxidadas con hojas amplias y cadenas conectadas a pedazos de metal con clavos.



Will agarró uno de los baúles y lo movió hacia un lado para crear un cuadrado perfecto de espacio en el suelo. Salió más polvo. Jem tosió y le lanzó una mirada de reproche.


“Cualquiera pensaría que nos has traído aquí para asesinarnos,” dijo, “si no fuera porque tus motivaciones para hacerlo parecen muy turbias.”


“No un asesinato,” djo Will. “Espera. Necesito mover un baúl más.”



Mientras empujaba el pesado objeto hacia la pared, Maite observó de lado a Jem. “¿A qué se refería Gabriel,” preguntó, bajando su tono de voz para que Will no la oyera, “con „tu discapacidad‟?”


Los ojos plateados de Jem se ensancharon por un segundo, antes de decir. “Mi mala salud. Eso es todo.”



Estaba mintiendo, Maite lo sabía. Tenía la misma mirada que Nate tenía cuando mentía; una mirada demasiado clara como para estar diciendo la verdad. Pero antes de que pudiera decir algo más, Will se puso recto y anunció. “Ya está. Vengan y siéntense.”


Entonces procedió a sentarse en el suelo machado por el polvo; Jem fue a sentarse al lado suyo, pero Maite se quedó quieta por un momento, dudosa. Will, que tenía fuera su estela, la miró con una sonrisa torcida. “¿No te vas a unir a nosotros, Maite? Supongo que no quieres arruinar el bonito vestido que Jessamine te compró.”



En realidad, era la verdad. Maite no tenía ningún deseo de destruir el artículo de ropa más bonito que había tenido nunca. Pero el tono de burla de Will era más molesto que la idea de destrozar el vestido. Apretando la mandíbula, Maite fue y se sentó enfrente de los chicos, de manera que formaban un triángulo entre ellos.


Will puso la Oops! de la estela contra el suelo sucio, y empezó a moverla. Líneas anchas y oscuras fluyeron de la Oops!, y Maite lo observó fascinada. Había algo particular y hermoso en la manera que la estela garateaba, no como la tinta fluyendo de un bolígrafo, sino como si las líneas hubieran estado allí siempre, y Will las estuviera descubriendo.


Iba por la mitad cuando Jem hizo un ruido de reconocimiento, claramente identificando la Marca que su amigo estaba dibujando. “¿Qué estás…” empezó, pero Will levantó la mano con la que no estaba dibujando, sacudiendo su cabeza.


“No,” dijo Will. “Si me equivoco con esto, podríamos caernos atravesando el suelo.”



Jem rodó los ojos, pero no pareció importarle: Will ya había acabado, ya que estaba alejando la estela del diseño que había dibujado. Maite pegó un pequeño chillido cuando las tablas del suelo parecieron brillar entre ellos, y entonces se volvieron tan trasparentes como una ventana. Asomándose, olvidándose completamente de su vestido, se encontró mirando a través de ellas como a través de un cristal.


Estaba mirando hacia lo que comprendió que era la biblioteca. Podía ver la gran mesa redonda y la Enclave sentada en ella, Charlotte entre Benedict Lightwood y la elegante mujer de pelo blanco. Charlotte era fácilmente reconocible, incluso desde arriba, por el cuidadoso anudamiento de su pelo y los rápidos movimientos que hacía con sus pequeñas manos mientras hablaba.



“¿Por qué aquí arriba?” le preguntó Jem a Will en voz baja. “¿Por qué no en la sala de armas? Está al lado de la biblioteca.”


“El sonido se difunde,” dijo Will. “Es igual de fácil escuchar desde aquí. Además, imagínate que uno de ellos decidiera dar una visita a la sala de armas en la mitad de la reunión para ver lo que tenemos. Ha ocurrido en otras ocasiones.”



Maite, mirando hacia abajo con fascinación, se dio cuenta de que podía oír el murmurar de las voces de verdad. “¿Nos pueden oír ellos?”


Will sacudió su cabeza. “El encantamiento es de sentido único.” Frunció el ceño, inclinándose hacia delante. “¿De qué están hablando?



Los tres se callaron, y en el silencio se escuchó el sonido de la voz de Benedict Lightwood llegando a sus oídos. “No estoy seguro de esto, Charlotte,” dijo. “Todo este plan parece muy arriesgado.”


“Pero no podemos dejar que De Quincey siga con lo que está haciendo,” discutió Charlotte. “Es el vampiro jefe de los clanes de Londres. El resto de los Hijos de la Noche van a él para que los guíe. Si permitimos que rompa la Ley deliberadamente, ¿qué clase de mensaje llega al Submundo? ¿Que los Nefilim han aflojado en su protección?



“Solo para poder entenderlo,” dijo Lightwood, “¿estás dispuesta a aceptar la palabra de Lady Belcourt, que dice que De Quincey, un aliado de la Clave durante mucho tiempo, está asesinando mundanos en su propia casa?”


“No entiendo por qué estás sorprendido, Benedict.” La voz de Charlotte era cortante. “¿Sugieres que ignoremos su informe, a pesar de que siempre nos ha dado información exacta en el pasado? Y a pesar del hecho de que si está contando la verdad una vez más, ¿a partir de ahora la sangre de toda la gente a la que De Quincey mate estaría en nuestras manos?


“Y además estamos obligados por Ley a investigar cualquier información de que la Alianza haya sido rota,” dijo un hombre esbelto de pelo oscuro, sentado al final de la mesa. “Lo sabes tan bien como el resto de nosotros, Benedict; estás simplemente siendo obstinado.”


Charlotte exhaló mientras la cara de Lightwood se oscurecía. “Gracias, George. Lo aprecio,” dijo.


La mujer alta que antes había llamado a Charlotte Lottie rió por lo bajo. “No seas tan dramática, Charlotte,” dijo. “Debes admitir, que todo este asunto es muy raro. Una chica

cambia-forma que puede que sea o no sea una bruja, burdeles llenos de cadáveres, y un informante que juró haber vendido a De Quincey herramientas de maquinaria; un hecho que según tú es la prueba de la evidencia, a pesar de que te niegas a decir el nombre de tu informante.”



“Juré no mezclarle en esto,” protestó Charlotte. “Tiene miedo de De Quincey.”


“¿Es un Cazador de Sombras?” demandó Lightwood. “Porque si no lo es, no es de fiar.”



“En serio, Benedict, ves todo muy anticuado,” dijo la mujer con los ojos de gato. “Cualquiera creería, hablando contigo, que los Acuerdos nunca ocurrieron.”


“Lilian tiene razón; estás siendo ridículo, Benedict,” dijo George Penhallow. “Encontrar un informante de absoluta confianza es como encontrar una amante casta. Si fueran virtuosas, no servirían para mucho en primer lugar. Un informante simplemente da información; es nuestro trabajo verificarla, lo que Charlotte está sugiriendo que hagamos.”

“Es sólo que odiaría ver los poderes de la Enclave desperdiciados en este caso,” dijo Lightwood en un tono suave. Era muy raro, pensó Maite, escuchar a este grupo de adultos elegantes nombrándose los unos a los otros sin títulos honoríficos, simplemente por sus nombres de pila. Pero parecía ser una costumbre de los Cazadores de Sombras. “Si, por ejemplo, hubiera una vampira que tuviera algo en contra del jefe de su clan, y quizás le quisiera fuera del poder, ¿qué mejor manera de hacerlo que involucrando a la Clave para hacer el trabajo sucio?”


“Demonios,” murmiró Will, intercambiando una mirada con Jem. “¿Cómo sabe eso?”


Jem sacudió su cabeza, como si dijera que no lo sabía.


“¿Saber qué?” susurró Maite, pero su voz fue ahogada por Charlotte y la mujer de pelo blanco hablando a la vez.



“¡Camille nunca haría eso!” protestó Charlotte. “No es una Oops, para empezar. ¡Sabe cuál es el castigo por mentirnos!


“Benedict tiene parte de razón,” dijo la mujer mayor. “Sería mejor si un Cazador de Sombras hubiera visto a de Quincey romper la Ley…”



“Pero ese es el objetivo de todo este asunto,” dijo Charlotte. Había un tinte en su voz…de nerviosismo, un gran deseo de demostrarse a sí misma. Maite sintió un poco de comprensión hacia ella. “Observar a De Quincey rompiendo la Ley, Tía Callida.”


Maite hizo ruido de sorpresa.



Jem levantó la mirada. “Sí, es la tía de Charlotte,” dijo. “Era su hermano, el padre de Charlotte, quien solía dirigir el Instituto. Le gusta decirle a la gente lo que hay que hacer. Aunque, por supuesto, siempre hace lo que quiere.”


“Pues sí,” afirmó Will. “¿Sabías que una vez me hizo una proposición?”


Jem parecía no creerle en absoluto. “No lo hizo.”



“Que sí lo hizo,” insistió Will. “Fue muy escandaloso. Habría accedido a sus deseos, si no me hubiera asustado tanto.”


Jem simplemente sacudió la cabeza y devolvió su atención a la escena que se estaba desarrollando en la biblioteca. “También está el asunto del sello de De Quincey,” estaba diciendo Charlotte, “que encontramos dentro del cuerpo de esa chica mecánica. Hay simplemente demasiadas evidencias dirigidas hacia él, demasiadas evidencias como para no investigar.”


“Estoy de acuerdo,” dijo Lilian. “Estoy muy preocupada con este asunto de las criaturas mecánicas. Hacer chicas mecánicas es una cosa, pero ¿y si está haciendo un ejército mecánico?”


“Eso es pura especulación, Lilian,” dijo Frederick Ashdown.


Lilian lo ignoró con un movimiento de su mano.


“Un autómata no es ni serafín ni un aliado de demonio; tampoco es un hijo de Dios o del Diablo. ¿Serían vulnerables a nuestras armas?”


“Creo que te estás imaginando un problema que no existe,” dijo Benedict Lightwood. “Desde hace años han existido autómatas; los mundanos están fascinados con esas criaturas. Ninguno de ellos ha sido una amenaza para nosotros.”


“Porque antes no los habían hecho con magia,” dijo Charlotte.



“Eso es lo que tú piensas.” Lightwood parecía estar impaciente.


Charlotte se puso derecha; sólo Maite y los demás, que la estaban viendo desde arriba, podían ver que sus manos estaban anudadas fuertemente en su regazo. “Tu preocupación, Benedict, parece ser que castiguemos injustamente a De Quincey por un crimen que no ha cometido, y por ello poner en peligro la relación entre los Hijos de la Noche y los Nefilim, ¿no es cierto?”


Benedict Lightwood asintió.



“Pero todo este plan de Will consiste en observar a De Quincey. Si no le vemos romper la Ley, no actuaremos en contra de él, y nuestra relación no correrá peligro. Si le vemos

rompiendo la Ley, entonces, la relación es una mentira. No podemos permitir que abuse de la Ley de la Alianza, sin embargo… lo conveniente sería ignorarlo.”



“Estoy de acuerdo con Charlotte,” dijo Gabriel Lightwood, hablando por primera vez, para gran sorpresa de Maite. “Creo que su plan es razonable. Excepto por una cosa…enviar a la chica cambia-forma con Will Herondale. Ni siquiera tiene la edad suficiente para acudir a esta reunión. ¿Cómo se le puede confiar una misión de tal importancia?”


“Pequeño pedante adulador,” rugió Will, inclinándose hacia delante, como si quisiera atravesar el portal mágico y estrangular a Gabriel. “Cuando lo atrape y esté solo…”


“Debería ir yo con ella en su lugar,” siguió Gabriel. “Ya que puedo cuidar de ella mejor. En vez de simplemente preocuparme por mí mismo.”



“El ahorcamiento sería demasiado bueno para él,” coincidió Jem, que parecía estar intentando no reírse.


“Maite conoce a Will,” protestó Charlotte. “Confía en Will.”


“Yo no diría tanto,” murmuró Maite.



“Además,” dijo Charlotte, “es Will quién diseñó el plan, De Quincey reconocerá a Will del Club Pandemónium. Es Will el que sabe lo que hay que buscar dentro de la casa de De Quincey para relacionarle con las criaturas mecánicas y los asesinatos de mundanos. Will es un excelente investigador, Gabriel, y un buen Cazador de Sombras. Por lo menos tienes que admitir eso.”


Gabriel se recostó en su silla, cruzando sus brazos sobre su pecho. “No tengo que admitir nada.”


“Así que Will y tu chica bruja entran a la casa, resistirán la fiesta hasta que observen algo en contra de la Ley, y entonces nos hacen una señal al resto de nosotros, ¿pero cómo?” inquirió Lilian.


“Con uno de los inventos de Henry,” dijo Charlotte. Había un ligero, muy ligero, temblor en su voz mientras lo decía. “El Fósforo. Lanzará una llamarada de luz mágica extremadamente brillante, iluminando todas las ventanas de la casa de de Quincey, sólo por un momento. Esa será la señal.”



“Oh, que Dios nos salve, otra de las invenciones de Henry,” dijo George.


“Hubo unas pocas complicaciones con el Fósforo al principio, pero Henry me lo mostró ayer por la noche,” protestó Charlotte. “Funciona perfectamente.”



Frederick bufó. “¿Recuerdas la última vez que Henry nos ofreció usar uno de sus inventos? Estuvimos limpiando intestinos de pez de nuestros uniformes durante días.”


“Pero es que no se podía usar cerca del agua…” empezó Charlotte, con la misma voz temblorosa, pero los demás ya habían empezado a hablar por encima de ella, charlando alegremente sobre los inventos defectuosos de Henry y las terribles consecuencias, mientras Charlotte se sumía en el silencio. Pobre Charlotte, pensó Maite. Charlotte, cuyo sentido de su propia autoridad era tan importante, y tan caro de comprar.


“Bastardos, hablando así por encima de ella,” murmuró Will. Maite lo miró, asombrada. Él estaba mirando fijamente la escena delante suyo, sus puños apretados a sus lados. Así que apreciaba a Charlotte, pensó, y se sorprendió por lo complacida que se sentía por haberse dado cuenta de ello. Quizás eso significaba que Will tenía sentimientos, después de todo.



Los tuviera o no los tuviera, no tenía nada que ver con ella, por supuesto. Apartó la vista rápidamente de Will, hacia Jem, que también parecía estar fuera de control. Estaba mordiéndose el labio. “¿Dónde está Henry? ¿No debería haber llegado ya?”


Como si fuera una respuesta, la puerta del almacén se abrió de golpe con un estruendo, y los tres se dieron la vuelta para ver a Henry de pie con ojos y pelo de loco en el umbral de la puerta. Estaba agarrando algo en su mano; el tubo de cobre con el botón en un lado que casi hizo que Will se rompiera un brazo.

Will lo miró con cautela. “Aleja ese maldito objeto de mí.”


Henry, que tenía la cara enrojecida y estaba sudando, los miró con horror. “Diablos,” dijo. “Estaba buscando la biblioteca. La Enclave…”


“Se está reuniendo,” dijo Jem. “Ya lo sabemos. Es un piso más abajo, Henry. La tercera puerta a la derecha. Y más te vale ir. Charlotte te está esperando.”



“Lo sé,” se lamentó Henry. “¡Maldita sea, maldita sea y maldita sea! Sólo estaba intentando que el Fósforo funcionara bien, eso es todo.”


“Henry,” dijo Jem, “Charlotte te necesita.”


“Bien.” Henry se dio la vuelta como si fuera a salir de la habitación, pero se giró y los miró fijamente, la confusión pasando por su cara pecosa, como si justo se estuviera preguntando que hacían Will, Maite y Jem acurrucados juntos en una sala de almacenaje en desuso. “¿Qué están haciendo los tres aquí, de todas formas?”

Will movió su cabeza a un lado y sonrió a Henry. “Charadas37,” dijo. “A gran escala.”



“Ah. Bien, entonces,” dijo Henry, y salió cerrando la puerta.


“Charadas.” Jem resopló en disgusto, y se volvió a inclinar hacia delante, sus codos en sus rodillas, mientras la voz de Callida subía desde abajo.


“Honestamente, Charlotte,” estaba diciendo, “¿Cuándo admitirás que Henry no tiene nada que ver con la dirección de este lugar, y que lo estás haciendo todo tú sola? Quizás con la ayuda de James Carstairs y Will Herondale, pero ninguno de ellos es mayor de diecisiete años. ¿Cuánto pueden ayudar?”


Charlotte murmuró un sonido de súplica.




“Es demasiado para una sola persona, especialmente de tu edad,” dijo Benedict. “Sólo tienes veintitrés años, si quisieras ceder el puesto…”


¡Sólo veintitrés! Maite estaba asombrada. Pensaba que Charlotte era más mayor, probablemente porque rezumaba un aire de competencia.


“El cónsul Wayland nos asignó la dirección de este instituto a mí y a mi marido hace cinco años,” respondió Charlotte ásperamente, parecía que había encontrado su voz de nuevo. “Si tienes algún problema con su decisión, háblalo con él. Mientras tanto, dirigiré el Instituto como a mí me plazca.”



“Espero que eso signifique que los planes tal y como el que estás sugiriendo estén sometidos a votación,” dijo Benedict Lightwood. “¿O estás gobernando por decreto?”


“No seas ridículo, Lightwood, por supuesto que hay votación,” dijo Lilian de mal humor, sin darle a Charlotte una oportunidad para contestar. “Todos lo que estén a favor de seguir adelante con lo de De Quincey, digan sí.”


Para sorpresa de Maite, hubo un coro de síes, y ni un sólo voto en contra. La discusión había sido lo suficientemente contenciosa, que estaba segura de que al menos uno de los Cazadores de Sombras intentaría renunciar. Jem vio su cara de asombro y sonrío.



“Siempre son así,” murmuró. “Les gusta el poder, pero ninguno de ellos votaría que no en un asunto como éste. Se les llamaría cobardes si lo hicieran.”


“Muy bien,” dijo Benedict. “Mañana por la noche, entonces. ¿Está todo el mundo bien preparado? Hay…”


La puerta de la biblioteca se abrió de golpe, y Henry entró, viéndose, si es que era posible, con los ojos más desorbitados y el pelo más revuelto que antes. “¡Estoy aquí!” Anunció. “No es demasiado tarde, ¿verdad?”



Charlotte cubrió su rostro con sus manos.

“Henry,” dijo Benedict Lightwood secamente, “qué bueno es verte. Tu mujer nos estaba poniendo al corriente de tu nuevo invento. El Fósforo, ¿no?”


“¡Sí!” Henry levantó el Fósforo de forma orgullosa. “Es esto. Y puedo prometer que funciona perfectamente. ¿Ven?”


“Ahora no hay necesidad de que nos lo demuestres,” empezó a decir Benedict rápidamente, pero era demasiado tarde. Henry ya había pulsado el botón. Hubo un destello brillante, y las luces de la biblioteca se apagaron repentinamente, dejando a Tessa mirando fijamente un cuadrado negro sin luz en el suelo. Jadeos subieron desde el piso de abajo. Hubo un chillido, y algo se quebró contra el suelo. Por encima de todo estaba el sonido de Benedict Lightwood, maldiciendo constantemente.



Will levantó la vista y sonrío. “Un poco incómodo para Henry, por supuesto,” remarcó felizmente, “y aún así, de alguna manera muy satisfactorio, ¿no creen?”


Tessa no pudo evitar estar de acuerdo, con ambas cosas.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:00 pm

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Príncipes y Reyes Pálidos

“Vi pálidos reyes, y también príncipes38, y pálidos guerreros, pálidos como la muerte eran todos ellos.” —John Keats, “La Belle Dame Sans Merci39”

“Vi pálidos reyes, y también príncipes38, y pálidos guerreros, pálidos como la muerte eran todos ellos.” —John Keats, “La Belle Dame Sans Merci39”




Maite siguió su mirada; fuera de la ventana el cielo estaba nublado y gris, un color acero… lo habitual para Londres, pensó.Mientras el coche se tambaleaba a lo largo de la Strand40, Will levantó una mano enguantada de negro y corrió una de las cortinas de terciopelo de la ventana, dejando que un poco de amarilla luz de gas encontrara camino en el oscuro interior del carruaje.


“Eso más bien parece,” dijo “como si fuéramos a tener lluvia esta noche.”




Hombres con sombreros y largos abrigos oscuros iban a prisa por la acera a ambos lados de la calle, sus hombros encorvados contra un fuerte viento que llevaba polvo de carbón, estiércol de caballo y todo tipo de basura que pica-ojos a su paso. Una vez más, Maite pensó que podría oler el río.


“¿Eso es una iglesia, lo que está directamente en el medio de la calle?” preguntó en voz alta.


“Es la Santa María de le Strand,” dijo Will “Y hay una larga historia al respecto, pero no voy a contártela ahora. ¿Has estado escuchando algo de lo que he estado diciendo?”


“Lo estaba,” dijo Maite “Hasta que hiciste una observación sobre la lluvia. ¿A quién le importa la lluvia? Estamos de camino a algún tipo de… evento social vampiro y no tengo idea de cómo se supone que debo actuar, y hasta ahora no me has ayudado en absoluto.


La esquina de la boca de Will se torció hacia arriba “Sólo se cuidadosa cuando lleguemos a la casa, no puedes mirarme para pedirme ayuda o instrucción. Recuerda, soy su humano subyugado. Me mantienes cerca por sangre, sangre si la quieres o no, y nada más.”


“Así que no vas a hablar esta noche,” dijo Maite, “En lo absoluto.”



No, a menos que me instruyas a que lo haga.” Dijo Will

.
“Esta noche suena como si pudiera ser mejor de lo que pensaba.”


Will parecía no haberla oído. Con su mano derecha estaba apretando el soporte de un cuchillo en el puño de la camisa de su muñeca izquierda. Estaba mirando hacia la ventana, como si estuviera viendo algo que no era visible para ella. “Puede ser que pienses en los vampiros como monstruos salvajes, pero estos vampiros no son así. Son tan cultos así como crueles. Afilados cuchillos contra hojas sin filo de la humanidad.” La línea de su mandíbula se endureció en la penumbra “Tendrás que intentar mantener el ritmo. Y por el amor de Dios, sino puedes, no digas nada en absoluto. Ellos tienen un sentido tortuoso y opaco de etiqueta. Una grave metedura de pata social, puede significar la muerte instantánea.”


Las manos de Maite se apretaron unas a otra en su regazo. Estaban frías. Podía sentir la frialdad de la piel de Camille, incluso a través de sus guantes. “¿Estás bromeando? ¿De la forma en que lo estabas en la biblioteca acerca de soltar ese libro?”


“No.” Su voz era distante.


“Will, estás asustándome.” Las palabras salieron de la boca de Maite antes de que pudiera detenerlas; se tensó, esperando que le tomara el pelo.



Will desvió su mirada de la ventana y la miró como si alguna comprensión hubiera nacido en él.


“Mai,” dijo, y Maite sintió una sacudida momentánea; nadie la había llamado Mai alguna vez. Algunas veces su hermano la había llamado Maitita, pero eso era todo. “Sabes que no tienes que hacer esto si no quieres.”


Ella tomó aire, uno que no necesitaba. “¿Y luego qué? ¿Damos vuelta y regresamos a casa?”



Él estiró sus manos, y tomó las de ella. Las manos de Camille eran tan pequeñas que los oscuros guantes de Will parecían tragárselas.


“Uno para todos, y todos para uno,” dijo.

Ella sonrió ante eso, débilmente, “¿Los Tres Mosqueteros?”



Su firme mirada sostuvo la de ella. Sus ojos azules eran muy oscuros, únicos. Había conocido antes a gente con los ojos azules, pero siempre habían sido de color azul claro. Los de Will eran justo del color del cielo al borde de la noche. Sus largas pestañas los velaban mientras él decía, “A veces, cuando tengo que hacer algo que no quiero hacer, finjo que soy el personaje de un libro. Es más fácil saber lo que ellos harían.”



“¿En serio? ¿Quién pretendes ser? ¿D‟Artagnan41?” preguntó Maite, nombrando al único de los Tres mosqueteros que podía recordar.


“„Esto que hago ahora, es mejor, mucho mejor que cuanto hice en la vida.” Citó Will. “„El descanso que voy a lograr es mucho, mucho más agradable que cuanto conocí anteriormente.”



“¿Sydney Carton42? ¡Pero dijiste que odiabas Historia de Dos Ciudades!”


“No realmente.” Will parecía desvergonzado por su mentira.


“Y Sydney Carton era un alcohólico libertino.”



“Exactamente. Era un hombre que no valía nada, y sabía que no valía nada, y sin embargo, por de bajo, trababa de ocultar su alma, siempre hubo una parte de él capaz de una buena acción.” Will bajó la voz. “¿Que es lo que dice a Lucie Manette43? ¿Qué a pesar de que es débil, todavía puede quemarse?”


Maite, que había leído Historia de Dos Ciudades, más veces de las que podía contar, susurró “„Pero todavía siento la debilidad de desear que sepas con qué fuerza encendiste en mí algunas chispas a pesar de no ser yo más que ceniza, chispas que se convirtieron en fuego.‟” Dudó “Pero eso era porque la amaba.”


“Sí,” dijo Will “La amaba lo suficiente para saber que ella estaba mejor sin él.” Sus manos estaban aún en las de ellas, y el calor de éstas quemaba a través de sus guantes.



Fuera, el viento era fresco, y agitaba su cabello negro coma la tinta, cuando habían cruzado el patio del Instituto hacia el carruaje. Lo hacía verse más joven y vulnerable… y sus ojos, también era vulnerables, abiertos como una puerta. La forma en que la miraba, ella no habría pensado que Will podría, o querría, mirar a nadie así. Si pudiera sonrojarse, pensó, como de ruborizada estaría ahora.



Y entonces deseó no haber pensado en eso. Pues ese pensamiento llevaba, inevitable y desagradablemente, a otro. ¿La estaba viendo a ella ahora, o a Camille, quien era de hecho, exquisitamente hermosa? ¿Era esa la razón por su cambio de expresión? ¿Podía ver a Maite a través del disfraz, o sólo su apariencia?


Se echó hacia atrás, sacando sus manos de las de él, aunque estaban cerradas firmemente alrededor de las de ella. Le tomó un momento separarlas.


“Maite…” comenzó él, pero antes de que pudiera decir algo más, el carruaje se detuvo con una sacudida que hizo que las cortinas de terciopelo se balancearan.



Thomas gritó, “¡Llegamos!” Desde el asiento del conductor.


Will, luego de tomar una respiración profunda, abrió la puerta y saltó al pavimento, levantando la mano para ayudarle a ella a bajar después de él.


Maite inclinó su cabeza al bajar del carruaje para evitar aplastar cualquiera de las rosas en el sombrero de Camille. Aunque Will usaba guantes, como ella hacía, casi podría imaginar que sentía el latido de la sangre bajo su piel, incluso a través de la doble capa de tela que los separaba. Su rostro estaba enrojecido; el color brillante en sus mejillas y ella se preguntó si era el frío el que azotaba la sangre a su cara, o algo más.




Estaban de pie delante de una gran casa blanca con una entrada de altos pilares. Estaba rodeada de casas similares a cada lado, como una fila de pálidas fichas de dominó. En lo alto de una hilera de escalones blancos había un par de puertas dobles pintadas de negro. Estaban entreabiertas, y Maite pudo ver el resplandor de las velas desde el interior, brillante con una cortina.


Maite se volvió para mirar a Will. Detrás de él, Thomas estaba sentado en la parte delantera del carruaje, con el sombrero inclinado hacia delante para ocultar su rostro. La pistola con mango de plata metida en el bolsillo de su chaleco, estaba oculta por completo de la vista.


En algún lugar en la parte de atrás de su cabeza, sintió a Camille riéndose, y sabía, sin saber como lo sabía, que estaba percibiendo la diversión de la mujer vampiro por su admiración por Will. Ahí estás, pensó Maite aliviada a pesar de su molestia. Había empezado a temer que la voz interior de Camille nunca llegaría a ella.



Se apartó de Will, levantando la barbilla. La altiva pose no era natural en ella pero lo era en Camille. “No te vas a dirigir a mí como Maite, sino como una sirviente haría,” dijo, sus labios se encresparon. “Ahora ven.” Sacudió la cabeza imperiosamente hacia los escalones, y partió sin mirar atrás para ver si él la seguía.



Un lacayo elegantemente vestido la esperaba unos pasos más arriba. “Su Señoría,” murmuró, y mientras él se inclinaba, Maite vio los dos pinchazos de colmillos en su cuello, justo por encima de su camisa.


Volvió la cabeza para ver a Will detrás de ella, y estaba a punto de presentarlo al lacayo, cuando la voz de Camille susurró en la parte de atrás de su cabeza, No acostumbramos presentar a nuestras mascotas humanas entre sí. Ellos son de nuestra propiedad, sin nombre, a menos que decidamos darles nombres.



41 D‟Artagnan: El personaje de D'Artagnan es el protagonista de las novelas de Los Tres Mosqueteros.
42 Sydney Carton: es un personaje de la novela Historia de Dos Ciudades por Charles Dickens. 43 Lucie Manette: otro personaje de Historia de Dos Ciudades. Es la hija de Dr. Alexandre Manette.

Ugh, pensó Maite. En su disgusto apenas notó cundo el lacayo la guió por un pasillo largo a una gran sala con suelo de mármol. Él se inclinó de nuevo y se marchó. Will se movió a su lado, y por un momento ambos quedaron mirándose fijamente.


El espacio sólo estaba iluminado por velas. Decenas de candelabros de oro punteaban la habitación, velas blancas de manteca ardían en los soportes. Manos talladas de mármol se extendían desde las paredes, cada una sujetando una vela roja, gotas de cera roja florecían como rosas a lo largo de los lados del mármol tallado. Y entre los candelabros se movían los vampiros, con sus rostros tan blancos como nubes, sus movimientos gráciles, líquidos y extraños.


Maitepodía ver sus similitudes con Camille, los rasgos que compartían, la piel sin poros, los ojos de color de piedras preciosas, las mejillas pálidas manchadas con rubor artificial. Algunos parecían más humanos que otros, muchos estaban vestidos a la moda de tiempos pasados; pantalones cortos a la rodilla y corbatas, faldas tan exuberantes como la de María Antonieta o recogidas en una cola en la espalda, puños de encaje y ropa con volantes.


La mirada de Maite escaneaba la habitación frenéticamente en busca de una figura familiar de pelo rubio, pero Nathaniel no estaba a la vista. En su lugar se encontró intentando no mirar fijamente a una mujer alta y esquelética, vestida con una gran peluca y la empolvada moda de hace cien años. Su rostro era rígido y espantoso, más blanca que el polvo blanco de sus cabellos.


Su nombre era Lady Dalilah, la voz de Camille susurró en la mente de Maite.


Lady Delilah sostenía una pequeña figura por la mano, y la mente de Maite retrocedió—Un niño ¿En este lugar?—pero cuando la figura se volvió, vio que era un vampiro también, hundidos ojos oscuros eran como pozos en su redondeado rostro infantil. Le sonrió a Maite, mostrándo los colmillos desnudos.



“Debemos buscar a Magnus Bane,” dijo Will en voz baja “Él tiene la intensión de guiarnos a través de este lío, lo señalaré si lo veo.”


Estaba a punto de decirle a Will que Camille reconocería a Magnus, cuando vio a un hombre delgado con una melena de pelo rubio, vestido con un traje de cola negro.Maite

sentía que su corazón saltaba… y luego caía en una amarga decepción cuando él se giró. No era Nathaniel.




Ese hombre era un vampiro, con un rostro pálido y anguloso. Su cabello no era amarillo como el de Nate, sino que era casi incoloro bajo la luz de las velas. Le hizo un guiño a Maite y comenzó a moverse hacia ella abriéndose paso entre la multitud. No sólo había vampiros entre ellos, vio Maite, sino que también había humanos subyugados. Llevaban relucientes bandejas de servir, y en las bandejas había grupos de vasos vacíos, junto a los vasos había una serie de utensilios de plata extendidos, todo puntiagudo.


Cuchillos, por supuesto, y herramientas delgadas como los punzones utilizados por los zapateros para perforar agujeros en el cuero.


Mientras Maite miraba confundida, uno de los subyugados fue detenido por la mujer de la blanca peluca empolvada. Chasqueó los dedos imperiosamente, y el oscuro—un muchacho pálido con una chaqueta gris y pantalón—giró la cabeza hacia un lado obedientemente. Después de coger un punzón fino de la bandeja con sus flacos dedos, la vampira señaló con la Oops! afilada a través de la garganta del niño, justo debajo de la mandíbula.



Los vasos se tambalearon en la bandeja cuando su mano tembló, pero no dejó caer la bandeja, ni siquiera cuando la mujer levantó un vaso y lo apretó contra su garganta para que la sangre corriera por él en un fino chorro.


El estómago de Maite se apretó con una repentina mezcla de repulsión… y hambre; no podía negar el hambre, incluso aunque le perteneciera a Camille y no a ella. Más fuerte que la sed, sin embargo, fue su horror. Vio como la mujer vampiro levantaba la copa hacia sus labios, el chico humano de pie a su lado, con el rostro ceniciento y tembloroso mientras ella bebía.



Quería extenderse por la mano de Will, pero una baronesa vampiro nunca le sostendría la mano a su humano subyugado. Enderezó su columna vertebral, y llamó a su lado a Will con un rápido chasquido de sus dedos. Él levantó la vista sorprendido, luego se movió hacia ella, claramente luchando por ocultar su fastidio, pero era necesario esconderlo.


“Ahora, no te vayas a vagar, William,” dijo con una mirada significativa. “No quiero perderte en la multitud.”


La mandíbula de Will se apretó “Tengo la extraña sensación de que estás disfrutando esto,” dijo por lo bajo.



“No hay nada extraño en eso.” Sintiéndose increíblemente audaz, Maite le levantó la barbilla con la Oops! de su abanico de encaje. “Simplemente pórtate bien.”



“Son tan difíciles de adiestrar, ¿no es así?” El hombre con cabello incoloro surgió de la multitud, inclinando la cabeza hacia Maite. “Humanos subyugados, digo,” agregó, confundiendo su expresión de sorpresa con confusión. “Y luego una vez que los tenga propiamente entrenados, se mueren de una cosa u otra. Delicadas criaturas, los seres humanos. Todos con la longevidad de mariposas.”


Sonrió. Su sonrisa mostró los dientes. Su piel tenía la palidez azulada del hielo endurecido.


Tenía el cabello casi blanco y colgaba recto hasta los hombros, rozando el cuello de su abrigo oscuro y elegante, su chaleco era de seda gris, con patrones de torcidos símbolos de plata. Parecía un príncipe Ruso salido de un libro. “Es bueno verla, Lady Belcourt,” dijo, también había un acento en su voz, no era Francés… Más esloveno. “¿Le echó un vistazo al nuevo carruaje, a través de la ventana?



Este es De Quincey, susurró la voz de Camille en la mente de Maite.


Las imágenes se levantaron repentinamente en su cerebro, como una fuente dada vuelta, vertiendo visiones en lugar de agua. Se vio a si misma bailando con De Quincey, con sus manos sobre sus hombros; estando de pie junto a un arrollo negro bajo el cielo de una blanca noche del norte, viendo como se alimentaba de algo pálido y tendido sobre la hierba; sentada inmóvil en una larga mesa de otros vampiros, con De Quincey a la cabecera, mientras vociferaba y le gritaba y bajaba su puño tan fuerte que el mármol de la mesa se astilló agrietándose.


Él le gritaba algo acerca de un hombre lobo y una relación que ella viviría para lamentar. Entonces estaba sentada sola en una habitación, en la oscuridad, y lloraba, y De Quincey entró y se arrodilló junto a su silla y le tomó la mano, queriendo consolarla, a pesar de que había sido la causa de su dolor. ¿Los vampiros pueden llorar? Fue el primer pensamiento de Maite, y luego, Ellos se conocían desde hace mucho tiempo, Alexei de Quincey y Camille Belcourt. Fueron amigos una vez, y él piensa que todavía son amigos.



“De hecho, Alexei,” dijo ella, y mientras lo decía, supo que era el nombre que había estado intentando recordar en la mesa durante la cena de la otra noche, el nombre extranjero que las Hermanas Oscura habían dicho. Alexei. “Quería algo un poco… más espacioso.” Tendió la mano, y se quedó inmóvil mientras él la besaba, sus labios fríos sobre su piel.



Los ojos de De Quincey se deslizaron pasando de Maite a Will, y se lamió los labios. “Y un nuevo subyugado, también, ya veo. Este es bastante atractivo.” Extendió una pálida mano delgada, y deslizó su dedo índice por el lado de la mejilla de Will hasta su mandíbula. “Que inusual colorido,” meditó. “Y esos ojos.”


dijo Maite, en la forma de alguien siendo elogiado sobre un especial buen gusto en la elección del empapelado de las paredes. Observó nerviosamente como de Quincey se movía incluso más cerca de Will, quien se veía pálido y tenso. Se preguntó si estaba teniendo problemas conteniéndose cuando seguramente cada uno de sus nervios estaba gritando ¡Enemigo! ¡Enemigo!


De Quincey arrastró sus dedos desde la mandíbula de Will hasta su garganta, hasta su clavícula donde su latía su pulso.


“Ahí,” dijo, y esta vez cuando sonrió, sus blancos colmillos eran visibles. Eran finos y afilados en las Oops!, como agujas.




Sus párpados cayeron, lánguidos y pesados, y su voz cuando habló era ronca. “No le importaría Camille, ¿no?, si sólo tengo una pequeña mordida…”

37 Charadas: Un pasatiempo que trata de adivinar una palabra mediante una indicación que hay sobre su significado, se descompone en partes, y estas partes forman otras palabras. Parecido a los crucigramas.


38 En el libro en ingles dice princes (príncipes) sin embargo, en el poema original se lee princesas.

39 La Belle Dame sans Mercy: Su autor es irlandés, El título original está escrito en francés, significa la Bella Dama Sin Piedad, se basa en la tradición celta sobre las hadas, crueles, frías y como lo dice su nombre, sin piedad. Su inspiración para este poema se apoya en el otro llamado „La Balada Bretona‟ (la misma base del libro lament de Maggie Stiefvater, XD). 40 Strand: una de las calles principales de Londres.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:00 pm

La visión de Maite se volvió blanca. Vio a de Quincey de nuevo, el frente de su blanca camisa escarlata con sangre, y vio un cuerpo colgando de un árbol, boca abajo en la orilla del oscuro arrollo, pálidos dedos pendiendo en el agua negra…

Su mano se movió rápidamente, más rápido de lo que ella había imaginado que podría haberse movido, y cogió la muñeca de De Quincey. “Querido, no,” dijo, un tono zalamero en su voz. “Me gustaría mantenerlo para mi misma sólo por un ratito. Ya sabes que tu apetito se te escapa algunas veces.” Bajó sus párpados. De Quincey se rió entre dientes.


“Por ti, Camille, ejercitaré mi control.” Apartó su muñeca, y por un momento, bajo el sereno coqueteo, Maite creyó ver un destello de furia en sus ojos, rápidamente enmascarada “En honor a nuestra larga relación.”


“Gracias, Alexei.”



“¿Le diste algún otro pensamiento, querida,” dijo, “a mi oferta de una membresía en el Club Pandemónium? Sé que los mundanos te aburren, pero son una fuente de financiamiento, nada más. Aquellos de nosotros que están a bordo están en el borde de algunos muy… emocionantes descrubrimientos. Poder más allá de tus sueños más salvajes, Camille.”


Maite esperó, pero la voz interior de Camille estaba en silencio. ¿Por qué? Luchó contra el pánico y le dirigió una sonrisa a de Quincey. “Mis sueños,” dijo, y esperó que él creyera que la ronquera en su voz se debía a la diversión y no al miedo, “pueden ser más salvajes de lo que ya puedas imaginar.”


A su lado, podría decir que Will le disparó una mirada sorprendida; aunque rápidamente dominó sus facciones dejándolas en blanco, y apartó la mirada. De Quincey, sus ojos brillaban, sólo sonrió.



“Sólo pido que consideres mi oferta, Camille. Y ahora debo atender a mis otros invitados. ¿Confío en que te veré en la ceremonia?”


Aturdida, simplemente asintió. “Por supuesto.”



De Quincey se inclinó, dio la vuelta, y desapareció entre la multitud. Maite dejó salir el aliento. No sabía que lo había estado conteniendo.


“No lo hagas,” dijo Will suavemente, a su lado. “Los vampiros no necesitan respirar, recuerda.”


“Por Dios, Will.” Maite se dio cuenta de que estaba temblando. “Te hubiera mordido.”



Los ojos de Will estaban oscurecidos por la rabia. “Lo hubiera matado primero.”


Una voz habló junto a Maite. “Y entonces ambos estarían muertos.”


Giró rápidamente y vio que un hombre alto había aparecido justo tras ella, tan silenciosamente como si hubiera flotado como humo. Llevaba una elaborada chaqueta bordada, como algo salido del siglo anterior, con encaje blanco amontonado en su cuello y mangas. Bajo su larga chaqueta, Maite vislumbró pantalones hasta las rodillas, y altos zapatos abrochados. Su cabello era como áspera seda negra, tan oscuro que tenía un brillo azulado; su piel era morena, la forma de sus facciones como las de Jem. Se preguntó si tal vez, al igual que Jem, era de origen extranjero. En una oreja lucía un lazo de plata del cual se balanceaba un pendiente de diamante del tamaño de un dedo, que resplandecía brillantemente bajo las luces, y había diamantes en la cabeza de su bastón de plata. Parecía brillar por completo, como luz mágica. Maite se quedó mirando fijamente; nunca había visto a nadie vestido en semejante moda loca.


“Este es Magnus,” dijo Will tranquilamente, sonando aliviado. “Magnus Bane.”


“Mi querida Camille,” dijo Magnus, inclinándose para besar su mano enguantada. “Hemos estado separados demasiado tiempo.”


En el momento en que la tocó, los recuerdos de Camille corrieron desbordándose— recuerdos de Magnus abrazándola, besándola, tocándola en una forma distintivamente íntima y personal. Maite tironeó su mano retirándola con un chillido. Y ahora reapareces, pensó con resentimiento en dirección a Camille.

“Ya veo,” murmuró él, enderezándose. Sus ojos, cuando los elevó a los de Maite, casi la hacen perder la compostura: eran verde dorados con pupilas rajadas, los ojos de un gato puestos en un rostro distintivamente humano. Estaban llenos de reluciente diversión. A diferencia de Will, cuyos ojos tenían un rastro de tristeza incluso cuando estaba divertido, los ojos de Magnus estaban llenos de un gozo sorpresivo. Se precipitaron hacia los lados, y tiró su barbilla hacia el lado alejado de la habitación, indicando que Maite debía seguirlo. “Vamos entonces. Hay una habitación privada donde podemos hablar.”


Maite lo siguió, aturdida, Will a su lado. ¿Se lo había imaginado, o los blancos rostros de los vampiros se giraron siguiéndola mientras pasaba? Una pelirroja mujer vampiro en un elaborado vestido azul la miró ferozmente mientras pasaba; la voz de Camille susurró que la mujer estaba celosa de la consideración que De Quincey tenía con ella. Maite estaba agradecida cuando finalmente alcanzaron una puerta, puesta tan hábilmente en los paneles de la pared que no se había dado cuenta de que era una puerta hasta que el brujo sacó una llave. Deslizó la puerta abierta con un suave chasquido. Will y Maite lo siguieron al interior. La habitación era una biblioteca, obviamente rara vez usada; aunque volúmenes se alineaban en las paredes, estaban tiznados con polvo, así como también las cortinas de terciopelo que colgaban a través de las ventanas. Cuando la puerta se cerró tras ellos, la luz en la habitación se atenuó: antes de que Maite pudiera decir nada, Magnus chasqueó los dedos y llamas gemelas saltaron a la chimenea en el otro lado de la habitación. Las llamas del fuego eran azules, y el fuego en sí mismo tenía un fuerte perfume, como pebetes44 quemándose.



“¡Oh!” Maite no pudo evitar que una pequeña exclamación de sorpresa pasara por sus labios.


Con una sonrisa, Magnus se arrojó a si mismo a la gran mesa de mármol en el centro de la habitación, y se acostó de lado, su cabeza apoyada en su mano. “¿Nunca antes había visto a un brujo hacer magia?”


Will dio un exagerado suspiro. “Por favor abstente de burlarte de ella, Magnus. Espero que Camille te haya contado que ella sabe muy poco del Mundo de las Sombras.”



“Claro,” dijo Magnus sin arrepentimiento, “pero es difícil de creer, considerando lo que puede hacer.” Sus ojos estaban en Maite. “Vi su rostro cuando besé su mano. Supo quien era yo inmediatamente, ¿no? Sabe lo que Camille sabe. Hay algunos brujos y demonios que pueden cambiar, tomar cualquier forma. Pero nunca había escuchado de uno que pudiera hacer lo que usted hace.”


“No se puede decir con certeza que yo sea una bruja,” dijo Maite. “Charlotte dice que no estoy marcada como un brujo estaría marcado.”


“Oh, usted es una bruja. Crea en ello. Sólo por que no tiene orejas de murciélago…” Magnus vio a Maite fruncir el ceño, y levantó sus cejas. “Oh, no quiere ser una bruja, ¿no? Desprecia la idea.”


“Es sólo que nunca pensé…” dijo Maite en un susurro. “Que era otra cosa más que humana.”


El tono de Magnus no era indiferente. “Pobre. Ahora que sabe la verdad, nunca podrá volver atrás.”


“Déjala sola, Magnus.” El tono de Will era brusco. “Debo buscar por la habitación. Si no quieres ayudar, por lo menos intenta no atormentar a Maite mientras lo hago.” Se movió hacia el gran escritorio de roble en la esquina de la habitación y comenzó a hurgar entre los papeles sobre éste.



Magnus miró hacia Maite y guiñó un ojo. “Creo que está celoso,” dijo en un susurro conspirador.



Maite sacudió la cabeza y se movió hasta el librero más cercano. Había un libro entreabierto en el medio del estante, como si lo exhibieran. Las páginas estaban cubiertas con brillantes figuras intrincadas, algunas partes de las ilustraciones relucían como si hubieran sido pintadas con oro en el pergamino. Maite exclamó sorprendida. “Es una Biblia.”


“¿Eso le asombra?” preguntó Magnus.



“Pensé que los vampiros no podían tocar cosas sagradas.” “Depende del vampiro; cuánto tiempo han estado vivos, qué tipo de fe tenían. De Quincey, de hecho, colecciona Biblias viejas. Dice que casi no hay otro libro por ahí con tanta sangre en las páginas.”


Maite miró hacia la puerta cerrada. El débil crescendo de voces en el otro lado era audible. “¿No estamos estimulando algún tipo de comentario, escondidos así aquí? Los otros, los vampiros… Estoy segura de que nos miraban mientras entrábamos.


44 Mecha con pólvora y otros ingredientes para encender cohetes y otros fuegos artificiales.

“Ellos miraban a Will.” De alguna forma la sonrisa de Magnus eran tan desconcertante como la de un vampiro, incluso aunque no tenía colmillos. “Will se ve mal.”



Maite miró a Will, quien estaba hurgando a través de los cajones del escritorio con manos enguantadas. “Lo encuentro difícil de creer viniendo de alguien vestido como tú lo estás,” dijo Will.


Magnus ingnoró esto. “Will no se comporta como los otros humanos subyugados. No se queda mirando a su señora con ciega adoración, por ejemplo.”



“Eso es por su monstruoso sombrero,” dijo Will.” “Me apaga.”


“Los humanos subyugados nunca están „apagados,‟” dijo Magnus. “Adoran a sus vampiros maestros, no importa lo que usen. Por su puesto, los invitados también se quedaron mirando porque saben de mi relación con Camille, y se están preguntando qué podríamos estar haciendo aquí en la biblioteca… solos.” Movió las cejas hacia Maite.


Maite volvió a pensar en sus visiones. “De Quincey… le dijo algo a Camille acerca de lamentar su relación con un hombre lobo. Lo hizo sonar como si fuera un crimen que ella cometió.”





Para él lo sería. Los vampiros y los hombres lobo se desprecian unos a otros. Dicen que tiene algo que ver con el hecho de que las dos razas de demonios que los engendraron estaban envueltas en una enemistad mortal, pero si me lo pregunta, esto es simplemente porque ambos son depredadores, y los depredadores siempre resienten las incursiones en su territorio. No que todos los vampiros estén a favor de esa visión, o la mía, ya sea, pero a De Quincey le gusto bastante. Piensa que somos amigos. De hecho, sospecho que le gustaría ser más que amigos.” Magnus sonrió ante la confusión de Maite. “Pero lo desprecio, aunque él no lo sabe.”


“Entonces, ¿por qué pasar tiempo con él en absoluto?” preguntó Will, quien se había movido a un mueble alto entre dos de las ventanas y estaba examinando sus contenidos. “¿Por qué venir a esta casa?”



“Políticas,” dijo Magnus con otro encogimiento de hombros. “Él es la cabeza del clan; para Camille el no venir a sus fiestas cuando es invitada sería entendido como un insulto. Y para mí, permitir que ella asista sola podría ser… imprudente. De Quincey es peligroso, y no menos para los de su propia especie. Especialmente aquellos que lo han ofendido en el pasado.”


“Entonces deberías…,” comenzó Will, y se interrumpió, su voz alterada. “Encontré algo.” Hizo una pausa. “Tal vez deberías echarle una mirada a esto, Magnus.” Will se acercó a la mesa y dejó sobre ésta lo que se veía como una larga hoja de papel enrollado. Le hizo un gesto a Maite para que se uniera a él, y desenrrolló el papel a través de la superficie de la mesa.



“Había poco de interés en el escritorio,” dijo, “pero encontré esto, escondido en un cajón falso en el armario. Magnus, ¿qué piensas?”



Tessa, quien se había movido hasta estar de pie junto a Will en la mesa, miró hacia abajo el papel. Estaba cubierto de un bosquejo de un esqueleto humano hecho de pistones, engranajes, y placas de metal martillado. El cráneo tenía una mandíbula con bisagras, cuencas abiertas por ojos, y una boca que terminaba justo detrás de los dientes. Había un panel en su pecho también, justo como el de Miranda. A lo largo del lado izquierdo de la página había garabateado lo que parecián notas, en un idioma que Maite no podía decifrar. Las letras eran albolutamente desconocidas.


“Un plano de un autómata,” dijo Magnus, ladeando su cabeza hacia un lado. “Un ser humano artificial. Los humanos siempre han estado fascinados por las criaturas… supongo que es porque los humanoides no pueden morir o ser heridos. ¿Han leído alguna vez El Libro de Conocimientos de Ingeniosos Instrumentos Mecánicos?”


“Ni siquiera lo había escuchado,” dijo Will. “¿Hay algunos páramos sombríos en él, envueltos en brumas misteriosas? ¿Novias fantasmales vagando por los pasillos de castillos en ruinas? ¿Un chico apuesto corriendo al rescate de una doncella hermosa aunque sin un centavo?”



“No,” dijo Magnus. “Sin embargo, en la mitad hay una parte bastante picante acerca de engranajes, pero realmente la mayoría es bastante seco.”


“Entonces Maite tampoco lo leyó,” dijo Will.



Maitelo fulminó con la mirada, pero no dijo nada; no lo había leído, y no estaba de humor para dejar que Will le ganara.



“Bueno, entonces,” dijo Magnus. “Está escrito por un árabe erudito, dos siglos antes de Leonardo da Vinci, y describe cómo las máquinas podrían ser construídas para imitar las acciones de los seres humanos. Ahora, no hay nada alarmante acerca de ello. Pero es esto,” el largo dedo de Magnus cepilló suavemente a través de la escritura en el lado izquierdo de la página, “lo que me preocupa.”


Will se inclinó más cerca. Su manga rozaba el brazo de Maite. “Si, eso era lo que te quería preguntar. ¿Esto es un hechizo?”


Magnus asintió. “Un hechizo vinculante. Quiere decir que infunde energía demoniaca a un objeto inanimado, así le daría al objeto una especie de vida. He visto el hechizo. Antes de los Acuerdos, a los vampiros les gustaba divertirse creando pequeños mecanismos demoniacos como cajas musicales que podían tocar sólo de noche, caballos mecánicos que cabalgaban sólo después de la puesta de sol, ese tipo de tonterías.” Golpeó pensativo la cabeza de su bastón. “Uno de los grandes problemas de crear autómatas, por supuesto, siempre fue su apariencia. Ningún otro material da la absoluta apariencia de la carne humana.”



“¿Pero qué si uno la hubiera usado? La carne humana, quiero decir,” preguntó Maite.


Magnus se pausó delicadamente. “El problema ahí, para los humanos diseñadores, es, ah, obvio. Preservar la carne destruye su aspecto. Tendría que usar magia. Y luego magia otra vez, para vincular la energía demoniaca al cuerpo mecánico.”


“¿Y qué lograría eso?” preguntó Will, un filo en su voz.



“Han sido construido autómatas que pueden escribir poemas, dibujar paisajes, pero sólo esos son dirigidos para crear. No tienen creatividad o imaginación individual. Animados por una energía demoniaca, no obstante, un autómata tendrá medida de pensamiento y voluntad. Pero cualquier espíritu atado es esclavizado. Será inevitablemente, enteramente obediente a quien sea que hizo la vinculación.”


“Un ejército mecánico,” dijo Will, y había una especie de humor amargo en su voz. “No nacidos ni del Cielo ni el Infierno.”


“Yo no iría tan lejos,” dijo Magnus. “Las energías demoniacas difícilmente son un elemento fácil de conseguir. Hay que convocar a los demonios, luego vincularlos, y sabes que ese es un proceso difícil. Obtener suficiente energía demoniaca para crear un ejército sería casi imposible y un riesgo extraordinario. Incluso para un bastardo mal pensado como de Quincey.”



“Ya veo.” Y con eso, Will enrolló el papel y lo deslizó dentro de su chaqueta. “Muchas gracias por tu ayuda, Magnus.”


Magnus parecía ligeramente desconcertado, pero su respuesta fue cortés: “Por supuesto.”


“Tengo entendido que no lamentarás que de Quincey se vaya y haya otro vampiro en su lugar,” dijo Will. “¿Lo has obervado realmente rompiendo la Ley?”


“Una vez. Fui invitado aquí para presenciar una de sus „ceremonias‟ Al final resultó que…” Magnus se vio extrañamente sombrío. “Bueno, déjenme mostrarles.”

Se volteó y se acercó a la estantería que Maite había estado examinando antes, gesticulándoles para que se le unieran. Will lo siguió, con Maite junto a él. Magnus chasqueó los dedos de nuevo, y cuando chispas azules volaron, la Biblia ilustrada se deslizó hacia un lado, revelando un pequeño agujero que había sido cortado en la madera en la parte posterior del estante. Cuando Maite se inclinó hacia delante, sorprendida, vio que ofrecía una vista de una sala de música elegante. Al menos, eso era lo que pensó al principio, al ver las sillas dispuestas en filas frente al fondo de la sala; lo hacía una especie de teatro. Filas de candelabros encendidos estaban instalados para la iluminación. Cortinas de satín rojas que llegaban al suelo bloqueaban las paredes traseras, y el suelo estaba ligeramente elevado, creando una especie de escenario improvisado. No había nada en él, salvo una solitaria silla con un alto respaldar de madera.



Grilletes de acero estaban unidos a los brazos de la silla, brillando como caparazones de insectos a la luz de las velas. La madera de la silla estaba manchada aquí y allá, con oscuras manchas de color rojo. Las patas de la silla, vio Maite, estaban clavadas al suelo.


"Aquí es donde tienen sus pequeñas… actuaciones," dijo Magnus, con un matiz de disgusto en su voz. "Traen al humano y lo, o la, retienen en la silla. Luego se turnan para drenar lentamente a su víctima, mientras la multitud observa y aplaude.

"
"¿Y disfrutan eso?" dijo Will. El disgusto en su voz era más que un matiz. "¿El dolor de los mundanos? ¿Su miedo?"


"No todos los Hijos de la Noche son así," dijo Magnus en voz baja. "Estos son los peores de ellos."


“¿Y las víctimas?" dijo Will," ¿Dónde los encuentran?"


"Criminales, sobre todo," dijo Magnus. "Adictos, borrachos, prostitutas. Los olvidados y perdidos. Los que no serán extrañados." Miró de frente a Will. "¿Te gustaría elaborar tu plan?"



"Empezaremos cuando veamos que la Ley ha sido quebrantada," dijo Will. "En el momento en que un vampiro se mueva para dañar a un humano, le haré una señal al Enclave. Ellos atacarán. "


"De veras," dijo Magnus. "¿Cómo van a entrar?"

"No te preocupes por eso." Will estaba imperturbable. "Tu trabajo es llevar a Tessa al lugar y sacarla segura fuera de aquí. Thomas está esperando afuera con el carruaje. Móntense en él y los llevará de vuelta al Instituto. "


"Parece un desperdicio de mi talento, asignarme cuidar una chica de tamaño moderado." observó Magnus. “Sin duda podrían utilizarme…"


Este es un asunto de los Cazadores de Sombras," dijo Will. "Hacemos la Ley, y defendemos la Ley. La ayuda que nos has proporcionado hasta ahora ha sido muy valiosa, pero no requerimos nada más de ti. "



Magnus encontró los ojos de Maite por encima del hombro de Will, su mirada era irónica. "El aislamiento orgulloso de los Nefilim. Tienen uso para ti cuando tienen un uso para ti, pero no intentan compartir una victoria con los Submundos."



Maite se giró a Will. "¿Me estás enviando lejos también, antes de que comience la lucha?"


"Debo," dijo Will. "Sería mejor para Camille no ser vista cooperando con los Cazadores de Sombras."



"Eso es una tontería," dijo Maite. "De Quincey sabrá que yo-ella- te trajo aquí. Sabrá que ella mintió sobre donde te encontró. ¿Acaso ella piensa que después de esto, el resto del clan no sabrá que es una traidora?"


En algún lugar de la parte posterior de la cabeza, la suave risa de Camille ronroneó. No parecía asustada.


Will y Magnus se miraron. "No espera," dijo Magnus, "que un sólo vampiro que esté aquí esta noche sobreviva la noche para acusarla."


"Los muertos no pueden contar cuentos," dijo Will en voz baja. La luz parpadeante en la habitación pintaba su rostro alternando tonos de negro y oro; la línea de su mandíbula era dura. Miró hacia la rendija, entrecerrando los ojos. "Miren."


Los tres se empujaron para acercarse a la rendija, a través de la cual vieron las puertas corredizas en un extremo de la sala de música abriéndose. A través de ellas estaba el gran salón iluminado por candelabros; los vampiros comenzaron a fluir por las puertas, tomando sus lugares en los asientos antes del „escenario‟.


"Es hora," dijo Magnus en voz baja, y cerró la rendija.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:01 pm

***

La sala de música estaba casi llena. Maite, del brazo de Magnus, vio como Will se abría paso entre la multitud, en busca de tres asientos juntos. Mantenía la cabeza gacha, los ojos en el suelo, pero aun así…


"Todavía lo están mirando,” le dijo a Magnus en voz baja. "A Will, quiero decir."



"Por supuesto que lo hacen," dijo Magnus. Sus ojos reflejaban la luz como los de un gato mientras inspeccionaba la habitación. "Míralo. El rostro de un ángel malo y los ojos como el cielo nocturno en el Infierno. Es muy bonito, y a los vampiros les gusta eso. No puedo decir que no me haya fijado, tampoco." Magnus sonrió. "Cabello negro y ojos azules, mi combinación favorita."



Maite rozó los pálidos rizos rubios de Camille.



Magnus se encogió de hombros. "Nadie es perfecto."


Maite se libró de contestar; Will había encontrado un conjunto de sillas juntas, y les estaba haciendo señas con una mano enguantada. Trató de no prestar atención a la forma en que los vampiros lo miraban mientras dejaba que Magnus la condujera hacia los asientos. Era cierto que era hermoso, pero ¿por qué les importaba? Will era sólo comida para ellos, ¿no?


Se sentó con Magnus a un lado y Will al otro, el tafetán de seda de su falda crujió como hojas en un fuerte viento. La habitación estaba fría, no como una habitación llena seres humanos, quienes habrían estado emitiendo calor corporal. La manga de Will se deslizó hacia arriba en su brazo cuando él se estiró para dar una palmadita al bolsillo de su chaleco, y vio que su brazo estaba punteado con carne de gallina. Se preguntó si los compañeros humanos de los vampiros estaban siempre fríos.


Un murmullo de susurros pasó por la habitación, y Maite arrancó sus ojos de Will. La luz de los candelabros no llegaba a los rincones de la sala; porciones del "escenario", el fondo de la sala, estaban manchadas con sombras, e incluso los ojos de vampiro Tessa no podían discernir qué se estaba moviendo entre la oscuridad, hasta que de Quincey apareció de repente de las sombras.


El público estaba silencioso. Luego de Quincey sonrió. Era una sonrisa maníaca, mostrando colmillos, y transformó su rostro. Ahora se veía feroz y salvaje, como un lobo. Un callado murmullo de apreciación pasó por la habitación, de la forma en que una audiencia de humanos podría mostrar su apreciación por un actor con una presencia en el escenario especialmente buena.


y sonrió directamente a Maite, que estaba demasiado nerviosa para hacer otra cosa que mirar de vuelta, "son orgullosos hijos e hijas de los Hijos de la Noche. No doblamos el cuello bajo el yugo opresor llamado la Ley. No respondemos a los Nefilim. Tampoco vamos a abandonar nuestras antiguas costumbres a su antojo."


Era imposible no observar el efecto que el discurso de De Quincey estaba teniendo en Will. Estaba tan tenso como un arco, las manos crispadas sobre el regazo, las venas destacando en su cuello.



"Tenemos un prisionero," continuó De Quincey. "Su delito es traicionar a los Hijos de la Noche." Barrió su mirada a través de la audiencia de vampiros en espera. "¿Y cuál es la castigo por tal traición?"


"¡Es la muerte!" Gritó una voz, la mujer vampiro Delilah. Se estiraba hacia delante en su asiento, un ansia terrible en su cara.


Los otros vampiros se unieron a su grito. "¡Muerte! ¡Muerte!"

Más formas oscuras se deslizaron entre las cortinas que formaban el improvisado escenario. Dos vampiros masculinos, manteniendo entre ellos la debatiente forma de un hombre humano. Una capucha negra ocultaba las facciones del hombre. Todo lo que podía observar Maite era que él era delgado, probablemente joven… y sucio, sus finas ropas desgarradas y andrajosas. Sus pies descalzos dejaban manchas de sangre en las tablas mientras los hombres lo arrastraban hacia adelante y lo arrojaban a la silla. Un débil suspiro de simpatía escapó de la garganta de Maite, sintió a Will tensarse a su lado.


El hombre continuó agitándose débilmente, como un insecto en la Oops! de un alfiler, mientras los vampiros ataban las muñecas y los tobillos a la silla, y luego daban un paso atrás. De Quincey sonrió, sus colmillos estaban afuera. Brillaban como alfileres de marfil mientras observaba a la multitud. Maite podía sentir la inquietud de los vampiros, y más que su inquietud, su hambre. Ya no se parecían a un público bien educado de espectadores humanos. Estaban tan ávidos como leones olfateando la presa, tambaleándose hacia adelante en sus sillas, sus ojos amplios y brillantes, sus bocas abiertas.



"¿Cuándo puedes convocar a la Enclave?" le dijo Tessa a Will en un susurro urgente.


La voz de Will era tirante. "Cuando extraigan sangre. Debemos verlos haciéndolo."


“Will…"



"Maite." Susurró su nombre real, sus dedos agarrando los suyos. "Guarda silencio."


A regañadientes, Maite volvió su atención al escenario, donde De Quincey se acercaba al prisionero encadenado. Hizo una pausa junto a la silla, extendió la mano, y sus dedos pálidos y delgados rozaron el hombro del hombre, tan ligero como el tacto de una araña. El prisionero convulsionó, sacudiéndose desesperadamente aterrado cuando la mano del vampiro se deslizó de su hombro hasta su cuello. De Quincey puso dos dedos de color

blanco en el lugar del pulso del hombre, como si fuera un médico que comprobaba el latido de un paciente.


De Quincey llevaba un anillo de plata en un dedo, vio Maite, uno de cuyos lados afilados era una Oops! de aguja que sobresalió cuando apretó la mano en un puño. Hubo un destello de plata, y el prisionero gritó; el primer sonido que había hecho. Había algo familiar acerca del sonido.



Una línea delgada de color rojo apareció en la garganta del prisionero, como un lazo de alambre de color rojo. Sangre brotó y se derramó hacia abajo en el hueco de su clavícula. El prisionero golpeó y luchó contra de Quincey, su rostro ahora era una máscara en un rictus de hambre, extendió dos dedos para tocar el líquido rojo. Levantó las manchadas yemas de los dedos a la boca. La multitud estaba silbando y gimiendo, apenas capaces de mantenerse en sus asientos. Maite miró hacia la mujer con el sombrero blanco con plumas. Tenía la boca abierta, con la barbilla húmeda de baba.



"Will," murmuró Maite. “Will, por favor."



Will miró más allá de ella, a Magnus. "Magnus. Sácala de aquí."



Algo en Maite se rebeló ante la idea de ser sacada de allí. “Will, no, estoy bien aquí…"


La voz de Will era baja, pero sus ojos brillaban. "Hemos hablado de esto. Vete o no voy a convocar a la Enclave. Vete, o ese hombre morirá."



"Ven." Era Magnus, su mano en el codo, guiándola en pie. De mala gana le permitió al brujo tirarla de pie, y luego hacia las puertas. Maite miró alrededor con ansiedad para ver si alguien notó su partida, pero nadie los estaba mirando a ellos. Toda la atención estaba fija en de Quincey y el prisionero, y muchos de los vampiros estaban ya de pie, silbando y vitoreando y haciendo sonidos inhumanos de hambre.




Entre la agitada multitud, Will estaba sentado inmóvil, inclinado hacia adelante como un perro de caza anhelando ser liberado de la correa. Su mano izquierda se deslizó en el bolsillo del chaleco, y surgió sosteniendo algo de cobre entre los dedos.



El Fósforo.



Magnus abrió la puerta tras ellos. "Rápido."


Maite vaciló, mirando hacia atrás al escenario. De Quincey estaba de pie detrás del prisionero ahora. Su boca sonriente estaba manchada de sangre. Extendió la mano y se apoderó de la capucha del prisionero.



Will se puso de pie, el Fósforo en alto. Magnus juró y tiró del brazo de Maite.



Ella dio media vuelta como si fuera a ir con él, luego se congeló cuando de Quincey quitó la capucha negra para revelar el prisionero debajo.


Su rostro estaba hinchado y amoratado con las palizas. Uno de sus ojos estaba negro y cerrado de lo hinchado. Su cabello rubio estaba pegado a su cráneo con la sangre y el sudor. Pero nada de eso importaba; Maite lo hubiera reconocido de todas formas, en cualquier lugar. Sabía ahora por qué su grito de dolor había sonado tan familiar para ella.

Era Nathaniel.

11

Pocos son Ángeles


Todos somos hombres, en nuestra propia naturaleza frágil, y capacidad de nuestra carne; pocos son ángeles. —Shakespeare, Rey Enrique VIII

Maite gritó.



No un grito humano, sino un grito de vampiro. Apenas reconoció el sonido que salió de su propia garganta, sonaba como un cristal rompiéndose. Sólo después se dio cuenta de que estaba gritando palabras. Había pensado que estaba gritando el nombre de su hermano, pero no lo hacía.



“¡Will!” gritaba. “¡Will ahora, hazlo ahora!”



Un jadeo se extendió por toda la sala. Docenas de caras blancas se giraron hacia Maite. Su grito había traspasado la sed de sangre. De Quincey estaba paralizado en el escenario; incluso Nathaniel la estaba mirando fijamente, aturdido, como si se estuviera preguntando si sus gritos eran sólo una alucinación a causa de su agonía.


Will, con su dedo en el botón del Fósforo, dudó. Sus ojos encontraron los de Maite a través de la habitación. Fue sólo durante un segundo, pero De Quincey vio sus miradas. Como si pudiera leerlas, el aspecto de su cara cambió, y movió su brazo para señalar directamente a Will.



“El chico,” escupió. “¡Párenlo!”


Will apartó su mirada de la de Maite. Los vampiros ya estaban levantándose, dirigiéndose hacia él, sus ojos brillando con rabia y hambre. Will miró más allá de ellos, a De Quincey, quien estaba observando a Will con furia. No había miedo en el rostro de Will cuando sus ojos se encontraron con los del vampiro; sin vacilación y sin sorpresa.-



“No soy un chico,” dijo. “Soy un Nefilim.”


Y apretó el botón



Maite se abrazó a si misma preparándose para una llama de blanca luz mágica. Pero en lugar de eso, hubo un gran sonido de explosión cuando las llamas de los candelabros se dispararon hacia el techo. Las chispas volaron, dispersándose por el suelo como brasas, prendiendo las cortinas y las faldas de los vestidos de las mujeres. Repentinamente la habitación estaba llena de ondulante humo negro y chillidos altos, agudos y horribles.


Maite perdió de vista a Will. Trató de avanzar, pero Magnus, casi había olvidado que estaba allí, la cogió firmemente por la muñeca.



“Señorita Gray, no,” dijo, y cuando ella respondió tirando más fuerte, añadió, “Señorita Gray, ¡ahora es un vampiro! Si el fuego la alcanza, arderá como astillas de madera…”



Para ilustrar su argumento, en el momento en el que una chispa extraviada aterrizó en lo alto de la peluca de Lady Delilah, estalló en llamas. Con un grito intentó arrancársela de la cabeza, pero en cuanto sus manos entraron en contacto con las llamas, éstas también fueron alcanzadas por el fuego, como si estuvieran hechas de papel en lugar de piel. En menos de un segundo sus dos brazos estaban ardiendo cual antorchas. Aullando, corrió hacia la puerta, pero el fuego era más rápido que ella. En unos segundos, una hoguera bramaba donde ella estaba situada. Maite sólo pudo ver el contorno de una criatura negra chillando dentro de ella.



“¿Ve a lo que me refiero?” gritó Magnus en la oreja de Maite, luchando por ser oído por encima de los aullidos de los vampiros, que estaban yendo hacia ellos, intentando evitar las llamas.


“¡Déjeme!” chilló Maite. De Quincey había saltado al tumulto; Nathaniel estaba desplomado en el escenario, aparentemente inconsciente, sujeto a la silla por unas esposas. “Ese de allá es mi hermano. ¡Mi hermano!



Magnus la miró. Aprovechándose de su confusión, Maite liberó su brazo y empezó a correr hacia el escenario. La habitación era un caos: vampiros corriendo por todos lados, muchos de ellos en estampida hacia la salida. Los vampiros que habían alcanzado la puerta estaban embistiendo y empujando para atravesarla primero; otros habían cambiado de dirección e iban hacia las puertas acristaladas que daban al jardín.


Maite giró para evitar una silla caída, y casi corrió de cabeza contra la vampira pelirroja con el vestido azul que antes la había fulminado con la mirada. Ahora parecía aterrorizada. Se arrojó hacia Maite…y después pareció tropezar. Su boca se abrió para soltar un grito y sólo vertió sangre como en una fuente. Su cara se arrugó, plegándose en sí misma, la carne se volvió polvo y llovió desde su cráneo. Su pelo rojo se consumió y se volvió gris; la piel de sus brazos se derritió y se convirtió en polvo también, y con un último chillido, la vampira cayó en una pila de huesos y arenilla que yacían encima de un vestido de satín vacío.



Maite se atragantó, apartó sus ojos de los restos y vio a Will. Estaba de pie justo delante de ella, sosteniendo un largo cuchillo de plata; la hoja estaba cubierta de sangre escarlata.



Su rostro también estaba ensangrentado, y sus ojos se salían de sus órbitas. “¿Pero qué demonios sigues haciendo aquí?” le gritó a Maite. “Eres increíblemente estúpida...”



Maite escuchó el ruido antes de que Will lo hiciera, un leve gimoteo, como una pieza de maquinaria rota. El chico de chaqueta gris, el sirviente humano del que Lady Delilah se había alimentado antes, estaba corriendo hacia Will, los gemidos salían de su garganta, y su cara estaba empapada de lágrimas y sangre. Llevaba la pata de una silla en una mano; el borde estaba roto y era afilado.



“¡Cuidado, Will!” gritó Maite, y Will se giró. Maite vio como se movía rápidamente, como una mancha oscura, y el cuchillo que estaba en su mano parecía un rayo plateado entre el humo oscuro. Para cuando paró de moverse, el chico yacía en el suelo, la hoja sobresaliendo de su pecho. La sangre manó alrededor de éste, más espesa y oscura que la sangre vampírica.



Will, miraba hacia abajo, y estaba pálido.


“Pensé que…”


“Él te hubiera matado si pudiera,” dijo Maite.



“No sabes nada de ello,” dijo Will. Sacudió su cabeza una vez, como para olvidar su voz o la visión del chico en el suelo. El subyugado parecía muy joven, su retorcida cara más suave en la muerte. “Te dije que te fueras…”


“Ese es mi hermano,” dijo Maite, señalando el fondo de la habitación. Nathaniel seguía inconsciente, lacio en sus esposas. Si no fuera por la sangre que seguía fluyendo de la herida de su cuello, habría pensado que estaba muerto. “Nathaniel. En la silla.”
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:02 pm

Los ojos de Will se hicieron más grandes por el asombro. “¿Pero cómo…?” empezó. No tuvo la oportunidad de terminar su pregunta. En ese momento, el sonido de cristal rompiéndose llenó la habitación. Las ventanas acristaladas se rompieron hacia dentro, y la habitación estuvo repentinamente rebosaba de Cazadores de Sombras vestidos con su oscuro uniforme de lucha. Estaban conduciendo delante de ellos a un estridente y desordenado grupo de vampiros que habían huido al jardín. Mientras Maite miraba, más Cazadores de Sombras comenzaron a desbordarse de las otras puertas, reuniendo vampiros enfrente de ellos, como perros pastoreando ovejas a un corral. De Quincey se tambaleó delante de los otros vampiros, su cara pálida cubierta por ceniza negra, sus dientes al descubierto.

Maite vio a Henry entre los Nefilim, fácilmente reconocible por su pelo rojo. Charlotte también estaba allí, vestida como un hombre con el oscuro equipamiento, tal y como las mujeres dibujadas en el libro de Maite sobre los Cazadores de Sombras. Se veía pequeña y determinada e increíblemente valiente. Y luego estaba Jem. Su ropa le hacía parecer, sorprendentemente, incluso más pálido, y las Marcas negras en su piel destacaban como tinta en papel. Entre la multitud reconoció a Gabriel Lightwood; a su

padre, Benedict; la delgada Señora Highsmith, con su pelo negro; y detrás de todos se encontraba Magnus, con chispas azules volando de sus manos.



Will exhaló,un poco de color volvió a su cara. “No estaba del todo seguro de que vinieran,” murmuró, “no con el Fósforo funcionando mal.” Apartó sus ojos de sus amigos y miró a Maite. “Ve a atender a tu hermano,” dijo. “Eso te apartará de lo peor. Espero.”


Se dio la vuelta y se fue sin mirarla de nuevo. Los Nefilim habían acorralado a los vampiros restantes, aquellos que no habían muerto por el fuego, o por Will, en el centro de un improvisado círculo de Cazadores de Sombras. De Quincey se elevó entre el grupo, su pálido rostro torcido por la rabia; su camiseta empapada de sangre, la suya propia o la de alguien más, no estaba segura. Los otros vampiros se escondían detrás suyo, como hijos detrás de su padre, viéndose valientes y angustiados al mismo tiempo.



“La Ley,” gruñó de Quincey, mientras Benedict Lightwood iba hacia él, un cuchillo brillante en su mano derecha, su superficie llena de runas negras. “La Ley nos protege. Nos rendimos a ti. La Ley…”



“Has roto la Ley,” gruñó Benedict. “Por lo tanto ya no tienes su protección. La sentencia es la muerte.”


“Un mundano,” dijo de Quincey mientras miraba a Nathaniel. “Un mundano que también ha roto la Ley de la Alianza…”


“La Ley no se extiende hacia los mundanos. No se puede esperar que sigan las leyes de un mundo que desconocen.”


“No vale nada,” dijo de Quincey. “No tienes ni idea de lo poco que vale. ¿De verdad deseas romper nuestra alianza por un mundano que no vale la pena?”


“¡Es más que un mundano!” chilló Charlotte, y de su chaqueta sacó el papel que Will había sacado de la biblioteca. Maite no había visto que Will se lo pasara a Charlotte, pero debería de haberlo hecho antes. “¿Y qué pasa con estos hechizos? ¿Creíste que no los descubriríamos? ¡Esta… esta magia negra está absolutamente prohibida!”



La cara de De Quincey lo traicionó y mostró un poco de su sorpresa.


“¿Dónde han encontrado eso?”


La boca de Charlotte era una dura línea.



Eso no importa.”


“Lo que estén pensando…” empezó de Quincey.



“¡Sabemos lo suficiente!” la voz de Charlotte estaba llena de pasión. “¡Sabemos que nos odia y nos desprecia! ¡Sabemos que su alianza con nosotros ha sido una farsa!”


“¿Ahora es contra la Ley de la Alianza que a los Submundos no nos gusten los Cazadores de Sombras?” dijo de Quincey, pero la mofa se había ido de su voz. Sonaba enfadado.


“No juegue con nosotros,” escupió Benedict. “Después de todo lo que hicimos por ustedes, pasamos los Acuerdos a la Ley… ¿Por qué? Intentamos hacerlos iguales a nosotros…”



La cara de De Quincey se retorció.


“¿Iguales? ¡No saben lo que significa esa palabra! No pueden dejar sus convicciones, ni su creencia en su inherente superioridad. ¿Dónde están nuestros escaños en el Consejo? ¿Dónde está nuestro embajador en Idris?”


“Pero eso… eso es ridículo,” dijo Charlotte, aunque se había calmado.



Benedict le lanzó a Charlotte una mirada impaciente.


“E irrelevante. Nada de eso excusa tu comportamiento, de Quincey. Mientras te sentabas en consejo con nosotros, pretendiendo que estaba interesado en la paz, a nuestras espaldas rompías la Ley y te burlabas de nuestro poder. Ríndete, dinos lo que queremos saber, y quizás dejemos que tu clan sobreviva. De otra manera, no habrá piedad.”


Otro vampiro habló. Era uno de los hombres que habían atado a Nathaniel a la silla, un gran hombre pelirrojo con cara enfadada.



“¡Si necesitábamos una prueba más de que los Nefilim nunca han querido decir sus promesas de paz, aquí está! ¡Atrévanse a atacarnos, Cazadores de Sombras, y tendrán una guerra en sus manos!”


Benedict simplemente sonrió.


“Entonces dejemos que la guerra empiece aquí,” dijo, y arrojó el cuchillo a de Quincey. Azotó a través del aire… y se clavó profundamente en el pecho del vampiro pelirrojo, que se había puesto enfrente del líder de su clan. Explotó en una lluvia de sangre mientras los demás vampiros chillaban. Con un aullido, de Quincey se dirigió hacia Benedict. Los otros vampiros parecieron despertarse de su estupor y rápidamente le siguieron. En apenas unos segundos la habitación era un tumulto de gritos y caos.



El caos repentino descongeló también a Maite. Cogiéndose la falda, corrió por el escenario, y se dejó caer en sus rodillas al lado de la silla de Nathaniel. Su cabeza colgada a un lado, sus ojos cerrados. La sangre de la herida de su cuello fluía en un lento goteo. Maite tiró de su manga. “Nate,” susurró. “Nate, soy yo.”



Él gimió, pero no dio otra respuesta. Mordiéndose el labio, Maite fue a ocuparse de las esposas que le sujetaban las muñecas a la silla. Eran de hierro duro, reforzadas a los sólidos brazos de la silla con una hilera de clavos, claramente diseñadas para resistir incluso fuerza vampírica. Tiró de ellas hasta que sus dedos sangraron, pero no cedieron. Si sólo tuviera uno de los cuchillos de Will…



Miró a través de la habitación. Aún estaba oscura por el humo. Entre los remolinos de negrura, podía ver los brillantes destellos de armas, los Cazadores de sombras blandiendo las brillantes dagas blancas que Maite ahora sabía que eran llamados cuchillos serafín, cada uno resplandeciendo en vida por el nombre de un ángel. La sangre de los vampiros corría por los bordes de los cuchillos, tan brillante como una dispersión de rubíes. Se dio cuenta, con un golpe de sorpresa (debido a que los vampiros la habían aterrorizado en un principio), que los vampiros aquí estaban claramente superados. Aunque los Hijos de la Noche eran agresivos y rápidos, los Cazadores de Sombras eran casi tan rápidos como ellos, y tenían armas y entrenamiento de su lado. Vampiro tras vampiro caía bajo las embestidas de los cuchillos serafín. La sangre corría a mares por el suelo, empapando los bordes de las alfombras persas.



El humo se aclaró en un punto, y Maite vio a Charlotte despachando a un corpulento vampiro en una chaqueta gris de etiqueta. Hizo un tajo con la hoja de su cuchillo en la garganta de él, y la sangre salpicó en la pared detrás de ellos. Cayó en sus rodillas, gruñendo, y Charlotte acabó con él con una puñalada de su hoja hacia su pecho.

Una mancha de movimiento surgió detrás de Charlotte; era Will, seguido por un vampiro de ojos enloquecidos blandiendo una pistola de plata. La dirigió a Will, apuntó, y disparó. Will se quitó del camino y patinó por el suelo sangriento. Se puso en pie rodando, y saltó sobre una silla aterciopelada. Esquivando otro disparo, saltó de nuevo y Maite lo observó con asombro mientras corría ligeramente por los respaldos de una fila de sillas, bajándose de un salto de la última de ellas. Se giró para enfrentar al vampiro, ahora a una cierta distancia a través de la habitación. De alguna manera, un pequeño cuchillo destelló en su mano, a pesar de que Maite no lo había visto sacarlo. Él lo lanzó. El vampiro se movió a un lado, pero no fue lo suficientemente rápido; el cuchillo se clavó en su hombro. Rugió por el dolor e iba a sacarse el cuchillo cuando una delgada y oscura sombra apareció de la nada. Hubo un centelleo plateado, y el vampiro estalló en una lluvia de sangre y polvo. Cuando el lío se aclaró, Maite vio a Jem, con un largo cuchillo aún alzado en su puño. Estaba sonriendo, pero no a ella; pateó con fuerza la pistola plateada, ahora yaciendo abandonada entre los restos del vampiro, que se deslizó por el suelo, dirigiéndose a los pies de Will. Will asintió a Jem devolviéndole la sonrisa, cogió la pistola del suelo y la puso en su cinturón.



“¡Will!” lo llamó Maite, aunque no estaba segura si la podía escuchar por encima del estrépito. “Will…”



Algo la agarró por atrás del vestido y la arrastró arriba y hacia atrás. Era como estar atrapado en los talones de un pájaro enorme. Maite gritó una vez, y se halló arrojada hacia delante, resbalando por el suelo. Chocó contra la pila de sillas. Éstas se

desplomaron en una masa ensordecedora y Maite, tumbada en el desorden, miró hacia arriba con un grito de dolor.



De Quincey estaba delante de ella. Sus ojos negros eran salvajes, teñidos de rojo; su pelo blanco caía enmarañado sobre su cara, y su camiseta estaba rasgada por la parte delantera, los bordes de la rotura empapados con sangre. Debió haber sido cortado, aunque no lo suficientemente profundo para matarlo, y había sanado. La piel de debajo de la camiseta rota parecía no tener marca ahora. “Zorra,” le gruñó a Maite. “Zorra mentirosa y traidora. Tú trajiste a ese chico aquí, Camille. A ese Nefilim.”



Maite se revolvió hacia atrás; su espalda golpeó el muro de sillas caídas.


“Te di la bienvenida de vuelta al clan, incluso después de tu pequeño interludio asqueroso con el licántropo. Tolero a ese brujo ridículo tuyo. Y así es cómo me lo pagas. Nos lo pagas.” Sostuvo en alto sus manos hacia ella; estaban surcadas con ceniza negra. “Mira esto,” dijo. “El polvo de nuestra gente muerta. Vampiros muertos. Y tú los has traicionado por los Nefilim.” Escupió la palabra como si fuera veneno.



Algo surgió de la garganta de Maite. Risa. No su risa; la de Camille. “¿„Asqueroso interludio‟?” las palabras salieron de la boca de Maite antes de que pudiera frenarlas. Era como si no tuviera control de lo que estaba diciendo. “Yo lo amé, como tú nunca me amaste, como tú nunca has amado nada. Y lo mataste sólo para mostrarle al clan que podías hacerlo. Quiero que sepas lo que es perder todo lo que te importa. Quiero que sepas, mientras que tu casa se quema, tu clan se convierte en cenizas y tu miserable vida se acaba, que soy yo quien te está haciendo esto.”


Y la voz de Camille se fue tan rápido como había venido, dejando a ,Maite sintiéndose agotada y en estado de shock. Aunque eso no le impidió que usara sus manos, detrás suyo, para escarbar entre las sillas quebradas. Seguramente tenía que haber algo, alguna pieza rota que pudiera usar como arma. De Quincey la estaba mirando conmocionado, su boca abierta. Maite imaginó que nunca nadie le había hablado de ese modo. Ciertamente ningún otro vampiro.


“Quizás,” dijo él. “Quizás te he subestimado. Quizás me destruyas.” Avanzó hacia ella, sus manos extendidas para alcanzarla. “Pero te llevaré conmigo…”



Los dedos de Maite se cerraron alrededor de la pata de una silla; sin siquiera pensarlo, levantó la silla y la estrelló en la espalda de De Quincey. Se sintió exaltada cuando él gritó y se tambaleó hacia atrás. Gateó por el suelo mientras el vampiro se irguió, y le volvió a lanzar la silla. Esta vez, una parte del brazo de la silla que estaba cortado y áspero le alcanzó la cara, abriendo un gran corte rojo. Sus labios se curvaron detrás de sus dientes en un gruñido silencioso, y brincó, no había otra palabra para ello. Era como el brinco silencioso de un gato. Golpeó a Maite contra el suelo, aterrizando encima de ella y quitándole la silla de su mano. Arremetió a su garganta, con los dientes al descubierto, y ella arañó con las garras de sus manos la cara de él. La sangre que goteaba sobre ella parecía quemar, como ácido. Gritó y le pegó más fuerte, pero él sólo se río; su pupilas habían desaparecido en el negro de sus ojos y lucía enteramente inhumano, como un tipo de serpiente predatoria y monstruosa.


Él atrapó sus muñecas, apretándolas, y las forzó a ambos lados de ella, fuertemente contra el suelo. “Camille,” dijo, inclinándose hacia ella, su voz pastosa. “Quédate quieta, pequeña Camille. Acabará en unos momentos…”



Lanzó su cabeza hacia atrás como una temible cobra. Aterrorizada, Maite luchó por liberar sus piernas atrapadas, procurando patearlo, patearlo lo más fuerte que pudiera...


Él chilló. Chilló y se retorció, y Maite vio que había una mano cogiéndolo por el pelo, jalando su cabeza hacia arriba y atrás, llevándolo al suelo. Una mano llena de tinta con Marcas negras y arremolinadas.


La mano de Will.


De Quincey estaba siendo arrastrado mientras gritaba a sus pies, sus manos asegurando su cabeza. Maite se esforzó para ponerse de pie, mirando fijamente, mientras Will lanzaba al aullante vampiro desdeñosamente lejos de él. Will ya no estaba sonriendo, pero sus ojos estaban resplandeciendo, y Maite pudo ver por qué Magnus había descrito su color como el cielo del Infierno.


“Nefilim.” De Quincey titubeó, enderezándose, y escupió a los pies de Will.


Will sacó la pistola de su cinturón y la apuntó hacia De Quincey. “Una de las propias abominaciones del Diablo, ¿no lo eres? Ni siquiera te mereces vivir en este mundo con el resto de nosotros y aún así, cuando te dejamos hacerlo por piedad, arrojas nuestro regalo en nuestras caras.”



“Como si necesitáramos su piedad,” replicó De Quincey. “Como si pudiéramos ser siempre menos que ustedes. Ustedes los Nefilim, pensando que son…” Se detuvo bruscamente. Estaba tan manchado de suciedad que era difícil verlo, pero parecía que el corte en su cara ya se había curado.



“¿Somos qué?” Will ladeó la pistola; el clic sonó alto incluso por encima del ruido de la batalla. “Dilo.”


Los ojos del vampiro ardieron. “¿Qué diga qué?


“„Dios,‟” dijo Will. “Ibas a decirme que los Nefilim actuamos como si fuéramos Dios, ¿no? Excepto que ni siquiera puedes decir la palabra. Búrlate de la Biblia todo lo que quieras con tu pequeña colección, aún no puedes decirlo.” El dedo en el gatillo del revólver estaba blanco. “Dilo. Dilo, y te dejaré vivir.”


El vampiro mostró sus dientes. “No puedes matarme con ese…ese estúpid*** juguete humano.”



“Si la bala atraviesa tu corazón,” dijo Will, su objetivo firme, “morirás. Y tengo una puntería muy buena.”


Maite estaba en pie, congelada, observando el cuadro que estaba delante de ella. Quería caminar hacia atrás, ir por Nathaniel, pero tenía miedo de moverse.


De Quincey levantó su cabeza. Abrió su boca. Un fino crujido salió cuando intentó hablar, tratando de formar una palabra que su alma no le dejaría decir. Jadeó otra vez, se ahogó, y puso una mano en su garganta. Will empezó a reírse…



Y el vampiro saltó. Su cara deformada en una máscara de rabia y dolor, se lanzó hacia Will con un rugido. Hubo una imagen borrosa de movimiento. Luego, el révolver se disparó y hubo un rocío de sangre. Will golpeó el suelo, la pistola escapándose de su agarre, y el vampiro encima de él. Maite se arrastró para recuperar la pistola, la cogió y se giró para ver que De Quincey había agarrado a Will por la espalda, su antebrazo apretado contra la garganta de Will.

Ella alzó la pistola, su mano temblando, pero nunca había usado una pistola antes, nunca había disparado a nada, y ¿cómo dispararle al vampiro sin dañar a Will? Will estaba claramente ahogándose, su cara bañada en sangre. De Quincey gruñó algo y fortaleció su agarre…


Y Will, agachando su cabeza, hundió sus dientes en el antebrazo del vampiro. De Quincey chilló y apartó su brazo; Will se arrojó hacia un lado, dio una arcada, y se puso de rodillas para escupir sangre al escenario. Cuando miró hacia arriba, la brillante sangre roja estaba manchando la parte inferior de su rostro. Sus dientes también brillaban en rojo cuando él…Maite no lo podía creer, sonrió, sonrió de verdad, y mirando a De Quincey, dijo, “¿Qué te parece, vampiro? Ibas a morder a ese mundano antes. Ahora sabes cómo se siente, ¿no es así?



De Quincey, de rodillas, miró fijamente de Will hasta el desagradable agujero rojo en su propio brazo, el cual ya había empezado a cerrarse, aunque la sangre oscura seguía brotando finamente. “Por eso,” dijo, “morirás, Nefilim.”


Will extendió sus brazos abiertamente. De rodillas, sonriendo como un demonio, y la sangre goteando de su boca, apenas parecía humano. “Ven y atrápame.”


De Quincey se recuperó para saltar…y Maite apretó el gatillo. La pistola rebotó en su mano, fuertemente, y el vampiro cayó de lado, la sangre chorreando de su hombro. No le había dado en el corazón. Maldición.



Aullando, De Quincey comenzó a esforzarse para ponerse de pie. Maite alzó su brazo, apretó el gatillo de nuevo…nada. Un débil clic le indicó que la pistola estaba vacía.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:03 pm

De Quincey se rió. Aún estaba aferrando su hombro, aunque el flujo de sangre se había convertido en un pequeño chorro. “Camille,” escupió a Maite. “Volveré por ti. Haré que te arrepientas de haber renacido.”


Maite sintió un escalofrío en la boca del estómago, no sólo su miedo. También el de Camille. De Quincey enseñó sus dientes una última vez y se volteó con increíble velocidad. Corrió a través de la habitación y se lanzó hacia una ventana de cristal en lo alto. Se rompió hacia fuera en una explosión de cristales, llevándolo como si su cuerpo hubiese sido arrastrado por una ola, desvaneciéndose en la noche.



Will soltó una maldición. “No podemos perderlo…,” empezó, y se dirigió hacia delante. Entonces se volteó mientras Maite gritaba. Un vampiro andrajoso se había alzado detrás suyo como un fantasma apareciendo en el aire, y la había agarrado por los hombros. Intentó liberarse, pero su agarre era demasiado fuerte. Podía oírlo murmurando en su oído horribles palabras sobre cómo era una traidora para los Hijos de la Noche, y cómo la desgarraría con sus dientes.


“Maite,” gritó Will, y no estaba segura si él sonaba enfadado u otra cosa. Buscó las relucientes armas de su cinturón. Su mano se cerró sobre la empuñadura de un chuchillo serafín, justo cuando el vampiro giró a Maite. Ella pudo echar un vistazo a su cara blanca y maliciosa, los colmillos afuera y llenos de sangre, dispuestos a rasgarla. El vampiro se inclinó hacia delante…



Y explotó en una lluvia de polvo y sangre. Se disolvió, la carne derritiéndose de su cara y manos, y Maite pudo ver por un momento el esqueleto negro, anteriormente bajo él, desmoronándose, dejando una pila vacía de ropa atrás. Ropa, y un brillante cuchillo de plata.


Ella alzó la vista. Jem se encontraba a unos pocos pasos, luciendo muy pálido. Sostenía el cuchillo en su mano izquierda; la derecha estaba vacía. Había un largo corte en una de sus mejillas, pero parecía no tener otra herida. Su cabello y sus ojos destellaban brutalmente plateados en la luz de las llamas en extinción. “Creo,” dijo él, “que ese era el último de ellos.”


Sorprendida, Maite echó un vistazo a la habitación. El caos había disminuido. Los Cazadores de Sombras se movían de un lado a otro entre los escombros; algunos estaban sentados en sillas, siendo atendidos y curados por las estelas de otros…pero no podía ver a ningún vampiro. El humo del incendio también había cesado, aunque las cenizas blancas de las cortinas en llamas todavía flotaban por la habitación como una nieve inesperada.



Will, con sangre aún goteando de su barbilla, miró a Jem con sus cejas enarcadas. “Buen lanzamiento,” dijo.


Jem sacudió su cabeza. “Mordiste a De Quincey,” dijo. “Idiot***. Es un vampiro. Sabes lo que significa morder a un vampiro.”



“No tuve opción,” dijo Will. “Me estaba ahorcando.”


“Lo sé,” dijo Jem. “Pero en serio, Will. ¿Otra vez?”



Fue Henry, al final, quien liberó a Nathaniel de la silla de la tortura por el simple recurso de golpear con el lado plano de una espada hasta que las esposas se abrieron. Nathaniel se deslizó hasta el suelo, dónde yacía gimiendo, Maite acunándolo. Charlotte se alborotó un poco, trayendo paños húmedos para limpiar la cara de Nate, y un trozo roto de cortina para echarle encima, antes de dirigirse hacia Benedict Lightwood para entablar una enérgica conversación, durante la cual alternaba señas dirigidas a Maite y Nathaniel, y agitaba sus manos de una manera dramática. Maite, completamente aturdida y exhausta, se preguntó qué diablos podría estar haciendo Charlotte.



La verdad, no importaba mucho. Todo parecía estar ocurriendo en un sueño. Se sentó en el suelo con Nathaniel mientras los Cazadores de Sombras se movían alrededor de ella, dibujándose unos a otros con sus estelas. Era increíble ver cómo se desvanecían sus heridas cuando la Marcas curativas recorrían su piel. Todos parecían capaces de dibujar las Marcas. Observó mientras Jem, con una mueca de dolor, se desabrochaba su camisa para mostrar un gran corte a lo largo de su pálido hombro; miraba hacia otro lado, su boca apretada, mientras Will dibujaba cuidadosamente una Marca debajo de la herida.


No se dio cuenta del motivo por el que estaba tan cansada hasta que Will, habiendo terminado con Jem, se acercó a ella con paso lento. “Veo que has vuelto,” dijo. Tenía una toalla húmeda en una mano pero aún no se había molestado en limpiar la sangre de su cara y cuello.



Maite se dirigió una mirada. Era verdad. En algún momento había perdido a Camille y había vuelto a ser ella misma. Debió haber estado realmente aturdida, pensó, para no haber notado el regreso de sus propios latidos. Palpitaba dentro de su pecho como un tambor.


“No sabía que supieras usar una pistola,” añadió Will.


“No sé hacerlo,” dijo Maite. “Creo que Camille sí lo hace. Fue…instintivo.” Se mordió el labio. “No es como si importara, ya que no funcionó.”



“Raramente las usamos. Grabar runas en el metal de una pistola o en una bala impide que la pólvora se prenda; nadie sabe el por qué. Henry ha intentado averiguar el problema, por supuesto, pero sin éxito. Ya que no puedes matar a un demonio sin un arma con runas o un cuchillo serafín, las pistolas no nos son muy útiles. Los vampiros mueren si les disparas atravesando el corazón, es verdad, y los hombres lobo pueden lesionarse si tienes una bala de plata, pero si fallas los órganos vitales, sólo volverán por ti más enfadados que nunca. Los cuchillos con runas simplemente funcionan mejor para nuestros propósitos. Si le clavas a un vampiro un cuchillo con runas les será más difícil recuperarse y sanar.”



Maite lo miró, su mirada firme. “¿No es difícil?”


Will tiró a un lado el paño húmedo. Estaba escarlata por la sangre. “¿Qué es difícil?”


“Matar vampiros,” dijo ella. “Puede que no sean personas, pero lo parecen. Sienten como lo hacen las personas. Gritan y sangran. ¿No es difícil asesinarlos?”



La mandíbula de Will se tensó. “No,” dijo. “Y si realmente supieras algo sobre ellos…”


“Camille siente,” dijo ella. “Ama y odia.”


“Y ella sigue viva. Todo el mundo tiene elecciones, Maite. Esos vampiros no hubieran estado aquí esta noche si no hubieran hecho las suyas.” Bajó la mirada hacia Nathaniel, echado en el regazo de Maite. “E imagino, que tu hermano tampoco habría estado.”

“No sé por qué de Quincey lo quería muerto,” dijo Maite suavemente. “No sé qué pudo haber hecho para provocar la ira de los vampiros.”


“¡Maite!” era Charlotte, moviéndose rápidamente hacia Maite y Will como un colibrí. Aún parecía muy pequeña, y muy inofensiva, pensó Maite, a pesar del equipamiento de combate que llevaba y las Marcas negras que enlazaban su piel como serpientes enrolladas. “Se nos ha dado permiso para llevar a tu hermano al Instituto con nosotros,” anunció, gesticulando hacia Nathaniel con su pequeña mano. “Puede que los vampiros lo hayan drogado. Ciertamente ha sido mordido, y ¿quién sabe qué más? Podría volverse oscuro45…o algo peor, si no lo prevenimos. En cualquier caso, dudo que sean capaces de ayudarlo en un hospital mundano. Con nosotros, al menos los Hermanos Silenciosos podrán verlo, pobrecito.”



“¿Pobrecito?” repitió Will de una manera bastante grosera. “Él eligió meterse en esto, ¿no fue así? Nadie le dijo que huyera y se involucrara con un grupo de Submundos.”


“En serio, Will.” Charlotte lo miró fríamente. “¿No puedes tener un poco de empatía?”


“Dios santo,” dijo Will, mirando de Charlotte a Nate una y otra vez. “¿Acaso hay algo que haga a las mujeres más tontas que cuando ven a un joven herido?”



Maite lo miró con los ojos entrecerrados. “Quizás quieras limpiar el resto de sangre de tu cara antes de que continúes discutiendo sobre eso.”


Will alzó sus brazos al aire y se fue majestuosamente. Charlotte miró a Maite, una media sonrisa curvando un lado de su boca. “Debo decir que me gusta la forma en que manejas a Will.”



Maite sacudió su cabeza. “Nadie maneja a Will.”



Se decidió rápidamente que Maite y Nathaniel irían con Henry y Charlotte en un carruaje; Will y Jem irían a casa en un carruaje más pequeño prestado por la tía de Charlotte, con Thomas como su conductor. Los Lightwood y el resto de la Enclave se quedarían atrás para registrar la casa de De Quincey, sin dejar alguna evidencia de la batalla que pudiera ser descubierta por los mundanos en la mañana. Will quería quedarse y formar parte de la búsqueda, pero Charlotte había sido firme. Él había ingerido sangre de vampiro y necesitaba volver al Instituto lo más pronto posible para comenzar la curación.


Thomas, sin embargo, no permitiría que Will entrara en el carruaje cubierto de sangre tal y como estaba. Después de anunciar que volvería en “medio tic”, Thomas se fue a buscar un trozo de tela húmeda. Will se apoyó contra un lado del carruaje, mirando como la Enclave entraba y salía precipitadamente de la casa de De Quincey como si fueran hormigas, rescatando papeles y muebles de lo que quedaba del fuego.



Volviendo con un paño enjabonado, Thomas se lo entregó a Will, e inclinó su gran cuerpo a un lado del carruaje. Éste se meció bajo su peso. Charlotte siempre había alentado a Thomas para que se uniera a Jem y Will en las partes físicas de su entrenamiento, y con el paso de los años, Thomas había pasado de ser un niño flacucho a un hombre tan grande y musculoso que los sastres se desesperaban con sus medidas. Will podía ser el mejor luchador, lo llevaba en su sangre, pero la comandante presencia física de Thomas era difícil de ignorar.


En ocasiones, Will no podía evitar recordar la primera vez que Thomas había ido al Instituto. Pertenecía a una familia que había servido a los Cazadores de Sombras durante años, pero había nacido tan frágil que pensaron que no sobreviviría. Cuando alcanzó los doce años de edad, fue enviado al Instituto; en esa época seguía siendo tan pequeño que apenas aparentaba nueve años. Will se había burlado de Charlotte por querer emplearlo, pero secretamente había esperado que se quedara, así habría otro chico de su edad en la casa. Y habían sido una especie de amigos, el Cazador de Sombras y el chico sirviente…hasta que llegó Jem y Will se olvidó de Thomas casi por completo. Thomas nunca pareció reprochárselo, tratando a Will con la misma simpatía con la que trataba a todo el mundo.


“Siempre es raro ver ocurrir esta clase de cosas, y ninguno de los vecinos está fuera ni para echar un vistazo,” dijo Thomas, recorriendo la calle con su mirada. Charlotte siempre había demandado que los sirvientes del Instituto hablaran un inglés “correcto” dentro de sus paredes, y el acento de Thomas del East End46 tendía a ir y venir dependiendo de si lo recordaba o no.



“Hay glamours muy fuertes trabajando aquí.” Will se frotó la cara y el cuello. “Y supongo que en esta calle hay algunos que no son mundanos, y que saben mantenerse fuera de los asuntos en los que los Cazadores de Sombras estén implicados.”


“Bueno, son muy aterradores, eso es cierto,” dijo Thomas, tan serenamente que Will sospechó que se estaba riendo de él. Thomas señaló la cara de Will. “Mañana tendrás un moretón del tamaño de un ratón si no usas una iratze allí.”


“Quizás quiero un ojo negro,” dijo Will malhumorado. “¿No lo habías pensado?”



Thomas simplemente sonrió y se deslizó en la banca del conductor en la parte delantera del carruaje. Will se quedó atrás para restregarse y quitarse la sangre seca de vampiro que había en sus manos y brazos. La tarea lo estaba absorbiendo lo suficiente como para ser capaz de ignorar casi por completo a Gabriel Lightwood, que salió de las sombras y fue aproximándose lentamente a Will, con una sonrisa de superioridad adherida en su rostro.


“Buen trabajo allí, Herondale, incendiando el lugar,” observó Gabriel. “Buena suerte que estuviéramos para limpiar después de ti, o todo el plan habría ardido en llamas, al igual que los fragmentos de tu reputación.



“¿Insinúas que los fragmentos de mi reputación permanecen intactos?” demandó Will con falso horror. “Claramente he estado haciendo algo mal. O no haciendo algo mal, como es el caso.” Golpeó un lado del carruaje. “¡Thomas! ¡Debemos ir al burdel más cercano! Busco escándalo y mala compañía.”


Thomas bufó y dijo algo entre dientes que sonó como “tonterías,” lo que Will ignoró.


La cara de Gabriel se oscureció. “¿Hay algo que no sea una broma para ti?”



“Nada que me venga a la mente.”


“Sabes,” dijo Gabriel, “hubo un tiempo en el que pensé que podíamos ser amigos, Will.”


“Hubo un tiempo en el que pensé que era un hurón,” dijo Will, “pero resultó ser una alucinación por el opio. ¿Sabías que tenía ese efecto? Porque yo no.”


“Creo,” dijo Gabriel, “que quizás deberías considerar si los chistes sobre el opio son o divertidos o de buen gusto, dada la... situación de tu amigo Carstairs.”


Will se congeló. Con el mismo tono de voz, dijo, “¿Te refieres a su discapacidad?”


Gabriel pestañeó. “¿Qué?”



“Así es como lo llamaste. En el Instituto. Su „discapacidad.‟” Will tiró el paño sangriento a un lado. “Y te preguntas por qué no somos amigos.”


“Simplemente me preguntaba,” dijo Gabriel, con una voz más suave, “si quizás algún día tendrás suficiente.”


“¿Suficiente de qué?”


“Suficiente de comportarte como lo haces.”



Will cruzó sus brazos sobre su pecho. Sus ojos chispearon peligrosamente. “Oh, nunca puedo obtener lo suficiente,” dijo. “Lo cual, casualmente, es lo que me dijo tu hermana cuando…”



La puerta del carruaje se abrió de repente. Una mano salió disparada, agarrando a Will por la parte trasera de su camisa, y lo arrastró adentro. La puerta se cerró fuertemente tras él, y Thomas, sentado rígido, tiró de las riendas de los caballos. Un momento más tarde, el carruaje avanzó sumergiéndose en la noche, dejando atrás a Gabriel con la mirada fija en él, enfurecido.


“¿En qué estabas pensando?” Jem, habiendo depositado a Will en el asiento opuesto al suyo, sacudió su cabeza, sus ojos plateados brillando en la oscuridad. Sostuvo su bastón entre las rodillas, su mano descansando suavemente encima del tallado con forma de cabeza de dragón. El bastón había pertenecido al padre de Jem, Will lo sabía, y había sido diseñado para él por un fabricante de armas de Cazadores de Sombras en Pekín. “Molestándo así a Gabriel Lightwood, ¿por qué lo haces? ¿Cuál es el objetivo?”


“Oíste lo que ha dicho sobre ti…”



“No me importa lo que diga de mí. Es lo que todos piensan. Sólo que él tiene el coraje de decirlo.” Jem se inclinó hacia delante, apoyando su barbilla en su mano. “Sabes, no puedo funcionar como tu sentido de auto-preservación por siempre. Con el tiempo tendrás que aprender a arreglártelas sin mí.”


Will, como siempre hacía, ignoró esto. “Gabriel Lightwood es difícilmente una amenaza.”


“Entonces olvídate de Gabriel. ¿Hay alguna razón en particular por la que sigas mordiendo vampiros?”



Will tocó la sangre seca de sus muñecas, y sonrió. “No se lo esperan.”


“Por supuesto que no lo hacen. Saben lo que pasa cuando uno de nosotros consume sangre de vampiro. Probablemente esperan que tengas más sentido común.”


“Esa expectación nunca parece servirles demasiado, ¿no es así?”



“Tampoco te sirve a ti.” Jem miró a Will pensativamente. Él era el único que nunca perdía los estribos con Will. Cualquier cosa que hiciera Will, la reacción más extrema

que parecía ser capaz de provocar en Jem era una leve exasperación. “¿Qué pasó allí dentro? Estábamos esperando la señal…”



“El maldito Fósforo de Henry no funcionó. En lugar de enviar una llamarada de luz, incendió las cortinas.”



Jem soltó una risita nasal.



Will lo miró. “No es divertido, no sabía si el resto de Ustedes iban a aparecer o no.”



“¿En serio pensaste que no iríamos por ustedes después de que todo el sitio se encendiera como una antorcha?” preguntó Jem razonablemente. “Podrían haber estado tostándolos en un asador, por todo lo que sabíamos.”




“Y Maite, la tonta criatura, se suponía que estaría afuera con Magnus, pero no se iba…”



“Su hermano estaba esposado a una silla de la habitación,” señaló Jem. “Yo tampoco estaría seguro de irme.”



“Veo que estás decidido a ignorar mi punto.”



“Si tu punto es que había una chica guapa en la habitación y te estaba distrayendo, creo que lo he entendido fácilmente.”



“¿Piensas que es guapa?” Will estaba sorprendido; Jem raramente opinaba sobre este tipo de cosas.



“Sí, y tú también lo piensas.”



“No me había dado cuenta, de veras.”



“Sí, lo has hecho, y yo me he dado cuenta de que lo has notado.” Jem estaba sonriendo. A pesar del estrés de la batalla, esta noche parecía estar sano. Había color en sus mejillas, y sus ojos estaban de un plateado oscuro y permanente. Había ocasiones en que la enfermedad lo dejaba muy mal, cuando le desaparecía todo el color, inclusive el de sus ojos, dejándolo horriblemente pálido, casi blanco, con sus pequeñas pupilas negras en el centro como un pequeño punto de ceniza negra en la nieve. Había momentos en los que también comenzaba a delirar. Will había sujetado a Jem mientras se destrozaba, sollozando en otro lenguaje y sus ojos rodados hacia atrás. Y cada vez que eso pasaba, Will pensaba que eso era todo, y que Jem iba a morir esta vez. A veces pensó en qué haría después, pero no podía imaginárselo, no más de lo que quería mirar atrás y recordar su vida antes de que llegara al Instituto. No soportaba pensar en ello por mucho tiempo.



Pero también había otras ocasiones, como ésta, en las que miraba a Jem y no veía ningún signo de la enfermedad en él, y se preguntaba cómo sería un mundo en el que Jem no estuviese muriendo. Y tampoco aguantaba pensar en ello. Era un lugar negro y terrible dentro de él de donde provenía su miedo, una voz oscura que sólo podía silenciar con enfado, riesgo y dolor.



“Will,” la voz de Jem cortó las ensoñaciones desagradables de Will. “¿Has oído alguna palabra de lo que he dicho estos últimos cinco minutos?”



“La verdad es que no.”



“No tenemos que hablar de Maite si no quieres, lo sabes.”



“No es por Maite.” Esto era cierto. Will no había estado pensando sobre Maite. Se estaba volviendo bueno en no pensar en ella, la verdad; todo lo que necesitaba era determinación y práctica. “Una de las vampiras tenía un sirviente humano que vino hacia mí. Lo maté,” dijo Will. “Sin ni siquiera pensarlo. Era sólo un estúpid*** chico humano, y lo maté.”



“Era un oscuro,” dijo Jem. “Se estaba Convirtiendo. Habría sido cuestión de tiempo.”



“Era sólo un chico,” dijo Will otra vez. Giró su cara en dirección a la ventana, aunque el brillo de la luz mágica en el carruaje significaba que todo lo que podía ver era su propia cara reflejándose hacia él. “Voy a emborracharme cuando lleguemos a casa,” añadió. “Creo que tendré que hacerlo.”

45 Humano subyugado y oscuro son lo mismo.

46 East End: zona de Londres situada en el este de la ciudad.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:04 pm

“No, no lo harás,” dijo Jem. “Sabes exactamente lo que pasará cuando lleguemos a casa.”

Porque él tenía razón, Will frunció el ceño.

***

Delante de Will y Jem, en el primer carruaje, Maite estaba sentada en el asiento de terciopelo detrás de Henry y Charlotte; estaban hablando en murmullos sobre la noche y sobre cómo había ido. Maite dejó que las palabras resbalaran por encima de ella, sin darles importancia. Sólo dos Cazadores de Sombras habían sido asesinados, pero la huída de De Quincey fue un desastre, y Charlotte estaba preocupada de que la Enclave estuviera enfadada con ella. Henry hizo sonidos tranquilizadores, pero Charlotte parecía inconsolable. Maite se sentiría mal por ella, si tuviera la energía suficiente para sentir algo.



Nathaniel se encontraba encima de Maite, su cabeza en su regazo. Se dobló hacia él, acariciando su sucio cabello enredado con los dedos enguantados. “Nate,” dijo, tan suavemente que esperó que Charlotte no la escuchara. “Eso es todo. Todo está bien.”

Las pestañas de Nathaniel se agitaron y sus ojos se abrieron. Su mano se levantó, las uñas rotas, sus nudillos inflamados y deformados, y apretó fuertemente su mano, entrelazando sus dedos con los de ella. “No te vayas,” dijo densamente. Sus ojos se cerraron de nuevo; estaba claramente vagando dentro y fuera de su conciencia, si es que estaba algo consciente. “Maitita…quédate.”



Nunca nadie más la había llamado así; cerró sus ojos, reprimiendo las lágrimas. No quería que Charlotte, u otro Cazador de Sombras, la viera llorar.

12

Sangre y Agua


No siempre me atrevo a tocarla, no sea que el beso Deje mis labios carbonizados. Sí, señor, un poco de felicidad, Breve felicidad amarga, uno tiene para un gran pecado; No obstante tú sabes lo dulce que puede ser. — Algernon Charles Swinburne, "Laus Veneris"

Cuando llegaron al Instituto, Sophie y Agatha esperaban con las puertas abiertas con linternas. Maite tropezó con cansancio cuando dejó el carruaje y se sorprendió, y agradeció, cuando Sophie llegó a ayudarla a subir los escalones. Charlotte y Henry medio cargaban a Nathaniel. Detrás de ellos el carruaje con Will y Jem se sacudió a través de las puertas, la voz de Thomas fue llevada por el frío aire nocturno cuando gritó un saludo. Para Maite no fue sorpresa no ver a Jessamine por ninguna parte.



Instalaron a Nathaniel en un dormitorio similar al de Maite; los mismos muebles oscuros de madera, la misma cama grande y guardarropa. Cuando Charlotte y Agatha acomodaron a Nathaniel en la cama, Maite se hundió en la silla junto a él, medio febril con preocupación y agotamiento.



Voces, voces del cuarto de un enfermo, se arremolinaron a su alrededor. Escuchó a Charlotte decir algo sobre los Hermanos Silenciosos, Henry contestó en voz baja. En algún momento Sophie apareció a su lado y la instó a beber algo caliente y agridulce que le regresó lentamente la energía a sus venas. Lo suficientemente pronto para que fuera capaz de sentarse y mirar a su alrededor un poco, y darse cuenta para su sorpresa de que, a excepción de ella y su hermano, la habitación estaba vacía. Todo el mundo se había ido.



Miró hacia abajo a Nathaniel. Yacía como cadáver aún, su rostro lívido, magullado; su espeso cabello estaba enredado contra las almohadas. Maite no pudo evitar recordar con angustia al hermano hermosamente vestido de sus recuerdos, su cabello rubio siempre tan cuidadosamente peinado y arreglado, sus zapatos y puños impecables. Este Nathaniel no se parecía a alguien que había hecho girar a su hermana alrededor de la sala de estar en un baile, tarareando en voz baja por el simple placer de estar vivo.



Se inclinó hacia adelante, con la intención de mirar más de cerca su rostro, y vio un parpadeo de movimiento por el rabillo de su ojo. Girando su cabeza, vio que sólo era ella, reflejada en el espejo en la pared lejana. En el vestido de Camille, se veía a sus propios ojos como un niño jugando a disfrazarse. Era demasiado pequeña para el estilo sofisticado de Camille. Parecía una niña… una niña tonta. No era de extrañar que Will…



"¿Maitita?" La voz de Nathaniel, débil y frágil, la hizo abandonar al instante sus pensamientos sobre Will. "Maitita, no me dejes. Creo que estoy enfermo."



"Nate." Le tendió una mano, cogiéndola entre sus palmas enguantadas. “Estás bien. Estarás bien. Ellos han mandado por doctores…"



"¿Quiénes son „ellos‟?" Su voz era un tenue grito. "¿Dónde estamos? No conozco este lugar."



"Esto es el Instituto. Estarás seguro aquí."



Nathaniel pestañeó. Había anillos oscuros, casi negros, alrededor de cada uno de sus ojos, y sus labios tenían costras de lo que parecía ser sangre seca. Sus ojos vagaron de un lado a otro, sin fijarse en algo.



"Cazadores de Sombras." Suspiró la palabra exhalando el aliento. "No creía que realmente existieran… El Maestro," Nathaniel susurró repentinamente y los nervios del Maite saltaron. "Dijo que eran la ley. Dijo que debían ser temidos. Pero no hay ninguna ley en este mundo. No hay ningún castigo… sólo matar o morir." Elevó su voz. "Maitecita, lo siento mucho… por todo…"



"El Maestro. ¿Te refieres a de Quincey?" preguntó Maite, pero entonces Nate hizo un sonido de asfixia y miró detrás de ella con una mirada de terrible miedo. Liberando su mano, Maite se volvió a ver lo que él estaba mirando.



Charlotte había entrado en la habitación casi sin hacer ruido. Todavía llevaba puestas sus ropas de hombre, aunque llevaba un abrigo pasado de moda sobre ellas. Se veía muy pequeña, en parte porque el Hermano Enoch estaba de pie a su lado, proyectando una sombra inmensa a través del vasto suelo. Llevaba la misma túnica de pergamino de antes, aunque ahora su bastón era negro, su cabeza tallada en la forma de unas alas oscuras. Su capucha estaba subida, fundiendo su rostro en las sombras.



"Maite," dijo Charlotte. "¿Recuerdas al Hermano Enoch? Está aquí para ayudar a Nathaniel." Con un aullido animal de terror, Nate atrapó la muñeca de Maite. Lo miró hacia abajo, desconcertada.



"¿Nathaniel? ¿Qué pasa?"



"De Quincey me dijo acerca de ellos," jadeó Nathaniel. "Los Gregori… Los hermanos Silenciosos. Pueden matar a un hombre con un pensamiento." Se estremeció. "Maite." Su voz era un susurro. "Mira su cara.”



Maite miró. Mientras ella hablaba con su hermano, el Hermano Enoch había bajado silenciosamente su capucha. Los llanos fosos de sus ojos reflejaban la luz mágica, relumbrando implacablemente en las rojas cicatrices de costuras alrededor de su boca.



Charlotte dio un paso hacia adelante.



"El Hermano Enoch podría examinar al Sr. Gray…"



"¡No!" gritó Maite. Deshaciéndose del agarre de Nate, se puso a sí misma entre su hermano y los otros dos ocupantes de la habitación. "No lo toquen."



Charlotte hizo una pausa, viéndose preocupada. "Los Hermanos Silenciosos son nuestros mejores sanadores. Sin el Hermano Enoch, Nathaniel…"su voz se apagó. "Bueno, no hay mucho que podemos hacer por él."



Señorita Gray.



Le tomó un momento darse cuenta de que la palabra, su nombre, no había sido pronunciado en voz alta. En su lugar, como un trocito de una canción olvidada, hizo eco dentro de su propia cabeza… pero no en la voz de sus propios pensamientos. Este pensamiento era ajeno, hostil… diferente. La voz del Hermano Enoch. Era la forma en que él le había hablado cuando él había abandonado la habitación en su primer día en el Instituto.



Es interesante, Señorita Gray, continúo el Hermano Enoch, que usted es una subterránea, y su hermano no lo es ¿Cómo tales cosas vienen a pasar?



Maite se quedó inmóvil. "Usted… ¿usted puede decirlo sólo con mirarlo?"



"¡Maitecita!" Nathaniel se obligó a sí mismo a erguirse contra las almohadas, su rostro pálido enrojeció. "¿Qué estás haciendo, hablándole al Gregori? ¡Él es peligroso!"

"¡Maitecita!" Nathaniel se obligó a sí mismo a erguirse contra las almohadas, su rostro pálido enrojeció. "¿Qué estás haciendo, hablándole al Gregori? ¡Él es peligroso!"



"Todo está bien Nate," dijo Maite, sin apartar la vista del Hermano Enoch. Sabía que debería estar asustada, pero lo que realmente sentía era una puñalada de decepción. "¿Quiere decir que no hay nada inusual en Nate?" preguntó, en voz baja. “¿Nada sobrenatural?”



Nada en absoluto, dijo el Hermano Silencioso.



Maite no se había dado cuenta de cuánto había medio esperado que su hermano fuera como ella, hasta este momento. La decepción acentuaba su voz. “Supongo que no, ya que usted sabe tanto, ¿sabe lo que soy? ¿Soy una bruja?"



No puedo decirle. Hay algo en usted que la marca como una de los Hijos de Lilith. Sin embargo, no hay señal de demonio sobre usted.



" Me di cuenta de eso," dijo Charlotte, y Maite se dio cuenta de que ella también podía escuchar la voz del hermano Enoch. "Pensé que quizás no era una bruja. Algunos seres humanos nacen con algún pequeño poder, como la Visión. O podría tener sangre hada…"


Ella no es humana. Es algo más. Voy a estudiarlo. Quizás hay algo en los archivos para guiarme. Sin ojos como estaba, el hermano Enoch parecía estar buscando en el rostro de Maite con su mirada. Tengo la sensación de que usted tiene un poder. Un poder que ningún otro brujo tiene.



"El Cambiar, quiere decir," dijo Maite.



No, no quise decir eso.



"¿Entonces qué?" Maite estaba asombrada. "¿Qué podría…?" se interrumpió ante un sonido de Nathaniel. Girando, vio que él había luchado por liberarse de las mantas y estaba mitad fuera de la cama, como si hubiera intentado levantarse; su rostro estaba sudoroso y pálido como un muerto. La culpabilidad la apuñaló. Había estado tan atrapada en lo que el Hermano Enoch había estado diciendo, que se olvidó de su hermano.



Se precipitó hacia la cama, con la ayuda de Charlotte regresó a Nate a las almohadas, poniendo la manta a su alrededor. Se veía mucho peor de lo que había estado momentos antes. Cuando Maite metió la manta a alrededor de él, éste tomó su muñeca una vez más, sus ojos salvajes.



“¿Él lo sabe?” Exigió “¿Sabe en dónde estoy?”



“¿De quién hablas? ¿De Quincey?”



"Maitecita." Exprimió su muñeca apretadamente, tirando de ella hacia abajo hasta silbar un susurro en su oído.



"Tienes que perdonarme. Me dijo que serías la reina de todos ellos. Dijo que iban a matarme. No quiero morir, Maitecita. No quiero morir. "



"Por supuesto que no," lo calmó, pero él no parecía escucharla. Sus ojos, fijos en su rostro, se ampliaron repentinamente, y gritó.



"¡Mantenlo lejos de mí! ¡Mantenlo alejado de mi!" aulló. Se impulsó, golpeando su cabeza hacia adelante y hacia atrás en las almohadas. "¡Querido Dios, no dejes que me toque!"



Luchando, Maite sacó su mano, girándose a Charlotte… pero Charlotte se había alejado de la cama, y el Hermano Enoch estaba en su lugar, su rostro sin ojos estaba inmóvil.



Debe permitirme ayudar a su hermano. O probablemente morirá, dijo.



"¿Qué es lo que está delirando?" exigió Maite, miserablemente. "¿Qué pasa con él?"



Los vampiros le dieron una droga, para mantenerlo calmado mientras se alimentaban. Si no es curado, la droga lo volverá loco y luego lo matará. Ya ha comenzado a alucinar.



"¡No es culpa mía!" chilló Nathaniel. "¡No tenía ninguna elección! ¡No es culpa mía!" Volvió su rostro hacia Maite; ella vio para su horror que sus ojos se habían vuelto completamente negros, como los ojos de un insecto. Jadeó, retrocediendo.



"Ayúdenlo. Por favor, ayúdenlo." Toco la manga del Hermano Enoch, e inmediatamente lo lamentó; el brazo debajo de la manga era tan duro como el mármol, y congelado al tacto. Dejó caer la mano horrorizada, pero el Hermano Silencioso no parecía notar su presencia. Dio un paso más allá de ella, y entonces puso sus dedos cicatrizados contra la frente de Nathaniel. Nathaniel se hundió contra las almohadas, sus ojos se cerraron.



Debe irse. El Hermano Enoch habló sin volverse de la cama. Su presencia sólo retrasará su curación.



"Pero Nate me pidió que me quedara…"



Váyase. La voz en la mente de Maite era fría.



Maite miró a su hermano; estaba inmóvil contra las almohadas, su rostro se había relajado. Se volvió hacia Charlotte, lista para protestar, pero Charlotte encontró su mirada con una pequeña sacudida de cabeza. Sus ojos eran comprensivos, pero inflexibles. "Tan pronto como cambie la condición de tu hermano, te informaré. Lo prometo."



Maite miró al Hermano Enoch. Había abierto la bolsa en su cintura y estaba esparciendo los objetos en la mesita de noche, lenta y metódicamente. Frascos de vidrio con polvos y líquidos, manojos de plantas secas, palos de alguna sustancia negra como el carbón.



"Si algo le sucede a Nate," dijo Maite, "Nunca le perdonaré. Nunca."



Era como hablar con una estatua. El hermano Enoch no le respondía con nada más que un movimiento.



Maite huyó de la habitación.



Después de la penumbra en la habitación de Nate, el brillo de los candelabros de los pasillos lastimaban los ojos de Maite. Se apoyó contra la pared junto a la puerta, ordenándole a sus lágrimas que regresaran. Era la segunda vez en toda la noche en que casi lloraba, comenzaba a molestarse con ella misma. Apretando su mano derecha en un puño, la estrelló contra la pared detrás de ella, fuerte, enviando una onda de choque de dolor hasta su brazo. Eso despejó las lágrimas, y su cabeza.



"Eso pareció doler."



Maite se giró. Jem había aparecido tras ella en el pasillo, tan silencioso como un gato. Se había cambiado su equipo. Vestía oscuros pantalones sueltos atados a la cintura, y una camisa blanca sólo unos pocos tonos más claros que su piel. Su fino cabello brillante estaba húmedo, rizado contra su sien y la nuca de su cuello.



"Lo hizo." Maite acunó su mano contra su pecho. El guante que llevaba había suavizado el golpe, pero sus nudillos todavía dolían.

"Tu hermano," dijo Jem. "¿Va a estar bien?"



"No sé. Está allí con una de esas…esas criaturas monje."



"El Hermano Enoch." Jem la miró con ojos comprensivos. "Sé cómo se ven los Hermanos Silenciosos, pero son unos doctores realmente buenos. Le atribuyen una gran importancia a la curación y a las artes medicinales. Viven mucho tiempo y saben mucho."



"No parece valer la pena vivir mucho tiempo si te vas a ver así."



Las esquinas de la boca de Jem temblaron. "Supongo que depende de lo que vives." La miró más de cerca. Había algo en la forma en que Jem la miraba, pensó. Como si pudiera ver dentro y a través de ella. Pero nada dentro de ella, nada que él viera o escuchara, podría molestarlo o perturbarlo o decepcionarlo.



"El hermano Enoch," dijo de repente. "¿Sabes lo que dijo? Me dijo que Nate no es como yo. Es completamente humano. No tiene poderes especiales en absoluto."



"¿Y eso te molesta?"



"No lo sé. Por un lado no le desearía esto… esta cosa que soy… a él, ni a nadie. Pero si él no es como yo, entonces significa que él no es completamente mi hermano. Es hijo de mis padres. ¿Pero soy yo su hija?"



“No puedes preocuparte por eso. Sin duda sería maravilloso si todos supieran exactamente de dónde venimos. Pero ese conocimiento no viene de fuera, viene de adentro 'Conocerte a ti mismo' como dice el oráculo." Jem sonrió. "Mis disculpas si esto suena como sofisma47. Sólo estoy diciendo lo que he aprendido de mi propia experiencia.”


“Pero no me conozco a mí misma". Maite sacudió la cabeza. "Lo siento. Después de la forma en que luchaste contra de Quincey, debes pensar que soy una cobarde terrible, llorando porque mi hermano no es un monstruo y yo no tengo el valor de ser un monstruo por mí misma."



"No eres un monstruo," dijo Jem. "O una cobarde. Por el contrario, estaba muy impresionado por la forma en que disparaste a de Quincey. Seguramente lo habrías matado si hubiera habido más balas en la pistola."



"Sí, creo que me hubiera gustado. Quería matarlos a todos."



"Eso es lo que Camille nos pidió, ya sabes. Matarlos a todos. Tal vez eran sus emociones las que estabas sintiendo."



"Pero Camille no tiene motivos para preocuparse por Nate, o lo que ocurre con él, y eso fue cuando me sentí más asesina. Cuando vi a Nate allí, cuando me di cuenta de lo que planeaban hacer…” tomó un estremecido aliento. “No sé cuánto de eso era yo y cuánto Camille. Y ni siquiera sé si es adecuado tener ese tipo de sentimientos…"



"Quieres decir," preguntó Jem, “¿Para una chica tener esos sentimientos?"



"Que cualquiera pueda tenerlos, tal vez… no sé. Tal vez me refiero a que una chica pueda tenerlos."



Jem pareció mirar a través de ella entonces, como si estuviera viendo algo más allá de ella, más allá del corredor, más allá del Instituto mismo. “Lo que sea que seas físicamente," dijo, "hombre o mujer, fuerte o débil, enferma o sana… todas esas cosas importan menos que lo que contiene tu corazón. Si tienes el alma de un guerrero, eres un guerrero. Cualquiera que sea el color, la forma, el diseño de las sombras que la ocultan, la llama dentro de la lámpara sigue siendo la misma. Tú eres esa llama.” Sonrió entonces, pareciendo haber vuelto a sí mismo, un poco avergonzado. “Eso es lo que creo.”



Antes de que Maite pudiera responder, se abrió la puerta del cuarto de Nate y salió Charlotte. Respondió a la mirada interrogativa de Maite con una inclinación de cabeza de aspecto agotado. “El Hermano Enoch ha ayudado mucho a su hermano,” dijo, “pero queda mucho por hacer, y será mañana antes de que sepamos más. Sugiero que se vaya a dormir, Maite. Agotarse no ayudará a Nathaniel.”



Con un esfuerzo de voluntad Maite simplemente se obligó a sí misma a asentir y no lanzarse a Charlotte con un aluvión de preguntas que sabía que no obtendrían respuestas.



“Y Jem,” Charlotte se dirigió a él. “¿Podría hablar contigo por un momento? ¿Quieres caminar conmigo a la biblioteca?"



Jem asintió. "Por supuesto." Le sonrió a Maite, inclinando la cabeza. "Mañana continuamos," dijo y siguió a Charlotte por el corredor.



En el momento en que desaparecieron a la vuelta de la esquina, Maite trató de abrir la puerta de la habitación de Nate. Estaba cerrada. Con un suspiro se volvió y se dirigió hacia el otro lado por el corredor. Quizás Charlotte tenía razón. Quizás debería dormir un poco.



A la mitad del corredor escuchó una conmoción. Sophie, con un balde de metal en cada una de sus manos, apareció de repente en el pasillo, golpeando una puerta cerrada tras ella.



"Su Alteza está de un temperamento particularmente bueno esta noche," anunció cuando Maite se acercó. "Arrojó un balde a mi cabeza."



"¿Quién?" preguntó Maite, y entonces se dio cuenta. "Oh, te refieres a Will. ¿Está bien?"



“Lo suficientemente bien para lanzar baldes,” dijo Sophie irritada. “Y me llamó por un nombre desagradable. No sé lo que significa. Creo que era francés, y eso usualmente significa que alguien te está llamando prostituta.” Apretó los labios. “Será mejor que corra y consiga a la Sra. Branwell. Tal vez ella puede hacerle tomar la cura, si yo no puedo."



“¿La cura?”



“Él debe beber esto,” Sophie empujó un balde hacia Maite; Maite no podía ver lo que había en él, pero parecía agua ordinaria. "Tiene que hacerlo. No quisiera decir lo que podrá suceder si no lo hace."



Un loco impulso se arraigó en Maite. “Haré que lo haga. ¿Dónde está?



"Arriba, en el ático.” Los ojos de Sophie se ampliaron. “Pero yo no lo haría si fuera usted, señorita. Él es francamente desagradable cuando está en este estado.”



"No me importa,” dijo Maite, tomando el balde. Sophie se lo entregó con una mirada de alivio y aprensión. Era sorprendentemente pesado, lleno hasta el borde con agua, se desbordaba. "Will Herondale necesita aprender a tomar su medicina como un hombre", añadió a Maite, y empujó la puerta del ático, abriéndola, Sophie la miró con una expresión que claramente decía que pensaba que Maite había perdido la cabeza.



Más allá de la puerta había un estrecho tramo de escaleras hacia arriba. Sostuvo el cubo delante de ella cuando entró, éste derramó agua sobre el corpiño de su vestido, poniéndole la piel de gallina. En el momento en que llegó a la cima de la escalera, estaba mojada y sin aliento.



47 Razón o argumento aparente con que se quiere defender o persuadir lo que es falso.

No había ninguna puerta a la cabeza de las escaleras, terminaban abruptamente en el ático, una gran habitación cuyo techo a dos aguas era tan abrupto que daba la impresión de ser muy bajo. Las vigas justo por encima de la cabeza de Maite recorrían la longitud de la habitación, y había bajas ventanas cuadradas puestas a intervalos en las paredes, a través de las cuales Maite podría ver la luz del amanecer gris. El suelo era de desnudas tablas pulidas. No había mobiliario en absoluto, y no había luz más allá de la pálida iluminación que venía desde las ventanas. Un conjunto de escaleras incluso más estrechas llevaban a una trampilla cerrada en el techo.



En el centro de la habitación estaba Will, descalzo, de espaldas en el suelo. Un número de baldes lo rodeaban; y el suelo alrededor de él, vio Maite cuando se aproximó, estaba empapado con agua. El agua corría en riachuelos por las tablas y se agrupaba en los huecos irregulares del suelo. Algo de agua estaba teñida de rojizo, como si hubiera sido mezclada con sangre.



Will tenía un brazo arrojado sobre su rostro, ocultando sus ojos. No yacía inmóvil, sino que se movía inquietamente, como si estuviera algo adolorido. Cuando Maite se acercó, él dijo algo en voz baja, algo que sonaba como un nombre. Cecily. Pensó Maite. Sí, sonaba mucho como si hubiera dicho el nombre Cecily.



“¿Will?” dijo. “¿Con quién estás hablando?



“¿Volviste Sophie?” respondió Will sin levantar la cabeza. “Te dije que si me traías otro de esos baldes infernales, yo…"



“No soy Sophie,” dijo Maite. “Soy yo. Maite.”



Por un momento Will se quedó en silencio… e inmóvil, salvo por la subida y bajada de su pecho con su respiración. Sólo llevaba un par de pantalones oscuros y una camisa blanca, al igual que el suelo a su alrededor, estaban húmedos. El tejido de su ropa se aferraba él, y su cabello negro se pegaba a su cabeza como tela húmeda. Debía estar congelándose de frío.



“¿Te enviaron a ti?” dijo finalmente. Sonaba incrédulo y algo más, también.



“Sí,” contestó Maite, aunque esto no era del todo cierto.



Will abrió sus ojos y giró su cabeza hacia ella. Incluso en la semioscuridad podía ver la intensidad del color de sus ojos.



“Muy bien, entonces. Deja el agua y márchate.”



Maite miró hacia abajo el balde. Por alguna razón sus manos no parecían querer dejar la manija de metal.



“¿Qué es, entonces? Quiero decir… ¿qué estoy trayéndote, exactamente?"



“¿No te lo dijeron?” su reacción fue de sorpresa. “Es agua bendita. Para quemar lo que hay en mí."



Era el turno de Maite para parpadear. "Quieres decir…"



“Sigo olvidando todo lo que no sabes,” dijo Will. “¿Recuerdas esta noche cuando mordí a De Quincey? Pues bien, tragué algo de su sangre. No mucho, pero no se necesita mucho para hacerlo."



"¿Hacer qué?"


“Convertirte en vampiro.”



Ante eso, Maite casi soltó el balde. “¿Te estás convirtiendo en vampiro?"



Will sonrió , sosteniéndose sobre un codo. "No te alarmes indebidamente. Se requieren días para que la transformación se produzca, e incluso entonces, tendría que morir antes de que eso pasara. Lo que la sangre haría es hacerme sentir irresistiblemente atraído por los vampiros… atraído por ellos con la esperanza de que me hicieran uno de ellos. Como sus humanos subyugados.”



“Y el agua bendita...”



“Contrarresta los efectos de la sangre. Debo mantenerme bebiéndola. Me pone enfermo, por supuesto… me hace escupir la sangre y todo lo demás en mí. "



“Buen Señor.” Maite empujó el balde hacia él con una mueca. "Entonces supongo que es mejor dártelo.”



“Supuse que lo harías.” Se sentó, y extendió sus manos para tomar el balde. Frunció el ceño al ver el contenido, a continuación, lo sostuvo en alto y lo inclinó hacia su boca. Después de tragar unas pocas bocanadas, hizo una mueca y sin contemplaciones volcó el resto sobre su cabeza. Acabado, arrojó el cubo a un lado.



“¿Ayuda?” preguntó Maite con honesta curiosidad. "¿Verterlo encima de tu cabeza?”



Will hizo un ruido estrangulado que era sólo un poco de risa. "Las preguntas que haces…” sacudió su cabeza, arrojando gotitas de agua de su cabello a la ropa de Maite.



El agua había empapado el cuello y la parte frontal de su camisa blanca, volviéndola transparente. La forma en que se aferraba a él, hacía que se marcaran las líneas por debajo... las crestas de duros músculos, la marcada línea de su clavícula, las Marcas quemando como fuego negro… hicieron que Maite pensara en la forma en que uno podría poner papel fino sobre un grabado de latón, pasando un carbón sobre éste para marcarlo. Tragó, fuerte.



"La sangre me pone afiebrado, hace que mi piel queme,” siguió Will. “No puedo refrescarme. Pero, sí, el agua ayuda.”



Maite sólo lo miró. Cuando él había entrado en su habitación en la Casa Oscura, ella pensó que era el chico más bello que jamás había visto, pero justo ahora, mirándole… nunca había visto a un chico como éste, no de aquella manera, en que le subía la sangre caliente a su rostro y apretaba su pecho. Más que cualquier otra cosa quería tocarlo, tocar su pelo mojado, ver si sus brazos, hechos con músculos, eran tan duros como se veían, o si sus callosas palmas eran ásperas. Poner su mejilla contra la suya y sentir sus pestañas rozando su piel. Esas largas pestañas…



“Will,” dijo, y su voz sonó tenue incluso a sus oídos. “Will, quiero preguntarte…”



Él la miro. El agua había hecho que sus pestañas se aferran a una a otra, por lo que formaban Oops!*** de estrellas. “¿Qué?”



Actúas como si no te preocuparas por nada,” dijo exhalando el aliento. Se sentía como si hubiera estado corriendo, subiendo la cima de una colina y bajado del otro lado, y sin una parada. La gravedad la llevaba a donde tenía que ir. “Pero… todo el mundo se preocupa por algo. ¿No?”



“¿Lo hacen?” Will dijo suavemente. Cuando ella no respondió, se apoyó sobre sus manos. "Mai," dijo. “Ven y siéntate a mi lado.”

“¿Lo hacen?” Will dijo suavemente. Cuando ella no respondió, se apoyó sobre sus manos. "Mai," dijo. “Ven y siéntate a mi lado.”



Lo hizo. El piso estaba frío y húmedo, pero ella se sentó, recogiendo sus faldas a su alrededor, así sólo las punt*** de sus botas se mostraban. Miró a Will; estaban muy juntos, uno frente al otro. Su perfil en la luz gris era frío y limpio; sólo su boca tenía algo de suavidad.



“Nunca ríes,” dijo ella. "Te comportas como si todo fuera divertido para ti, pero que nunca te ríes. A veces sonríes cuando crees que nadie está prestando atención.”



Por un momento estuvo en silencio. Luego, “Tú” dijo, mitad a regañadientes. “Tú me haces reír… Desde el momento en que me golpeaste con aquella botella.”



“Era una jarra,” dijo Maite automáticamente.



Sus labios se arquearon en las esquinas. “Sin mencionar la forma en que siempre me corriges. Con esa graciosa mirada en el rostro cuando lo haces. Y la forma en que le gritaste a Gabriel Lightwood. E incluso la forma en que le hablaste a De Quincey. Me hace…” se quedó en silencio, mirándola, y ella se preguntó si se veía de la manera en que se sentía… aturdida y sin respiración. “Déjame ver tus manos” dijo de repente. “¿Maite?” Se las tendió, las palmas hacia arriba. No podía apartar la mirada de su rostro.



“Todavía hay sangre,” le dijo. “En tus guantes.” Y, mirando hacia abajo, vio que era cierto. No había mirado los guantes de cuero blanco de Camille, estaban manchados de sangre y suciedad, despedazados cerca de las yemas de los dedos, donde había liberado a Nate de sus esposas.



"Oh,” dijo y comenzó a mover sus manos hacia atrás, queriendo quitarse los guantes, pero Will sólo dejó ir su mano izquierda. Continuó sujetando la derecha, ligeramente, por su muñeca.



Vio que llevaba un anillo plateado en su dedo índice derecho, tallado con un delicado diseño de aves en vuelo. Tenía la cabeza inclinada, su húmedo cabello negro caía hacia adelante; ella no podía ver su rostro. Él pasó sus dedos ligeramente sobre la superficie del guante. Había cuatro botones color perla que lo cerraban a la altura de la muñeca, y cuando pasó sus yemas sobre ellos, se abrieron y la almohadilla de su pulgar acarició la piel desnuda de su muñeca, donde las venas azules pulsaban.



Ella casi saltó fuera de su piel. "Will."



“Maite,” respondió. “¿Qué quieres de mí?”



Él todavía seguía acariciando el interior de su muñeca, haciendo extrañas cosas deliciosas a su piel y nervios. Su voz se sacudió cuando habló.



“Yo… quiero entenderte.”



Él la miró a través de sus pestañas. “¿Es realmente necesario?”



“No lo sé,” dijo Maite. “No estoy segura de que alguien pueda entenderte, excepto posiblemente Jem."



"Jem no me entiende,” dijo Will. “Se preocupa por mí… como puede un hermano. No es la misma cosa."



"¿No quieres que él te entienda?”



“Por Dios, no,” dijo. "¿Por qué debería saber mis razones para vivir mi vida como lo hago?”



“Tal vez,” dijo Maite, “él simplemente quiere saber que hay una razón.”



“¿Importa?” dijo Will suavemente, y con un movimiento rápido, deslizó su guante totalmente fuera de su mano. El aire frío de la habitación golpeó la piel desnuda de sus dedos con un choque, y un escalofrío pasó por el cuerpo entero de Maite, como si se hubiera encontrado a sí misma repentinamente desnuda en el frío. “¿Acaso las razones importan cuando no hay nada que se pueda hacer para cambiar las cosas?”
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tamalevyrroni

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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:05 pm

Maite buscó una respuesta y no encontró ninguna. Estaba temblando, casi demasiado fuerte como para hablar.



“¿Tienes frío?” Acordonó sus dedos con la suyos, tomó su mano y lo presionó a su mejilla. Ella se sobresaltó por el calor febril de su piel. "Mai," dijo, su voz era espesa y suave con el deseo, y ella se inclinó hacia él, balanceándose como un árbol cuyas ramas estaban cargadas de nieve. Su cuerpo entero sufría; ella sufría, como si hubiera un terrible hueco vacío dentro de ella. Era más consciente de Will, de lo que nunca había sido por algo o alguien más en su vida, del débil brillo azul por debajo de sus párpados medios cerrados, de la sombra del ligero rastrojo a través de su mandíbula donde él no se había afeitado, de las débiles cicatrices blancas que punteaban la piel de sus hombros y garganta… y más que nada de su boca, la forma creciente de ésta, el leve hundimiento en el centro de su labio inferior. Cuando él se inclinó hacia ella y barrió sus labios a través de los suyos, ella se estiró como si de otra forma pudiera ahogarse.



Por un momento sus bocas se presionaron juntas acaloradamente, la mano libre de Will enredada en su cabello.



Maite jadeó cuando sus brazos la rodearon, sus faldas se engancharon en el suelo cuando él la puso fuertemente contra él. Ella puso sus manos ligeramente alrededor de su cuello; su piel ardía caliente al tacto. A través del fino material húmedo de su camisa, ella podía sentir los músculos de sus hombros, duros y suaves. Los dedos de él encontraron el broche de cabello enjoyado, tiró de él y su cabello se esparció alrededor de sus hombros, el peine traqueteó por el suelo y Maite dio un pequeño grito de sorpresa contra su boca. Y entonces, sin previo aviso, él arrancó sus manos de ella y la empujó fuertemente por los hombros, la empujó lejos de él con tal fuerza, que Maite casi cayó hacia atrás, se detuvo a sí misma torpemente, apoyando sus manos en el suelo detrás de ella.



Se sentó con el cabello colgando a su alrededor como una cortina enredada, lo miró fijamente con asombro. Will estaba sobre sus rodillas, su pecho se movía hacia arriba y abajo como si hubiera estado corriendo increíblemente rápido y muy lejos. Estaba pálido, excepto por las dos manchas de color rojo de sus mejillas.



“Santo Dios,” susurró. "¿Qué fue eso?"



Maite sintió que sus mejillas se volvían escarlata. ¿Acaso no era Will quien se suponía que sabía exactamente que fue eso, y no era ella la que se suponía debía haberlo alejado?



“No puedo hacerlo,” sus manos se cerraron en puños a sus lados; ella podía verlas temblando. "Maite, creo que es mejor que te marches.”



“¿Marcharme?” su mente giró; se sentía como si hubiera estado en un lugar cálido y seguro y sin previo aviso hubiera sido arrojada a congelada y vacía oscuridad. "Yo… no debí haber ido tan deprisa. Lo siento…"



Una mirada de dolor intenso destelló a través de su rostro. "Dios. Maite." Las palabras parecían arrastrarse fuera de él. “Por favor. Márchate. No puedo tenerte aquí. Es….no es posible”.


“Will, por favor…”

“No.” Él alejó la mirada de la suya, evitando su rostro, sus ojos estaban fijos en el piso. “Te diré lo que quieras saber mañana. Cualquier cosa. Sólo déjame en paz ahora.” Su voz se quebró de forma desigual. "Maite. Te lo ruego. ¿Entiendes? Te lo estoy rogando. Por favor, por favor, márchate.”



“Muy bien,” contestó Maite, y vio con una mezcla de asombro y dolor que las líneas de tensión desaparecán de sus hombros. ¿Era en gran medida un horror tenerla allí, y un gran alivio que se fuera? Se puso de pie, su vestido estaba húmedo, frío y pesado, sus pies casi resbalaban en el piso mojado. Will no se movió, o miró hacia arriba, sino que permaneció en su lugar sobre sus rodillas, mirando al suelo cuando Maite se hizo camino a través de la habitación y por las escaleras, sin mirar hacia atrás.



Poco tiempo después, en su habitación medio iluminada con el resplandor pálido del amanecer Londres, Maite se tendió sobre la cama, demasiado cansada para cambiarse la ropa de Camille… demasiado cansada, incluso para dormir. Había sido un día de muchas primeras veces. La primera vez que había utilizado su poder a su antojo y discreción, y se

había sentido bien con ello. La primera vez que había disparado una pistola. Y… la única primera vez que había soñado durante años… su primer beso.



Maite dio la vuelta, hundiendo su cara en la almohada. Durante tantos años se había preguntado cómo sería su primer beso… si sería con alguien guapo, si él la querría, si sería amable. Nunca había imaginado que su primer beso sería tan breve, desesperado y salvaje. O que sabría a agua bendita. Agua bendita y sangre.

13

Algo Oscuro

A veces somos menos infelices siendo engañados por aquellos a los que amamos, que en ser desengañados por ellos. —François La Rochefoucauld, Maxims.

Maite despertó al día siguiente con Sophie encendiendo la lámpara junto a su cama. Con un gemido, Maite hizo un movimiento para cubrir sus doloridos ojos.



"Ahora, vamos, Señorita." Sophie se dirigió a Maite con su usual vivacidad. "Ha dormido todo el día. Son más de las ocho de la noche, y Charlotte dijo que la despertara."



"¿Mas de las ocho? ¿De la noche?" Maite echó hacia atrás sus mantas, sólo para darse cuenta, para su sorpresa, de que todavía llevaba puesto el vestido de Camille, ahora aplastado y arrugado, sin mencionar manchado. Debió haberse desplomado sobre la cama todavía con la ropa puesta. Recuerdos de la noche anterior comenzaron a inundar su mente… las caras blancas de los vampiros, el fuego haciendo su camino por las cortinas, Magnus Bane riendo, de Quincey, Nathaniel, y Will. Oh, Dios, pensó. Will.



Alejó los pensamientos sobre él de su mente y se sentó, mirando ansiosamente a Sophie. "Mi hermano," dijo. "¿Está él...?"



La sonrisa de Sophie vaciló. "No está peor, en realidad, pero tampoco mejor." Viendo la expresión afligida de Maite, agregó, "Un baño caliente y algo de comida, señorita, eso es lo que necesita. No hará ningún bien a su hermano que se muera de hambre y se vuelva sucia."



Maite bajó la mirada sobre si misma. El vestido de Camille estaba arruinado, eso era evidente; desgarrado y manchado con sangre y cenizas en una docena de lugares. Sus medias de seda estaban rotas, sus pies sucios, y sus manos y brazos salpicados con mugre. Dudó al imaginarse el estado de su pelo. "Supongo que estás en lo cierto."



La bañera era un ovalo con patas en forma de garra, escondido detrás de un biombo Japonés ubicado en una esquina de la habitación. Sophie la había llenado con agua caliente que ya empezaba a enfriarse. Maite se deslizó detrás del biombo, se desvistió, y se hundió dentro de la bañera. El agua caliente le llegaba hasta los hombros, entibiándola. Por un momento se sentó sin moverse, dejado que el calor empapara sus fríos huesos. Lentamente comenzó a relajarse, y cerró sus ojos…



Recuerdos sobre Will la inundaron. Will, el ático, el modo en que él había tocado su mano. El modo en que la había besado, luego ordenado que se fuera.



Se hundió bajo la superficie del agua como si pudiera ocultarse del humillante recuerdo. No funcionó. Ahogarte a ti misma no ayudará, se dijo severamente. Ahora, ahogar a Will, por otro lado... Se sentó, se estiró para tomar la pastilla de jabón de lavanda al borde de la bañera, y refregó su piel y su pelo con ésta hasta que el agua se volvió negra de cenizas y suciedad. Tal vez no era realmente posible refregarte hasta borrar tus pensamientos sobre alguien, pero siempre podía intentarlo.



Sophie estaba esperando a Maite cuando salió de atrás del biombo. Había una bandeja con sándwiches y té ya preparados. Frente al espejo, ayudó a Maite a ponerse su vestido amarillo adornado con tiras oscuras; era mas llamativo de lo que Maite hubiera preferido, pero a Jessamine le había encantado el diseño en la tienda y había insistido que Maite lo pidiera para ella. No puedo usar amarillo, pero es siempre adecuado para señoritas con cabello castaño opaco como el tuyo, había dicho.



La sensación del cepillo recorriendo su pelo era muy agradable; le recordó a Maite de cuando era una niña pequeña y su Tía Harriet había cepillado su cabello por ella. Era lo suficientemente tranquilizador que cuando Sophie habló a continuación, la sobresaltó ligeramente.



"¿Logró que el Señor Herondale tomara su medicina la noche pasada, señorita?"



"Oh, yo…" Maite se apresuró a componerse a si misma, pero era demasiado tarde; un tono rojizo se había esparcido por su nuca y alcanzado su rostro. "Él no quería tomarla," terminó sin convicción. "Pero pude convencerlo al final.



"Ya veo." La expresión de Sophie no cambió, pero los rítmicos trazos del cepillo a través del pelo de Maite comenzaron a ser más rápidos. "Sé que no me corresponde, pero…"



"Sophie, puedes decirme lo que quieras, de verdad."



"Es sólo que… el Señor Will." Las palabras de Sophie salieron apresuradamente. "Él no es alguien por el que se deba preocupar, Señorita Maite. No de esa forma. Él no es alguien en quien se pueda confiar, o depender. Él… él no es quien piensa que es."



Maite juntó sus manos sobre el regazo. Sintió una incierta sensación de irrealidad. ¿Las cosas habían ido realmente tan lejos que necesitaba ser advertida sobre Will? Y al mismo tiempo era bueno tener a alguien con quien hablar sobre él. Se sentía un poco como una persona hambrienta a la que se le ofrecía comida. "No se lo que creo que es, Sophie. Es de una forma por momentos, y luego puede cambiar completamente, como el viento cambiando, y no se por qué, o que haya pasado…"



"Nada. Nada ha pasado. A él no le importa nadie salvo él mismo."



"Se preocupa por Jem," dijo Maite en voz baja.



El cepillo dejó de moverse; Sophie se había detenido, congelada. Había algo que quería decir, pensó Maite, algo que estaba tratando de no decir. ¿Pero que podía ser?



El cepillo comenzó a moverse nuevamente. "Sin embargo, eso no es suficiente."



"Quieres decir que no debería entregar mi corazón a algún chico que nunca se preocupara por mí…"

"¡No!" dijo Sophie. "Hay cosas peores que eso. Está bien amar a alguien que no corresponde su amor, en tanto que sean dignos de ese amor. En tanto lo merezcan."



La pasión en la voz de Sophie sorprendió a Maite. Se giró para mirar a la otra chica. "Sophie, ¿Hay alguien que te importe? ¿Es Thomas?"



Sophie lucía sorprendida. "¿Thomas? No. ¿Qué le dio esa idea?"



"Bueno, porque creo que a él le importas," dijo Maite. "He visto como te mira. Te observa cuando estás en la habitación. Supongo que pensé..." Su voz se fue apagando ante la mirada de asombro de Sophie.



"¿Thomas?" Sophie volvió a repetir. "No, eso no es posible. Estoy segura que no posee tales pensamientos hacia mi."



Maite no intentó contradecirla; claramente, cualquiera hubieran sido los sentimientos que Thomas pudiera haber tenido, Sophie no los había correspondido. Lo que dejaba...



"¿Will?" dijo Maite. "¿Quieres decir que te interesaste por Will alguna vez?" Lo que

explicarí a la amargura y el desagrado, pensó, considerando como Will trataba a las chicas que sentían afecto hacia él.



"¿Will?" Sophie sonaba absolutamente horrorizada, lo suficiente horrorizada para olvidar dirigirse a Will como Sr. Herondale. "¿Está preguntándome si alguna vez estuve enamorada de él?"



"Bueno, pensé… quiero decir, él es muy guapo." Maite notó que sonaba más bien débil.



"Hay mucho más en una persona para amar que la forma en que lucen. Mi ultimo patrón," Sophie continuó, su cuidadoso acento deslizándose debido a la emoción mientras hablaba, así que ese „último‟ sonó más como „últrimo‟, "siempre estaba fuera de safari en África e India, disparando a tigres y demás. Y él me dijo que la forma en que te puedes dar cuenta si un Oops o una serpiente es venenosa, es por ejemplo, si tiene hermosas y brillantes marcas. Cuanto más hermosa su piel sea, más mortal es. Así es como es Will. Ese bello rostro sólo esconde cuan retorcido y corrompido está por dentro."



"Sophie, no sé…"



"Hay algo oscuro en él," dijo Sophie. "Algo negro y oscuro que está ocultando. Él tiene alguna especie de secreto, del tipo que te consume por dentro." Dejó el cepillo con dientes de plata sobre el tocador, y Maite vio con sorpresa que su mano estaba temblando. "Sólo recuerde mis palabras."



Después de que Sophie se fuera, Maite tomó el ángel mecánico de su mesita de noche y se lo colgó alrededor del cuello. Al ubicarlo sobre su pecho, se sintió inmediatamente segura. Lo había extrañado mientras había estado disfrazada como Camille. Su presencia era reconfortante y, aunque sabía que era algo tonto, pensó que tal vez si visitaba a Nate mientras lo usaba, él sentiría su presencia y se sentiría seguro también.



Mantuvo su mano sobre el ángel mientras cerraba la puerta de la habitación al salir, recorrió el pasillo, y llamó a la puerta de su hermano suavemente. Cuando no hubo respuesta, tomó la perilla y abrió la puerta. Las cortinas en la habitación estaban descorridas, llenando la mitad del lugar con luz, y pudo ver a Nate dormido boca arriba sobre un montículo de almohadas. Tenía un brazo sobre su frente, y sus mejillas estaban brillantes debido a la fiebre.



No estaba solo, tampoco. En el sillón al lado de la cabecera de la cama estaba sentada Jessamine, un libro abierto sobre su regazo. Devolvió la mirada sorprendida de Maite con una tranquila y nivelada.



"Yo…," comenzó Maite, y se compuso antes de continuar. "¿Qué haces aquí?"



"Nate está inconsciente, Jessamine; no quiere ninguna conversación."



"No puedes estar segura," dijo Jessamine. "He oído que la gente puede escuchar lo que les dices hasta si están bastante inconscientes, o incluso muertos."


"No está muerto tampoco."


"Ciertamente no lo está." Jessamine lo miró fijamente. "Es demasiado apuesto para morir. ¿Está casado, Maite? ¿O hay alguna muchacha en Nueva York que lo haya pretendido?



"¿A Nate?" Maite la miró fijo. Siempre habían existido chicas, todo tipo de chicas, quienes habían mostrado interés en Nate, pero él tenía el lapso de atención de una mariposa. "Jessamine, él ni siquiera está consciente. Ahora difícilmente es el momento…"


"Mejorará," anunció Jessamine. "Y cuando lo haga, él sabrá que fui yo cuidó de él hasta recobrar su salud.



Los hombres siempre se enamoran de las mujeres que los ayudan a recuperarse. „Cuando el dolor y la angustia retuercen frente, / ¡Un ángel te cuidará!‟" terminó, con una sonrisa satisfecha. Al ver la expresión horrorizada de Maite, frunció el ceño. "¿Que está mal? ¿No soy lo suficientemente buena para tu preciado hermano?"


"Él no tiene nada de dinero, Jessie…"



"Yo tengo dinero suficiente para ambos. Sólo necesito a alguien que me lleve lejos de este lugar. Ya te lo he dicho."


"En realidad, me pediste que fuera yo quien lo hiciera."


"¿Es eso lo que no puedes tolerar?" preguntó Jessamine. "Francamente, Maite, aun podemos ser las mejores amigas una vez que seamos cuñadas, pero un hombre siempre es mejor que una mujer para este tipo de cosas, ¿no crees?"



Maite no pudo pensar en nada que decir como respuesta. Jessamine se encogió de hombros. "Charlotte desea verte, a propósito. En el salón. Quería que te lo dijera. No necesitas preocuparte por Nathaniel. He estado corroborando su temperatura cada quince minutos y poniendo compresas frías sobre su frente además."



Maite no estaba segura de creer todo eso, pero como Jessamine estaba evidentemente sin interés en renunciar a su puesto al lado de Nathaniel, y apenas valía la pena discutir, se giró dando un suspiro de disgusto y abandonó la habitación.


La puerta que daba al Salón, cuando la alcanzó, estaba ligeramente entreabierta; podía oír voces altas del otro lado. Dudó, con la mano levantada y a punto de golpear… luego escuchó decir su propio nombre y se quedó inmóvil.



"Esto no es el Hospital de Londres. ¡El hermano de Maite no debería estar aquí!" Era la voz de Will, elevada hasta casi un grito. "Él no es un Subterráneo, solo un Oops!, banal mundano quien se encontró en una situación que no pudo manejar…"


Charlotte contestó, "Él no puede ser tratado por doctores mundanos. No por lo que tiene. Sé razonable, Will."



"Él ya sabe sobre las reglas del Submundo." La voz pertenecía a Jem: calmada, lógica. "De hecho, puede tener bastante información importante que nosotros no conocemos. Mortmain afirmaba que Nathaniel estaba trabajando para De Quincey; puede tener información sobre sus planes, los autómatas, todo el asunto sobre el Maestro. De Quincey lo quería muerto, después de todo. Quizás era porque sabía algo que no debería."

Hubo un largo silencio. Luego, "Entonces podemos llamar a los Hermanos Silenciosos de nuevo," dijo Will. "Pueden meterse en su mente, ver que pueden encontrar. No tendríamos que esperar a que él se despierte."


"Sabes que ese tipo de proceso es delicado con mundanos," protestó Charlotte. "El Hermano Enoch ya ha dicho que la fiebre ha puesto al Sr. Gray a ver alucinaciones. Le es imposible ordenar lo que es verdad y lo que es delirio febril a través de la mente del chico. No sin dañar su mente, posiblemente de forma permanente."



"Dudo que haya habido mucho para empezar." Maite oyó el tono de disgusto de Will incluso a través de la puerta y sintió su estómago contraerse con ira.


"No sabes nada de él." Jem habló mas fríamente de lo que Maite había escuchado antes. "No puedo imaginar que es lo que te esta haciendo comportar de esta forma, Will, pero no te da crédito."


"Yo sé lo que es," Charlotte dijo.



"¿Lo sabes?" Will sonó sorprendido.



"Estás tan molesto como yo de como resultaron las cosas la noche pasada. Sufrimos sólo dos muertes, es verdad, pero el escape de De Quincey no nos hace quedar bien. Fue mi plan. Yo presioné a la Enclave para realizarlo, y ahora me culparán por todo lo que salió mal. Sin mencionar que Camille ha tenido que esconderse desde que no tenemos ninguna idea donde De Quincey pueda estar, y a esta altura debe tener un precio de sangre sobre su cabeza. Y Magnus Bane, por supuesto, está furioso con nosotros porque Camille haya desparecido. Así que nuestra mejor informante y nuestro mejor brujo están fuera de nuestro alcance por el momento."


"Pero sí pudimos evitar que De Quincey matara el hermano de Maite y quien sabe a cuantos mundanos más," dijo Jem. "Eso debería contar para algo. Benedict Lightwood no quería creer en la traición de De Quincey al principio; ahora no tiene otra opción. Él sabe que estabas en lo cierto."


"Eso," dijo Charlotte, "es probable que lo haga enojarse más."



"Quizá," dijo Will. "Y quizá si no hubieras insistido en vincular el éxito de mi plan con la funcionalidad de uno de los ridículos inventos de Henry, no estaríamos sosteniendo esta conversación ahora. Puedes bailar alrededor de ello todo lo que quieras, pero la razón de que todo fuera mal anoche fue porque el Fósforo no funcionó. Nada de lo que Henry inventa funciona alguna vez. Si sólo admitieras que tu esposo es un tonto inútil, todos estaríamos mucho mejor."


"Will." La voz de Jem contenía una fría furia.


"No. James, no." La voz de Charlotte tembló; hubo una especie de ruido sordo, como si ella se hubiera sentado de repente sobre una silla. "Will," dijo ella, "Henry es un hombre bueno y amable, y él te quiere."



"No te pongas sensible, Charlotte." La voz de Will sólo contenía desprecio.


"Él te conoce desde que eras un niño. Se preocupa por ti como si fueras su hermano pequeño. Como yo. Todo lo que he hecho es quererte, Will…"


"Si," dijo Will, "Y desearía que no lo hicieras."


Charlotte hizo un sonido de dolor, como un cachorro al ser golpeado. "Sé que no lo dices en serio."



"Todo lo que digo es en serio," dijo Will. "Especialmente cuando digo que estaríamos

mejor si registramos la mente de Nathaniel Gray ahora mejor que después. Si eres tan sentimental para hacerlo…"



Charlotte comenzó a interrumpir, pero no importó. Fue demasiado para Maite. Abrió la puerta de un tirón y entró en la habitación. El interior del Salón estaba iluminado por un rugiente fuego, en contraste con los cuadrados de oscuro cristal gris que dejaba entrar lo que había del nublado crepúsculo. Charlotte estaba sentada detrás del amplio escritorio, Jem en una silla a su lado. Will, por otro lado, estaba apoyado en la repisa de la chimenea; estaba rojo de ira, obviamente, sus ojos brillantes, el cuello de su camisa torcido. Sus ojos se encontraron con los de Maite en un momento de puro asombro. Cualquier esperanza que la hubiera entretenido de que él hubiera olvidado mágicamente lo que había pasado en el ático la noche pasada se desvaneció. Él se ruborizó al verla, sus insondables ojos azules oscureciéndose, y alejó su mirada, como si no pudiera soportar mantener el contacto visual.



"¿Supongo que has estado espiando, entonces?" preguntó él. "¿Y ahora estas aquí para darme tu punto de vista sobre tu preciado hermano?"



"Al menos tengo un punto de vista que darte, lo que Nathaniel no tendrá, si te sales con la tuya." Maite se giró para mirar a Charlotte. "No dejaré que el Hermano Enoch vaya manoseando la mente de Nate. Ya está lo suficiente enfermo; eso probablemente lo matará."


Charlotte sacudió la cabeza. Lucía agotada, su rostro gris, sus párpados caídos. Maite se preguntó si siquiera había dormido en absoluto. "Con seguridad, dejaremos que se mejore antes de pensar en interrogarlo."


"¿Y que si sigue enfermo por semanas? ¿O meses?" dijo Will. "Podríamos no disponer de tanto tiempo."



"¿Por qué no? ¿Qué es tan urgente que quieres arriesgar la vida de mi hermano?"Maite replicó.


Los ojos de Will eran astillas de vidrio azul. "Lo único que te ha importado fue encontrar a tu hermano. Y ahora lo has hecho. Bien por ti. Pero ese nunca fue nuestro objetivo. Sí te das cuenta de eso ¿no? Usualmente no nos alejamos tanto de nuestro camino por el bien de un delincuente mundano."



"Lo que Will está tratando de decir," Jem interrumpió, "aunque fallando en cortesía, es…" se interrumpió, y suspiró. "De Quincey dijo que tu hermano era alguien en quien había confiado. Y ahora De Quincey se ha ido, y no tenemos idea de donde se puede estar escondiendo. Las notas que encontramos en su oficina insinuaban que De Quincey creía

que pro nto habría una guerra entre Subterráneos y Cazadores de Sombras, una guerra en la que esas criaturas mecánicas en las que estaba trabajando figuraban sin dudar como piezas claves. Puedes ver ahora por qué le gustaría saber donde está, y que más podría saber tu hermano."



"Tal vez ustedes quieran saber esas cosas," dijo Maite, "pero no es mi lucha. No soy una Cazadora de Sombras."


"Ciertamente," dijo Will. "No creas que no sabemos eso."



"Cállate, Will." El tono de Charlotte sostenía más que su usual aspereza. Se volvió hacia Tessa, sus ojos marrones suplicantes. "Confiamos en ti, Maite. Necesitas confiar en nosotros también."



"No," dijo Maite. "No, yo no." Podía sentir la mirada de Will sobre ella y súbitamente se llenó de una alarmante ira. ¿Cómo se atrevía a ser distante con ella, a estar enojado? ¿Qué había echo para merecerlo? Ella había dejado que él la besara. Eso fue todo. De alguna forma, era como si sólo eso hubiera borrado todo lo demás que ella había hecho esa noche, como si ahora que había besado a Will, ya no importara que también hubiera sido valiente. "Querían usarme… como hicieron las Hermanas Oscuras, y en el momento que se presentó la oportunidad, el momento en que Lady Belcourt apareció y necesitaron mis habilidades, quisieron que lo hiciera. ¡Sin importar cuan peligroso fuera! Se comportan como si yo tuviera alguna clase de responsabilidad a su mundo, sus leyes y sus Acuerdos, pero es su mundo, y ustedes son los destinados a regirlo. ¡No es mi culpa si están haciendo un trabajo podrido!"



Maite vio a Charlotte palidecer y sentarse. Sintió una aguda punzada en su pecho. No era Charlotte a quien había querido herir. Aun así, continuó. No pudo evitarlo, las palabras salieron en torrente, "Toda su charla sobre los Subterráneos y de como no los odian. No significa nada, ¿no? Sólo palabras. No las dicen en serio. Y en cuanto a los mundanos, ¿Han pensado alguna vez que serian mejores protegiéndolos si no los odiaran tanto?" miró a Will. Estaba pálido, sus ojos brillaban. Se veía… no estaba muy segura de poder describir su expresión. Horrorizado, pensó, pero no con ella; el horror iba mas profundo que eso.

"Maite," dijo Charlotte, pero Maite ya estaba sobre la puerta. Se giró a último momento, en el umbral, para verlos a todos observándola fijamente.


"Manténganse alejados de mi hermano," espetó. "Y no me sigan."

***

El enojo, pensó Maite, era satisfactorio en su propia medida, cuando te rendías a él. Había algo peculiarmente gratificante al gritar en una ira ciega hasta quedarte sin palabras. Por supuesto, las consecuencias eran menos agradables. Una vez que les decías a todos que los odiabas y que no fueran tras de ti, ¿Dónde irías exactamente? Si volvía a su propia habitación, era lo mismo que decir que estaba teniendo un berrinche que ya pasaría. No podía ir con Nate y llevar su mal humor a su cuarto de enfermo, y andar por cualquier otro lado significaba arriesgarse a ser encontrada por Sophie o Agatha.


Al final tomó las estrechas, tortuosas escaleras que conducían hacia la salida de Instituto. Se abrió paso por el lugar iluminado por luz mágica y salió a los amplios escalones de la entrada de la Iglesia, donde se hundió en el primer escalón y envolvió sus brazos sobre su cuerpo, temblando ante la inesperada y fría brisa. Seguramente debió haber llovido en algún momento durante el día, ya que los escalones de la entrada estaban húmedos, y la piedra negra del patio brillaba como un espejo. La luna había salido, lanzándose entre medio de rápidas nubes, y el enorme portón de hierro brillaba oscuramente en la luz intermitente. Somos polvo y sombras.


"Sé lo que estás pensando." La voz que venía de la puerta detrás de Maite era tan suave que casi podría haber sido parte del viento que agitaba las hojas en las ramas de los árboles. Maite se giró. Jem estaba parado en el arco de la entrada, la blanca luz mágica detrás suyo iluminando su cabello, tanto que brillaba como metal. Su rostro, sin embargo, estaba oculto en las sombras. Sostenía su bastón en su mano derecha; los ojos del dragón brillaban vigilantes hacia Maite.



"No creo que lo sepas."


"Estás pensando, si llaman a esta suciedad húmedo verano, ¿Cómo será el invierno? Te sorprenderías. El invierno es prácticamente lo mismo." Se alejó de la puerta y se sentó en el escalón al lado de Maite, aunque no demasiado cerca. "Es la primavera la que es realmente encantadora."


"¿Lo es?" dijo Te, sin demasiado interés real.


"No. En realidad es bastante brumoso y húmedo también." La miró de costado. "Se que dijiste que no te siguiéramos. Pero más bien estaba esperando que sólo te hubieras referido a Will."



"No, tenias razón en decir lo que dijiste," dijo Jem. "Nosotros los Cazadores de Sombras hemos sido de esta forma por tanto tiempo, y somos de criterio tan estrecho, que a menudo olvidamos mirar cualquier situación desde el punto de vista de otros. Es siempre sobre si algo esta bien para los Nefilim o mal para los Nefilim. A veces pienso que olvidamos preguntarnos si es bueno o malo para el mundo."


"Nunca quise herir a Charlotte."


"Charlotte es muy sensata sobre la forma en que se maneja el instituto. Como mujer, debe luchar para ser escuchada, e incluso así sus decisiones son cuestionadas. Escuchaste a Benedict Lightwood en la reunión de la Enclave. Ella siente que no tiene libertad para cometer errores."



"¿Y la tiene alguno de nosotros? ¿Alguno de ustedes? Todo es vida o muerte para ustedes." Maite tomó un largo suspiro de aire húmedo. Sabía a ciudad, metal y cenizas y caballos y agua de río. "Yo sólo… siento a veces como si no pudiera soportarlo. Nada de esto. Desearía nunca haberme enterado lo que soy. ¡Desearía que Nate se hubiera quedado en casa y que nada de esto hubiera pasado!"


"A veces," dijo Jem, "nuestras vidas pueden cambiar tan rápido que el cambio supera nuestras mentes y corazones. Son esos momentos, creo yo, cuando nuestras vidas se han alterado pero todavía anhelamos el tiempo en que nada había cambiado… en ese momento es cuando sentimos mayor dolor. Puedo decirte, sin embargo, por experiencia, que te acostumbras. Aprendes a vivir tu nueva vida, y no puedes imaginar, o incluso recordar, como eran las cosas antes."


"Estás diciendo que me acostumbraré a ser una bruja, o lo que sea que soy."

"Siempre has sido lo que eres. Eso no es nuevo. A lo que te acostumbrarás es a saberlo."


Maite espiró hondo y soltó el aire lentamente. "No quise decir lo que dije arriba," dijo. "No creo que los Nefilim sean tan terribles."


"Sé que no lo dijiste en serio. Si lo hubieses hecho, no estarías aquí. Estarías al lado de tu hermano, resguardándolo de nuestras horribles intenciones."


"Will realmente no quiso decir lo que dijo, tampoco, ¿no?" dijo Maite, después de un momento. "No le haría daño a Nate."



"Ah." Jem miró hacia el portón, s us ojos grises pensativos. "Estás en lo cierto. Pero me sorprende que lo sepas. Yo lo sé. Pero he tenido años para entender a Will. Para saber cuando habla en serio y cuando no."


"¿Así que nunca te enojas con él?"


Jem rió en voz alta. "Yo no diría eso. A veces quiero estrangularlo."



"¿Y cómo diablos haces para contenerte?"


"Voy a mi lugar favorito de Londres," Jem dijo, "Y me quedo allí y miró al agua, y pienso sobre la continuidad de la vida, y como el río sigue avanzando, ajeno a los trastornos menores de nuestras vidas."



Maite estaba fascinada. "¿Y eso funciona?"


"No realmente, pero después de eso pienso en como podría matarlo mientras duerme si realmente quisiera, y luego me siento mejor."


Maite soltó una risita. "¿Y dónde está, entonces? ¿Tu lugar favorito?"



Por un momento, Jem lució pensativo. Luego se balanceó sobre sus pies, y tendió la mano que no sostenía el bastón.


"Ven conmigo, y te mostraré."


"¿Es lejos?"



"Para nada." sonrió. Tenía una encantadora sonrisa, pensó Maite, una contagiosa. No pudo evitar devolverle la sonrisa, por lo que se sintió como la primera vez en años. Tessa dejó que la ayudara a pararse. La mano de Jem era cálida y fuerte, sorprendentemente reconfortante.



Ella miró hacia atrás al Instituto por un momento, dudó, y dejó que él la guiara a través del portón y hacia el sombrío exterior de la ciudad.

14

El puente Blackfriars

Veinte puentes desde la Torre48 a Kew49 Querían saber lo que el Río sabía, Porque eran jóvenes y el Támesis era viejo, Y éste es el cuento que el río contó. —Rudyard Kipling, "El cuento del Río"

Dando pasos a través la puerta de hierro del Instituto, Maite se sentía un poco como la Bella Durmiente dejando su castillo detrás de su muro de espinas. El Instituto estaba en el centro de una plaza, y las calles dejaban la plaza en cada dirección cardinal, sumergiéndose en estrechos laberintos entre casas. Aún con su mano cortésmente en su codo, Jem condujo a Maite por un estrecho pasaje. El cielo sobre sus cabezas era como el acero. El suelo estaba todavía húmedo por la temprana lluvia en el día, y los lados de los edificios que parecían presionar a ambos lados estaban manchados de humedad y residuos de polvo negro.



Jem habló cuando se fueron, sin decir mucho de importancia, sino que manteniendo una charla tranquilizadora, diciéndole lo que había pensado de Londres cuando por primera vez había llegado aquí, cómo todo le había parecido de un tono gris uniforme… ¡hasta la gente! Había sido incapaz de creer que podría llover tanto en un lugar, y tan incesantemente. La humedad había parecido subir desde el suelo y dentro sus huesos, de modo que había creído que eventualmente le brotaría moho, al igual que un árbol.



"Te acostumbras a ello," dijo al salir desde el estrecho pasaje y a la amplitud de la calle Fleet. "Incluso si a veces te sientes como si debieras ser capaz de ser estrujado como un trapo."



8 La Torre de Londres, oficialmente el Palacio Real y Fortaleza de su Majestad, es un castillo histórico situado en la ribera norte del río Támesis en el centro de Londres, Inglaterra.
49 Kew es un barrio del borough de Richmond upon Thames, en el sudoeste de Londres, Inglaterra.

Recordando el caos de la calle durante el día, Maite se alivió al ver cómo estaba mucho más tranquila en la noche, el tropel de las multitudes reducido a una ocasional figura caminando por la ace ra con la cabeza gacha, manteniéndose en las sombras. Todavía había carruajes e incluso solitarios jinetes en el camino, aunque ninguno parecía darse cuenta de Maite y Jem. ¿Un glamour funcionando?Maite se preguntó, pero no cuestionó. Estaba disfrutando el sólo escuchar hablar a Jem. Esta era la parte más antigua de la ciudad, le contó, donde había nacido Londres. Las tiendas que se alineaban en la calle estaban cerradas, sus persianas bajadas, pero la publicidad seguía resonando por todas las superficies, anuncios de todo, desde jabón capilar tónico de peras hasta anuncios instando a la gente a asistir a una conferencia sobre espiritismo. Mientras Maite caminaba, vislumbraba las punt*** del Instituto entre los edificios, y no pudo evitar preguntarse si alguien más podía verlas. Recordaba a la mujer loro con piel verde y plumas. ¿Estaba realmente el Instituto oculto a la vista? La curiosidad consiguió lo mejor de ella, le preguntó a Jem.



"Déjame mostrarte algo," dijo. "Detente aquí." Él tomó a Maite por el codo y la giró para que estuviera de frente a la calle. Señaló. "¿Qué ves ahí?"



Ella entrecerró los ojos a través de la calle; estaban cerca de la intersección de la Calle Fleet y Chancery Lane. No parecía haber nada notable en donde se encontraban. "La parte frontal de un banco. ¿Qué más hay para ver?"



"Ahora deja vagar tu mente un poco," dijo, aún en la misma voz suave. "Mira hacia algo más, de la forma en que podrías evitar mirar directamente a un gato para no espantarlo. Mira al banco de nuevo, por el rabillo de tu ojo. ¡Ahora míralo, directamente, y muy rápido!"
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tamalevyrroni

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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:07 pm

Maite hizo como se lo indicaba, y se quedó mirando fijamente. El banco se había ido, y en su lugar había una taberna con entramado de madera, y grandes ventanas acristaladas con diamantes. La luz de las ventanas estaba teñida de un resplandor rojizo, y por la abierta puerta principal, más luz roja se derramaba en el pavimento. A través del cristal oscuro sombras se movían, no las familiares sombras de hombres y mujeres, sino que formas demasiado altas y delgadas, extrañamente muy alargadas o con muchas más extremidades que las humanas. Estallidos de risas interrumpían una música alta, dulce, fina, inquietante y seductora. Un cartel que colgaba sobre la puerta mostraba a un que se hombre estiraba para ajustar el morro de un demonio con cuernos. Rotulado debajo de la imagen estaban las palabras La taberna del diablo.



Aquí es donde Will estuvo la otra noche.Maite miró hacia Jem. Estaba mirando la taberna, su mano liviana sobre su brazo, su respiración lenta y suave. Podía ver la luz roja del bar reflejada en sus ojos plateados como la puesta del sol en el agua. "¿Es éste tu lugar favorito?" preguntó ella.



La intensidad se apagó de su mirada; él la miró y se rió. "Dios, no," dijo. "Sólo algo que quería que vieras."



Alguien salió por la puerta de la taberna entonces, un hombre con un abrigo largo y negro, un elegante sombrero de seda puesto firmemente en su cabeza. Cuando él echó una mirada por la calle, Maite vio que su piel era de un color tinta azul oscuro, su pelo y barba tan blancos como el hielo. Se desplazó hacia el este, hacia Strand mientras Maite observaba, preguntándose si conseguiría miradas curiosas, pero su paso no era más notado por los transeúntes de lo que sería el de un fantasma. De hecho, los mundanos que pasaban frente a la Taberna del Diablo apenas parecían fijarse en absoluto, incluso cuando varias figuras delgadas y gorjeantes salieron y por poco atropellan a un hombre de aspecto cansado empujando un carrito vacío. Él hizo una pausa para mirar a su alrededor por un momento, perplejo, a continuación, se encogió de hombros y siguió adelante.



"Allí había una taberna muy ordinaria una vez," dijo Jem. "A medida que se volvía más y más infestada con Submundos, los Nefilim comenzaron a preocuparse por la interrelación del Mundo de las Sombras con el mundo mundano. Se prohibió la entrada de mundanos al lugar simplemente usando un glamour para convencerlos de que la taberna había sido derribada y un banco había sido levantado en el lugar. El Diablo es ahora una guarida casi exclusivamente de Submundos." Jem miró a la luna, un ceño fruncido cruzando su cara. "Se está haciendo tarde. Será mejor seguir adelante."



Después de una sola mirada atrás al Diablo, Maite se movió después de Jem, continuó la charla fácilmente por el camino, señalando cosas de interés; la Iglesia del Temple50, donde los tribunales de la ley estaban ahora, y donde una vez los Caballeros Templarios habían apoyado a peregrinos en su ruta a la Tierra Santa. "Eran amigos de los Nefilim, los caballeros. Mundanos, pero no sin su propio conocimiento del Mundo de las Sombras. Y, por supuesto," agregó, mientras salían de la red de calles y sobre el mismo puente Blackfriars, "muchos piensan que los Hermanos Silenciosos son los originales Frailes Negros51, aunque nadie puede probarlo. Es éste," añadió, señalando ante él. "Mi lugar favorito en Londres."



Mirando a lo largo del puente, Maite no podía dejar de preguntarse qué le gustaba tanto a Jem sobre el lugar. Este se extendía desde una orilla del Támesis a la otra, un puente bajo de granito con múltiples arcos, parapetos52 pintados de rojo oscuro y dorados con oro y pintura escarlata que brillaba bajo la luna. Hubiera sido bonito si no hubiera sido por el puente ferroviario que corría a lo largo del lado este del mismo, silencioso en las sombras pero todavía una fea corredera de rejas de hierro se extendía hasta la otra orilla del río.



"Sé lo que estás pensando ,” dijo Jem de nuevo, como lo había hecho fuera del Instituto. "El puente del ferrocarril, es horrible. Pero significa que la gente rara vez viene a admirar la vista. Yo disfruto de la soledad, y solo el aspecto del río, en silencio bajo la luna."



Caminaron hasta el centro del puente, donde Maite se apoyó en una barandilla de granito y miró hacia abajo. El Támesis era negro a la luz de la luna. La prolongación de Londres se extendía por ambas orillas, la gran cúpula de San Pablo aparecía tras de ellos como un fantasma blanco, y todo estaba envuelto en la suave niebla que dejaba un velo suavemente borroso sobre las duras líneas de la ciudad.



Maite echó un vistazo hacia el río. El olor de sal y suciedad y podredumbre salía del agua, mezclada con la niebla. Sin embargo, había algo portentoso sobre el río de Londres, como si se llevara el peso del pasado en sus corrientes. Un poco de antigua poesía le vino a la cabeza. "'Dulce Támesis, discurre suavemente hasta que termine mi canción'" dijo ella, en voz baja. Normalmente nunca habría citado poesía en voz alta delante de nadie, pero había algo acerca de Jem que la hacía sentir que lo que fuera que hiciera, él no la juzgaría.



"He oído ese trozo de rima antes," fue todo lo que dijo. "Will me la ha citado. ¿Qué es?"



"Spenser. „Prothalamion.‟" Maite frunció el ceño. "Will parece tener una extraña afinidad por la poesía para alguien tan... tan... "



"Will lee constantemente, y tiene una memoria excelente," dijo Jem. "Hay muy poco que no recuerde." Había algo en su voz que prestó importancia a su afirmación, más allá de la mera constatación de un hecho.



"¿Te gusta Will, no?" dijo Maite. "Quiero decir, estás encariñado con él."



"Lo quiero como si fuera mi hermano,” dijo Jem con naturalidad.



"Puedes decir eso," dijo Maite. "No obstante, él es horrible con todos los demás, él te ama. Es amable contigo. ¿Qué hiciste para hacer que te tratara de una forma tan diferente de todo el resto?"



Jem se inclinó hacia un lado contra el parapeto, su mirada estaba en ella pero aún lejana. Golpeó sus dedos cuidadosamente contra la parte superior de jade de su bastón. Tomando ventaja de su clara distracción, Maite se permitió mirarlo, maravillándose poco a poco de su extraña belleza a la luz de la luna. Era todo plata y ceniza, no como los colores fuertes de Will, azul y negro y oro.



Finalmente dijo: "No sé, realmente. Solía pensar que era porque los dos estábamos sin padres, y por eso sentía que éramos iguales…"



"Soy huérfana," señaló Maite. "También Jessamine. Él no piensa que es como nosotras."



"No. No lo hace." Los ojos de Jem estaban en guardia, como si hubiera algo que no estuviera diciendo.



"No le entiendo," dijo Maite. "Él puede ser agradable un momento y absolutamente horrible al siguiente. No puedo decidir si es agradable o cruel, cariñoso u odioso…"



"¿Importa?" dijo Jem. "¿Es obligatorio que tomes tal decisión?"



"La otra noche," ella prosiguió, "en tu habitación, cuando Will entró, dijo que había estado bebiendo toda la noche, pero luego, más tarde, cuando tú… después él pareció volverse sobrio instantáneamente. He visto a mi hermano borracho. Sé que eso no desaparece así en un instante, incluso mi Tía arrojando un balde de agua fría al rostro de Nate no podía despertarlo de su estupor, no si estaba realmente intoxicado. Y Will no olía a alcohol, o parecía enfermo a la mañana siguiente. ¿Pero por qué iba a mentir y decir que estaba borracho si no lo estaba?"



Jem parecía resignado. "Y ahí tienes el misterio esencial de Will Herondale. Yo me preguntaba lo mismo. Cómo alguien puede beber tanto y sobrevivir, mucho menos luchar tan bien como él lo hace. Así que una noche lo seguí. "



“¿Lo seguiste?"



Jem sonrió torcidamente. “Sí. Salió, alegando una cita o algo así, y lo seguí. Si hubiera sabido a qué atenerme, me habría puesto zapatos más resistentes. Toda la noche caminó por la ciudad, desde San Pablo hasta Spitalfields Market hasta Whitechapel High Street. Se dirigió hacia el río y deambuló por los muelles. Nunca se detuvo a hablar con una sola alma. Era como seguir a un fantasma. A la mañana siguiente ya estaba listo con algún escabroso cuento de falsas aventuras, y nunca le exigí la verdad. Si quiere mentirme, entonces debe tener una razón."



"¿Él te miente, y sin embargo, confías en él?"



”Sí,” dijo Jem. "Confío en él."


"Pero…"


"Miente constantemente. Siempre inventa historias que lo harán lucir como el peor."


“Entonces, ¿te ha dicho lo que pasó con sus padres? ¿Ni la verdad ni la mentira?"



“No completamente. Pedazos y fragmentos," dijo Jem tras una larga pausa. "Sé que su padre dejó los Nefilim. Antes de que Will naciera. Se enamoró de una chica mundana, y cuando el Consejo se negó a hacer de ella una Cazadora de Sombras, dejó la Clave y se mudó con ella a una parte muy remota de Gales, donde pensaron que no podían ser perturbados. La Clave se puso furiosa."



"¿La madre de Will era mundana? ¿Quieres decir que sólo es mitad Cazadora de Sombras?"



"La sangre Nefilim es dominante," dijo Jem. "Es por eso que hay tres reglas para los que dejan la Clave. Primero, debes cortar el contacto con todos y cada uno de los Cazadores de Sombras que hayas conocido, incluso tu propia familia. Nunca pueden hablar contigo de nuevo, ni tú puedes hablar con ellos. Segundo, no puedes llamar a la Clave por ayuda, sin importar tu peligro. Y tercero..."



"¿Cuál es la tercera?"



"Incluso en caso de que dejes la Clave," dijo Jem, "todavía pueden reclamar a tus hijos."



Un pequeño escalofrío pasó a través de Maite. Jem seguía mirando el río, como si pudiera ver a Will en su superficie plateada. "Cada seis años," dijo, "hasta que el niño tiene dieciocho años, un representante de la Clave viene a tu familia y le pregunta al niño si desea dejar a su familia y unirse a los Nefilim."



"No puedo imaginar que alguien lo hiciera," dijo Maite, horrorizada. "Quiero decir, nunca serías capaz de hablar con tu familia otra vez, ¿verdad?"



Jem sacudió la cabeza.


"¿Y Will estuvo de acuerdo con esto? ¿Se incorporó a los Cazadores de Sombras a pesar de todo?”


"Se negó. Dos veces, se negó. Entonces, un día, Will tenía doce años más o menos, hubo un llamado a la puerta del Instituto y Charlotte contestó. Ella habría tenido dieciocho entonces, creo. Will estaba de pie en los escalones. Ella me dijo que estaba cubierto por polvo de carretera y suciedad como si hubiera estado durmiendo en los setos. Él dijo, „Soy un Cazador de Sombras. Uno de ustedes. Tienen que dejarme entrar. No tengo otro lugar adonde ir.‟"



"¿Él dijo eso? ¿Will? ¿„No tengo otro lugar adonde ir‟?"



Él dudó. "Entiendes, todo esto es información que he oído de Charlotte. Will nunca me mencionó una palabra de nada de esto. Pero eso es lo que ella afirma que él dijo."


"No entiendo. Sus padres, están muertos, ¿no? O han habrían venido a buscarlo."


"Lo hicieron," dijo Jem en voz baja. "Unas semanas después de que Will llegara, Charlotte me dijo que sus padres lo siguieron. Llegaron a la puerta principal del Instituto y la golpearon, llamándolo. Charlotte entró en la habitación de Will para preguntarle si quería verlos. Él se había arrastrado debajo de la cama y tenía las manos sobre las orejas. No quiso salir, no importaba lo que ella hiciera, él no los vería. Creo que finalmente Charlotte bajó y los echó, o se fueron por su propia voluntad, no estoy seguro…"



"¿Los echó? Pero su hijo estaba dentro del Instituto. Ellos tenían derecho…"



"No tenían ningún derecho." Jem habló bastante suave, pensó Maite, pero había algo en su tono que lo puso tan lejos de ella como la luna. "Will eligió unirse a los Cazadores de Sombras. Una vez que tomó esa decisión, ellos no tenían ningún derecho sobre él. Era derecho y responsabilidad de la Clave decirles que se fueran".


"¿Y nunca le has preguntado por qué?"


"Si él quisiera que lo supiera, me lo diría," dijo Jem. "Tú me preguntaste por qué creo que él me tolera mejor que los demás. Me imagino que es precisamente porque nunca le he preguntado por qué." Él le sonrió, socarronamente. El aire frío había azotado color a sus mejillas, y sus ojos brillaban. Sus manos estaban cerca una de la otra sobre el parapeto. Por un breve, medio confuso momento, Maite pensó que podría estar a punto de poner su mano sobre la suya, pero su mirada se deslizó más allá de ella y frunció el ceño. "Algo tarde para un paseo, ¿no?"



Siguiendo su mirada, vio las oscuras figuras de un hombre y una mujer viniendo hacia ellos a través del puente. El hombre llevaba un sombrero de fieltro y un abrigo de lana oscura, la mujer tenía su mano en su brazo, con el rostro inclinado hacia el suyo. "Probablemente piensan lo mismo de nosotros," dijo Maite. Levantó la mirada a los ojos de Jem. "Y tú, ¿llegaste al Instituto, porque no tenias a dónde ir? ¿Por qué no te quedaste en Shanghái?

"Mis padres tenían el Instituto," dijo Jem, “pero fueron asesinados por un demonio. Él, eso, se llamaba Yanluo." Su voz era muy tranquila. "Después de que murieron, todo el mundo pensaba que lo más seguro para mí sería abandonar el país, en caso de que el demonio o sus legiones vinieran después por mí también."


"Pero ¿por qué aquí, por qué Inglaterra?”


"Mi padre era británico. Yo hablaba inglés. Parecía razonable.” El tono de Jem era tan calmado como siempre, pero Maite sentía que había algo que no le estaba diciendo. "Pensé que me sentiría más en casa aquí de lo que haría en Idris, donde ninguno de mis padres nunca había ido."



Al otro lado del puente la pareja paseando se había detenido en un parapeto; el hombre parecía estar señalando las características del puente del ferrocarril, la mujer asintiendo con la cabeza mientras él hablaba. "¿Y tú… te sentiste más en casa, que allá?"


"No precisamente," dijo Jem. "Casi lo primero que me di cuenta cuando llegué aquí fue que mi padre nunca pensó en sí mismo como británico, no de la forma en que un inglés lo haría. Un inglés real es británico primero, y segundo, caballero. Cualquier otra cosa que pudieran ser, un doctor, un magistrado o un propietario; tercero. Para los Cazadores de Sombras es diferente. Nosotros somos Nefilim, primero y principalmente, sólo después hacemos caso a cualquier país en que podrías haber nacido y criado. Y en cuanto al tercero, no hay tercero. Sólo somos Cazadores de Sombras. Cuando otros Nefilim me miran, sólo ven un Cazador de Sombras. No como los mundanos, que me miran y ven a un chico que no es del todo extranjero, pero tampoco no del todo como ellos."



"La mitad de una cosa y mitad de la otra," dijo Maite. "Como yo. Pero tú sabes que eres humano."


La expresión de Jem se suavizó. "Como tú. En todas las formas que importa."


Maite sintió un picor en la parte de atrás de sus ojos. Levantó la vista y vio que la luna había pasado por detrás de una nube, dándole un brillo nacarado. "Supongo que deberíamos volver. Los otros deben estar preocupados."



Jem se movió para ofrecerle el brazo…y se detuvo. La pareja paseando que Jem había notado antes estaba de repente frente a ellos, bloqueando su camino. A pesar de que se debían haber movido muy rápidamente para llegar al otro lado del puente tan rápido, estaban extrañamente quietos ahora, sus brazos entrelazados. El rostro de la mujer estaba oculto a la sombra de un simple sombrero, el del hombre escondido bajo el ala de su sombrero de fieltro.


La mano de Jem apretó el brazo de Maite, pero su voz fue neutral cuando habló. "Buenas noches. ¿Hay algo en que podamos ayudarles?"


Ninguno de los dos habló, pero dieron un paso más, la falda de la mujer susurrando en el viento. Maite miró a su alrededor, pero no había nadie más en el puente, nadie visible en cualquiera de los dos terraplenes. Londres parecía completamente desierto bajo la luna borrosa.



“Perdónenme,” dijo Jem. "Les agradecería si nos dejaran pasar a mí y a mi compañera." Dio un paso adelante, y Maite lo siguió. Estaban lo suficientemente cerca ahora a la silenciosa pareja, que cuando la luna salió de detrás de la nube, inundando el puente con luz plateada e iluminando el rostro del hombre en el sombrero de fieltro, Maite lo reconoció al instante.


El pelo enmarañado, la ancha nariz una vez rota y la barbilla marcada, y lo más protuberante de todo, los ojos saltones, los mismos ojos de la mujer que estaba junto a él, su mirada en blanco, fija en Maite de una manera que le recordó terriblemente a Miranda.


Pero estás muerto. Will te mató. Vi tu cuerpo. Maite susurró, "Es él, el cochero. Pertenece a las Hermanas Oscuras".



El cochero se echó a reír. "Pertenezco," dijo, "al Maestro. Mientras las Hermanas Oscuras le servían, yo les servía a ellas. Ahora le sirvo sólo a él."

La voz del cochero sonaba di ferente de cómo Maite recordaba; menos espesa, más articulada, con una suavidad casi siniestra. Al lado de Maite Jem se había quedado quieto. "¿Quiénes son?" exigió. "¿Por qué nos siguen?”


"El Maestro nos ha mandado seguirlos," dijo el cochero. "Tú eres Nefilim. Eres responsable de la destrucción de su casa, la destrucción de su pueblo, los Hijos de la Noche. Estamos aquí para entregar una declaración de guerra. Y estamos aquí por la chica.” volvió sus ojos a Maite. "Ella es propiedad del Maestro, y él la tendrá."


"El Maestro," dijo Jem, sus ojos muy plateados a la luz de la luna. "¿Quieres decir De Quincey?”



"El nombre que le dan no importa. Él es el Maestro. Nos ha dicho que entreguemos un mensaje. Ese mensaje es guerra."


La mano de Jem se tensó sobre la cabeza de su bastón. "Sirves a de Quincey, pero no eres vampiro. ¿Qué eres?"


La mujer de pie junto al cochero hizo un ruido susurrado, como el silbido de un tren. "Cuidado Nephillim. Así como ustedes asesinan a otros, serán asesinados. Su ángel no podrá protegerlos contra algo que ni Dios ni el diablo han creado."



Maite empezó a girar hacia Jem, pero él ya estaba en marcha. Su mano balanceándose arriba, la cabeza del bastón de jade en ella. Hubo un destello. Una malvadamente afilada y brillante hoja disparada del final del bastón. Con una vuelta rápida de su cuerpo, Jem hundió la hoja hacia adelante y acuchilló el pecho del cochero. El hombre se tambaleó hacia atrás, un alto sonido rechinante de sorpresa salió de su garganta.


Maite contuvo el aliento. Una larga cortadura a través de la camisa del cochero la abría, y debajo de ella no se veía ni carne ni sangre, sino metal brillante, mellado por la hoja de Jem.


Jem sacó la hoja hacia atrás, dejando escapar un suspiro, satisfacción mezclada con alivio. "Lo sabía…"



El cochero gruñó. Su mano se precipitó a su chaqueta y sacó un largo cuchillo dentado, del tipo que los carniceros utilizan para cortar a través del hueso, mientras que la mujer, saltando a la acción, se acercó a Maite, sus manos sin guantes extendidas. Sus movimientos eran espasmódicos, desiguales, pero muy, muy rápidos, mucho más rápidos de lo que Maite se hubiera imaginado que se podía mover. La compañera del cochero avanzó hacia Maite, su rostro sin expresión, su boca entreabierta. Algo metálico brilló en su interior, metal o cobre. No tiene garganta, y me imagino tampoco estómago. Su boca termina en una hoja de metal detrás de los dientes.



Maite se retiró hasta que su espalda golpeó el parapeto. Buscó a Jem, pero el cochero avanzaba hacia él de nuevo. Jem lo esquivó con la hoja, pero sólo parecía ralentizar al hombre. La capa del cochero y la camisa colgaba fuera de su cuerpo ahora en tiras rotas, mostrando claramente el caparazón de metal por debajo.


La mujer agarró a Maite, quien se lanzó a un lado. La mujer avanzó pesadamente hacia adelante y se estrelló contra el parapeto. Parecía no sentir más dolor de lo que el cochero sentía; se enderezó rígidamente y se movió hacia Maite de nuevo. El impacto pareció haber dañado su brazo izquierdo, no obstante, porque colgaba torcido a su lado. Se volvió hacia Maite con su brazo derecho, sus dedos curvándose, y la agarró por la muñeca. Su agarre era lo suficientemente apretado para hacer gritar a Maite mientras los pequeños huesos de su muñeca quemaban con dolor. Arañó la mano que la sujetaba, sus dedos hundiéndose profundamente en la piel pulida y suave. Pelándola como la piel de una fruta, las uñas de Maite rasparon contra el metal por debajo con una dureza que envió escalofríos por su espalda.



Intentó tirar su mano hacia atrás, pero sólo consiguió tirar de la mujer hacia ella; ésta estaba haciendo un ruido, haciendo sonidos de chasquidos en su garganta que sonaban desagradablemente insectívoros, y de cerca sus ojos eran negros y sin pupilas. Maite tiró su pie hacia atrás para patear…


Y allí hubo un repentino estruendo de metal sobre metal; la hoja de Jem destelló bajando con un corte limpio, cortando el brazo de la mujer por la mitad del codo. Maite, en libertad, volvió a caer, la mano sin cuerpo cayó de su muñeca, golpeando el suelo a sus pies; la mujer estaba sacudiéndose en torno a Jem, zumbando- chasqueando. Él se movió hacia delante, golpeando fuertemente a la mujer con lo plano del bastón, golpeando su espalda dando un paso, y luego otro y otro hasta que ella golpeó la baranda del puente con tanta fuerza que perdió el equilibrio. Sin un grito, cayó hundiéndose en el agua debajo; Maite corrió hacia la barandilla justo a tiempo para verla deslizarse por debajo de la superficie. No había burbujas levantándose para mostrar donde había desaparecido.

Maite giró de nuevo alrededor. Jem estaba agarrando el bastón, respirando con dificultad. Sangre corría de un corte por el lado de su rostro, pero por lo demás parecía ileso. Sostuvo su arma vagamente con una mano mientras miraba a la oscura forma jorobada en el suelo a sus pies, un forma que se movía y se sacudía, mostrando destellos de metal entre las cintas de sus desgarradas prendas de vestir. Cuando Maite se acercó vio que se trataba del cuerpo del cochero, retorciéndose y sacudiéndose. Su cabeza había sido cortada limpiamente, y una sustancia aceitosa oscura bombeaba desde el muñón de su cuello, manchando el suelo.


Jem extendió el brazo para empujar su pelo humedecido de sudor hacia atrás, embadurnando la sangre a través de su mejilla. Su mano temblaba. Vacilante, Maite le tocó el brazo. "¿Estás bien?"



Su sonrisa era débil. "Debería estar preguntándote eso." se estremeció ligeramente. "Esas cosas mecánicas, esas me enervan. Ellas…” Se interrumpió, mirando más allá de ella.


En el extremo sur del puente, moviéndose hacia ellos con bruscos movimientos entrecortados, había por lo menos media docena más de criaturas mecánicas. A pesar de las sacudidas de sus movimientos, se acercaban con rapidez, casi a toda velocidad hacia adelante. Ya estaban a un tercio del camino a través del puente.


Con un golpe seco la hoja se desvaneció de nuevo en el bastón de Jem. Cogió la mano de Maite, su voz jadeante. "Corre."



Corrieron, Maite agarrando su mano, mirando detrás una sola vez, con terror. Las criaturas habían llegado al centro del puente y se movían hacia ellos, ganando velocidad. Eran hombres, vio Maite, vestidos con el mismo tipo de abrigos de lana oscuro y sombreros de fieltro que el cochero había estado usando. Sus rostros brillaban a la luz de la luna.


Jem y Maite alcanzaron los escalones al final del puente, y Jem mantuvo un férreo agarre sobre la mano de Maite mientras se precipitaban por las escaleras. Sus botas se resbalaron en la piedra húmeda, y él la atrapó, su bastón traqueteando torpemente contra su espalda, sintió su pecho subir y caer contra el suyo, arduamente, como si él estuviera jadeando. Pero no podía estar sin respiración, ¿cierto? Era un Cazador de Sombras. El Código decía que podían correr por millas. Jem se apartó, y ella vio que su rostro estaba tirante, como si sintiera dolor. Quería preguntarle si había sido herido, pero no había tiempo. Podían oír el traqueteo de los pasos en las escaleras arriba de ellos. Sin decir una palabra Jem se apoderó de su muñeca y tiró de ella otra vez después de él.


Pasaron el Terraplén, iluminado por el resplandor de las lámparas de delfines, antes de que Jem girara a un lado y se lanzara entre dos edificios en un estrecho callejón. El callejón se inclinaba hacia arriba, lejos del río. El aire entre los edificios era húmedo y cerrado, los adoquines manchados con suciedad. La ropa lavada se agitaba como fantasmas en las altas ventanas. Los pies de Maite estaban gritando en sus botas de moda, su corazón golpeando contra su pecho, pero no ralentizándose. Podía oír las criaturas detrás de ellos, escuchar el zumbido-chasquido de sus movimientos, cada vez más cerca.


El callejón se abría a una amplia calle, y allí, alzándose ante ellos, estaba el inminente edificio del Instituto. Se lanzaron a través de la entrada, Jem liberándola mientras se daba la vuelta para golpear y bloquear la verja53 tras ellos. Las criaturas los alcanzaron justo mientras los cerrojos se deslizaban en su lugar; se estrellaron contra la verja como juguetes de cuerda incapaces de detenerse a sí mismos, haciendo sonar el hierro con un tremendo estruendo.



Maite dio marcha atrás, mirando. Las criaturas mecánicas estaban presiona das contra la verja, sus manos extendiéndose a través de los huecos en el hierro. Ella miró a su alrededor salvajemente. Jem estaba a su lado. Estaba tan blanco como el papel, una mano presionada a su lado. Ella se estiró por su mano, pero él dio un paso atrás, fuera de su alcance. "Maite." Su voz estaba quebrada. "Entra al Instituto. Tienes que estar dentro."


"¿Estás herido? Jem, ¿estás herido?"


"No." Su voz era apagada.



Un traqueteo de la verja hizo a Maite mirar hacia arriba. Uno de los hombres mecánicos tenía la mano a través de un hueco en la verja y retiraba la cadena de hierro que la mantenía cerrada. Mientras ella miraba con fascinado horror, vio que estaba arrastrando las asas de metal con tal fuerza que la piel se pelaba de sus dedos, mostrando las articuladas manos de metal debajo. Había obviamente una tremenda fuerza en esas manos. El metal se estaba combando y retorciendo en su agarre, era claramente cuestión de minutos antes de que la cadena se dividiera y rompiera.


Maite se apoderó del brazo de Jem. Tenía la piel muy caliente al tacto, podía sentirlo a través de su ropa. "Vamos."


Con un gemido la dejó tirar de él hacia la puerta principal de la iglesia, él se tambaleaba, y apoyaba en ella fuertemente, su respiración golpeteando en su pecho. Se tambalearon por las escaleras, Jem deslizándose fuera de su agarre casi en el momento en que llegaron al escalón más alto. Cayó al suelo en sus rodillas, ahogándose con la tos que rasgaba a través de él, su cuerpo estremeciéndose completamente.



La verja estalló abierta. Las criaturas mecánicas se derramaron a través de la calzada, dirigidos por el que había roto la cadena, la piel desnuda de sus manos brillando a la luz de la luna.


Recordando lo que Will había dicho, que había que tener sangre de Cazador de sombras para abrir la puerta, Maite llegó a la campanilla que colgaba junto a ella y tiró de ella, fuerte, pero no oyó sonido. Desesperada, se volvió de nuevo hacia Jem, todavía en cuclillas sobre el suelo. "¡Jem! Jem, por favor, tienes que abrir la puerta..."


Levantó la cabeza. Sus ojos estaban abiertos, pero no había color en ellos. Estaban completamente blancos, igual que mármol. Podía ver la luna reflejada en ellos.



"¡Jem!"


Intentó ponerse en pie, pero sus rodillas fallaron; se dejó caer al suelo, sangre corriendo desde las comisuras de su boca. El bastón había rodado de su mano, casi a los pies de Maite.


Las criaturas habían llegado al pie de la escalera, comenzaron a avanzar hacia arrib a, tambaleándose un poco, el de las manos despellejadas a la cabeza. Maite se arrojó contra las puertas del Instituto, golpeando sus puños contra la madera de roble. Podía oír las vacías repercusiones de sus golpes haciendo eco en el otro lado, y se desesperó. El Instituto era tan enorme, y no había tiempo.


Por fin se dio por vencida. Dio la espalda a la puerta, estaba horrorizada al ver que el líder de las criaturas había llegado a Jem, se inclinaba sobre él, el despellejado metal de sus manos en su pecho.


Con un grito agarro el bastón de Jem y lo blandió. "¡Aléjate de él!" exclamó.



La criatura se incorporó, y a la luz de la luna, por primera vez, vio su cara con claridad. Era suave, casi sin rasgos, solo hendiduras donde los ojos y la boca deberían haber estado, y sin nariz. Levantó sus manos despellejadas; estaban teñidas de negro con la sangre de Jem. Jem se quedó muy quieto, con la camisa rota, sangre acumulándose oscuramente en torno a él. Mientras Maite miraba con horror, el hombre mecánico meneo sus dedos sangrientos hacia ella, en una especie de parodia grotesca de señalar con la mano, entonces se volvió y saltó hacia abajo por las escaleras, casi echando a correr, como una araña. Se lanzó a través de la verja y se perdió de vista.


Maite se acercó a Jem, pero los otros autómatas se movieron rápidamente para bloquear su camino. Todos ellos tenían rostros en blanco como su líder, un conjunto de guerreros sin rostro, como si no hubiera habido bastante tiempo para acabar con ellos.



Con un zumbido-chasquido un par de manos de metal se estiraron por ella, y ella abrió el bastón, casi a ciegas. Éste conectó con el lado de la cabeza de un hombre mecánico. Sintió el impacto de la madera contra el metal repiqueteando por su brazo, y él se tambaleó hacia un lado, pero sólo por un momento. Su cabeza se volvió de golpe con una velocidad increíble. Ella arremetió de nuevo, el bastón golpeó en el hombro esta vez, él se tambaleó, pero otras manos destellaron, apoderándose del bastón, tirándolo de sus manos con tal fuerza que quemó la piel de sus manos. Recordó la dolorosa fuerza del agarre de Miranda, cuando el autómata que le había arrebatado el bastón lo dejó caer a través de su rodilla con fuerza impresionante.



Se rompió por la mitad con un sonido horrible. Maite dio la vuelta para correr, pero manos de metal sujetaron de los hombros, tirándola de espaldas. Ella luchó por liberarse…



53 Verja: Enrejado que sirve de puerta, ventana o, especialmente, cerca.

Y las puertas del Instituto se abrieron. La luz que brotaba de ellas la cegó momentáneamente, y no pudo ver nada más que el contorno de oscuras figuras, rodeadas de luz, derramándose desde el interior de la iglesia. Algo silbó junto a su cabeza, rozando su mejilla. Era el sonido rechinante de metal contra metal, y entonces los brazos de las criaturas mecánica se relajaron y ella cayó hacia adelante en las escaleras, asfixiándose.



Maite levantó la vista. Charlotte estaba por enci ma de ella, su rostro pálido y dispuesto, un disco de metal afilado en una mano. Otro disco a juego estaba enterrado en el pecho del hombre mecánico que la había sostenido. Él se retorcía y mecía en un círculo, como un juguete defectuoso. Chispas azules volaban de la herida en su cuello.


A su alrededor el resto de las criaturas estaban girando y dando tumbos mientras los Cazadores de Sombras convergían en ellos, Henry tirando su cuchillo serafín en un arco, rebanó el pecho de uno de los autómatas, enviándolo tambaleándose y sacudiéndose a las sombras. A su lado estaba Will, balanceando lo que parecía una especie de guadaña, una y otra vez, cortando otra de las criaturas en pedazos con tal furia que ésta envió una fuente de chispas azules. Charlotte, lanzándose por las escaleras, lanzó el segundo de sus discos que cortó a través de la cabeza de un monstruo de metal con un sonido repugnante. Él cayó al suelo, dejando escapar más chispas y aceite negro.


Las restantes dos criaturas, pareciendo pensar mejor la situación, se volvieron y se lanzaron hacia la verja. Henry se lanzó tras ellos con Charlotte sobre los talones, pero Will, dejando caer su arma, se volvió y corrió hacia la escalera. "¿Qué pasó?" gritó a Maite. Ella se quedó mirando, demasiado aturdida para contestar. Su voz se elevó, teñida con furioso pánico. "¿Estás herida? ¿Dónde está Jem?"



"No estoy herida," susurró. "Pero Jem, se desplomó. Allí." Señaló hacia donde dejó a Jem, arrugado en las sombras junto a la puerta.


La cara de Will se quedó en blanco, como una pizarra limpia de tiza. Sin mirarla de nuevo corrió escaleras arriba y se dejó caer por Jem, diciendo algo en voz baja. Cuando no hubo respuesta, Will levantó la cabeza, gritando a Thomas para que viniera a ayudarlo a llevar a Jem, y gritando algo más, algo que Maite no pudo distinguir a través de su mareo. Tal vez estaba gritándole. ¿Tal vez pensaba que todo esto era su culpa? Si ella no se hubiera puesto tan furiosa, si no se hubiera escapado y hecho que Jem la siguiera…


Una sombra oscura se alzó en la puerta iluminada. Era Thomas, serio y con el cabello despeinado, sin decir una palabra se arrodilló junto a Will. Juntos pusieron de pie a Jem, un brazo colgaba en torno a cada uno de sus hombros. Se apresuraron a entrar sin mirar hacia atrás.



Aturdida, Maite miró hacia el patio. Algo estaba extraño, diferente. Era el repentino silencio, después de todo el clamor y ruido. La destrucción de las criaturas mecánicas dejó piezas hechas añicos por el patio, el suelo estaba resbaladizo con fluido viscoso, la verja estaba abierta, y la luna brillaba completamente sobre todo tal y como había brillado sobre ella y Jem en el puente, cuando él le había dicho que era humana.

50 La Iglesia del Temple es una iglesia de finales del siglo XII situada en Londres, entre Fleet Street y el río Támesis, construida por los caballeros templarios como su sede en Londres. Es famosa por sus tumbas con efigies y por ser una iglesia redonda.


51 En 1275 se estableció en la rivera del río Támesis un convento de frailes dominicos que tenían la particularidad de vestir sobre su hábito blanco una capa negra, por ello es que se les comenzó a llamar los Blackfriars (Black: negro; Friars: Frailes). Aquí hay una especie de juego de palabras, ya que Blackfriars significa Fraile Negro, igual que se llama el puente de este capítulo e igual que como se conocen los Hermanos Silenciosos (N. del T)


52 Pared o baranda que se pone para evitar caídas, en los puentes, escaleras, etc. (N del T)
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:07 pm

15

Fango Extranjero

Ah Dios, ese amor era como una flor o una llama, Esa vida era como el nombramiento de un nombre, Esa muerte no era más lamentable que el deseo, ¡Estas cosas no eran una cosa y la misma! —Algernon Charles Swinburne, “Laus Veneris”

“Señorita Maite.” La voz era de Sophie.Maite se volvió y la vio en el marco del umbral, con un farolillo balanceándose en su mano. “¿Está bien?”


Maite se sentía lastimosamente agradecida de ver a la otra chica. Se había sentido tan sola. “No estoy herida. Henry ha ido detrás de las criaturas, sin embargo, y Charlotte…”


“Van a estar bien.” Sophie puso una mano en el codo de Maite. “Venga, vayamos adentro, señorita. Está sangrando.”



“¿Lo estoy?” Perpleja, Maite alzó sus dedos hasta tocar su frente; éstos regresaron manchados de rojo. “Debí haberme golpeado la cabeza cuando me caí contra los peldaños. Ni siquiera lo sentí.”


“Conmoción,” dijo Sophie con calma, y Maite pensó cuántas veces en su trabajo aquí Sophie tuvo que haber hecho estas cosas, vendar los cortes, o limpiar la sangre. “Vamos, y conseguiré una compresa para su cabeza.”


Maite asintió con la cabeza. Con una última mirada por encima del hombro a la destrucción en el patio, dejó que Sophie la guiara al interior del Instituto. El corto tiempo se hizo borroso. Después de que Sophie la ayudara a subir las escaleras y la sentara en un sillón en la sala, desapareció y regresó momentos después con Agatha, quien presionó una taza de algo caliente en la mano de Maite.



Maite sabía lo que era en el momento en que lo olfateó, brandy y agua. Pensó en Nate y vaciló, pero una vez que tomó unos cuantos tragos, las cosas empezaron a nadar de nuevo en foco. Charlotte y Henry volvieron, trayendo consigo el olor a metal y lucha. Con los labios apretados, Charlotte puso sus armas sobre la mesa y llamó a Will. Él no respondió, pero Thomas lo hizo, corriendo por el pasillo, con la chaqueta manchada de sangre, para decirle que Will estaba con Jem, y que Jem iba a estar bien.



“Las criaturas lo hirieron, y perdió un poco de sangre,” dijo Thomas, pasándose una mano por su pelo castaño y enmarañado. Miró hacia Sophie mientras lo decía. “Pero Will le hizo una iratze…”


“¿Y su medicina?” Preguntó Sophie rápidamente. “¿Él tenía algo de eso?”



Thomas asintió con la cabeza, y los tensos hombros de Sophie se relajaron un poco. Charlotte suavizó la mirada también. “Gracias, Thomas,” dijo ella. “¿Tal vez puedas ver si él requiere algo más?”


Thomas asintió, y se internó de nuevo por el pasillo con una última mirada por encima de su hombro a Sophie, quien pareció no darse cuenta. Charlotte se sentó en la otomana frente a Maite. “Maite, ¿puedes decirnos qué pasó?



Agarrando la taza con sus dedos fríos a pesar de su calor, Maite se estremeció. “¿Atraparon a los que escaparon? Los… lo que sea que fueran. ¿Los monstruos de metal?”


Charlotte negó con la cabeza gravemente. “Los perseguimos por las calles, pero desaparecieron una vez que llegamos al Puente de Hungerford. Henry piensa que hubo algo de magia en cuestión.”



“O un túnel secreto,” dijo Henry. “También sugerí un túnel secreto, mi querida.” Miró a Maite. Su agradable rostro estaba manchado de sangre y aceite, su chaleco a rayas brillantes estaba acuchillado y destrozado. Parecía un colegial que había estado en un mal apuro de algún tipo. “¿Los vio salir de un túnel, tal vez, Señorita Gray?”



“No,” dijo Maite, su voz a mitad de un susurro. Para suavizar la garganta, tomó otro sorbo de la bebida que Agatha le había dado, y dejó la taza antes de continuar con todo; el puente, el cochero, la persecución, las palabras de la criatura que había hablado, la forma en que habían irrumpido a través de las puertas del Instituto. Charlotte escuchó con el rostro blanco y demacrado; incluso Henry parecía sombrío. Sophie, sentada en silencio en una silla, prestó atención a la historia con la seria intensidad de una colegiala.



“Dijeron que era una declaración de guerra,” finalizó Maite. “Que venían a vengarse de nosotros… de ustedes, supongo, por lo que le sucedió a De Quincey.”


“¿Y la criatura se refirió a él como el Maestro?” preguntó Charlotte.



Maite apretó los labios con firmeza para evitar que temblaran. “Sí. Dijo que el Maestro me quería y que había sido enviado a mí para recuperarme. Charlotte, esta es mi culpa. Si no fuera por mí, De Quincey no hubiera enviado esta noche a esas criaturas, y Jem…” Miró hacia abajo a sus manos. “Tal vez deberías dejar que me tuviera.”

Charlotte estaba sacudiendo la cabeza. “Maite, has oído a De Quincey anoche. Odia a los Cazadores de sombras. Él atacaría a la Clave independientemente de ti. Y si te entregáramos a él, lo único que estaríamos haciendo es poner un arma potencialmente valiosa en sus manos.” Miró a Henry. “Me pregunto por qué esperó tanto tiempo. ¿Por qué no ir por Maite cuando había salido con Jessie? A diferencia de los demonios, estas criaturas mecánicas pueden salir durante el día.”



“Pueden,” dijo Henry, “pero no sin alarmar a la población… todavía. No lucen lo suficiente como seres humanos ordinarios para pasar sin comentarios curiosos.” Tomó un brillante mecanismo de su bolsillo y lo sostuvo en alto. “Examiné los restos de los autómatas en el patio. Éstos que De Quincey envió tras Maite en el puente no son como el de la cripta. Son más sofisticados, hechos con metales más resistentes, y con una estructura más avanzada. Alguien ha estado trabajando en el diseño de los planos encontrados por Will, refinándolos. Las criaturas son más rápidas ahora, y más letales.”


Pero, ¿qué tan refinados? “Fue un hechizo.” Dijo Maite rápidamente. “En el plano. Magnus lo descifró..."


“El hechizo vinculante. Consiste en vincular una energía demoniaca a un autómata.” Charlotte miró a Henry. “¿De Quincey pudo…?"



“¿Lograr su realización?” Henry negó con la cabeza. “No. Esas criaturas son simplemente configuradas a seguir un patrón, como cajas de música. Pero no son animados. No tienen inteligencia o voluntad o vida. Y no hay nada demoníaco en ellos.”


Charlotte exhaló en alivio. “Tenemos que encontrar a De Quincey antes de que tenga éxito en su objetivo. Estas criaturas son bastante difíciles de matar. El Ángel sabe cuántos de ellos ha hecho, o lo difícil que sería matarlos si tuvieran la astucia de los demonios.”


“Un ejército nacido ni del Cielo ni del Infierno.” Dijo Maite en voz baja.



“Exactamente,” dijo Henry. “De Quincey tiene que ser encontrado y detenido. Y mientras tanto, Maite, debes permanecer en el Instituto. No es que queramos mantenerte como prisionera aquí, pero sería más seguro si permanecieras dentro.”


“¿Pero por cuánto…?”Maite comenzó, y se interrumpió, cuando la expresión de Sophie cambió. Estaba mirando algo por encima del hombro de Maite, de pronto sus ojos color avellana se ensancharon.


Maite siguió su mirada.



Era Will. Estaba de pie en la puerta del salón. Había una línea de sangre en su camisa blanca; parecía pintura. Su rostro estaba tranquilo, casi como una máscara, su mirada se fijó en Maite. A me dida que sus ojos se encontraban a través de la habitación, ella sintió el salto de su pulso en la garganta.



“Él quiere hablar contigo.” Dijo Will.


Hubo un momento de silencio cuando todo el mundo en la sala lo miró. Había algo intimidante en la intensidad de la mirada de Will, la tensión de su quietud. Sophie tenía la mano en la garganta, los dedos nerviosamente revoloteando a su cuello.


“Will.” Charlotte dijo finalmente. “¿Te refieres a Jem? ¿Está bien?”



“Está despierto y hablando,” dijo Will. Su mirada se deslizó por un momento a Sophie, quien había bajado la mirada, como si quisiera ocultar su expresión. “Y ahora quiere hablar con Maite.”


“Pero...” Maite miró hacia Charlotte, que parecía preocupada. “¿Está bien? ¿Está lo suficientemente bien?”


La expresión de Will no cambió. “Él quiere hablar contigo,” dijo, pronunciando cada palabra con mucha claridad. “Así que te levantarás, y vendrás conmigo, y hablarás con él ¿Entiendes?”



“Will,” Charlotte comenzó bruscamente, pero Maite ya se estaba levantando, alisándose la falda arrugada con la palma de sus manos. Charlotte miró preocupada hacia ella, pero no dijo nada más.


Will estuvo totalmente en silencio mientras se abrían paso por el pasillo, los candelabros de luz mágica lanzaban sus sombras contra las paredes lejanas en delgadas figuras. Había aceite negruzco, tanto como salpicaduras de sangre en su camisa blanca, manchas en la mejilla, su pelo estaba enredado, su mandíbula tensa. Se preguntó si había dormido algo desde el amanecer, cuando ella lo había dejado en el ático. Quería preguntarle, pero todo en él, su postura, su silencio, la posición de sus hombros; decía que ninguna pregunta sería bienvenida.


Abrió la puerta del cuarto de Jem y la condujo por delante de él. La única luz en la habitación venía de la ventana y de un candelabro de luz mágica sobre la mesita de noche. Jem estaba mitad bajo las sábanas de la alta cama tallada. Estaba tan blanco como su camisa de dormir, los párpados de sus ojos cerrados eran de azul oscuro. Apoyado en el lado de la cama estaba su bastón con cabeza de jade. De alguna manera había sido reparado y estaba entero otra vez, reluciente, como nuevo.



Jem volvió la cara hacia el sonido de la puerta, sin abrir los ojos. “¿Will?”


Will hizo algo que luego asombró a Maite. Obligó a su rostro a hacer una sonrisa, y dijo, en un tono pasablemente alegre, “la traje, como lo habías pedido.”



Los ojos de Jem se abrieron con rapidez; Maite se sintió aliviada al ver que habían vuelto a su color habitual. Aún así, tenían el aspecto de agujeros sombreados en su rostro pálido.


“Maite,” dijo. “Lo siento mucho.”



Maite miró a Will, por permiso u orientación, no estaba segura, pero él miraba fijamente al frente. Estaba claro que no sería de ayuda. Sin dirigirle otra mirada, se apresuró a través de la habitación y se sentó en la silla al lado de la cama de Jem. “Jem,” dijo en voz baja, “no deberías lamentarte, o pedirme perdón. Yo debería ser la que pida disculpas. Tú no hiciste nada malo. Yo era el objetivo de esas cosas mecánicas, no tú.” Acarició suavemente la colcha; queriendo tocar su mano, pero sin atreverse a hacerlo. “Si no fuera por mí, nunca habrías salido herido.”


“Herido.” Jem dijo la palabra en una exhalación de aliento, casi con asco. “Yo no resulté herido.”



“James.” El tono de Will mantuvo una nota de advertencia.


“Ella debe saber, William. De lo contrario pensará que todo esto fue culpa de ella.”



“Estabas enfermo,” dijo Will, sin mirar a Maite mientras hablaba. “No es culpa de nadie.” Hizo una pausa. “Sólo creo que deberías tener cuidado. No estás recuperado todavía. Hablar sólo te cansará.”


“Hay cosas más importante que ser cuidadoso.” Jem luchó por incorporarse, los tendones en su cuello tensándose al momento que se levantó, apoyando la espalda contra las almohadas. Cuando volvió a hablar, estaba un poco sin aliento. “Si no te gusta, Will, no tienes que quedarte.”


Maite oyó que la puerta se abría y se cerraba detrás de ella con un suave clic. Sabía sin mirar, que Will se había ido. No pudo evitarlo; una leve punzada le atravesó, la forma en que siempre parecía pasarle cuando él salía de una habitación.



Jem suspiró. “Es tan terco.”


Estaba en lo cierto,” dijo Maite. “Por lo menos, tenía razón en que no hace falta que me digas cualquier “cosa que no desees. Sé que nada de eso fue tu culpa.”


“La culpa no tiene nada que ver con eso,” dijo Jem. “Creo que también deberías saber la verdad. Ocultar rara vez ayuda en algo.” Miró hacia la puerta por un momento, como si sus palabras fueran medio destinadas para el ausente Will. Luego volvió a suspirar, pasando las manos por su pelo. “¿Tú sabes,” dijo, “que la mayoría de mi vida he vivido en Shanghai con mis padres? ¿Qué me crié en el Instituto de allí?”


“Yanluo,” dijo Jem. Había odio en su voz. “El demonio tenía un rencor contra mi madre. Ella había sido responsable de la muerte de un número de sus descendientes demonios. Habían tenido un nido en un pequeño pueblo llamado Lijiang, donde habían estado alimentándose de niños locales. Ella quemó el nido y se escapó antes de que el demonio la encontrara. Yanluo esperó la hora propicia durante años; los Grandes Demonios viven para siempre, pero nunca lo olvidó. Cuando yo tenía once años, Yanluo encontró un punto débil en la defensa que protegía el Instituto, y se introdujo. El demonio mató a los guardias y tomó presa a mi familia, atándonos a todos a las sillas en la gran sala de la casa. Luego se puso a trabajar.



Yanluo me torturó delante de mis padres," continuó Jem, con la voz vacía. “Una y otra vez me inyectó un veneno de demonio ardiente que me quemó las venas y rompió en mi mente. Durante dos días entraba y salía de alucinaciones y sueños. Vi el mundo ahogarse en ríos de sangre, y oí los gritos de todos los muertos y los moribundos a lo largo de la historia. Vi a Londres quemándose, y las grandes criaturas de metal dando zancadas de aquí para allá como arañas enormes…” Contuvo el aliento. Estaba muy pálido, el camisón pegado a su pecho por el sudor, pero despidió con un gesto la expresión de preocupación de Maite. “Cada pocas horas volvía a la realidad, el tiempo suficiente para oír a mis padres gritando por mí. Luego en el segundo día, volví y sólo oí a mi madre. Mi padre había sido silenciado. La voz de mi madre era salvaje y quebrada, pero ella seguía diciendo mi nombre. No era mi nombre en inglés, sino el nombre que me había dado cuando nací: Jian. Todavía puedo oír su voz a veces, llamándome.”



Tenía las manos apretadas sobre la almohada que sostenía, lo suficientemente apretadas que el tejido había empezado a romperse.


“Jem,” Maite dijo suavemente. “Puedes parar. No es necesario que me cuentes todo ahora.”


“¿Te acuerdas cuando dije que Mortmain probablemente había hecho dinero con el contrabando de opio?” preguntó. “Los británicos llevan opio a China por tonelada. Han hecho de nosotros una nación de adictos. En chino lo llamamos „fango extranjero‟ o „humo negro.‟ De alguna manera, Shanghai, mi ciudad, está construida en opio. No existiría como lo hace sin él. La ciudad está llena de escondites donde los hombres con los ojos hundidos mueren de hambre porque lo único que quieren es la droga, más de la droga. Darían cualquier cosa por ella. Yo solía despreciar a los hombres así. No podía entender cómo eran tan débiles.”



Él respiró hondo.



tan bien como pudieron. Aunque hubo una cosa que no pudieron solucionar. Me había hecho adicto a la sustancia con la que el demonio me había envenenado. Mi cuerpo era dependiente a ella de la manera que el cuerpo de un adicto al opio es dependiente de la droga. Trataron de alejarme de ella, pero estar sin eso me causó un terrible dolor. Incluso cuando fueron capaces de bloquear el dolor con los hechizos de brujos, la falta de la droga empujó mi cuerpo al borde de la muerte. Después de semanas de experimentación, decidieron que no había nada por hacer: no podría vivir sin la droga. La droga en sí significaba una muerte lenta, pero quitármela significaría una muy rápida.”


“¿Semanas de experimentación?” Maite repitió. “¿Cuando sólo tenías once años? Eso parece cruel.”


“La bondad, la real bondad, tiene su propio tipo de crueldad,” dijo Jem, mirando más allá de ella. “Allí, a tu lado en la mesa de noche, hay una caja. ¿Puedes dármela?



Maite levantó la caja. Estaba hecha de plata, con incrustaciones en su tapa con una escena de esmalte que representaba a una mujer delgada de ropas blancas, descalza, vertiendo el agua de un florero en una corriente. “¿Quién es ella?” Le preguntó, entregando la caja a Jem.


“Kwan Yin. La diosa de la misericordia y la compasión. Dicen que escucha cada oración y cada grito de sufrimiento y hace lo que puede para responderlo. Pensé que tal vez si guardaba la causa de mi sufrimiento en una caja con su imagen en ella, podría hacer que ese sufrimiento disminuyera.” Movió la hebilla para abrir la caja y la tapa se deslizó hacia atrás. Dentro había una gruesa capa de lo que Maite pensó en un principio que era ceniza, pero el color era demasiado brillante. Era una capa espesa de polvo plateado casi del mismo plateado brillante que el color de los ojos de Jem.


“Esta es la droga,” dijo. “Viene de un brujo distribuidor que conocemos en Limehouse. Tomo parte de ella todos los días. Es por lo que parezco tan… tan fantasmal; es lo que drena el color de mis ojos y el pelo, hasta de mi piel. A veces me pregunto si mis padres siquiera me reconocerían...” Su voz se fue apagando. “Si tengo que luchar, tomo más. Tomar menos me debilita. No había tomado nada hoy antes de que fuéramos al puente. Es por eso que me desplomé. No por las criaturas mecánicas. Por causa de la droga. Sin nada en mi sistema, la lucha, el correr, fue demasiado para mí. Mi cuerpo empezó a alimentarse de sí mismo, y colapsé.” Cerró la caja de un golpe, y se la devolvió a Maite. “Toma. Ponla de nuevo donde estaba.”



“¿No necesitas nada?”


“No. Ya he tomado suficiente esta noche.”


“Dijiste que la droga significaba una muerte lenta,” dijo Maite. “Entonces, ¿significa que la droga te está matando?”



Jem asintió con la cabeza, con mechones de pelo brillante cayendo sobre su frente.



Maite sintió que su corazón saltaba con un latido doloroso. “Y cuando luchas, tomas más. Así que, ¿por qué no dejas de luchar? Will y los otros…”


“Entenderían,” Jem terminó por ella. “Sé que lo harían. Pero hay más en la vida que no morir. Soy un Cazador de sombras. Es lo que soy, no sólo lo que hago. No puedo vivir sin ello.”



“Significa que no quieres.”


Will, pensó Maite, se habría enfadado si le hubiera dicho eso a él, pero Jem simplemente la miró con atención. “Significa que no quiero hacerlo. Durante mucho tiempo he buscado una cura, pero finalmente me detuve, y le pedí a Will y al resto que se detuvieran también. Yo no soy ésta droga, o su dominio sobre mí. Creo que soy mejor que eso. Que mi vida es algo más que eso, más allá de cómo y cuándo pueda terminar.”


“Bueno, no quiero que mueras,” dijo Maite. “No sé por qué lo siento tan fuerte… recién te conozco… pero no quiero que te mueras.”



“Y confío en ti,” dijo. “No sé por qué, recién te conozco… pero lo hago.” Sus manos ya no estaban aferrando la almohada, sino que yacían flojas y quietas en la superficie con borlas. Eran unas manos delgadas, los nudillos eran un poco grandes para el resto de ellas, los dedos afilados y finos, una gruesa cicatriz blanca corría por la parte posterior de su pulgar derecho. Maite quería deslizar su mano sobre la suya, quería sujetarlo firmemente y consolarlo…



“Bueno, todo esto es muy conmovedor.” Era Will, por supuesto, que había entrado silenciosamente en la habitación. Se había cambiado su camisa ensangrentada, y parecía haberse lavado de forma apresurada. Su cabello lucía húmedo, su cara restregada, aunque los bordes de sus uñas seguían negros con suciedad y aceite. Miró de Jem a Maite, con el rostro cuidadosamente vacío. “Veo que le contaste.”



“Lo hice.” No había nada desafiante en el tono de Jem: él nunca miró a Will de otra forma más que con afecto, pensó Maite, sin importar lo provocante que fuese Will. “Está hecho. No es necesario que te sigas preocupando al respecto.”


“No estoy de acuerdo,” dijo Will. Le dio a Maite una mirada afilada. Ella recordó lo que había dicho acerca de no cansar a Jem, y se levantó de su silla.



Jem le dirigió una mirada melancólica. “¿Tienes que irte? Más bien tenía la esperanza de que te quedaras y fueses un ángel guardián, pero si debes irte, hazlo.”


“Yo me quedaré,” dijo Will un poco enfadado, y se echó en la silla que Maite acababa de desocupar. “Puedo atender angelicalmente.”

“No demasiado convincente. Y no eres tan bonito de ver como lo es Maite,” dijo Jem, cerrando los ojos mientras se apoyaba contra la almohada.


“Qué grosero. Muchos de los que se han fijado en mí me han comparado con la experiencia de contemplar el resplandor del sol.”


Jem todavía tenía los ojos cerrados. “Si se referían a que te da jaqueca, no se equivocan.”



“Además,” dijo Will, con los ojos en Maite, “es justo mantener a Maite con su hermano. No ha tenido la oportunidad de verlo desde esta mañana.”


“Eso es cierto.” Los ojos de Jem se abrieron de repente por un momento; eran de plata negra, oscuros con el sueño. “Mis disculpas, Maite. Casi lo olvido.”


Maite no dijo nada. Estaba demasiado ocupada siendo horrorizada porque Jem no era el único que casi se había olvidado de su hermano. No pasa nada, quería decir, pero los ojos de Jem estaban cerrados de nuevo, y pensó que podía estar dormido. Mientras miraba, Will se inclinó hacia delante y corrió las mantas, cubriendo el pecho de Jem.



Maite se dio la vuelta y salió lo más silenciosamente que pudo.


La luz en los pasillos ardía en su punto más bajo, o tal vez simplemente había estado más brillante en la habitación de Jem. Maite se detuvo por un momento, parpadeando, hasta que sus ojos se adaptaron. Dio un respingo. “¿Sophie?”


La otra chica era una serie de manchas pálidas en la penumbra, su cara pálida, y la gorra blanca colgando de su mano por uno de sus lazos.



“¿Sophie?” Dijo Maite. “¿Pasa algo malo?”


“¿Él está bien?” preguntó Sophie, con una extraña y pequeña obstrucción en su voz. “¿Va a estar bien?”


Demasiado sobresaltada para dar sentido a su pregunta, Maite dijo: “¿Quién?”



Sophie la miró fijamente, con los ojos mudamente trágicos. “Jem.”


No Sr. Jem, o Sr. Carstairs. Jem. Maite la miró con total asombro, recordando repentinamente. Está bien amar a alguien que no corresponde su amor, en tanto que sean dignos de ese amor. En tanto lo merezcan.


Por supuesto, pensó Maite. Soy tan estúpida. Es Jem del que está enamorada.



“Él está bien,” dijo tan suave como pudo. “Está descansando, pero estaba sentado y hablando. Pronto estará completamente recuperado, estoy segura. Quizás si deseas verlo…”


“¡No!” Exclamó Sophie de inmediato. “No, eso no sería justo ni apropiado.” Sus ojos

brillaban. “Estoy muy agradecida con usted, señorita. Yo…”



Se volvió entonces, y se alejó con prisa por el pasillo. Maite la siguió con la vista, preocupada y perpleja. ¿Cómo no había podido verlo antes? ¿Cómo podía haber estado tan ciega? Qué extraño tener el poder de transformarte literalmente en otra persona, y sin embargo ser tan incapaz de ponerte en su lugar.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:08 pm

***

La puerta hacia la habitación de Nate estaba ligeramente abierta; Maite la empujó para abrirla por completo tan silenciosamente como pudo, y se introdujo en ella.


Su hermano era una pila de mantas. La luz de la vela parpadeante de la mesita de noche iluminó su pelo rubio esparcido en la almohada. Sus ojos estaban cerrados, su pecho subiendo y bajando regularmente.


En la silla junto a la cama se encontraba Jessamine. Ella también estaba dormida. Su cabello rubio estaba escapándose del rodete cuidadosamente arreglado, los rizos cayendo sobre sus hombros. Alguien había echado una pesada manta de lana encima de ella, y sus manos la aferraban, atrayéndola contra su pecho, parecía más joven de lo que Maite la había visto jamás, y vulnerable. No había nada en ella de la chica que había matado el duende en el parque.



Era tan extraño, pensó Maite, lo que despertaba la ternura en la gente. Nunca era lo que hubieras esperado. Tan silenciosamente como pudo, se apartó, cerrando la puerta tras ella.



Maite durmió muy mal esa noche. Despertándose a menudo en medio de sueños de criaturas mecánicas viniendo por ella. Estirando sus largas manos de estructura metálica para atraparla y desgarrar su piel. Finalmente eso se disolvió en un sueño de Jem, quien yacía dormido en una cama mientras polvo de plata llovía sobre él, encendiendo la colcha bajo la que él estaba, hasta que al final toda la cama ardió, y Jem dormía tranquilamente en ella, inconsciente de los gritos de advertencia de Maite.



Por último, soñó con Will, estaba de pie en la cima de la cúpula de San Pablo54, solitario bajo la luz de la blanca, blanca luna. Vestía una chaqueta de frac negra, y las Marcas en su piel se dejaban ver con claridad sobre su cuello y manos bajo el brillo del cielo. Bajó la mirada hacia Londres como un ángel malvado comprometido a salvar la ciudad de sus peores sueños, mientras debajo de él, Londres dormía, indiferente e inconsciente.



Maite fue arrancada de sus sueños por una voz en su oído, y una mano sacudiendo enérgicamente su hombro. “¡Señorita!” Era Sophie, con la voz aguda. “Señorita Gray, simplemente debe despertarse. Es su hermano.”



Maite se levantó con rapidez, desparramando almohadas. La luz de la tarde se vertía a través de las ventanas de la habitación, iluminando la sala; y el rostro preocupado de Sophie. “¿Nate está despierto? ¿Se encuentra bien?”



“Sí…quiero decir, no. Quiero decir, no lo sé, señorita.” Había una pequeña presión en la voz de Sophie. “Verá, está desaparecido.

16

El Hechizo Vinculante

Y una vez, o dos, para tirar los dados Es un juego caballeroso, Sin embargo, no gana quien juega con Pecado En la Casa Secreta de la Vergüenza. —Oscar Wilde, “La Balada de la Lectura Encarcelada”

“¡Jessamine! Jessamine, ¿qué pasa? ¿Dónde está Nate?” Jessamine, quien estaba de pie justo fuera de la habitación de Nate, se volvió de cara a Maite mientras ella se apresuraba por el corredor. Los ojos de Jessamine estaban enrojecidos, su expresión enfadada.


Rizos sueltos de cabello rubio se salían de su usualmente lazo bien anudado en la parte trasera de su cabeza. “No lo sé,” estalló. “Me quedé dormida en la silla junto a la cama, y cuando desperté, se había ido… ¡sólo ido!” entrecerró los ojos. “Dios mío, te ves horrible.”


Maite echó una mirada sobre sí misma. No se había molestado con faldas, o incluso zapatos. Sólo se había lanzado en un vestido y deslizado sus pies descalzos en pantuflas. Su cabello estaba desparramado alrededor de sus hombros, e imaginó que probablemente se parecía a la loca que el Sr. Rochester mantenía en su ático en Jane Eyre55. “Bueno, Nate no pudo haber ido muy lejos, no con lo enfermo que estaba,” dijo Maite. “¿Alguien está buscándolo?”


Jessamine alzó las manos. “Todos lo están buscando. Will, Charlotte, Henry, Thomas, incluso Agatha. ¿No creo que quieras sacar de la cama al pobre Jem y hacerlo partícipe de la partida de búsqueda también?”


Maite sacudió la cabeza. “Honestamente, Jessamine…” Se interrumpió, dándose la vuelta. “Bueno, iré a buscar también. Puedes quedarte aquí si quieres.”



“Quiero.” Jessamine sacudió la cabeza cuando Maite giró y se marchó por el corredor, su mente girando. ¿Dónde demonios pudo haber ido Nate? ¿Habría estado febril, delirante? ¿Se había levantado de la cama sin saber donde estaba y se había tambaleado buscándola? El pensamiento hizo que el corazón de le apretara. El Instituto era un laberinto desconcertante, pensó mientras giraba en otra esquina ciega a otro corredor revestido con tapices. Si apenas podía encontrar su camino incluso ahora, cómo podía Nate posiblemente…



“¿Señorita Gray?” Maite giró y vio a Thomas emergiendo de una de las puertas a lo largo del corredor. Estaba en mangas de camisa, su cabello alborotado como de costumbre, sus ojos castaños muy serios. Sintió quedarse inmóvil. Oh, Dios, son malas noticias. “¿Si?”



Encontré a su hermano,” dijo Thomas, para el asombro de Maite.



“¿Lo hiciste? ¿Pero dónde está?”


“En el salón. En un escondite, detrás de las cortinas, ahí estaba.” Thomas habló de prisa, viéndose avergonzado. “Al minuto en que me vio, se fue de cabeza. Comenzó a chillar y gritar. Intentando pasar más allá de mí, y estuve a punto de darle una nueva herida para que se callara…” Ante la mira de incomprensión de Maite, Thomas se detuvo, y aclaró su garganta. “Es decir, tengo miedo de haberlo asustado, señorita.”



Maite puso su mano sobre su boca. “Oh, querido. ¿Pero él está bien?”


Parecía que Thomas no sabía muy bien donde mirar. Estaba avergonzado de haber encontrado a Nate encogido detrás de las cortinas de Charlotte, pensó Maite, y sintió una ola de indignación en nombre de Nate. Su hermano no era un Cazador de Sombras; no había crecido matando cosas y arriesgando su vida. Por supuesto que estaba aterrorizado. Y probablemente estaba delirando con fiebre, encima de todo. “Será mejor que vaya a verlo. Yo sola, ¿entiendes? Creo que necesita ver un rostro familiar.”


Thomas se vio aliviado. “Sí, señorita. Y esperaré aquí, sólo por ahora. Sólo déjeme saber cuando quiera llamar a los otros.”



Tessa asintió y se movió más allá de Thomas para empujar la puerta abriéndola. El salón estaba oscuro, la única iluminación era la luz gris de la tarde que se derramaba a través de las altas ventanas. En las sombras los sofás y sillones esparcidos alrededor de la habitación parecían bestias acuclilladas. En uno de los grandes sillones junto al fuego se sentaba Nate. Había encontrado los ensangrentados pantalones y camisa que había estado usando en lo de De Quincey, y se los había puesto. Sus pies estaban desnudos. Se sentaba con sus codos en sus rodillas, su rostro en sus manos. Se veía miserable.


“¿Nate?” dijo Maite suavemente.


Ante eso miró hacia arriba… y se puso de pie, una mirada de incrédula felicidad en su rostro. “¡Maitecita!”



Con un pequeño grito, Maite se precipitó a través de la habitación y lanzó sus brazos alrededor de su hermano, abrazándolo fuertemente. Lo oyó dar un pequeño gemido de dolor, pero puso sus brazos alrededor de ella también, y por un momento, abrazándolo, Maite estuvo de vuelta en la pequeña cocina de su tía en Nueva York, rodeados con el olor de lo que cocinaban y la suave risa de su tía mientras los regañaba por hacer mucho ruido.



Nate se alejó primero, y la miró hacia abajo. “Dios, Maitecita, te ves tan diferente…”


Un escalofrío pasó a través de ella. “¿Qué quieres decir?”


Él palmeó su mejilla, casi ausentemente. “Mayor,” dijo. “Solvente. Eras una pequeña niña de cara redonda cuando dejé Nueva York, ¿no? ¿O es sólo la forma en la que te recuerdo?



Maite le aseguró a su hermano que todavía era la misma hermana pequeña que siempre había conocido, pero su mente sólo estaba parcialmente comprometida con su pregunta. No podía evitar mirarlo preocupadamente; ya no se veía gris, pero seguía estando pálido, y moretones se destacaban en parches azules, negros y amarillos en su rostro y cuello. “Nate…”


“No es tan malo como parece,” dijo, leyendo la ansiedad en su rostro.


“Sí, lo es. Deberías estar en cama, descansando. ¿Qué estás haciendo aquí?” “Estaba intentando encontrarte. Sabía que estabas aquí. Te vi, antes de que el bastardo calvo y sin ojos me tuviera. Me imaginé que te habían aprisionado también. Estaba intentando sacarnos de aquí.”



“¿Aprisionada? Nate, no, no es así.” Sacudió la cabeza. “Estamos seguros aquí.”


Él estrechó los ojos hacia ella. “Este es el Instituto, ¿no? Fui advertido acerca de este lugar. De Quincey dijo que estaba regido por locos, monstruos que se llamaban a sí mismos Nefilim. Dijo que mantenían las almas condenadas encerradas en unos tipos de cajas, gritando…”


“¿Qué, las Pyxis? ¡Retiene partes de energía demoniaca, Nate, no almas de hombres! Son perfectamente inofensivas. Te la mostraré más tarde, en la sala de armas, si no me crees.”



Nate no parecía menos sombrío. “Dijo que si los Nefilim ponían sus manos en mí, me separarían parte por parte, por romper sus Leyes.”


Un escalofrío pasó por la columna de Maite; se apartó de su hermano, y vio que una de las ventabas del salón estaba abierta, las cortinas ondeando en la brisa. Así que su escalofrío había sido más que sólo nervios. “¿Tú abriste la ventana? Está muy frío aquí, Nate.”


Nate sacudió la cabeza. “Estaba abierta cuando entré.”


Meneando la cabeza, Maite fue a través de la habitación y cerró la ventana. “Conseguirás tu muerte…”



“ No importa mi muerte,” dijo Nate irritablemente. “¿Qué pasa con los Cazadores de Sombras? ¿Me estás diciendo que no te mantienen prisionera aquí?”


“No.” Maite se dio la vuelta de la ventana. “No lo hacen. Son personas desconocidas, pero los Cazadores de Sombras han sido amables conmigo. Yo quería quedarme aquí. Han sido lo suficientemente generosos para dejarme.”


Nate sacudió la cabeza. “No entiendo.”



Maite sintió una chispa de enfado, la cual la sorprendió; la empujó de vuelta. No era la culpa de Nate. Había mucho que él no sabía. “¿Dónde más iba a ir, Nate?” preguntó, cruzando la habitación hacia él y tomando su brazo. Lo condujo de vuelta al sillón. “Siéntate. Te estás agotando.”


Nate se sentó obedientemente, y la miró hacia arriba. Había una mirada distante en sus ojos. Maite conocía esa mirada. Significaba que estaba trazando, tramando algún loco plan, soñando un sueño ridículo. “Todavía podemos escapar de este lugar,” dijo. “Llegar a Liverpool, subirnos a un barco de vapor. Volver a Nueva York.”


“¿Y hacer qué?” dijo Maite tan gentilmente como pudo. “No hay nada ahí para nosotros. No con la Tía muerta. Tuve que vender todas nuestras cosas para pagar por el funeral. El apartamento se ha ido. No había dinero para el alquiler. No hay lugar para nosotros en Nueva York, Nate.”



“Haremos un lugar. Una nueva vida.”

Maite miró a su hermano con tristeza. Le dolía verlo así, su rostro lleno de súplica desesperada, moretones floreciendo en sus pómulos como feas flores, su cabello rubio todavía enmarañado con sangre en algunos lugares. Nate no era como las otras personas, Tía Harriet siempre lo dijo. Había una hermosa inocencia en él que tenía que ser protegida a toda costa.


Y Maite lo intentó. Ella y su tía le habían escondido a Nate sus propias debilidades, las consecuencias de sus propios defectos y fallas. Nunca diciéndole del trabajo que Tía Harriet había tenido que hacer para reponer el dinero que él había perdido en el juego, de las burlas que Tessa había tenido que soportar de los otros niños, llamando borracho a su hermano, un derrochador. Le habían escondido estas cosas para evitar que fuera herido. Pero había sido herido de todas formas, pensó Maite. Tal vez Jem tenía razón. Tal vez la verdad era siempre lo mejor.


Sentándose en la otomana56 opuesta a su hermano, lo miró firmemente “No puede se así, Nate. No aún. Este lío en el que estamos ahora, nos seguirá incluso si corremos. Y si corremos, estaremos solos cuando nos encuentre. No habrá nadie para ayudarnos o protegernos. Necesitamos al Instituto, Nate. Necesitamos a los Nefilim.”



Los ojos azu les de Nate estaban aturdidos. “Supongo que sí,” dijo, y la frase golpeó a Maite quien no había escuchado nada más que voces Británicas por casi dos meses, era tan Americana que se sintió nostálgica. “Es por mí que estás aquí. De Quincey me torturó. Me hizo escribir esas cartas, enviarte ese billete. Me dijo que no te haría daño una vez que te tuviera, pero entonces nunca me dejó verte, y pensé… pensé…” levantó la cabeza y la miró. “Debes odiarme.”


La voz de Maite fue firme. “Nunca podría odiarte. Eres mi hermano. Mi sangre.”


“¿Crees que cuando todo esto acabe podamos volver a casa?” preguntó Nate. “¿Olvidar que todo esto alguna vez pasó? ¿Vivir vidas normales?”



Vivir vidas normales. Las palabras conjuraron una imagen de sí misma y Nate en algún pequeño y soleado apartamento. Nate podría encontrar otro trabajo, y por la noche ella podría cocinar y limpiar para él, mientras en los fines de semana podían pasear en el parque o tomar el tren a Coney Island57 y montar el carrusel, o ir a lo más alto de la Torre de Hierro y ver los fuegos artificiales explotar en la noche sobre el Hotel Manhattan Beach. Habría sol real, no como esta gris versión aguada del verano, y Tessa podría ser una chica común, con su cabeza en un libro y sus pies plantados firmemente en el familiar pavimento de la Ciudad de Nueva York.


Pero cuando intentó retener esta imagen mental en su cabeza, la visión pareció desmoronarse y caer lejos de ella, como una telaraña cuando tratas de levantarla completamente en tus manos.


Vio el rostro de Will, el de Jem, y el de Charlotte, incluso el de Magnus mientras decía, Pobre. Ahora que sabe la verdad, nunca podrá volver atrás. “Pero no somos normales,” dijo Maite. “Yo no soy normal. Y tú sabes eso, Nate.”



Él miró hacia el piso. “Lo sé.” Hizo un pequeño gesto impotente con su mano. “Así que es verdad. Eres lo que De Quincey dijo que eras. Mágica. Dijo que tenías el poder de cambiar de forma, Maetecita, de convertirte en lo que quieras ser.”


“¿Le creíste alguna vez? Es verdad… bueno, casi verdad, pero al principio difícilmente lo creí por mí misma. Es tan extraño…”


“He visto cosas extrañas.” Su voz fue hueca. “Dios, debería haber sido yo.”



Maite frunció el ceño. “¿Qué quieres decir?”



Pero antes de que él pudiera contestar, la puerta se abrió. “Señor ita Gray.” Era Thomas, viéndose compungido. “Señorita, el Sr. Will está…”


“El Sr. Will está aquí.” Era Will, esquivando ágilmente a Thomas, a pesar de la corpulencia del otro chico. Todavía estaba en las mismas ropas en que se había cambiado la noche anterior, y se veían arrugadas. Maite se preguntó si había dormido en la silla de la habitación de Jem. Había sombras azul grisáceas bajo sus ojos, y se veía cansado, aunque sus ojos brillaban— ¿Con alivio? ¿Diversión?Maite no podría decirlo—mientras su mirada caía sobre Nate.


“Nuestro vagabundo, encontrado al fin,” dijo. “¿Thomas me contó que se estaba escondiendo detrás de las cortinas?”



Nate miró a Will débilmente. “¿Quién es usted?”


Maite hizo las presentaciones rápidamente, aunque ninguno de los chicos parecía feliz de conocer al otro. Nate todavía se veía como si estuviera muriendo, y Will estaba observando a Nate como si fuera un nuevo descubrimiento científico, y no uno muy atractivo.


“Así que es un Cazador de Sombras,” dijo Nate. “De Quincey me dijo que muchos eran monstruos.”



“¿Eso fue antes o después de que intentara comérselo?” preguntó Will.


Maite se puso rápidamente de pie. “Will. ¿Puedo hablar contigo en el pasillo un momento, por favor?”


Si ella esperaba resistencia, no la obtuvo. Después de una última mirada hostil a Nate, Will asintió y salió con ella silenciosamente al pasillo, cerrando la puerta del salón tras él. La iluminación en el corredor sin ventanas era variable, la luz mágica emitía discretos posos brillantes de luz, que no se llegaban a tocar uno al otro. Will y Maite se pararon en las sombras entre dos de los posos, mirándose el uno al otro con… cautela, pensó Maite, como gatos furiosos dando vueltas en un callejón.



Fue Will quien rompió el silencio. “Muy bien. Me tienes solo en el corredor…”



“Quieres que me disculpe, ¿verdad?” dijo Will. “¿Por lo que pasó en el ático?”



Maite, desprevenida, parpadeó. “¿El ático?”


“Quieres que diga que siento haberte besado.”



Ante las palabras, el recuerdo se levantó de nuevo en Maite con una inesperada claridad; los dedos de Will en su cabello, el toque de sus manos en su guante, su boca en la de ella. Se sintió ruborizar y esperó furiosamente que eso no fuera visible en la oscuridad. “Que… no. ¡No!”



“Así que no quieres que lo lamente,” dijo Will. Ahora estaba sonriendo muy ligeramente, el tipo de sonrisa que un niño pequeño dirigiría sobre el castillo que acaba de construir con bloques de juguete, antes de destruirlo agitando su brazo.



56 Una otomana es un tipo de sofá que tiene generalmente cabeza pero no parte posterior, aunque a veces no tiene ni lo uno ni lo otro.

57 Coney Island es una península, antaño una isla en el extremo sur de Brooklyn, Nueva York, Estados Unidos, con una gran playa sobre el Océano Atlántico. El barrio homónimo es una comunidad de 60.000 habitantes al oeste de la península, con el puente de Seagate al occidente, Brighton Beach y Manhattan Beach al este, y Gravesend al norte. El área fue una gran estación turística con parques de atracciones que tuvieron su auge a principios del Siglo XX.

“No me importa si lo lamentas o no,” dijo Maite. “Eso no era de lo que quería hablarte. Quería decirte que fueras amable con mi hermano. Ha pasado por un terrible calvario. No necesita ser interrogado como algún tipo de criminal.”


Will respondió más tranquilamente de lo que Maite pudo haber pensado. “Entiendo eso. Pero si está escondiendo algo…”


“¡Todos esconden cosas!” Maite estalló, sorprendiéndose a sí misma. “Sé que hay cosas de las que él está avergonzado, pero eso no quiere decir que tengan que importarte. No es como si tú le contaras todo a todos, ¿verdad?”



Will miró cauteloso. “¿De qué estás hablando?”


¿Qué pasa con tus padres, Will? ¿Por qué te negaste a verlos? ¿Por qué no tenías un lugar al que ir salvo este? ¿Y por qué, en el ático, me echaste? Pero Maite no dijo ninguna de estas cosas. En cambio dijo, “¿Qué hay de Jem? ¿Por qué no me dijiste que estaba enfermo de la forma en que lo está?”

54 Catedral de San Pablo: se encuentra en Londres y fue construida entre 1676 y 1710. Es una de las pocas edificaciones de la zona que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, y ocupa el lugar donde se construyó la primera iglesia de Inglaterra. La catedral se destaca por su cúpula, la mayor del mundo después de la de la Basílica de San Pedro en Roma (Vaticano) y en ella se pueden observar de más cerca sus pinturas, subiendo 530 peldaños; y luego salir de la cúpula y aprovechar de una buena vista panorámica de la ciudad.
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tamalevyrroni

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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:09 pm

“¿Jem?” la sorpresa de Will pareció genuina. “Él no quería que lo hiciera. Considera que es su asunto. Lo cual es. Debes recordar, que ni si quiera estaba a favor que te lo dijera por sí mismo. Pensó que te debía una explicación, pero no la debía. Jem no le debe nada a nadie. Lo que le pasó no fue su culpa, y sin embargo, lleva la carga de ello y la vergüenza…”



“No tiene nada de lo que avergonzarse.”


“Tú puedes pensar eso. Otros no ven diferencia entre su enfermedad y una adicción, y lo desprecian por ser débil. Como si sólo pudiera dejar de tomar la droga si tuviera suficiente fuerza de voluntad.” Will sonaba sorprendentemente amargado. “Lo han dicho, a veces en su cara. No quiero que te oiga decir eso también.”


“Yo nunca diría eso.”


“¿Cómo voy a adivinar lo que podrías decir?” dijo Will. “No te conozco realmente, Maite, ¿o si? No más de lo que tú me conoces a mí.”



“No quieres que alguien te conozca,” chaqueó Maite. “Y muy bien, no lo voy a intentar. Pero no finjas que Jem es como tú. Tal vez él preferiría que la gente supiera la verdad de quién es.”



“No lo hagas,” dijo Will, sus ojos azules oscureciéndose. “No creas que conoces a Jem mejor que yo.” “Si tanto te preocupas por él, ¿por qué no estás haciendo algo para ayudarlo? ¿Por qué no buscas una cura?”


“¿Piensas que no lo hemos hecho? ¿Piensas que Charlotte no ha buscado, que Henry no ha buscado, que no hemos contratado brujos, pagado por información, pedido favores? ¿Imaginas que la muerte de Jem es sólo algo que todos hemos aceptado sin siquiera pelear contra ella?”


“Jem me dijo que les había pedido a todos que dejaran de buscar,” dijo Maite, calma en el rostro de su furia, “y que tu lo hiciste. ¿Lo hiciste, no?”



“Él te dijo eso, ¿verdad?”


“¿Te detuviste?”


“No hay nada que encontrar,Maite. No hay cura.”



“Tú no sabes eso. Podías seguir buscando y ni siquiera decirle que estabas buscando. Tiene que haber algo. Incluso la más pequeña oportunidad…” Will levantó las cejas. La parpadeante luz del corredor profundizaba las sombras bajo sus ojos, los huesos angulares de sus mejillas. “¿Crees que debemos ignorar sus deseos?”


“Creo que debes hacer lo que sea que puedas, incluso si eso significa que debas mentirle. Creo que no entiendo tu aceptación de su muerte.”


“Y yo creo que tú no entiendes que a veces la única elección es entre la aceptación y la locura.”


Detrás de ellos en el corredor alguien aclaró su garganta. “Entonces, ¿qué está pasando aquí?” preguntó una voz familiar.



Tanto Maite como Will habían estado tan absortos en su conversación que no habían oído a Jem aproximarse. Will dio un respingo culpable antes de girarse a mirar a su amigo, quien estaba observándolos con calmo interés. Jem estaba completamente vestido, pero se veía como si justo hubiera despertado de un sueño febril, su cabello estaba revuelto y sus mejillas ardiendo con color. Will se vio sorprendido, y no del todo contento de verlo. “¿Qué haces fuera de la cama?”


“Me encontré con Charlotte en el pasillo. Dijo que todos nos reuniríamos en el salón para hablar con el hermano de Maite.” El tono de Jem era suave, y era imposible saber por su expresión cuánto había escuchado de la conversación de Maite y Will. “Estoy lo suficientemente bien para escuchar, por lo menos.”



“Oh, que bien, están todos aquí.” Era Charlotte, apresurándose por el corredor. Detrás de ella se dirigía Henry, y a cada lado de él, Jessamine y Sophie. Jessie se había cambiado en unos de sus vestidos más bonitos, Maite observó, uno muselina azul puro, y llevaba una manta doblada. Sophie, a su lado, sostenía una bandeja con té y sándwiches en ella.


“¿Eso es para Nate?” preguntó Maite, sorprendida. “¿El té y las mantas?”


Sophie asintió. “La Sra. Branwell pensó que probablemente tenía hambre…”



“Y yo pensé que podía tener frío. Anoche estaba temblando,” dijo Jessamine con impaciencia. “Entonces, ¿debemos llevarle estas cosas adentro?”


Charlotte miró a Maite por aprobación, lo cual la desarmó. Charlotte sería amable con Nate; no podía evitarlo. “Sí. Los está esperando.”


“Gracias, Maite,” dijo Charlotte suavemente, y luego abrió la puerta del salón y entró, seguida por los otros. Cuando Maite se movió para ir tras ellos, sintió una mano en su brazo, un toque tan ligero que casi no lo había notado.


Era Jem. “Espera,” dijo. “Sólo un momento.”



Se giró para mirarlo. A través de la puerta abierta podía oír un murmullo de voces; el cordial barítono de Henry, el falsete ansioso de Jessamine mientras decía el nombre de Nate. “¿Qué pasa?”


Él dudó. Su mano en su brazo estaba fría; sus dedos se sentían como delgados tallos de cristal contra su piel. Se preguntó si la piel sobre sus huesos de las mejillas, dónde estaba ruborizado y febril, estaría caliente al tacto.


“Pero mi hermana…” la voz de Nate flotó en el pasillo, sonando ansiosa. “¿Se unirá a nosotros? ¿Dónde está?”



“No importa. No es nada.” con una sonrisa tranquilizadora, Jem retiró su mano. Maite deseaba saber, pero se giró y entró al salón, Jem detrás de ella.


Sophie estaba arrodillada junto al hogar, haciendo el fuego; Nate todavía estaba en el sillón, donde se sentaba con la manta de Jessamine a través de su regazo. Jessamine, en un taburete cercano, estaba radiante de orgullo. Henry and Charlotte se sentaban en el sofá opuesto al de Nate; Charlotte claramente rebosando curiosidad, y Will, como de costumbre, estaba de pie en la pared más cercana, apoyándose contra ésta, y viéndose irritable y divertido al mismo tiempo.

Cuando Jem fue a unirse a Will, Maite fijó su atención en su hermano. Algo de su tensión se había ido cuando ella había vuelto a la habitación, pero todavía se veía miserable. Cogía la manta de Jessamine con las yemas de sus dedos. Ella cruzó la habitación y se hundió en la otomana a sus pies, resistiendo la urgencia de agitarle el cabello o darle una palmada en el hombro. Podía sentir todos los ojos de la habitación en ella. Todos la observaban a ella a su hermano, podría haber oído caer un alfiler.



Nate,” dijo suavemente. “¿Asumo que cada uno se presentó?”

Nate, todavía cogiendo la manta, asintió.


“Sr. Gray,” dijo Charlotte, “ya hemos hablado con el Sr. Mortmain. Nos dijo mucho sobre usted. Sobre su afición por el Submundo. Y el juego.”


“Charlotte,” protestó Maite.

.
Nate habló profundamente. “Eso es verdad,Maitecita.”



Mortmain dijo que usted ya sabía que él estaba implicado en prácticas ocultas cuando llegó a Londres. ¿Cómo sabía que él era un miembro del Club Pandemónium?


Nate vaciló.


“Sr. Gray, simplemente necesitamos entender qué le pasó. El interés de De Quincey en usted… sé que no está muy bien, y no deseamos interrogarlo cruelmente, pero si puede ofrecernos aunque sea un poco de información, puede ser la ayuda más valiosa…”


“Fueron las baratijas de costura de Tía Harriet,” dijo Nate en voz baja.



Maite parpadeó. “¿Fueron qué?”



Nate continuó, en voz baja. “Nuestra Tía Harriet siempre conservó el viejo joyero de mamá en la mesita de noche junto a su cama. Dijo que mantenía las baratijas de costura en él, pero yo…” Nate tomó un aliento profundo, mirando a Maite mientras hablaba. “Estaba endeudado. Había hecho unas apuestas imprudentes, perdido algo de dinero, y estaba en un mal camino. No quería que tú o la Tía supieran. Recordé que ahí había un brazalete de oro que Madre solía usar cuando estaba viva. Tenía en mi cabeza que todavía estaba en el joyero y que la Tía Harriet era demasiada obstinada para venderlo. Sabes como es ella… como era. De todas formas, no podía dejar la idea. Sabía que si podía empeñar el brazalete, conseguiría el dinero para pagar mis deudas. Así que un día, cuando tú y la Tía estaban fuera, cogí el joyero y busqué en él.



Por supuesto el brazalete no estaba ahí. Pero encontré un doble fondo en la caja. No había nada en él que valiera la pena, sólo un montón arrugado de viejos papeles. Los arranqué cuando las escuché subir las escaleras, y me los llevé de vuelta a mi habitación.”



Nate se detuvo. Todos los ojos estaban en él. Después de un momento, Maite, ya incapaz de contener sus preguntas, dijo, “¿Y?”



“ Eran las páginas del diario de Madre,” dijo Nate. “Arracadas de su encuadernación original, con un buen número de hojas desaparecidas, pero fue suficiente para mí para armar una extraña historia.



“Comienza cuando nuestros padres estaban viviendo en Londres. Padre se iba a menudo, trabajando en las oficinas de Mortmain en los muelles, pero madre tenía a Tía Harriet para hacerle compañía, y a mí para mantenerla ocupada. Yo acababa de nacer. Eso fue hasta que Padre comenzó a venir a casa noche tras noche, cada vez más angustiado. Informó de hechos extraños en la planta de la fábrica, trozos de máquinas en mal funcionamiento, de manera extraña; se escuchaban ruidos a todas horas, e incluso el vigilante desapareció una noche. Había rumores, también, de que Mortmain estaba envuelto en prácticas ocultas.” Nate sonaba como si recordara tanto como para recitar el cuento. “Padre se encogía de hombros ante los rumores al principio, pero eventualmente se los repitió a Mortmain, quien admitió todo. Tengo entendido que se las arregló para hacerlo sonar inofensivo, como si sólo estuviera haciendo un poco de travesuras con hechizos y pentagramas y cosas. Llamó a la organización a la que él pertenecía el Club Pandemónium. Le sugirió a Padre que viniera a una de sus reuniones, y que llevara a Madre.”



“¿Qué llevara a Madre? Pero él no pudo haber querido hacer eso…”


“Probablemente no, pero con una nueva esposa y un nuevo bebé, Padre habría estado ansioso por complacer a su empleador. Acordó ir, y llevar a Madre con él.”


“Padre pudo haber ido a la policía…”


“Un hombre rico como Mortmain pudo haber tenido a la policía en su bolsillo,” interrumpió Will. “Si tu padre hubiera ido a la policía, se hubieran reído de él.”



Nathaniel sacó el cabello de su frente; estaba sudando ahora, hebras de cabello se pegaban a su piel. “Mortmain dispuso un carruaje para que fuera por ellos tarde en la noche, cuando nadie pudiera estar viendo. El carruaje los llevó a la casa en la ciudad de Mortmain. Después había muchas páginas extraviadas, no había detalles de lo que había pasado esa noche. Fue la primera vez que fueron, pero descubrí, que no la última. Se reunieron con el Club Pandemónium muchas veces en el transcurso de los próximos meses. Madre, al menos, odiaba ir, pero continuaron asistiendo a las reuniones hasta que algo cambió abruptamente. No sé qué fue; había pocas páginas después de eso. Fui capaz de discernir que cuando se fueron de Londres, lo hicieron bajo la oscuridad de la noche, que no le contaron a nadie a dónde iban, y que no dejaron dirección de reenvío. Bien podrían haber desaparecido. Sin embargo, nada en el diario decía algo de por qué…”



Nathaniel interrumpió su historia con un ataque de tos seca. Jessamine arrebató el té que Sophie había dejado en la mesilla, y un momento después, estaba presionando una taza en la mano de Nate. Le dio a Maite una expresión de superioridad cuando lo hizo, como para señalar que Maite realmente debería haberlo pensado en primer lugar.



Nate, habiendo calmado su tos con té, continuó. “Después de haber encontrado las páginas del diario, me sentí como si hubiera tropezado con una mina de oro. Había oído de Mortmain. Sabía que el hombre era tan rico como Creso58, incluso si era evidentemente un poco loco. Le escribí y le conté que era Nathaniel Gray, el hijo de Richard y Elizabeth Gray, que mi padre había muerto, así como también mi madre, y que entre sus papeles había encontrado evidencias de sus actividades ocultas. Le sugerí que estaba ansioso por encontrarme con él y discutir un posible empleo, y que si él resultaba estar menos ansioso por encontrarse conmigo, imaginaba que habría muchos periódicos que estarían interesados en el diario de mi madre.”



“Eso fue emprendedor.” Will sonó casi impresionado.


Nate sonrió. Maite le disparó una mirada furiosa. “No te veas complacido contigo mismo. Cuando Will dice „emprendedor,‟ quiere decir „moralmente deficiente.‟”



“No, quiero decir emprendedor,” dijo Will. “Cuando quiero decir moralmente deficiente, digo, „A ver, eso es algo que yo pude haber hecho.‟”


“Suficiente, Will,” interrumpió Charlotte. “Deja al Sr. Gray terminar su historia.”



“Pensé que tal vez me enviaría un soborno, algo de dinero para callarme,” continuó Nate. “En cambio obtuve un billete de primera clase en un barco de vapor a Londres y la oferta oficial de un trabajo una vez que llegara. Me imaginé que estaba en una cosa buena, y por primera vez en mi vida, no planeé estropearlo.


“Cuando llegué a Londres, fui directamente a la casa de Mortmain, donde fui conducido al estudio para conocerlo. Me recibió con gran calidez, diciéndome cuan contento estaba de verme y cuánto me parecía a mi querida madre muerta. Entonces se puso serio. Me senté y me dijo que siempre le habían gustado mis padres y que se había entristecido cuando se fueron de Inglaterra. Él no había sabido que estaban muertos hasta que recibió mi carta. Incluso si hubiera hecho público lo que sabía de él, afirmó que felizmente me daría un trabajo y haría lo que pudiera por mí, por el bien de mis padres.



58 Creso fue el último rey de Lidia. Debido a la gran riqueza y prosperidad de su país, de él se decía que era el hombre más rico en su tiempo. De ahí viene el dicho “Tan rico como Creso.”

“Le dije a Mortmain que conservaría su secreto si me llevaba con él para asistir a una reunión del Club Pandemónium, que debía mostrarme lo que le había mostrado a mis padres. La verdad era, que la mención de los juegos de azar en el diario de mi madre había despertado mi interés. Imaginé una reunión de hombres lo suficientemente tontos para creer en magia y demonios. Seguramente no sería tan difícil ganar un poco de dinero de tales tontos.” Nate cerró los ojos.


“Mortmain acordó, reluctantemente, llevarme. Supuse que él no tenía alternativa. Esa noche la reunión fue en la casa en la ciudad de De Quincey. En el momento en que la puerta se abrió, supe que yo era el tonto. Este no era un grupo de aficionados al espiritismo. Esto era lo real, el Mundo de las Sombras al que mi madre había hecho una referencia de un vistazo en su diario. Era real. Apenas puedo describir mi sentimiento de consternación mientras miraba a mí alrededor; criaturas de indescriptible grotesco llenaban la habitación.



Las Hermanas Oscuras estaban ahí , mirándome de reojo detrás de su juego de naipes whist59, sus uñas como garras.


“Mujeres con rostros y hombros espolvoreados de blanco, me sonrieron con sangre corriendo por las esquinas de sus bocas. Pequeñas criaturas cuyos ojos cambiaban de color corrían a través del piso. Nunca había imaginado que tales cosas eran reales, y eso le dije a Mortmain. „Hay más cosas en el Cielo y en la tierra, Nathaniel, que las soñadas en tu filosofía,‟ dijo.



Bueno, conocí la cita por ti, Maite. Tú siempre me habías leído Shakespeare, e incluso presté atención algunas veces. Estaba a punto de decirle a Mortmain que no se burlara de mí, cuando un hombre se acercó a nosotros. Vi a Mortmain ponerse tieso como una tabla, como si hubiera alguien a quien le tenía miedo. Me presentó como Nathaniel, un nuevo empleado, y me dijo el nombre del hombre. De Quincey.



“De Quincey sonrió. Supe inmediatamente que no era humano. Nunca antes había visto un vampiro, con esa piel mortalmente blanca, y por supuesto, cuando sonrió, vi sus dientes. Creo que sólo me quedé mirando fijamente. „Mortmain, me estás ocultando cosas de nuevo,‟ dijo él. „Éste es más que sólo un nuevo empleado. Este es Nathaniel Gray. El hijo de Elizabeth y Richard Gray.‟


“Mortmain balbuceó algo, viéndose desconcertado. De Quincey se rió entre dientes. „He escuchado cosas, Axel,‟ dijo. Entonces se giró hacia mí. „Conocí a su padre,‟ me dijo. „Me gustaba bastante. ¿Tal vez desee unirse a mí para un juego de cartas?‟ Mortmain sacudió la cabeza hacia mí, pero había visto la habitación de las cartas cuando había entrado en la casa, por supuesto. Me sentí atraído por las mesas de juego como una polilla a la luz. Me senté a jugar el faro60 toda la noche con un vampiro, dos hombres lobos, y un brujo de cabellos indomables. Hice mi juego esa noche; gané una gran cantidad de dinero, y bebí una gran cantidad de bebidas de colores brillantes que pasaban alrededor de la sala en bandejas de plata. En algún punto Mortmain se fue, pero no me importó. Salí a la luz del amanecer sintiéndome exultante, en la cima del mundo… y con una invitación de De Quincey para volver al club cuando quisiera.



“Fui un tonto, por su puesto. Estaba tan ido la mayor parte del tiempo porque las bebidas estaban mezcladas con pociones de brujos, unas adictivas. Y esa noche me permitieron ganar. Volví por supuesto, sin Mortmain, noche tras noche. Al principio gané… gané de manera constante, así fue como tuve la oportunidad de enviarles dinero a ti y a Tía Harriet, Maitecita. Ciertamente no era por trabajar para Mortmain. Iba a la oficina de forma irregular, pero apenas podía concentrarme incluso ante las tareas simples a las que fui asignado. En todo lo que pensaba era en volver al club, beber más de esas bebidas, ganar más dinero.



“Entonces comencé a perder. Cuanto más perdía, más obsesionado me volvía con ganar de nuevo. De Quincey me sugirió que empezara a jugar con crédito, así que pedí dinero prestado; dejé de ir a la oficina del todo. Dormía todo el día, y jugaba toda la noche. Perdí todo.” Su voz era remota. “Cuando recibí tu carta de que la tía había muero, Maite, pensé que era un juicio sobre mí. Un castigo por mi comportamiento. Quería salir corriendo y comprar un billete de regreso a Nueva York ese día… pero no tenía dinero. Desesperado, fui al club; estaba sin afeitar, miserable, con los ojos rojos. Debo haberme visto como un hombre en su punto más bajo, porque fue entonces que De Quincey se acercó a mí con una propuesta.



Me llevó a un cuarto trasero y señaló que había perdido más dinero para el Club del que cualquier hombre pudiera pagar jamás. Se veía divertido por todo, el diablo, golpeando polvo invisible de sus puños, sonriéndome con esos colmillos. Me preguntó qué estaba dispuesto a dar para pagar mis deudas. Dije, „Lo que sea.‟ Y él dijo, „¿Qué pasa con tu hermana?‟”



Maite sintió el bello de sus brazos levantarse, y estuvo incómodamente consciente de los ojos de todos en la habitación sobre ella. “¿Qué… qué le dijiste acerca de mí?”


“Me tomó con la guardia baja por completo,” dijo Nate. “No recuerdo haberle hablado de ti, nunca, pero había estado borracho muchas veces en el club, y hablábamos de manera libre…”


La taza de té en su mano se sacudió en su plato; bajó ambos, fuerte. “Le pregunté qué podría querer con mi hermana. Me dijo que tenía motivos para pensar que uno de los hijos de mi madre era… especial. Había pensado que era yo, pero habiendo tenido tiempo para observarme, la única cosa anormal en mí era la estupidez.” El tono de Nate era amargo. “„Pero tu hermana, por otra parte, es algo más,‟ me dijo. „Tiene todo el poder que tú no tienes. No tengo intención de hacerle daño. Es demasiado importante.‟


“Farfullé y rogué por más información, pero él fue inflexible. O le entregaba a Maite, o moriría. Incluso me dijo lo que tenía que hacer.”


Maite exhaló lentamente. “De Quincey te dijo que me escribieras esa carta, dijo ella. “Te hizo enviarme los billetes para el Main. Te hizo traerme aquí.”


Los ojos de Nate le suplicaban que entendieran. “Me juró que no te haría daño. Me dijo que todo lo que quería era enseñarte a usar tu poder. Me dijo que serías reverenciada y adinerada más allá de la imaginación…”


“Bueno, eso está bien, entonces,” interrumpió Will. “No es como si hubiera cosas más importantes que el dinero.” Sus ojos flameaban con indignación; Jem no se veía menos disgustado.


“¡No es culpa de Nate!” explotó Jessamine. “¿No lo oyeron? De Quincey lo habría matado. Y sabía quien era Nate, de donde venía; de todas formas hubiera encontrado a eventualmente, y Nate hubiera muerto sin razón.”



“Así que esa es tu objetiva opinión ética, ¿no, Jess?” dijo Will. “Y supongo que no tiene nada que ver con el hecho de que has estado babeando alrededor del hermano de Maite desde que llegó. Cualquier mundano lo haría, supongo, no importa cuan inútil…”


Jessamine dejó salir un chillido indignado, y se puso de pie. Charlotte elevó su voz, intentando calmarlos a ambos mientras se gritaban, pero Maite había dejado de escuchar; estaba mirando a Nate.


Había sabido por un tiempo que su hermano era débil, que lo que su tía había llamado inocencia era en realidad un mimado infantilismo mal humorado; que siendo un chico, el primogénito y hermoso, Nate siempre había sido el príncipe de su propio pequeño reino. Había entendido que mientras había hecho su trabajo de hermano mayor protegiéndola, en realidad siempre había sido ella y su tía, quienes lo habían protegido a él.



Pero él era su hermano; lo amaba; y el antiguo proteccionismo se alzó en ella, como lo había hecho siempre que Nate estaba preocupado, y probablemente siempre lo haría.



59 El whist fue el primer gran juego inglés de sociedad. También fue el primer juego de naipes sobre el que se escribió un tratado (Short Treatise, 1742), que no sólo describía sus reglas sino que también aportaba detalles y consejos sobre el modo de jugarlo y las estrategias que debían aplicarse en cada caso.

60 El faro es uno de los juegos de círculo y casino más antiguos. Pertenece a la familia del lansquenete, y se cree que surgió en Italia como una derivación de ese juego. El faro gozó de una gran popularidad ya desde la corte de Luis XIV de Francia. Todavía siglos más tarde era corriente encontrar en cualquier rincón del Far West un croupier con su tapete de juego, su baraja y su ábaco. Este juego fue inmortalizado en la célebre novela corta "La reina de picas" de A. Pushkin. El faro fue desapareciendo de los casinos durante el siglo XX, sustituido por otros juegos más ventajosos. Se trata de un juego de puro azar, que ha sido comparado al juego de la ruleta con cartas.

“Jessamine tiene razón,” dijo, elevando su voz para cortar a través de las voces enfadadas de la habitación. “No le habría hecho ningún bien que se negara ante De Quincey, y no tiene sentido discutir sobre esto ahora. Aún necesitamos saber cuáles son los planes de De Quincey. ¿Los conoces, Nate? ¿Te dijo qué quería de mí?”



Nate sacudió la cabeza. “Una vez que estuve de acuerdo de enviar por ti, me mantuvo atrapado en su casa en la ciudad. Me hizo enviarle una carta a Mortmain, por su puesto, renunciando a su empleo; el pobre hombre debe haber pensado que le estaba arrojando su generosidad a la cara. De Quincey no pensaba quitar los ojos de mí hasta que te tuviera en su mano, Maitecita; yo era su seguro. Les dio a las Hermanas Oscuras mi anillo para probarte que estaba en su poder.


Me prometió una y otra vez que no te haría daño, que simplemente estaba haciendo que las Hermanas Oscuras te enseñaran a usar tu poder. Las Hermanas Oscuras informaban de tu progreso todos los días, así sabía que aún estabas viva.


“Ya que de todas formas estaba en la casa, me encontré a mí mismo observando los trabajos del Club Pandemónium. Vi que había una organización en las filas. Había quienes estaban muy abajo, aferrándose al margen, como Mortmain y su calaña. De Quincey y los superiores los mantenían alrededor porque en su mayoría tenían dinero, y se burlaban de ellos con pequeños atisbos de magia y el Mundo de las Sombras para hacer que regresaran por más. Luego estaban esos como las Hermanas Oscuras y otros, quienes tenían más poder y responsabilidad en el club. Todos eran criaturas sobrenaturales, no humanas.



Y luego, en lo más alto, estaba de Quincey. Los otros lo llamaban el Maestro.



“A menudo celebraban reuniones a las cuales los humanos y aquellos que estaban más abajo no estaban invitados.



Fue donde primero escuché acerca de los Cazadores de Sombras,” dijo Nate, girando hacia Henry y Charlotte. “Tenía rencor contra ellos… contra ustedes. Se mantenía hablando acerca de lo mucho mejor que serían las cosas cuando los Cazadores de Sombras fueran destruidos y los Submundos podrían vivir y negociar en y paz…”



“Qué tonterías.” Henry se veía genuinamente ofendido. “No sé qué clase de paz cree que habrá sin los Cazadores de Sombras.”


“Hablaba acerca de que nunca había habido una manera de derrotar a los Cazadores de Sombras porque sus armas eran muy superiores. Dijo que la leyenda era que Dios había tenido la intención de que los Nefilim fueran guerreros superiores, así ninguna criatura viviente podría destruirlos. Así que, aparentemente él pensó, „¿Por qué no una criatura que no estuviera viviendo en absoluto?‟”


“Los autómatas,” dijo Charlotte. “Su ejército mecánico.”


Nate se vio perplejo. “¿Los han visto?”



“Algunos atacaron a tu hermana anoche,” dijo Will. “Afortunadamente, nosotros los monstruosos Cazadores de Sombras estábamos alrededor para salvarla.”


“No que lo estuviera haciendo tan mal por sí misma,” murmuró Jem.


“¿Sabe algo acerca de las máquinas?” demandó Charlotte, inclinándose hacia adelante ansiosamente. “¿Cualquier cosa? ¿De Quincey habló de ellas alguna vez en frente suyo?”


Nate se encogió en su silla. “Lo hizo, pero no entendí la mayor parte de ello. No tengo realmente una mente mecánica…”



“Es simple.” Era Henry, usando el tono de alguien que está intentando calmar a un gato asustado. “Ahora esas máquinas de De Quincey sólo funcionan con mecanismos. Tienen que ser ajustados, como relojes. Pero encontramos una copia de un hechizo en su biblioteca que indicaba que estaba intentando encontrar una forma de hacerlos vivos, una forma de vincular energía demoniaca al armazón mecánico y traerlo a la vida.”


“¡Oh, eso! Sí, habló acerca de eso,” contestó Nathaniel, como un niño complacido de ser capaz de da la respuesta correcta en una clase. Maite prácticamente podía ver aguzándose los oídos de los Cazadores de Sombras con expectación. Esto era lo que realmente querían saber.


“Ese es el por qué contrató a las Hermanas Oscuras; no solamente para entrenar a Maite. Eran brujas, ya saben, y tenían la intención de descubrir como se hacía. Y lo hicieron. No fue hace mucho, unas pocas semanas, pero lo hicieron.”



“¿Lo hicieron?” Charlotte se veía consternada. “Pero, ¿entonces por qué de Quincey no lo ha hecho todavía? ¿Qué está esperando?”



Nate miró al ansioso rostro de Maite, y todos los demás alrededor de la habitación. “Yo… creí que lo sabían. Dijo que el hechizo vinculante sólo podía ser generado a la luna llena.



Cuando eso pasara, las Hermanas Oscuras podrían hacerlo funcionar, y entonces… tenía decenas de esas cosas guardadas en su escondite, y sé que planea hacer muchas más… cientos, miles, tal vez. Supongo que las animará, y…”


“¿La luna llena?” Charlotte, mirando hacia la ventana, mordió su labio. “Eso será muy pronto, la noche de mañana, creo.”


Jem se irguió como una bala. “Puedo revisar la tabla lunar en la biblioteca. Ya vuelvo.” Desapareció a través de la puerta. Charlotte se giró hacia Nate.



“¿Está muy seguro acerca de esto?”



Nate asintió, tragando duramente. “Cuando Maite escapó de las Hermanas Oscuras, de Quincey me culpó, incluso aunque yo no sabía nada de ello. Me dijo que le permitiría a los Hijos de la Noche drenar mi sangre como castigo. Me mantuvo prisionero por días antes de la fiesta. No tenía cuidado con lo que decía frente a mí entonces. Él sabía que yo iba a morir. Lo escuché hablar de cómo las Hermanas Oscuras habían dominado el hechizo vinculante. Que no iba a pasar mucho, antes de que los Nefilim fueran destruidos, y todos los miembros del Club Pandemónium podrían regir Londres en su lugar.”



Will habló, su voz áspera. “¿Tienes alguna idea de dónde De Quincey puede estar escondiéndose ahora que su casa fue quemada?”



Nate se vio exhausto. “Tiene un escondite en Chelsea61. Hubiera ido a encerrarse ahí con aquellos que le eran leales…probablemente todavía hay un centenar de vampiros de su clan que no estaban en la casa en la ciudad esa noche. Sé exactamente donde es el lugar. Puedo mostrarles en un mapa…” Se interrumpió cuando Jem irrumpió en habitación, sus ojos muy abiertos.


“No es mañana,” dijo Jem. “La luna llena. Es esta noche.”
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:11 pm

17

Has Descender la Oscuridad

La torre de la vieja iglesia y el muro del jardín Están negros con la lluvia de otoño, Y tristes vientos presienten haciendo Descender la oscuridad otra vez. —Emily Brontë, "La Torre de la Vieja Iglesia"

Mientras Charlotte se precipitaba a la biblioteca para notificar a la Enclave de la acción de emergencia que necesitaban tenerse en cuenta esa noche, Henry se mantuvo en el salón con Nataniel y los otros. Fue sorprendentemente paciente cuando Nate cuidadosamente indicó en el mapa de Londres, el lugar donde creía que estaba el refugio de De Quincey, una casa en Chelsea, cerca del Támesis. "No sé cuál es exactamente," dijo Nate, "así que tendrán que ser cuidadosos."



“Siempre somos cuidadosos,” dijo Henry, haciendo caso omiso de la mirada irónica de Will en su dirección. Poco tiempo después, sin embargo, envió a Will y Jem a la sala de armas con Thomas para preparar un conjunto de cuchillos serafín y otros armamentos.Maite se mantuvo en el salón con Jessamine y Nate mientras que Henry se apresuraba a la cripta para recuperar algunos de sus inventos más recientes.



Tan pronto como los otros se habían ido, Jessamine comenzó a revolotear alrededor de Nate; haciendo el fuego para él, yendo a buscar otra manta para envolver alrededor de sus hombros, y ofreciéndose para encontrar un libro para leer en voz alta para él, a lo cual se negó. Si Jessamine tenía la esperanza de ganar el corazón de Nate preocupándose por él, pensó Maite, tendría una decepción. Nate esperaba ser mimado y apenas se daría cuenta de sus atenciones especiales.



"Entonces, ¿qué va a pasar ahora?" preguntó él, por último, medio enterrado bajo un montón de mantas. "El Sr. y la señora Branwell…"



“¡Oh!, llámelos Henry y Charlotte. Todo el mundo lo hace,” dijo Jessamine.



"Van a notificar a la Enclave; eso es a todo el resto de Cazadores de Sombras de Londres, la ubicación del escondite de De Quincey, de modo que puedan planear un ataque," dijo Maite. "Pero en realidad, Nate, no debes preocuparte por estas cosas. Debes estar en reposo."



"Así que sólo vamos a estar nosotros." Los ojos de Nate estaban cerrados. "En este lugar grande y viejo. Parece extraño.”



"Oh, Will y Jem no van con ellos," dijo Jessamine. "La oí hablar con ellos en la sala de armas, cuando fui a buscar la manta."



Nate abrió los ojos. "¿No lo harán?" Parecía asombrado. "¿Por qué no?"



"Son demasiado jóvenes," dijo Jessamine. "Los Cazadores de Sombras se consideran adultos a los dieciocho años, y para este tipo de misión; algo peligroso que toda la Enclave está participando en ello, tienden a dejar a los más pequeños en casa."



Maite sintió una punzada de alivio un poco extraña, que cubrió a toda prisa preguntando, "Pero eso es tan extraño. Dejaron que Will y Jem ir a lo de De Quincey…"



"Y es por eso que no pueden ir ahora. Al parecer, Benedict Lightwood está argumentando que el allanamiento de De Quincey resultó tan mal como lo hizo porque Will y Jem no estaban suficientemente formados, aunque cómo nada de eso iba a ser culpa de Jem, no estoy segura. Si me preguntas, él quiere una excusa para hacer a Gabriel quedarse en casa, a pesar de que ya tiene dieciocho años. Lo mima horriblemente. Charlotte dijo que él le había dicho que antes han habido Enclaves completas que han desaparecido en una sola noche, y los Nefilim tienen la obligación de dejar salir a la generación más joven, para continuar, por así decirlo."



El estómago de Maite se retorció. Antes de que pudiera decir nada, la puerta se abrió y entró Thomas. Llevaba una pila de ropa doblada. "Estas son las cosas viejas del Sr. Jem," dijo a Nate, viéndose un poco avergonzado. "Parece que podrían ser aproximadamente del mismo tamaño, y, bueno, debe tener algo que ponerse. Si me acompaña de vuelta a su habitación, podemos ver si le ajustan.”



Jessamine rodó los ojos. Maite no estaba segura de por qué. Tal vez pensó que la ropa desechada no era lo suficientemente buena para Nate.


“Gracias, Thomas,” dijo Nate, poniéndose de pie. "Y debo presentar mis disculpas por mi comportamiento anterior, cuando yo, ah, me escondí de ti. Debo de haber estado febril. Esa es la única explicación."


Thomas se sonrojó. "Sólo hago mi trabajo, señor."



"Tal vez deberías dormir un poco," dijo Maite, tomando nota de los oscuros círculos de agotamiento alrededor de los ojos de su hermano. "No habrá mucho para que hagamos ahora, no hasta que regresen."


“En realidad,” dijo Nate, mirando de Jessamine a Maite, "Creo que he tenido suficiente descanso. Un hombre debe volver a sus pies con el tiempo, ¿no? Podría estar parado para comer un bocado de algo, y no me importaría alguna compañía. ¿Te importa que me una aquí una vez esté vestido?

"
"¡Por supuesto que no!" Jessamine parecía encantada. "Le pediré a Agatha que prepare algo ligero. Y tal vez un juego de cartas para mantenernos ocupados después de comer. Sándwiches y té, me parece." Juntó las manos cuando Thomas y Nate salieron de la habitación, y se volvió a Maite, con los ojos brillantes. "¿No sería eso divertido?"



"¿Cartas?" Maite, quien había estado consternada y casi sin palabras por la sugerencia de Jessamine, encontró su voz. "¿Crees que deberíamos jugar a las cartas? ¿Mientras Henry y Charlotte están fuera luchando contra De Quincey?”


Jessamine sacudió la cabeza. "¡Como si estando abatidos los ayudáramos! Estoy segura de que preferirían que estuviéramos alegres y activos en su ausencia, en lugar de ociosos y de mal humor."


Maite frunció el ceño. "Realmente no creo," dijo, "que sugerirle jugar cartas a Nate fuera una gran idea, Jessamine. Sabes muy bien que tiene… problemas... con el juego."


"No vamos a arriesgarnos," dijo Jessamine alegremente. "Sólo un partido amistoso de naipes. En realidad,Maite, ¿tienes que ser una aguafiestas?”



"¿Una qué? Jessamine, sé que sólo estás tratando de mantener feliz a Nate. Pero este no es la forma…"


“¿Y supongo que tú has dominado el arte de ganar los afectos de los hombres?" estalló Jessamine, sus ojos marrones echaban chispas de ira. "¿Crees que no te he visto mirar a Will con ojos de cachorro? Como si incluso fuera… ¡Oh!" alzó las manos. "No importa. Me das asco. Voy a hablar con Agatha sin ti." Con eso, se puso de pie e indignada salió de la habitación, deteniéndose en la puerta sólo para decir, "Y sé que no te importa cómo te veas, pero como mínimo, debes arreglar tu pelo, Maite. ¡Pareciera que hubiera aves viviendo en él!" antes de cerrar la puerta tras ella.


Ridículas como Maite sabía que eran, las palabras de Jessamine la aguijonearon. Se apresuró a regresar a su habitación para echarse agua en la cara y pasar un cepillo por su cabello enredado. Mirando a su blanco rostro en el espejo, trató de no preguntarse si todavía se parecía a la hermana que Nate recordaba. Trató de no imaginarse cómo podría haber cambiado.



Terminó, salió corriendo al pasillo y casi caminó directamente hacia Will, que estaba apoyado contra la pared del pasillo frente a su puerta, examinando sus uñas. Con su habitual desprecio por las costumbres, estaba en mangas de camisa, y sobre la camisa estaban una serie de tiras de cuero atravesándole el pecho. A través de su espalda colgaba una hoja larga y delgada, podía ver la empuñadura apenas por encima del hombro. Empujados a través de su cinturón había varios cuchillos serafín, largos y delgados.



"Yo…" La voz de Jessamine resonó en la cabeza de Maite: ¿Crees que no te he visto mirar a Will con ojos de cachorro? La luz mágica ardía suavemente.Maite esperaba que estuviera demasiado oscuro en el pasillo para que él viera su rubor. "Pensé que no ibas con la Enclave esta noche," dijo por último, más que nada para tener algo que decir, que cualquier otra cosa.

"No voy. Estoy llevándoles estos a Charlotte y Henry en el patio. Benedict Lightwood está enviando su carruaje para ellos. Es más rápido. Debe estar aquí en breve." Estaba oscuro en el pasillo, lo suficientemente oscuro para que aunque Maite pensara que él sonreía, no estuviera segura. “Preocupada por mi seguridad, ¿verdad? ¿O habías planeado obsequiarme una prensa para que yo pudiera llevarla en batalla como Wilfred de Ivanhoe62?”



"Nunca me gustó ese libro," dijo Maite. "Rowena era una tonta. Ivanhoe debería haber elegido a Rebecca."



"La chica de cabello oscuro, ¿no la rubia? ¿En serio?" Ahora estaba casi segura de que estaba sonriendo.



“¿Will…?"


“¿Sí?”


"¿Crees que la Enclave realmente logrará matarlo? ¿A de Quincey?"



"Sí." Habló sin dudarlo. "El tiempo de negociación ha pasado. Si alguna vez has visto una rata acosada en una trampa… bueno, no creo que lo hicieras. Pero así es como va a ser esta noche. La Clave despachará uno a uno a los vampiros hasta que sean eliminados por completo.”


"¿Quieres decir que no habrá más vampiros en Londres?"


Will se encogió de hombros. "Siempre hay vampiros. Pero el clan De Quincey se irá."



"Y una vez que todo haya terminado, una vez que el Maestro se haya ido, supongo que no habrá más razones para que Nate y yo nos quedemos en el Instituto, ¿no?"



"Yo…" Will parecí a realmente sorprendido. “Supongo… sí, bueno, eso es cierto. Me imagino que preferirías quedarte en un lugar menos… violento. Tal vez podrías incluso ver algunas de las partes más agradables de Londres. La Abadía de Westminster63…”


"Preferiría irme a casa," dijo Maite. "A Nueva York." Will no dijo nada. La luz mágica en el corredor se había desvanecido; en las sombras no podía ver su rostro claramente. "A menos que hubiera una razón para que me quedara,” continuó, medio preguntándose a sí misma qué había querido decir con eso. Era más fácil hablar con Will así, cuando no podía ver su rostro, y sólo podía sentir su presencia cerca de ella en el pasillo oscuro.


No lo vio moverse, pero sintió sus dedos tocando la parte posterior de su mano ligeramente. "Maite," dijo. "Por favor, no te preocupes. Pronto todo se resolverá."



Su corazón latía dolorosamente contra sus costillas. ¿Qué se resolverá pronto? No podía querer decir lo que ella pensaba que decía. Tenía que decir algo más. "¿No quieres ir a casa?"


No se movió, sus dedos aún rozando su mano. "Nunca podré volver a casa."



"Pero ¿por qué no?” Susurró, pero ya era demasiado tarde. Lo sintió alejándose de ella. Su mano se apartó de la de ella. "Sé que tus padres vinieron al Instituto cuando tenías doce y te negaste a verlos. ¿Por qué? ¿Qué te hicieron que fue tan terrible?"


"No hicieron nada." Negó con la cabeza. “Tengo que irme. Henry y Charlotte están esperando.


"Will," dijo, pero él ya estaba caminando alejándose, una oscura sombra que se movía hacia la escalera. "Will," dijo tras él. "Will, ¿quién es Cecily?



Pero él ya se había ido.


Para el momento en que Maite regresó al salón, Nate y Jessamine estaban allí, y el sol había comenzado a ponerse. Se dirigió inmediatamente a la ventana y miró hacia afuera. En el patio, Jem, Henry, Will, y Charlotte se habían reunido, sus sombras se lanzaban largas y oscuras a través de los escalones del Instituto. Henry se estaba poniendo una última runa iratze en su brazo mientras Charlotte parecía estar dando instrucciones a Jem y Will. Jem estaba asintiendo con la cabeza, pero Maite podría decir, incluso a esta distancia, que Will, cuyos brazos estaban cruzados sobre el pecho, estaba siendo obstinado. Quiere ir con ellos, pensó. No quiere quedarse aquí. Jem probablemente quería ir también, pero no se quejaría al respecto. Esa era la diferencia entre los dos chicos. Una de las diferencias, en todo caso.



"Maitecita, ¿estás segura que no quieres jugar?" Nate se volvió para mirar a su hermana. Estaba de nuevo en su sillón, una manta sobre las piernas, las cartas tendidas en una pequeña mesa entre él y Jessamine, junto a un servicio de té de plata y un pequeño plato de bocadillos. Su cabello estaba un poco húmedo, como si lo hubiera lavado, y llevaba ropa de Jem. Nathaniel había perdido peso, Maite podría decirlo, pero Jem era lo suficiente delgado como para que su camisa estuviera todavía un poco apretada para Nate en el cuello y los puños, aunque los hombros de Jem eran todavía más amplios, y Nate parecía un poco más pequeño en el talle de la chaqueta de Jem.



Maite todavía estaba mirando por la ventana. Un gran carruaje negro había sido elaborado, con un diseño en la puerta de dos antorchas encendidas, y Henry y Charlotte entraron en él. Will y Jem habían desaparecido de la vista.



"Está segura." Jessamine inhaló cuando Maite no respondió. "Basta con mirarla. Se ve tan desaprobadora."



Maite apartó la mirada de la ventana. "No estoy desaprobando. Simplemente me parece mal jugar mientras que Henry y Charlotte y otros están fuera arriesgando sus vidas."



“Sí, lo sé, lo has dicho antes." Jessamine puso sus cartas hacia abajo. "Realmente,Maite. Esto sucede todo el tiempo. Van a la batalla, vuelven. No vale la pena escandalizarse así."



Maite se mordió el labio. "Siento que debería haber dicho adiós o buena suerte, pero con todas las prisas…"



“No necesitas preocuparte," dijo Jem, entrando en la habitación, Will justo detrás de él. "Los Cazadores de Sombras no dicen adiós, no antes de una batalla. O buena suerte. Deben comportarse como si el retorno fuera seguro y no una cuestión de azar."



"No necesitamos suerte," dijo Will, dejándose caer en una silla junto a Jessamine, que le disparó una mirada de enojo. "Tenemos un mandato celestial, después de todo. Con Dios de tu lado, ¿qué importa la suerte?" Sonaba sorprendentemente amargo.


"¡Oh, dejar de ser tan deprimente, Will!” dijo Jessamine. "Estamos jugando a las cartas. Puedes o bien unirte a la partida o callarte."



Will levantó una ceja. "¿Qué están jugando?"



"Pope Joan64," dijo Jessamine fríamente, repartiendo cartas. "Le estaba explicando las reglas al señor Gray.”



62 Ivanhoe es la más conocida de las novelas de Walter Scott. Fue escrita en 1819 y está ambientada en Inglaterra, durante el siglo XII, en la época medieval. Su protagonista es Wilfredo de Ivanhoe, un joven y valeroso caballero.



63 La Abadía de Westminster o Iglesia colegiata de San Pedro de Westminster (en inglés:Westminster Abbey) es una iglesia gótica del tamaño de una catedral. Es el lugar tradicional para las coronaciones y entierros de los monarcas ingleses. Está localizada en Westminster, Londres, al lado del Palacio de Westminster.



64 El juego de Pope Joan, es decir, de la papisa Juana en castellano, es un antiguo juego de círculo que fue muy popular hasta principios del siglo XX. En la actualidad ha sido prácticamente olvidado, aunque parte de su espíritu, y sus reglas, permanecen aún en diversos juegos, especialmente en las diversas versiones del dominó con cartas, como es el caso del cinquillo. Se supone que el nombre deriva del juego francés Nain Jaune («enano amarillo»), que en Inglaterra se convirtió, por la similitud fonética, en Nun Joan («monja Juana»). De ahí pasó a tener su nombre actual, del que ya existen referencias documentadas en 1732.

“La señorita Lovelace dice que ganas cuando te libras de todas tus cartas. Esto es un retraso para mí.” Nate sonrió a Jessamine a través de la mesa, quien tenía hoyuelos de molestia

.
Will se asomó a la humeante taza que se hallaba junto al codo de Nathaniel. "¿Hay algún té en esto," preguntó él, “o es simplemente brandy puro?"


Nate se sonrojó. "El brandy es restaurativo."


“Sí” dijo Jem, un pequeño filo en su voz. "A menudo restaura a los hombres derecho al asilo.”



"¡Realmente! ¡Ustedes dos! Qué hipócritas. No es como si Will no bebiera, y Jem…" Jessamine se interrumpió, mordiéndose el labio. "Sólo están quejándose porque Henry y Charlotte no los llevaron con ellos," dijo finalmente. “Porque son demasiado jóvenes." Sonrió a Nate sobre la mesa. "Personalmente, prefiero la compañía de un caballero más maduro.”


Nate, Maite pensó con disgusto, es exactamente dos años mayor que Will. Difícilmente un siglo. Tampoco es por ningún estiramiento de imaginación "maduro". Pero antes de que ella pudiera decir nada, sonó un gran estrépito, haciéndose eco a través del Instituto.


Nate enarcó las cejas. "Pensé que esto no era una verdadera iglesia. Pensé que no había campanas."

"No hay. Ese sonido no son campanas de iglesia." Will se puso de pie. "Esa es la campana de convocatoria. Significa que alguien está abajo y demanda conferencia con los Cazadores de Sombra. Y ya que James y yo somos los únicos aquí..."


Miró a Jessamine, y Maite se dio cuenta que estaba esperando que Jessamine le llevara la contraria, que dijera que ella también era una Cazadora de Sombras. Pero Jessamine estaba sonriéndole a Nate, y él se inclinaba para decirle algo al oído; ninguno de ellos estaba prestando atención a lo que pasaba en la habitación.


Jem miró a Will y sacudió la cabeza. Ambos se volvieron hacia la puerta, cuando salieron, Jem miró a Maite y le dio un pequeño encogimiento de hombros. Desearía que fueras una Cazadora de Sombras, pensó que sus ojos estaban diciendo, pero tal vez se trataba simplemente de lo que esperaba que dijeran. Tal vez simplemente sonreía amablemente y no había sentido en ello.



Nate se sirvió otra de agua caliente y brandy. Él y Jessamine habían abandonado la pretensión de que jugaban a las cartas y se inclinaban cerca uno del otro, murmurando en voz baja.



Maite sintió un ruido sordo de decepción. De alguna manera había esperado que la dolorosa situación de Nate le hubiera hecho más reflexivo, más inclinado a entender que había cosas más grandes que el trabajo en el mundo, cosas más importantes que sus placeres inmediatos. No esperaba nada mejor de Jessamine, pero lo que una vez pareció encantador en Nate, ahora rozaba sus nervios de una manera que la sorprendió.



Se inclinó hacia la ventana. Había un carruaje en el patio. Will y Jem se encontraban en los escalones. Con ellos había un hombre con un elegante traje de frac negro de noche, sombrero de copa alta, un chaleco blanco que brillaba en las antorchas de luz mágica. Se veía como un mundano para Maite, aunque a esa distancia era difícil de decir. Mientras observaba, él levantó los brazos e hizo un gesto amplio. Ella vio a Will mirar a Jem, y a Jem asentir, y se preguntó de qué diablos estaban hablando.



Miró por encima del hombre al coche a sus espaldas y se congeló. En lugar de un escudo de armas, el nombre de una empresa comercial estaba pintado en una de las puertas: MORTMAIN Y COMPAÑÍA.



Mortmain. El hombre para el que se padre había trabajado, a quien Nathaniel había chantajeado, quien había introducido a su hermano en el Mundo de las Sombras. ¿Qué estaba haciendo aquí?



Miró de nuevo a Nate, su sentimiento de molestia fue arrastrado por una ola de protección. Si supiera que Mortmain estuvo aquí, sin duda, estaría molesto. Sería mejor si ella se enteraba de lo que estaba pasando antes que él. Se deslizó del alfeizar de la ventana y se dirigió tranquilamente a la puerta; enfrascado en una conversación con Jessamine, Nate no pareció darse cuenta de que salió de la habitación.



Fue sorprendentemente fácil para Maite encontrar su camino a la gran escalera de caracol de piedra que atravesaba a través del centro del Instituto. Debía haber estado aprendiendo su camino alrededor del lugar, por fin, decidió que se abriría paso por las escaleras a la planta baja, y encontró a Thomas en la entrada.



Llevaba una espada enorme, la punt*** hacia abajo, con el rostro muy serio. Detrás de él, las enormes puertas dobles del Instituto están abiertas en un rectángulo al crepúsculo azul- negro de Londres, iluminadas por el resplandor de las antorchas de luz mágica del patio. Se vio desconcertado al ver a Maite. "¿Señorita Gray?”



Ella bajó la voz. "¿Qué está pasando ahí fuera, Thomas?”


Él se encogió de hombros. "El Sr. Mortmain," dijo. "Quería hablar con el señor y la señora Branwell, pero ya que no están aquí…"


Maite se dirigió hacia la puerta.


Thomas, sorprendido, se movió para prevenirla. "Señorita Gray, no creo…"



"Tendrás que usar la espada sobre mí para detenerme, Thomas ," dijo Maite con voz fría, y Thomas, después de un momento de vacilación, se hizo a un lado. Maite, con una punzada, esperó no haber herido sus sentimientos, pero parecía más sorprendido que otra cosa.


Se movió junto a él, a los escalones fuera del Instituto, donde Will y Jem estaban de pie. Subía una brisa fuerte, erizando su pelo y haciéndola temblar. Al pie de la escalera estaba el hombre que había visto desde la ventana. Era más bajo de lo que hubiera imaginado: pequeño, delgado y de aspecto nervudo, con un rostro bronceado y amable bajo el ala de su sombrero de copa. A pesar de la elegancia de su ropa, tenía el porte natural y fanfarronería de un marinero o un comerciante.


"Sí," estaba diciendo, "El Sr. y la Sra. Branwell tuvieron la amabilidad de llamarme la semana pasada. Y fueron aún más amables, entiendo, manteniendo nuestra reunión como algo en secreto. "



"No le dijeron a la Enclave sobre sus experimentaciones con el ocultismo, si eso es lo que quiere decir," dijo Will un poco secamente.


Mortmain enrojeció. "Sí. Era un favor. Y había pensado en devolver el favor en especie…" Se interrumpió, mirando más allá de Will a Maite. “¿Y quién es ella? ¿Otra Cazadora de Sombras?”


Will y Jem se volvieron al mismo tiempo, y vieron a Maite. Jem se vio complacido de verla, Will, por supuesto, se vio exasperado, y tal vez una pizca divertido. "Maite," dijo. "No puedes mantener tu nariz fuera, ¿verdad?" Se volvió de nuevo a Mortmain. "Esta es la señorita Gray, por supuesto. Hermana de Nathaniel Gray."



Mortmain lució horrorizado. "Oh, Dios mío. Debí haberme dado cuenta. Se parece a él. Señorita Gray…"


"No creo que lo haga, en realidad," dijo Will, pero más bien en voz baja, así que Maite dudaba de que Mortmain le oyera.


"No puede ver a Nate,” dijo Maite. "No sé si es por eso que ha venido aquí, señor Mortmain, pero no está lo suficientemente bien. Tiene que recuperarse de su terrible experiencia, no recordarle eso."



Las líneas en la comisura de la boca de Mortmain se profundizaron. "No estoy aquí para ver al chico," dijo. "Reconozco que le fallé, le fallé miserablemente. La Sra. Branwell lo dejó claro..."



"Debería haber visto por él," dijo Maite. "Mi hermano. Lo dejó hundirse en el Mundo de las Sombras sin dejar rastro." Una pequeña parte de la mente de Maite estaba asombrada de estar siendo tan audaz, pero continuó, sin tenerlo en cuenta. "Cuando él le dijo que había

ido a trabajar para De Quincey, debería haber hecho algo. Usted sabía qué clase de homb re era De Quincey… si incluso puede ser llamarlo un hombre."

"Lo sé." Mortmain parecía gris debajo de su sombrero. "Por eso estoy aquí. Para tratar de compensar lo que he hecho."


"¿Y cómo va a hacer eso?" preguntó Jem, con su voz clara y fuerte. "¿Y por qué ahora?"



Mortmain miró a Maite. "Sus padres," dijo, "eran buenos, gente amable. Siempre he lamentado su introducción al Mundo de las Sombras. En ese momento, me pareció todo un juego agradable y un poco de una broma. He aprendido otra cosa desde entonces. Para mitigar esa culpa, le diré lo que sé. Incluso si eso significa que tenga que huir de Inglaterra para escapar de la ira de De Quincey." Suspiró. "Hace algún tiempo, De Quincey me ordenó una serie de componentes mecánicos, piñones, levas, engranajes, y similares. Nunca le pregunté para que los necesitaba. Uno no se pregunta esas cosas del Maestro. Sólo cuando ustedes Nefilims vinieron a verme, se me ocurrió que su necesidad por ellos pudiera estar conectado a nefastos propósitos. He investigado, y un informante dentro del club me dijo que De Quincey tiene el propósito de construir un ejército de monstruos mecánicos para destruir las filas de los Cazadores de Sombras." Negó con la cabeza. "De Quincey y sus secuaces pueden despreciar a los Cazadores de Sombras, pero yo no lo hago. Sólo soy un hombre humano. Sé que son todo lo que se interpone entre yo y un mundo en el que yo y mi tipo somos juguetes de demonios. No puedo soportar estar detrás de lo que De Quincey está haciendo."



"Todo eso está muy bien," dijo Will, un toque de impaciencia en su voz, "pero no nos está diciendo nada que no sepamos ya."


"¿Sabían también," dijo Mortmain, "que pagó a un par de brujas llamadas las Hermanas Oscuras para crear un hechizo vinculante que animaran estas criaturas no con la mecánica, sino con energías demoníacas?"



"Lo sabíamos," dijo Jem. "Aunque creo que sólo queda una Hermana Oscura. Will destruyó a la otra."



"Pero su hermana la trajo de vuelta a través de un hechizo nigromántico65," dijo Mortmain, una pista de triunfo en su tono, como si estuviera aliviado de finalmente tener un pedazo de información que ellos no tuvieran. "Incluso ahora ambas están instaladas en una mansión en Highgate66, que solía pertenecer a un brujo, hasta que De Quincey lo mató, trabajando sobre el hechizo vinculante. Si mis fuentes son correctas, las Hermanas Oscuras intentarán poner en práctica esta noche el hechizo."



Los ojos azules de Will eran oscuros y pensativos. "Gracias por la información," dijo, "pero pronto De Quincey no será más una amenaza para nosotros, o tampoco sus monstruos mecánicos."



Los ojos de Mortmain se abrieron. "¿Está la Clave moviéndose contra el Maestro? ¿Esta noche? "



"Dios mío," dijo Will. "Realmente sabe todos los términos, ¿no? Eso es muy desconcertante en un mundano." Sonrió amablemente.



"¿Quiere decir que no me va a contar?" dijo con tristeza Mortmain. “Supongo que no lo hará. Pero debe saber que De Quincey tiene a su disposición cientos de esas criaturas mecánicas. Un ejército. En el momento en que las Hermanas Oscuras elaboren su hechizo, el ejército se levantará y se unirá a De Quincey. Si la Enclave va a derrotarlo, sería prudente asegurarse de que ese ejército no se levanta, o será casi imposible de derrotar."



"¿Está al corriente de la ubicación de las Hermanas Oscuras, más allá del hecho de que es en Highgate?" preguntó Jem.


Mortmain asintió con la cabeza. "Sin duda alguna," dijo, y recitó un nombre de calle y número de casa.


Will asintió. "Bueno, sin duda vamos a tener todo esto en consideración. Gracias. "



"Ya lo creo," dijo Jem. "Buenas noches, Sr. Mortmain."


"Pero…" Mortmain se vio sorprendido. "¿Van a hacer algo acerca de lo que he dicho, o no?"


"Le dije que íbamos a tenerlo bajo consideración," le dijo Will. "En cuanto a usted, Sr. Mortmain, se ve como un hombre con un lugar al que ir."



"¿Qué?" Mortmain miró hacia abajo a su traje de noche, y se rió entre dientes. “Supongo que sí. Es sólo que si el Maestro se da cuenta de que les he dicho todo esto, mi vida podría estar en peligro."


"Entonces, tal vez es hora para unas vacaciones," sugirió Jem. "He oído que Italia es muy agradable en esta época del año."


Mortmain miró a Will a Jem y otra vez, y luego pareció darse por vencido. Sus hombros se hundieron. Alzó los ojos a Tessa. "Si pudiera transmitirle mis disculpas a su hermano..."


"No lo creo," dijo Tessa, “pero gracias, Sr. Mortmain."



Después de una larga pausa, asintió con la cabeza, y luego dio media vuelta. Los tres lo observaron mientras volvía a subir a su coche. El sonido de los cascos de los caballos fue fuerte en el patio cuando el coche arrancó y se sacudió por las puertas del Instituto.

61 El distrito de Kensington y Chelsea (en inglés, Royal Borough of Kensington and Chelsea) es un distrito (borough) del Gran Londres situada al oeste de la Ciudad de Westminster, al sur de Hyde Park y Mayfair y al norte del río Támesis.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:12 pm

"¿Qué van a hacer?" preguntó Maite en el momento en que el coche estuvo fuera de vista. "¿Acerca de las Hermanas Oscuras?"


"Ir por ellas, por supuesto." El color de Will era fuerte, sus ojos brillantes. "Tu hermano dijo que De Quincey tenía docenas de esas criaturas a su disposición; Mortmain dice que hay cientos. Si Mortmain está en lo correcto, tenemos que llegar a las Hermanas Oscuras antes de que elaboren su hechizo, o la Enclave bien puede estar caminando a una masacre."



"Pero… tal vez sería mejor advertir a Henry y Charlotte y los otros…"



"¿Cómo?" Will se las arregló para hacer que la palabra sonase cortante. "Supongo que podría enviar Thomas para advertir a la Enclave, pero no hay garantía de que vaya a llegar a tiempo, y si las Hermanas Oscuras consiguen reunir el ejército, simplemente podría ser asesinado con el resto. No, tenemos que atrapar a las Hermanas Oscuras por nuestra cuenta. He matado a una de ellas antes, Jem y yo deberíamos ser capaces de manejar dos."



"Pero tal vez Mortmain está equivocado," dijo Maite. "Sólo tienes su palabra, puede que tuviera información errónea."


“Tal vez," reconoció Jem, “pero ¿te imaginas si no es así? ¿Y lo ignoramos? La consecuencia para la Enclave podría ser la destrucción total."



Maite, sabiendo que él tenía razón, sintió su corazón hundirse. "Tal vez podría ayudarlos. Luché contra las Hermanas Oscuras una vez con ustedes. Si pudiera acompañarlos…"



“No,” dijo Will. "Está fuera de cuestión. Tenemos tan poco tiempo para prepararnos que debemos confiar en nuestra experiencia de lucha. Y tú no tienes ninguna."



"Luché contra De Quincey en la fiesta…"



"Dije que no." El tono de Will era definitivo.Maite miró a Jem, pero él sólo dio un gesto de disculpa, como diciendo que lo sentía pero que Will tenía razón.



Volvió la mirada hacia Will. "Pero ¿qué pasa con Boudica?"


Por un momento pensó que él había olvidado lo que le había dicho en la biblioteca. Entonces el brillo de una sonrisa tiró de la comisura de sus labios, como si tratara de luchar contra ella y no pudiera. "Serás Boudica algún día, Maite," dijo, "pero esta noche no.” Se volvió hacia Jem.



65 La nigromancia o necromancia es una rama de la magia, considerada generalmente negra, que consiste en la adivinación mediante la consulta a los muertos y sus espíritus o cadáveres. La nigromancia es el Arte que se dedica al estudio de la muerte, y se centra en el control de los muertos (ya sea en ayudarse con ellos, como el control psíquico de la materia muerta o espiritual).


66 Highgate es un área del Norte de Londres en la esquina noreste de Hampstead Heath.

"Tenemos que conseguir a Thomas y decirle que preparare el coche. Highgate no está cerca; será mejor que empecemos."


Por el momento, la noche había descendido de lleno sobre la ciudad y Will y Jem estaban afuera por el carruaje, preparándose para partir. Thomas estaba chequeando los cierres de los caballos, mientras que Will garabateaba una Marca en el antebrazo desnudo de Jem, su estela, un destello blanco en la penumbra. Maite, habiendo declarado su desaprobación, se encontraba en las escaleras observándolos, una sensación de vacío en el estómago.



Después de estar satisfecho de que los arneses estaban seguros, Thomas volvió y corrió ligeramente por las escaleras, deteniéndose cuando Maite levantó una mano para detenerlo. "¿Van ahora?" Le preguntó. "¿Eso es todo?"


Él asintió con la cabeza. "Todo listo para salir, señorita." Había tratado de conseguir que Jem y Will lo llevaran con ellos, pero Will estaba preocupado de que Charlotte se enojara con Thomas por haber participado en su hazaña y le había dicho que no fuera.



"Además," había dicho Will, "debemos tener un hombre en la casa… alguien para proteger el Instituto cuando nosotros nos hayamos ido. Nathaniel no cuenta," había añadido, con una mirada de reojo a Maite, que lo había ignorado.



Will deslizó hacia abajo la manga de Jem, cubriendo las Marcas que había hecho. Cuando regresó su estela a su bolsillo, Jem se quedó mirando hacia él; sus rostros eran manchas pálidas a la luz de las antorchas. Maite levantó la mano y luego la bajó lentamente. ¿Qué era lo que había dicho? Los Cazadores de Sombras no dicen adiós, no antes de una batalla. O buena suerte. Deben comportarse como si el retorno fuera seguro y no una cuestión de azar.



Los chicos, como alertados por su gesto, levantaron la vista hacia ella. Pensó que podía ver el azul de los ojos de Will, incluso desde donde estaba. Llevaba una mirada extraña mientras sus ojos se trababan, la mirada de alguien que acaba de despertar y se pregunta si lo que está viendo es real o un sueño.


Fue Jem quien se separó y corrió por las escaleras hacia ella. Cuando la alcanzó, vio que tenía color en su rostro y sus ojos eran brillantes y cálidos. Se preguntó qué cantidad de droga Will le había permitido tener, así estaría listo para luchar.



"Maite…" dijo.



"No quería decir adiós," dijo ella rápidamente. “Pero… parece extraño dejarlos ir sin decir nada en absoluto."



Él la miró con curiosidad. Hizo algo que la sorprendió entonces, y le tomó la mano, dándole la vuelta. Ella bajó la mirada hacia ésta, a sus uñas mordidas, los rasguños aún

curándose a lo largo de la parte de atrás de sus dedos. Le besó la parte posterior de la misma, sólo un ligero toque de su boca, y su cabello, tan suave y ligero como la seda le rozó la muñeca cuando bajó la cabeza. Sintió un choque pasar por ella, lo suficientemente fuerte para asustarla, y se quedó sin habla cuando se enderezó, con la boca curvada en una sonrisa.



"Mizpah67," dijo.



Ella parpadeó, un poco aturdida. "¿Qué?"


"Una especie de adiós sin decir adiós," dijo. "Es una referencia a un pasaje de la Biblia. „Y Mizpah, por cuanto dijo, Vigile Señor entre tú y yo cuando nos apartemos el uno del otro68.‟



No hubo oportunidad de que Maite dijera algo en respuesta, porque él dio media vuelta y corrió por las escaleras para unirse a Will, que estaba tan inmóvil como una estatua, con el rostro vuelto hacia arriba, al pie de la escalera. Sus manos, enfundadas en guantes negros, estaban en puños a los costados, pensó Maite. Pero tal vez se trataba de un truco de luz, porque cuando Jem le alcanzó y le tocó en el hombro, se volvió con una sonrisa, y sin otro vistazo a Maite, él mismo se subió en el asiento del conductor, Jem tras él. Chasqueó el látigo y el carruaje se sacudió a través de la puerta, que se cerró detrás de él como empujada por manos invisibles. Maite escuchó cerrarse el seguro, un fuerte chasquido en el silencio, y luego el sonido de las campanas de la iglesia en algún lugar de la ciudad.



Sophie y Agatha estaban esperando en la entrada por Maite cuando volvió al interior; Agatha estaba diciendo algo a Sophie, pero Sophie no parecía estar escuchando. Miró a Maite cuando entró, y algo sobre la forma en que la miró, por un momento recordó a Maite la manera en que Will la había mirado en el patio. Pero eso era ridículo; no había dos personas en el mundo que se parecieran menos que Sophie y Will.



Maite se hizo a un lado cuando Agatha fue a cerrar las grandes y pesadas puertas dobles. Sólo las había cerrado empujándolas, jadeando un poco, cuando la perilla de la puerta más a la izquierda, sin tocar, comenzó a girar.


Sophie frunció el ceño. "No pueden haber vuelto tan pronto, ¿verdad?"



Agatha, perpleja miró hacia abajo a la perilla giratoria, con las manos todavía apoyadas contra la puerta… entonces se apartó cuando las puertas se abrieron de par en par ante ella.


Una figura estaba de pie en la puerta, iluminada por la luz exterior. Por un momento todo lo que Maite pudo decir era que él era alto y estaba vestido con una chaqueta deshilachada.



Agatha inclinó la cabeza hacia atrás cuando miró hacia arriba, dijo con voz sorprendida: "¡Oh, mi Seño…"


La figura se movió. La luz brilló en el metal; Agatha gritó y se tambaleó. Parecía estar tratando de alejarse del extraño, pero algo se lo impedía.


"Querido Dios en el Cielo," susurró Sophie. "¿Qué es eso?"



Por un momento, Maite vio toda la escena congelada, como si fuera una pintura: la puerta abierta, el autómata mecánico, el de las manos peladas, todavía usando la misma chaqueta gris desgastada. Y todavía, Dios santo, con la sangre de Jem en sus manos, seca de color rojo oscuro en la carne gris pálida, y a través de ésta, tiras de cobre se veían donde la piel había sido raspada o apartada. Una mano manchada de sangre se apoderó de la muñeca de Agatha, sujetando en la otra un cuchillo largo y delgado. Maite se movió hacia adelante, pero ya era demasiado tarde. La criatura blandió el cuchillo con una velocidad vertiginosa y lo enterró en el pecho de Agatha.



Agatha se ahogó, sus manos fueron a la hoja. La criatura estaba de pie, harapienta y aterradora e inmóvil mientras ella arañaba la empuñadura del cuchillo; entonces, con una rapidez espantosa, él arrancó el cuchillo, dejándola a ella arrugada en el suelo. El autómata no se quedó para verla caer, sino que giró y caminó de vuelta por la puerta por la cual había venido.



Galvanizada, Sophie gritó "¡Agatha!" y corrió a su lado.Maite corrió hacia la puerta. La criatura mecánica estaba caminando por las escaleras, en el patio vacío. Se lo quedó mirando fijamente. ¿Para qué demonios había venido, y por qué se marchaba ahora? Pero no había tiempo para pensar en eso. Cogió la cuerda de la campana de convocatoria y tiró de ésta con fuerza. Cuando el sonido resonó a través del edificio, cerró la puerta, dejando caer la barra de la cerradura en su lugar, luego se giró para ayudar a Sophie.



Juntas se las arreglaron para levantar a Agatha y medio cargarla, medio arrastrarla a través de la habitación, donde cayeron de rodillas a su lado. Sophie, rasgando tiras de tela de su delantal blanco y presionándolas sobre la herida de Agatha, dijo en un tono de pánico salvaje, "No entiendo, señorita. Nada debe ser capaz de tocar ninguna puerta… salvo uno con sangre de Cazador de Sombras debe ser capaz de girar el pomo de la puerta."



Pero él tenía sangre de Cazador de Sombras, pensó Maite con horror repentino. La sangre de Jem, manchando sus manos de metal como pintura. ¿Sería por eso que se había inclinado sobre Jem esa noche después del puente? ¿Sería por eso que había huido, una vez que había conseguido lo que quería: su sangre? ¿Y no significa eso que podría volver cada vez que quisiera?


Ella comenzó a levantarse, pero ya era demasiado tarde. La barra que mantenía la puerta cerrada se agrietó con un ruido como un disparo, y cayó al suelo en dos piezas. Sophie

levantó la vista y volvió a gritar, aunque no se alejó de Agatha cuando se abrió la puerta, una ventana a la noche.



Los escalones del Instituto ya no estarían vacíos, estaban llenándose, pero no con gente. Monstruos mecánicos pululaban por ellos, sus movimientos espasmódicos, sus rostros en blanco y mirando fijamente. No eran del todo como los que Maite había visto antes. Algunos parecía que habían sido elaborados con tanta prisa que no tenían rostros en absoluto, sólo lisos óvalos de metal parchados aquí y allá con trozos irregulares de piel humana. Aún más horrible, un buen número de ellos tenían trozos de maquinaria en lugar de brazos o piernas. Un autómata tenía una guadaña donde el brazo debería haber estado, otro lucía una sierra que salía de la manga que colgaba de la camisa, como una parodia de un brazo real.



Maite se levantó y se arrojó contra la puerta abierta, tratando de cerrarla. Era pesada, y parecía moverse angustiosamente lento. Tras ella, Sophie estaba gritando, sin poder hacer nada, una y otra vez; Agatha estaba horriblemente silenciosa. Con un suspiro irregular Maite empujó la puerta una vez más… Y sacó las manos cuando la puerta fue arrancada de su agarre, arrancada de sus goznes, como un puñado de malas hierbas arrancadas de la tierra. Cayó hacia atrás cuando el autómata que se había apoderado de la puerta la arrojó a un lado y se lanzó hacia adelante, haciendo sonar sus pies de metal contra la piedra, mientras se tambaleaba sobre el umbral; seguido por otro y luego otro de sus hermanos mecánicos, por lo menos una docena de ellos, avanzando hacia Maite con los monstruosos brazos extendidos.



En el momento en Will y Jem llegaron a la mansión en Highgate, la luna había comenzado a subir. Highgate estaba en una colina en la parte norte de Londres, dominando una excelente vista de la ciudad a sus pies, pálida bajo la luz de la luna, la cual convirtió la niebla y el humo del carbón que se cernía sobre la ciudad en una nube de plata. Una ciudad de ensueño, pensó Will, flotando en el aire. Un poco de poesía colgaba de los bordes de su mente, algo acerca de la terrible maravilla de Londres, pero sus nervios estaban tirantes con la tensión estridente de la batalla inminente, y no podía recordar las palabras.


La casa era un gran mole de Georgia, situado en una abundante zona verde. Un muro alto de ladrillos corría a su alrededor, la oscura mansarda inclinada apenas visible por encima de éste desde la calle. Un estremecimiento de frío pasó por Will, cuando se acercaron, pero no estaba sorprendido por sentir una cosa así en Highgate. Estaban cerca de lo que los londinenses llaman Gravel Pit Woods69 en el borde de la ciudad, donde miles de cuerpos habían sido tirados durante la Gran Plaga 70. A falta de una sepultura, sus furiosos fantasmas embrujaban el barrio incluso ahora, y Will había sido enviado aquí más de una vez, gracias a sus actividades.



Un portón negro de metal puesto en la pared de la mansión mantenía alejado a los intrusos, pero la runa Abrir de Jem hizo brevemente el trabajo con la cerradura. Después de dejar el carruaje justo en la puerta, los dos Cazadores de Sombras se encontraron en la curva que conducía a la entrada principal de la casa. El camino estaba plagado de malas hierbas y maleza, y los jardines se extendían a su alrededor, salpicando las dependencias en ruinas y los tocones ennegrecidos de árboles muertos.



Jem se volvió hacia Will, los ojos febriles. "¿Vamos a seguir adelante con esto?"



Will extrajo un cuchillo serafín de su cinturón. "Israfel," susurró, y el arma ardió como una horquilla con rayos contenidos. Los cuchillos serafines quemaban tan intensamente que Will siempre esperaba que emitiesen calor, pero sus hojas eran de hielo frío al tacto. Recordó a Maite diciéndole que el infierno era frío, y luchó contra la extraña urgencia por sonreír ante su recuerdo. Habían estado corriendo por su vida, ella debería haber estado aterrorizada, y allí había estado ella, contándole sobre el Inferno en precisos tonos Americanos.



"En efecto," le dijo a Jem. "Ya es hora."



Subieron la escalinata y comprobaron las puertas. Aunque Will había esperado que estuvieran cerradas, estaban abiertas, y cedió a su toque con resonante crujido. Él y Jem entraron poco a poco en la casa, la luz de sus cuchillos serafín iluminando el camino.



Se encontraron en un gran vestíbulo. Las ventanas arqueadas tras ellos probablemente habían sido magníficas una vez. Ahora se alternan paneles enteros con las que estaban rotas. A través grietas en las telarañas en el cristal, una vista del parque enmarañado y descuidado más allá era visible. El mármol bajo los pies estaba agrietado y quebrado, las malas hierbas crecían a través de éste como habían estado creciendo a través de las piedras de entrada. Ante Will y Jem, una gran escalera curva se extendía hacia arriba, hacia el primer piso en sombras.



"Esto no puede ser correcto," dijo Jem en voz baja. "Es como si nadie hubiera estado aquí en cincuenta años."



Apenas había terminado de hablar cuando un sonido se elevó en el aire de la noche, un sonido que levantó los pelos en el cuello de Will e hizo que las Marcas en sus hombros quemaran. Estaba cantando… pero no un canto agradable. Era una voz capaz de alcanzar

notas que la voz humana no podía alcanzar. Sobre su cabeza, los colgantes de cristal de la lámpara de araña se sacudieron como copas de vino puestas a vibrar con el toque de un dedo.



"Alguien está aquí," murmuró Will en respuesta. Sin otra palabra, él y Jem se volvieron de forma que sus espaldas estaban una contra la otra. Jem frente a la abierta puerta delantera, Will, a la gran escalera.



Algo apareció al principio de la escalera. Al principio Will vio sólo un patrón alternante de blanco y negro, una sombra que se movía. Cuando flotó hacia abajo, el sonido del canto se hizo más fuerte, y los pelos en el cuello de Will se erizaron más. El sudor humedeció el cabello en sus sienes y corrió por la parte baja de su espalda, a pesar del aire frío.



Estaba a mitad de camino por las escaleras antes de que la reconociera, la Sra. Dark, su cuerpo largo y huesudo vestido con una especie de hábito de monja, con una túnica oscura sin forma que caía desde el cuello hasta los pies. Una linterna sin luz se balanceaba de una mano con garras. Estaba sola, aunque no del todo, Will se dio cuenta cuando se detuvo en el rellano, que lo que aferraba en la mano no era un farol, después de todo. Era la cabeza cortada de su hermana.



"Por el Ángel," susurró Will. "Jem, mira."



Jem miró, y juró también. La cabeza de la Sra. Black colgaba de una trenza de pelo gris, que la Señora Oscura agarraba como si se tratara de un artefacto que tuviera un precio inestimable. Los ojos de la cabeza estaban abiertos, y perfectamente blancos, como huevos cocidos. Su boca estaba abierta también, una línea de sangre seca negra se colaba de una de las esquinas de sus labios.



La Sra. Dark detuvo su canto y rió, como una colegiala. "Traviesos, traviesos," dijo. "Allanando mi casa así. Pequeños Cazadores de Sombras malos."



"Pensé," dijo Jem en voz baja, "que la otra hermana estaba viva."



"¿Tal vez trajo a su hermana a la vida y luego le cortó la cabeza de nuevo?" murmuró Will. "Parece mucho trabajo sin ganancia real, pero luego..."

"Nefilim Asesino," gruñó la Sra. Dark, fijando su mirada en Will. "No contento con matar a mi hermana una vez, ¿verdad? Tienes que volver e impedirme incluso darle una segunda vida. ¿Sabes, tienes alguna idea, de lo que es estar completamente solo?"



69 Highgate Wood (Bosque Highgate) es un área de 28 hectáreas de bosques antiguos en el norte de Londres, que se extiende entre East Finchley, Highgate Village, and Muswell Hill. Highgate Wood se muestra en el mapa oficial de cartografía de Middlesex en 1886 más o menos con su actual formación, pero es conocido por el nombre menos saludable de Gravelpit Wood (Bosque de graveras).



70 La Gran Plaga (1665-1666), fue una epidemia que mató entre 70.000 y 100.000 personas en Inglaterra, y más de una quinta parte de la población de Londres. Históricamente, se ha identificado a la enfermedad como la peste bubónica, una infección causada por la bacteria Yersinia pestis, transmitida a través de las pulgas de las ratas.

"Más de lo que te puedes imaginar," dijo Will con fuerza, y vio a Jem mirarlo de reojo, desconcertado. Estúpid***, pensó Will. No debería decir esas cosas.



La Sra. Dark se balanceó sobre sus pies. "Eres mortal. Estás solo por un momento del tiempo, una respiración única del universo. Estoy sola para siempre." Aferró a ella la

cabeza con fuerza. "¿Qué diferencia hace para ti? Ciertamente, hay más crímenes oscuros en Londres que más urgentemente requieren la atención de los Cazadores de Sombras, que mis pobres intentos de traer de vuelta a mi hermana."



Will encontró la mirada de Jem. El otro muchacho se encogió de hombros. Claramente estaba tan confundido como Will lo estaba. "Es cierto que la necromancia está en contra de la Ley," Jem dijo, "pero también lo es la vinculación de las energías demoniacas. Y requiere nuestra atención, muy urgente."



La Sra. Dark los miró fijamente. "¿Vinculación de energías demoniacas?"


"No tiene ningún sentido fingir. Sabemos exactamente tus planes," dijo Will. "Sabemos de los autómatas, el hechizo vinculante, tus servicios al Maestro, a quien el resto de nuestra Enclave está, ahora mismo, marchando hacia su escondite. Al final de esta noche será absolutamente borrado. No hay nadie al que puedas acudir, ningún lugar en el que te puedas ocultar. "



En ese momento, la Sra. Dark palideció notablemente. "¿El Maestro?” Susurró. "¿Han encontrado al Maestro? ¿Pero cómo...?"



"Así es," dijo Will. "De Quincey se nos escapó una vez, pero no esta vez. Sabemos dónde está, y…"



Pero sus palabras fueron ahogadas por la risa. La Sra. Dark estaba inclinada sobre la baranda de escalera, aullando de alegría. Will y Jem miraban confundidos mientras ella se enderezaba. Negruzcas lágrimas de hilaridad corrían por su cara. "¡De Quincey, el Maestro!" Exclamó. "¡Ese chismoso, acicalado vampiro! ¡Oh, qué broma! ¡Tontos, estúpidos pequeños tontos!"

67 Mizpah es una conexión emocional entre personas que son separadas, ya sea físicamente, o por la muerte. 68 Génesis 31:49, La Biblia.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:12 pm

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Treinta Piezas de Plata

Borra su nombre, luego, registra otra alma perdida, Otra tarea declinada, otro sendero inexplorado, Otro triunfo por el demonio y dolor por los ángeles, Otro agravio al hombre, ¡otro insulto a Dios! —Robert Browning, “El Último Líder”

Maite se tambaleó detrás de la puerta. Tras ella, Sophie estaba congelada, arrodillada junto a Agatha, sus manos presionando el pecho de la mujer mayor. La sangre empapaba el vendaje de tela bajo sus dedos; Agatha tenía un horrible color masilla y estaba haciendo un sonido como de tetera hirviendo. Cuando vio a los autómatas mecánicos, sus ojos se abrieron e intentó alejar a Sophie con sus manos ensangrentadas, pero Sophie, todavía gritando, se afrerró tenazmente a la mujer mayor, negándose a moverse.



“¡Sophie!” Hubo un traqueteo de pasos en las escaleras, y Thomas irrumpió en la entrada, su rostro muy blanco. En su mano agarraba la gran espada que Maite lo había visto sosteniendo antes. Con él estaba Jessamine, sombrilla en mano. Tras ella estaba Nathaniel, viéndose absolutamente horrorizado. “¿Qué demonios…?”



Thomas se interrumpió, mirando de Sophie, Maite, y Agatha y la puerta y de vuelta de nuevo. Los autómatas se habían detenido. Estaban justo en la línea dentro de la puerta, tan inmóviles como marionetas cuyas cuerdas aún no han sido tiradas. Sus rostros en blanco miraban fijamente al frente.



“¡Agatha!” la voz Sophie se alzó en un gemido. La mujer mayor estaba inmóvil, sus ojos abiertos pero desenfocados. Sus manos colgaban sin fuerzas a sus lados.



Aunque hacía que su piel hormigueara el darle la espalda a las máquinas, Maite se inclinó y puso su mano sobre el hombro de Sophie. La otra chica se la quitó de encima; estaba haciendo pequeños sonidos de lloriqueos, como un perro golpeado. Maite lanzó una mirada tras ella, hacia los autómatas. Aún estaban quietas como inmóviles piezas de ajedrez, ¿pero por cuanto tiempo podría durar eso?



“¡Sophie, por favor!”



Nate estaba respirando en jadeos, sus ojos fijos en la puerta, su rostro tan blanco como tiza. Se veía como si no quisiera nada más que dar la vuelta y correr. Jessamine lo miró una vez, una mirada de sorpresa y desdén, antes de girarse a Thomas. “Ponla de pie,” dijo. “Te escuchará.”


Después de una sola mirada sobresalta a Jessamine, Thomas se inclinó, y gentil pero firmemente, quitó las manos de Sophie de Agatha, poniéndola de pie. Ella se aferró a él. Sus manos y brazos estaban tan rojos como si hubiera venido de un matadero, y su delantal estaba casi rasgado por la mitad y estaba impreso con huellas de manos ensagrentadas. “Señorita Lovelace,” dijo en voz baja, manteniendo a Sophie estrechada contra él con la mano que no sostenía la espada.


“Lleva a Sophie y a la Señorita Gray al Santuario…”



“No,” dijo una voz que arrastraba las palabras detrás de Maite, “no lo creo. O más bien, desde luego, llévate a la sirvienta y ve a donde quieras con ella. Pero la Señorita Gray se quedará aquí. Así como su hermano.”


La voz era familiar…espantosamente familiar. Muy lentamente Maite giró.


De pie entre las máquinas congeldas como si simplemente hubiera aparecido ahí por magia estaba un hombre. De aspecto ordinario precisamente como Maite había pensado que era antes, aunque su sombrero se había ido ahora, y su cabeza canosa estaba desnuda bajo la luz mágica.


Mortmain.



Estaba sonriendo. No como había estado sonriendo antes, con afable jovialidad. Ahora su sonrisa era casi de alegría enfermiza. “Nathaniel Gray,” dijo. “Excelentemente hecho. Admito que mi fe en ti probada—puesta a prueba—pero te has recuperado admirablemente de tus pasos en falso en el pasado. Estoy orgulloso de ti.”


Maite se giró para mirar a su hermano, pero Nate parecía haber olvidado que ella estaba ahí, que alguien más estaba ahí. Estaba mirando más allá de ella, a Mortmain, la más extraña expresión, una mezcla de miedo y adoración, estampada en su rostro. Se movió hacia adelante, empujando a Maite al pasar; ella se estiró para sostenerlo, pero él se sacudió la mano que ella extendía con un chasquido de molestia. Por fin estuvo de pie directamente frente a Mortmain.



Con un grito cayó de rodillas y puso las manos en frente de él, casi como si estuviera rezando.


“Siempre fue mi deseo,” dijo, “servirle a usted, Maestro.”

***

La Sra. Dark todavía se es taba riendo.



“Pero, ¿qué es?” dijo Jem desconcertado, elevando su voz para ser oído por sobre los repiques de su risa. “¿Qué quieres decir?”


A pesar de su aspecto andrajoso, la Sra. Dark les dirigió un aire de triunfo. “De Quincey no es el Maestro,” se burló. “Es sólo un estúpid*** chupasangre, no es mejor que los demás. Que se dejen engañar tan fácilmente demuestra que no tienen idea de quien es el Maestro; o a qué le están haciendo frente. Están muertos, pequeños Cazadores de Sombras. Pequeños hombres muertos andantes.”

Eso fue demasiado para el humor de Will. Con un gruñido se avalanzó hacia los escalones, su cuchillo serafín extendido. Jem le gritó que se detuviera, pero era demasiado tarde. La Sra. Dark, con los labios retirados de sus dientes como una cobra silbante, agitó su brazo hacia adelante y arrojó la cabeza cortada de su hermana hacia Will. Con un grito de asco se lanzó hacia un lado, y ella aprovechó la oportunidad para precipitarse por las escaleras, pasando a Will, y a través de la puerta arqueada en el lado oeste del vestíbulo, dentro de las sombras más allá.



La cabeza de la Sra. Black, entre tanto, golpeó varios escalones y vino a reposar suavemente contra la punt*** de la bota de Will. Él miró hacia abajo, e hizo una mueca. Uno de sus párpados se había cerrado, y su lengua colgaba, gris y correosa fuera de su boca para todo el mundo, como si lo esuviera mirando lascivamente.



“Puede que me enferme,” anunció.


“No hay tiempo para que estés enfermo,” dijo Jem. “Vamos…”


Y se lanzó a través de la puerta arqueada detrás de la Sra. Dark. Empujando la cabeza cortada de la bruja fuera del camino con la punt*** de su bota, Will siguió a su amigo a la carrera.



* * *



“¿Maestro?” repitió Maite sin comprender. Pero eso es imposible. De Quincey es el Maestro. Aquellas criaturas en el puente, dijeron que le servían. Nate dijo… miró a su hermano. “¿Nate?”



Hablar en voz alta fue un error. La mirada de Mortmain cayó en Maite, y sonrió. “Agarren a la cambia formas,” le dijo a las criaturas mecánicas. “No la dejen ir.”



“¡Nate!” gritó Maite, pero su hermano no hizo mucho cuando se giró a mirarla, mientras las criaturas traídas repentinamente de vuelta a la vida, tambaleándose hacia adelante, zumbando y chasqueando, avanzaron hacia Maite. Uno de ellos la cogió, sus brazos de metal como tornillos cuando rodearon su pecho, exprimiendo su respiración.



Mortmain le sonrió a Maite. “No sea demasiado dura con su hermano, Señorita Gray. Realmente es más inteligente de lo que le di crédito. Fue su idea que atrajera fuera del lugar a los jóvenes Castairs y Herondale con un cuento descabellado, para que pudiera entrar sin ser molestado.”



“¿Qué está pasando?” la voz de Jessamine tembló mientras miraba de Nate, a Maite, a Mortmain, y de vuelta de nuevo. “No entiendo. ¿Quién es este, Nate? ¿Por qué estás de rodillas ante él?”



“Él es el Maestro,” dijo Nate. “Si fueras sabia, te arrodillarías también.”


Jessamine se vio incrédula. “¿Este es de Quincey?”


Los ojos de Nate destellaron. “De Quincey es un peón, un siervo. Él responde ante el Maestro. Pocos si quiera conocen la real identidad del Maestro; soy uno de los elegidos. El favorecido.”


Jessamine hizo un sonido grosero. “Elegido para estar de rodillas en el suelo, ¿no?”



Los ojos de Nate relampaguearon, y se puso de pie. Le gritó algo a Jessamine, pero Maite no pudo oírlo. El maniquí de metal tenía un agarre muy apretado sobre ella, al punto que apenas podía respirar, y puntos oscuros comenzaron a flotar en frente de sus ojos. Fue vagamente consciente de Mortmain gritándole a la criatura que aflojara su agarre sobre ella, pero éste no obedeció. Ella arañó los brazos de metal con débiles dedos, apenas consciente de algo aleteando en su garganta, un aleteo que se sentía como si un pájaro o una mariposa estuviera atrapado bajo el cuello de su vestido.



La cadena alrededor de su cuello estaba vibrando y retorciéndose. Se las arregló para mirar hacia abajo, su visión estaba empañada, y vio para su asombro que el pequeño ángel de metal había emergido desde debajo del cuello de su vestido; se disparó hacia arriba, levantando la cadena sobre su cabeza. Sus ojos parecían brillar mientras volaba hacia arriba. Por primera vez sus alas metálicas estaban extendidas, y Maite vio que cada ala estaba bordeada con algo brillante y afilado como una navaja. Mientras miraba asombrada, el ángel cayó en picado como un avispón, cortando con los bordes de sus alas la cabeza de la criatura que la sostenía; cortando a través de cobre y metal, enviando una lluvia de chispas rojas.



Las chispas picaron el cuello de Maite como una lluvia de ascuas, pero apenas lo notó; los brazos de la criatura se aflojaron a su alrededor, y se arrancó a sí misma de ahí mientras éste giraba y se tambaleaba, sus brazos sacudiéndose ciegamente frente a él. No pudo evitarlo, pero de alguna forma le recordó un dibujo que había visto de un caballero enojado en una fiesta de jardín espantando abejas.



Mortmain, notando un latido demasiado tarde lo que estaba pasando, gritó, y las otras criaturas se movieron tambaleándose y agitándose hacia Maite. Ella miró alrededor salvajemente, pero ya no podía ver el pequeño ángel. Parecía haber desparecido.



“¡Maite! ¡Fuera del camino!” Una pequeña mano fría la cogió por la muñeca. Era Jessamine, tirándola hacia atrás mientras Thomas, habiendo liberado a Sophie, se lanzaba frente a ella.



Jessamine empujó a Maite tras ella, hacia las escaleras en la parte posterior de la entrada, y se movió hacia adelante con su sombrilla girando. Su rostro estaba firme con determinación. Fue Thomas quien dio el primer golpe. Arremetiendo con su espada, cortó a través del pecho de la criatura que estaba dando tumbos hacia él con las manos extendidas. El hombre mecánico se tambaleó hacia atrás, zumbando estridentemente, rociando chispas rojas de su pecho como sangre.



Jessamine rió al verlo y extendió la sombrilla a su alrededor. El borde giratorio cortó a través de las piernas de dos de las criaturas, enviándolas a descansar en el piso como un pez pescado.



Mortmain se vio enfandado. “Oh, por el amor de Dios. Tú…” chasqueó los dedos, apuntando a un autómata, uno que tenía algo que parecía un tubo soldado a su muñeca derecha. “Deshazte de ella. La Cazadora de Sombras.”



La criatura levantó su brazo bruscamente. Un rayo de vetado fuego rojo se disparó desde el tubo de metal. Éste impactó en ángulo recto en el pecho de Jessamine, derribándola hacia atrás. Su sombrilla se deslizó de su mano cuando golpeó el suelo, su cuerpo retorciéndose, sus ojos abiertos y vidriosos.



Nathaniel, quien había se había movido para estar junto a Mortmain al margen de la refriega, se rió.



Un candente rayo de odio pasó a través de Maite, golpeándola con intensidad. Quería lanzarse contra Nate y rasgar su mejilla con sus uñas, patearlo hasta que gritara. Eso no tardaría mucho, ella lo sabía. Él siempre había sido un cobarde cuando el dolor estaba involucrado.



Se adelantó, pero las criaturas, habiéndose ocupado de Jessamine, ya estaban girando en torno a ella. Thomas, con el cabello aplastado a su rostro con sudor y y un largo rasgón sangriento cortado a través del frente de su camisa, se movió para ponerse frente a ella. Estaba abatiendo por si mismo magníficamente con la espada, con golpes grandes y profundos. Era difícil de creer que no estuviera cortando a las criaturas en tiras, y sin embargo, resultaron ser soprendentemente diestras.



Saliendo fuera de su camino , continuaron viniendo, sus ojos fijos en Maite. Thomas se giró para mirarla, su mirada salvaje. “¡Señorita Gray! ¡Ahora! ¡Tome a Sophie!”



Maite vaciló. No quería correr. Quería quedarse. Pero Sophie estaba acurrucada, paralizada detrás de ella, sus ojos llenos de terror.



“¡Sophie!” gritó Thomas, y Maite pudo oír lo que había en su voz, y supo que había tenido razón acerca de sus sentimientos por Sophie. “¡El Santuario! ¡Ve!”

“¡No!” gritó Mortmain, girándose a la criatura mecánica que había atacado a Jessamine. Cuando éste levantó su brazo,Maite asió a Sophie por la muñeca y comenzó a arrastrala hacia las escaleras. Un rayo de fuego rojo golpeó la pared al lado de ellas, chamuscando la piedra.



Maite gritó pero no aflojó el paso, tironeando a Sophie por las escaleras espirales, el olor del humo y muerte las siguió mientras corrían.



Will se lanzó a través del arco que separaba el vestíbulo de la habitación más allá… y se detuvo. Jem ya estaba ahí, mirando a su alrededor, desconcertado. Aunque no había más salidas de la habitación salvo la que acababan de cruzar, la Sra. Dark no se veía por ninguna parte.



La habitación, no obastante, estaba lejos de estar vacía. Probablemente había sido un comedor una vez, y grandes retratos adornaban las paredes, aunque habían sido cortados y rasgados hasta lo irreconocible. Una gran araña de cristal colgaba sobre sus cabezas, con hilos de frondosa telaraña gris que flotaba en el aire perturbado, como antiguas cortinas de encaje. Probablemente una vez había colgado sobre una gran mesa. Ahora oscilaba sobre un desnudo suelo de mármol que había sido pintado con una serie de patrones negrománticos; una estrella de cinco punt*** dentro de un círculo en un cuadrado.



Dentro del pentagrama estaba una repulsiva estatua de piedra, la figura de algún horrible demonio, con los miembros retocidos y manos con garras. Cuernos se levantan de su cabeza.


Alrededor de toda la habitación había esparcidos despojos de magia negra; huesos y plumas y tiras de piel, fuentes de sangre que parecían burbujear como champán negra. Había jaulas vacías puestas a sus lados, y una mesa baja en la cual había extendida una gran variedad de cuchillos ensangrentados y cuencos de pidra llenos de desagradables líquidos oscuros.



En todos los espacios entre las cinco punt*** del pentagrama había runas y garabatos que herían los ojos de Will cuando los miraba. Eran lo opuesto a las runas del libro Gris, las cuales parecían hablar de gloria y paz. Estos eran símbolos negrománticos que hablaban de perdición y muerte.



“Jem,” dijo Will, “estas no son preparaciones para un hechizo vinculante. Este es trabajo de negromancia.”



“Estaba intentando traer de vuelta a su hermana, ¿no es lo que dijo ella?”


“Sí, pero no estaba haciendo nada más.” Una espantosa y oscura susposición comenzó a florecer en la parte trasera de la mente de Will.


Jem no contestó; su atención parecía haberse fijado en algo a través de la habitación.


“Hay un gato,” dijo en un bajo susurro, señalándolo. “En una de esas jaulas de allá.



Will miró donde su amigo señalaba. En efecto, un erizado gato gris estaba acurrucado en una de las cerradas jaulas para animales a lo largo de la pared. “¿Y?”


“Aún está vivo.”


“Es un gato, James. Tenemos cosas más grandes de las que preocuparnos…”


Pero Jem ya estaba alejándose. Llegó a la jaula del animal y la recogió, sosteniendo la jaula al nivel de sus ojos. El gato se veía como un persa71 gris, con una cara aplastada y ojos amarillos que observaban a Jem malévolamente. Repentinamente arqueó su espalda y siseó en voz alta, sus ojos fijos en el pentagrama. Jem miró hacia arriba… y se quedó pasmado.



“Will,” dijo en un tono de advertencia. “Mira.”


La estatua en el medio del pentagrama se había movido. En lugar de estar agazapada, se había enderezado hasta estar en posición vertical. Sus ojos ardiendo con un resplandor sulfúrico. Fue sólo cuando sus tres hileras de bocas sonrieron que Will se dio cuenta que no era piedra después de todo, sino que una criatura de piel dura como piedra. Un demonio.


Will se echó hacia atrás y lanzo Israfel como reflejo, sin esperar realmente que el gesto hiciera mucho bien. No lo hizo. Cuando voló cerca del pentagrama, el cuchillo rebotó contra una pared invisible y traqueteó en el suelo de mármol. El demonio en el pentagrama cacareó. “¿Me atacas aquí?” demandó en una alta y fina voz. “¡Podrías traer al ejército de los Cielos contra mí y no podrán hacer nada! ¡Ningún poder angelical puede romper este círculo!”


“Sra. Dark,” dijo Will entre dientes.



“ Así que me reconoces ahora, ¿no? Nadie afirmó que ustedes los Cazadores de Sombras fueran inteligentes.” La demonio descubrió sus verdosos colmillos. “Este es mi forma verdadera. Una fea sorpresa para ti, supongo.”



“Me atrevería a decir que es una mejora,” dijo Will. “Antes no tenías mucho que mirar, y por lo menos los cuernos son dramáticos.”



“¿Qué eres entonces?” demandó Jem, bajando la jaula, con el gato aún en su interior, en el suelo a sus pies. “Pensé que tú y tu hermana eran brujas.”



“Mi hermana era una bruja,” siseó la criatura que había sido la Sra. Dark. “Yo soy un demonio pura sangre… Eidolon. Una cambia formas. Como su preciosa Maite. Pero a diferencia de ella, no puedo convertirme en lo que me estoy transformando. No puedo tocar las mentes de los vivos o de los muertos. Así que el Maestro no me quiso.” La voz de la criatura ligeramente herida. “Me enlistó para entrenarla. Su preciosa y pequeña protegida. Mi hermana también. Conocíamos los caminos del Cambio. Éramos capaces de forzarlo en ella. Pero ella nunca fue agradecida.”



“Eso debe haberla herido,” dijo Jem en su voz más dulce. Will abrió su boca, pero viendo la mirada de advertencia de Jem, la cerró de nuevo. “Ver a Maite obtener lo que usted quería, y no apreciarlo.”



“Nunca entendió. El honor que se le estaba dando. La gloria que sería suya.” Los ojos amarillos ardieron. “Cuando huyó, la furia del Maestro cayó sobre mí; lo había decepcionado. Puso una recompensa por mí.”



Eso sacudió a Jem, o pareció hacerlo. “¿Quiere decir que De Quincey la quiere muerta?”


“¿Cuántas veces tengo que decirles que De Quincey no es el Maestro? El Maestro es…” La demonio se interrumpió con un gruñido. “Tratas de engañarme, pequeño Cazador de Sombras, pero tu trampa no funcionará.”


Jem se encogió de hombros. “No puede permanecer en el pentagrama por siempre, Sra. Dark. Eventualmente el resto de la Enclave vendrá. Podemos privarla de comida. Y entonces será nuestra, y sabe cómo trata la Clave a esos que rompen la Ley.”



La Sra. Dark siseó. “Tal vez él me haya abandonado,” dijo, “pero sigo temiendo más al Maestro de lo que te temo a ti, o a tu Enclave.”


Más de lo que temo a la Enclave. Debía estar asustada. Lo que Jem había dicho era verdad. Debería estar asustada, pero no lo estaba. En la experiencia de Will, cuando alguien que debía estar asustado no lo estaba, la razón era una extraña valentía. Normalmente quería decir que ellos sabían algo que tú no.



“ Si no nos vas a decir quien es el Maestro,” dijo Will, su voz con un filo de acero, “tal vez puedas responder una simple pregunta en su lugar. ¿Es Axel Mortmain el Maestro?”



La demonio dejó salir un gemido, entonces puso sus huesudas manos contra su boca y se hundió, con los ojos ardiendo, en el suelo. “El Maestro. Creerá que yo les dije. Nunca ganaré su perdón ahora…”



71 El gato persa es una raza de gato, característico por tener una cara ancha y plana y un abundante pelaje generalmente blanco.

“¿Mortmain?” repitió Jem. “Pero él es quien nos advirtió… Ah.” Se pausó. “Ya veo.”



Había sido muy honorable; Will sabía que sus pensamientos estaban siguiendo el mismo camino sinuoso que los de Will acaban de recorrer. Probablemente habría llegado antes— Will sospechaba que Jem era de hecho más inteligente de lo que era él—pero carecía de la tendencia de Will de asumir lo absolutamente peor de la gente y continuar desde allí. “Mortmain nos mintió acerca de las Hermanas Oscuras y el hechizo vinculante. Añadió, pensando en voz alta. “De hecho, fue Mortmain quien puso la idea en la mente de Charlotte en primer lugar de que De Quincey era el Maestro. Si no fuera por él, nunca hubiéramos sospechado del vampiro. ¿Pero por qué?”



“De Quincey es una bestia repugnante,” gimió la Sra. Dark, todavía agazapada dentro de su pentagrama. Parecía haber decidido que no había más razón en ocultarse. “Desobedecía a Mortmain a cada pado, deseando ser el Maestro por sí mismo. Tal insubordinación debía ser castigada.”


La mira de Will se encontró con la de Jem. Podía decir que los dos estaban pensando lo mismo. “Mortmain vio una oportunidad de arrojar sospechas sobre su rival,” dijo Jem. “Eso es por qué eligió a De Quincey.”


“Él debe haber escondido esos planos de autómatas en la biblioteca de De Quincey,” concordó Will. “No es como si de Quincey hubiera admitido que eran de él, o si quiera pareciera reconocerlos cuando Charlotte se los mostró. Y Mortmain pudo haberle dicho a esos autómatas del puente que clamaran que trabajaban para el vampiro. De hecho pudo haber grabado el sello de De Quincey en el pecho de la chica mecánica y dejarla en la Casa Oscura para que la encontráramos, también… todo para desviar las sospechas de sí mismo.”



“Pero Mortmain no es el único que señaló con el dedo a de Quincey,” dijo Jem, y su voz fue grave. “Nathaniel Gray, Will. El hermano de Maite. Cuando dos personas cuentan la misma mentira…”


“Están trabajando juntos,” terminó Will. Sintió, por un momento, algo casi como satisfacción, la cual rápidamente se esfumó. No le había gustado Nate Gray, había odiado la forma en que Maite lo había tratado como si él no pudiera hacer nada malo, y entonces se había odiado a sí mismo por sus propios celos. Saber que había estado en lo correcto acerca del carácter de Nate era una cosa, ¿pero a qué precio?



La Sra. Dark se rió , un alto sonido quejumbroso. “Nate Gray,” escupió. “el pequeño humano faldero del Maestro. Vendió su hermana a Mortmain, tú sabes. Lo hizo sólo por un puñado de plata. Sólo por unas pocas compensaciones a su vanidad. Yo nunca podría haber tratado a mi propia hermana así. ¡Y tú dices que los demonios son los malvados, y los humanos son quienes necesitan ser protegidos de nosotros!” Su voz se elevó a una carcajada.


Will la ignoró; su cabeza estaba dando vueltas. Por Dios, toda esa historia de Nathaniel acerca de De Quincey había sido un truco, una mentira para que la Clave siguiera una pista falsa. Entonces ¿por qué Mortmain había aparecido tan pronto como se fueron? Para deshacerse de nosotros, Jem y yo, pensó Will gravemente. Nate no podría haber sabido que ninguno de los dos iría con Charlotte y Henry. Tuvo que improvisar algo rápidamente cuando nos quedamos atrás. Por eso lo de Mortmain y su engaño extra. Nate ha estado en ello con Mortmain desde el principio.


Y ahora Maite está en el Instituto con él. Will sintió náuseas. Quería voltearse y salir corriendo por la puerta, regresar a toda velocidad hacia el Instituto, y golpear la cabeza de Nathaniel contra una pared. Sólo los años de entrenamiento, y el temor por Henry y Charlotte, lo mantuvieron donde estaba.



Will se giró en dirección a la Sra. Dark. “¿Cuál es el plan de él? ¿Qué encontrará la Enclave cuando lleguen a Carleton Square? ¿Matanza asegurada? ¡Contéstame!” Gritó. El miedo hizo que su voz se quebrara. “O por el Ángel, me aseguraré de que la Clave te torture antes de morir. ¿Cuál es su plan para ellos?”


Los ojos amarillos de la Sra. Dark destellaron. “¿Qué es lo que le interesa al Maestro?” Silbó. “¿Qué es lo que siempre le ha interesado? Él desprecia a los Nefilim, ¿pero qué es lo que quiere?”


“Maite.” Dijo Jem inmediatamente. “Pero ella está a salvo en el Instituto, y ni siquiera su maldito ejército mecánico puede introducirse. Incluso sin nosotros allí…”
En una voz tierna la Sra. Dark dijo: “una vez, cuando era de la confianza del Maestro, me contó sobre un plan que tenía para invadir el Instituto. Planeó untar las manos de sus criaturas mecánicas con la sangre de un Cazador de Sombras, y de ese modo permitirle abrir las puertas.”



“¿La sangre de un Cazador de Sombras?” Repitió Will. “Pero…”


“Will.” Jem tenía su mano en el pecho, donde la criatura mecánica le había cortado la piel aquella noche en los escalones del Instituto. “Mi sangre.”



Por un momento Will permaneció perfectamente inmóvil, mirando fijo a su amigo. Luego, sin una palabra, se giró y corrió velozmente hacia las puertas del comedor; Jem,deteniéndose sólo para agarrar la jaula del gato, lo siguió. Cuando las alcanzaron, las puertas se cerraron de golpe como si hubieran sido empujadas, y Will frenó bruscamente. Se dio vuelta para ver a Jem tras él, pareciendo desconcertado.



La Sra. Dark estaba chillando a carcajadas en su pentagrama. “Nefilim.” Jadeó entre estruendos. “Estúpidos, estúpidos Nefilim. ¿Dónde está su ángel ahora?”


Mientras observaban, enormes llamas ascendieron por las paredes, lamiendo las cortinas que cubrían las ventanas, brillando por los bordes del piso. Las llamas ardían con un extraño color azul verdoso, y el olor era denso y desagradable; olor a demonio. Dentro de su jaula el gato estaba volviéndose loco, arrojándose contra las barras una y otra vez y aullando.


Will sacó un segundo cuchillo serafín de su cinturón y gritó: “¡Anael!” La luz estalló de su cuchillo, pero la Sra. Dark sólo rió.



“Cuando el Maestro vea sus cadáveres carbonizados,” gritó, “¡él me perdonará! ¡Entonces me recibirá de vuelta!”


Su risa se alzó, alta y horrorosa. La sala ya estaba oscurecida con el humo. Jem, levantando su manga para cubrirse la boca, le dijo a Will en una voz ahogada, “mátala. Mátala, y el fuego se extinguirá.”


Will, con su agarre fuerte en la empuñadura de Anael, gruñó. “¿No crees que lo haría si pudiera? Está en el pentagrama.”



“Lo sé.” Los ojos de Jem estaban llenos de intención. “Will, córtalo.”



Porque era Jem, Will supo lo que significaba inmediatamente, sin que se lo dijera de forma explícita. Girándose para encarar el pentagrama, alzó al reluciente Anael, apuntó, y lanzó el cuchillo; no hacia el demonio sino arriba hacia la gruesa cadena de metal que sostenía la gran araña. El cuchillo rompió la cadena como un cuchillo atravesando papel, hubo un sonido de desgarro, y el demonio tuvo tiempo de gritar tan sólo una vez antes de que la gran araña descendiera, un cometa estallando de metal serpenteante y pedazos de cristal. Will arrojó el brazo hacia sus ojos mientras escombros llovían por encima de ellos, pedazos rotos de piedra, fragmentos de cristal, y óxido. El suelo se sacudió bajo él como si la tierra estuviese temblando.



Cuando todo se tranquilizó al fin, abrió sus ojos. La araña yacía como los restos de algún inmenso barco torcido y destrozado en el fondo del mar. El polvo proveniente de la destrucción se levantaba como humo, y desde una esquina de la pila de cristal quebrado y metal, un hilo de sangre negro verdosa corría por el mármol…



Jem tenía razón. Las llamas se habían ido. El mismo Jem, aún aferrando la manija de la jaula del gato, estaba mirando los restos. Su ya de por sí pálido cabello se había blanqueado un poco más con polvo de yeso, y sus mejillas estaban manchadas con ceniza. “Muy bien hecho, William,” dijo él.


Will no respondió; no había tiempo para eso. Empujando las puertas, las cuales ahora se abrieron fácilmente bajo sus manos; por completo, salió corriendo a toda velocidad de la habitación.

Maite y Sophie volaron subiendo los escalones del Instituto hasta que Sophie jadeó: “¡aquí! ¡Ésta puerta!” y Maite la abrió de golpe e irrumpió en el pasillo del otro lado. Sophie soltó su muñeca del apretón de Maite y se giró para cerrar de un portazo y deslizar el cerrojo. Se apoyó contra ella por un momento, respirando con dificultad, su cara surcada con lágrimas.


“La Señorita. Jessamine,” susurró. “¿Cree…”


“No lo sé,” dijo Maite. “Pero oíste a Thomas. Tenemos que llegar al Santuario, Sophie. Es donde estaremos seguras.” Y Thomas quiere que me asegure que estés a salvo. “Vas a tener que mostrarme dónde es. No puedo encontrar el camino allí por mi cuenta.”



Lentamente Sophie asintió y se irguió. En silencio guió a Maite a través de una masa sinuosa de pasillos hasta que alcanzaron uno que recordaba de la noche que conoció a Camille. Luego de tomar una farola de un soporte en la pared, Sophie lo encendió, y se apresuraron, hasta que finalmente llegaron a las grandes puertas de hierro con su dibujo de Cs. Parándose bruscamente en frente de las puertas, Sophie se llevó la mano a la boca. “¡La llave!” Susurró. “¡He olvidado la sangrienta… perdone Señorita., llave!”



Maite sintió una ola de frustrada ira, pero la rechazó. Sophie acababa de tener a una amiga muerta en sus brazos; difícilmente podría ser culpada por olvidar una llave. “¿Pero sabes dónde la guarda Charlotte?”



Sophie asintió con la cabeza. “Correré y la traeré. Espere aquí, Señorita.”



Salió corriendo del pasillo.Maite la observó marcharse hasta que su gorra y mangas blancas se desvanecieron en las sombras, dejando a Maite sola en la oscuridad. La única luz en el pasillo provenía de una iluminación que se filtraba por debajo de las puertas hacia el Santuario. Se apretó contra la pared mientras las sombras se concentraban densamente a su alrededor, como si pudiera desaparecer dentro de la pared. Seguía viendo la sangre derramándose fuera del pecho de Agatha, tiñendo las manos de Sophie; seguía escuchando el quebradizo sonido de la risa de Nathaniel cuando Jessamine se desplomó…



Surgió otra vez, áspera y quebradiza como el cristal, haciendo eco desde la oscuridad detrás de ella.


Seguro que estaba imaginando cosas,Maite se giró, su espalda hacia las puertas del Santuario.


Delante de ella en el corredor, donde un momento antes había estado el aire vacío, alguien estaba de pie. Alguien con pelo rubio y una sonrisa pegada en su rostro. Alguien sosteniendo un largo, delgado cuchillo en su mano derecha.



Nate.



“Mi Maitecita,” dijo él. “Eso fue muy impresionante. No habría creído que tú o la sirvienta podrían correr así de rápido.” Giró el cuchillo entre sus dedos. “Desgraciadamente para ti, mi señor me ha dotado con ciertos… poderes. Puedo moverme más rápido de lo que tú crees.” Sonrió burlonamente. “Probablemente más rápido, a juzgar de cuánto te llevó entender lo que estaba sucediendo en la planta baja.”



“Nate.” La voz de Maite tembló. “No es demasiado tarde. Puedes parar esto.”


“¿Parar qué?” Nate miró directamente hacia ella, por primera vez desde que había estado arrodillado ante Mortmain. “¿Parar de adquirir un poder increíble y un conocimiento inmenso? ¿Parar de ser el monaguillo favorito del hombre más poderoso en Londres? Sería un tonto para detener todo esto, hermanita.”


“¿Monaguillo favorito? ¿Dónde estaba él cuando De Quincey estaba a punto de drenar tu sangre?”



“Lo he decepcionado,” dijo Nate. “Tú lo decepcionaste. Huiste de las Hermanas Oscuras, sabiendo lo que podía costarme. Tu afecto de hermana deja mucho que desear,Maitecita.”



“Dejé que las Hermanas Oscuras me torturaran por tu bien, Nate. Lo hice todo por ti. Y tú… tú me dejaste creer que De Quincey era el Maestro. Todas las cosas que afirmaste que De Quincey hizo fueron hechas por Mortmain, ¿no es así? Él fue el que quería traerme aquí. Él fue el que empleó a las Hermanas Oscuras. Todas esas tonterías sobre De Quincey fueron sólo para alejar a la Enclave del Instituto.”



Nate sonrió. “¿Qué era lo que solía decir la Tía Harriet, que la inteligencia que llega demasiado tarde es difícilmente considerada inteligencia?”


“¿Y qué es lo que hallará la Enclave cuando lleguen a la dirección que afirmaste que era el refugio de De Quincey? ¿Nada? ¿Una casa vacía, las ruinas de un incendio?” Comenzó a apartarse de él, hasta que su espalda golpeó las frías puertas de hierro.



Nate la siguió, sus ojos brillando como el cuchillo en su mano. “Oh, querida, no. Esa parte fue verdad. No valdría la pena que la Enclave descubriera tan rápido que han sido engañados, ¿no? Mejor mantenerlos ocupados, y limpiar el pequeño escondite de De Quincey los mantendrá bastante ocupados en realidad.” Se encogió de hombros. “Tú fuiste quien me dio la idea de dejar que toda la culpa cayera sobre el vampiro, tú sabes. Después de lo que sucedió la otra noche, era un hombre muerto de todos modos. Los Nefilim tenían la vista puesta en él, lo que lo hizo inútil para Mortmain. Enviar a la Enclave para deshacerse de él y a Will y Jem para librar a mi Maestro de esa pestilente Sra. Dark… bueno, son tres pájaros con una piedra, realmente ¿no? Y un plan bastante ingenioso de mi parte, si puedo decir eso de mí mismo.”



Estaba presumiendo, pensó Maite con indignación. Orgulloso de sí mismo. La mayor parte de ella quería escupir en su cara, pero sabía que debía mantenerlo hablando, dándose una oportunidad para pensar en una salida de la situación. “Desde luego que nos engañaste.” Dijo, odiándose a sí misma. “¿Cuánto de esa historia que nos contaste era verdad? ¿Cuántas fueron mentiras?”



“Unas cuantas fueron verdades, si en realidad quieres saberlo. Las mejores mentiras están basadas en la verdad, al menos en parte.” Fanfarroneó. “Vine a Londres pensando que iba a chantajear a Mortmain con mis conocimientos de sus actividades ocultas. El hecho fue, que no se pudo haber interesado menos acerca de eso. Él quería echarme un vistazo porque no estaba seguro, verás. No estaba seguro de si era el primer hijo de nuestros padres o el segundo. Él pensó que yo podría ser tú.” Sonrió. “Estaba muy molesto cuando se dio cuenta que yo no era el hijo que estaba buscando. Él quería una chica, como ves.”



“¿Pero por qué? ¿Qué es lo que quiere de mí?”


Nate se encogió de hombros. “No lo sé. Ni tampoco me importa. Me dijo que si te obtenía para él, y tú resultabas ser todo lo que él esperaba que fueses, me haría su discípulo. Luego de que te escaparas, me entregó a De Quincey en venganza. Cuando tú me trajiste aquí, al corazón de los Nefilim, fue una segunda oportunidad para ofrecerle al Maestro lo que le había perdido antes.”


“¿Te pusiste en contacto con él?” Maite se sintió enferma. Pensó en la ventana abierta de la sala, el rostro sonrojado de Nate, su afirmación de que no la había abierto. De algún modo, ella sabía, que le había enviado un mensaje a Mortmain. “¿Le hiciste saber que estabas aquí? ¿Que estabas dispuesto a traicionarnos? ¡Pero podrías haberte quedado! ¡Habrías estado a salvo!”



“A salvo, e impotente. Aquí soy un humano ordinario, débil y despreciable. Pero como discípulo de Mortmain, estaré a su mano derecha cuando gobierne el Imperio Británico.”


“Estás loco,” dijo Maite. “Todo eso es ridículo.”



“Te aseguro que no lo es. Para estas fechas el próximo año estará instalado cómodamente en el Palacio de Buckingham72. El Imperio se inclinará bajo su norma.”



72 El Palacio de Buckingham está ubicado en Londres y es donde reside oficialmente el monarca británico.

“Pero tú no estarás a su lado. Veo cómo te mira. Tú no eres un discípulo; eres una herramienta para ser usada. Cuando consiga lo que quiere, te arrojará a un lado como residuos.”


Nate asió tensamente el cuchillo. “No es verdad.


“Es verdad,” dijo Maite. “La Tía siempre dijo que eras demasiado confiado. Es por eso que eres un terrible jugador, Nate. Tú eres un mentiroso, pero nunca puedes darte cuenta cuando te están mintiendo. La Tía dijo…”



“La Tía Harriet.” Nate se rió suavemente. “Tan lamentable la manera en que murió.” Sonrió. “¿No creíste que fuera un poco raro que te haya enviado una caja de chocolates? ¿Algo que sabía que tú no comerías? ¿Algo que sabía que ella haría?”



Las náuseas se apoderaron de Maite, un dolor en su estómago como si el cuchillo de Nate estuviera retorciéndose allí. “Nate, tú no lo harías, ¡la Tía Harriet te quería!”



“No tienes ni idea de lo que haría,Maitecita. Ni la mínima idea.” Habló rápidamente, casi febril en su intensidad. “Crees que soy un tonto. Tu estúpid*** hermano que necesita ser protegido del mundo. Tan fácilmente engañado y de quien se aprovechan. Las escuché a ti y a la Tía hablando sobre mí. Sé que ninguna de ustedes pensó que haría algo de mí mismo, que jamás haría algo de lo que pudieran estar orgullosas de mí. Pero ahora lo he hecho. Ahora lo he hecho,” gruñó, como si ignorara por completo la ironía en sus palabras.



“Has hecho un asesino de ti mismo. ¿Y piensas que debería estar orgullosa? Me avergüenza estar relacionada a ti.”


“¿Relacionada a mí? Ni siquiera eres humana. Eres alguna cosa. No eres parte de mí. Desde el momento que Mortmain me contó lo que realmente eres, estás muerta para mí. No tengo hermana.”


“¿Entonces por qué,” dijo Maite en una voz tan baja que apenas pudo escucharse a sí misma, “sigues llamándome Maitecita”



Él la miró por un momento en una seria confusión. Y cuando le devolvió la mirada a su hermano, el hermano que ella pensó que era todo lo que le quedaba en el mundo, algo se movió más allá del hombro de Nate, y Maite se preguntó si estaba viendo cosas, si quizás se estaba por desmayar.



“No estaba llamándote Maitecita,” dijo él. Sonó desconcertado, casi perdido.



Un sentimiento de tristeza inaguantable la absorbió. “Eres mi hermano, Nate. Tú siempre serás mi hermano.”


Los ojos de él se entrecerraron. Por un momento Maite pensó que tal vez la había escuchado. Tal vez lo reconsideraría. “Cuando le pertenezcas a Mortmain,” dijo él, “estaré atado a él para siempre. Por ser quien hizo posible que te tuviera.”


Su corazón de hundió. La cosa más allá del hombro de Nate se movió otra vez, una alteración de las sombras. Fue real, pensó Maite. No su imaginación. Había algo detrás de Nate. Algo moviéndose hacia ellos. Abrió su boca, luego la cerró de nuevo. Sophie, pensó. Esperó que la otra chica tuviera el sentido común de salir corriendo antes de que Nate fuera por ella con el cuchillo.



“Ven, entonces,” le dijo a Maite, “no hay razón para armar un escándalo. El Maestro no va a lastimarte…”


“No puedes estar seguro de eso,” dijo Maite. La figura detrás de Nate estaba casi encima de él. Había algo pálido y titilando en su mano. Maite luchó por mantener sus ojos clavados en la cara de Nate.


“Estoy seguro.” Sonó impaciente. “No soy un tonto,Maite…”



La figura estalló en movimiento. El pálido y titilante objeto se alzó arriba de la cabeza de Nate y bajó con un fuerte estrépito. Nate cayó hacia adelante, desplomándose en el suelo. El cuchillo rodó de su mano mientras él golpeaba la alfombra y yacía inmóvil, la sangre tiñendo su claro y rubio pelo.


Maite miró hacia arriba. En la tenue luz pudo ver a Jessamine parada alrededor de Nate. Una expresión furiosa en su rostro. Los restos de una farola hecha añicos todavía sujetos en su mano izquierda.


“No un tonto, quizás.” Empujó con desdén el cuerpo recostado de Nate con el dedo del pie. “Pero no tu momento más brillante, tampoco.”



Maite sólo pudo observar. ¿Jessamine?


Jessamine alzó la mirada. El escote de su vestido estaba roto, su pelo se había salido de las horquillas, y había un moretón púrpura en su mejilla derecha. Dejó caer la farola, que por poco golpea a Nate en la cabeza una vez más, y dijo, “estoy bastante bien, si a eso se deben tus ojos desorbitados. No era a mí a quien querían, después de todo.”


“¡Señorita Gray! ¡Señorita Lovelace!” Era Sophie, estaba sin aliento por correr de arriba a abajo en las escaleras. En una mano sostenía la delgada llave de hierro del Santuario. Miró abajo hacia Nate cuando alcanzó el final del pasillo, su boca abriéndose por la sorpresa. “¿Está bien?”



“Oh, ¿a quién le importa si él está bien?” Dijo Jessamine, agachándose para recoger e l cuchillo que se le había caído a Nate. “¡Después de todas las mentiras que dijo! ¡Me mintió a mí! Realmente pensé…” Se ruborizó de un rojo oscuro. “Bueno, no tiene importancia ahora.” Se enderezó y giró en dirección a Sophie, con la barbilla en alto. “Ahora, no te quedes allí mirando, Sophie, déjanos entrar al Santuario antes de que Dios sabe que más venga por nosotras y trate de matarnos de nuevo.”



Will salió repentinamente de la mansión y bajó los escalones frontales, Jem detrás de él. El césped delante de ellos era oscuro a la luz de la luna; Su carruaje estaba donde lo habían dejado en el centro del camino. Jem estaba aliviado de ver que los caballos no se habían asustado a pesar de todo el ruido. Aunque supuso que Balios y Xanthos73, pertenecientes a Cazadores de Sombras, probablemente hayan visto cosas mucho peores.



“Will.” Jem se detuvo al lado de su amigo, tratando de disimular el hecho de que necesitaba recuperar el aliento. “Tenemos que regresar al Instituto lo más pronto posible.”


“No recibirás una disconformidad de mi parte sobre eso.” Will le dirigió a Jem una mirada aguda; Jem se preguntó si su cara estaba tan enrojecida y de aspecto febril como temía. La droga, la cual había tomado en gran cantidad antes de que abandonaran el Instituto, estaba desgastándose más rápido de lo que debería; en otra situación el descubrimiento habría picado a Jem con inquietud. Ahora lo puso a un lado.



“¿Crees que Mortmain esperaba que matáramos a la Sra. Dark?” Preguntó, no porque pensara que la pregunta era urgente sino porque necesitaba unos momentos más para recuperar el aliento antes de que subiera al carruaje.


Will tenía la chaqueta abierta y estaba hurgando en uno de los bolsillos. “Supongo,” dijo, casi ausente. “O probablemente tenía la esperanza de que nos matáramos unos a otros, lo que hubiera sido ideal para él. Está claro que también quiere a De Quincey muerto y ha decidido usar a los Nefilim como su grupo personal de asesinos.” Will sacó un cuchillo plegable de su bolsillo interior y lo miró con satisfacción. “Un sólo caballo,” comentó, “es más rápido que un carruaje.”



Jem apretó la jaula que estaba sosteniendo con fuerza. El gato gris, tras las barras, estaba mirando alrededor con sus ojos amarillos muy abiertos e interesados. “Por favor dime que no vas a hacer lo que sospecho que vas a hacer, Will.”


Will abrió el cuchillo y comenzó a dirigirse hacia el camino. “No hay tiempo que perder, James. Y Xanthos puede tirar del carruaje perfectamente bien por sí mismo, si eres el único dentro.”



73 En la mitología griega, Balios y Xanthos, en español Balio y Janto, eran caballos inmortales pertenecientes al héroe guerrero, Aquiles.

Jem fue tras él, pero la pesada jaula, así como su propio agotamiento febril, ralentizó su avance. “¿Qué estás haciendo con ese cuchillo? ¿No vas a matar a los caballos, no?”


“Por supuesto que no.” Will levantó la hoja y comenzó a cortar el arnés que ataba a Balios, su favorito de los dos animales, al carruaje.



“Ah,” dijo Jem. “Veo. Vas a marcharte en ese caballo como Dic*** Turpin74 y dejarme aquí. ¿Te has vuelto loco?”



“Alguien tiene que cuidar de ese gato.” La silla y las riendas se desprendieron y Will se montó sobre Balios.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:13 pm

“Pero…” Realmente alarmado ahora, Jem bajó la jaula. “Will, no puedes…”

Era demasiado tarde. Will hundió sus talones a los lados del caballo. Balios se levantó en dos patas y relinchó, con Will aferrándose resueltamente; Jem pudo jurar que estaba sonriendo, y luego el caballo se dio vuelta y corrió hacia las puertas de entrada. En un momento, caballo y jinete estuvieron fuera de vista.

19

Boudica

Sellada sería mía desde su primer dulce aliento. Mía, mía por un derecho, desde el nacimiento hasta la muerte. Mía, mía, nuestros padres lo han jurado. —Alfred, Lord Tennyson, “Maud”

Cuando las puertas del Santuario se cerraron tras ellas,Maite miró a su alrededor con aprensión. La habitación estaba más oscura de lo que había estado cuando había venido a conocer a Camille. No había velas ardiendo en los grandes candelabros, sólo el parpadeo de la luz mágica que emanaba de los apliques en las paredes. La estatua del ángel continuaba llorando lágrimas sin fin en la fuente. El aire de la habitación calaba los huesos y ella tiritó.



Sophie, habiendo deslizado la llave en su bolsillo, parecía tan nerviosa como Maite. “Aquí estamos, entonces,” dijo. “Hace un frío horrible en este lugar.”


“Bueno, no estaremos aquí por mucho tiempo, estoy segura,” dijo Jessamine. Seguía sosteniendo el cuchillo de Nate, que brillaba en su mano. “Alguien regresará a rescatarnos. Will, o Charlotte…"


“Y a encontrar el Instituto lleno de monstruos mecánicos,” le recordó Maite. “Y Mortmain.” Se estremeció. “No estoy segura de que sea tan simple como lo haces ver.”



Jessamine miró a Maite fríamente. “Bueno, no es necesario que lo digas como si fuese mi culpa. Si no fuera por ti, no estaríamos en este lío.”


Sophie se había trasladado entre medio de las sólidas columnas, y se veía muy pequeña. Su voz resonó en las paredes de piedra. “Eso no es muy amable, señorita.”



Jessamine se sentó en el borde de la fuente, luego se puso en pie otra vez, frunciendo el ceño. Se limpió la parte posterior de su vestido, ahora manchado por la humedad, en una forma exasperada. “Tal vez no, pero es verdad. La única razón por la que el Maestro está aquí es por Maite.”



“Le dije a Charlotte que todo esto era mi culpa.”Maite habló en voz baja. “Le dije que me enviase lejos. Ella no lo hizo.”


Jessamine sacudió la cabeza. “Charlotte es de buen corazón, al igual que Henry. Y Will, Will cree que es Galahad. Quiere salvarlos a todos. Jem, también. Ninguno de ellos es práctico.”


“Supongo,” dijo Maite, “que si hubieses tenido que tomar la decisión…”



“Habrías estado afuera de la puerta con nada más que la llave de la calle para tu nombre,” dijo Jessamine, y resopló. Al ver la forma en que Sophie la miraba, agregó, “¡Oh, de verdad! No seas sentimental, Sophie. Agatha y Thomas todavía estarían vivos si yo hubiese estado a cargo, ¿no?”



Sophie se puso pálida, su cicatriz destacándose a lo largo de su mejilla como la marca de una bofetada. “¿Thomas está muerto?”



Jessamine la miró como si supiera que había cometido un error. “No quise decir eso.”


Maite la miró, duramente “¿Qué sucedió, Jessamine? Te vimos herida…”



“Y ninguna de ustedes preciosas hicieron algo igualmente,” dijo Jessamine, y se sentó con un volante sobre la fuente de la pared, aparentemente olvidando de preocuparse por el estado de su vestido. “Estaba inconsciente... y cuando me desperté, vi que ustedes se habían ido, menos Thomas. Mortmain se había ido también, pero esas criaturas seguían allí. Una de ellas empezó a venir hacia mí, y busqué mi sombrilla, pero había sido pisoteada en pedazos. Thomas estaba rodeado por esas criaturas. Fui hacia él, pero me dijo que corriera, así que... corrí.” alzó la barbilla desafiantemente.



Los ojos de Sophie destellaron. “¿Usted lo dejó allí? ¿Solo?”


Jessamine colocó el cuchillo sobre la pared con un ruido furioso. “Soy una dama, Sophie. Se espera que un hombre se sacrifique por la seguridad de una dama.”


“¡Eso es basura!” Las manos de Sophie estaban apretadas en pequeños puños a los costados. “¡Usted es una Cazadora de Sombras! ¡Y Thomas es sólo un mundano! Podría haberlo ayudado. Simplemente no lo hizo… ¡porque es egoísta! ¡Y…y horrible!”


Jessamine miró en blanco hacia Sophie, boquiabierta. “¿Cómo te atreves a hablarme a…?”



Se interrumpió cuando la puerta del Santuario resonó con el ruido de la pesada aldaba cayendo. Sonó otra vez, y luego una voz familiar, se elevó, llamándolas. “¡Maite! ¡Sophie! Soy Will.”



“Oh, gracias a Dios,” dijo Jessamine, claramente aliviada de librarse de su conversación con Sophie tanto como de ser rescatada, y se apresuró hacia la puerta. “¡Will! Soy Jessamine. ¡Estoy aquí también!



“¿Y las tres están bien?” Will parecía inquieto de una manera que apretó el pecho de Maite. “¿Qué pasó? Corrimos aquí desde Highgate. Vi la puerta del Instituto abierta. ¿Cómo, en nombre del Ángel entró Mortmain?”



“Evadió las protecciones de alguna manera,” dijo Jessamine amargamente, alcanzando el picaporte. “No tengo ni idea cómo.”



“Poco importa ahora. Está muerto. Las criaturas mecánicas están destruidas.”


El tono de Will era tranquilizador, ¿pero por qué, pensó Maite, ella no se sentía tranquila? Se volvió para mirar a Sophie, que estaba observando la puerta, una línea vertical frunció su entrecejo, sus labios moviéndose ligeramente como si estuviera susurrando algo bajo su aliento. Sophie tenía la Visión, recordó Maite, Charlotte lo había dicho. La sensación de malestar de Maite se elevó como la cresta de una ola.



“Jessamine,” gritó. “Jessamine, no abras la puerta.”



Pero era demasiado tarde. La puerta se abrió de par en par. Y allí en el umbral estaba Mortmain, escoltado por monstruos mecánicos.



74 Richard Turpin, apodado Dic***, fue un conocido bandido inglés del siglo XVIII.

Gracias al Ángel por los glamours, pensó Will. La vista de un chico montando a pelo un caballo negro de carga y bajando la Calle Farringdon normalmente sería suficiente para elevar cejas incluso en una metrópoli hastiada como Londres. Pero cuando Will pasaba, el caballo pateando grandes ráfagas de polvo londinense mientras se empinaba y resoplaba su camino por las calles, nadie volvió un pelo o batió las pestañas de los ojos. Aún así, incluso cuando parecían no verlo, encontraron razones para salir de su camino; un par de anteojos caídos, a un paso al costado para evitar un charco en la calle, y evitar ser pisoteado.



Eran casi cinco millas desde Highgate al Instituto; les había llevado tres cuartos de una hora para cubrir la distancia en el carruaje. A Will y a Balios les llevó sólo veinte minutos hacer el viaje de regreso, aunque el caballo estaba jadeando y sudando al tiempo que Will atravesó las puertas del Instituto y se acercó a los escalones.



Su corazón se hundió inmediatamente. Las puertas estaban abiertas. De par en par, como invitando en la noche. Estaba estrictamente en contra de la Ley dejar la puerta de un Instituto entreabierta. Él había estado en lo cierto; algo estaba terriblemente mal.



Se deslizó de la espalda del caballo, las botas sonando estrepitosamente contra los adoquines. Buscó una manera de asegurar al animal, pero como había cortado su arnés, no había ninguna, y además, Balios parecía dispuesto a morderlo. Se encogió de hombros y se dirigió a los escalones.



Jessamine jadeó y saltó hacia atrás cuando Mortmain entró en la habitación. Sophie gritó y se escondió detrás de una columna. Maite estaba demasiado sorprendida para moverse. Los cuatro autómatas, dos a cada lado de Mortmain, miraban hacia adelante con sus rostros resplandecientes como máscaras de metal.



Detrás de Mortmain estaba Nate. Un vendaje improvisado, manchado de sangre, estaba atado alrededor de su cabeza. La parte inferior de su camisa, la camisa de Jem, tenía una tira rota y arrancada de ella. Su mirada siniestra se posó sobre Jessamine.



“Estúpida zorra,” gruñó, y se adelantó.



“Nathaniel.” La voz de Mortmain sonó como un látigo; Nate se congeló. “Esto no es un escenario para representar tus insignificantes venganzas. Hay una cosa más que necesito de ti; tú sabes lo que es. Recupérala para mí.”



Nate vaciló. Estaba mirando a Jessamine como un gato con su mirada clavada en un ratón.



“Nathaniel. A la sala de armas. Ahora.”



Nate arrastró su mirada de Jessie. Por un momento miró a Maite, la rabia en su expresión se ablandó en una mueca. Luego se dio media vuelta y salió de la habitación; dos de las criaturas mecánicas se despegaron del lado de Mortmain y lo siguieron.



La puerta se cerró detrás de él, y Mortmain sonrió amablemente. “Ustedes dos,” dijo, mirando de Jessamine a Sophie, “salgan.”


“No.” La voz era de Sophie, era pequeña pero tenaz, aunque para sorpresa de Maite, Jessamine no mostró ninguna inclinación a dejarla tampoco. “No sin Maite.”


Mortmain se encogió de hombros. “Muy bien.” Se volvió a las criaturas mecánicas. “Las dos chicas,” dijo. “La Cazadora de Sombras y la sirvienta. Mátenlas a ambas.”



Chasqueó los dedos y las criaturas mecánicas saltaron hacia delante. Tenían la velocidad grotesca de las ratas deslizándose. Jessamine echó a correr, pero se había alejado sólo unos pocos pasos cuando una de ellas la agarró, levantándola del suelo. Sophie se movió entre los pilares como Blancanieves huyendo hacia el bosque, pero no fue lo bastante buena. La segunda criatura la atrapó con rapidez y la lanzó al suelo mientras ella gritaba. Por el contrario, Jessamine estaba completamente silenciosa; la criatura que la mantenía tenía una mano de metal sujeta a su boca y la otra alrededor de su cintura, excavando los dedos cruelmente. Sus pies pateaban inútilmente en el aire como los pies de un criminal que cuelgan al final de la cuerda de un verdugo.



Maite escuchó su propia voz emergiendo de su garganta como si fuese la de un extraño. “Basta. Por favor, por favor, ¡detente!”


Sophie se había soltado de la criatura que la sostenía y estaba arrastrándose a través del piso sobre sus manos y rodillas. Estirándose, la criatura la agarró por el tobillo y tiró de ella hacia atrás por el suelo, su delantal se desgarró mientras sollozaba.


“Por favor,” dijo Maite otra vez, clavando sus ojos en Mortmain.



“Usted puede detenerlo, Señorita Gray,” dijo. “Prométame que no tratará de huir.” Sus ojos quemaron cuando la miró. “Entonces las dejaré ir.”


Los ojos de Jessamine, visibles por encima del brazo metálico que sujetaba su boca, suplicaron en los de Maite. La otra criatura estaba de pie, sosteniendo a Sophie, que colgaban sin fuerzas en sus garras.


“Me quedaré,” dijo Maite. “Tiene mi palabra. Por supuesto que lo haré. Simplemente deje que se vayan.”


Hubo una larga pausa. Luego, “Ya la escucharon,” dijo Mortmain a sus monstruos mecánicos. “Saquen a las chicas de esta sala. Llévenlas abajo. No les hagan daño.” Sonrió entonces, una fina, y astuta sonrisa. “Dejen a la Señorita Gray a solas conmigo.”



Incluso antes de atravesar las puertas principales, Will tuvo la sensación tintineante de que algo espantoso estaba ocurriendo. La primera vez que había percibido esa sensación, había sido a los doce años de edad, sosteniendo esa maldita caja, pero nunca había imaginado sentirla en la solidez del Instituto.


Vio el cuerpo de Agatha primero, al momento en que cruzó el umbral. Yacía de espaldas, los ojos vidriosos mirando hacia el techo, la parte delantera de su liso vestido gris empapado con sangre. Una ola de furia casi abrumadora se apoderó de Will, dejándolo aturdido. Mordiéndose el labio fuertemente, se inclinó para cerrarle los ojos antes de levantarse y mirar a su alrededor.



Los signos de una pelea estaban en todas partes, pedazos rotos de metal, engranajes doblados y partidos, salpicaduras de sangre mezcladas con charcos de aceite. Cuando Will se movió hacia los escalones, sus pies pisaron los restos despedazados de la sombrilla de Jessamine. Apretó los dientes y se trasladó a las escaleras.


Y allí, desplomando sobre los escalones más bajos, estaba Thomas, con los ojos cerrados, inmóvil en un amplio charco escarlata. Una espada descansaba en el suelo junto a él, a unos centímetros de su mano; su punt*** tenía mellas y estaba abollada como si hubiera sido usada para partir rocas. Una gran pieza dentada de metal sobresalía de su pecho. Se parecía un poco a la hoja rota de una sierra, pensó Will al ponerse en cuclillas al lado de Thomas, o como una parte afilada de algún artefacto de metal más grande.



Algo quemaba en seco la parte posterior de la garganta de Will. Su boca sabía a metal y rabia. Rara vez se afligía durante una batalla; se guardaba las emociones para más tarde, aquellas que todavía no había aprendido a enterrar tan profundamente para apenas sentirlas. Las había estado enterrando desde que tenía doce años. Su pecho estaba anudado con dolor ahora, pero su voz fue firme cuando habló. “Saludo y despedida, Thomas,” dijo, estirándose para cerrar los ojos del otro chico. “Ave…”



Una mano voló y agarró su muñeca. Will miró hacia abajo, estupefacto, cuando los ojos vidriosos de Thomas se deslizaron hacia él, marrón claro sobre el velo blanquecino de la muerte. “No soy,” dijo, con un evidente esfuerzo por sacar las palabras, “un Cazador de Sombras.”



“Defendiste el Instituto,” dijo Will. “Lo hiciste tan bien como cualquiera de nosotros lo hubiera hecho.”


“No.” Thomas cerró los ojos, como agotado. Su pecho subió, apenas; su camisa estaba casi negra empapada con sangre. “Tú hubieras podido con ellos. Sabes que lo habrías hecho.”

“Thomas,” susurró Will. Quería decir: Quédate tranquilo, y estarás bien cuando los otros lleguen. Pero Thomas evidentemente no iba a estar bien. Él era humano; las runas de sanación no podrían ayudarlo. Will deseó que Jem estuviese aquí, en lugar de él. Jem era al que querrías a tu lado cuando estuvieras muriendo. Jem podía hacerle sentir a cualquiera que las cosas iban a estar bien, mientras que Will en privado sospechaba que había pocas situaciones en las que su presencia no las empeorase.



“Está viva,” dijo Thomas, sin abrir los ojos.



“¿Qué?” Will fue tomado por sorpresa.



“Por la que regresaste. Ella. Maite. Está con Sophie.” Thomas habló como si fuera un hecho obvio para cualquiera que Will hubiera regresado por Maite Tosió, y una gran cantidad de sangre se derramó de su boca y bajo su barbilla. Él no pareció notarlo. “Cuida a Sophie, Will. Sophie es…”



Pero Will nunca se enteró de lo que era Sophie, porque el apretón de Thomas se aflojó de repente, y su mano cayó y golpeó el suelo de piedra con un feo sonido. Will se echó hacia atrás. Había visto suficientes muertes, y sabía cuando había llegado. No había necesidad de cerrar los ojos de Thomas; ya estaban cerrados. “Duerme, entonces,” dijo él, sin saber del todo de dónde vinieron las palabras “bueno y fiel sirviente de los Nefilim. Y gracias.”


No era suficiente, ni aproximado a lo suficiente, pero era todo lo que había. Will se puso en pie y subió corriendo las escaleras.
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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:14 pm

***

Las puertas se habían cerrado detrás de las criaturas mecánicas; el Santuario estaba muy silencioso. Maite podía escuchar el chapoteo del agua en la fuente detrás de ella.


Mortmain se quedó mirándola calmadamente. Todavía no se veía aterrador, pensó Maite. Un hombre pequeño, común, con el pelo oscuro volviéndose grisáceo en las sienes, y esos ojos claros extraños. “Señorita Gray,” dijo, “había esperado que nuestra primera vez a solas fuese una experiencia más agradable para los dos.”


Los ojos de Maite ardieron. Y dijo: “¿Qué eres? ¿Un brujo?”



Su sonrisa fue veloz, y sin sentimiento. “Simplemente un ser humano, Señorita Gray.”


“Pero hiciste magia,” dijo ella. “Habló con la voz de Will...”


“Cualquiera puede aprender a imitar voces, con el entrenamiento adecuado,” dijo. “Un truco sencillo, como un juego de manos. Nadie los espera. Sin duda alguna, no los Cazadores de Sombras. Ellos creen que los humanos no son buenos en nada, además de ser buenos para nada.”


“No,” susurró Maite. “No creen eso.”



Su boca se torció. “Qué rápido ha crecido tu amor por ellos, tus enemigos naturales. Pronto te entrenaremos para alejarte de eso.”


Se movió hacia delante, y Maite retrocedió. “No voy a lastimarte,” dijo. “Lo único que quiero es mostrarte algo.”


Puso la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un reloj de oro, de muy buen aspecto, en una gruesa cadena de oro.



¿Se está preguntando qué hora es? El deseo loco de soltar una risita se levantó en el fondo de la garganta de Maite. Ella lo obligó a regresar.



Él sostuvo el reloj frente a ella. “Señorita Gray,” dijo, “por favor tome esto.”


Ella miró fijamente hacia él. “No lo quiero.”


Se acercó a ella de nuevo. Maite se alejó hasta que la parte trasera de la falda rozó el muro bajo de la fuente. “Tome el reloj, Señorita Gray.”


Maite negó con la cabeza.



“Tómelo,” dijo. “O volveré a llamar a mis sirvientes mecánicos y haré que aplasten las gargantas de sus dos amigas hasta que mueran. Sólo necesito ir a la puerta y llamarlos. Es su elección.”



La bilis se levantó en el fondo de la garganta de Maite. Observó el reloj que él sostenía en alto hacia ella, colgando de su cadena de oro. Estaba evidentemente dañado. Las manecillas habían dejado de girar hacía mucho tiempo, la hora aparentemente congelada a la medianoche. Las iniciales J. T. S. estaban talladas en el dorso en una escritura elegante.


“¿Por qué?” Susurró. “¿Por qué quiere que lo agarre?”


“Porque quiero que Cambie,” dijo Mortmain.


La cabeza de Maite le dio un tirón. Miró hacia él con incredulidad. “¿Qué?”



“Este reloj perteneció a alguien,” dijo. “Alguien a quien deseo mucho ver otra vez.” Su voz era tranquila, pero había una especie de corriente subterránea debajo de ella, hambre ansiosa que aterrorizó a Maite más que cualquier rabia que pudiese tener. “Sé que las Hermanas Oscuras te lo enseñaron. Sé que conoces tu poder. Eres la única en el mundo que puede hacer lo que haces. Lo sé porque yo te hice.”



“¿Usted me hizo?” Maite lo miró fijo. “No está diciendo… no puede ser mi padre...”


“¿Tu padre?” Mortmain rió brevemente. “Soy un ser humano, no un Submundo. No hay ningún demonio en mí, ni tengo tratos con demonios. No hay sangre compartida entre los dos, Señorita Gray. Y sin embargo, si no fuera por mí, no existiría.”


“No entiendo,” susurró Maite.



“No necesitas entender.” El temperamento de Mortmain estaba visiblemente agotándose. “Necesitas hacer lo que te digo. Y te estoy diciendo que Cambies. Ahora.”



Era como estar parada en frente de las Hermanas Oscuras otra vez, con miedo y alerta, su corazón golpeando, diciéndole que acceda a una parte de sí misma que la aterrorizaba.



Clamándole perderse en esa oscuridad, la nada entre ella y otro. Tal vez sería fácil hacer como le dijo; alcanzar y tomar el reloj según lo ordenado, abandonarse a sí misma en la piel de otro como lo había hecho antes, sin voluntad o elección propia.


Miró hacia abajo, lejos de la ardiente mirada de Mortmain, y vio algo brillante en la pared de la fuente justo detrás de ella. Una salpicadura de agua, pensó por un momento… pero no. Era otra cosa. Habló entonces, casi sin querer.



“No.” Dijo ella.


Los ojos de Mortmain se estrecharon. “¿Qué fue eso?”

“Le dije que no.” Maite sentía como si estuviera fuera de sí misma de alguna manera, viéndose enfrentar a Mortmain como si estuviera viendo a un extraño. “No lo haré. No a menos que me explique a qué se refiere cuando dice que me hizo. ¿Por qué soy así? ¿Por qué ansía tanto mi poder? ¿Qué planea obligarme a hacer por usted? Está haciendo más que construir un ejército de monstruos. Puedo ver eso. Yo no soy tonta como mi hermano.”



Mortmain deslizó el reloj en el bolsillo. Su rostro era una máscara horrible de ira. “No,” dijo. “No eres una tonta como tu hermano. Él es un tonto y un cobarde. Tú eres una tonta que tiene un poco de coraje. A pesar de que no te servirá de mucho. Y son tus amigas las que van sufrir por ello. Mientras tú miras.” Se volvió sobre sus talones y se encaminó hacia la puerta.



Maite se agachó y levantó el objeto que brillaba detrás de ella. Era el cuchillo que Jessamine había puesto allí, la hoja reluciente en la luz mágica del Santuario.


“Deténgase,” gritó. “Sr. Mortmain. Deténgase.”



Él se volvió entonces, y la vio con el cuchillo. Una mirada divertida y de asco se propagó en su rostro. “Realmente, señorita Gray,” dijo. “¿De verdad crees que puedes hacerme daño con eso? ¿Crees que vine totalmente desarmado?” Movió ligeramente a un lado su chaqueta, y ella vio la culata de una pistola, brillando en su cinturón.


“No.” Dijo ella. “No, no creo que pueda hacerle daño.” Luego giró el cuchillo, por lo que entonces la empuñadura estaba lejos de ella, la hoja apuntando directamente hacia su propio pecho. “Pero si da un paso más hacia esa puerta, le prometo, que voy a atravesar el cuchillo en mi corazón.”



Reparar el lío que había hecho Will con el arnés del carruaje le tomó a Jem más tiempo del que le hubiese gustado, y la luna estaba preocupantemente alta en el cielo en el momento en que Jem irrumpió a través de las puertas de entrada del Instituto y tiró de Xanthos hasta el pie de los escalones.



Balios, sin ataduras, estaba parado junto a la columna al pie de la escalera, luciendo agotado. Will debe haber montado como el diablo, pensó Jem, pero al menos había llegado a salvo. Fue un pequeño momento de tranquilidad, teniendo en cuenta que las puertas del Instituto estaban abiertas ampliamente, enviando una punzada de horror a través de él. Era una vista que parecía tan errónea como un rostro sin ojos o un cielo sin estrellas. Era algo que simplemente no debía ser.



Jem alzó su voz. “¿Will?” Llamó. “Will, ¿puedes oírme?” Cuando no hubo respuesta, saltó desde el asiento del conductor del carruaje y extendió la mano para bajar su bastón con cabeza de jade después de él. Lo sostuvo ágilmente, equilibrando el peso. Sus muñecas habían comenzado a doler, lo que lo preocupaba. Por lo general, la abstinencia al polvo de demonio comenzaba como dolor en las articulaciones, un dolor sordo que se extendía poco a poco hasta que su cuerpo quemaba como el fuego.



Pero no podía permitirse ese dolor ahora. Tenía que pensar en Will, y en Maite. No podía deshacerse de la imagen de ella en la escalera, mirando hacia abajo mientras él decía las palabras antiguas. Lo había mirado tan preocupada, y la idea de que podría haber estado preocupada por él le había proporcionado un placer inesperado.


Se giró para subir los escalones, y se detuvo. Alguien ya estaba bajando por ellos. Más de una persona, un grupo de gente. Fueron iluminados por la luz del Instituto, y por un momento parpadeó hacia ellos, viendo sólo siluetas. Algunos parecían extrañamente deformes.



“¡Jem!” La voz era alta, desesperada. Familiar.


Jessamine.


Incitado, Jem se lanzó hacia las escaleras, y luego hizo una pausa. Frente a él estaba Nathaniel Gray, con la ropa rasgada y manchada de sangre. Tenía un vendaje improvisado alrededor de la cabeza y estaba empapado de sangre por la sien derecha. Su expresión era sombría.


A cada lado de él se movieron autómatas mecánicos, como obedientes servidores. Uno flanqueaba su derecha, otro su izquierda. Atrás había dos más. Uno forcejeando con Jessamine; el otro, a una coja y semi-inconsciente Sophie.


“¡Jem!” Chilló Jessamine. “Nate es un mentiroso. Él estaba ayudando a Mortmain todo este tiempo. Mortmain es el Maestro, no De Quincey…”



Nathaniel se volvió. “Cállala,” ladró a la criatura mecánica detrás de él. Sus brazos metálicos se apretaron alrededor de Jessamine, que se atragantó y se quedó en silencio, con la cara blanca por el dolor. Sus ojos se precipitaron hacia el autómata a la derecha de Nathaniel. Siguiendo su mirada, Jem vio que la criatura tenía la familiar caja dorada de la Pyxis en sus manos.



Viendo la expresión de su rostro, Nate sonrió. “Nadie más que un Cazador de Sombras puede tocarla,” dijo. “Ningún ser viviente, es decir. Pero un autómata no está vivo.”


“¿Esto era todo?” Jem preguntó, asombrado. “¿El Pyxis? ¿Qué posible uso tendría para ti?”


“Mi amo quiere energías de demonios, y energías de demonios es lo que tendrá,” dijo Nate pretenciosamente. “Tampoco olvidará que soy yo el que se las facilitó.”


Jem sacudió la cabeza. “¿Y qué te dará, entonces? ¿Qué es lo que te dio por traicionar a tu hermana? ¿Treinta piezas de plata?”



La cara de Nate se tensó, y por un momento Jem pensó que podía ver a través de la insulsa máscara apuesta lo que realmente estaba por debajo, algo maligno y repelente que a Jem le provocaba dar la espalda y vomitar. “Esa cosa,” dijo, “no es mi hermana.”



“Es difícil de creer, ¿no es cierto?” dijo Jem, sin hacer ningún esfuerzo por ocultar su odio, “que tú y Maite compartan algo, incluso una sola gota de sangre. Ella es mucho mejor que tú.”


Nathaniel entornó los ojos. “Ella no me concierne. Pertenece a Mortmain.”


“No sé lo que Mortmain te ha prometido,” dijo Jem, “pero yo puedo prometerte que si lastimas a Jessamine o a Sophie…y si te llevas la Pyxis de estos predios, la Clave irá de cacería. Y te encontrará. Y te matará.”


Nathaniel sacudió la cabeza lentamente. “No entiendes,” dijo. “Ninguno de los Nefilim entiende. Lo máximo que pueden ofrecer es dejarme vivir. Pero el Maestro puede prometerme que nunca moriré.” Se dio la vuelta a la criatura mecánica a su izquierda, la que no sostenía la Pyxis. “Mátalo,” dijo.



El autómata se lanzó hacia Jem. Era mucho más rápido que las criaturas que Jem había enfrentado en el puente Blackfriars. Apenas tuvo tiempo de voltear capturando la hoja que con el extremo de su bastón y elevarlo, antes de que la cosa se fuera sobre él. La criatura chilló como un tren desbocado cuando Jem lanzó el cuhillo directamente a su pecho y la cortó de lado a lado, rompiendo el metal de par en par. La criatura giró lejos, salpicando como una rueda catalina de chispas rojas.



Nate, capturado por los chorros de fuego, gritó y saltó hacia atrás, golpeando a las chispas que agujereaban su ropa quemándola. Jem aprovechó la oportunidad para saltar dos escalones y golpear a Nate por la espalda con la parte plana de su cuchillo, hasta caer en sus rodillas. Nate se volvió para buscar a su protector mecánico, pero éste se tambaleaba de un lado a otro a lo largo de los escalones, las chispas emergían de su pecho; parecía evidente que Jem había cortado uno de sus mecanismos centrales. El autómata que tenía la Pyxis permanecía inmóvil; Nate claramente no era su primera prioridad.



“¡Déjenlas!” gritó Nate a las criaturas mecánicas que apresaban a Sophie y Jessamine. “¡Maten al Cazador de Sombras! Mátenlo, ¿me oyen?”

Jessamine y Sophie, liberadas, cayeron al suelo, un tanto jadeantes pero notablemente vivas. Aunque el alivio de Jem fue de corta duración, cuando el segundo par de autómatas se lanzó hacia él, moviéndose a una velocidad increíble. Jem redujo a uno con su bastón. Éste saltó hacia atrás, fuera de alcance, y el otro alzó una mano; no una mano, en realidad, sino un bloque cuadrado de metal, con un lado afilado de dientes irregulares como una sierra.


Un grito vino por detrás de Jem, y Henry pasó delante de él, blandiendo un enorme sable. Lo golpeó duramente, cortando a través del brazo levantado del autómata y enviando su mano al suelo. Ésta se deslizó por el adoquín, lanzando chispas y chirridos, antes de estallar en llamas.



“¡Jem!” Fue la voz de Charlotte, lo que lo alertó. Jem giró y vio al otro autómata llegar a él por detrás. Condujo su cuchillo hacia la garganta de la criatura, cortando los tubos de cobre de su interior, mientras que Charlotte lo redujo a sus rodillas con su látigo. Con un gemido alto, se derrumbó en el suelo con las piernas cortadas. Charlotte, tensando su pálido rostro, llevó el látigo hacia abajo otra vez, mientras que Jem se volvía para ver que Henry, su pelo rojo pegado en la frente con sudor, estaba bajando su sable. El autómata que lo había atacado era ahora un montón de chatarra en el suelo.



De hecho, pedazos mecánicos estaban esparcidos por el patio, algunos de ellos aún ardiendo, como un campo de estrellas caídas. Jessamine y Sophie se agarraban la una a la otra; Jessamine le ofrecía apoyo a la otra chica, cuya garganta tenía un collar de marcas oscuras. Jessamine encontró los ojos de Jem a través de los escalones. Él pensó que podría haber sido la primera vez que parecía realmente contenta de verlo.



“Se ha ido,” dijo. “Nathaniel. Desapareció con esa criatura…y la Pyxis.”


“No entiendo.” El rostro ensangrentado de Charlotte era una máscara en shock. “El hermano de Maite…”


“Todo lo que nos dijo fue mentira,” dijo Jessamine. “Todo el asunto de enviarlos tras los vampiros fue una diversión.”



“Por Dios,” dijo Charlotte. “Así que De Quincey no estaba mintiendo...” Sacudió la cabeza, como si la apartara de telas de arañas. “Cuando llegamos a su casa en Chelsea, lo encontramos allí con unos pocos vampiros, no más de seis o siete, ciertamente no los cientos que Nathaniel nos había advertido, y nadie encontró criaturas mecánicas. Benedict mató a De Quincey, pero no antes de que el vampiro se riera de nosotros por llamarlo el Maestro, nos dijo que habíamos dejado que Mortmain se burlara de nosotros. Mortmain. Y yo había pensado que era sólo… sólo un mundano.”



Henry se sentó en el escalón superior, su espada soltando un sonido metálico. “Esto es un desastre.”



“Will,” dijo Charlotte aturdida, como si estuviera en un sueño. “¿Y Maite? ¿Dónde están?”


“Maite está en el Santuario. Con Mortmain. Will…” Jessamine negó con la cabeza. “No me di cuenta de que estaba aquí.



“Él está dentro,” dijo Jem, alzando la mirada hacia el Instituto. Se acordó de su sueño atormentado por el veneno; el Instituto en llamas, una nube de humo sobre Londres, y grandes criaturas mecánicas caminando de aquí para allá entre los edificios como arañas monstruosas. “El habrá ido por Maite.”



A la cara de Mortmain se le había drenado la sangre. “¿Qué estás haciendo?” Exigió, avanzando a grandes zancadas hasta ella.


colocó la punt*** del cuchillo contra su pecho y empujó. El dolor fue agudo, súbito. La sangre apareció en el seno de su vestido. “No te acerques más.”


Maite Mortmain se detuvo, su rostro contraído con furia. “¿Qué te hace pensar que me importa si vives o mueres, Señorita Gray?”



“Como dijo, usted me hizo,” dijo Maite. “Por alguna razón, deseaste que exista. Me valoró lo suficiente como para no dejar que las Hermanas Oscuras me dañaran de alguna manera permanente. De alguna forma, soy importante para ti. Oh, no yo, por supuesto. Mi poder. Eso es lo que te importa.” Podía sentir la sangre, cálida y húmeda, goteando por su piel, pero el dolor no era nada comparado a su satisfacción al ver la mirada de miedo en la cara de Mortmain.



Él habló con los dientes apretados. “¿Qué es lo que quieres de mí?”


“No. ¿Qué es lo que tú quieres de mí? Dime. Dime por qué me has creado. Dime quiénes son mis verdaderos padres. ¿Fue mi madre realmente mi madre? ¿Mi padre, mi padre?”


Mortmain curvó la sonrisa. “Está haciendo las preguntas equivocadas, Señorita Gray.”



“¿Por qué soy... lo que soy, y Nate es sólo humano? ¿Por qué él no es como yo?”



“Nathaniel es sólo tu medio hermano. No es más que un ser humano, y no un muy buen ejemplo de ellos. No lamentes que no eres como él.”


“Entonces...” Maite hizo una pausa. Su corazón estaba acelerado. “Mi madre no pudo haber sido un demonio,” dijo en voz baja. “O nada sobrenatural, porque la Tía Harriet era su hermana, y ella era un ser humano. Por lo tanto, debe haber sido mi padre. ¿Mi padre era un demonio?”



Mortmain sonrió, una repentina y fea sonrisa. “Baja el cuchillo y te daré tus respuestas. Tal vez incluso podamos invocar a la cosa que te engendró, si tan desesperada estás por verlo… ¿o debería decir, ver „eso‟?”



“Entonces soy una bruja,” dijo Maite. Su garganta se sentía apretada. “Eso es lo que está diciendo.”



Los ojos claros de Mortmain estaban llenos de desprecio. “Si tú insistes,” dijo, “supongo que esa es la mejor palabra para lo que eres.”


Maite oyó la voz clara de Magnus Bane en su cabeza: Oh, usted es una bruja. Crea en ello. Y si emabargo…



“No creo nada de esto,” dijo Maite. “Mi madre, ella nunca habría… no con un demonio.”


“No tenía ni idea.” Mortmain sonó casi compasivo. “No tenía idea de que estaba siéndole infiel a tu padre.”



El estómago de Maite se sacudió. Eso no había sido nada que ella no hubiera creído posible, nada que ella no se hubiese preguntado. Sin embargo, escucharlo en voz alta era algo más. “Si el hombre que yo creía que era mi padre, no era mi padre, y mi verdadero padre era un demonio,” dijo, “entonces ¿por qué no estoy marcada como un brujo está marcado?”



Los ojos de Mortmain chispearon con malevolencia. “En efecto, ¿por qué no? Tal vez porque tu madre no tenía idea de lo que era, no más de lo que tú sabes.”


“¿Qué quieres decir? ¡Mi madre era humana!”



Mortmain negó con la cabeza. “Señorita Gray, continúa haciendo las preguntas equivocadas. Lo que debe entender es que gran parte ya estaba planeada para que algún día llegaras. La planificación comenzó incluso antes que yo, y yo la llevé hacia adelante, sabiendo que estaba supervisando la creación de algo único en el mundo. Algo único que me pertenecería a mí. Sabía que algún día te desposaría, y que tú serías mía para siempre.”



Maite lo miró con horror. “¿Pero por qué? Usted no me ama. No me conoce. ¡Ni siquiera sabía cómo lucía! ¡Podría haber sido horrible!”

“No habría importado. Puedes mostrarte tan horrible o hermosa como desees. El rostro que tienes ahora es sólo uno de los mil rostros posibles. ¿Cuándo comprenderás que no hay una verdadera Maite Gray?”


dijo Maite.


Mortmain la miró con sus ojos claros. “¿Qué me has dicho?”


“Fuera. Deje el Instituto. Llévese a sus monstruos. O voy a apuñalarme en el corazón.”



Por un momento él dudó, sus manos cerrándose y abriendo a los costados. Así debería ser cuando se veía obligado a tomar una decisión negociable repentina, ¿comprar o vender? ¿Invertir o ampliar? Era un hombre acostumbrado a evaluar la situación en un instante, pensó Maite. Y ella era sólo una chica. ¿Qué posibilidades tenía de dominarlo?


Mortmain sacudió lentamente la cabeza. “No creo que lo hagas. Podrás ser una bruja pero sigues siendo una jovencita. Una mujer delicada.” Dio un paso hacia ella. “La violencia no está en tu naturaleza.”


Maite agarró el mango del cuchillo con fuerza. Pudo sentirlo todo, la dura superficie bajo sus dedos, el dolor con el que atravesó su piel, el latido de su corazón. “No dé un paso más,” dijo con voz temblorosa, “o lo haré. Meteré el cuchillo dentro.”



El temblor en la voz de ella pareció darle convicción; su mandíbula era firme, y se trasladó hacia ella con paso seguro. “No, no lo harás.”


Maite oyó la voz de Will en su cabeza. Tomó veneno en lugar de dejarse capturar por los romanos. Fue más valiente que cualquier hombre.


“Sí,” dijo ella. “Lo haré.”



Algo en su rostro debía haber cambiado, porque la confianza se escapó de la expresión de él y se abalanzó hacia ella, su arrogancia se había ido, tratando de alcanzar desesperadamente el cuchillo. Maite giró lejos de Mortmain, volviéndose hacia la fuente. Lo último que vio fue el agua plateada salpicando sobre ella cuando se clavó el cuchillo en el pecho.



Will se quedó sin aliento mientras se acercaba a las puertas del Santuario. Había luchado con dos de los autómatas mecánicos en el hueco de la escalera y pensó que estaba acabado, luego de que el primero de ellos, el que había sido atacado varias veces con la espada de Thomas, comenzó a funcionar mal y empujó a la segunda criatura por una ventana antes de desplomarse y estrellándose en la escalera en un torbellino de metal estropeado y disparando chispas.



Will tenía cortes en las manos y los brazos por la piel irregular de metal de las criaturas mecánicas, pero no se detuvo por una iratze. Sacó su estela mientras corría, y golpeó sobre las puertas del Santuario al acabar su carrera. Pasó la estela sobre la superficie de las puertas, creando la más rápida runa Abierto de su vida.


La cerradura de las puertas se deslizó. A Will le tomó una fracción de segundo para cambiar su estela por una de las espadas serafín en su cinturón. “Jerahmeel,” susurró, y cuando la hoja ardió con fuego blanco, pateó las puertas para abrir el Santuario.


Y se congeló horrorizado. Maite yacía desplomada en la fuente, cuya agua estaba teñida de rojo. La parte delantera de su vestido azul y blanco era una sábana escarlata, y la sangre se esparcía por debajo de su cuerpo en un charco cada vez mayor. Un cuchillo estaba junto a su mano derecha, su empuñadura manchada con sangre. Sus ojos cerrados.



Mortmain se arrodilló a su lado, puso su mano en el hombro. Levantó la vista cuando las puertas se abrieron de golpe, y luego se puso en pie, alejándose del cuerpo de Maite.


Sus manos estaban rojas debido a la sangre, y su camisa y chaqueta teñidas con ella.


“Yo...” empezó a decir.


“La mataste,” dijo Will. Su voz sonó estúpida a sus propios oídos, y muy lejana. Vio de nuevo en su mente la biblioteca de la casa donde había vivido con su familia de niño. Sus propias manos en la caja, los dedos curiosos desprendiendo el pestillo que la mantenía cerrada. La biblioteca se llenó con el sonido de gritos. El camino a Londres, plateado en la luz de la luna. Las palabras que habían pasado por su cabeza, una y otra vez, mientras se alejaba caminado de todo lo que había conocido, para siempre. Lo he perdido todo. Perdido todo.



Todo.


“No,” Mortmain negó con la cabeza. Él estaba jugando con algo, un anillo en su mano derecha, hecho de plata. “No la toqué. Se lo hizo a sí misma.”



“Es mentira.” Will se movió hacia adelante, la forma de la espada serafín debajo de sus dedos, reconfortante y familiar en un mundo que parecía moverse y cambiar a su alrededor como el paisaje de un sueño. “¿Sabes lo que pasa cuando introduzco uno de éstos en carne humana? dijo Will con voz áspera, alzando a Jerahmeel. “Te quemará como si te cortara. Morirás en agonía, quemándote de adentro hacia afuera.”



“¿Crees que lamentas su pérdida, Will Herondale?” La voz de Mortmain estaba llena de tormento. “Tu dolor es nada comparado al mío. Años de trabajo, sueños, más de lo que podrías imaginar, desperdiciados.”



“Entonces, tendrás consuelo, porque tu dolor será de corta duración,” dijo Will, y arremetió contra él, con la espada extendida. Sintió que pasaba la tela de la chaqueta de Mortmain… y luego no sintió resistencia. Se tambaleó hacia delante, se enderezó y observó. Algo resonó en el suelo a sus pies, un botón de bronce. Su hoja debió haberlo separado de la chaqueta de Mortmain. Le hizo un guiño desde el suelo como un ojo burlón.



Impresionado, Will bajó la espada serafín. Jerameel cayó al suelo, todavía ardiendo. Mortmain se había ido, ido por completo. Se había desvanecido como sólo un brujo podría desaparecer, un brujo que había entrenado en la práctica de la magia durante años. Para un humano, incluso un humano con el conocimiento oculto, lograr tal cosa...



Pero eso no importaba; no ahora. Will podía pensar sólo en una cosa. Maite. Medio temeroso, medio esperanzado, cruzó la habitación hasta donde ella yacía. La fuente hizo sus miserables sonidos relajantes cuando Will se arrodilló y la tomó en sus brazos.



Él la había sostenido de esa forma sólo una vez, en el ático, la noche que habían quemado la casa de De Quincey en la ciudad. El recuerdo de aquello había vuelto a él, espontáneo, suficientes veces desde entonces. Ahora era una tortura. Su vestido estaba empapado en sangre; así como su cabello, y su rostro estaba surcado con ésta. Will había visto muchas heridas como para saber que nadie podría perder tanta sangre y vivir.



“Maite,” susurró. Se aplastó contra ella; no importaba lo que hiciera ahora. Enterró su rostro en el hueco de su cuello, donde su garganta se reunía con el hombro. Su cabello, ya empezaba a endurecerse con la sangre, le rascó la mejilla. Podía sentir el ritmo de su pulso a través de su piel.



Se quedó paralizado. ¿Su pulso? Su corazón dio un vuelco; él se apartó, queriendo bajarla al suelo, y la encontró mirándolo con los ojos grises muy abiertos.


“Will,” dijo ella. “¿Realmente eres tú, Will?”



El alivio se estrelló sobre él en primer lugar, seguido instantáneamente por un terror en ebullición. Dejar a Thomas morir ante sus ojos, y ahora esto, también. ¿O tal vez ella podría ser salvada? Aunque no con Marcas. ¿Cómo se curaban los Submundo? Era un conocimiento que sólo los Hermanos Silenciosos tenían.



“Vendas,” dijo Will, mitad para sí mismo. “Tengo que conseguir vendas.”


Empezó a aflojar su control sobre ella, pero Maite capturó su muñeca con la mano. “Will, debes tener cuidado. Mortmain… él es el Maestro. Él estaba aquí...”

Will se sentía como si se estuviera ahogando. “Calla. Guarda tus fuerzas. Mortmain se ha ido. Tengo que conseguir ayuda.”


“No,” Ella apretó aún más la mano sobre él. “No, no necesitas hacer eso, Will. No es mi sangre.”



“¿Qué?” Dijo él, mirándola fijamente. Tal vez estaba delirando, pensó, pero su agarre y su voz fueron sorprendentemente fuertes para alguien que debería estar muerto. “Lo que sea que te haya hecho, Maite…”


“Yo lo hice,” dijo en la misma voz estable. “Me lo hice a mí misma, Will. Era la única manera que sabía para hacer que se vaya. Nunca me habría dejado aquí. No si hubiera pensado que estaba viva.”



“Pero…”


“He Cambiado. Cuando el cuchillo me tocó, Cambié, justo en ese momento. Fue algo que dijo Mortmain lo que me dio la idea, que un juego de manos es un simple truco y que nadie lo espera.”


“No entiendo. ¿La sangre?”



Ella asintió con la cabeza, su pequeño rostro iluminado con alivio, con su placer de contarle lo que había hecho. “Había una mujer, una vez, a la que las Hermanas Oscuras me hicieron Cambiar, quien había muerto de una herida por un arma de fuego, y cuando Cambié, su sangre se derramó sobre mí. ¿Te había dicho eso? Pensé que tal vez lo hice, pero no importa. Lo recordé, y Cambié a ella, sólo por un momento, y la sangre vino, como lo había hecho antes. Me volví alejándome de Mortmain para que no pudiese ver mi cambio, y me encogí hacia adelante como si el cuchillo me hubiera atravesado realmente, y de hecho, la fuerza del Cambio, y el hacerlo tan rápido, me hizo desmayar con certeza. El mundo se oscureció, y luego oí a Mortmain llamarme por mi nombre. Supe que tenía que haber vuelto en mí, y sabía que debía fingir estar muerta. Temía que ciertamente me descubriera si no hubieras llegado.”



Ella miró abajo hacia sí misma, y Will podría haber jurado que había un tono débilmente engreído en su voz cuando dijo: “¡Engañé al Maestro, Will! No lo habría creído posible, estaba tan seguro de su superioridad sobre mí. Pero recordé lo que habías dicho acerca de Boudica. Si no hubiera sido por tus palabras, Will...”



Alzó la vista hacia él con una sonrisa. Esa sonrisa rompió lo que quedaba de la resistencia de él; la hizo pedazos. Había bajado el muro cuando pensó que ella se había ido, y no había tiempo para reconstruirlo. Sin poder contenerse la apretó contra sí. Por un momento, ella se aferró a él con fuerza, cálida y viva en sus brazos. El pelo de Maite rozó la mejilla de él. El color había vuelto al mundo; Will podía respirar de nuevo, y en ese momento respiró en ella, que olía a sal, sangre, lágrimas, y a Maite.



Cuando ella se apartó de su abrazo, sus ojos brillaban. “Cuando escuché tu voz pensé que era un sueño,” dijo. “Pero eras real.” Sus ojos buscaron su cara, y, como satisfecha de lo que encontraron allí, sonrió. “Eres real.”



Él abrió su boca. Las palabras estaban allí. Estaba a punto de decirlas cuando una sacudida de terror lo atravesó, el terror de alguien que, vagando en la niebla, se detiene sólo para darse cuenta de que lo han dejado a pulgadas del borde de un abismo enorme. La forma en que ella lo miraba… podía leer lo que había en sus ojos, comprendió él. Debía estar escrito claramente allí, como las palabras en la página de un libro. No había ni tiempo, ni oportunidad, para ocultarlo.



“Will,” susurró ella. “Di algo, Will.”


Pero no había nada que decir. Sólo estaba el vacío, el que había estado antes que ella. El que estaría siempre.


Lo he perdido todo, pensó Will. Todo.
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tamalevyrroni

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Re: Cazadores de Sombras, Los Orígenes Ángel Mecánico LevyRroni(Terminada)

Mensaje por tamalevyrroni el Dom Oct 11, 2015 12:15 pm

20

Horrible Maravilla

A pesar de todo, cada hombre mata lo que ama, Para cada uno, oigan esto, Algunos lo hacen con una mirada amarga, Algunos con una palabra adulatoria, El cobarde lo hace con un beso, ¡El hombre valiente con una espada! —Oscar Wilde, “La Balada de la Lectura Encarcelada”

Las Marcas que indicaban luto eran rojas para los Cazadores de Sombras. El color de la muerte era el blanco. Tessa no había sabido eso, no lo había leído en el Código, así que se había quedado pasmada al ver las cinco figuras de los Cazadores de Sombras del Instituto salir del carruaje vestidos completamente de blanco como en una banquete de bodas, mientras Sophie y ella los observaban desde la ventana de la biblioteca.


Varios miembros de la Enclave habían sido asesinados limpiando el nido vampiro de De Quincey. El funeral era en nombre de ellos, aunque también enterraron a Thomas y Agatha. Charlotte había explicado que los entierros de los Nefilim generalmente eran sólo para Nefilims, pero una excepción podía ser hecha por aquellos que habían muerto en servicio por la Clave.



A Sophie y Maite, sin embargo, les habían prohibido ir. La ceremonia en sí, aún estaba cerrada para ellas. Sophie le había dicho a Maite que era lo mejor de todos modos, que no quería ver arder a Thomas y sus cenizas ser esparcidas en la Ciudad Silenciosa. “Prefiero recordarlo como era,” dijo, “y también a Agatha.”


La Enclave había dejado a una guardia tras ellos, varios Cazadores de Sombras quienes se habían presentado voluntarios para quedarse y vigilar el Instituto. Pasaría mucho tiempo, pensó Maite, antes de que volvieran a dejar el lugar sin vigilancia.



Durante su ausencia había pasado el tiempo leyendo en el hueco de la ventana—nada que ver con Nefilim o demonios o Submundos, sino que una copia de Historia de Dos Ciudades que había encontrado en el estante de Charlotte de libros de Dickens. Se había obligado a sí misma resueltamente a no pensar en Mortmain, en Thomas y Agatha, acerca de las cosas que Mortmain le dijo en el Santuario… y muy especialmente, no pensar en Nathaniel o dónde podría estar ahora. Cada pensamiento de su hermano hacía que su estómago se apretara y que la parte posterior de sus ojos picara.



Tampoco era que todo estuviera en su mente. Dos días antes, había sido obligada a aparecer ante la Clave en la biblioteca del Instituto. Un hombre al que los otros llaman el Inquisidor la había interrogado sobre su tiempo con Mortmain, una y otra vez, alerta por cualquier cambio en su historia, hasta que estuvo exhausta. La habían interrogado acerca del reloj que él había querido darle, y si sabía a quién había pertenecido, o qué podían significar las iniciales J.T.S. No lo sabía, y si se lo había llevado con él cuando desapareció, señaló, eso era improbable que cambiara. Había interrogado a Will, también, acerca de qué le había dicho Mortmain antes de desaparecer. Will había contestado a las pesquisas con hosca impaciencia, para la sorpresa de nadie, y eventualmente había sido desestimado com sanciones, por grosería e insubordinación.



El Inquisidor incluso demandó que Maite se desnudara, que debía ser examinada por una marca de brujo, pero Charlotte puso un rápido alto a eso. Cuando a Maite le permitieron irse, se precipitó por el corredor siguiendo a Will, pero él se había ido. Habían pasado dos días desde entonces, y en ese tiempo apenas lo había visto, ni habían hablado más allá del cortés intercambio ocasional de palabras en frente de otros. Cuando lo había mirado, él había apartado la mirada. Cuando ella había dejado la habitación, esperando que él la siguiera, no lo había hecho. Había sido enloquecedor.



No pudo evitar preguntarse si era la única que pensaba que algo significativo había pasado entre ellos en el suelo del Santuario. Había despertado de la oscuridad más profunda que cualquiera que se hubiera encontrado antes durante un Cambio, para encontrar a Will sosteniéndola, la mirada más francamente perturbadora que ella pudiera imaginar en su rostro.


¿Y seguramente no podría haber imaginado la forma en que él había dicho su nombre, o la forma en que la miraba?

No. No podría haber imaginado eso. Will se preocupaba por ella, estaba segura de eso. Sí, había sido grosero casi desde que la había conocido, pero además, eso pasaba en las novelas todo el tiempo. Vean cuan grosero había sido Darcy con Elizabeth Bennet antes de que pidiera su mano, y realmente, también muy grosero durante. Y Heathcliff nunca fue nada más que grosero con Cathy.



Aunque tenía que admitir que en Historia de Dos Ciudades, tanto Sydney Carton como Charles Darnay habían sido muy amables con Lucie Manette. Pero todavía siento la debilidad de desear que sepas con qué fuerza encendiste en mí algunas chispas a pesar de no ser yo más que ceniza, chispas que se convirtieron en fuego…



El hecho preocupante era que desde esa noche en el Santuario, Will no la había mirado ni dicho su nombre de nuevo. Creía saber la razón de eso; lo había adivinado por la forma en que Charlotte la había mirado, la forma en que todos estaban siendo tan reservados a su alrededor. Era evidente. Los Cazadores de Sombras la iban a echar.



¿Y por qué no habrían de hacerlo? El Instituto era para los Nefilim, no para los Submundos. Había traído muerte y destrucción sobre el lugar en el poco tiempo que había estado aquí; sólo Dios sabía qué pasaría si se quedaba. Por supuesto, no tenía donde ir, y nadie con quien ir, ¿pero por qué habría de importarles? Las Leyes de la Alianza no podían ser cambiadas o quebradas. Tal vez terminaría viviendo con Jessamine después de todo, en alguna casa en la ciudad de Belgravia75. Había cosas peores.



El traqueteo de las ruedas del carruaje sobre el empedrado exterior, señalando el regreso de los otros de la Ciudad Silenciosa, la sacó de su sombrío ensimismamiento. Sophie se precipitó por las escaleras para recibirlos mientras Maite observaba a través de la ventana como bajaban del carruaje uno a uno.



Henry tenía el brazo alrededor de Charlotte, quien se inclinaba contra él. Después vino Jessamine, con flores pálidas puestas a través de su cabello rubio. Maite admiró como se veía, no pudo evitar la leve sospecha de que Jessamine probablemente disfrutaba los funerales porque sabía que se veía especialmente bonita en blanco. Luego vino Jem, y luego Will, viéndose como dos piezas de ajedrez de algún extraño juego, tanto el cabello plateado de Jem como el negro enmarañado de Will resaltaban por la palidez de sus ropas. Caballero Blanco y Caballero Negro, pensó Maite cuando subieron los escalones y desaparecieron dentro del Instituto. Acababa de dejar su libro en el asiento junto a ella cuando la puerta de la biblioteca se abrió y entró Charlotte, aún quitándose los guantes. Su sombrero se había ido, su cabello castaño caía alrededor de su rostro en rizos húmedos.



“Pensé que te encontraría aquí,” dijo, cruzando la habitación hasta hundirse en la silla opuesta al asiento de la ventana en Maite. Tiró los guantes blancos en la mesa cercana y suspiró.



“¿Fue…?” comenzó Maite.



“¿Horrible? Sí. Odio los funarales, aunque el Ángel sabe que he estado en decenas.” Charlotte se pausó y mordió su labio. “Soné como Jessamine. Olvida que dije eso, Maite. El sacrificio y la muerte son parte del la vida Cazando Sombras, y siempre he aceptado eso.”



“Lo sé.” Estaba muy silecioso. Maite imaginó que podía sentir su corazón latiendo en el vacío, como el tic-tac de un reloj de péndulo en una gran habitación vacía.



“Maite…,” comenzó Charlotte.



“Ya sé lo que vas a decir, Charlotte, y está muy bien.”



Charlotte parpadeó. “¿Lo sabes? ¿Está…bien?”



“Quieres que me vaya,” dijo Maite. “Sé que te reuniste con la Clave antes del funeral. Jem me lo dijo. No me puedo imaginar que crean que debas permitir que me quede. Después de todos los problemas y el espanto que les he traído. Nate. Thomas y Agatha…”



“A la Clave no le importan Thomas y Agatha.”



“Las Pyxis, entonces.”



“Sí,” dijo Charlotte lentamente. “Maite, creo que tienes la idea completamente equivocada. No vine a pedirte que te vayas; vine a pedirte que te quedes.”


“¿Me quede?” las palabras parecían estar desconectadas de cualquier significado. Seguramente Charlotte no había querido decir lo que había dicho. “Pero la Clave… deben estar furiosos…”



“Están furiosos,” dijo Charlotte. “Con Henry y conmigo. Fuimos totalmente engañados por Mortmain. Nos usó como instrumentos, y se lo permitimos. Estaba tan orgullosa de la forma inteligente y práctica en que me había hecho cargo de él que nunca me detuve a pensar que tal vez él era el único haciéndose cargo. Nunca me detuve a pensar que ninguna criatura viviente que no fuera Mortmain y tu hermano había confirmado que de Quincey era el Maestro. La otra evidencia era toda circunstancial, y aún así me dejé ser convencida.”



“Era muy convincente.” Maite se apresuró a tranquilizar a Charlotte. “El sello que encontramos en el cuerpo de Miranda. Las criaturas en el puente.”


Charlotte hizo un sonido amargo. “Todos personajes en una obra que Mortmain armó para nuestro beneficio. Sabes que, buscando como lo hicimos, ¿no fuimos capaces de encontrar una pizca de evidencia en cuanto a qué otros Submundos controlaba el Club Pandemónium? Ninguno de los miembros mundanos tenía una pista, y ya que destruímos el clan de De Quincey, los Submundos están más desconfiados de nosotros que nunca.”



“Pero sólo han pasado unos días. A Will le tomó seis semanas encontrar a las Hermanas Oscuras. Si siguen buscando…”


“No tenemos ese tiempo. Si lo que Nathaniel le dijo a Jem era verdad, y Mortmain planea usar la energía demoniaca dentro de las Pyxis para animar sus maniquíes mecánicos, sólo tendremos el tiempo que le tomará aprender a abrir la caja.” Se encogió de hombros. “Por supuesto, la Clave cree que eso es imposible. Las Pyxis sólo pueden ser abiertas con runas, y sólo un Cazador de Sombras puede dibujarlas. Pero luego otra vez, sólo los Cazadores de Sombras se supone deberían haber sido capaces de obtener acceso al Instituto.”


“Mortmain es muy inteligente.”



“Sí.” Las manos de Charlotte estaban fuertemente anudadas en su regazo. “¿Sabías que Henry es quien le dijo a Mortmain sobre las Pyxis? ¿Cómo se llamaban, y qué hacían?”


“No…” las palabras tranquilizadoras de Maite la habían abandonado.


“No podías. Nadie sabe eso. Sólo yo, y Henry. Él quería que le dijera a la Clave, pero no lo haré. Ellos ya lo tratan tan mal, y yo…” la voz de Charlotte se sacudió, pero su pequeño rostro estaba firme. “La Clave está convocando un tribunal. Mi conducta, y la de Henry, será examinada y sometida a votación. Es posible que perdamos el Instituto.”



Maite estaba horrorizada. “¡Pero si eres maravillosa con el funcionamiento del Instituto! La forma en que mantienes todo organizado y en su lugar, la forma en que lo manejas todo.”



Los ojos de Charlotte estaban húmedos. “Gracias, Maite. El hecho es que Benedict Lightwood siempre ha querido el lugar de cabecera del Instituto para sí mismo, o para su hijo. Los Lightwoods tienen un gran orgullo familiar y desprecian aceptar órdenes. Si no fuera por el hecho de que el propio Consul Wayland nos nombró a mi esposo y a mí como los sucesores de mi padre, estoy segura de que Benedict hubiera estado en el cargo. Todo lo que he querido alguna vez es dirigir el Instituto, Maite. Haré cualquier cosa para mantenerlo. Si sólo me ayudaras…



75 Belgravia es un distrito del centro de Londres en la Ciudad de Westminster y el Royal Borough of Kensington y Chelsea.

“¿Yo? ¿Pero qué puedo hacer? No sé nada de las políticas de los Cazadores de Sombras.”



“Las alianzas que forjamos con los Submundos son algunos de nuestros activos más valiosos, Maite. Parte de la razón por la que todavía estoy donde estoy es mi afiliación con brujos como Magnus Banes y vampiros tales como Camille Belcourt. Y tú, eres una preciosa mercancía. Lo que puedes hacer ya ha ayudado a la Enclave una vez; la ayuda que nos podrías ofrecer en el futuro podría ser incalculable. Y si tu eres conocida por ser una firme aliada mía, eso sólo me va a ayudar.”



Maite contuvo la respiración. En su mente vio a Will—Will cómo había lucido en el Santuario—pero, casi para su sorpresa, él no era todo lo que sus pensamientos contenían. Estaba Jem, con su bondad y manos suaves; y Henry haciéndola reír con sus extrañas ropas y divertidas invenciones; e incluso Jessamine, con su peculiar fiereza y ocasional sorprendente valentía.



“Pero la Ley,” dijo ella en una vocecita.



“No hay una Ley en contra de que te quedes aquí como nuestra invitada,” dijo Charlotte. “He buscado en los archivos y no he encontrado nada que te impida quedarte, si consientes. Así que, ¿consientes, Maite? ¿Te quedarás?”



Maite subió de prisa los escalones al ático; por primera vez en lo que se sentía como por siempre, su corazón estaba casi ligero. El ático en sí era tal como lo recordaba, las ventanas altas y pequeñas dejando entrar un poco de luz del atardecer, que era casi crepúsculo ahora. Había un cubo volcabo en el suelo; maniobró alrededor de éste en su camino a las estrechas escalera que llevaban a la azotea.



A menudo puedes encontrarlo ahí cuando está en problemas, Charlotte había dicho. Y pocas veces he visto a Will tan aproblemado. La pérdida de Thomas y Agatha ha sido más difícil para él de lo que preveía.



Los escalones terminaban en una cuadrada puerta basculante, que colgaba de un lado. Maite empujó la puerta trampilla abriéndola, y salió a la azotea del Instituto. Enderezándose, miró alrededor. Se puso de pie en el techo ancho y plano, el cual estaba rodeado por una barandilla de hierro forjado hasta la cintura. Las barras de la barandilla

terminaban en remates con f orma de afiladas flores de lis76. En el extremo del techo estaba Will, inclinado contra la barandilla. No se giró, incluso cuando la puerta trampilla se cerró tras ella y dio un paso adelante, frotando sus palmas rasguñadas contra la tela de su vestido.



“Will,” dijo.



Él no se movió. El sol había comenzaba a ponerse en un torrente de fuego. A través del Támesis, las chimeneas de las fábricas arrojaban humo que trepaba como dedos negros a través del cielo rojo. Will estaba inclinado contra la barandilla como si estuviera exhausto, como si tuviera la intención de caer hacia adelante a través de los remates de jabalina afilados y terminar con todo. No dio señal de haber escuchado a Maite mientras ella se aproximaba y movía hasta estar junto a él. Desde aquí el empinado techo caía en una vertiginosa visión de los adoquines debajo.



“Will,” dijo de nuevo. “¿Qué estás haciendo?”



No la miró. Estaba mirando la ciudad, un contorno negro contra el enrojecido cielo. La cúpula de San Pablo brillaba a través del aire sucio, y el Támesis corría como fuerte té oscuro bajo ésta, interrumpido aquí y allá con las líneas negras de los puentes. Formas oscuras se movían por las orillas del río; rapiñadores buscando a través de la inmundicia arrojada por el agua, esperando encontrar algo valioso para vender.



“Ahora recuerdo,” dijo Will sin mirarla, “lo que estaba intentado recordar el otro día. Era Blake. „Y he aquí en Londres, una horrible maravilla Humana de Dios.‟” Miró por sobre el paisaje. “Milton pensó que Infierno era una ciudad, ya sabes. Pienso que tal vez tenía media razón. Tal vez Londres es sólo la entrada al Infierno, y somos almas condenadas negándonos a pasar, temiendo que lo que vamos a encontrar al otro lado será peor que el horror que ya conocemos.”



“Will.” Maite estaba desconcertada. “Will, ¿qué es?, ¿qué está mal?”



Él agarró la barandilla con las dos manos, sus dedos blanqueándose. Sus manos estaban cubiertas por cortes y rasguños, sus nudillos estaban raspados, rojos y negros. Había moretones en su rostro también, oscureciendo la línea de su mandíbula, la piel bajo sus ojos estaba púrpura. Su labio inferior estaba rojo e hinchado, y no había hecho nada para curar nada de eso. No podía imaginar por qué.



“Debí haberlo sabido,” dijo él. “Que era una trampa. Que Mortmain estaba mintiendo cuando vino aquí. Charlotte tan a menudo ha hecho alarde mis habilidades tácticas, pero un buen táctico no confía ciegamente. Fui un tonto.”



“Charlotte cree que es su culpa. Henry cree que es su culpa. Yo creo que es mi culpa,” dijo Maite impacientemente. “No podemos tener el lujo de culparnos a nosotros mismos ahora, ¿verdad?”



“¿Tu culpa?” Will sonaba perplejo. “¿Porque Mortmain está obsesionado contigo? Eso no parece…”



“Por traer a Nathaniel aquí,” dijo Maite. Sólo decirlo en en voz alta la hacía sentir como si su pecho estuviera siendo exprimido. “Por impulsarlos a confiar en él.”



76 La palabra lis es un galicismo que significa lirio. La flor de lis es una representación de la flor de lirio. En la heráldica francesa es un mueble muy difundido. El diseño se remonta a una época muy antigua de la historia de esta ciencia. Se la puede nombrar como flor de lis o amacayo. Es una de las cuatro figuras más populares de la heráldica, junto con la cruz, el águila y el león.

“Sí.” Will sonaba hermético y distante. “Supongo que lo hacemos.”



Maite rápidamente dijo, “Subí aquí porque tengo buenas noticias, Will. ¿No me dejarás contarte cuáles son?”



“Cuéntame.” Su voz estaba muerta.



“Charlotte dijo que puedo permanecer aquí,” dijo Maite. “En el Instituto.” Will no dijo nada. “Dijo que no hay ninguna Ley contra eso,” continuó Maite, un poco desconcertada ahora. “Así que no es necesario que me vaya.”



“Charlotte nunca hubiera hecho que te fueras, Maite. No puede abandonar ni a una mosca atrapada en una tela de araña. No te habría abandonado.”



No había vida en la voz de Will ni tampoco sentimiento. Siemplemente estaba constatando un hecho.



“Pensé…” la euforia de Maite se estaba desvaneciendo rápidamente. “Que estarías al menos un poco complacido. Pensé que nos estábamos haciendo amigos.” Vio la línea de su garganta moverse cuando tragó duramente, sus manos tensándose nuevamente en la barandilla. “Como una amiga,” continuó ella, su voz disminuyendo, “he llegado a admirarte, Will. A preocuparme por tí.” Se estiró, queriendo tocar su mano, pero retrocedió, sorprendida por la tensión en su postura, la blancura de los nudillos que apretaban la barandilla de metal. Las Marcas rojas de luto destacaban escarlatas contra la blancura de su piel, como si hubieran sido cortadas ahí con cuchillos. “Pensé que tal vez… ”



Finalmente Will se giró a mirarla directamente. Maite se sorprendió al ver la expresión en su rostro. Las sombras bajo sus ojos eran muy oscuras, éstos parecían huecos.



Se quedó ahí y lo miró , deseando que dijera lo que un héroe de un libro hubiera dicho ahora, en este momento. Maite, mis sentimientos por ti han crecido más allá de los meros sentimientos de amistad. Son mucho más raros y preciosos que eso…



“Ven aquí,” dijo él en cambio. No había nada acogedor en su voz, o en la forma en que estaba de pie. Maite luchó contra su instinto de huir, y se movió hacia él, lo suficientemente cerca para que él la tocara. Él extendió sus manos y tocó su cabello suavemente, cepillando hacia atrás los rizos extraviados alrededor de su rostro. “Mai.”



Ella alzó la mirada hacia él. Sus ojos eran del mismo color del cielo manchado de humo; incluso magullado, su rostro era hermoso. Quería ser tocada por él, lo quería en alguna manera rudimentaria, instintiva, que ni siquiera podía explicar ni controlar. Cuando él se inclinó a besarla, todo que pudo hacer fue refrenarse a sí misma hasta que sus labios encontraron los de ella. Su boca cepilló la suya y probó la sal en él, el sabor picante de su magulladura y la piel sensible donde su labio estaba cortado. La tomó por lo hombros y la acercó a él, sus dedos pasando por la tela de su vestido.



Incluso más que en el ático, se sentía atrapada en el remolino de una ola poderosa que amenazaba con arrastrala arriba y abajo, apretarla y quebrarla, desgastarla hasta dejarla suave como el mar podría desgastar un trozo de cristal.



Se estiró para posar sus manos en sus hombros, y él retrocedió, mirándola hacia abajo, respirando con mucha dificultad. Sus ojos estaban brillantes, sus labios ahora rojos e inflamados por los besos como por las heridas.



“Tal vez,” dijo él, “luego debamos discutir nuestros arreglos.”



Maite, todavía sintiéndose como si se hubiera ahogado, susurró, “¿Arreglos?”



“Si vas a quedarte,” dijo él, “sería para nuestro provecho ser discretos. Tal vez sea mejor usar tu habitación. Jem tiende a entrar y salir de la mía como si viviera en el lugar, y podría estar perplejo de encontrar la puerta bloqueda. Tus cuartos, por otra parte…”



“¿Usar mi habitación?” repitió ella. “¿Para qué?”


La boca de Will se arqueó hacia arriba en la esquina; a Maite, quien había estado pensando cuan hermosamente formados eran sus labios, le tomó un momento darse cuenta con un sentimiento de distante sorpresa que la sonrisa era una muy fría. “No puedes pretender que no sabes… Creo que no eres totalmente ignorante del mundo, Maite. No con ese hermano tuyo.”



“Will.” El entusiasmo se estaba yendo de Maite como el mar retrocediendo de la tierra; se sentía fría, a pesar del aire de verano. “No soy como mi hermano.”



“Te preocupas por mí,” dijo Will. Su voz era fría y segura. “Y sabes que te admiro, en la forma en que todas las mujeres saben cuando un hombre las admira. Ahora has venido a decirme que estarás aquí , disponible para mí, durante el tiempo que pueda desearlo. Te estoy ofreciendo lo que pensé que querías.”



“No puedes querer decir eso.”



“Y tú no puedes haber imaginado que quisiera decir algo más,” dijo Will, “No hay futuro para un Cazador de Sombras que pierde el tiempo con brujos. Uno puede ser amigo de ellos, emplearlos, pero no…”



“¿Casarse con ellos?” dijo Maite. Había una clara imagen del mar en su cabeza. Se había retirado completamente de la costa, y podía ver las pequeñas criaturas que había dejado a su paso, jeadeando, aleteando y muriendo en la arena desnuda.



“Qué atrevida.” Sonrió Will; ella quería abofetear la expresión de su cara. “¿Qué es lo que realmente esperabas, Maite?”



“No esperaba que me insultaras.” La voz de Maite amenazó con temblar; de alguna forma, se mantuvo firme.



“No puede ser que las consecuencias no deseadas de un coqueteo te preocupen,” reflexionó Will. “Ya que los brujos son incapaces de tener hijos…”



“¿Qué?” Maite dio un paso atrás como si él la hubiera empujado. El suelo se sentía inestable bajo sus pies.


Will la miró. El sol se había ido del cielo casi completamente. En la cercana oscuridad los huesos de su rostro se veían prominentes y las líneas de las esquinas de su boca eran tan duras como si estuviera atormentado por un dolor físico. Pero su voz cuando habló era imperturbable “¿No sabías eso? Pensé que alguien te lo había dicho.



“No,” dijo Maite suavemente. “Nadie me dijo.”


Su mirada se mantenía estable. “Si no estás interesada en mi oferta…”



“Detente,” dijo ella. Este momento, pensó, era como el borde de un pedacito de vidrio roto, claro y afilado y doloroso. “Jem dice que mientes para hacerte parecer malo,” dijo ella. “Y tal vez eso es verdad, o tal vez él simplemente desea creer eso de ti. Pero no hay razón o excusa para una crueldad como esta.”



Por un momento él se vio realmente desconcertado, como si de verdad lo hubiera sorprendido. La expresión se fue en un instante, como la forma cambiante de una nube. “Entonces no hay nada más que decir, ¿verdad?”

Sin otra palabra giró en sus talones y caminó alejándose de él, hacia los escalones que la conducían abajo de vuelta al Instituto. No giró para verlo observándola, una negra silueta inmóvil contra las últimas ascuas del cielo ardiente.



* * *



Los Hijos de Lilith, conocidos también por el nombre de brujos, son, al igual que las mulas y los otros cruces, estériles. No pueden producir descendencia. No se han observado excepciones a esta regla…


Maite levantó la vista del Código y miró fijamente, sin ver, fuera de la ventana de la sala de música, aunque estaba demasiado oscuro para mucha vista. Se había refugiado aquí, no queriendo volver a su propia habitación, donde eventualmente sería descubierta abatida por Sophie, o peor, Charlotte. La fina capa de polvo sobre todo en esta habitación le aseguró que era mucho menos probable que la encontraran aquí.


Se preguntó como antes se había perdido este hecho acerca de los brujos. Para ser justos, no estaba en la sección de brujos en el Código, sino más bien en la sección más adelante de cruces de Submundos, como las medio hadas y los medio hombrelobos. No había medio brujos, aparentemente. Los brujos no podían tener hijos. Will no había estado mintiendo para herirla; le había estado diciendo la verdad. Lo que parecía peor, de cierta forma. Él habría sabido que sus palabras no eran un golpe ligro, fácil de resover.



Tal vez había estado en lo correcto. ¿Qué más había pensado que realmente pasaría? Will era Will, y no debía haber esperado que fuera algo más. Sophie le había advertido, y aún así no había escuchado. Sabía lo que hubiera dicho Tía Harriet acerca de las chicas que no escuchaban un buen consejo.


Un débil sonido susurrante interrumpió su ensimismamiento. Se giró y primero no vio nada. La única luz en la habitación venía de un solitario candelabro de luz mágica en la pared. Su luz parpadeante jugaba sobre la forma del piano, la oscura masa curvada del arpa cubierta con una lona pesada. Mientras miraba, dos puntos brillantes de luz se disiparon, cerca del suelo, un extraño color verde-amarillo. Se estaban moviendo hacia ella, ambos al mismo tiempo, como gemelos fuegos fatuos.


Repentinamente Maite expulsó el aliento contenido. Por supuesto. Se inclinÓ hacia adelante. “Aquí, gatito.” Hizo un ruido de persuasión. “¡Aquí, gatito, gatito!” El maullido del gato en respuesta se perdió en el ruido de la puerta abriéndose. Luz se derramó dentro de la habitación, y por un momento la figura en la puerta fue sólo una sombra. “¿Maite? Maite, ¿eres tu?”



Maite conoció la voz inmediatamente; era tan cercana a la primera cosa que le había dicho, la noche que ella había entrado en su habitación: ¿Will? Will, ¿eres tú?


“Jem,” dijo resignadamente. “Sí, soy yo. Tu gato parece haber vagado por aquí.”


“No puedo decir que esté sorprendido.” Jem sonaba divertido. Podía verlo claramente ahora mientras entraba a la habitación; la luz mágica del corredor se desbordó en el interior, e incluso el gato era claramente visible, sentado en el suelo y lavando su cara con una pata. Se veía enojado, de la forma en que los gatos persas siempre se ven. “Parece ser un poco vagabundo . Como si demandara ser presentado a todos…” Jem se interrumpió entonces, sus ojos en el rostro de Maite. “¿Qué está mal?



Maite estaba tan sorprendida que tartamudeó. “¿P-por qué me preguntas eso?”


“Puedo verlo en tu rostro. Algo pasó.” Se sentó en el taburete del piano frente a ella. “Charlotte me contó las buenas noticias,” dijo mientras el gato se ponía de pie y se escabullía através de la habitación hasta él. “O al menos, pensé que eran buenas noticias. ¿No estás complacida?”


“Por supuesto que estoy complacida.”



“Hm.” Jem no se vio convencido. Agachándose, le tendió la mano al gato, quien frotó la cabeza contra la parte posterior de sus dedos. “Buen gato, Iglesia.”


“¿Iglesia? ¿Ese es el nombre del gato?” Maite se divertía a su pesar. “Dios mío, ¿no solía ser familiar77 de la Sra. Dark o algo como eso? ¡Tal vez Iglesia no sea el mejor nombre para éste!”


“Él,” la corrigió Jem con burlona severidad, “no era un familiar, sino que una pobre criatura que ella planeaba sacrificar como parte de su lanzamiento del hechizo negromántico. Y Charlotte ha estado diciendo que debemos conservarlo porque es de buena suete tener un gato en una iglesia. Así que comenzamos a llamarlo „el gato de la iglesia,‟ y de eso…” se encogió de hombros. “Iglesia. Y si el nombre lo ayuda a mantenerse fuera de problemas, tanto mejor.”



“Creo que me mira de manera superior.”


“Probablemente. Los gatos creen que son superiores a todos.” Jem rascó a Iglesia detrás de las orejas. “¿Qué estás leyendo?”


Maite le mostró el Código. “Will me lo dio…”



Jem se estiró y tomó el libro de ella, con tan agilidad que Maite no tuvo tiempo de retirar su mano. Todavía estaba abierto en la página que había estado estudiando. Jem bajo la vista hacia éste, y luego volvió a subirla hacia ella, su expresión cambiando. “¿Sabías esto?”



Ella sacudió la cabeza . “No es tanto que soñara con tener hijos,” dijo. “No había pensado tan adelante en mi vida. Es más, que parece otra cosa que me separa de la humanidad. Eso me hace un monstruo. Algo aparte.”



Jem estuvo silencioso por un largo momento, sus largos dedos acariciando el pelaje gris del gato. “Tal vez,” dijo, “no sea una cosa mala estar apartado.” Se inclinó hacia adelante. “Maite, tú sabes que aunque pareces una bruja, tienes una habilidad que nunca habíamos visto antes. No llevas marca de demonio. Con tanto incierto acerca de ti, no puedes permitir que esta pieza de información te conduzca a la desesperación.”



“No estoy desesperada,” dijo Maite. “Es sólo… He estado despierta estas últimas noches. Pensando acerca de mis padres. Apenas los recuerdo, ya ves. Y sin embargo, no puedo evitar preguntarme. Mortmain dijo que mi madre no sabía que mi padre era un demonio, ¿pero estaba él mintiendo? Dijo que ella no sabía lo que era ella, ¿pero qué significa eso? ¿Supo alguna vez lo que yo era, que no era humana? ¿Es por eso que dejaron Londres como lo hicieron, tan secretamente, al amparo de la oscurisad? Si soy el resultado de algo… algo espantoso; eso le fue hecho a mi madre sin su conocimiento, ¿entonces cómo pudo haberme amado?”



“Te escondieron de Mortmain,” dijo Jem. “Debían saber que él te quería. Todos esos años te buscó, y ellos te mantuvieron segura; primero tus padres, luego tu tía. Ese no es el acto de una familia falta de amor.” Su mirada estaba atenta en su rostro. “Maite, no quiero hacerte promesas que no puedo mantener, pero si tu verdaderamente deseas saber la verdad acerca de tu pasado, podemos buscarla. Después de todo lo que has hecho por nosotros, te debemos mucho. Si hay secretos que hay que aprender sobre como llegaste a ser lo que eres, entonces podemos aprenderlos, si eso es lo que deseas.”



“Sí. Eso es lo que quiero.”


“Puede que no,” dijo Jem, “te guste lo que descubras.”



“Es mejor saber la verdad.” Maite se sorprendió por la convicción en su propia voz. “Sé la verdad acerca de Nate, ahora, y doloroso como es, es mejor que el que te mientan. Es mejor que ir amando a alguien quien no puede amarme también. Mejor que gastar todos esos sentimientos.” Su voz tembló.



77 Un espíritu familiar es el nombre dado a entes mitológicos con poderes mágicos, que según la tradición serían invocados por una persona versada en lo arcano, generalmente un mago o un brujo. Normalmente adoptando la forma de animales domésticos o de criaturas mitológicas o demoniacas. Su nombre proviene de que el dueño debía pasar el conocimiento y la manera de mantenerlo a sus hijos, para que así el familiar continuara en la familia. Si un familiar tiene el aspecto de un animal doméstico, como un gato o un búho, puede actuar como espía para su amo. En este tipo de familiares, la relación entre estos seres y a quienes sirven puede llegar a ser muy estrecha, llegando en ocasiones a servir de fuente de inspiración. Se dice que la naturaleza retraída de muchos magos y brujos haría también que vean a sus familiares como sus mejores amigos.

“Creo que lo hizo,” dijo Jem, “y te ama, a su manera, pero no puedes preocuparte con eso. Es una gran cosa amar y ser amado. El amor no es algo que pueda ser desaprovechado.”


“Es difícil. Eso es todo.” Maite sabía que estaba siendo autocompasiva, pero parecía no poder quitárselo de encima. “Estar tan sola.”


Jem se inclinó hacia adelante y la miró. Las Marcas rojas destacaban como fuego en su pálida piel, haciéndola pensar en los patrones que trazaban los bordes de las túnicas de los Hermanos Silenciosos.



“ Mis padres, como los tuyos, están muertos. También los de Will, y los de Jessie, e incluso los de Henry y los de Charlotte. No estoy seguro de que haya alguien en el Instituto que no sea huérfano. De lo contrario no estaríamos aquí.”


Maite abrió la boca, y luego la cerró otra vez. “Lo sé,” dijo. “Lo siento. Estaba siendo perfectamente egoísta al no pensar…”



Él levanto una delgada mano. “No te estoy culpando,” dijo. “Tal vez estás aquí porque de otra manera estás sola, pero yo también. También lo está Will. También lo está Jessamine. E incluso, en medida, Charlotte y Henry. ¿Dónde más tendría Henry su laboratorio? ¿Dónde más podría Charlotte poner su mente brillante a trabajar de la forma en que puede aquí? Y aunque Jessamine finge odiar todo, y Will nunca admitiría necesitar algo, ambos han hecho hogares para sí mismos aquí. En cierta forma, no estamos aquí sólo porque no tenemos otro lugar; no necesitamos otro lugar, porque tenemos el Instituto, y aquellos quienes estén en él, son nuestra familia.”



“Pero no mi familia.”



“Podrían serlo,” dijo Jem. “Cuando por primera vez llegué aquí, tenía doce años. Decididamente no se sentía como casa para mí entonces. Sólo vi cómo Londres no era como Shangai, y estaba nostálgico. Entonces Will fue a una tienda en el East End y me compró esto.” Sacó la cadena que colgaba alrededor de su cuello, y Maite vio que el destello verde que había notado antes era un colgante de piedra verde en forma de una mano cerrada. “Creo que le gustaba porque le recordaba a un puño. Pero era jade, y él sabía que el jade viene de China, así que lo trajo de vuelta para mí y lo colgó de una cadena para llevarlo. Todavía lo llevo.”



La mención de Will hizo que el corazón de Maite se contrajera. “Supongo que es bueno saber que puede ser amable aveces.”


Jem la miró con perspicaces ojos plateados. “Cuando entré… esa mirada en tus ojos, no era sólo por lo que acabas de leer en el Código, ¿no? Era por Will. ¿Qué te dijo?”


Maite vaciló. “Hizo muy claro que no me quiere aquí,” dijo finalmente. “Que mi permanencia en el Instituto no es la feliz oportunidad que pensé que era. No en su punto de vista.”



“Y después de que justo terminé de decirte por qué deberías considerarlo familia,” dijo Jem, un poco tristemente. “No me extraña que te veas como si acabara de decirte que algo horrible ha pasado.”


“Lo siento,” susurró Maite.


“No lo hagas. Es Will quien debe sentirlo.” Los ojos de Jem se oscurecieron. “Vamos a echarlo a la calle,” proclamó. “Te prometo que se irá por la mañana.”



Maite se sorprendió y se sentó erguida. “Oh…no, no puedes querer decir eso…”



Él sonrió. “Por supuesto que no. Pero te sentiste mejor por un momento, ¿no? ”


“Fue como un hermoso sueño,” dijo Maite gravemente, pero sonrió cuando lo dijo, lo que la sorprendió.



“Will es… difícil,” dijo Jem. “Pero la familia es deifícil. Si no pensara que el Instituto es el mejor lugar para ti, Maite, no te hubiera dicho que lo era. Y uno puede construir su propia familia. Sé que te sientes inhumana, como si estuvieras apartada, alejada de la vida y el amor, pero…” su voz se quebró un poco, la primera vez que Maite lo había escuchado sonar inseguro. Él aclaró su garganta. “Te prometo, al hombre adecuado no le importará.”



Antes de que Maite pudiera responder, hubo un fuerte golpe en el cristal de la ventana. Miró hacia Jem, quien se encogió de hombros. Lo había oído también. Cruzando la habitación, vio que en efecto había algo fuera… una oscura figura alada, como un ave pequeña luchando por entrar. Trató de levantar el marco de la ventana, pero parecía atascado.


Se giró, pero Jem ya había aparecido a su lado, y abrió la ventana. Cuando la oscura figura revoloteó en el interior, voló directamente a Maite. Levantó las manos y la cogió en el aire, sintiendo las afiladas alas de metal revolotear contra sus palmas. Cuando las sostuvo, se cerraron, y sus ojos se cerraron también. Una vez más sostenía su espada de metal tranquilamente, como si esperara ser despertado de nuevo. Su corazón mecánico hizo Tic- tac contra sus dedos.



Jem se volvió de la venta abierta, el viento alborotaba su cabello. A la luz amarilla, éste brillaba como oro blanco. “¿Qué es?”


Maite sonrió. “Mi ángel,” dijo.



Epilogo



Se había hecho tarde, y los párpados de Magnus Bane se caían de agotamiento. Puso las Odas de Horacio sobre el final de la mesa y miró pensativo la lluvia que dejaba corría por las ventanas que daban a la plaza.



Esta era la casa de Camille, pero esta noche no estaba en ella, a Magnus le parecía poco probable que ella estuviera en casa de nuevo por muchas noches más, si no fuera por más tiempo. Había dejado la ciudad después de esa noche desastrosa en el De Quincey, y aunque él le había enviado un mensaje diciéndole que era seguro regresar, dudaba de que lo hiciera. No podía dejar de preguntarse si, ahora que había cobrado venganza contra su clan vampiro, seguiría deseando su compañía. Tal vez sólo había sido algo para lanzar al rostro de De Quincey.



Siempre podía marcharse; empacar e irse, dejar todo este lujo prestado a sus espaldas. Esta casa, los sirvientes, los libros, incluso su ropa, eran de ella, había llegado a Londres sin nada. No era como si Magnus no pudiera ganar su propio dinero. Había sido muy rico en el pasado, en ocasiones, a pesar de tener demasiado dinero por lo general lo aburría. Pero, permanecer aquí, no obstante la molestia, seguía siendo el camino más probable de ver a Camille de nuevo.


Un golpe en la puerta lo sacó de su ensoñación, y se volvió para ver a Archer, el lacayo, de pie en la puerta. Archer había sido el subyugado de Camille durante años, y observaba a Magnus con desprecio, probablemente porque sentía que una relación con un brujo no era el tipo adecuado de acoplamiento para su amada señora.



"Hay alguien que lo quiere ver, señor." Archer se retardó sobre la palabra "señor" el tiempo suficiente para que fuera un insulto.



"¿A esta hora? ¿Quién es?"


"Uno de los Nefilim." Un débil disgusto tiñó las palabras de Archer. "Dice que su asunto con usted es urgente."



Así que no era Charlotte, la única de los Nefilim de Londres que Magnus podría haber esperado ver. Desde hace varios días había estado ayudando a la Enclave, observando mientras ellos interrogaban a aterrorizados mundanos que habían sido miembros del Club Pandemónium, y usando magia para eliminar los recuerdos de las ordalías de los mundanos cuando habían terminado. Un trabajo desagradable, pero la Clave siempre pagaba bien, y era prudente permanecer a su favor.

"Está," agregó Archer, con un profundizado disgusto, “muy mojado también."


"¿Mojado?"


"Está lloviendo, señor, y el caballero no lleva puesto un sombrero. Me ofrecí para secar sus ropas, pero él se negó."



"Muy bien. Déjalo entrar"


Los labios de Archer se afinaron. "Le está esperando en el salón. Pensé que tal vez deseara calentarse junto al fuego."


Magnus suspiró para sus adentros. Podía, por supuesto, mandar que Archer condujera al invitado a la biblioteca, una habitación que él prefería. Pero parecía un gran esfuerzo por poco a cambio, y además, si lo hacía, el lacayo estaría de mal humor durante los próximos tres días. "Muy bien."



Satisfecho, Archer desapareció, dejando a Magnus hacer su propio camino al salón. La puerta estaba cerrada, pero podía ver por la luz que brillaba bajo la puerta que había un fuego, y luz, dentro de la habitación. Abrió la puerta.



El salón había sido la habitación favorita de Camille y le había dado sus toques de decoración. Las paredes estaban pintadas de un color vino exuberante, los muebles de palo de rosa eran importados de China. Las ventanas que de otro modo habrían mirado a la plaza estaban cubiertas con cortinas de terciopelo que colgaba rectas desde el suelo hasta el techo, bloqueando cualquier luz.


Alguien estaba de pie delante de la chimenea, con las manos detrás de su espalda; una persona delgada, con pelo oscuro. Cuando se volvió, Magnus lo reconoció inmediatamente.


Will Herondale.



Estaba, como Archer había dicho, mojado, de la manera en que a alguien que no le importaba de una u otra forma si llovía sobre él o no. Su ropa estaba empapada, su cabello colgaba sobre sus ojos. Agua corría por su rostro como lágrimas.


"William," dijo Magnus, honestamente sorprendido. "¿Qué diablos estás haciendo aquí? ¿Ha pasado algo en el Instituto?"


"No," la voz de Will sonó como si se estuviera ahogando. "Estoy aquí por mi propia cuenta. Necesito tu ayuda. No hay…no hay absolutamente nadie más a quien pueda preguntarle."



"¿De verdad?" Magnus miró al chico más de cerca. Will era hermoso; Magnus había estado enamorado muchas veces a través de los años, y normalmente la belleza de cualquier clase lo movía, pero la de Will nunca lo hizo. Había algo oscuro en el chi co, algo oculto y extraño que era difícil de apreciar. Parecía que no mostraba nada real al mundo. Sin embargo, ahora, bajo su chorreante cabello, estaba tan blanco como el pergamino, sus manos apretadas a los costados con tanta fuerza que temblaban. Parecía claro que alguna terrible confusión lo estaba desgarrando desde adentro hacia afuera.



Magnus alcanzó el seguro detrás él y cerró la puerta del salón. "Muy bien," dijo. "¿Por qué no me dices cuál es el problema?"

Una nota sobre el Londres de Maite



El Londres de Ángel Mecánico es, tanto como yo lo podía hacer, una mezcla de lo real y lo irreal, lo famoso y lo olvidado. La geografía real del Londres victoriano se conserva tanto como sea posible, pero había veces que no era posible. Para los que preguntan sobre el Instituto: Había realmente una iglesia llamada Todos los Santos-el-menor que se quemó en el Gran Incendio de Londres en 1666, fue localizada, sin embargo, en el Upper Thames Street, no donde lo he puesto, sólo fuera de la calle Fleet. Quienes están familiarizados con Londres reconocerán la ubicación del Instituto, y la forma de su torre, como el de la famosa Iglesia de San Bride, amado por periodistas, que no se menciona en Clockwork como el Instituto que ha tomado su lugar. No hay un Carleton Square, en realidad, aunque hay un Carlton Square, el Puente Blackfriars, Hyde Park, la Strand, incluso la tienda de helados Gunther, todo existe y son presentados de lo mejor en mis habilidades de investigación. A veces pienso que todas las ciudades tienen una sombra de sí mismo, donde el recuerdo de los grandes acontecimientos y lugares estupendos persiste después de que esos lugares se han ido. Con ese fin, hubo una Taberna del Diablo en Fleet Street y Chancery, donde Samuel Pepys y el Dr. Samuel Johnson bebían, pero a pesar de que fue demolida en 1787, me gusta pensar que Will puede visitar su sombra en 1878.



Una nota sobre la poesía


Las citas de poesía al comienzo de cada capítulo son por lo general tomados de la poesía que Maite estaba familiarizada, ya sea de su época, o una materia prima de antes. Las excepciones son los poemas de Kipling, Wilde y todavía poetas victorianos, pero que data antes de la década de 1870 y el poema de Elka Cloke al comienzo del volumen, "Canción del Río Támesis", que fue escrito específicamente para este libro. Una versión más extensa del poema se puede encontrar en el sitio web del autor: ElkaCloke.com.

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tamalevyrroni

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